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May
10

Pasear huesos 2: honores y desfile militar del 30 de mayo

El último domingo de mayo de 2010

Pues salieron los huesos de los padres de la Patria. Entre cadetes del Colegio Militar, banderas tricolores con crespones negros y acordes de Marcha Dragona, fueron trasladados al Castillo de Chapultepec, donde se quedarán a pasar el fin de la primavera. Haciendo alarde de un “timming” atroz, el asunto comenzó a la ¡misma hora! que la transmisión del juego de futbol México-Gambia, del que por cierto, no tengo la menor idea de cómo acabó. Por eso podía uno brincotear a lo largo de los cuadrantes radiofónicos y no encontrar sino especulaciones futboleras. 

Pero sobre el asunto de los “huesos patrios” (caramba, qué expresiones inventa la gente), no ha habido desde hace dos semanas quien juzgue piadosamente el asunto. Lo menos que se ha leído es que se trata de una ocurrencia, de una mexicanísima puntada. Y hay mucho de razón en ello, pero bien podríamos preguntarnos qué es lo que hace que aún nos broten este tipo de ocurrencias o puntadas. Acabo de leer un cablecillo de la agencia noticiosa italiana ANSA, que reproduce las opiniones de unos cuantos dirigentes de partidos políticos: “Injustificado”, dice Manlio Fabio, priista. Jesús Zambrano, perredista, refunfuña que no halla razón “para ese traslado” e, indignado asegura que hay en el mundo mejores cosas por hacer que “andar molestando en su descanso eterno a los héroes”. Es cómodo tirar el trancazo fácil: pero estoy cierta de que, si a cualquiera de los dos señores les hubiera tocado la coyuntura, con sus diferencias y matices, algo hubieran discurrido sobre los homenajes a los insurgentes. A lo mejor no idéntico, no exactamente igual, a lo mejor no habrían emboletado a los señores del INAH en la empresa, pero habríamos visto alguna idea curiosa al respecto.

Porque lo que presenciamos ayer es, sencillamente, uno de los muchos usos del pasado. Como podría serlo un spot de radio o de televisión BIEN HECHO, como lo es un ceremonial cívico, como lo son tantas cosas más que pertenecen a nuestra vida cotidiana. Y afirmarlo no es ninguna idea escandalosa ni malaonda: todos tenemos una idea de cómo asumir nuestro pasado y lo traducimos en actitudes y acciones: andar exhumando personajes ilustres y pasearlos por Reforma, para los propósitos que sean (de eso hablamos luego), revela una posición ante el pasado, una actitud ante la muerte y una irreprimible afición a las reliquias en el sentido más estricto de la palabra.

Salieron los huesos, pues, desfilaron en algo que no entiendo el sentido de llamar “cortejo fúnebre”, porque seguramente esa es una de las actitudes que en el pasado determinaron el diseño del ceremonial. Esto es: son restos humanos, entonces todo lo que se les relacione adquiere carácter de ceremonial luctuoso. Y creo que ese es uno de los problemas que plantea la relación con los restos de los personajes ilustres. ¿Son materia de duelo? ¿son materia de recuerdo satisfecho? ¿Los paseo vestido de luto o con júbilo porque las cosas han cambiado mucho en 100 o 150 0 200 años? Esas son las cosas que uno se puede poner a pensar cuando se dispone a desenterrar, re-desenterrar o exhumar a cualquier notable.

Me parece que hay distintas posibilidades para esto, ya que nos ponemos a dialogar con los muertos en la forma más literal posible: ¿por qué no comprar rosas amarillas, claveles rojos, pensamientos pintitos para Miguel Hidalgo? (ustedes disculpen: a mí las flores blancas sí me parecen “flores de muerto”) Ya que andamos en esto de la nigromancia les podemos decir, como le diríamos a nuestra tía bisabuela que tiene medio siglo sin asomarse a la calle ni para comprar un manojo de manzanilla, que ya es normal que se vacunen todos los chiquitos, que ya no es común que las mujeres se mueran en alguno de una serie larguísima de partos, que el Estado le paga los libros básicos a los niños? Digo, ya que vamos a echarnos una conversación con los “huesos patrios” (disculpen, pero es que la expresión me da mucha risa), podríamos contarle algunas cosas que hemos hecho bien y luego hacer el mea culpa de toooodas las burradas cometidas en los últimos 85 años.

El caso es que pasearon a los “huesos ilustres”: en algún punto del recorrido, más allá de la glorieta de la Diana alguien se puso a gritar “¡Viva Hidalgo!” y, razonablemente, la concurrencia también vitoreó la urna enorme que contiene los cuatro famosos cráneos. A las edecanes, que se estaban asando en sus vestiditos y medias negras (ah, claro, es que era un cortejo fúnebre…) se les fueron las cabras, se imaginaban un desfile mucho más largo y mucho más lento, de manera que, cuando reaccionaron, se les estaban quedando las brazadas de claveles blancos que les dieron para repartir entre los asistentes con la idea de que fueran lanzadas “al paso de los héroes” (¿qué no lo hubiera escrito así Amado Nervo’). Daban ternura echando carreras rumbo a Chapultepec, a ver si alcanzaban a repartir sus flores. Lo cierto es que mucha gente más bien las tomó como una cortesía de los caudillos de la insurgencia y se llevaron a casa muy buenos ramitos.

Como el cortejo era realmente breve, de repente la gente empezó a tomar la actitud de “ah, caray… ya se acabó” y muy pronto, mientras el número proseguía en Chapultepec, los asistentes a los que no les urgía regresarse a la casa para ver el futbol, se desperdigaron por los locales de la “Feria de Ciudades Amigas” (o algo así) donde, previsores los rusos y húngaros ya tenían listos panecitos recién hechos, galletitas de café con chocolate para desayunar.

Y así, los beneficiarios últimos del desfile federal resultaron los invitados del gobierno de la ciudad de México (les digo que tienen un timming para matarlos), pues, después del paso del cortejo, algunos nos dedicamos a curiosear, a comprar seda indonesia o vino sudafricano, a probar bocaditos chinos, japoneses, indonesios, filipinos, y tooodos a pasear, a ir y venir hacia el entrañable Ángel, donde, una vez que se marcharon los invitados VIP, la gente, ésa que se va al Ángel a celebrar el futbol, una medalla olímpica, el fin de los estudios, se acomodó a tomarse fotos emocionadas o a tomarse un descansito, literalmente a la sombra amorosa del Ángel.

 Algunas notas periodísticas del día enfatizan el hecho de que mucha gente no sabe realmente quiénes se echaban la siesta de la eternidad en la columna de la Independencia. Cierto y ese es uno de los huecos discursivos en estas conmemoraciones. Seguimos creyendo que toda la gente sabe historia básica o “conmemoraciones básicas”, pero lo bonito es que, si le damos oportunidad a esa misma gente que tiene inquietud, curiosidad, emoción o incluso morbo por el pasado, de adquirir información, pasan cosas hermosas o conmovedoras. Ayer, mientras los empleados de Presidencia  levantaban el presidium, las cajas de madera negra donde colocaron las urnas con las “reliquias patrias” mientras el Presidente y el ministro presidente de la Suprema Corte se echaban sus discursos (PD: ¡corran al que hizo el horrible discurso del presidente! Sonaba de un anticuado…), la gente se formó en una fila que abarcaba la escalinata y un trecho del asfalto, para entrar a ver las gavetas vacías y la estatua de Guillén de Lampart.

Ese “después” es el que nos enseña por qué 200 años de la insurrección de Hidalgo, los mexicanos sobreviven a todo, a la pobreza, a las crisis, al olvido, a la arrogancia, a la ceguera, a la mala memoria de quienes gobiernan: porque hay tenacidad e ingenio. Abundaban los vendedores que no eran ni turcos, ni españoles ni argentinos: los mexicanos con peculiares mercancías, desde cursos de idiomas hasta trompos muy bien hechos. Burbujas, pelotas de goma, tamales. Pero no se me olvida el señor que vendía el “patito chillón”, títere de mano tan tierno como el mejor muppet, que tiene incorporado un silbato y un artilugio que le permite sacar la lengua como un espantasuegras. “Diseño mexicano”, pregonaba orgulloso. Un poco apenado por los elogios entusiastas que me despertó el patito, me decía: “Pues ya ve… uno tiene que andar trabajando… pero aquí estamos siempre… buscándole el detalle”.

Y ha de ser por eso, porque siempre estamos buscándole el detalle, que este país siempre sobrevive.  Mañana, la historia-historia de los huesos ilustres.

 


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