Archivo para 20 septiembre 2010

20
Sep
10

¿Esto es el Bicentenario?

Y un día después la historia, ¿sigue igual?

Digamos que ya estoy más o menos hasta el gorro de estar escuchando eso de los 200 años de ser “orgullosamente mexicanos”, o de la frase esa tan peculiar de “esto es el bicentenario”, que de tan general pareciera que querría decir todo. O peor, quiere decir NADA. Pero también ya estoy harta de los que están haciendo el mega drama de que “no hay nada qué festejar”, y también de los que juran por su madrecita santa que este es un siglo fracasado y que somos un horror de país y que la Fiesta del Bicentenario (o sea, desfile, show, concierto y pachanga) no “ofrece el ejercicio de  reflexión” que “todos” queríamos. La pregunta es, ¿por qué habríamos de querer o de esperar que en el lapso de 24 horas cupiera todo lo que puede significar “El Bicentenario” y quedásemos TODOS satisfechos, máxime si no hemos hecho todo lo que nos habría tocado para que la celebración-festejo-conmemoración fuese lo que TODOS deseábamos?

Desde el viernes 17  algunos espacios mediáticos están llenos del plañir-plañir-y-plañir, del llorar-llorar-y-llorar y del quejarse-quejarse-quejarse. Al mismo tiempo andan por ahí las voces del inolvidable-inolvidable-inolvidable, del bellísimo-bellísimo-bellísimo (si vuelvo a escuchar este calificativo aplicado a algún elemento conmemorativo de este año, seguramente me acometerá un ataque de náuseas) y del satisfacción-satisfacción-satisfacción. Creo que, metidos en esto que es, técnicamente, una cruda político-operativo-simbólico-intelectual para críticos y panegiristas de la Fiesta del Bicentenario y de las conmemoraciones del 16 de septiembre, nadie piensa en el famoso concepto del “justo medio” y, desde ahí, sí hacer el recuento de culpas y de logros.

Punto número uno: El Mitote.  Pareciera, a ratos, que a los integrantes de la opinión educada e ilustrada (por tanto crítica) de este país le molesta sobremanera que la gente halle un ratito de diversión en lo que fue, propiamente, la Fiesta del Bicentenario. Al público masivo, es claro que le encantó el asunto, desde el desfile hasta la verbena en Paseo de la Reforma. ¿cómo no se iban a encantar con el desfile, si en esta ciudad ya rara, rarísima vez, hay desfiles? ¿cómo no iba a comprar el boleto, si, al menos por unas horas, hubo algo que se parecía a un “clima de conmemoración”? ¿cómo no iba a entrarle a la fiesta, si no cualquier sábado hay concierto en el cruce de Insurgentes y Reforma; a unos pocos metros del Caballito de Sebastián, al pie de nuestro Ángel chilango protector?

Por lo menos eso, por lo menos que algunos habitantes de la capital puedan contar que en la noche del Grito Bicentenario anduvieron de fiesta y en la calle vieron fuegos artifiales, al menos eso, después de que las estructuras de los  gobiernos federal y local salieran con unas cuantas puntadas de mal, malísimo, pésimo gusto, como impedir que toda la gente entrara al Zócalo, agarrándose de la necesidad de espacio para el espectáculo contratado con Rich Birch; como distribuir un boletaje destinado a generar un “ambiente” de verbena descafeinada, sin gente rara o fea o torva entre la multitud (luego por qué los patean en los medios); como estar fastidiando mañana, tarde y noche en que el desfile será espléndido y estar el en Zócalo aún mejor, para  salir, tres o cuatro días antes (para variar, a la hora de la hora) con que es mejor ver el número en la comodidad y seguridad de casita.  Eso es como hacer una fiesta de cumpleaños para un cuate (que cumple, en principio, 200 años) y luego salirle con la babosada de que mejor vea la pachanga desde su casa con la web cam. Son LOS MODOS, los malditos modos, los que hacen que eso haya sonado como a mentada encubierta y a caracolitos embozados. Eso no se le hace a la gente, porque finalmente, crean lo que crean los federales y los locales, la calle es propiedad de la gente; por eso, cuando se harta la multitud, la toma por asalto. Por eso, cuando los que lograron entrar al Zócalo se dieron cuenta de las zonas VIP, les restregaron en la cara a los guardias de las vallas: “Y nada más porque no nos podemos salir, por que si no, ahí se quedaban”. Por eso, las rechiflas a Aleks Syntek cuando le tocó salir (shalalalalaaaa) y le restregaron en la cara las estrofas de Cielito Lindo, que la gente SÍ quiso cantar. Por eso, a pesar de todas las cosas en contra, la gente decidió que sí celebraba y aprovechó las posibilidades de hacerlo.

Por eso en Reforma hubo fiesta, hubo emoción, hubo ganas de encontrar lo que hay de bueno en la gente de este país para celebrar, fuera vestidos de catrinas, con peluca mohicana tricolor, rodeando la torrecilla de los televisos que transmitían su peculiar versión de las cosas. Por eso es que hubo fiesta, colectiva y popular, con globos, familias posando para la foto, con orejas de conejo con ¡foquitos!, con antifaces tricolores, entre los cánticos de Lila Downs, la Maldita Vecindad o Kinky.

El mitote hermana, uniforma, contagia. Es cierto que los espectáculos más “nice” se quedaron al pie del Ángel, pero eso a la gente no le importó. Cada quién a buscar lo que le latía, cada quién a buscar en dónde entretenerse y “hallarse”. Chiquitos, grandes, con primaria o con posgrado. La experiencia del 15 de septiembre de 2010 en Paseo de la Reforma acaso sea de lo mejor de estos días. Ahí estaban, algunos con el traje de fiesta para la ocasión, otros, con el arreglo específico para sentirse en ambiente.

Esta imagen debería llamarse "el medio es el mensaje"

Otros, para variar, aprovechando las ocasiones de contento para sacar unos pesos más: vendedores de algodones de azúcar, de inflables estorbosísimos, pero parece que muy divertidos. Ahí, chambeándole más que celebrando, aunque trajeran al niño de dos años, que vencido por el sueño y el ajetreo que implicaba andar pegado a la mamá en el fragor de la venta de inflables, ya le valía gorro estar a trescientos metros del templete del concierto y le valía la manada de clientecillos que insistían en adquirir su inflable tricolor, y dormía profundamente. Contrastes perros que nos echan en cara que, no importa lo que queramos y soñemos, celebramos, festejamos, le entramos al mitote los que podemos. Hay algunos que tienen otras prioridades: comer al día siguiente, por ejemplo.

La pachanga de unos es fuente de trabajo para otros, aunque a algunos les incomode considerarlo

El caso es que, con todo, estuvimos en una de esas ocasiones de contento, en la que la gente decidió que había cosas que celebrar en el Bicentenario, valiéndoles gorro los rollos de tres o cuatro que yo me sé, que se siguen quejando de que no hay proyecto nacional que festejar (qué ideas tienen algunos), como si una cosa, necesariamente, estuviese encadenada a la otra. La gente tiene alegrías más sencillas, emociones más espontáneas, eso les permite vestirse de verde, blanco y colorado con esa tierna convicción de que así le rinden homenaje a su patria.

Punto número dos: El Show. Más de la mitad de los que refunfuñan, patalean y se quejan de la Fiesta del Bicentenario han metido en un solo saco las dos fases del espectáculo, pero, mirando con cuidado, resulta evidente que el desfile y el número del Zócalo no eran la misma cosa, y que, a lo que el australiano Birch le aplicó toda su inventiva y sus habilidades mediáticas, era a lo planeado para la Plaza que recibiera su nombre, por cierto, de don Félix María Calleja del Rey.

Hay a quienes les entusiasmó el desfile, hay a quienes no. Algunos segmentos eran amplios, vistosos y nutridos; otros, con menos personajes de lo que se esperaría (¿no que había como siete mil voluntarios? A lo mejor faltaron un par de miles más para uniformar la densidad de los contingentes). Algunos se quejan de que no le hallaron coherencia temática (?) ni cronológica (??), pero eso ocurre cuando se deja a los teatreros sueltos, sin un mínimo hilo conductor que les ayude a estructurar su creatividad. Y, ultimadamente, contestarán algunos, parece que no había la menor intención de que hubiese coherencia histórica o cronológica, de perdida; alguien, en voz baja rezongará: “y por qué tenía que haberla?” Y dirán misa, pero a mí me encantó el Kukulkán inflable, el carro alegórico del barroco, que ejecutaba música de Miguel Bernal (cosas como esta, por cierto, que no dijeron NINGUNO de los señores que transmitieron esa parte). Y algunos artilugios memorables, como esas bicicletas azules que llevaban azules delfines.Un beneficio más: el sonido de la transmisión era tan precario, que, afortunadamente, nos libramos de escuchar las distintas versiones de “El Futuro es Milenario” (shalalalalaaaa). Eso SÍ que fue bueno.

Creo que lo visto en el mero Zócalo fue el verdadero “espectáculo mediático” que nos recomendaban ver por televisión. Es notorio cómo el manejo de cámaras estuvo al mejor de los niveles (cosa que no pasó en Reforma), y permitió ver un espectáculo todo lo discutible que quieran los descontentos, pero definitivamente bueno, si nos hacemos un poco guajes con el asunto del Zócalo acotado y seccionado; un espectáculo que SÍ narraba algo en clave de carnaval, aunque no se estuviera totalmente de acuerdo con el contenido, o con las figuras; aunque nadie acabara de decidir si el mentado Coloso era o Luis Donaldo Colosio, o Jesús Malverde, o Vicente Fox, porque sus artífices primero salieron con la embajada de que era el “homenaje” (?) a todos esos luchadores anónimos que participaron en el movimiento insurgente, y luego terminaron por aceptar que se habían basado en imágenes de Benjamín Argumendo, personaje de la REVOLUCIÓN, y, encima, en algún momento, simpatizante de Huerta.  Noooooo, atinadísimo. ¿Ya ven por qué no hay que dejar sueltos a los teatreros y a los artistas así nomás? Le hubiera sentado muy bien al creador del Coloso, el escultor Carlos Canfield,  un manualito de “Conmemoraciones Cívicas Básicas 1”, que tuviese incluidos los nombres de los homenajeados en cada ocasión.

Pitorreos aparte, armar al personaje en medio del Zócalo, sin que surgiera bronca alguna, ya es de elogiarse.

Hubo luz, sonrisas, bailes delante de las cámaras; fuegos artificiales por toneladas; peculiar carnaval bicentenario. No hay que pedirle más de lo que era: el concepto “show” como variación y complemento de la fiesta patria. Tan estaba pensado para hacer de él un producto televisivo, que Canal Once programó retransmisiones del festejo. ¿Por qué? Porque estaba planeado, desde el inicio, para transmitirse como una narración televisiva, como un segmento de Realidad re-construida; de-construida. Una vez más, ofrecer al respetable, para tocar con los ojos vendados,  la pata del elefante, para adivinar qué cosa es esta.  Carajo, una vez más la preguntita: ¿qué es lo real? ¿De veras te puedes quedar en la comodidad de tu casa para ver la realidad en tu pantalla?

Tan se antoja real lo que vemos en la pantalla, no importa si es la que se ha montado en pleno Reforma o la de la sala de la casa, que la gente se involucra y participa del Grito Bicentenario, aunque no haya alcanzado lugar, boleto o invitación VIP para el Zócalo. Esa es una de las cosas bonitas de la noche del 15 de septiembre. La gente, en las calles, se agrupaba en torno a las pantallas para ver, desde la comodidad de su avenida, parte del gran festejo ideado por Birch. Y eso, finalmente, es una muestra de la nobleza de estos chilangos con su conjunto de agregados culturales, visitantes y turistas, que presenciaron el Grito, dedicándole la consabida dosis de rechiflas al presidente, no bien lo miraron aparecer y recibir la bandera de manos de la escolta del Colegio Militar, para, a continuación, guardar un silencio que era respetuoso, porque ese es uno de los elementos entrañables de estas noches del 15 de septiembre, exactamente como lo narraba Federico Gamboa hace más de un siglo: les caerá mal el presidente en turno, le pondrán apodos feos y/o espeluznantes; le mentarán la madre un día sí y otro también, pero a la hora que ese mismo personaje los llama para vitorear juntos a los “heroes que nos dieron patria y libertad”, la gente responde, la gente grita “¡Viva!”, la gente aplaude, y en algún lado, Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, reconciliados en la muerte, sonreirán ante tan inocente afecto. Porque, dejando las discusiones sobre la ideología y el pasado para el seminario del posgrado, a la gente le gusta declarar fiesta en honor al padre de la patria.

La Catedral como interesante pantalla... era viernes 17 en la mañana y el Estado Mayor no acababa de salirse de ahí.

Ese es el clima en el que es posible atreverse a hablar de unidad, de ánimo compartido; esos minutos donde resuena la campana que hace más de un siglo se agandalló Porfirio Díaz para colocarla en el Palacio Nacional. Esos son los momentos en que Birch o no Birch, desfile o no desfile, la fiesta aflora en la multitud. Y eso, es algo que aún es un motivo muy serio para celebrar, porque es la señal de que aquí nadie se ha rendido.

 

Guarden la huella de estos días: ojalá que la cruda del viernes o del lunes sea una cruda respecto a lo que hicimos y cómo hicimos en el bicentenario

Anuncios
15
Sep
10

El grito según Federico Gamboa

El desfile del centenario, cuando el pobre de Federico Gamboa se moría de nervios

Últimamente, don Federico Gamboa ha dejado el cómodo limbo del pasado en el cual se encontraba, y ha regresado, respondiendo a la invocación. Se han comparado con él, lo han invocado como santo protector, hemos citado su célebre Diario para retratar el ambiente de los días de las fiestas del Centenario del inicio de la Independencia, hemos calculado que, en los últimos dos años, debe haberse retorcido varias ocasiones allá en su tumba del Panteón Francés de la Piedad.  Interesante personaje, propietario de una curiosa moral con dobleces, lo que habla de su actualidad, y de repente nos lo encontramos convertido en uno de los protagonistas de la historia que cuenta “El Atentado”, la reciente película de Jorge Fons, donde lo pintan en un retrato bien interesante y cercano al señor que leemos en los Diarios, con todos sus miedos, con sus disimulos, con sus mentiritas y mentirotas piadosas.

Mucho mejor escritor que político, nos dejó, entre otras cosas un auténtico best seller mexicano: Santa, esa historia de la prostituta porfiriana, con una textura tal que se vuelve un peculiar y detallado fresco del mundo de hace un siglo. En esa novelita, publicada en 1903,  que aseguró la manutención de don Federico en sus últimos años (contaban que, muerto de la risa, se ufanaba de que lo mantuviese una “mujer pública”)  y que hoy se sigue vendiendo, el bueno del señor Gamboa nos dejó un chispazo de lo que eran los Gritos hace un siglo. Y aquí está:

A espaldas del carruaje, los portales de Mercaderes truncos y asimétricos por el Centro Mercantil, terminado casi, y que en los pisos concluidos ya, ha derrochado las lamparillas incandescentes. A la diestra, la vetusta casa de ayuntamiento, la “Diputación”, también encortinada y  alumbradísima, sin lograr borrarse las arrugas y el sombrío aspecto que le prestan los años; maciza, ingrata, anacrónica. A su frente –limitando al norte la extensa plaza- la Metropolitana , monumental, eterna, imponente;  erguidas sus torres, grises sus muros, valiente cúpula, formidable en su conjunto de coloso de piedra, inconmovible al que no arredran ni el tiempo ni los odios, luce igualmente faroles y colgaduras, todo arcaico a la antigua todo, los faroles de aceite, las colgaduras desteñidas, venerables, olientes a incienso, ¡con quién sabe cuántos lustros a cuestas! A su lado, el sagrario en su perpetuo y desgraciado papel de pegote churrigueresco.

Por dondequiera, vendimias, lumbradas, chirriar de fritos, desmayado olor de frutas, ecos de canciones, fragmentos de discursos, arpegios de guitarra, lloro de criaturas, vagar de carcajadas, siniestro aleteo de juramentos  y venablos; el hedor de la muchedumbre, más pronunciado; principio de riñas y final de reconciliaciones; ni un solo hueco, una amenazante quietud; el rebaño humano apiñado, magullándose, pateando en un mismo sitio, ansioso de que llegue el instante en que vitorea su independencia…

De pronto, un estremecimiento encrespa todavía más aquella mole intranquila. Luego, un silencio que por lo universal asusta y emociona, uno de esos silencios precursores de algo extraordinario. Diríase que hasta lo inanimado se reconcentra y recoge. Compenetradas las cien mil almas que inundan la Plaza, parecen no formar sino una sola. ¡Todos callan, todo calla!… lo mismo las bandas unidas que los privilegiados de los balcones y que los miembros del rebaño. Todos miran el reloj del Palacio, suspendida la respiración, clavados los ojos en la diáfana muestra de la impasible maquinaria, latiendo presurosos todos los corazones en todos los pechos…

Y pausadamente, el reloj de Palacio y el de la catedral rompen juntos ese silencio; primero con cuatro campanadas lentas –los cuatro cuartos de la hora-, después con once, que nacen con idéntica lentitud mecánica. No bien han nacido, cuando, todo a un tiempo, se enciende el balcón histórico, el de barandal de bronce, y dentro de un óvalo de rayos eléctricos, surge el Presidente de la República, símbolo en medio a tanta claridad, sin otras divisas que la banda tricolor que le cruza el pecho y lo convierte en el ungido de un pueblo. Con noble gesto coge la cuerda pendiente de la esquila parroquial que atesora Palacio, la hace sonar una vez, dos veces, y ella suena maravillosamente,  como ha de haber sonado, allá en Dolores, cuando despertó a los que nos dieron vida en cambio de su muerte.

Cae de la Catedral tupida lluvia de oro, sus campanas repican a vuelo. Atruenan los aires millares de cohetes, las bandas ejecutan nuestro himno,  el canto nacional; en la lejana Ciudadela, disparan los cañones la salva de honor; los astros en el cielo, miran a la tierra y parpadean, cual si fuesen a verter lágrimas siderales, conmovidos ante el espectáculo de un pueblo delirante de amor a su terruño, que una noche en cada año cree en sí, recuerda que es soberano y es fuerte.

Hay madres que han levantado a sus hijos por encima de la multitud y en alto sostienen, como una ofrenda, como una restitución de sangre que nada más a la Patria pertenece.

Y de todos los labios y de todas las almas brota un grito estentóreo, solemne, que es promesa y es amenaza, que es rugido, que es halago, que es arrullo, que es epinicio:

-¡Viva México!…..

Y para que no olvidemos a esa gente que no tiene computadora ni internet, y que viene desde Neza, desde Chimalhuacán; esa que hace diario dos horas de metro y microbús a su trabajo, que no podría pagarle el cine a sus tres o cuatro hijos sin reventar el presupuesto de la quincena y que, entonces, solo tiene la posibilidad de disfrutar estas ocasiones de contento, gratuitas; Chapultepec los domingos, el Grito y los desfiles de septiembre; las luces del Zócalo engalanado; aquí está, como era hace 97 años y como es hoy; eso que le causa escozor a algunos historiadores; “el pueblo”, eso que les choca a algunos politólogos porque es una categoría inasible, bronca, compleja y sentimental. Esa masa complicada y voluble es la verdadera propietaria de estas fiestas masivas. Por eso, por primera y última vez, diré lo que me vino a la mente hace unos minutos, cuando acabo de leer en la prensa que hay “boletaje” repartido para que la gente entre al Zócalo, entre empleados públicos, funcionarios y militantes políticos destacados: o sea, verbena popular descafeinada. Porfirio Díaz se habría carcajeado. En suma, son chingaderas.  Pero en esta historia, como dijo una vez  Jacobo Zabludovsky, cada quien va a tener el éxito que se merece.

Recuerditos del tiempo de don Federico

14
Sep
10

Postales del pasado y del presente: Hablemos de perros… Bicentenario

Hoy, martes 14 de septiembre de 2010, cuando faltan apenas DÍA Y MEDIO para que dé comienzo la fiesta del Bicentenario, tengo ganas de cumplir mi promesa y hablar de perros.  Hasta del Perro Bicentenario, que seguramente ya ha llegado y aguarda su turno para entrar a escena y dedicarle fiestas y ladridos al que haya hecho bien sus cosas. Para los que no, seguramente tiene reservada alguna acción repugnante.

Pero en alguna otra entrada de este Reino, decía yo que, en los momentos trascendentes, siempre hay un perro a la mano. No como protagonista, sino, diríamos, como “elemento de apoyo”, como “presencia solidaria”, como gente de fiar. Pero de que están siempre, ahí están. Bueno, con excepción del mentado perro negro de la canción de José Alfredo Jiménez, al que le matan al dueño “un día que el perro no estaba” porque eso sí, si alguien tiene una especial habilidad para fijar prioridades, estar donde el mitote es mejor o donde por lo menos van a dar de comer, son los perros.

Y la verdad, es que en los testimonios fotográficos y fílmicos de nuestra historia, abundan los perros, siempre como testigos de privilegio, acompañantes decididos o entusiastas seguidores.  Aquí les presento a uno de esos perros: Jimmy, la mascota de la princesa Agnes de Salm Salm: que no posa con su ama, sino con el esposo de su dueña, el príncipe Félix de Salm Salm:

Jimmy, desde luego, consciente de su paso a la historia, como es evidente.

Los Salm eran unos personajes peculiares, de esos a los que la cultura decimonónica definiría como “aventureros”, adictos a la adrenalina, incapaces de quedarse quietos o demasiado tiempo en un solo sitio. Tienen que ver con la historia mexicana, porque Félix de Salm Salm, nacido en Westfalia (que era parte de Prusia) en 1828 y que traía muchas horas de vuelo como mercenario (algunos dirían que era una verdadera ficha) decidió en 1866 venir a México e incorporarse al ejército con el grado de coronel y acabó siendo, en el sitio de Querétaro, ayudante de campo de Maximiliano de Habsburgo. No venía solo, lo acompañaba su esposa estadounidense, Agnes Leclerc.

Los Salm, como se sabe,  dejaron sus memorias escritas y por ello disponemos de algunos detalles interesantes, además de algunos datos sobre el perro Jimmy, tan intrépido como su dueña. Doña Agnes sabía tirar con pistola, era una excelente caballista y dicen que una mejor cabildera. Las memorias de Agnes, “Diez años de mi vida (1862-1872)”, publicadas hace casi 30 años por Cajica, una editorial poblana, fueron, como dice en su portada, “La Contribución Número 1 de la Editorial Cajica de Puebla al año de Juárez, 1972”.

A la dueña de Jimmy, la princesa Agnes, el cultivo de las leyendas alrededor de las peticiones de perdón para Maximiliano, la inmortalizó en una figura de cera que ignoro si aún continúe en su lugar, pero que hace unos siete años estaba en el primer piso del palacio de gobierno de san Luis Potosí, postrada ante otra estatua de cera, la de Benito Juárez. De ella se sabe que fraguó dos o tres planes para que Maximiliano se evadiera de su cárcel queretana, incluyendo la seducción de la guardia. Finalmente, ninguno se concretó, Max se murió y los Salm sobrevivieron. Un simpático retrato de esta pareja es el que construyó el economista e historiador austriaco Konrad Ratz en su curioso musical “Maximiliano”, estrenado en México hará unos cinco años.

En sus memorias, doña Agnes se ocupó a ratos de Jimmy. Evidentemente, era un perro consentido: “Este perro es muy habilidoso”, escribió la dama. “Como me acompañó durante toda la guerra americana, había experimentado que los rifles on máquinas peligrosas y que hay desgracia cuando se les dispara. Tenía por tanto un sagrado respeto ante carabinas y disparos, pues amaba mucho su vida y también los asados de ternera, beefsteaks, costillas y otras cosas que embellecen la vida de un perro” En aquellos días del sitio de Querétaro, Agnes de Salm hizo toda clases de ires y venires para llegar a la ciudad atacada por las fuerzas republicanas, siempre acompañada de una sirvienta y de Jimmy. El perrillo va a acompañarla  hasta a esa entrevista con Juárez en la que intenta obtener el perdón para Maximiliano.

De aquellos días es esta otra foto, de los generales del imperio presos. Entre ellos está Salm Salm, y a los pies de los militares derrotados… otro perro. Hay quien me ha dicho que se trata de Jimmy, pero el color es diferente:

Y abajo, en completo desinterés por el fotógrafo... otro perro

Pero este asunto de los perros no se queda en estos detalles encantadores. La filmografía de la Revolución está llena de perros entusiastas o por lo menos atentos: un perro avanza delante de Victoriano Huerta cuando el militar ya es presidente, usa abrigo y chistera y camina por el patio central de Palacio Nacional; perros emocionados marchan a la par de Madero a caballo o junto con las tropas carrancistas, como podemos verlos en “Memorias de un mexicano”. Alguna vez presencié la hechura de un corto, a partir de muchas de estas películas, que seleccionaba los momentos estelares de los perros de la Revolución. Se iba a llamar “Perritos en la Historia” (como “Cerditos en el Espacio”) y se soñó con usarlo para atraer a los niños a la filmografía revolucionaria… hasta que alguien del bando de los historiadores amargados opinó que el asunto era una estupidez, y el artífice del proyecto, incapaz de defender sus ideas, lo echó al caño. Pero un día los perros de la Revolución volverán. Lo cierto es que, desde entonces y hasta ahora, los canes se divierten mucho con el interminable espectáculo de la especie humana.

En ocasión de estos Bicentenarios, los organizadores de las conmemoraciones chilenas se anotaron la puntada de convocar a un concurso: “El Quiltro Bicentenario”. En Chile, “Quiltro” es lo que los mexicanos llamamos “perro corriente”. La idea era, en 2009, convocar a un certamen fotográfico donde se recuperara la imagen del perrito callejero como cercano al “ser chileno”… o algo así. Vean parte del texto justificatorio:

“Infaltable en las calles, acompañando a los transeúntes, interrumpiendo actos oficiales, durmiendo en el pasto y ladrándole a los autos, el quiltro chileno metió su cola y tomará protagonismo en los festejos del Bicentenario. La Comisión Bicentenario invita a participar en el concurso “El Quiltro del Bicentenario”, iniciativa que premiará a la mejor fotografía de un perro quiltro, entendiéndose éste como el ejemplar canino sin raza definida.

La palabra mapuche “quiltro” significa perro, aunque en Chile se le asocia a un perro sin raza que vive en la calle. El quiltro, es casi una institución en Chile, forma parte de nuestra cotidianidad y está siempre presente: no hay foto o grabación de un acto público sin que aparezca un perro quiltro. Ejemplos recientes son la última Parada Militar y la Fiesta del Bicentenario, donde una quiltra hizo una pausa en su recorrido por el centro de Santiago y se integró a la fiesta, cantando las canciones de Javiera Parra.

El concurso, es organizado por la Comisión Bicentenario, en colaboración con CEFU (Coalición por el Control Ético de la Fauna Urbana) y cuenta con el auspicio de Nikon, Las Últimas Noticias y Champion. La idea es reconocer el papel emblemático que juega este animal en nuestra vida y, al mismo tiempo, incentivar la tenencia responsable y la adopción de éste. Las tres fotografías ganadoras recibirán cámaras fotográficas Nikon.”

De manera que no nos podemos asombrar por completo cada que nos enfrentamos a alguna desmesura en estas cosas de los centenarios mexicanos. Siempre puede haber algo más. En Chile YA tienen Perro Bicentenario y el asunto no fue muy terso que digamos. Mientras los defensores del perro callejero festejaban la ocurrencia, los senadores le pedían a la presidenta Bachelet, para el Bicentenario, una ciudad libre de perros callejeros. De más está decir que el agarrón fue automático, pero nada detuvo el avance del certamen. De hecho, en enero de este año fue anunciado el nombre del fotógrafo ganador, Oscar Fuentes Mardones, de Chillán,  y esta es la foto de perro triunfadora:

El perro Bicentenario chileno

El argumento para premiar esta foto de perro tiene su gracia; ahí les va:

“En esta fotografía se muestra un quiltro, a quien llamaremos ‘cachupín’, quien adopta una curiosa y expectante posición frente a su amo, el cual pareciera tener dificultades para calcular el total de sus monedas. Sus orejas parecieran expresar la complaciente espera de lo que su amo compartirá después de un rato. El quiltro no observa el dinero, sino la intención de alimentarlo. A cambio de ello, su único medio de pago: la fidelidad, la alegría y, en algunos casos como éste, la enorme necesidad de sentirse acompañado.”

Y en estos días de centenarios, hay más perros que se comprometen con la vida real en este Reino: Perros patriotas que no trabajan en la Defensa o en la SPP y que sin embargo desfilan junto a las tropas en las fiestas patrias; perros escépticos de la política nacional, como el mexicano y tapatío Perro Fidel, candidato en las elecciones del año pasado porque los muchachos que lanzaron su candidatura y promovieron el voto para este bull terrier estaban más que hartos de un sistema de partidos cuyos intereses nada tienen que ver con el famoso bien común, vamos, ni siquiera con el “hacer las cosas más o menos bien” que, mínimo, se espera de quienes elegimos para legislar o gobernar:

Ha estado de moda, en diarios mexicanos y extranjeros,  el Perro Kanellos, que, otros dicen, responde por Lukánikos. Este animalito participa en las manifestaciones callejeras de la capital griega y es uno más de los inconformes, uno más de los quejosos de la vida pública en Grecia. Su foto aparece lo mismo en El Universal mexicano que en The Guardian inglés o Le Figaro y Liberátion franceses y muchos más; tiene hasta su blog: http://rebeldog.tumblr.com/

Kanellos no se arredra con facilidad

A Kanellos le llaman “perro rebelde”, “perro rijoso”, “perro revolucionario” “perro justiciero”, “perro antisistema”, no le teme al gas lacrimógeno y siempre está en la línea de fuego; mira con ojos desconfiados y retadores a la policía griega. Es de esos perros que, simplemente y de entrada le caen bien a uno por valeroso, por esa peculiar manera de decir “aquí estoy” sin aspavientos y que tanto bien hace a quien es beneficiario de ella. Dentro de cien años, cuando se vean las fotos de estos días, así como ahora vemos a Jimmy junto a Félix Salm, verán a Kanellos, a Fidel, sobrevivirán las fotos de los quiltros Bicentenario, y los que vengan después de nosotros sonreirán con simpatía para los perritos valientes y solidarios.

Kanellos, dispuesto a todo.

Y no, no es que sean LOS personajes de la historia. No, no es una puntada intrascendente hablar hoy de los perros y la historia. No, no es que uno quiera echarle la culpa y/o la inspiración de de las acciones humanas a los perros. No es que en estos centenarios lo que importe sea el Perro Bicentenario… simplemente que los perritos son testigos de lo que sus amigos o enemigos humanos hacen, que su natural curiosidad los lleva a estar en primera fila en todo, que a veces deben creer, como Kanellos, que somos tan inútiles que necesitamos ayuda para resolver nuestras broncas y por eso pelean de nuestro lado, sea cual sea; que se deben morir de risa silenciosa de ver tantos desfiguros como hacemos en aras de la solemnidad y de los homenajes, a tal grado de inventar un Quiltro Bicentenario cuando ellos nada piden que sea más complicado que comida segura y apapachos, y para acabar, me acuerdo de aquella nieta (esta sí) de Plutarco Elías Calles que, una vez, me presentó a su consentidísima perra poodle, “Tarca” y cuando yo le palmeaba la cabeza al animalillo, su dueña precisó, con una sonrisita perversa en los labios: “Su nombre completo es Plutarca”. No comments.

13
Sep
10

Postales Bicentenarias 8: la Independencia en tiempos del Facebook

Corre por la Red este pequeño juguete discursivo, definitivamente delicioso. Habría sido sensacional que saliera del ingenio de un historiador. Pero esta curiosidad se debe a los creativos de una empresa mexicana W Marketing. Es decir, en principio se trata de publicistas o comunicadores profesionales. No sabemos el nombre del responsable directo pero he de decirles varias cositas: primera, que ha sido tan efectivo que ha llegado a mi correo en ocho ocasiones. Segunda: que el autor o autores pudieron hallar ese “justo medio” que conjunta una pequeña dosis de información histórica con uno de los lenguajes más populares de estos días bicentenarios: el del Facebook.

Esta narración de los hechos ocurridos hace dos siglos, en la lengua de algunos mexicanos del siglo XXI, es todo un regalo para los usuarios de internet y las redes sociales. A no dudarlo, es una gran lección. En este Bicentenario, más tiempo debiéramos haber dedicado a construir los puentes entre la investigación histórica que se desarrolla en la academia y los usuarios de estos recursos de comunicación apoyados en el ciberespacio. Aún hay tiempo, porque sospecho que en algún punto del universo está el infierno de los historiadores, y si no hacemos algo para redimir nuestras deudas pendientes con la gente común, artífice y protagonista de la Historia, allí iremos a sufrir una buena porción de siglos, mientras nos leen las obras completas de Francisco Martín Moreno (wak!!). Y eso, oh amigos míos, eso SÍ que es castigo.  Gracias a W Marketing y a la realidad. Disfruten esta preciosidad:

10
Sep
10

Postales Bicentenarias 7: en dónde está el ánimo de la celebración

En las calles, en las puertas, en los puestos: llegó el Bicentenario... aunque no sea exactamente como nos lo imaginamos

Haya desfile o espectáculo, inauguración o no inauguración; hayan completado los encarguitos o no, estén listas o no las 2 mil 400 “acciones conmemorativas”, lo cierto es que desde el último sábado de agosto, comenzó a aflorar en la calle, entre la gente, al menos de esta sufrida capital, la idea de que sí hay que celebrar los Días Bicentenarios, y lo cierto es que hoy es viernes y FALTAN SEIS, SEIS, SEIS días para el Bicentenario del inicio de la Independencia.

Para estas alturas ya sé que no hay nadie rondando las cercanías del viejo edificio de la Secretaría de Salud donde dicen que un día habrá monumento. Entonces, pues, ¿en dónde está la gente? ¿En dónde está el Bicentenario? ¿en dónde el Centenario? ¿dónde lo bueno, dónde lo malo de estas conmemoraciones?  De eso es lo que hay que hablar, que hallarle sus facetas absurdas, sus lados hermosos, sus lados dolorosos, sus enseñanzas. Exorcizaremos a algunos demonios, enterraremos malas ideas, generaremos nuevas y mejores expectativas y, sobre todo, es posible que en algún momento entendamos la moraleja mayor de este 2010 de Centenarios: aprender de algunos errores fundamentales y no volver a comenterlos, y reforzar algunas esperanzas esenciales.

Hay casos, como éste, en los que la intención es lo que cuenta. Vayan a verlo y ya me dirán

Por eso, con gran sentido práctico, los primeros que asomaron fueron los dueños de los puestos de banderitas y chácharas bicentenarias que ya hay en muchas esquinas, tal y como hace un siglo en estas vísperas. Luego, aparecieron en las casas los pendones, las banderas que cada año alguien de la familia saca para colocar en las puertas, en las ventanas, en los anuncios de los autos. Mi tierno Matizito rojo tiene su propio Hidalgo, con todo y ¡campanita! (y no le hace que algunos maldosos hayan llegado a insinuar que el Matizito, más que auto es una mascota); en el supermercado ya están las servilletas Bicentenario, la leche edición Bicentenario, las gelatinas y las conchas Bicentenario [de veras].  Ideología o no, patriotismo o no, emoción o no, lo cierto es que la mercadotecnia bicentenaria ya está aquí, y aunque hoy viernes en la mañana leo en El Economista los retobos de Teresa del Conde a la que no le gusta ver a los “héroes de la patria” (y seguramente la dama en cuestión se debe poner de pie al decirlo) “caricaturizados” (eso, con la pena, se llama BRECHA GENERACIONAL), no sólo hay próceres con nueva imagen, sino que están los de siempre, los de antes y los de endenantes; Allende sigue gallardo en su sombrero montado, y también está ese Allende con espeluznante peluca (porque eso parece) con un rizado grado 5 que enchina la piel. Están los tiernos, entrañables Hidalgos de Magú, cada mañana en La Jornada (¡¡Viva Magú!!), las cabezas parlantes y respondonas de Trino (¡fenomenales!), está todavía  la imagen de la Corregidora sesentona en las papelerías y está Lumi Cavazos, cuarentona de buen ver, COMO ERA doña Josefa hace dos siglos, y está la Leona Vicario de La Venida de los Insurgentes, que canta canciones de Lupita D’Alessio. Esa multiplicidad de voces dice que no hay un solo Bicentenario, que hay muchos: alegres, esperanzados, ácidos, hasta amargosos, encarrerados, otros que se encierran en la casa. De colores, llenos de buena comida, de sabrosos dulces, de manos que se estrechan, de esperanzas que no fueron y de deseos que se cumplieron.

Tiendas caras, puestos en la calle: ¿dónde está el Bicentenario? En manos de la gente

Veamos la otra Galería Bicentenario: la que está en la publicidad, en las calles, en la gente que está en los puestos escogiendo un rebozo, que consigue los paliacates de edición especial. Todo esto existe y circula porque quienes los fabrican opinan un poco que hay que celebrar, y un mucho porque saben que hay quienes creen que sí hay que celebrar. En un siglo, estas pequeñas huellas de memoria estarán en los museos como piezas para la exhibición del Tricentenario; no se trata tanto de creer que los mexicanos del siglo que viene tendrán la misma idea que nosotros tenemos de celebrar, de conmemorar y de festejar, pero si les ayudamos no dejando las cosas regadas, tirándolas a la mañana siguiente, guardando algunos elementos memorables, para que nuestras familias vean las locuras que se nos ocurrían, los osos que hacíamos, los triunfos que logramos y los ridículos que hicimos. Hoy el cerebro nos trabaja a 200 por ciento, porque quedan pocos días y hay mucho que contar y que decir y qué discutir.

Guapos, marciales, solemnes, esperpénticos o incluso risibles, los protagonistas de la historia andan sueltos por las calles

Pero me remito a una encuesta del periódico Reforma, publicada el pasado lunes. Dediquémosle unas líneas solamente: Tres ciudades: México, Guadalajara y Monterrey: 57% de los chilangos entrevistados, 59% de los regios entrevistados y 54% de los tapatíos opinaron que sí vale la pena el gasto que hace el gobierno federal para celebrar el Bicentenario. Como el margen de error es de +-4.9 por ciento hablamos de que las opiniones, en sentido literal, ESTÁN DIVIDIDAS (me llama la atención el puntaje de Guadalajara y Monterrey, para empezar porque no les toca ni un clavo de la lana invertida en las celebraciones de Paseo de la Reforma y de el Zócalo capitalino) y por eso el rendir cuentas BIEN  es y va a seguir siendo importante (de otra manera, a lo mejor, me asalta la duda, no hemos aprendido nada en 100 años y eso de la transición democrática es una ilusión). Pero si se trata de celebrar, ¿qué dice la gente?

Ya hay calles, afortunadamente, aunque no debieran ser las únicas, donde ya se respira el Bicentenario

Primero, que sólo 29% de los chilangos, 40% de los regiomontantos y 39% de los tapatíos, dicen que se sienten emocionados por “el Bicentenario”; que solamente la mitad de los chilangos, el 53% de los regios y el 46% de los tapatíos dicen que van a celebrar el Bicentenario. Y, encima, 75 por ciento de los capitalinos dicen que los mexicanos festejan el grito por el solo hecho de estar de fiesta, y esa opinión la comparte 68% de los regiomontanos y 70% de los habitantes de Guadalajara. ¿Qué nos dice eso? ¿No nos dice nada nuestro corazón? Cuántas cosas hay aún que decir, además de ese spot donde un coro canta -y muy bien- el himno nacional. Antes de “gritar ¡México! con toda la fuerza de tu corazón” (así dice el spot, yo qué), preguntémonos  qué queremos hacer: festejar, conmemorar celebrar, recordar o tooodo junto y al mismo tiempo.

 Y mientras todo mundo se arrebuja esperando el estreno de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” o la apertura de la Galería Nacional, o la doble ceremonia del Grito, o el desfile de Rich Birch o lo que ocurra primero, oh, amigos muy queridos, empecemos a hacer el recuento de nuestro Bicentenario.

Curioso que el gobierno perredista, que se dice de izquierda, de la ciudad de México, haya optado por reproducir en versión siglo XXI, el arco triunfal que se levantó para la entrada de Agustín de iturbide a la Plaza de la Constitución. Pero como nadie se ha enterado, nadie los ha blaconeado por recuperar este elemento histórico. No tiene ni tendría nada de malo, pero en esto de los agarrones históricos en los que aún seguimos, lo curioso es que nadie agarre el tema para pelearse.

08
Sep
10

Postales bicentenarias 6: caminar por el Palacio Nacional

Camínenlo en cuanto las brumas bicentenarias se disipen

Ahora que ya nos enteramos de que la Galería Nacional, inaugurada el lunes 5 sólo podrá ser visitada hasta después del día 20, y hoy, cuando faltan SOLAMENTE OCHO DÍAS para el Bicentenario del Inicio de la Independencia, aquí les dejo unas postales más de esos pasillos que, más tarde o más temprano, la gente podrá recorrer. Los retratos de los presidentes, los cuadros que llevan años allí y que muchos solo conocen en libros; todo lo que es el Palacio Nacional, con su pasado, con sus luces y sus sombras. De la Galería  del Palacio ya hablaremos después, porque es algo especial. Seguro que pese a todo, es tan hermosa como la soñó su creador, el profesor Miguel Ángel Fernández, ahora conservador del Palacio Nacional.

Estos sí que son lugares con historia

Lo que se verá en Palacio Nacional como su propio patrimonio es importante y diferente a lo que veremos con la Galería. Dos conceptos en una sola solución espacial, propiciados por la memoria y por las diversas maneras que tenemos, cada generación para discurrir el pasado.

Y entonces, nos asomaremos, hasta donde se sabe, al despacho del Presidente, y veremos los retratos de los señores que han trabajado en este edificio viejo, lleno de historias, y algunos dicen que de presencias peculiares también. Pero a esa parte de la historia, luego le dedicaremos un espacio de este Reino. Ya tan cerca el Bicentenario. Qué bien, deveras. Con todo lo que esto ha significado.

¿Llegará el recorrido hasta la misma oficina presidencial? Ojalá

 

05
Sep
10

Postales Bicentenarias 5: la bala del capitán Garmendia

Uno de los pasillos de las oficinas presidenciales en Palacio Nacional

Si atendemos los anuncios de la prensa, a estas horas del domingo 5 de septiembre, cuando estamos  A DIEZ DÍAS de la fiesta (ojo, fiesta) del Bicentenario,  la Galería Nacional  de nuestro Palacio Nacional, habrá sido inaugurada.  habrá que ver, eso sí, CUÁNDO de a deveras puede recorrerse. Pero lo importante es que la gente podrá asomarse, cuando se pueda, a las oficinas presidenciales, nada feas, ciertamente, pero aquí lo relevante no es solamente la belleza del espacio, que es grande. Se trata más bien de que la gente, TODA la gente, puede caminar por un espacio que, durante décadas, les han dicho que les pertenece y al cual nunca han tenido acceso, aunque nomás sea para mirar, con esa alegre curiosidad del niño que nos alienta en el cuerpo, con la gana de asomarse a examinar las huellas de la memoria, los rastros de un pasado anclado en las historias de los abuelos, de los bisabuelos, en los libros que a veces encontramos en las librerías de viejo, en las piedras viejas, que han visto tanto.

Si lo dicho se mantiene (ya sabemos que en esto de las palabras de honor surgen, a la hora de la hora, docenas de componendas y justificaciones) ojalá  los visitantes de Palacio Nacional puedan ver la placa y el mueble que cuentan una historia: la del capitán Gustavo Garmendia, quien le salva la vida a Francisco I. Madero, en los días terribles de la Decena Trágica, cuando, a la mitad de una junta de gabinete, ese 18 de febrero de 1913, irrumpe en ese salón de Palacio Nacional  el coronel Teodoro Jiménez Riveroll, junto con el mayor Pedro Izquierdo, seguidos de un grupo de soldados. Dispararán contra el presidente, y Marcos Hernández, al cubrir a Madero con su cuerpo, caerá muerto. Garmendia, uno de los asistentes de Madero, al grito de “¡Al Presidente no se le toca!”, matará de un balazo a Jiménez Riveroll. Unos minutos más tarde, Madero será prisionero de Aureliano Blanquet, para ser llevado a la muerte, pero el gesto de Garmendia, la marca de una bala rebotada en uno de los muebles de ese salón, permanecen. Allí, quienes visitan el salón encuentran esta placa:

“La República rinde homenaje de gratitud a los capitanes Gustavo Garmendia y Federico Montes, quienes en este lugar, el día 18 de febrero de 1913,  salvaron con su intervención enérgica y valerosa, la vida del presidente Francisco I. Madero del ataque de los infidentes”, reza el testimonio de hierro. La placa fue puesta en 1972, y, afortunadamente, a nadie se le ha ocurrido quitarla. Es un rastro de la memoria de otros días. a unos metros, en una cómoda, está la huella de la bala; hay que arrodillarse para verla, pero ahí permanece:

Afortunadamente, nadie ha querido cambiar el mobiliario por uno más de moda

¡Cuántas historias no tenemos regadas por allí!  ¿No sería buena cosa recobrarlas en estos días de centenarios?




En todo el Reino

septiembre 2010
L M X J V S D
« Ago   Oct »
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 7.591 seguidores

Y EN EL VÉRTIGO DE TWITTER…

Comentarios recientes

JUAN ARTURO DE LA RO… en Postales del tiempo pasado: El…
José Antonio Aspiros… en Postales del tiempo pasado: El…
Eduardo Rabell en Postales del tiempo pasado: El…
Gladys en Muerto y bien muerto: esas ley…
Gladys en Muerto y bien muerto: esas ley…
Bertha Hernández en Postales del tiempo pasado: El…
Manuel de la rosa en Postales del tiempo pasado: El…
Bertha Hernández en Postal del pasado remoto: los…
Carlos Gaudencio Vil… en Postal del pasado remoto: los…
juan carlos gonzalez en La Patria está en todas p…

Aquí se habla de:

Para tener a mano

"Hidalgo la historia jamás contada" Adolfo López Mateos Agustín de Iturbide Alejandro Giacomán Ana de la Reguera Antonio Serrano Bertha Hernández Bicentenario del Inicio de la Independencia Biografía de Ignacio Manuel Altamirano Centenario de la Decena Trágica Centenario del Inicio de la Revolución Cine mexicano Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos conmemoraciones cívicas Conmemoraciones del año 2010 conmemoraciones históricas conmemoración del 20 de noviembre conmemoración de la batalla del 5 de mayo cráneo de Miguel Hidalgo cultura funeraria mexicana del siglo XIX Daniel Giménez Cacho Decena Trágica Demián Bichir desfile conmemorativo del 20 de noviembre Día de Muertos en México embalsamamiento de cadáveres Federico Gamboa Francisco I. Madero Francisco Zarco Fuertes de Loreto y Guadalupe Gabriel García Márquez Guillermo Prieto Historias de periodistas mexicanos homenaje a los restos de los caudillos de la independencia Ignacio Allende Ignacio Manuel Altamirano Ignacio Zaragoza Jacobo Dalevuelta Joaquín D. Casasús Josefina Zoraida Vázquez José Emilio Pacheco Laura Méndez de Cuenca Leona Vicario Libros Bertha Hernández G. libros de texto gratuitos Manuel Acuña Martín Luis Guzmán Maximiliano de Habsburgo Miguel Hidalgo Miguel Hidalgo y Costilla Monedas conmemorativas Muerte de Ignacio Manuel Altamirano México Conmemoraciones del Bicentenario Palacio Nacional Panteón del Campo Florido Panteón de San Fernando Pelicula El Infierno Peliculas del Bicentenario México 2010 Película "Héroes Verdaderos" Película Hidalgo la Historia Jamás Contada Películas Bicentenarias Películas del Bicentenario México películas históricas Películas sobre Miguel Hidalgo Pepe Fonseca Personajes en monedas de 5 pesos conmemorativas Poetas mexicanos del siglo XIX Reportero Gabriel García Márquez Restos de José María Morelos restos de los caudillos de la Independencia Restos humanos de personajes célebres Rosario de la Peña y Llerena Terremoto de 1985 en la Ciudad de México traslado de los restos de los caudillos de la independencia en 1823 Zócalo de la Ciudad de México
Anuncios

A %d blogueros les gusta esto: