03
Ago
10

Los insurgentes reloaded

De aquí en adelante, todo era divertido

NOTA PREVIA: Por si nadie se ha dado cuenta, faltan CUARENTA Y CINCO DÍAS para el Bicentenario del inicio de la Independencia [caray, pensé, después de tantos desvelos y malos ratos, que nunca llegaría].

Y AHORA, ENTREMOS EN MATERIA:

 Justo a la hora en que los grilleríos nacionales se alborotaban con la renuncia de Maximiliano Cortázar a la coordinación de comunicación social de la Presidencia de la República, aquí su servidora contemplaba a un peculiarísimo Miguel Hidalgo cantando, guitarra eléctrica en mano, “Revolución”, de Lennon y McCartney. Fantástica imagen. Quizá esa sea una de las más memorables de este año, y sobre eso habrá que pensar y hablar más, porque en estas reinterpretaciones, recreaciones, reformulaciones y replanteamientos es posible que encontremos señales que nos hablen de la idea de conmemorar el pasado que alienta en los mexicanos del siglo XXI y que no necesariamente tiene que parecerse a la que tenían los mexicanos de hace cien o cincuenta años.

Pero el caso es que yo estaba muy bien acomodada en una mesita de “El Vicio” ese curioso antro que hace veinte años se conocía como “El Hábito”, porque eran los días del Octavo Festival Internacional de Cabaret, que llevó por subtítulo “Pitorreándonos del Bicentenario”, remitido a una visión irreverente, desparpajada, cínica y, en el fondo (no tan a fondo) escéptica y decepcionada de los discursos oficiales y of course, de ese fantasma que perturba, como un animalillo terco e incómodo,  a muchos historiadores: la “historia oficial”. Por ahí va la línea de otro de los espectáculos del festival: “Cabaret Risentenario. Espectáculo Kitch Ochentero de Crítica Histórica”. Confieso que allí no me asomé. Pero sonaba buenísimo.

Ciertamente, no toda la programación del Octavo Festival Internacional de Cabaret estaba planeada para hacer mofa y/o escarnio y/o crítica y/o reflexión de las conmemoraciones oficiales (por default, esas son las víctimas de los instintos sangrientos de los cabareteros participantes). Hay también, en medio del relajo mental que se cargan estas pandillas de cabareteros, una búsqueda de lo mejor que nos queda en el país para arroparnos en ello, para consolarnos, para tener la vela encendida en la oscuridad. El musical con el que inauguraron, “Que suave patria, el musical”, a cargo de las dueñas del territorio, Las Reinas Chulas,  quienes, como dice el programa, “cansadas de hablar mal de su país, de su gobierno, de las injusticias y del bicentenario… se armaron un bello musical para enarbolar la esperanza, la buena onda y la actitud proactiva y asertiva.” Y eso hay que tomarlo con reservas, porque el cabaret es el cabaret y a la hora de la hora también sueltan lo que opinan de Iniciativa México. Regina Orozco, Astrid Hadad y muchos otros, entre los que andan los fascinantes Hernán del Riego (¡qué voz!) y Pedro Kóminik, de quienes me declaro fan químicamente pura, tuvieron a cargo los espectáculos fuertes, antecedidos por sketches (¿así se dirá en cabaretés?), por ahí de la media noche hay otro espectáculo, a veces se asoman las drag queens y los tragos y los bocadillos son aceptables. (cocacocólicos abstenerse: solo venden en El Vicio ese brebaje extraño que responde el nombre de Lulú Cola, por esos rollos que ya nos sabemos acerca de las aguas negras del imperialismo yankee).

Y el caso es que era viernes 16 y esta no me la podía perder: “La Venida de los Insurgentes” (sí, así se llama), con Fernando Rivera Calderón y su grupo, y se presentan diciendo: “¿Y si los héroes de la patria regresaran a vengarse contra quienes han  destrozado su legado?” Y ahí estaban: Vicente Guerrero en la batería; José María Morelos en el bajo, Leona Vicario en coros y Miguel Hidalgo en la guitarra. Memorable, ciertamente. Digno incidente subversivo en el año de los centenarios.

Y como el género del cabaret, como se ha ejercido en una larga tradición, no está separada del mundo real y del Reino de Todos los Días, es inevitable que este Hidalgo levemente patán, que mienta madres, que se alburea con Morelos, que le tira los perros a Leona Vicario, resulte estimulante y divertido en su obstinada irreverencia, cuando se queja y se desmoraliza de ver en qué desgarriate continúa la vieja Nueva España, con todo y que la modernidad nos haya alcanzado.

Por eso, y aunque la crítica teatral publicada la semana pasada en la revista Proceso le pone mil peros a “La Venida de los Insurgentes” sobre los que volveremos luego, estoy segura de que hay algunos momentos de la obrita que vale la pena recuperar.

La Guadalupana nos salió regañona y un tanto respondona

Este Hidalgo resucitado y encarnado en Fernando Rivera Calderón está muy lejos de la idea del padre de la patria de las estampas de la escuela y de los homenajes cívicos oficiales. A este cura de Dolores con guitarra eléctrica (a quien le hallo un decidido parentesco con el tierno Hidalgo reinventado por Magú) lo reprende una “muppetizada” y muy simpática Virgen de Guadalupe; se ataca de pasión por una Leona Vicario que ya no quiere nada ni con él ni con Andrés Quintana Roo y se queja, después de haber cantado eso de “Desde el cielo, una hermosa mañana….” a ritmo de rock, de tantas cosas feas, negras, pesimistas; de la deshonestidad, de la inseguridad, de la miseria política del México del siglo XXI.

Este Hidalgo que canta "Revolution" tendrá que ser una de las figuras memorables de este el año del Bicentenario, pésele a quien le pese

Algo pasa cada vez que alguien del presente se pone a reinventar a Hidalgo; acaba por tener una brizna, un gesto que busca lo bueno, surge la decisión final de sobreponerse, de encontrar una partícula de bondad, así sea debajo de las piedras bicentenarias; el caso es que, puesto en crisis, Hidalgo-Fernando Rivera tuvo la ocurrencia de interrogar al público: “¿es que no hay acaso nada positivo que podamos celebrar?”

Es en esos momentos cuando algo como una peculiar magia comienza a operar. No digo que haya que estar ciento por ciento de acuerdo en los tópicos que surgieron después. Pido, simplemente que tomen nota del gesto: alguien gritó de entre las mesas: “¡¡Que viva Carlos Monsiváis!!” Hidalgo estuvo de acuerdo. Por allá, en otro rincón, alguien sugirió: “¡Que viva Jaime Sabines”! Allí todos nos pusimos a aplaudir. Y la lista continuó: Diego Rivera, José Emilio Pachecho. Un segundo panteón nacional, aún ligado a la patria, despojado de bronces y lleno de soles y silencios, de recuerdos felices de otros tiempos, de presentes sonrientes y valerosos, compuesto por los que nos han hecho la vida un poco más amorosa, un poco más llevadera con sus plumas, con sus ideas, con sus pinceles. Ustedes pueden agregar su propia lista de héroes a este “panteón nacional alternativo”. Yo aprovecho para apuntar unos pocos nombres más:

  • Guillermo Prieto, Santo Tutelar de este Reino
  • Francisco Zarco, Protector de este Reino
  • Vicente Quirarte y Gerardo Deniz, poetas de esos que marcan la piel.
  • Alberto Ruy Sánchez, ESCRITOR con mayúsculas
  • Ernesto García Cabral, “El Chango”, fantástico artista.
  • Julio Ruelas, tan bueno como el anterior, aunque de estilo completamente distinto.
  • Carlos de Sigüenza y Góngora, sabio novohispano.

La lista puede crecer, pero aquí le paro, porque aún hay que contar que resulta muy divertido ver a Hidalgo tocando junto a Morelos, que no resulta mal bajista. En una de esas piruetas, al cura de Dolores resucitado se le descompuso algo en una pierna: era la ocasión para recordar la paseada de huesos de hace algunos meses, y  de la que aún no acabamos de narrar historias. En fin, que para reparar a la brevedad el posible daño, sentado al pie de la batería, Hidalgo le pidió a Guerrero que le alcanzara “el baúl ese de restos que sacó Calderón el otro día de la Columna de la Independencia”

El cura resucitado hurgó por algunos minutos en el baulito, y además de encontrar la refacción adecuada, se encaró con una vieja conocida:

¡¡Mira!! ¡¡Josefa!!

Huesos aparte, apareció un Iturbide (Marisol Gasé) especialista en contar algunos de los chistes más babosos que he escuchado en el último año y medio, y volvemos al mismo cuento de siempre: ¿quién es, quién será, el Padre de la Patria? Yo ignoro si Rivera Calderón leyó alguna vez a Edmundo O’Gorman, o se trató de una curiosa coincidencia. El caso es que, entre tanto mitote, había en el escenario un falso bebé arropado con los colores de la patria, y, a ratos nadie tenía el menor interés por el bebé, ni siquiera sus presuntos padres, para efectos de la puesta en escena (una Leona Vicario que canta canciones de Lupita D’Alessio) y un Morelos que se tardó un rato en confesar su responsabilidad. Pero, en otros momentos, esta patria jovencísima se volvía botín y objeto de deseo de unos y otros:

Casi doscientos años después, seguimos en lo mismo, aunque sea en tono de cabaret: ¿Hidalgo o Iturbide?

Todo habría acabado felizmente, de no ser por un asunto que nos da para pensar: Aparentemente, un día antes, en El Universal, Katia D’Artigues había anunciado que Rivera Calderón planeaba ejecutar el Himno Nacional a ritmo de cumbia, violando la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales: “¿Quiere ver una afrenta al artículo 38 de la Constitución? Hoy Fernando Rivera Calderón tocará en del debut de “La Venida de los Insurgentes” en El Vicio (Madrid 13, Coyoacán) una versión ¡en cumbia! del Himno Nacional”, escribió la señora en cuestión, aún no me queda claro si en buena o mala onda.

El caso es que, presenciando el espectáculo estaba un representante de la secretaría de Gobernación, atento a ver si, en efecto, Rivera Calderón se aventaba la puntada. El susodicho, primero que nada, explicó la circunstancia, después leyó el oficio (espantosamente redactado) que advertía a El Vicio y a los Insurgentes reoladed de la inminente aplicación de una multa por violación a la ley mencionada. No sé de dónde sacaron los destinatarios de la misiva que el chiste les podría costar ¡cinco mil dólares! (¿alguien me puede decir de a cómo son las multas en estos casos?) El caso es que optaron por una solución ingeniosa: ellos tocarían la cumbia y la gente cantaría el himno nacional como quisiera. Terminaron tocando “La Negra Tomasa” y la gente cantó la primera estrofa y allí se acabó el asunto, entre aplausos, mientras este Hidalgo posmoderno blandía en la mano el oficio de la Segob y le dedicaba una señal bastante pelada.

En el número 1760 del semanario Proceso, Estela Leñero Franco, responsable de los comentarios sobre teatro, opina que “con improvisación pobre, dado el poco manejo del acontecimiento histórico y la política del momento, hicieron suponer que les faltó tiempo para trabajar la propuesta”. No sé si la pretensión de “La Venida de los Insurgentes” era concretar una parodia histórica. Creo que el asunto del chiste sobre los restos es ingeniosa (acaban cantando la canción que Ringo Starr tararea en “El Cavernícola”), aunque no asuma un juicio “serio” sobre el tema, aunque no habría razón para que así fuera de manera necesaria.

Es más, es perdonable el chiste fácil sobre el abrazo de Acatempan que propicia peculiares vínculos entre el baterista Guerrero e Iturbide, que se aparezca de repente una Sor Juana a medio camino entre la cocaína y la marihuana. Hemos tenido tantos años las estampas de primaria, las odas cursis y deshumanizadoras, que por un rato vale la pena ver a estos insurgentes descosidos, deschongados, albureros. Es cierto, como dice Estela Leñero, que la actriz que encarnaba a Leona Vicario dudosamente sabía del personaje algo más que el rollo aquel de que dio a luz en una cueva. Pero creo que el efecto subversivo es mejor que todas las objeciones (Si no se trataba de “El Martirio de Morelos” o “Magnicidio”, obras basadas en las transcripciones de los juicios de Morelos y de José de León Toral, y que se deben a la pluma de Vicente Leñero). Es absolutamente cierto que el rigor histórico es importante, pero el género del cabaret tiene lo suyo de irreverente, espontáneo y corrosivo. Ironía mata biografía. ¿Para qué sobreviven, si no, las imágenes, las historias de los próceres, si no para hacerlos nuestros de nuevas maneras, tan nuevas como las preguntas que volvemos a hacerle al pasado?

Todo es pasable en “La venida de los Insurgentes”, sólo por esa imagen deliciosa del cura de Dolores cantando “Revolution”. Total, ya tendrán los sábados de septiembre para volver a presentarse y veremos a donde evoluciona la idea en plenas fiestas del Bicentenario.

Pero hay cosas que pensar aún, alrededor de “La Venida de los Insurgentes”. El comentario final de Rivera Calderón, acerca de la visita de los señores de Segob es interesante: “¡se trata de nuestro himno nacional y quieren impedirnos que lo toquemos!”, repeló.  Argumentos en contra, y la ley, para empezar, hay bastantes. Pero quizá en estas cosas, así como en la andanada de críticas a los paseos de huesos, es que tal vez empecemos a hallar rasgos que nos indican que algunos de los mexicanos del siglo XXI tienen ya otras ideas acerca de cómo se conmemora el pasado. Es posible que afuera de los recintos académicos, el bronce que reaparece en muchas de las actitudes de los grandes públicos hacia las conmemoraciones cívico-históricas ya esté resquebrajándose de manera notoria, es posible que seamos, entonces sí, la Generación del Bicentenario.

APOSTILLA.- Hace unos días, ese personaje fantástico de las letras que se llama Jorge F. Hernández (que no es mi pariente pero me encantaría que lo fuera), publicó un elogio de “La Venida de los Insurgentes”, pero también se dedicó a quejarse del incidente de la ejecución del Himno Nacional. Bastante recomendable, por si a alquien le interesa, puede acudir a él desde acá, y disfrutar la diatriba de este hombre simpatiquísimo y que, dicen, imita a Octavio Paz que se revuelca uno de la risa, contra las mentalidades burocráticas a quienes les exige: “dejen en paz a los bardos, a los artistas, a los escritores y poetas que en nada mancillamos a la Patria”. Buena defensa: otro signo de que a lo mejor sí somos la Generación del Bicentenario.

OTRAS PUESTAS EN ESCENA 

 Desde luego, “La Venida de los Insurgentes” es una mejor propuesta, desde la lectura de la irreverencia,  que la muy majadera “Hidalgo, Memoria y Sangre”, que en la semana santa de 2009 montó en el Zócalo la compañía Tepito Arte Acá, con el apoyo del famoso BiCien del Gobierno de la Ciudad de México, coordinado por Enrique Márquez, obra donde unos “payasos memoriosos” ofrecían una muy hueca lectura de la historia nacional, donde siguen estando los muy malos (que por definición son “los ricos”, así de tosco) que oprimen perversamente al pueblo (es decir, los muy buenos), para acabar blandiendo al mismo tiempo estandartes de la virgen de Guadalupe, de Miguel Hidalgo y de… López Obrador. Mala obra, sin propuestas reales, sin la picardía de los cabareteros de El Vicio, “Hidalgo: Memoria y Sangre” era tosca, ramplona y empeñada en llevar agua al molino de López Obrador.

Como evidentemente es este un tema donde, ni modo, la ideología está presente, es probable que convenga una entrada en este Reino donde hablemos de las numerosas puestas en escena que a pretexto del Bicentenario, del Centenario o cualquier cosa que suene familiar, se han estado exhibiendo en los teatros mexicanos en los últimos meses. Lástima que se enteren nada más los que andamos metidos en esto (¿todo el mundo está cazando algo?).

 

Hay ocasiones, como esta, en que el uso del pasado con fines políticos, de tanta tosquedad, se vuelve chocante

ALTA TRAICIÓN III

Llueve, llueve mucho… y en algunos rumbos de la ciudad, no llueve solamente  agua…. y lo que falta….

Cerremos, mejor, con una imagen que nos hubiera gustado ver más a menudo, en la historia y en la iconografía: Hidalgo y Morelos juntos.

 


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