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Junio decreciente: el miedo y dos estampas del norte.

Me eriza la piel leer a Salvador García Soto en El Universal de hoy miércoles.  La realidad muy real enseña los colmillos. El enfrentamiento político es la principal de casi toda la prensa y ya le arrebata el espacio a los funerales de Rodolfo Torre Cantú. Como todo se paga, en este momento más de un funcionario público recibe la factura de las ocurrencias que en el pasado parecían brillantes y contundentes, y que ahora resulta que no lo eran tanto. La lista de cuentas por saldar crece y entrampa el diálogo entre algunos personajes de la clase política que, quitándose los crespones negros, se suben las mangas para otro round más.

Con la ceguera del Altiplano que con tino suele subrayar mi querido don Pepe Fonseca, no vemos los miedos de la gente, el cansancio de vivir en peligro. Tamaulipas está muy lejos, Ciudad Juárez mucho más, pero sé que hay viajes por tierra, en el espléndido norte mexicano, que ya no haría con tranquilidad. Vamos, ni se me ocurriría. Pero un día querría volver a Cuatro Ciénegas, Coahuila, el pueblo diminuto, en medio del desierto, donde nació Venustiano Carranza.

A Cuatro Ciénegas se llega por una carretera con un carril de ida y otro de regreso, casi a la mitad de un trayecto de seis horas en automóvil que lleva de Saltillo a Torreón. No encuentra uno alma viviente en el camino, como no sea, inexplicables, dos o tres cabañas de madera que en los rótulos anuncian que ahí se venden mariscos frescos (??).

Antes de llegar se ven, a lo lejos, las dunas de yeso y relumbra el azul del agua de la Poza de la Becerra. La estampa hasta recuerda esas ideas de los espejismos del desierto. Si uno no supiera el sitio tan interesante para los biólogos que es la Poza, igual que la Poza Azul, daría uno por buena la ilusión de que el desierto te obsequia una imaginería. El pueblo es pequeñito y hermoso. Hacían en una “Tienda de Novedades”, nombre con ecos de pasado, unos fenomenales dulces de nuez y chocolate. Se para uno en una de las calles principales y puede verse como la traza sigue en línea recta hasta donde empieza el desierto.

En la red me encuentro el sitio de un hotel de Cuatro Ciénegas que pregona las bondades de la visita: hay fotos de la Presidencia Municipal, con sus leones de piedra en la escalinata, donde alguna vez me retraté, precisamente por los leones. Otra foto enseña la fachada del Museo Casa de Carranza, donde me encontré, en su biblioteca, y después de dos años de buscar sin encontrar, una biografía de Guillermo Prieto, editada por el INEHRM en años muy lejanos. Hasta allá me alcanzaba la voz del santo tutelar de este Reino.

La imaginería del chilango hace que desde acá veamos con franco recelo esas tierras amplias y grandes del norte mexicano. Coherente: los hoteleros de algunos sitios reclaman que las reservaciones se caen, que los visitantes mejor se regresan a sus casas. Ocurren en muchos sitios cosas terribles, cierto, pero con la lectura cotidiana que escriben los colegas de allá, se vuelven estremecedoras: desde niños en la sierra de Chihuahua que no van a clases cuando llega la hora de ir a cosechar amapola en los campos que el narco siembra, mientras los maestros saben que en el tema mejor ni meterse, hasta los casos de ejecuciones relámpago, oscuras, multitudinarias que los periódicos de la capital nos van acumulando. Y es un asunto real, no “problemas de percepción”.

Son historias que nadie del gremio dejaría de contar por pura dignidad profesional. Historias que no dejan de escribirse con miedo y que generan miedo cuando se leen, aunque cuenten, con frecuencia, la historia de los héroes de este 2010, los héroes que lo son por el simple hecho de vivir donde viven y negarse a que la oscuridad los domine. Se adaptan a vivir, a ser más cautos, a no meterse con quienes no hay que meterse. eso es vivir sin rendirse y eso es ser héroes. Héroes diferentes a Hidalgo o a Morelos, a Ignacio Zaragoza. Héroes reales de este México del siglo XXI, de este año de los centenarios.

De entre esos héroes, me acuerdo de Suzy. Suzy es muy chiquita, tiene 21 años. Estudia Historia y vive en Ciudad Juárez. Estuvo acá entre nosotros los chilangos hace unos meses, coincidíamos en un seminario, así la conocí. Con su acento de Juárez que le gusta tanto a su paisano don Pepe Fonseca. Hace dos semanas se regresó a su tierra, y escribía su tesis sobre el miedo. El miedo que cunde en muchas partes de su ciudad, el miedo que tiene su historia, que multiplica las historias. Con otros dos amigos, Alberto Betancourt y Griselda Camacho, andábamos el mes pasado en el programa de radio con Guillermo Briseño. Y Suzy contaba, pensaba, en lo que pasa en su tierra. Alguna vez decía que, estando acá y leyendo, viendo noticias, le entraba la inquietud por su casa, su familia. Nos faltaban los últimos días del semestre y a ratos le entraba la gana de regresar. Ya está de vuelta en casa, librando sus propias batallas, como las demás Suzys que en el resto del norte del país o en Cuernavaca o en Michoacán o en Guerrero estudian Historia, o Ingeniería o Turismo. Y cuando ves a muchachitas valientes y listas, dan ganas de que se pueda regresar a hacer las vacaciones en Cuatro Ciénegas sin que te dé miedo la carretera, de que hagamos otra excursión a Ciudad Juárez y comer burros  sin que las antenas con las que los reporteros nacemos estén trabajando aunque nomás estés mironeando un escaparate. Las vacaciones, la excursión y los burros (que en Juárez son deliciosos) son perfectamente anhelables. Lo de las antenas es inevitable y es la marca de la casa y es orgullo. Si no, ¿cómo escribiríamos en los periódicos, cómo existiría este blog?


2 Responses to “Junio decreciente: el miedo y dos estampas del norte.”


  1. agosto 16, 2010 a las 10:15 pm

    Wow, me encantaría ir a ese lugar…. qué lástima del Norte, del Norte secuestrado.

  2. 2 Bertha Hernández
    agosto 16, 2010 a las 10:54 pm

    Cuatro Ciénegas es un sitio sensacional, mi querido Enrique. Pero el solo viaje, cruzando el desierto, es por sí mismo una experiencia. Un día habremos de regresar.
    Abrazos.
    Bertha.


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