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La sonrisa de Jacobo Dalevuelta: cómo una volada eficaz se puede convertir en una curiosidad historiográfica

Si nos atenemos al orden de la cripta de la Columna de la Independencia, en orden descendente: Morelos, Bravo y Matamoros

En fin, hoy PRIMER DÍA DE SEPTIEMBRE,, cuando faltan 16 DÍAS para el Bicentenario del Inicio de la Independencia, podemos decir que la historia del robo o desaparición de los restos de Morelos publicada y cacareada en 1925 fue una mera conjetura que se remonta a una época en la cual los reporteros suplían algunos rasgos de exactitud por un buen aliento literario. No se grababan las entrevistas, no había manera de hacerlo. La libreta de apuntes, el lápiz y la buena memoria eran los instrumentos fundamentales de la chamba reporteril. Luis González Obregón, a través de la escritura del reportero de El Universal, afirmó, con muchos asegunes,  la desaparición de los restos, pero no la probó. Como lo harían numerosos personajes del siglo XX.

Dalevuelta le echó la culpa a Juan Nepomuceno Almonte, hijo mayor de Morelos, a partir de los supuestos de don Luis González Obregón. Dalevuelta lo publicó y le dio seguimiento, a grado tal que , ahora que los restos salieron a pasar el verano en el castillo de Chapultepec,  en las urnas, (exactamente en dónde no han dicho), apareció una tarjeta personal de Dalevuelta, detalle que me encanta. Al fin y al cabo, aunque estuviera volando y estuviera persiguiendo un fantasma que nunca se apareció, se dedicó al asunto con bastante empeño. Pero tampoco pudo probar la desaparición de los restos, además de no demostrar el robo. Convirtió un “probablemente” en un hecho y las afirmaciones de la sustracción de los restos, hechas a partir de fuentes, digamos, laicas. Nos falta volver a leer algunas cosillas interesantes en cuanto a fuentes para acabar de explicarnos cómo fue que todos compramos el boleto.

La volada de Dalevuelta ha sido, con el paso del tiempo, acogida con interés y hasta con solidaridad, al menos en cuatro ocasiones más por la prensa mexicana. Esa leyenda creciente tuvo hasta consecuencias historiográficas, pasadas por alto las circunstancias de las confusiones y revolturas de los restos. Sin embargo, la leyenda llamó en alguna época, la atención de algunos historiadores, y propició que uno de los grandes estudiosos de Morelos,  Ernesto Lemoine, ya fallecido, llegara a aventurar la hipótesis de que, robados los restos, habrían sido arrojados al mar por Almonte cuando abandonó México, a la caída del imperio de Maximiliano.  Si le hacemos caso a este planteamiento, definitivamente Almonte no necesitaba un siquiatra; estaba ya para que lo amarraran y lo encerraran en uno de los horripilantes sanatorios para enfermos mentales de la época. La explicación del maestro Lemoine no deja de ser entretenida, basada como está, en construir el perfil de un Juan Nepomuceno Almonte bastante acomplejado, traumado porque su santo papacito nunca le dio su apellido.

Coherente, si se quiere, con la notita que Maximiliano dejó en su “libro secreto” acerca de Almonte: “El carácter de Almonte es frío, avaro y vengativo”. El librito en cuestión dice unas cuantas cosas feas y adicionales sobre Almonte, pero esta es la frase que al maestro Lemoine le da para sus propias reflexiones, apuntando que “en un acto insólito, que quizá únicamente hubiera podido explicar el doctor Freud, sustrajo los restos de Morelos a la veneración del pueblo mexicano y los hizo perdedizos” (De “Morelos y la Revolución de 1810”.  La nota de pie de página del maestro Lemoine tiene el mismo pequeño defectito que los rollos de Dalevuelta. Vean nomás: “Se supone (yo supongo, tú supones, él supone…)  que antes de partir a Europa (abril de 1866) [una diferencia con la hipótesis de los desenterradores de Almonte, que ubicaban el “robo” de restos en 1865… gracias a la errata de un libro sobre la catedral], Almonte penetró secretamenteen la cripta de la catedral, “robó” los restos de su padre….” y todo lo demás que ya sabemos. Lemoine escribe en 1979, y cita los artículos que para esos días ya se habían publicado en la revista Siempre!, citando una carta del Dr. Jesús García Tapia, donde se abundaba en el mentado robo de huesos. Añade Lemoine: “Basta que el gobierno mexicano se interesara en el caso, para solicitar de la autoridad parisiense respectiva la apertura de la  tumba de Almonte en el cementerio de Pére Lachaise y de esa manera confirmar si es verídica la historia…” Le agarraron la palabra, como veremos a continuación.

Con todo, es poca la gente que indaga en las hemerotecas lo que realmente se publicó en ciertos días, y eso es la razón de que, aún en el siglo XXI, las notas de Jacobo Dalevuelta tengan resonancias bastante entretenidas en la prensa.

El tema se volvió a abordar hacia 1972 en Siempre! por el reportero José Natividad Rosales, a partir de una carta enviada a Siempre!, en 1971 por el señor García Tapia que menciona Lemoine; me cuentan que Rosales era aún uno de esos reporteros al antiguo modo, con gran habilidad literaria, y con una persistencia escandalosa, deliciosa y que ya quisieran para un domingo muchísimos de los reporteros de ahora, que no sacrifican un descanso por una nota buena, que son capaces de despreciar una exclusiva porque coincide con sus días de vacaciones. No, suspiramos en este punto don Pepe Fonseca y yo; ya no los hacen como antes.

Porque las cosas publicadas en Siempre! en esos tempranos setentas le dieron algunos quebraderos de cabeza al entonces director del Museo Nacional de  Historia, don Antonio Arriaga. El pobre, en un memorandum al respecto, escribió: “Considero que el periodista José Natividad Rosales debe presentar copias de los documentos que dice poseer el Dr. García Tapia, con objeto de evitar un escándalo sobre la antigüedad de los restos de los insurgentes que se encuentran en la Columna de la Independencia”. No lo logró, como podemos verlo, pero ya apuntaba la posibilidad de ir a París abrirle el féretro a Almonte.

Los textos de José Natividad Rosales son deliciosos, claro reflejo de ese viejo modo de hacer periodismo (se pueden quejar por el uso de los adjetivos como si fuera confeti, pero si lo comparan con el espantoso español que perpetran algunos reporteros (y no voy a mencionar nombres, pero agarren un periódico, cualquiera, y verán lo que afirmo), hay más de un siglo de diferencia.  Acá la volada se agarra de las notas de Dalevuelta, una vez más. “Siempre! quiere dar a los mexicanos de una respuesta definitiva. Por principio de cuentas adelantamos la hipótesis de que los restos de don José María Morelos NO ESTÁN EN MÉXICO, sino en París…”.  Recreó, agarrado de la biografía de Morelos que Ezequiel Chávez publicó en 1931, los últimos momentos del cura de Carácuaro. Pero después, al contar la exhumación de 1823, hay líneas que son verdaderamente geniales:

“”Y fue el 16 de septiembre de 1823, casi ocho años después de haber sido sepultados, cuando el féretro del Héroe fue abierto. Una súbita y repentina oleada de luz iluminó el cráneo de Morelos [bastante lógico], envuelto en un halo dorado [en la torre], como si la irradiación de su pensamiento no terminase aún [uuuuuuffffffff]. Al ser izado hubo una leve sombra en las cuencas, como si mirase con piedad y asombro a la patria redimida [me quedo sin palabras], e hizo parecer a los presentes que el espíritu del Generalísimo había sobrevolado el sitio [Bueno, ¡¡¿¿qué cosa se metía don José Natividad??!!].

Don José refiere que la biografía de Alfonso Teja Zabre se nutre de las voladas de Dalevuelta y, por lo tanto, no le ve bronca en recuperar los datos. Pero agrega los datos que obtiene de la carta del señor García Tapia: amigo de un sacerdote vinculado a al arzobismo Arciga y Ruiz de Chávez, que había sucedido al arzobispo Clemente de Jesús Munguía , quien se quejaba del grandísimo berrinche que le había provocado que Almonte se hubiese llevado los huesos de su padre. El pequeño detalle es que seguimos en el mundo de la leyenda urbana: ni una sola prueba sólida. Una constante en esta historia de religiosos, es la presencia de un tal canónigo Jacinto Pallares, que fue el que andovo contando la historia, porque ayudó a bien morir al obispo Munguía y a Almonte. Y, si se sigue el asunto de esta sub-trama, resulta que, en esta línea, el culpable del mitote es el dichoso canónigo Pallares, porque el testimonio que nos llega de cuarta o quinta mano es que él con sus ojitos vio que a Almonte lo sepultaban con los huesos de Morelos.

El éxito de la volada de Dalevuelta prosiguió en la década siguiente: a fines de los 80 y principio de los 90 del siglo XX por Excelsior, Jueves de Excelsior y Unomásuno, periódicos que dieron seguimiento y admitieron artículos sobre el tema, a partir de las inquietudes de Luis Reed, periodista e historiador, y José Manuel Villalpando, abogado e historiador, quienes obtuvieron apoyo oficial y recursos federales (y de algunos abogados con dinero) para viajar a Francia, abrir la tumba de Juan Nepomuceno Almonte, cosa que sí hicieron, y comprobaron que Almonte no había sido sepultado con los restos de su padre ni de nadie más. Cosa rara este canónigo Pallares.

En 1993, sostenidos del texto de Dalevuelta, Reed y Villalpando dieron por buena la historia del robo de los restos de Morelos, porque, aseguraron en el recuento de su investigación, que el texto del periodista, escrito en 1925, “denuncia y prueba plenamente la ausencia de los restos de Morelos” . Sí lo denunciaba, pero como ya hemos visto, no probó nada. El texto resultado de aquella investigación, “Los restos de don José María Morelos y Pavón: Itinerario de una búsqueda que aún no termina” asumía que Dalevuelta  estaba diciendo la verdad.  En descargo de los autores del librito y artífices de la investigación, hay que decir que, simplemente,  engrosaron una lista de personajes que compraron el boleto entonces y de los que, después, han seguido comprándolo.

Un ejemplo más: Uno de los materiales clásicos de consulta inicial, básica para el estudio de la Independencia es el Diccionario de Insurgentes de José María Miquel I Vergés. editado en 1969, cuando su autor llevaba cinco años muerto. La ficha de José maría Morelos acota: “Cuando se trasladaron a la Columna de la Indep. los restos de los héroes de la emancipación, los de Morelos no se encontraron [??] y es probable [Chihuahua, es probable otra vez] que el hijo de éste, Juan Nepomuceno Almonte los sacara del lugar donde fueron despositados, no se sabe con qué fin, y los escondiera en un lugar hasta hoy desconocido” (p. 407) Y lo más bonito es que, entre las fuentes de las cuales se nutrió la referencia del Diccionario, adivinen qué está: Exacto. La Odisea de los Restos de Nuestros Libertadores, de un tal Fernando Ramírez de Aguilar, o sea, Jacobo Dalevuelta. ¿a poco no es bonito? (continuará)

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2 Responses to “La sonrisa de Jacobo Dalevuelta: cómo una volada eficaz se puede convertir en una curiosidad historiográfica”


  1. septiembre 3, 2010 en 9:34 pm

    ¡ah! no sabía que jacobo dalevuelta había hecho algo así. gracias por tomarte el tiempo de subir la historia.

    • 2 Bertha Hernández
      septiembre 4, 2010 en 4:08 am

      Gracias a ti, Pedro Luis, por leer esta historia, que, a sugerencia de mi amigo Oscar Enrique Ornelas va en camino de convertirse en un textito curioso.
      Un abrazo
      Bertha


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