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Regalos navideños 2: los diciembres de Francisco Zarco.

Pancho Zarco, reportero, en sus dominios

GUANAJUATO.- Hoy que escribo es Navidad. Y, ayer que pensaba en  la estatua de mi tatarabuelo Guillermo Prieto, cuando recorrí mentalmente la placita donde está la gran estatua de Francisco Zarco, me acordé que Zarco tiene, en su biografía, grandes momentos navideños. De hecho, muchas cosas, de principio a fin, le ocurren en diciembre, muchas importantes, entre ellas, el principio y el fin de su biografía. Pancho Zarco nació en Durango, Durango, un 3 de diciembre de 1829. Vivió solamente cuarenta años, pero muy intensos. Muchas de sus andanzas tuvieron momentos culminantes en diciembre, y se me hace buena cosa recordar algunas, al pie de su estatua.

Zarco debutó en el periodismo a la tierna edad de 13 años -o sea, desde chiquito era una auténtica plaga- por allá de 1842. Anduvo de aquí para allá, en lo que mejor sabía hacer, o sea, periódicos. En 1849 sabemos, de cierto, que estaba escribiendo para El Álbum Mexicano, y un año después ya está haciendo El Demócrata, que alcanzó 103 números y que se dedicaba, en particular, a hacerle la vida de cuadritos al presidente Mariano Arista.

En la década de los cincuenta del siglo XIX, se mete a la grilla, y resulta diputado suplente por Yucatán, mientras elabora curiosidades como el Presente Amistoso dedicado a las Señoritas Mexicanas, una cosa de lo más peculiar -pero bueno, esto de escribir es como plaga; cuesta trabajo quitarse el gusto y la manía- , ya embarcado en su curioso y tormentoso vínculo con el impresor Ignacio Cumplido.

Diciembre de 1851 debe haber sido un mes movido en la biograrfía de Zarco, porque el 1 de enero de 1852 comienza a escribir en las páginas de El Siglo Diez y Nueve, con el seudónimo de Fortún, con el cual hizo auténticas maravillas, llenas de humor y de ironía, y unió su destino a ese periódico, que creo yo era el verdadero amor de su vida, como suelen ser las historias de periodistas.

Como, además, hacía de las suyas en un periódico llamado Las Cosquillas, Mariano Arista, presidente, deseaba, con toda su alma, meterlo al bote.  Por eso tuvo que andar escondido todo el segundo semestre de 1852, porque a Arista le importaba un celestial pistache el fuero del diputado Zarco y lo buscaba para entambarlo el mayor tiempo posible. En diciembre de ese año, otra vez diciembre, el Congreso emitió un dictamen que absolvía al incómodo periodista, y Zarco pudo estar en paz esas navidades. De todos modos, Arista ya estaba a tres patadas de irse también para su casa.

Desde abril de 1853, Zarco asumió el puesto de redactor jefe -en los hechos, el director del periódico- de El Siglo Diez y Nueve. Desde allí miró el acontecer diario y su gran momento, aquel Congreso Constituyente de 1856-1857, que creó la Constitución liberal que los diputados y el presidente Comonfort juraron el día de la fiesta de San Felipe de Jesús, el 5 de febrero de ese mismo año. Navidades caóticas las de ese año, cuando Comonfort desconoció la constitución recién nacida y se desató la guerra de Reforma. Zarco optó por quedarse en la ciudad de México, escribiendo a favor de la causa liberal, y, cuando ya no pudo continuar con la publicación de El Siglo Diez y Nueve, a causa de la represión, y para no dañar al periódico con la publicación de sus ideas y sus argumentos contra los conservadores, dejó la dirección del periódico y, embozado, oculto, agazapado, el buen Fortún se puso a editar El Boletín Clandestino, que todos sabían muy bien de quién era obra. Naturalmente, tuvo que vivir en constante ocultamiento. Parece que la mitad de sus contemporáneos sabían las que el pobre Pancho Zarco tuvo que pasar en aquellos tiempos; curiosamente, nadie las narró en detalle. Muchos años después, Victoriano Salado Álvarez, al escribir sus Episodios Nacionales Mexicanos, lo hizo personaje de su narración de la Guerra de Reforma, precisamente en esos días de disfraces, carreras y clandestinidad.

Sin embargo, las autoridades conservadoras acabaron por pescarlo y encarcelarlo el 13 de mayo. Cuentan que esos meses en una prisión helada, húmeda y malsana, acortaron la existencia de Zarco; se asegura que, haya sido tuberculosis o no lo que le arrancó la salud, lo adquirió en la asquerosa cárcel de la Acordada. Pero, como sabemos, los liberales entraron triunfantes a la ciudad de México en diciembre de 1860. Acababa la guerra civil y los vencedores se apresuraron a soltar al buen Pancho, que, en la puerta de La Acordada, miró la luz del día. Era Navidad.




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