Archivo para 31 agosto 2010

31
Ago
10

Postales Bicentenarias 4: el sabor de las cosas

Y estas son para empezar

Todos, en algún momento habrán probado, habremos probado algo fabricado por La Costeña. El que más, el que menos. Pues ellos se fueron por lo sencillo. Hay algo que celebrar, opinan: el sabor. El de ellos, otros. Los sabores son un asunto de memoria y de afectividad. Nadie volverá a hacer una sopa de verduras como la que hacía mi madre, nadie hará un panqué de nata como el que hacía mi abuela ni las tortas de la Barraca Valenciana, con una pata en cada mundo  gastronómico, serán igualables. Todos tenemos nuestro particular catálogo. Pero hay muchos sabores más. ¿a qué sabe el cansancio satisfecho? ¿a qué la melancolía desde la ventana de casa? ¿a qué la memoria que cura sus cicatrices? ¿a qué la sensación física de que el cerebro trabaja a mil por hora y las ideas corren, fluyen, se acomodan con precisión? ¿a qué sabe el futuro que se arropa en la rica bufanda del pasado? ¿a qué sabe el mundo restaurado? Hoy martes faltan ya solamente 17 DÍAS para el Bicentenario. Y las ideas se amontonan, y el mundo se complica, pero hay historias de lo inmediato que poco a poco dejan de ser un punto en la lejanía para acercarse, con lo bueno y lo misreable que tienen. Como todo. Esta de los Centenarios, inevitablemente, también.

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31
Ago
10

Postales Bicentenarias 3: noche en Chapultepec

Luna de agosto, en el umbral del Bicentenario

  Lunes de agosto, en el meritito umbral del Bicentenario del Inicio de la Independencia, porque solamente faltan hoy 17 DÍAS para  que llegue el momento esperado, y por suerte no llueve, y por suerte hay luna y por suerte el Caballero Alto luce iluminado. Y había, para la ligera cena, un molito de nuez, rescatada la receta de la Coahuila antigua, y unas enjococadas de la zona que después fue el estado de Guerrero, y la capirotada blanca (no sabeeeeeen….), salidas de las manos de mis amigos Mundo Escamilla y Yuri de Gortari, que reinan en su Escuela de Gastronomía Mexicana, porque es tiempo de “Los Sabores de la Historia” en el Castillo de Chapultepec y sí, estas serán algunas de las noches bicentenarias, para disfrutar, con música decimonónica y una sombra, acaso la Güera Rodríguez paseándose cerca de la Fuente del Chapulín.

A ratos, desde el Alcázar, como me ha tocado verla desde aquí, en unas cuantas ocasiones, la ciudad de México, luminosa,  otra vez se parece a la región más transparente del aire. Cosas de la memoria.

 

25
Ago
10

De cómo Jacobo Dalevuelta dio por robados los restos de José María Morelos

En 1925, ya muy cerca el 15 de septiembre y el traslado de los restos de Miguel Hidalgo y sus amigos, de Catedral a la Columna de la Independencia, este ilustre reportero mexicano, Fernando Ramírez de Aguilar, que firmaba sus escritos periodísticos e históricos como JacoboDalevuelta, dio a conocer un librito de su autoría, editado -con evidente apresuramiento, por la gran cantidad de erratas que tiene- por la Secretaría de Educación Pública (caramba, qué coincidencia): La Odisea de los Restos de Nuestros Libertadores, que se explicaba a sí mismo: “Compilación de documentos, por Fernando Ramírez de Aguilar (Jacobo Dalevuelta), Repórter (como se llamaban en esa época los reporteros) de “El Universal”, Miembro activo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y de la Sociedad para el Estudio de la Historia Local de México”. Esta “compilación de documentos” reúne varios materiales: un artículo de don Luis González Obregón sobre sus andanzas relacionadas con los huesos de los próceres de la insurgencia y los materiales publicados por Dalevuelta en El Universal respecto a los trajines que desde 1823 habían sido el rasgo distintivo del tratamiento a los restos de los insurgentes.

Se trata de un librito hecho al calor de la oportunidad, apoyado fundamentalmente, como se reconoce en la “Advertencia” de la primera página, por un buen amigo de Dalevuelta: el entonces secretario de Educación Pública, José Manuel Puig Casauranc. “Dedicado especialmente a los niños de las escuelas”. Como puede verse, las aspiraciones que acerca de la enseñanza de la historia tienen en este 2010 personas como José Antonio Crespo (si se quieren morir de risa lean el prólogo y las conclusiones de su libro “Contra la Historia Oficial”) tampoco son novedosas: esa idea de que los niños de primaria TIENEN que saber TODA LA HISTORIA de México (ese “TODA” puede ser muy elástico) desde chiquitos, muy chiquitos (y entonces la mochila solamente les alcanzaría para llevar su Larousse de Historia de México) es, en buena proporción, el motor que animó a Dalevuelta a armar la obrita. Tuvo la suerte de que su amigo Puig lo apoyara y que, al calor del inminente traslado de restos, mezclado con las tensiones harto conocidas entre el presidente Plutarco Elías Calles y la Iglesia Católica, resultara que este acto de “cuatismo”,  motivado por una legítima curiosidad histórica, adquiriera materialidad sin que nadie se indignara o se quejara o se retirara del twitter.

Uno de los primeros elementos importantes para explicarnos algunos mitotes del siglo XXI es que Dalevuelta nos deja la afirmación de que la cripta donde los restos se echaron su siesta de 85 años se estaba construyendo “a gran prisa”. Eso explica por qué no pusieron todos los nombres que debían (lo que ha dado  lugar a los pataleos que hemos leído recientemente), como ocurrió con el laguense Pedro Moreno y el zacatecano Víctor Rosales.

En este librito, Dalevuelta compila los materiales periodísticos publicados en El Universal acerca de una presumible desaparición de los huesos de Morelos. Explica en su “Advertencia inicial”, y esto es importante, porque a confesión de parte…

“Fui el primero en proclamar la desaparición de los restos del héroe máximo de la Guerra de Independencia, el Serenísimo señor generalísimo de las armas, don José María Morelos y Pavón, vencedor en Oaxaca. Una vez en pie el asunto, me sirvió, generosamente para mi investigación: en primer lugar mi distinguido amigo el culto historiador don Luis González Obregón, y después los periodistas retirados don Angel Pola y don Aurelio J. Venegas”

Al grito de “los niños deben saber estas cosas”, Dalevuelta reseña los diversos traslados de los restos de los próceres insurgentes, desde 1823. Aunque acude a las fuentes que hoy día nos explican en detalle muchos acontecimientos, como el Diario Histórico de Carlos María de Bustamante (que hoy día se puede conseguir en CD), no advierte que en los testimonios de 1823 hay elementos para determinar que, desde entonces, los restos humanos se revolvieron. Como ese no era el tema que le interesaba, no reparó en ello. Recupera de los testimonios de Bustamante, eso sí, que a la villa de Guadalupe, donde fueron reunidos todos los restos de los insurgentes, llegaron los de Morelos “enteros”.

Afirma Dalevuelta que para redondear su trabajo consultó algunas fuentes bastante interesantes: los periódicos La Aguila Mexicana y El Sol, los documentos de Hernández y Dávalos, la famosa compilación de leyes de Manuel Dublán, las actas de Cabildo de la Villa de Guadalupe de 1823 y un artículo de Nicolás León acerca de la falsa mascarilla de Morelos. Es posible que los revisara, porque del Diario Histórico de Bustamante se desprende la posibilidad de hallar estos materiales (en el cd que hoy día podemos consultar vienen los suplementos de La Aguila Mexicana y El Sol sobre el paseo de huesos de 1823). Pero, si los revisó, ¿por qué no se dio cuenta de que algunos elementos de las crónicas del momento apuntaban a que muy, muy ordenados, los restos ya no estaban?

La otra gran fuente del trabajo de Dalevuelta es una entrevista que le hace a Luis González Obregón, cronista de la ciudad, alguna vez director del Archivo General de la Nación, sesentón para la época. González Obregón le habla del depósito de los restos en el Altar de los Reyes, su posterior olvido, la urna que mandaron a hacer Lucas Alamán y José María Agreda y, nuevamente, el abandono de los restos en la catedral.

Refiere Dalevuelta, citando la conversación de González Obregón, que en 1893, examinan los restos otra vez José María Agreda, Adalberto Leduc, González Obregón y los periodistas Angel Pola y Aurelio J. Vanegas. “Yo bajé a la cripta –dice mi entrevistado-y vi aquella revoltura de huesos”.  Refiere González Obregón, en la entrevista, que en ese año la prensa publicó algunos llamados a rescatar y cuidar esos restos, pero no ocurrió nada sino hasta 1895 cuando sí se sacaron los restos y esta vez la sociedad obrera “Gran Familia Modelo” reunió por cooperación dinero para renovar la urna que los contenía.

Se sabe que en esa oportunidad los restos fueron sometidos a un lavado (esas son las cosas que nomás a nosotros se nos ocurren) y luego puestos  al sol en un patio, que llama Dalevuelta “De Infantes” de la Catedral, y, otro periódico, el Monitor Republicano, del 30 de julio de 1895, “de los Coloraditos, anexo a Catedral” (y esos periódicos no fue a verlos Dalevuelta, por cierto).

Lo que llama la atención es que el reportero Dalevuelta no advirtiera que el cronista de la ciudad le estaba hablando de una “revoltura de huesos”. De esta “revoltura”, sólo recientemente (cosa de tres años) se ha vuelto a hablar, cuando Salvador Rueda, director del Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, junto con un grupo de investigadores, revisaron los periódicos de la época y se enteraron del lavado y reacomodo de restos. De esos días queda una foto que puede verse en la Historia Gráfica de los hermanos Casasola y que allí se dice que se trata de los restos de los insurgentes.

El siguiente capítulo del libro de Dalevuelta se llama “Se perdieron los restos del gran Morelos” (evidentemente, la cabeza de la nota publicada originalmente) donde el reportero narra cómo, hablando con uno de los integrantes de la Junta encargada de los preparativos del traslado de los restos a la columna de la independencia, se entera de otra cosa:

“Supe, además, que había cierta incertidumbre respecto de la existencia de los restos del gran Morelos”. No le interesó citar quién o quiénes tenían “cierta incertidumbre”.  Continúa Dalevuelta, dando por hecho el asunto: “Y bien, esas dudas están fundadas [aunque no dijo en qué]. Los restos del generalísimo don José María Morelos y Pavón, no existen; desaparecieron, quién sabe cuándo [¿no que sí sabía?], y ninguna de las personas que en 1823 trataron de identificar la calavera que tiene una “M” como marca, aseguraron que ella correspondiera al inmaculado héroe de Cuautla”.

Como acotación podemos decir que el hecho de que los encargados de los restos en 1823 no hayan asegurado que el cráneo de la “M” fuese el de Morelos no quiere decir que no lo fuera, pero Dalevuelta pasa por alto un asunto de pura lógica.

Según el reportero Dalevuelta, los integrantes de la junta de 1925 conjeturaban que  Morelos seguía enterrado en Ecatepec, lugar de su fusilamiento. Pero, para aclarar las cosas, Dalevuelta vuelve a citar a González Obregón, para afirmar que los restos de Morelos sí llegaron a la Villa de Guadalupe y luego a catedral en 1823. Agrega a sus argumentos un testimonio que él le achaca a Carlos María de Bustamante (bastante posible, en cuanto a las similitudes en estilo en las que se apoya para atribuirle la autoría de la crónica) para referir que alguien, en ese barullo del primer traslado, se quedó, como recuerdo, “un pedazo de la bota del gran Morelos” [nunca falta uno de estos].

Se remonta Dalevuelta al momento en que Alamán y Agreda bajan [nunca ubica la fecha, solamente afirma que “después de algunos años”] y al ver deshecha la gran urna de cristal, bronce y láminas de plata”  en que los hombres de 1823 metieron a la mayor parte de aquellos primeros restos (digo la mayor parte porque al padre Mariano Matamoros lo dejaron aparte, “en un baulito enlutado”),  mandan a hacer y pagan una nueva urna para los restos.

A partir de ahí, Dalevuelta da por “perdidos” los restos de Morelos: “Los restos del invicto cura de Carácuaro ya no estaban desde esa época”. Bueno, si “ya no estaban desde esa época”, y don Lucas Alamán pasó a mejor vida después de hacer diablura y media, en 1853, ¿a qué viene echarle la culpa a Juan Nepomuceno Almonte, el hijo de Morelos, la desaparcición de los restos del cura de Carácuaro?

Dalevuelta no ofrece elementos para probar la culpabilidad del pobre Almonte, que de por sí tiene tantos problemas con la historia y con su propia personalidad, para que encima le echen la bronca de haber raptado los ilustres huesos  de su ilustre padre. Es posible conjeturar que los huesos, de por sí revueltos en 1823, habrían quedado a la vista (y a la mano) de cuanto visitante de la cripta pasara por allí y eso propiciara la complicación de cualquier revoltura de huesos que ya hubiera. Pero no es más que eso: una conjetura. El dato de esa visita de Agreda y Alamán a la cripta es, además, poco sólido: José María de Ágreda nació en 1838 y murió en 1916. Lucas Alamán, que además tenía muy pocas simpatías por Miguel Hidalgo, a quien conoció, nació en 1792 y falleció en 1853, Para que esa visita hubiera ocurrido, José María de Ágreda debió ser un muchachito de 15 años para acompañar a Alamán, el mismo año en que murió el autor de la Historia de Méjico, a la cripta del Altar de los Reyes.

 Así, el capítulo de esa segunda urna mandada a hacer por Alamán y alguien más es muy poco fiable. Pero Dalevuelta ya estaba encarrerado. Decide acudir a González Obregón y lo interroga. El diálogo es muy interesante y es el meollo de la invención del robo de los huesos de Morelos. Lo transcribo:

“…hubo un momento en que, desorientado, casi desesperado, le pregunté:

-¿El cráneo señalado como de Morelos no perteneció al héroe?

-No, me contestó categóricamente. No, volvió a repetir. Puedo asegurarlo, concluyó.

Mi desorientación fue entonces mayor.

-¿Cuándo desaparecieron entonces, los restos de este héroe máximo de la independencia?

Y la hipótesis del señor González Obregón surgió en seguida:

-Es posible [ojo, sólo “es posible”] que Almonte, durante sus épocas de poderío [hacia 1863, cuando forma parte de la Regencia que preparó la llegada a México de Maximiliano de Habsburgo y luego, en 1864, asume el cargo de Gran Chambelán de la corte de Maximiliano, es decir al menos una década después de la muerte de Alamán] haya bajado secretamente [o sea que realmente no lo sabemos ni lo sabía González Obregón] a la cripta y haya recogido los restos, haciéndolos desaparecer; enterrándolos en algún sitio cuyo secreto lo haya llevado hasta su tumba. [Evidentemente, las especulaciones sobre que los huesos ya no estaban en la época de Alamán ya se había ido al caño]

-Entonces yo llamé la atención del ilustre maestro González Obregón sobre el hecho de que también la urna de cristales [la que habrían sustituido Alamán y Ágreda]  no estaba ya en la Cripta cuando bajaron a ella Alemán [Alamán] y Andrade [¿Agreda? Hay varias erratas notorias en el librito]

-es posible, agregó mi entrevistado [otra vez, sólo posible] que hasta la urna –esa urna- se haya sacado entonces [este “entonces” se pierde en la noche de los tiempos].

-¿Cómo señalaron el cráneo que tiene como marca la “M” como perteneciente a Morelos?

-No, dijo, No; es necesario aclarar, agregó. Cuando [Ángel] Pola inició la cuestión [no aclara si Pola fue el de la idea de verificar el descuido en que estaba los restos o el asunto de los restos de Morelos] me invitó a bajar a la Cripta, todos tuvimos en nuestras manos los cráneos. Fuimos revisando uno por uno, y no pudimos determinar, ni remotamente, que el que tiene la “M” fuera el del señor Morelos [pero tampoco que no lo fuera]. Yo creo, agregó, que ese cráneo debe pertenecer o a Morelos [es decir, no hay nada seguro y a la mitad del camino, don Luis González Obregón ya había perdido parte del hilo. No nada más fueron los aceleres de Dalevuelta] o a Mina. Los restos de Morelos no estaban en la Cripta. [¿quiere decir que, a esas alturas, de Morelos sólo quedaba, en el mejor de los casos, un cráneo? tampoco se ofrecen datos en ese sentido, pero Dalevuelta los da por desaparecidos]

Después, como una reminiscencia, agregó: “Los cráneos por separado y los restos revueltos [y, nuevamente, Dalevuelta ignora esta idea de que los restos estaban revueltos], fueron retratados entonces por Felipe Torres.”

Dalevuelta busca corroborar su versión. Acude al periodista retirado Ángel Pola e interroga por carta a Aurelio J. Vanegas, compañeros de González Obregón en esa incursión a la cripta de 1893. Escribe que “… estos dos señores… están de acuerdo en que los huesos del gran Morelos no fueron identificados [lo cual no garantiza que no estuvieran allí]”. Don Ángel Pola me dijo: -Es cierto. El cráneo de Morelos no quedó identificado. ¡quién sabe en dónde estarán las cenizas de ese héroe inmortal! [ahí juntito nomás, don Ángel]

Dalevuelta recupera una nota escrita por Pola en El Universal de 1893 [que no es el periódico que conocemos hoy día] donde narra su descenso a la cripta y describe la colocación de los huesos que resulta relevante para el tema:

“…Rompí el silencio [Angel Pola] levantando la tapa de la urna. Inmediatamente, ansiosos,, clavamos la mirada en el fondo, y estuvimos contemplando seis cráneos encima de una confusión de huesos.”

Pola explica cómo fueron sacando, uno por uno los cráneos y midieron sus circunferencias. Del de Hidalgo, refirió que era “color oro viejo”, y tenía la letra “H”; el criterio para hablar del cráneo de Morelos es interesante y llama la atención que, una vez más, Dalevuelta no haya considerado las afirmaciones: él ya había comprado su propia conjetura y la había convertido en realidad:

“Después el [cráneo] que supimos que era el de Morelos, por estar en mejor estado…”  El juicio es muy atinado. Morelos no fue decapitado, ni se dejaron sus restos a la intemperie. Además, fue ejecutado cuatro años después que Hidalgo. Allende, Aldama y Jiménez. Es muy natural que ese cráneo, marcado con una “M” estuviera en mejores condiciones.

Dalevuelta, en 1925, escribe que fue a asomarse a la capilla de san José, donde estaban los restos de los insurgentes y dijo haber visto, solamente, “una urna de cristales donde sólo había cinco cráneos”. El dato llamativo es que, entre 1895 y 1925, después de la revoltura combinada con el lavado, los huesos fueron “reacomodados” una vez más [y esto es conjetura mía] en urnas diversas.

El librito de Dalevuelta, como puede verse, proporciona horas de sano esparcimiento a quien lo lea con cuidado. Reflejan una conversación que pareciera, a ratos, tocaba los linderos del surrealismo:

DALEVUELTA: ¿Cómo señalaron el cráneo que tiene como marca la “M” como perteneciente a Morelos?

LUIS GONZALEZ OBREGÓN: … Fuimos revisando uno por uno y no pudimos determinar ni remotamente que el que tiene la “M” fuera del del señor Morelos. Yo creo -agregó- que ese cráneo debe pertenecer o a Morelos [!!!!] o a Mina. Los restos de Morelos no estaban en la cripta. [o las erratas del librito son escalofriantes y el encargado de la edición estaba decididamente borracho, o a don Luis ya se le iba la onda de muy fea manera]

Tal vez, intuyendo, dentro de su euforia, que había algunos puntos flojos, Dalevuelta se agarró de los datos que le ofrecía don Ángel Pola: “me dijo, coincidiendo con las interesantes afirmaciones de González Obregón, que no se identificó el cráneo de la “M” como el del generalísimo José María Morelos” [Y yo me pregunto, ¿cómo pensaban hacerlo en ese lejano 1895?]    (Continuará…)

SHALALALALA

Nos pudo haber ido peor. Yo no entendía eso de que el “shalalalalala” forma parte de la música mexicana hasta que tomé uno de los dos discos que tengo de Aleks Syntek y me di cuenta de que la cosa pudo haber sido más radical.  En eso de los estribillos, el compañero Syntek tiene un amplio repertorio. ¿qué tal si en vez del Shalalalalá opta por el “bibubibubibumbobombom” (o algo así) de su pieza “De noche en la ciudad”? ¿o qué tal el “skibidayhey sikibidayhooo” (o algo así) de la segunda parte de esta misma canción?

El problema, se me hace no era la música. En descargo de Aleks Syntek creo que tiene dos canciones espléndidas (“Sexo, Pudor y Lágrimas” y “Duele el Amor”). Me parece que, en especial, los reclamos multitudinarios van sobre la letra, primero, porque los de cierta edad (cincuentones, para ser exactos) ponen en duda que ESO lo haya escrito Jaime López; en segundo término, porque es absolutamente incomprensible: yo NO le entiendo a eso de que “el futuro es milenario”. Me parece que también, puestos a darle vueltas al tema, podría ser centenario, o semanario. El tercer punto que mueve a risa es que, en esta comedia de absurdos, la lluvia (y no precisamente de agua) ha caído sobre el cuate que hizo la música, no sobre el culpable de la letra, que decidió quedarse en un rinconcito, con el hociquito perfectamente cerrado, esperando que pasara la tormenta. En esas estaba cuando Xavier Quirarte, del periódico Milenio, logró sacarlo a tirones de su madriguera, y la cosa salió peor. Lo bueno es que los cazadores de cabezas ya se habían saciado con Syntek, después de haberle propinado cientos de “puñaladas en el estómago”, porque López salió con la humorada de que, como no les habían encargado “un himno”, no entendía por qué tanto irigote. Pero cedámosle la palabra: “Yo he visto cuestionamientos más bien frívolos (?); si me van a atacar con eso no tengo ningún problema (??), porque realmente voy de lo superfluo a lo profundo (?????!!!), es parte de mi trabajo (¿¿ir de lo superfluo a lo profundo??), si me piden una canción por encargo no tengo ningún problema (ESO ya lo vimos)”. Con esta pequeña muestra, me parece, queda claro quién tiene el problema semántico. 

 

17
Ago
10

¿Sabe usted qué cosa es “volar”? La historia de Jacobo Dalevuelta y el falso robo de los restos de José María Morelos

Volar”, en el lenguaje peculiar de los periodistas, es inventar, crear una historia que a veces toca los linderos de lo inverosímil; en otras, de tan bien hecha, resulta completamente verosímil.  Si la suerte acompaña al reportero volador (el que vuela, el que inventa historias), su “volada” pega, funciona, cunde, se reproduce hasta niveles insospechados.  

Hoy, cuando faltan 29 DÍAS para que estemos conmemorando el Bicentenario del inicio de la Independencia, y a la hora en que iniciaba el segundo recorrido en este año, de los restos de los próceres de la insurgencia (a los que me niego a llamar “restos patrios”) hallo en el periódico un dato encantador: a la hora de remover los restos en la Columna de la Independencia, se ha encontrado una tarjeta personal perteneciente a un reportero, a Fernando Ramírez de Aguilar, conocido por su nombre de guerra, “Jacobo Dalevuelta”.  Ahí está su impronta, para dar fe de una de las voladas más exitosas de los últimos cien años; tan exitosa que, desde su publicación en 1925, en el periódico El Universal (el mismo de este 2010), cada tanto los colegas se enteran de la versión y le vuelven a dar la primera plana.

Me refiero a la historia del robo de los huesos de Morelos,  que empezó a surgir en el papel impreso hace ya casi 85 años, en vísperas del traslado de los restos de los próceres insurgentes de la Catedral Metropolitana a la Columna de la Independencia. Pero para hablar  del asunto primero veamos qué es eso de andar volando:

“Volar” es cruzar esa franja que separa al buen periodismo de la literatura; rara vez los efectos son estrictamente noticiosos,  eso sí, son de un dramatismo muy llamador. Hay “voladas” memorables, como la de aquel reportero que llegó a su periódico con una espléndida crónica de la escenificación de la Batalla del 5 de Mayo allá en el Peñón… misma que se había suspendido. 

Los reporteros que vuelan han inventado asesinos de delincuentes y extraterrestres, y eso por hablar de los casos más llamativos. Cuando entre los del gremio leemos una nota muy desplegada, que a la hora de una revisión minuciosa, le faltan elementos que sustenten lo escrito, algunos dirán que se trata de “una nota muy volada”.  Cuando alguien empieza a dejar que le suba el nivel de invención en la sangre, algún colega le dirá: “¡¡estás volaaandooo!!”. Aún andan por allí algunos personajes que llevan volando una buena porción de años; el detalle es que sus creaciones aparecen en los periódicos, en los noticieros de radio o televisión; no son carne de novela. Lo suyo es la noticia que impacta, que emociona, que engancha al lector.

A veces, en el trabajo cotidiano hay algún indicio de nota, una semilla, un pequeño dato; a veces, con ese mero indicio, el reportero busca a alguna de sus fuentes para redondear el asunto, para que la invención tenga, al menos, cimientos interesantes que eviten el oso del desmentido. “A esto se le llama volar con instrumentos”, me dijo una vez, con un guiño,  un amigo muy querido, una tarde que estábamos construyendo la nota principal de una sección.

Toda esta explicación antropológico-gremial es necesaria para entender lo que pasó con las voladas de Jacobo Dalevuelta. A la hora de pensar en lo que ha sido este siglo, esta es una de las historias definitivamente divertidas que hay que rescatar.

DE CÓMO DALEVUELTA CONCLUYÓ QUE LOS RESTOS DE MORELOS HABÍAN SIDO ROBADOS

De un “posiblemente”, de un “a lo mejor”; de un “es posible que…”, se sigue, para decirlo en buena lógica, cualquier cosa. La historia de Dalevuelta y los restos de Morelos es un ejemplo cabal de ello.  De un “posiblemente”, Alguna vez, platicando del tema con mi buen amigo Humberto Musacchio, él me decía con una especie de bondad, no exenta de ternura hacia esos reporteros de 1925, que a lo mejor no eran precisos como instrumentos de medición, pero que tenían una pasión por su oficio que hoy, muchas veces, se echa de menos: “piensa que esos reporteros no tenían más que papel y lápiz para trabajar”. Entre eso, la sed de la notoriedad periodística inherente a todos los del gremio, el estilo periodístico de aquellos días, y el juicio apresurado, es que se fabricó esta sensacional volada sobre los restos de José María Morelos.

Respecto a lo que ocurrió con los despojos mortales del cura de Carácuaro hay dos momentos. El primero, el origen de la leyenda urbana según la cual, el hijo de Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, que pareciera haber necesitado ayuda siquiátrica para resolver sus conflictos con la figura paterna, se habría llevado los restos de la cripta de la Catedral para hacer con ellos “algo” que a la fecha sigue siendo motivo de especulación: las hipótesis abundan. Desde aquella idea que tenía don Ernesto Lemoine acerca de los restos arrojados al mar, hasta las versiones mucho más sólidas acerca de cómo se revolvieron los restos de todos los insurgentes trasladados a catedral en 1823.

El segundo se refiere a estas curiosidades del gremio periodístico, donde “volar” puede convertirse en todo un arte. Y, aunque entre gitanos no nos leemos la buena ventura, lo cierto es que la hazaña de Dalevuelta merecería formar parte de una antología con las grandes puntadas del periodismo de este país.

DOS PALABRAS ACERCA DE JACOBO DALEVUELTA

Jacobo Dalevuelta (Oaxaca, Oax.,1887-Ciudad de México,1953) es un personaje interesantísimo. Sobre él,  el Diccionario de Seudónimos, Anagramas, Iniciales y otros Alias, de María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo (UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2000) dice que tenía por apodo “Machín”, porque fue el primer reportero que usó una máquina de escribir portátil (o sea, “Machín”, de “machine”). Otra versión indica que llegó de su natal Oaxaca ya con el apodo y que se refería a su manera de ser.

Hacia 1904, se sabe que escribía en una revista deportiva oaxaqueña, El Secre. En septiembre de 1907 ya trabajaba como mecanógrafo en El Imparcial de la ciudad de México. Durante la Revolución trabajó como corresponsal de varios diarios, entre ellos El Imparcial.

En 1919 comenzó a trabajar como reportero de El Universal (el mismo que hoy conocemos por ese nombre); en 1922 ya era jefe de redacción.  Además de reportear, escribía la crítica de libros. El diccionario Milenios de México de Humberto Musacchio afirma que, en El Universal, Jacobo Dalevuelta fue jefe de información.

Se interesaba por asuntos históricos y formó parte del comité organizador del Primer Congreso Nacional de Historia Patria (1933). Fue, varias veces, secretario del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa. Hay noticia de que también escribió en otros periódicos: El País, El Independiente, El Hogar, El Demócrata y El Universal Ilustrado.

Escribió varios libros. A continuación, algunos títulos: Oaxaca: de sus historias y sus leyendas (1922), Desde el tren amarillo (1924) La odisea de los restos de nuestros libertadores (1925 y sobre el cual volveré más adelante); El canto de la victoria: escena chinaca en 1867 (1927); Nicolás Romero, un año de su vida (1929), Estampas de México (1930), Vicente Guerrero, síntesis de su vida (1931). En coautoría con Manuel Becerra Acosta padre, compiló  las Visiones de la Guerra de Independencia (1929, reeditado en 1982 por el PRI).

Dice además el Diccionario de Seudónimos que el nombre “Jacobo Dalevuelta” es una traducción de otro seudónimo, usado por el escritor francés Anatole France (1844-1924): “Jacques Menetrier”, que también es personaje de algunas de las obras del propio France. Hurgando en el tema, el “Dalevuelta” (traducción poco exacta y que se refiere a “dar vueltas” como en un rosticero) del personaje de France, no acaba de convencer.

Me parece más verosímil que el seudónimo de Dalevuelta provenga de otra más de las costumbres del periodismo mexicano: cuando a algún medio “se le ha ido la nota”, es decir, se les ha escapado divulgar o publicar una información relevante porque el reportero estaba practicando el sutil arte de chiflar en la loma, el intenso deporte de papar moscas o de plano estaba tan agobiado en cubrir seis o siete fuentes al mismo tiempo (como parece que se empieza a estilar en algunos medios), de tal modo que, inevitablemente, alguna vez, otros medios ganan la nota.

Entonces, a modo de curita, para restañar el orgullo herido del medio en cuestión, para no fingir demencia y no dejar de publicar la información importante, alguien habrá en la redacción que diga: “dénle la vuelta a la nota (algo así como cambiarle el look, reescribirla, modificarla en lo superficial) y métanla (a la edición o programa del día siguiente)”. Eso es “darle la vuelta a una nota” y creo que el nombre ficticio del reportero Ramírez de Aguilar  tiene mucho más que ver con este otro rasgo del folclor periodístico mexicano.  (Continuará….)

16
Ago
10

Agosto 15: Miguel Hidalgo regresa a la plaza de la constitución

Por Cinco de Mayo entró Miguel Hidalgo al Zócalo. Es la segunda ocasión que lo hace... y en ambas ya estaba muerto

I. LOS HECHOS

Una cosa es cierta: después de dos mesecillos y medio de SPA, los restos de los próceres de la insurgencia llegaron a la Plaza de la Constitución, en un capítulo más de esta trama histórico-simbólica donde los mexicanos seguimos sintiendo el deber, la obligación moral de desagraviar a esta doce.. no,  rectifico, a estos catorce personajes (a eso regresaremos luego) de los primeros días de la guerra de independencia. Ayer atestiguamos un nuevo recorrido desde el castillo de Chapultepec hasta Palacio Nacional, lo que, siendo estrictos, es una absoluta ventaja para los propósitos iniciales de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende. En efecto, han entrado a Palacio Nacional, a diferencia de las dos veces anteriores (1823 y 1895), cuando los paseos de huesos tenían otras rutas: la primera, desde la Villa de Guadalupe hasta la Catedral, y la segunda, apenas fue un breve tour de Catedral al edificio del Ayuntamiento, del Ayuntamiento al edificio de la Aduana (la parte antigua de la actual SEP, a un par de cuadras, en la plaza de Santo Domingo) y de la Aduana a la Catedral, con el pequeño avance de salir de la cripta del Altar de los Reyes  para irse a la capilla de San José.

La parte que podríamos llamar “de magro consuelo”, es que llegan a Palacio con 200 años de retraso, en calidad de restos áridos y transformados en reliquias laicas (desde el punto de vista estratégico, arribar al sitio planeado al inicio de una campaña militar, en calidad de huesos, digamos que no resulta muy exitoso). Pero han llegado.  Y el operativo, tranquilo y plácido para una mañana de domingo, resultó, me parece, discreto, tal vez más de lo que debería, pero elegante y marcial. Los hay en esta mañana de lunes que opinan que qué chiste, si ya los habíamos visto en mayo pasado. Propósitos ulteriores aparte, el recorrido nos da elementos acerca de la manera en que los chilangos se asoman al Bicentenario del Inicio de la Independencia.

Hay que decir que los cierres de calles no fueron tan atroces como han sido en otros momentos. De hecho, la avenida Cinco de Mayo, por donde entró el cortejo que se sigue definiendo como fúnebre, empezó a bloquearse apenas una media hora antes de que se aproximaran restos, cadetes, soldados, caballos y demás comitiva. Desde luego, había, como siempre, quienes no tenían la más peregrina notica de los acontecimientos de la mañana, y, decididos a pasar su domingo en santa paz, desayunaban en el Majestic, o en el Holiday Inn, o en La Blanca, o andaban en misa, o simplemente papaloteando por el centro, después de haber dejado el auto estacionado en Cinco de Mayo, donde uno se puede estacionar, en principio sin broncas, en domingo. El problema, para variar, es que a nadie le habían avisado desde temprano que en algún momento tendría que mover su auto para que los restos ilustres pasaran por allí. La policía de tránsito, al principio se comportó de manera adecuada: oiga, por favor, mueva su carro, etc, etc, etc, qué no ve que ahí viene el padre Hidalgo, no sea gacho, quite su carrito, que nos están correteando. La mayor parte de la gente reaccionó bien y pronto: los autos se reacomodaron, se metieron a los estacionamientos con una prisa educada. Para los casos extremos (cuatro o cinco autos “abandonados” en pleno Cinco de Mayo por sus propietarios, que ganduleaban en alguna parte del centro), y ya con algún grado de desesperación, los responsables de despejar la ruta optaron por llamar a los malos de la historia: las eternas y siniestras grúas blancas del gobierno de la ciudad que, habilidosos en lo suyo, en tres patadas se habían llevado un Tiida, un Tsuru, un Toyota y un par de autos más.

Lo cierto es que, diez minutos antes de la llegada de los huesos ilustres a la esquina de Cinco de Mayo y Plaza de la Constitución, la calles estaba despejada, la gente alineada en una filita, si bien no densa, sí constante. Así llegaron, como reza el librito simpático de Paco Ignacio Taibo II, el cura Hidalgo y sus amigos.

II. LA GENTE

Es posible que ocasiones como esta nos acerquen a la idea de la generación de transición de la que ya hemos hablado en este Reino; esa en la que convergen diferentes maneras de acercarse al pasado y conmemorarlo. El comportamiento de los chilangos en esta mañana de domingo da señales interesantes.

Curiosidad, morbo incluso, patriotismo, las ganas de no perderse algo que no ocurría desde hace décadas, “interés científico”, oscuras motivaciones sociológicas: razones había  de sobra para ir a mirar. Se conjuntan ideas, posiciones ideológicas, ganas de quedarse con una imagen que los que vengan después de nosotros no conocerán sino por las hemerotecas, los discos compactos y dvds y chácharas tecnológicas que se inventen para hacer un transfer que les permita llegar al 2110, y demás maneras de resguardar memoria de las cuales hoy disponemos. Pero tal vez estas texturas, esas miradas, los gestos, los pasos, eso es algo que habría que ver si somos realmente capaces de transmitir, como no sea en los pequeños recuentos de días para recordar.

Cuando se afanaban las grúas en arrastrar los últimos autos, un cincuentón moreno, flaco, en mangas de camisa, gruñó: “Están despejando la calle para que pase el pinche espurio”. Nadie le hizo eco. En cambio, una treintona embarazada, a medio metro de distancia, le decía al marido, con evidentes segundas intenciones: “Nunca faltan esos que prefieren hablar de política antes que ser patriotas”. Después de la indirecta, satisfecha, sonriente, se frotaba la panza de seis o siete meses, ansiosa de que llegara el cortejo.

Mucha gente mayor, sesentones, setentones, arracimados en el inicio de la plaza. Cierto, había gente de todos colores, edades, sabores e ideas, pero ciertamente mucha de esa gente que creció con una idea de la historia, probablemente más uniforme que la que hoy día las generaciones más jóvenes se esfuerzan por delinear; quizá más formados en la tradición del culto a las reliquias de la patria, menos historia como proceso y más historia de épicas, personajes y hazañas. Es probable que la diversidad de interpretaciones aún no sea tan evidente; los resabios de una cierta manera de aprender la historia -aunque le pese a José Antonio Crespo y a los que exigen una historia para aprender en las escuelas “con aliento democrático”, que no ensalze guerras ni violencia- que nos vincula más a Justo Sierra de lo que muchos están dispuestos a reconocer.

Los impulsos colectivos se manifiestan en estos días memorables por muchas razones; los soldados, la policía militar, los cadetes del Colegio Militar reciben aplausos a su paso, la gente también le aplaude a la urna con los cuatro cráneos que durante años colgaron de las mentadas jaulas en la Alhóndiga de Granaditas. Eso no lo pueden evitar todos los afanes de ciertos sectores de la “opinión educada e ilustrada”, como les dice don Pepe Fonseca, que, sin pensar en su significado, querrían borrar de un golpe de tecla dos siglos de culto a las reliquias laicas de la insurgencia. Tampoco puede evitar el ceremonial militar, que dispone un “cortejo fúnebre” para el traslado de estos huesos ilustres, que la gente le aplauda a cuatro cráneos, que salen a la calle bastante más blanquitos que como los vimos en mayo. Ni la norma, a la que habría que volver a pensar, ni las reformas educativas, han bastado para frenar ese vínculo que no acaba de ser cariño, que tiene sus buenas dosis de imaginario épico, que sobrevive acicateado por la curiosidad y dibuja uno de estos Días Bicentenarios.

Tan es así que, ingresados los restos a Palacio Nacional, a puerta cerrada, sin una pantalla de leds como las de hace unos meses, o de perdida un megabafle para que la gente escuchara, muchos, unos cuantos cientos, se acomodaron en las vallas, sin oír, sin ver, acaso percibiendo el eco de los aplausos de los invitados que habían llegado en los autobuses estacionados en la calle de Moneda. Esperando algo no muy claro, aún después de marcharse las escoltas de los restos, vistosas y elegantes en todo momento. Esperando, un signo, un guiño de Miguel Hidalgo.

Me quedo con el diálogo entre un chiquito como de ocho años y su padre, un treintón, integrantes de esa clase media baja que la libra día con día a base de terquedad y esfuerzo. El niño preguntaba quiénes eran los personajes cuyos restos acababa de ver pasar, custodiado por soldados y cadetes; rodeados de sables y banderas. Su padre, más con intuición que conocimiento, que no exento de sabiduría, le contestó:

-Esos, m’ijo, son los meros meros.

 

III: TREINTA DÍAS PARA EL BICENTENARIO

Nada más, pero nada menos. Tomen sus providencias.

 

 

11
Ago
10

Postales Bicentenarias 2: con un Jarrito rojo

Es, con frecuencia, tan sencillo manifestar las buenas intenciones.....

Hoy miércoles, cuando FALTAN  37 DÍAS para el Bicentenario del Inicio de la Independencia, me imagino que la mayor parte de los mexicanos vivos, en estos momentos saben bien de qué se trata cuando hablo de los refrescos Jarritos. Hago excepción de estas generaciones recientes que desde chiquitos beben agua por vocación propia o porque algunos papás de la nueva ola, con una peculiar conciencia de la “comida sana”, les alejan de estos productos que antes nos bebíamos sin ese peculiar escozor que da la culpa. Con todo, los mexicanos seguimos siendo bastante refresqueros, y eso explica que en el mercado nacional circulen y se consuman algunos productos del ramo que son verdaderamente notables. Como los Jarritos.

De los años de la infancia recuerdo lo buenos, buenísimos que eran y siguen siendo los Jarritos de tamarindo. Los Jarritos de tutifrutti, rojo brillante, eran y siguen siendo deliciosos.

El caso es que un repugnante trayecto por Periférico Norte puede llegar a  tener alguna ventaja: la segunda de estas Postales Bicentenarias, que da pie a otro pequeño detalle interesante. Una empresa mexicana que decide que sus refrescos también tienen cosas que decir en este año de centenarios. Y más aún: hurgando en la red me encuentro la página de Refrescos Jarritos, a la que pueden entrar desde aquí.  Y si entran, van a encontrar, aparte de datos sobre la historia de la empresa, según los cuales Jarritos existe desde principios del siglo XX (aunque no aclaran qué tan a principios) un curioso banner,  que dice: “Jarritos te invita a conocer más de la historia de México. Celebrando la Independencia de la Historia de México”, y a continuación, una pequeña galería con información histórica básica.  Un buen gesto, una simpática aportación y la certeza de que hay mucha gente pensando, a su manera, estos centenarios.

08
Ago
10

Postales Bicentenarias 1: ¿vamos de compras?

Un Zapata que incomodará a más de diez

Hoy domingo, CUANDO FALTAN 40 DÍAS para el Bicentenario del Inicio de la Independencia, con esta imagen, captada en un centro comercial bastante mono, inauguramos la sección POSTALES BICENTENARIAS, donde mostramos a la honorable concurrencia que se adentra en los caminos de este Reino, cómo y en qué parece que empieza a haber algo así como un “espíritu”, un “clima” del Bicentenario, construido por muchos flashazos, al pasar por la calle, en un muro, en el centro comercial, en un anuncio.

Llámese negocio, creatividad, patriotismo, puntadas o locuras (que las hay, van a ver), y una mezcla de todo lo anterior, el caso es que están ahí. Como este Zapata a medio camino entre el pop art, la mercadotecnia de los responsables del “ambiente” del lugar y la sagaz conclusión a la que han llegado algunos de ellos, se que el Caudillo del Sur es una imagen popular que atrae. Podemos criticarlas, podemos quejarnos y hasta indignarnos, pero me parecen más palpables, más terrenales y más humanas que esa frase extraña de “Esto es el Bicentenario”, que nos vuelve a atosigar en la radio, y a la que, la neta, no le entiendo.




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