Posts Tagged ‘Ignacio Zaragoza

09
may
11

Algunas historias entretenidas sobre el cinco de mayo y sus conmemoraciones

Cuando el año próximo, 2012, se llegue el aniversario 150 de la batalla del 5 de mayo, los poblanos tendrán que trabajarle bien y bonito para que la conmemoración sea todo lo rumbosa y or-de-na-da que hubiésemos querido que fuesen algunas otras conmemoraciones que yo me sé.  Habrá que recordar los discursos de Ignacio Zaragoza, quien le auguró la gloria y el triunfo a un ejército harapiento, apaleado, hambriento y mal armado. Habrá que recordar los asegunes de la batalla, la más célebre de la historia nacional, y para ello, espero que ya esté remozado y acicalado el parque nacional que hoy, ya engullido por el crecimiento de la capital poblana, abarca los dos cerritos, los de Loreto y Guadalupe, que , aunque de lejos se ven pequeños y sencillos de subir, a la hora de la hora tienen su chiste, me consta, justo como ocurre también con el Cerro de las Campanas.

Si el cinco de mayo es gran fiesta para las comunidades mexicanas en Estados Unidos, me quiero imaginar que, dentro de  un año habrá las condiciones para que ocurran cosas interesantes, de uno y otro lado de la frontera. En su momento, la victoria militar del cinco de mayo de 1862 fue materia de consuelo y de ánimo colectivo. Nada tonto, como sabemos que era Benito Juárez, auspició cuanto pudo tal sentimiento colectivo: la victoria sobre los franceses dio para emociones, para ceremonias y para discursos conmovidos. Hoy día, todavía podemos escuchar una pieza interesantísima, la “Marcha Zaragoza”, de Aniceto Ortega, que hoy día se puede escuchar en la espléndida ejecución de la pianista Silvia Navarrete.

Tan importante era esta memoria del cinco de mayo, que la “Marcha Zaragoza” se volvió, como  los “Cangrejos” de Guillermo Prieto, una pieza que los liberales y republicanos empleaban, orgullosos, para hacer patente su admiración y respeto por el general texano-coahuilense que se había ganado la inmortalidad en los fuertes de Loreto y Guadalupe, aún cuando, para llegar a ese cinco de mayo, hubiera sido necesario hacer una intensa carrera en las armas. Incluso, la “Marcha Zaragoza” llegó a sustituir, a ratos, al himno nacional. De hecho, no es una sola pieza, sino dos: un vals y la marcha, propiamente, ambos de Aniceto Ortega, y que se publicaron por separado, con la misma portada. A la luz de la distancia es curioso advertir cómo, si en su momento esta puntada de Aniceto Ortega generó confusiones, ciento cuarenta y nueve años después´quizá ya no importa tanto y ambas piezas son igualmente disfrutables.

Que el peso de la “Marcha Zaragoza” era grande, público y sabido, da para contar una bonita historia. Es evidente que en los años de la guerra de intervención, los mexicanos no perdían oportunidad para, aparte de tirotearse  con los invasores, pitorrearse de ellos. Así, modificaron muchas de las cancioncitas populares y divertidas que durante décadas acompañaban las ocasiones de contento nacionales. Así, modificaron la letra de El Guajito para restregarle a Saligny en la cara su afición al alcohol; cambiaron la letra de Los Enanos, una cancioncita para un juego infantil, para asegurar que “esos franchutes ya se enojaron/porque a su nana la pellizcaron”. Guillermo Prieto, el terrible y tierno don Guillermo, compuso la majaderísima “Marcha a Juan Pamuceno”, dedicada a Juan Nepomuceno Almonte, donde le reprochaba, burlona y ácidamente, su alianza con los conservadores y los franceses.

Perra cancioncita aquella la de la “Marcha a Juan Pamuceno”: decía, palabras más, palabras menos, que “el tata cura que te dio vida”, para recordarle a Almonte -como si hubiera necesidad- que era hijo nada más y nada menos que de José María Morelos; o sea, cómo es eso de andar juntándose con los enemigos de la Patria; que diría tu papá… y eso que aún no le colgaban a Almonte el milagrito de andar hurtando de Catedral los huesos del generalísimo…

Este espíritu burlón manifestado en la música, se dice, no fue ajeno a las cadencias de la Marcha Zaragoza -vals y/o marcha- pues, al parecer, años después, durante la guerra Franco-Prusiana, las bandas de guerra germanas, para hacer repelar a los galos, les tocaban la composición de Aniceto Ortega.

La victoria del cinco de mayo dio para su propia canción: “Al estallido del cañón mortífero/ corrían los zuavos en gran confusión/y les gritaban todos los chinacos:/ ¡Vengan, traidores! ¡tengan su intervención”. Lindo, ¿no? “Con Tamariz y Márquez se entendieron/les ayudó el traidor de Miramón/y los chinacos, bravos, se batieron,/inundando de gloria la Nación”. Tierna, dulcemente valerosa la cancióncita: “¡Alto al fuego! Ya corren los traidores,/ni vergüenza tuvieron ni pudor./¡Toquen diana! clarines y tambores/un día de gloria, la patria que triunfó”

Los homenajes no se quedaron allí: se intentó dejar huella del acontecimiento en las calles de la ciudad de México: una pegó, la actual avenida Cinco de Mayo; se intentó renombrar una calle para ponerle Ignacio Zaragoza, pero en esos días no pegó. Persistentes como somos, la enorme avenida que nos encarrila a Puebla, hoy lleva el nombre del general, que, por otra parte, nunca ha dejado de tener partidarios, adeptos y favorecedores. Si alguien se da una vuelta al Panteón de San Fernando,  en la ciudad de México, aún puede ver el espléndido sepulcro que en su momento se le dedicó, apenas unos meses después de vencer en Puebla. Si después uno se va de visita a los fuertes de Loreto y Guadalupe, verá el aparatoso monumento donde hoy reposa don Ignacio.

Hoy, que yo sepa, y sigo a la caza de nuevos datos, hay, en el DF, dos escenificaciones conmemorativas de la batalla de 1862: una, en el Peñón de los Baños, célebre y que siempre da para que los reporteros chilangos la cubran y tengan notita en día semiferiado. No hay periodista que, habiendo estado encargado de la misión, no refiera, con delicia, como a veces no ganan los mexicanos sino los franceses, dependiendo de las ganas que le echen; como todo el mitote va acompañado de algunos tragos de sustancias etílicas de origen y composición inconfesable, llega el momento en que el cuete ya está en plenitud: entonces, zuavos y zacapoaxtlas se abrazan, jurando que son hermanos y que se quieren mucho. En otras ocasiones, el guión se cumple a la perfección. Los mexicanos ganan y los zuavos, todos maltrechos, asumen su derrota.

Andaba yo por el norte de la ciudad de México la semana pasada, cuando vi una manta peculiar: el Pueblo de San Juan de Aragón anunciaba su 149 puesta en escena de la batalla del cinco de mayo. Las orejas se me irguieron: si esto es cierto, este montaje, a manera de celebración, se llevó a cabo el mismo año en que Zaragoza venció en Puebla. Es decir, el año que viene será un asunto sensacional.  Y he de decir que desde el cuatro de mayo, los protagonistas del espectáculo estaban ya emocionadísimos: tronaban cohetes que calculo tenían la magnitud de una paloma de 150 pesos; desde una ventana en un segundo piso, vi corretear zuavos y zacapoaxtlas, siempre acompañados de bandas musicales: de repente, tun-da-tun-da-tunda, carreritas de franceses. Media hora más tarde, tun-da-tun-datun-da, carreritas de mexicanos. Me imagino, porque no tuve tiempo ni oportunidad de verificarlo, que en las cercanías de la iglesia del viejo pueblo, la batalla debe representarse más en forma. Lo cierto es que esta ocasión de contento empieza el 4 de mayo, arrecia y alcanza esplendor el día 5 y, si les sobraron cohetes, cosa muy probable, se siguen de corrido. Para la caída de la tarde del 5 de mayo, y aunque ya sería como para que el general Zaragoza se pasee proclamando que las armas nacionales se han cubierto de gloria, mexicanos y franceses siguen metidos en las corretizas, y me cuentan que hacia la noche, la sala de urgencias de un hospital cercano se llena de integrantes de uno y otro bando, apaleados unos, con heridas de arma blanca otros; descalabrados, raspados, con las narices rotas pero felices de la vida. Confieso mi ánimo morboso y me fui a meter a urgencias el día 5 como a las 7 y media de la noche. Aún no llegaban. Ya no hubo oportunidad de verlos lamiéndose, satisfechos, sus heridas de guerra. Pero me consta que aún en la tarde del viernes 6, seguían retumbando los cohetes. No era cosa de guardarlos para el año que viene, faltaba más. El general Zaragoza y sus hombres no se merecen otra cosa.

22
jun
10

Pasear huesos 5: Cuentos desde la cripta

 

Como los representó la prensa mexicana en su paseo de 1895

Los huesos de los padres de la patria se quedaron guardaditos en 1823 y todo mundo se regresó contento a sus quehaceres, a grillarse, a pelearse, a escribir constituciones, a soportar invasiones y demás peculiaridades que suelen ocurrir en los países recién nacidos. Lo bueno es que, por ese pudor peculiar que les dio a los artífices del despósito, de no dejar a la vista de todos los restos colocados en el altar de los Reyes, los próceres de la independencia no pudieron atestiguar tantas barbaridades como cometimos los mexicanos en las siete décadas que siguieron a su llegada a la Catedral Metropolitana.

Claro que tampoco presenciaron algunos acontecimientos trascendentes, otros heroicos y otros más hasta triunfales. Bueno, no se dieron por enterados de la Guerra de Reforma, ni siquiera cuando don Juan José Baz rondaba en las cercanías con las nada sanas intenciones de echarle piqueta a los muros del templo.

Han surgido leyendas urbanas, brotadas de una errata del libro que sobre la Catedral metropolitana escribió Manuel Toussaint en 1948, con una reimpresión de 1973, según las cuales, en 1865, durante el imperio de Maximiliano habría tenido lugar una curiosa exhibición de los restos, que habrían sido llevados al palacio del Ayuntamiento y les habrían puesto coronitas de flores.

 Convendrán que en plena intervención francesa el hecho resultaba demasiado fuerte para la sensibilidad de los liberales que, desperdigados en el país, hacían resistencia, cada quien a su manera, junto a don Benito o sin don Benito, peleados con él o decididos a morirse en la raya con él y por él. Lo curioso es que una revisión de la correspondencia de algunos de ellos, de los textos que publicaron, de los periódicos que hicieron, de los testimonios que dejaron muestra que no hay huella de tal acontecimiento, que a no dudarlo, hubiera resultado una ofensa de calibre mayúsculo para todos. ¿Cómo es que el usurpador austriaco se atrevía a ir a perturbar el descanso de los padres de la patria para sacarlos al Ayuntamiento? Evidentemente, el reclamo habría rebotado de aquí para allá, en el territorio dominado por los liberales republicanos. No está, ni siquiera como para que, a toro pasado, y siguiendo la famosísima Teoría de la Costra de don Miguel León Portilla, los señores, en plena República Restaurada, siguieran abriéndose las venas por la puntada de Max. Igualito a como le hicieron en 1861, recién terminada la guerra de Reforma. Se acababa enero de ese año, y seguían publicando poemas a la memoria de los Mártires de Tacubaya, que habían adquirido la calidad de tales desde 1859.

En concordancia con estos liberales que no dejan testimonio de indignación por un “evento” que nunca pasó, y en respaldo de esta idea de “leyenda urbana”, hay que decir que Agustín Rivera, que fue muy acucioso (que no necesariamente significa ser preciso) en la recolección de testimonios, papeles y materiales para sus Anales Mexicanos: la Reforma y el Segundo Imperio, no deja dato al respecto y sí, en cambio, de las actividades de Max en Dolores, cuando hizo, para escándalo del conservadurismo, su propia ceremonia del Grito, tan cercana a lo que conocemos hoy.

Para tranquilizar momentáneamente mi conciencia (y digo momentáneamente, porque en cuanto haya tiempo, le rasco un poco más a algunas fuentecillas interesantes que por allí aguardan), agrego que tampoco hay dato alguno en el México desde 1808 hasta 1867 de Arrangoiz, pero sí puede verse el berrinche del que fue embajador de Maximiliano en Londres por la ceremonia de Dolores de 1864, donde acusa al archiduque austriaco que se quería convertir en emperador mexicano, de “lenguaje impolítico, falso ofensivo a los antepasados de Maximiliano, a la familia reinante de España, al partido conservador”; de 1865 ni se ocupa, entretenido como está don Francisco, en reprocharle al emperador sus actitudes liberales.  Pero tampoco hay huella del hecho indignante en las Revistas Históricas de don José María Iglesias, que, en cambio, sí cuenta que en ese 1865,  en Chihuahua, un grupo de jóvenes mandaron a decir una misa en la capilla de San Francisco, donde enterraron originalmente los cuerpos decapitados de los caudillos insurgentes, sin otro adorno que una bandera mexicana a media asta y con crespón negro. Añado que en la correspondencia y escritos de mis queridos liberales decimonónicos no hay huella del chisme. Ahora resulta que hay unas “memorias secretas” del Nigromante publicadas en 2009 o principios de este 2010, pero de esas hay que hablar luego porque hay allí una peculiar colección de barrabasadas mezcladas con historias de familia.

¿Qué sí hay en varias fuentes? El dato de que el último día de septiembre de 1865 se inauguró la estatua de Morelos, originalmente ubicada en la Plaza de Guardiola (asunto que disgustó bastante a Agustín Rivera) y que hoy día se encuentra en la colonia Morelos (pues sí) y cuya réplica se podía ver hasta el domingo pasado en el Museo Nacional de Arte. Ese dato nos servirá para hablar otro día de Morelos.

El caso es que, en principio, los restos de los caudillos insurgentes se la pasan más o menos en paz hasta 1895, cuando esos aguafiestas que con frecuencia somos los periodistas publicaron en diversos periódicos algo que ya era la idea contemporánea de “noticia”: aquel hecho que tiene, además de novedad, impacto colectivo. En esos días ya existían esos que iban por el mundo presentándose como reporters o incluso réporters, que convivían con la tierna imagen de don Guillermo Prieto, yendo a la redacción de El Universal de entonces (que no tiene nada que ver con El Universal de hoy, ni por contenido, ni por sentido ni por linaje familiar) a dejar sus textos aún escritos a mano para que se convirtiesen en tinta y papel impreso.

Se acababa julio de 1895, y en la prensa aparece la denuncia: la cripta donde se encuentran los restos de los insurgentes está llena de polvo, tierra y telarañas y que la urna que los contiene prácticamente se ha deshecho por la humedad y la falta de atención. Parece que la bronca había sido detectada desde los primeros días del año, pero, para variar, nadie había hecho caso. Desde entonces se había asentado que los cráneos tenían letras que permitían distinguirlos (ajá, sí, ¿cuál M es la de Morelos y cuál la de Mina y cuál la de Moreno?), y la otra cosa: hablaban de todos los restos “en un ataúd” (o sea, todos revueltos como parecía que andaban desde 1823) y de una fragilidad tal, debido a la humedad y al descuido, que ni para tocarlos estaban.

Así pues, se acababa julio de 1895, se sabe que algunos personajes entre los que no faltan los periodistas (andan en el asunto Angel Pola y Luis González Obregón) bajan a la cripta y ratifican los dichos de los periódicos: eso está para llorar. Algunos restos están “casi deshaciéndose”, la imaginería se desata: hasta se dice que los albañiles que hacen arreglos en la catedral se ponen a jugar con los restos. Con mayor certeza, se afirma que al tomar uno de los cráneos, el ilustre despojo casi se les desmorona. Se arma el consecuente escándalo y el necesario mitote.

En un clásico caso de “sociedad civil” llenando los huecos que la autoridad deja, una corporación, la “Gran Familia Modelo”, abre una suscrpción para reunir fondos y pagar una nueva urna, bella y decorosa en donde resguardar los dichosos restos. Y entonces, mientras se junta el dinero (los 350 pesos que iba a costar la cháchara en cuestión), pasan cosas deliciosas, prodigiosas y definitivamente mexicanas: 

En una demostración de que, tan cierto hace un siglo como hoy, la buena fe no necesariamente va acompañada de cordura e inteligencia, los restos ilustres reciben un tratamiento de limpieza: los lavan con jabón y estropajo (así estarían), parece que algunos fragmentos de huesos se deshacen en el operativo, y después, para que sequen y blanqueen, se quedan un par de días en un patio de la Catedral que le llaman “de los Coloraditos”, en unos tablones. Díganme si no les suena a que la revoltura de restos ya iba como en su sexta vuelta, porque, aparentemente, es en esa sesión de SPA donde les vuelan algunos pequeños indicios de identificación.

Ahí expuestos, reciben la visita del fotógrafo de El Mundo Ilustrado y del señor Cruces (de Cruces y Campa). Aparentemente, de esos momentos es la foto, preciosa, de los restos absolutamente mezclados en un mini-osario, donde, en un cajón, están cinco cráneos, y en divisiones inferiores, ordenados por tipo de hueso y tamaño (los fémures con los fémures, las vértebras con las vértebras y por ahí le siguen) los padres de la patria contemplan a la posteridad.

Eso de la exhibición de los restos da lugar a situaciones interesantísimas: dice la prensa que asiste gran cantidad de personas a ver a los antiguos insurgentes; como los han colocado sin más ceremonia en los tablones donde deberán secar, El Mundo Ilustrado patalea y se queja de tamaña falta de respeto. El sacristán de Catedral se cae con cuatro cirios que arden en torno a los huesos los dos días que los sacan a tomar el fresco; otros dos espontáneos llevan coronas de flores (si se fijan es lo mismo que arriba mencionaba como la referencia de Manuel Toussaint). Un individuo que un periódico identifica como Eliodoro Orellana y Roldán, llega con su sobrinito Idelfonso, ofrece dos coronas de flores blancas y pide, atentamente, permitan que el chamaquito le de ¡un beso! al cráneo de Miguel Hidalgo, cosa que, ciertamente, le autorizan. El periódico se abstiene de consignar las opiniones del escuincle.

La urna, dibujada por El Universal de 1895.

Al día siguiente, 29 de julio de 1895, se llevan los restos al edificio del Ayuntamiento, donde otro ilustre, Leopoldo Batres, los somete a una seria revisión. De ahí, los trasladan al edificio de la Aduana de Santo Domingo, el actual edificio de la Secretaría de Educación Pública, que es engalanado tan abigarradamente como le gustaba a nuestros ancestros de fines del siglo XIX, con crespones negros, telones rojos, lanzas, armas y águilas y palmas y veinte cosas más, todas colocadas en un estético amontonamiento, para ofrecer digno escenario a la ceremonia civil de homenaje, antes de regresarlos a Catedral, donde los montarán en un catafalco para que escuchen su responso antes de mandarlos a dormir a la capilla de San José.

Así como es de pequeño el trayecto de la Aduana a Catedral, hay guardia solemne y la gente se agolpa en las calles a contemplar su paso: de esos momentos quedará la plana de periódico que he puesto al principio, dibujada por los habilidosos del Gil Blas Cómico. El problema es que la caballería suelta golpes de sable y de animal para contener a los curiosos, y los gendarmes reparten garrotazos. Todo mundo se apelotona en la capilla para presenciar el espectáculo y hay empujones, broncas, apretones y varios raterillos se hacen de fistoles y relojes.

Como en estas cosas nunca se queda bien con todos, muchos reclaman la poca delicadeza de las fuerzas del orden, otros se quejan en la prensa de que el numerito fue “churrigueresco”, con tanta pompa como el Jueves de Corpus de los días de Santa Anna.  El caso es que, pasado el número, la procesión y el homenaje, a medio camino entre lo religioso y lo laico, ahí se quedan los huesos ilustres treinta añitos más, hasta que Plutarco Elías Calles decida que les hará bien cambiar de aires y se los lleve a la Columna de la Independencia.

 NUEVOS ECOS DEL  5 DE MAYO.

Escuchando radio, mientras iniciaba esta entrada, me entero que en las cercanías del estadio sudafricano donde habían de jugar al rato los futbolistas mexicanos y franceses, hay un contingente de poblanos vestidos… de indios zacapoaxtlas (y, de quienes, lamentablemente, no he podido hallar ninguna foto), con el argumento de que es un buen modo de dar ánimos a los once señores que NO tienen en las piernas el honor nacional, porque al fin y al cabo, alegan en su defensa,  ya les “hemos ganado” a Francia, en ocasiones como el 5 de mayo de 1862.  Estas cosas sí me dan como escalofrío, disculpen ustedes.

Pero tengo que admitir y aprender que el partido de futbol del jueves es un fenómeno interesantísimo y aleccionador para que no nos clavemos en la fantasía y el anhelo de que tooodo el país tiene (ni tiene por qué tenerlas) las mismas ideas que tenemos algunos acerca del pasado y de la utilidad de la historia . Ya podemos darle veinte vueltas al asunto, llevarlo a una emisión de “Discutamos México” (¿es que hay alguien que aún lo vea?) y ejercer el derecho al pataleo, pero lo cierto es que la gente usa el conocimiento histórico que posee PARA ESTO: para decir que un triunfo futbolístico es casi  (no, sin el casi) tan memorable, tan grande, tan relevante, tan trascendente, como la única gran victoria militar de la historia mexicana (porque a mí no me digan que la batalla de Camarón es como para sentirse muy orgullosos), y que una victoria es una victoria, y que el partido del jueves 17 será tan recordado como el combate en Loreto y Guadalupe. Y la pachanga consecuente, tan grande que alcanza a todo mundo. He sabido de un prestigioso encuestador que ha recibido este mensaje: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria: Ignacio Zaragoza y Javier Aguirre”.  Otros han festejado una variación de la frase inmortal: “las piernas nacionales se han cubierto de gloria” y hasta han acusado al pobre sargento De la Rosa de “inspirar” a los futbolistas mexicanos (gulp).

Hay que añadir que en la prensa de ese jueves 17 de junio hay al menos dos cartones, para ser más exactos, en la edición del diario Milenio que amalgaman la batalla del 5 de mayo con el futbol. Independientemente de lo que pensemos algunos y de lo que opine Ignacio Zaragoza donde quiera que esté (porque una cosa es el servicio a la patria y otra muy diferente es reaparecer en la prensa mexicana junto al entrenador de la selección nacional de balompié), aprendamos la lección: aún pervive entre los mexicanos, y goza de cabal salud, esa “historia patria” que muchos critican de oídas o porque no les tocó vivirla o porque se la imaginan como uno de los perversos complots del Estado mexicano de los tiempos del priato, destinada a construir un discurso de blancos y negros, de buenos y malos y todos esos discursos que a estas alturas espero que ya no sorprendan a nadie, porque todavía hay por ahí uno que otro que, agarrado de ese discurso, aún pretende venderse como el inconoclasta que se opone valiente, heroicamente, con frases medio escandalosas, a ese fantasma de la “historia oficial”. Está bien ser críticos, pero no a lo bestia, diría yo.

Nomás para documentar el asunto, ahí les van los cartoncitos, que, desde luego, son de los compañeros de Milenio.

Sin comentarios

El otro cartón también está como para echarle una pensadita…

Ups… esta entrada sí está terminando como un auténtico Cuento desde la Cripta… que nos sirva de lección: mensajes desde lo que mi querido don Pepe Fonseca llama, con toda razón, el México Real.

26
may
10

Postales del tiempo pasado: El Sargento Manuel de la Rosa o los veteranos de la batalla del cinco de mayo

Don Manuel de la Rosa, a quien una vez le dijeron que en su frente estaba la señal de la victoria

Este es el sargento Manuel de la Rosa, que, hasta los años cincuenta del siglo XX, andaba por allí. Veterano de la guerra de Intervención, era uno de esos que cada cinco de mayo podía mostrar sus heridas y decir que se las habían hecho aquella jornada cuando las armas nacionales se cubrieron de gloria, pero también es probable que viese en algún momento al general Zaragoza enfurecido, enberrinchado, con ganas de quemar Puebla.

Al sargento de la Rosa lo he conocido a través de un reportaje delicioso como ya no le enseñan a escribir a los chicos en ninguna escuela de periodismo. Publicado hacia 1952, y escrito por el reportero Alberto Gutiérrez Sánchez, de quien, hasta el momento, no he encontrado datos biográficos, ni el diario para el cual trabajaba. Por suerte para nosotros, el libro compilado en 1990 por la desaparecida PIPSA, México en 100 Reportajes 1891-1990, conservó (me imagino más por el personaje del reportaje que por el periodista) este trabajo. Bellísima antología aunque horrorosa edición, tiene el mérito de contener desde el reportaje de la muerte de Guillermo Prieto, uno de los santos tutelares de este Reino, ocurrida en 1897, hasta el rescate, en 1989, de las piezas prehispánicas que se robaron del Museo Nacional de Antropología e Historia en 1985 y que, cuenta la leyenda urbana, fueron la causa de que el historiador Enrique Florescano, director del museo en los días del robo, encaneciera en una sola noche.

Para cuando el reportero Gutiérrez Sánchez escribió del sargento De la Rosa, en ese lejano 1952, don Manuel tenía ¡nada más! 113 años. Como el tiempo se cobraba la fama, ya no estaba el veterano del cinco de mayo para aguantar sus recorridos a pie, de ida y vuelta, entre Palacio Nacional y el bosque de Chapultepec. Entonces, lo llevaban a los actos conmemorativos en un jeep. Tenía, a esas alturas, una gota más o menos molesta. Pero todavía se salía a la calle a pasear. Además, el camión de quince centavos de entonces, no le costaba nada, porque los choferes ya conocían bien a “don Manuelito” y nunca se hubieran rebajado a cobrarle a un héroe de la patria.

Cuenta el reportero Gutiérrez que a don Manuelito, “todo mundo lo quería” y la explicación es tan bonita que aquí se las pongo, para que el sargento De la Rosa sonría dondequiera que ande, y Alberto Gutiérrez Sánchez vuelva a vivir en sus escritura: “A lo mejor es porque, en el tuntún vacilador y tristón de nuestra vida diaria y en un suave rinconcito de nuestro corazón tricolor, ése de los cohetes jubilosos y los discursos de incendio, su nombre humilde y su figura endeble son un símbolo limpio, fuerte, trascendente, de lealtad a la patria, que anda metido en un poquito de historia honda, verdadera y nuestra. “

Vivía el sargento De la Rosa cerca del actual Archivo General de la Nación, en el rumbo de Lecumberri, en la tercera calle de Hojalatería. Zacatecano, muy bailador en sus mocedades, muy chamaco le tocó ser corneta (dice el reportero que otro poco y se presenta ante Zaragoza de pantalón corto) del 15o. Batallón que comandaba Sóstenes Rocha, quien a veces lo pescozoneaba con las espada. Rescató una bandera de las filas enemigas, anduvo en Loreto y Guadalupe en 1862, luego en el 2 de abril, en La Carbonera… presumía en ese 1952 sus dos condecoraciones más queridas: una se la había prendido al pecho el mismísimo presidente Juárez, la otra, Porfirio Díaz.

Tenía nietos el sargento de la Rosa, y uno chiquito que hoy será un hombre ya entrado en años, Arturo, le recitaba a su abuelo: “Yo vi volar en el viento/a una chuparrosa/que llevaba en el piquito/ el sargento De la Rosa“… por este solo reportaje, Alberto Gutiérrez Sánchez debe estar en el cielo de los periodistas.

ALTA TRAICIÓN 3: ¿Qué es eso del Himno Bicentenario?

De veras, ya nada más nos falta el perro Bicentenario (les tengo guardadas unas fotos…) y me temo que de aquí a septiembre aparezca de repente, moviendo el rabo o llegando al escenario con el trotecito que caracteriza a los perros que tienen todo dominado y bajo control. No faltará el perro que se quiera sumar a los voluntarios del australiano Rich Birch, con eso de que quieren a diez mil… Total, no será el primer perro en la historia mexicana, aunque eso es una entrada de próxima publicación en este reino. Apuntemos, por lo pronto, que, en momentos emocionantes, importantes y hasta trascendentes, hay un perro para dar fe de la relevancia del asunto.

Pero por lo pronto, y a falta de perro, resulta que al gobernador de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, se le ha ocurrido, en esta sarta de puntadas que bordean las conmemoraciones de 2010, encargar un “Himno del Bicentenario” que no tendría nada de reclamable (total, cada quien se gasta su lana como le da la gana… en el supuesto de que la tenga de a deveras…) si no fuera porque la letra, además de ser bastante medianita (hasta me gusta más el poemita del otro día, ese de los juegos florales de 1962), asoma las orejas de la herencia ¿cristera? a la que tan afecto es, según cuentan, el gobernador Oliva, a quien la imaginería política insiste en meter en ese bote tenebroso que llaman El Yunque. Razones no faltan, Guanajuato es el estado que presume de ser la Cuna de la Independencia, y al mismo tiempo es el estado donde queman libros de texto gratuitos de biología por contener elementos de educación sexual. Lindo Bicentenario.

Hoy martes, el diario capitalino Reforma da la nota en su primera plana: “Alaba Oliva a Cristo rey” (“Alaba Oliva…” uff… estos nunca van a aprender a cabecear [titular notas] como Dios manda). Y conste que lo consigno nada más porque es parte del “clima” (jajajajaja) de las conmemoraciones:

“Ay, mi Guanajuato, en tus potreros sigue galopando [¿qué o quién galopa?]/El amor del pueblo [por quién o qué] se manifiesta en el cura Hidalgo [¿¿en el cura??]“

“Lindo Guanajuato, tus peregrinos le van rezando [al cura, me imagino]/Nuestro Cristo Rey [ya salió el peine] es el buen pastor/de este Estado santo [ah, caray]“

Lo más entretenido de esto es que el Himno dichoso ya está grabado y presentado a los integrantes de la Conago, que hace unos días andaban de visita en Guanajuato. El autor es un tal Enrique Guzmán Yáñez, alias “Fato” que me imagino debe ser celebridad local.

El caso es que ya se ha armado oootro oso bicentenario con la letra del Himno. Y la verdad, me parece que hay buenas razones. No sé si al gobernador o a Fato se les olvida que en México hay un estado laico, y que estas son unas conmemoraciones laicas [bueeeno, pero como seguimos con eso de las reliquias patrias...]. Me corrijo: Puede que a Fato se le haya olvidado, pero al gobernador Oliva, simplemente le importa un pistache y hace lo que le da la gana. El pequeño detalle es que el Himno, como el resto de las cosas que se están produciendo en el contexto de las conmemoraciones del Bicentenario del inicio de la Independencia, se hacen CON RECURSOS PÚBLICOS. Si el gobernador Oliva quiere hasta una pastorela, que se la encargue a Fato, a Gato, a Pato o a Rato, pero que la pague de su bolsa. Y yo me pregunto: ¿y qué no hay nadie que tenga que ver que estas cosas no pasen con el dinero PÚBLICO de las conmemoraciones, estatal o federal? Y sí, es una pregunta con una pizca de exigencia y de hartazgo. La neta, mejor hablemos de perros.

19
may
10

Ecos del 5 de mayo 3: Leyó Zaragoza a Shakespeare?

 

Cada vez que me acuerdo de estos asuntos del cinco de mayo acabo pensando, inevitablemente, que Ignacio Zaragoza leyó a Shakespeare. Específicamente Enrique V, uno de los dramas históricos que habla de las hazañas, tragedias, perversidades y dramas de los monarcas de la vieja Inglaterra (Si uno lee con atención, encuentra ocho kilogramos de cosas que hacen entender por qué los guionistas de Los Tudor se entusiasman tanto que se les pasa la mano con las licencias históricas)

Y es que la circunstancia no era para menos. Eso de hacer acopio de entereza, de serenidad cuando a uno le han repetido hasta la náusea que el ejercito que le ha tocado en suerte, se va a enfrentar en cuestión de horas con “el mejor ejército del mundo” seguro que causaba lo que siglo y medio después conocemos cono estrés. Estrés, acaso angustia contenida, cuando ves a tus soldados hambrientos, mal vestidos, peor calzados, armas viejas, siempre a la quinta pregunta con el asunto del parque, jaloneándote con las poblaciones cercanas para conseguir los recursos para mantener a la tropa, pensando si es necesario accionar una leva para fortalecer el grueso de esa tropa… Acaso en algún momento pensó en lo a gusto que se estaría en casa, en Monterrey, donde después de ires y venires por el país, estaba la casa de sus padres, el capitán Miguel Zaragoza y doña María de Jesús Seguín. Pero qué necesidad, caramba.

Pero también hay que pensar en la circunstancia, en la certeza de que, como dijo Melchor Ocampo, la patria estaba en peligro y había que responder. Hay que pensar en la crianza de este hombre joven, hijo de militar, alistado en las guardias nacionales desde los 23 años (o sea, 1852) y un año después adscrito formalmente al Ejército Permanente. Ya era capitán en los días de la Revolución de Ayutla, en 1854.

En un curioso volumen de estudios sobre la batalla del 5 de mayo, publicado en 1963 por la Sociedad de Geografía y Estadística, se recogen algunas líneas de Zaragoza escritas en el cuartel de Chalchicomula, el 14 de abril de 1862:

“Valor amigos míos, no os preocupe luchar con una  nación que tiene el renombre de guerrera: los libres no reconocen rivales, y ejemplos mil llenan las páginas de la historia de pueblos que han vencido siempre a los que pretendieran dominarlos.

Tengo una fe ciega en nuestro triunfo; en el de los ciudadanos sobre los esclavos. Muy pronto se convencerá el usurpador del trono francés, que ya pasó la época de las conquistas. Vamos a poner la primera piedra del grandioso edificio que librará a la Francia del vasallajea que la han sujetado las bayonetas de un déspota. Sed como siempre, valientes en el combate y generosos en la victoria, y pronto os conducirá frente a los invasores.

Vuestro general y amigo, Ignacio Zaragoza”.

Es sabido que las arengas de los grandes líderes, de famosos generales son fundamentales en los momentos cruciales, o al menos eso nos dice ese modo de hacer historia que atesora algunos discursos memorables, arengas antiquísimas y arengas modernas: desde Leónidas que, a las puertas de la batalla de las Termópilas augura a sus hombres una buena cena en el Hades, el mundo de los muertos, hasta Winston Churchill prometiendo “sangre sudor y lágrimas” a los ingleses durante la segunda guerra mundial.

Esos discursos deben, debieran impactar, emocionar, enardecer, dirían los decimonónicos, mover a la acción. Las memorias guardadas de muchas batallas libradas en México en el curso del siglo XIX nos dan un buen repertorio de ellas. Hay arengas largas, emocionadas conmovedoras. Hay frases relampagueantes, que en mecanismo fast track mueven a quienes las pronuncian al heroísmo inmediato: ahí está Miguel Fernández Félix (cuando apenas andaba rumiando eso del cambio de nombre a Guadalupe Victoria) en plena toma de Oaxaca diciendo aquello de que su espada iba en prenda para lanzarse a nadar-chapotear en el foso del fortín de la Soledad seguido de sus huestes, impresionadas (hay una venenosa versión según la cual Fernández Félix no sabía nadar. Si eso tuviese algún gramo de verdad, tal vez lo seguían más por asombro que por ánimo guerrero encendido). Ahí está Tomás Mejía, a quien, cuentan, adoraban sus indios queretanos. Por eso, con un firme “¡Muchachos, así muere un hombre!” pudo conseguir una victoria en la acción de Casablanca, durante el sitio de Querétaro. Pero en esto, me imagino, cuentan mucho los liderazgos. Si no hay liderazgo, que no surge por organigrama ni por decreto presidencial, no importa que se llame a no pasarse al otro lado de la frontera, a meter muchos goles para asegurar el pase a la siguiente ronda del campeonato o hacer la fiesta de cumpleaños de la patria, NO PASA NAAAAADAA.

Y esto, ¿qué tiene que ver con Shakespeare? Pues la similitud de estos ejércitos, empobrecidos, agotados, el enemigo poderoso y afamado (Francia, en ambos casos) y la obligación de sus comandantes de mantener la chispa del valor, de la resolución, de la necesidad de no arrojar la toalla.  La misma promesa de grandeza cumplida, Zaragoza en Puebla y Enrique V de Inglaterra, el Rey Harry retratado con los ojos de Will Shakespeare, en Agincourt, Francia:

“Este día es el día de la fiesta de san Crispín”, dijo el rey Harry. “el que sobreviva a este día volverá sano y salvo a sus lares, se izará sobre las puntas de sus pies cunado se mencione esta fecha, y se crecerá por encima de sí mismo ante el nombre de San Crispín. El que sobreviva a este día y llegue a la vejez, cada año, en la víspera de esta fiesta, invitará a sus amigos y les dirá: “Mañana es san Crispín”. Entonces se subirá las mangas, y, al mostrar sus cicatrices, dirá: “He recibido estas heridas el día de San Crispín”. Los ancianos olvidan; empero, el que lo haya olvidado todo, se acordará todavía con satisfacción de las proezas que llevó a cabo en aquel día. Y entonces nuestros nombres serán tan familiares en sus bocas como los nombres de sus parientes: El rey Harry, Bedford, Exeter, Warwick  y Talbot, Salisbury y Gloucester serán resucitados por su recuerdo viviente y saludable con copas rebosantes”.

Claro, es Shakespeare el que escribe. Pero nadie podría pedir mejor promesa de inmortalidad histórica: “Desde este día hasta el fin del mundo la fiesta de San Crispín y Crispiniano nunca llegará sin que a ella vaya asociado nuestro recuerdo, el recuerdo de nuestro pequeño ejército, de nuestro feliz pequeño ejército, de nuestro bando de hermanos; porque el que vierte hoy su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición y los caballeros que permanecen ahora en el lecho de Inglaterra se considerarán como malditos por no haberse hallado aquí. y tendrán su nobleza en bajo precio cuando escuchen hablar a uno de los que han combatido con nosotros el día de San Crispín“.

 
“Hoy vais a pelear por un objeto sagrado: vais a pelear por la Patria, y yo me prometo que en la presente jornada le conquistaréis un día de gloria.
Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra Patria.
Soldados: leo en vuestra frente la victoria… fe y… ¡viva la independencia nacional!”
No es Shakespeare, cierto, pero no desmerece en absoluto. El resultado es similar: las tropas mal comidas, debilitadas, andrajosas, triunfaron en Puebla y en Agincourt. No he resuelto, al final, si Zaragoza, en algún momento, leyó y recordó al rey Harry y a Shakespeare. Pero la escena se parece tanto. Dicen que por eso amamos a Will Shakespeare a tantos años de distancia: porque la condición humana es la condición humana, así que pasen cinco siglos.
Sabemos, eso sí, que a los pocos días de la victoria, Zaragoza ya tenía el peor concepto acerca de Puebla y los poblanos: “Nada se puede hacer aquí porque esta gente es nala en lo general y sobre todo muy indolente y muy egoísta… Hoy no he podido completar ni para un día de socorro económico, que importa 3 mil 700 pesos, porque solo tiene la comisaría 3 mil 300. La fuerza está sin socorro desde el día 5 y casi sin rancho… Qué bueno sería quemar a Puebla… Está de luto por el acontecimiento del día 5. Esto es triste decirlo, pero es una realidad lamentable.
Estoy preparando mi marcha, sobre el enemigo pero acaso no lo podré evitar oportunamente por falta de recursos. I. Zaragoza.”
Finalmente, Zaragoza no vivió para ver la caída de la ciudad, a la que finalmente no quemó, un año después. Muerto en ese mismo 1862, delirando por la fiebre, no sabía que se iban a tardar cinco años más, esos pobres soldados mexicanos, en ganarse su victoria, ayudados por el destino, o la providencia, o la justicia, o los Estados Unidos, o todo junto.

 

Fuerte de Loreto... Para imaginarse a Zaragoza, tal vez, leyendo Enrique V

Otro tramo de la explanada interior de Loreto

Algo de lo poco que queda del fuerte de Guadalupe

Si un día tienen tiempo y se van de excursión a los fuertes, podrán ver la textura de las ruinas de Guadalupe que declaran su condición de iglesia junto al fortín. Loreto, mucho menos dañado por la artillería francesa y el tiempo, permite apreciar la iglesia y el convento dentro de la fortificación.

El fuerte de Loreto, entero, es el que alberga el museo de sitio, donde hay algunas cosas que hablan de la batalla, de la Intervención Francesa, algunas copias de documentos, objetos. Es un museo pulcro, silencioso, decoroso que tenía una librería semivacía, que, me imagino, ahora que hay nuevos aires en las librerías del INAH, cambiará. La verdad me gusta más salir a la explanada de la fortificación e imaginar esos días azarosos, esa secreta, inevitable preocupación de Zaragoza que veía la inminencia del combate.

Y, por un buen rato, dejamos tranquilo a Zaragoza, allá en su aparatosa tumba poblana… hay perros rijosos, pleitos por huesos y desde luego el cumpleaños de Hidalgo que nos lanzan a otros rincones de este Reino…

Paradoja: ir a dar con los huesos propios a la ciudad que una vez se quiso quemar.

ALTA TRAICIÓN II. POESÍAS DE HACE 48 AÑOS

Me he encontrado una auténtica joya de la retórica, fiel reflejo de lo que era nuestra idea de “conmemorar” hace medio siglo. A continuación, el poema que ganó el primer premio y la Flor Natural (menos más que entonces no se usaban las de tela made in China) de los Juegos Florales de Tetela de Ocampo de ese lejano 1962, convocado, precisamente, para el centenario de la batalla.  Ni me digan. Estaré de acuerdo con la opinión de muchos, pero veámoslo como la huella de la memoria; como la construcción de un discurso que partiendo de la historia se ramificaba en la creación literaria. Y acuérdense que era el primer lugar, aunque aún no me encuentro el nombre del autor:

GESTA HEROICA

El Cinco de Mayo tiene la belleza

de todos los lirios, de todos los nardos,

de fiesta de sol.

El Cinco de mayo tiene la fragancia

de jazmines albos y oscuras violetas,

de pino y ciprés.

Por robar bellezas la invencible Francia

volcó al son del rudo vibrar de trompetas,

de rubios titanes la audaz altivez.

Dejaron sus naves gallardas, potentes,

el ancla; en espera, las velas plegadas,

dormido el timón.

Las rúbricas blancas, magnolias fulgentes,

en la playa azteca fueron deshojadas,

marcando el regreso de España y Albión.

Sólo quedó Francia, la bélica Francia,

que humilló a Magenta y hundió a Solferino

en ruina y baldón.

Era su trofeo su altiva arrogancia,

su furia violenta de gris torbellino,

y el rastro de sangre del gran Napoleón.

Y esperaba el héroe desde su atalaya

y esperaba el indio desde la trinchera…

Y fue Veracruz

llamando a Acultzingo con voz de metralla,

el faro llameante, la antorcha cimera,

que encendió en la Patria regueros de luz.

Y desde Acultzingo los indios serranos

 hechos de fatigas, de sed y penurias,

retaron al sol.

Miraron los Fuertes sus ojos aldeanos

y encendida el alma con divina furia,

quemaron sus ansias en patrio crisol.

Zaragoza y Díaz, dos alas en vuelo,

dos épicos bronces llamando a rebato

con voz de ciclón;

y retan valientes al trágico duelo

los tres grandes Juanes, firmando el galeato

que rubrica el prócer Sexto batallón.

¿Y quiénes formaban la heroica avanzada

de guerreros indios con el alma en vela

mirando el confín?

Tiñeron sus ojos en luz de alborada

vertióse en sus venas valor de Tetela

y por eso en todos hubo un paladín.

 Para que se les pase el susto, ahí les dejo otra foto del fuerte de Guadalupe, en la cual se ve, a lo lejos, Puebla.

 

12
may
10

Ecos del 5 de mayo 2: Los fuertes de Loreto y Guadalupe

Curiosa forma de memoria

Algunas visitas a este Reino han llegado queriendo saber más de los fuertes de Loreto y Guadalupe. Por eso agrego algunas de estas fotos de ambos emplazamientos, que hoy día se encuentran en lo que se llama Centro Cívico 5 de Mayo (concepto que se inauguró, precisamente, en las conmemoraciones de 1962), donde resulta que ambos cerritos ya han sido engullidos por el crecimiento de la ciudad, lo mismo que el Cerro de las Campanas de Querétaro (“¡Ah! usted quiere ir al centro!”, me dijeron la primera vez que intenté una excursión al sitio) o el pueblo de El Saucito en San Luis Potosí.

Sobre los fuertes, un material de divulgación de la Secretaría de la Defensa, escrito por el general Hermenegildo Cuenca Díaz hace unos 35 años, explica que los fuertes dominan Puebla y capturar el fuerte de Guadalupe “tiene que dar como resultado la rendición de la ciudad”.  Zaragoza cuenta en su parte de la batalla que, no bien llegó con sus tropas a la zona, dió órdenes para establecer “un regular estado de defensa” en los cerros de Guadalupe y Loreto, “haciendo activar la fortificación de la plaza que hasta entonces estaba descuidada”. Seguramente fue una de las primeras molestias que le provocó todo aquel acontecimiento.

Pero los cerros de Guadalupe y Loreto, agrega Zaragoza en el parte, fueron cubiertos con mil 100 hombres y dos batería. Calculaba este texano habilidoso que podría librar batalla con los franceses a campo raso, llevándolos hacia el oriente de la ciudad. Pero los franceses no tenían intenciones de dejarse llevar y optaron por atacar primero el fuerte de Guadalupe. Cuenta Zaragoza que al inicio hubo muchos tiros y disperos de cañón, “que mucho ofendieron a las habitaciones de la plaza”, cuestión que resulta evidente hoy, cuando del fuerte de Guadalupe no quedan sino unos pocos y apaleados muros. Hay que decir en abono del INAH de Puebla que lo que queda de Guadalupe está bien cuidado y en estado decoroso.

Tres horas duró el asunto; tres veces intentaron las fuerzas francesas tomar Guadalupe y tres veces los rechazaron.  La victoria que a la fecha es asunto de mucho orgullo nacional y de un extraordinario orgullo de las comunidades mexicanas en Estados Unidos costó unos 600 o 700 muertos y heridos entre los franceses, Zaragoza calculaba en 400 las bajas mexicanas.

Zaragoza se decía contento de sus oficiales y soldados “Todos se han portado bien”, apuntó. Hasta de los franceses hablaba bien: “Los franceses han llevado una lección muy severa; pero en obsequio de la verdad diré: que se han batido como bravos, muriendo una gran parte de ellos en los fosos de las trincheras de Guadalupe”. Cuenta el general un detallito interesante: al día siguiente daba cuenta de una treintena de franceses prisioneros, a los que, un par de días más tarde, los soldados mexicanos les arrancaban las medallas, huellas de batallas victoriosas, a estos prisioneros. Cuenta Zaragoza que, al ser despojados, los soldados franceses se echaban a llorar.

Pero lo que hoy son estos dos cerritos fortificados resulta muy interesante al paseante del siglo XXI. Los letreros  datan de aquel Centenario conmemorado en 1962 y convierten la zona en un sitio peculiar, donde el pasado se recuerda, se elogia y se enaltece por medio de megacarteles que nos recuerdan el caudal de heroísmo vertido por los mexicanos en 1862 (si se hubiera podido contabilzar en litros, qué necesidad de batalla había, los franceses se hubieran muerto ahogados).

Interesante modo de recuperar el pasado, de montar una especie de “teatro de la memoria” para el pasante que transita entre los dos cerritos. El ascenso a Loreto es un poco más difícil que a Guadalupe, pero la visita es animada. Todo el recorrido está lleno de estos carteles que le recuerdan al caminante que estpa en el escenario de uno de los grandes momentos de la historia nacional. Quizá lo llamativo es el mecanismo: carteles permanentes a lo largo de tooodo el sitio: se enuncia el valor, el heroísmo, el hecho de la victoria sobre un enemigo muy poderoso, el que los hombres del presente pisan una tierra convertida en teatro del heroismo por hombres que vivieron hace casi siglo y medio. Quizá el que excede un poco el buen gusto es el que fotografié y está al inicio de la entrada anterior de este reino: ese espectacular que apunta el paradero final de los restos de don Ignacio y, faltaba más, de doña Rafaela.

A ese  respecto hay que decir que a Zaragoza, recién muerto, se le fue a dejar al Panteón de San Fernando y para completar este curioso discurso espacial erigido en Puebla en 1962, se le exhumó ciento cuatros años después, en 1976, un día 4 de mayo. Cuentan que, al sacarlo de su sepultura, estaba en perfecto estado de conservación (por lo que sabemos, los mexicanos éramos buenísimos embalsamadores) y que hasta sus anteojos ovalados estaban ahí intactos. En fin, que lo cambiaron de estuche y se lo llevaron al nuevo monumento donde ahí sigue, para que propios y extraños lean el enorme rótulo que da cuenta del sitio donde él se entretiene en eso de la eternidad.

Si bien es cierto que ambos fuertes se encuentran en buen estado, lo que debieran ser jardincitos atractivos no lo son tanto. Me encanta ese rótulo donde dice que el terreno que uno pisa ha sido abonado con la sangre de los valientes mexicanos… que evidentemente no es la mejor vitamina para el pasto ni para las plantas. Arriba, en Guadalupe, hasta los arbustos tienen forma de cañoncitos, pero una buena mano de gato al resto de la cuesta hacia los fuertes no le haría nada mal a nadie. Por lo menos, podría plantearse de ese modo que la sangre de héroe es el mejor abono que puede existir.

 

No importa que no quepa el texto cuando hay buena fe

05
may
10

Ecos del 5 de mayo

A veces la vida se pone vertiginosa. Tan vertiginosa que no habían llegando las muchas palabras escritas desde el pasado 16 de febrero a este blog. Pero hago mea culpa y habrá que ponerlas todas a disposición de ustedes mis amigos. Pero hablando de cosas serias y no tan serias, hoy es cinco de mayo.

 Oooootra vez cinco de mayo, y mientras iniciaba estos renglones, el presidente, allá en Puebla, como corresponde, va y deja una corona y monta una guardia ante el monumento que guarda los restos de Ignacio Zaragoza y de su esposa doña Rafaela Padilla. A ella le fue bien… en principio, y según el ideal decimonónico de acabar hasta en la sepultura junto al marido, aunque se le detestara cordialmente, o al amante imposible, aunque el muy bestia jamás se hubiese animado a mejorar el estado de cosas PARÉNTESIS: para ejemplo de esto, ahí anda la historia de Lola Escalante, la eterna novia de José María Lafragua, allá en el Pantéón de San Fernando. Su fidelidad y paciencia, y su incapacidad para poner en su sitio a un pretendiente que, alegando un padecimiento cardiaco, la amenazaba cada tanto con que se moriría de un infarto si Lola acababa de casarse de una buena vez con Lafragfua,  le valieron un lindo monumento de mármol de Carrara, encargado a Italia y dirigido por los famosos hermanos Tangassi, porque cuando parecía que todo iba de maravillas y la pareja sería feliz por siempre, a Lola se la llevó la epidemia de cólera de 1850. Enterrada en el Panteón de San Fernando, el novio, de quien Vicente Riva Palacio hizo un texto satírico delicioso, solamente se tardó tres años en traer de Italia el mentado monumento. Como lo trajo uno de los Tangassi, quien supervisó el armado, ya se puede uno imaginar lo que costó el numerito. Pero San Fernando es escenario de todo tipo de extravagancias, peculiaridades, aficiones  y locuras, de los del siglo XIX y de los del siglo XX. Al rato les platico.

Porque yo estaba en esto del cinco de mayo (que también tiene que ver con San Fernando) y decía que por una de esas cosas raras la esposa de Zaragoza sí fue a dar al monumento de Puebla, aunque no sepamos a estas alturas si estaba harta o no del marido soldado al que nunca veía y que tuvo la poca delicadeza de morirse a los pocos meses que ella, dejando a la única hija huérfana pero eso sí, siendo héroe y benemérito de la patria. No obstante, a ella SÍ la trasladaron a Puebla para que durmiera el sueño eterno con su marido.  OTRO PARÉNTESIS: A la esposa de Pino Suarez, Doña María Cámara, y a doña Sara Pérez, la esposa de Madero, parece que no les fue tan bien al respecto. Ellas, en principio, siguen en el Panteón Francés de la Piedad, (Doña Sara en una fosa junto a la que, en ese lejano 1913, fue la primera sepultura de su esposo, doña María, una placa señala que se la inhumó en la misma tumba que al vicepresidente Pino Suárez. A lo mejor Eva María Ponce nos puede decir si hubo algún cambio cuando se llevaron a don José María) mientras sus mariditos se entretienen uno, (Madero), con toooodos sus amiguitos los revolucionarios allá en la Plaza de la República, y Pino Suárez, que era poeta, debe sentirse más a gusto en la Rotonda de los Hom… perdón, de las Personas Ilustres.

Y sigo: yo estaba en esto del cinco de mayo, y lo primero que espero es que, puesto que el presidente se dignó ir, hayan limpiado toda la zona de lo que fueron los fuertes de Loreto y Guadalupe, y que hoy es un parque dentro de la ciudad de Puebla. Las fotos que aquí ven, las tomé una navidad de… hace un año y meses, sí, en la navidad de 2008, y aparte de que el museo estaría cerrado en uno de los días festivos en los que la gente SÍ PUEDE IR. Tengo que decir que emociona caminar por el fuerte de Loreto, pues de Guadalupe queda poquísimo y era más bien templo convertido en fortificación , imaginándose al ejército mexicano maltrecho, hambreado, harapiento y sin embargo dispuestos a vender caros sus pellejos, aunque los infelices poblanos les hubieran escatimado hasta el insulto los recursos para su manutención. Triste jornada en la que siendo comandante del ejército sabes que se te van a morir muchísimos y sin embargo les tienes que dar ánimo y decirles, como les dijo Zaragoza “Veo en sus frentes la señal de la victoria”.

Pero también me acuerdo que en 1962 las conmemoraciones por el centenario de la única victoria militar seria que ha tenido el ejército mexicano (porque no me digan que es mucho mérito que unos 500 arrasen a 60 legionarios en Camarón). Eran los días del gobierno de López Mateos (que, o mucho me equivoco, pero a ratos creo que es el referente histórico de muchos que en el gobierno federal viven hoy día pensando, soñando con ese poder omnipotente, omnipresente que piensan que era el patrimonio de las presidencias priistas de los años sesenta) cuando los periódicos hablaban de auténticas multitudes marchando hacia Puebla para asistir a la ceremonia conmemorativa de este centenario. Eran tiempos interesantes: un televisor grande de General Electric costaba más de cinco mil pesos, exactamente 5 mil 995; y  un traje de mujer caro (de lana tipo “pelo de foca” [?]) en el Palacio de Hierro costaba 283 pesos. (Pienso que en 1962 Martín Luis Guzmán pagó cinco mil pesotes a Jorge González Camarena por “La Patria”, cuadro emblemático de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos y de la educación pública mexicana). Más datitos:  Felipe Calderón, hoy cinco de Mayo de 1962 tomaba protesta a los conscriptos. El maestro de ceremonias dijo algo que no quedó muy claro: “El ciudadano Presidente de los Estados Unidos Mexicanos realizará la Toma de Protesta, haciendo llegar su voz hasta el último rincón del país a través de la Red Nacional de Radio y Televisión” (woooooo, el último rincón del paíiiiiis) . No me quedó claro qué significa el dato, en términos prácticos, pero me hizo recordar que en 1962 López Mateos tomó protesta a 300 mil conscriptos en todo el país por medio de “un sistema de radio”. A saber si querían decir eso en este 2010 o solamente querían decir que la cadena nacional es la cadena nacional.

Sigo contando: en ese 1962 hubo un desfile conmemorativo en Puebla, con 15 mil efectivos, entre conscriptos, tropas y alumnos de escuelas militarizadas. Hubo otra cosa entretenidísima: un equipo de 120 corredores, de los cuales 60 eran poblanos llevaron a carrera limpia y hasta puebla una caja que contenía tierra del sitio de nacimiento de Ignacio Zaragoza (o sea, hablamos de Goliad, en la lejana Texas, alguna vez mexicana) y una antorcha con un fuego conmemorativo (como pueden ver no estamos inventando NADA en materia de conmemoraciones). Habían comenzado a correr el 21 de abril y el 1 de mayo andaban entrando a Puebla y un corredor de 18 años, Agustín Moreno, le daba el dichoso cilindro de tierra al gobernador Fausto M. Ortega.

Pasaban cosas ese mayo de 1962: era la quinta semana de éxito en cartelera de “Psicosis”, de Hitchcock, Jorge Ferretis, Director General de Cinematografía se había muerto el 28 de abril y las esquelas abundaban. Se anunciaba la película “El centauro del Norte” con José Elías Moreno y María Antonieta Pons que presumía de presentar al cineaficionado “¡las más bonitas canciones de la época!” en esta película “emotiva, alegre, comántica y muy mexicana”.

Como ya estaban a un pelo de los festejos del 10 de mayo, Los anuncios ya se centraban en el tema. Liverpool ofrecía “el regalo ideal para mamá”, un delantal de algodón a sólo 14.95 pesos.  (suena, tantos años después, hasta ofensivo, pero me acuerdo que, en los sesenta, el delantal era una prenda de uso frecuente entre las amas de casa de algún tipo). Claro que también había regalos de más clase, como guantes de cabritilla a 45 pesos, semilargos de nylon a 49.50 (y no sé en qué momento las mujeres dejamos de usar guantes. tan bonitos que son. Aunque con los 32 grados que dicen que hay ahorita al mediodía del 5 de mayo de 2010, ni a quien se le antojen).

Se emitieron en ese mayo de 1962 dos medallas (¿monedas?) conmemorativas: de oro, una que representaba a Zaragoza a caballo. ¡37.5 gramos oro, 38 milímetros de diámetro y costaba 585 pesos con todo y estuche! La de plata también con Zaragoza a caballo, 19.8 gramos plata, 36 milímetros de diámetro, costaba muuucho menos, como diez pesos.

Se editó un libro conmemorativo:  “A cien años del cinco de mayo de 1862″, auspiciado por Manuel J. Sierra, quien era el oficial mayor de la Secretaría de Hacienda, donde escribieron Catalina Sierra Casasús, personaje interesantísimo, Agustín Yáñez, Rubén Bonifaz Nuño, Melchor García Reynoso. La comunidad artística de Corpus Christi, Tecas, también se disponían a emprender enorme fiesta, y la publicidad aprovechaba para hacer patente su presencia en aquella jornada de conmemoraciones: Tequila Cuervo, por ejemplo, en un anuncio entero (una plana… nada despreciable), le decían a los lectores de la ciudad de México: “Cuando las armas nacionales se cubrieron de gloria frente a la ciudad de Puebla en 1862, hacía 39 años que el pueblo mexicano brindaba con Tequila Cuervo…” y, para que vean lo que era la economía en aquellos años, el Banco de Comercio de Puebla invitaba a todo el país a invertir en el estado, con las siguientes ventajas: a. Exención fiscal por 10 años. b. Los salarios y costos eran más bajos que en el DF. c. Su cercanía a la ciudad de México y al puerto de Vercaruz. 4. Disponibilidad de agua y electricidad.

Son algunas cosas de otro centenario, de otro país que tenía aún mucho de rural. Era otro cinco de mayo, claro, distinto al de 2010 donde la efeméride cívica se ajusta a la agenda politica de un gobierno. Si eso no es tener una idea concreta de para qué sirve la historia, díganme entonces qué es.




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