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Postales Bicentenarias 7: en dónde está el ánimo de la celebración

En las calles, en las puertas, en los puestos: llegó el Bicentenario... aunque no sea exactamente como nos lo imaginamos

Haya desfile o espectáculo, inauguración o no inauguración; hayan completado los encarguitos o no, estén listas o no las 2 mil 400 “acciones conmemorativas”, lo cierto es que desde el último sábado de agosto, comenzó a aflorar en la calle, entre la gente, al menos de esta sufrida capital, la idea de que sí hay que celebrar los Días Bicentenarios, y lo cierto es que hoy es viernes y FALTAN SEIS, SEIS, SEIS días para el Bicentenario del inicio de la Independencia.

Para estas alturas ya sé que no hay nadie rondando las cercanías del viejo edificio de la Secretaría de Salud donde dicen que un día habrá monumento. Entonces, pues, ¿en dónde está la gente? ¿En dónde está el Bicentenario? ¿en dónde el Centenario? ¿dónde lo bueno, dónde lo malo de estas conmemoraciones?  De eso es lo que hay que hablar, que hallarle sus facetas absurdas, sus lados hermosos, sus lados dolorosos, sus enseñanzas. Exorcizaremos a algunos demonios, enterraremos malas ideas, generaremos nuevas y mejores expectativas y, sobre todo, es posible que en algún momento entendamos la moraleja mayor de este 2010 de Centenarios: aprender de algunos errores fundamentales y no volver a comenterlos, y reforzar algunas esperanzas esenciales.

Hay casos, como éste, en los que la intención es lo que cuenta. Vayan a verlo y ya me dirán

Por eso, con gran sentido práctico, los primeros que asomaron fueron los dueños de los puestos de banderitas y chácharas bicentenarias que ya hay en muchas esquinas, tal y como hace un siglo en estas vísperas. Luego, aparecieron en las casas los pendones, las banderas que cada año alguien de la familia saca para colocar en las puertas, en las ventanas, en los anuncios de los autos. Mi tierno Matizito rojo tiene su propio Hidalgo, con todo y ¡campanita! (y no le hace que algunos maldosos hayan llegado a insinuar que el Matizito, más que auto es una mascota); en el supermercado ya están las servilletas Bicentenario, la leche edición Bicentenario, las gelatinas y las conchas Bicentenario [de veras].  Ideología o no, patriotismo o no, emoción o no, lo cierto es que la mercadotecnia bicentenaria ya está aquí, y aunque hoy viernes en la mañana leo en El Economista los retobos de Teresa del Conde a la que no le gusta ver a los “héroes de la patria” (y seguramente la dama en cuestión se debe poner de pie al decirlo) “caricaturizados” (eso, con la pena, se llama BRECHA GENERACIONAL), no sólo hay próceres con nueva imagen, sino que están los de siempre, los de antes y los de endenantes; Allende sigue gallardo en su sombrero montado, y también está ese Allende con espeluznante peluca (porque eso parece) con un rizado grado 5 que enchina la piel. Están los tiernos, entrañables Hidalgos de Magú, cada mañana en La Jornada (¡¡Viva Magú!!), las cabezas parlantes y respondonas de Trino (¡fenomenales!), está todavía  la imagen de la Corregidora sesentona en las papelerías y está Lumi Cavazos, cuarentona de buen ver, COMO ERA doña Josefa hace dos siglos, y está la Leona Vicario de La Venida de los Insurgentes, que canta canciones de Lupita D’Alessio. Esa multiplicidad de voces dice que no hay un solo Bicentenario, que hay muchos: alegres, esperanzados, ácidos, hasta amargosos, encarrerados, otros que se encierran en la casa. De colores, llenos de buena comida, de sabrosos dulces, de manos que se estrechan, de esperanzas que no fueron y de deseos que se cumplieron.

Tiendas caras, puestos en la calle: ¿dónde está el Bicentenario? En manos de la gente

Veamos la otra Galería Bicentenario: la que está en la publicidad, en las calles, en la gente que está en los puestos escogiendo un rebozo, que consigue los paliacates de edición especial. Todo esto existe y circula porque quienes los fabrican opinan un poco que hay que celebrar, y un mucho porque saben que hay quienes creen que sí hay que celebrar. En un siglo, estas pequeñas huellas de memoria estarán en los museos como piezas para la exhibición del Tricentenario; no se trata tanto de creer que los mexicanos del siglo que viene tendrán la misma idea que nosotros tenemos de celebrar, de conmemorar y de festejar, pero si les ayudamos no dejando las cosas regadas, tirándolas a la mañana siguiente, guardando algunos elementos memorables, para que nuestras familias vean las locuras que se nos ocurrían, los osos que hacíamos, los triunfos que logramos y los ridículos que hicimos. Hoy el cerebro nos trabaja a 200 por ciento, porque quedan pocos días y hay mucho que contar y que decir y qué discutir.

Guapos, marciales, solemnes, esperpénticos o incluso risibles, los protagonistas de la historia andan sueltos por las calles

Pero me remito a una encuesta del periódico Reforma, publicada el pasado lunes. Dediquémosle unas líneas solamente: Tres ciudades: México, Guadalajara y Monterrey: 57% de los chilangos entrevistados, 59% de los regios entrevistados y 54% de los tapatíos opinaron que sí vale la pena el gasto que hace el gobierno federal para celebrar el Bicentenario. Como el margen de error es de +-4.9 por ciento hablamos de que las opiniones, en sentido literal, ESTÁN DIVIDIDAS (me llama la atención el puntaje de Guadalajara y Monterrey, para empezar porque no les toca ni un clavo de la lana invertida en las celebraciones de Paseo de la Reforma y de el Zócalo capitalino) y por eso el rendir cuentas BIEN  es y va a seguir siendo importante (de otra manera, a lo mejor, me asalta la duda, no hemos aprendido nada en 100 años y eso de la transición democrática es una ilusión). Pero si se trata de celebrar, ¿qué dice la gente?

Ya hay calles, afortunadamente, aunque no debieran ser las únicas, donde ya se respira el Bicentenario

Primero, que sólo 29% de los chilangos, 40% de los regiomontantos y 39% de los tapatíos, dicen que se sienten emocionados por “el Bicentenario”; que solamente la mitad de los chilangos, el 53% de los regios y el 46% de los tapatíos dicen que van a celebrar el Bicentenario. Y, encima, 75 por ciento de los capitalinos dicen que los mexicanos festejan el grito por el solo hecho de estar de fiesta, y esa opinión la comparte 68% de los regiomontanos y 70% de los habitantes de Guadalajara. ¿Qué nos dice eso? ¿No nos dice nada nuestro corazón? Cuántas cosas hay aún que decir, además de ese spot donde un coro canta -y muy bien- el himno nacional. Antes de “gritar ¡México! con toda la fuerza de tu corazón” (así dice el spot, yo qué), preguntémonos  qué queremos hacer: festejar, conmemorar celebrar, recordar o tooodo junto y al mismo tiempo.

 Y mientras todo mundo se arrebuja esperando el estreno de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” o la apertura de la Galería Nacional, o la doble ceremonia del Grito, o el desfile de Rich Birch o lo que ocurra primero, oh, amigos muy queridos, empecemos a hacer el recuento de nuestro Bicentenario.

Curioso que el gobierno perredista, que se dice de izquierda, de la ciudad de México, haya optado por reproducir en versión siglo XXI, el arco triunfal que se levantó para la entrada de Agustín de iturbide a la Plaza de la Constitución. Pero como nadie se ha enterado, nadie los ha blaconeado por recuperar este elemento histórico. No tiene ni tendría nada de malo, pero en esto de los agarrones históricos en los que aún seguimos, lo curioso es que nadie agarre el tema para pelearse.


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