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09
may
11

Algunas historias entretenidas sobre el cinco de mayo y sus conmemoraciones

Cuando el año próximo, 2012, se llegue el aniversario 150 de la batalla del 5 de mayo, los poblanos tendrán que trabajarle bien y bonito para que la conmemoración sea todo lo rumbosa y or-de-na-da que hubiésemos querido que fuesen algunas otras conmemoraciones que yo me sé.  Habrá que recordar los discursos de Ignacio Zaragoza, quien le auguró la gloria y el triunfo a un ejército harapiento, apaleado, hambriento y mal armado. Habrá que recordar los asegunes de la batalla, la más célebre de la historia nacional, y para ello, espero que ya esté remozado y acicalado el parque nacional que hoy, ya engullido por el crecimiento de la capital poblana, abarca los dos cerritos, los de Loreto y Guadalupe, que , aunque de lejos se ven pequeños y sencillos de subir, a la hora de la hora tienen su chiste, me consta, justo como ocurre también con el Cerro de las Campanas.

Si el cinco de mayo es gran fiesta para las comunidades mexicanas en Estados Unidos, me quiero imaginar que, dentro de  un año habrá las condiciones para que ocurran cosas interesantes, de uno y otro lado de la frontera. En su momento, la victoria militar del cinco de mayo de 1862 fue materia de consuelo y de ánimo colectivo. Nada tonto, como sabemos que era Benito Juárez, auspició cuanto pudo tal sentimiento colectivo: la victoria sobre los franceses dio para emociones, para ceremonias y para discursos conmovidos. Hoy día, todavía podemos escuchar una pieza interesantísima, la “Marcha Zaragoza”, de Aniceto Ortega, que hoy día se puede escuchar en la espléndida ejecución de la pianista Silvia Navarrete.

Tan importante era esta memoria del cinco de mayo, que la “Marcha Zaragoza” se volvió, como  los “Cangrejos” de Guillermo Prieto, una pieza que los liberales y republicanos empleaban, orgullosos, para hacer patente su admiración y respeto por el general texano-coahuilense que se había ganado la inmortalidad en los fuertes de Loreto y Guadalupe, aún cuando, para llegar a ese cinco de mayo, hubiera sido necesario hacer una intensa carrera en las armas. Incluso, la “Marcha Zaragoza” llegó a sustituir, a ratos, al himno nacional. De hecho, no es una sola pieza, sino dos: un vals y la marcha, propiamente, ambos de Aniceto Ortega, y que se publicaron por separado, con la misma portada. A la luz de la distancia es curioso advertir cómo, si en su momento esta puntada de Aniceto Ortega generó confusiones, ciento cuarenta y nueve años después´quizá ya no importa tanto y ambas piezas son igualmente disfrutables.

Que el peso de la “Marcha Zaragoza” era grande, público y sabido, da para contar una bonita historia. Es evidente que en los años de la guerra de intervención, los mexicanos no perdían oportunidad para, aparte de tirotearse  con los invasores, pitorrearse de ellos. Así, modificaron muchas de las cancioncitas populares y divertidas que durante décadas acompañaban las ocasiones de contento nacionales. Así, modificaron la letra de El Guajito para restregarle a Saligny en la cara su afición al alcohol; cambiaron la letra de Los Enanos, una cancioncita para un juego infantil, para asegurar que “esos franchutes ya se enojaron/porque a su nana la pellizcaron”. Guillermo Prieto, el terrible y tierno don Guillermo, compuso la majaderísima “Marcha a Juan Pamuceno”, dedicada a Juan Nepomuceno Almonte, donde le reprochaba, burlona y ácidamente, su alianza con los conservadores y los franceses.

Perra cancioncita aquella la de la “Marcha a Juan Pamuceno”: decía, palabras más, palabras menos, que “el tata cura que te dio vida”, para recordarle a Almonte -como si hubiera necesidad- que era hijo nada más y nada menos que de José María Morelos; o sea, cómo es eso de andar juntándose con los enemigos de la Patria; que diría tu papá… y eso que aún no le colgaban a Almonte el milagrito de andar hurtando de Catedral los huesos del generalísimo…

Este espíritu burlón manifestado en la música, se dice, no fue ajeno a las cadencias de la Marcha Zaragoza -vals y/o marcha- pues, al parecer, años después, durante la guerra Franco-Prusiana, las bandas de guerra germanas, para hacer repelar a los galos, les tocaban la composición de Aniceto Ortega.

La victoria del cinco de mayo dio para su propia canción: “Al estallido del cañón mortífero/ corrían los zuavos en gran confusión/y les gritaban todos los chinacos:/ ¡Vengan, traidores! ¡tengan su intervención”. Lindo, ¿no? “Con Tamariz y Márquez se entendieron/les ayudó el traidor de Miramón/y los chinacos, bravos, se batieron,/inundando de gloria la Nación”. Tierna, dulcemente valerosa la cancióncita: “¡Alto al fuego! Ya corren los traidores,/ni vergüenza tuvieron ni pudor./¡Toquen diana! clarines y tambores/un día de gloria, la patria que triunfó”

Los homenajes no se quedaron allí: se intentó dejar huella del acontecimiento en las calles de la ciudad de México: una pegó, la actual avenida Cinco de Mayo; se intentó renombrar una calle para ponerle Ignacio Zaragoza, pero en esos días no pegó. Persistentes como somos, la enorme avenida que nos encarrila a Puebla, hoy lleva el nombre del general, que, por otra parte, nunca ha dejado de tener partidarios, adeptos y favorecedores. Si alguien se da una vuelta al Panteón de San Fernando,  en la ciudad de México, aún puede ver el espléndido sepulcro que en su momento se le dedicó, apenas unos meses después de vencer en Puebla. Si después uno se va de visita a los fuertes de Loreto y Guadalupe, verá el aparatoso monumento donde hoy reposa don Ignacio.

Hoy, que yo sepa, y sigo a la caza de nuevos datos, hay, en el DF, dos escenificaciones conmemorativas de la batalla de 1862: una, en el Peñón de los Baños, célebre y que siempre da para que los reporteros chilangos la cubran y tengan notita en día semiferiado. No hay periodista que, habiendo estado encargado de la misión, no refiera, con delicia, como a veces no ganan los mexicanos sino los franceses, dependiendo de las ganas que le echen; como todo el mitote va acompañado de algunos tragos de sustancias etílicas de origen y composición inconfesable, llega el momento en que el cuete ya está en plenitud: entonces, zuavos y zacapoaxtlas se abrazan, jurando que son hermanos y que se quieren mucho. En otras ocasiones, el guión se cumple a la perfección. Los mexicanos ganan y los zuavos, todos maltrechos, asumen su derrota.

Andaba yo por el norte de la ciudad de México la semana pasada, cuando vi una manta peculiar: el Pueblo de San Juan de Aragón anunciaba su 149 puesta en escena de la batalla del cinco de mayo. Las orejas se me irguieron: si esto es cierto, este montaje, a manera de celebración, se llevó a cabo el mismo año en que Zaragoza venció en Puebla. Es decir, el año que viene será un asunto sensacional.  Y he de decir que desde el cuatro de mayo, los protagonistas del espectáculo estaban ya emocionadísimos: tronaban cohetes que calculo tenían la magnitud de una paloma de 150 pesos; desde una ventana en un segundo piso, vi corretear zuavos y zacapoaxtlas, siempre acompañados de bandas musicales: de repente, tun-da-tun-da-tunda, carreritas de franceses. Media hora más tarde, tun-da-tun-datun-da, carreritas de mexicanos. Me imagino, porque no tuve tiempo ni oportunidad de verificarlo, que en las cercanías de la iglesia del viejo pueblo, la batalla debe representarse más en forma. Lo cierto es que esta ocasión de contento empieza el 4 de mayo, arrecia y alcanza esplendor el día 5 y, si les sobraron cohetes, cosa muy probable, se siguen de corrido. Para la caída de la tarde del 5 de mayo, y aunque ya sería como para que el general Zaragoza se pasee proclamando que las armas nacionales se han cubierto de gloria, mexicanos y franceses siguen metidos en las corretizas, y me cuentan que hacia la noche, la sala de urgencias de un hospital cercano se llena de integrantes de uno y otro bando, apaleados unos, con heridas de arma blanca otros; descalabrados, raspados, con las narices rotas pero felices de la vida. Confieso mi ánimo morboso y me fui a meter a urgencias el día 5 como a las 7 y media de la noche. Aún no llegaban. Ya no hubo oportunidad de verlos lamiéndose, satisfechos, sus heridas de guerra. Pero me consta que aún en la tarde del viernes 6, seguían retumbando los cohetes. No era cosa de guardarlos para el año que viene, faltaba más. El general Zaragoza y sus hombres no se merecen otra cosa.




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