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Pasear huesos: las “reliquias patrias”

Hoy, domingo 30 de mayo de 2010, salen a pasear los Padres de la Patria. Los más antiguos de esos restos, que hace casi 200 años y, mediante el rápido expediente de las balas dejaron de ser carne apasionada para transformarse en materia prima de las obsesiones de las generaciones de mexicanos que les siguieron, se asoman al México del siglo XXI, donde acechan los perros bicentenarios y las alianzas políticas demuestran hasta qué punto se han desgastado esas antiguallas que se llaman “principios” y, poco a poco, se sustituyen por lo que podríamos llamar “medidas desesperadas”. Lindo ambiente que se van a encontrar.

Esto de “pasear huesos” entra muy a tono con las peculiares maneras que tenemos en este país para asumir la muerte, para combatirla, negarla e, incluso, intentar vencerla. Tiene que ver también con la huella de rituales religiosos que, al paso de los años se transforman en rituales laicos, sin que a nadie le cause demasiado escándalo… en principio.

Fuera de una asomadita al mundo, que les dieron en 1953, los restos de los caudillos, de los próceres insurgentes, no salían desde que los trasladaron, en gran procesión (desfile o procesión, para el caso específico es casi lo mismo) solemne, de su sitio en la Capilla de San José de la Catedral, hasta la Columna de la Independencia, donde, por no sé qué razones, hay quien anda diciendo en los periódicos que los colocaron en una “cripta subterránea”. Más bien si sé. Quien dice esas cosas tiene mucho que no se para en el sitio, porque sabría que entra uno al pasillo interior, da la vuelta, pasando por la estatua de Guillén de Lampart, que está ahí no por ser el personaje principal de una novela de Vicente Riva Palacio (“Memorias de un Impostor”), sino porque a él sí se le consideró una especie de precursor de los anhelos independentistas en la Nueva España en los tiempos en que se adornó el sitio y se pensaron los diversos elementos escultóricos que revisten la columna.

Así pues, salen los huesos a pasear. Alrededor de estos pobres restos han ocurrido toda clase de historias desde 1811, cuando los cuatro primeros personajes que duermen la siesta de la eternidad en la Columna de la Independencia fueron pasados por las armas en Chihuahua, que, si hoy día está bastante lejos, en términos de distancia, hace doscientos años estaba múchísimo más lejos. Allá se llevaron a Allende, Aldama Jiménez y, desde luego, a don Miguel Hidalgo. Allá fusilaron primero a Allende, Aldama y Jiménez, y un mesecito después al Padre de la Patria, que, en algún momento, porque es condición humana cuando se llega a las puertas de la muerte, del abismo y del desastre, ha de haber pensado en la inmortal frase “pero qué necesidad”, cuando se estaba tan a gusto en Dolores, departiendo con los amigos, discutiendo de temas elevados con Manuel Abad y Queipo, disfrutando las tertulias en casa del intendente Riaño, en fin. Así fueron las cosas, así se decidieron (eso es, también, condición humana) y por eso acabamos como acabamos, que no es privativo de los personajes que cambian el rumbo de los acontecimientos (no tengo ganas de usar la ultrasobada frase de los últimos meses “que nos dieron patria y libertad”, porque entonces se me dispara el mecanismo automático de pensar que, o se volverían a morir de la impresión con las cosas que hemos hecho bien, o nos mandarían al paredón de ver lo mal que hemos hecho algunas otras.)

Salen los huesos a pasear y esta ocasión no hay presuntos familiares a quienes confiar el amoroso traslado de los frágiles restos. En 1925, aparecieron un par de ¿nietos?, o al menos así se les conoció a sacar de la capilla lo que quedaba de Guadalupe Victoria. Hoy, se afirma que Victoria no tuvo descendencia conocida (pero qué tal desconocida, ¿verdad? por eso no hay que andar diciendo temeridades). Se asegura que estaba por allí una especie de sobrino de Mariano Matamoros, y la inexactitud de los parentescos hay que adjudicársela a los reporteros de aquellos años, para los que un nieto era lo mismo que un chozno, o un sobrino salía igual que un sobrino biznieto… total, si de un “probablemente” inventaron el robo de los huesos de Morelos, por qué iba a haber dificultad en esto de ser precisos con los parentescos. Algunos aún se preocupan por insistir en que Hidalgo no tuvo descendencia, pero vayan y díganlo en Dolores Hidalgo, díganselo a la familia mexicana que hoy día tiene su blog para explicar cómo es que son descendientes del padre de la patria. Este es uno de los elementos de folclor local que adornan estas conmemoraciones de 2010.

Salen los huesos a pasear, y esta vez no hay demasiadas polémicas por la autenticidad de los huesos, como en 1925, un personaje peculiarísimo, como muchos reporteros de esa época, que firmaba sus notas de El Universal como Jacobo Dalevuelta y que en realidad se llamaba Fernando Ramírez de Aguilar, que había estado incordiando, en las páginas de su diario, acerca de la desaparición de los huesos de Morelos. Como ese es un asunto que cada cierto tiempo resucita en la prensa mexicana porque alguien se acaba de enterar  de esa historia, merecerá unos párrafos aparte en este Reino. Pero no eran los únicos restos por los cuales se clamaba, se sospechaba y se pataleaba: corría, como corrió también la versión a fines del siglo XIX, que el cráneo que se pensaba, pertenecía a Miguel Hidalgo, no era tal, puesto que los testimonios indicaban que al padre de la patria no le habían dado tiro de gracia, y el pobre cráneo que en la colección de reliquias patrias se identifica como el del cura de Dolores. Los huesos de Morelos se cuecen aparte por el escándalo generado a su alrededor. Sobre el cráneo de Hidalgo, hace ya años que no se arma tanto barullo.

¿Qué si hay entonces en esta salida de huesos ilustres? La aspiración “científica”, derivada de obsesiones personales, y a cargo del Instituto Nacional de Antrpología e Historia (que deben estar emocionadísimos por el encarguito) de “identificar” los huesos que se resguardan en los elegantes cajoncitos. Yo debo reconocer que esas cosas de andar averiguando la historia de los restos humanos, definitivamente me encanta. Admito que tengo una buena colección de datitos al respecto, que agregaremos a este Reino en el curso de estos días. Confieso que esta historia de los “restos patrios” como un inocente con humor involuntario los bautizó, me divierte mucho porque en ella se mezclan las buenas intenciones con la incompetencia, la mala fe y, antes que otra cosa, el interés político. Quien crea algo diferente al respecto, o vive en una isla desierta, o jamás ha pensado a profundidad los problemas de las conmemoraciones, o es de una ignorancia escandalosa, o simplemente se está haciendo el tonto. Pero el mundo es real, y la realidad es real y hace mucho que tenemos claro que las conmemoraciones, sean cuales sean, implican un uso del pasado, y el uso del pasado jamás es inocente. Al rato hablamos de las aventuras de estos huesos. Me voy a ver el numerito. Mientras, les dejo una foto publicada en el libro de la historia gráfica de los hermanitos Casasola,  de cómo estuvieron alguna vez los huesitos prolijamente acomodados. Al que me diga quién es quién, le invito un martini de absolut de pera.

Adivina, adivinador. ¿De quién es la calavera que te está mirando de frente?

 


4 Responses to “Pasear huesos: las “reliquias patrias””


  1. 1 Gabriel J. García
    mayo 30, 2010 a las 8:58 pm

    “Ganar un hueso”, es mejor que “llorar al hueso”. O más bien deberiamos decir: a otro perro con ese hueso. Las calaveras, huesos en todas sus formas son la prueba de la existencia de un ser humano. La verdad creo que si Hidalgo, Allende y todos los demas pudieran volver de su muerte bien podrían volverse aterrados a su urna móvil y hoy muy paseadora. Los heroes patrios hoy sacados y posteriormente investigados en sus intimidades solo nos remitirán a conocer las condiciones de las personas del las primeras decadas del siglo XIX. Y se me ocurre pensar que pasaría si algún resto por algún detalle del adn, de su conservación, de su sexo, de los registros, etc. resultara de algún ilustre desconocido ¿se haría público, seguiría siendo reconocido como X Prócer Patrio o simplemente se le sacaría y reubicaría en un menor y modesto sepulcro?

    Esta dificil la pregunta pero lo únco cierto es que son unos craneos muy respetados.
    Saludos

    • 2 Bertha Hernández
      mayo 30, 2010 a las 11:42 pm

      Le has dado al clavo, querido Gabriel. Parece que se les ha ocurrido a un par de personas analizar los ilustres huesos, pero ese alarde de actitud científica del siglo XXI tiene consecuencias…. y quién sabe si sean las que ellos esperan o desean… en un ratillo subimos más información sobre esta historia que, aunque bien dice mi amigo Salvador Rueda, son capítulos marginales de la historia, nos revelan algunas cosas de nuestra manera de ser.
      Abrazos
      Bertha.

  2. 3 LUCÍA GUZMÁN
    mayo 31, 2010 a las 1:00 am

    Mi querida y admirada Bertha:
    Claro que esto de sacar a pasear los huesos es una “medida desesperada”. Aunque hay que reconocer que a los mexicanos siempre se nos ha dado, y continúa dándosenos, muy bien lo de las fiestas alrededor de los muertos.
    Por otro lado, los métodos científicos que utilizan Carbono 14, sí son muy exactos para medir la edad de los huesos. Pero, ¿qué sucedería si se descubre que algunos de los “restos patrios” no son de quienes se supone? ¿Nos lo diría el INAH?
    ¿Y quién va a ser el o la valiente que se atreva a decirle a las autoridades, tanto federales como del DF, que Mina no se llamaba Francisco Javier, sino Martín Javier?
    Te mando un fuerte abrazo

  3. 4 Bertha Hernández
    mayo 31, 2010 a las 11:38 am

    Adoro a mis amigos como tú, Lucía y como Gabriel, que dejó otro comentario en este reino, sobre el tema esencial: los estudios y las aspiraciones a “identificar con plenitud” los restos. ESO es lo que tiene consecuencias. Lo demás es, ciertamente, folclor local. Y eso es lo que vamos a diseccionar en las entradas de esta semana, aquí, en este Reino.
    Besos
    Bertha.


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