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Sep
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El grito según Federico Gamboa

El desfile del centenario, cuando el pobre de Federico Gamboa se moría de nervios

Últimamente, don Federico Gamboa ha dejado el cómodo limbo del pasado en el cual se encontraba, y ha regresado, respondiendo a la invocación. Se han comparado con él, lo han invocado como santo protector, hemos citado su célebre Diario para retratar el ambiente de los días de las fiestas del Centenario del inicio de la Independencia, hemos calculado que, en los últimos dos años, debe haberse retorcido varias ocasiones allá en su tumba del Panteón Francés de la Piedad.  Interesante personaje, propietario de una curiosa moral con dobleces, lo que habla de su actualidad, y de repente nos lo encontramos convertido en uno de los protagonistas de la historia que cuenta “El Atentado”, la reciente película de Jorge Fons, donde lo pintan en un retrato bien interesante y cercano al señor que leemos en los Diarios, con todos sus miedos, con sus disimulos, con sus mentiritas y mentirotas piadosas.

Mucho mejor escritor que político, nos dejó, entre otras cosas un auténtico best seller mexicano: Santa, esa historia de la prostituta porfiriana, con una textura tal que se vuelve un peculiar y detallado fresco del mundo de hace un siglo. En esa novelita, publicada en 1903,  que aseguró la manutención de don Federico en sus últimos años (contaban que, muerto de la risa, se ufanaba de que lo mantuviese una “mujer pública”)  y que hoy se sigue vendiendo, el bueno del señor Gamboa nos dejó un chispazo de lo que eran los Gritos hace un siglo. Y aquí está:

A espaldas del carruaje, los portales de Mercaderes truncos y asimétricos por el Centro Mercantil, terminado casi, y que en los pisos concluidos ya, ha derrochado las lamparillas incandescentes. A la diestra, la vetusta casa de ayuntamiento, la “Diputación”, también encortinada y  alumbradísima, sin lograr borrarse las arrugas y el sombrío aspecto que le prestan los años; maciza, ingrata, anacrónica. A su frente –limitando al norte la extensa plaza- la Metropolitana , monumental, eterna, imponente;  erguidas sus torres, grises sus muros, valiente cúpula, formidable en su conjunto de coloso de piedra, inconmovible al que no arredran ni el tiempo ni los odios, luce igualmente faroles y colgaduras, todo arcaico a la antigua todo, los faroles de aceite, las colgaduras desteñidas, venerables, olientes a incienso, ¡con quién sabe cuántos lustros a cuestas! A su lado, el sagrario en su perpetuo y desgraciado papel de pegote churrigueresco.

Por dondequiera, vendimias, lumbradas, chirriar de fritos, desmayado olor de frutas, ecos de canciones, fragmentos de discursos, arpegios de guitarra, lloro de criaturas, vagar de carcajadas, siniestro aleteo de juramentos  y venablos; el hedor de la muchedumbre, más pronunciado; principio de riñas y final de reconciliaciones; ni un solo hueco, una amenazante quietud; el rebaño humano apiñado, magullándose, pateando en un mismo sitio, ansioso de que llegue el instante en que vitorea su independencia…

De pronto, un estremecimiento encrespa todavía más aquella mole intranquila. Luego, un silencio que por lo universal asusta y emociona, uno de esos silencios precursores de algo extraordinario. Diríase que hasta lo inanimado se reconcentra y recoge. Compenetradas las cien mil almas que inundan la Plaza, parecen no formar sino una sola. ¡Todos callan, todo calla!… lo mismo las bandas unidas que los privilegiados de los balcones y que los miembros del rebaño. Todos miran el reloj del Palacio, suspendida la respiración, clavados los ojos en la diáfana muestra de la impasible maquinaria, latiendo presurosos todos los corazones en todos los pechos…

Y pausadamente, el reloj de Palacio y el de la catedral rompen juntos ese silencio; primero con cuatro campanadas lentas –los cuatro cuartos de la hora-, después con once, que nacen con idéntica lentitud mecánica. No bien han nacido, cuando, todo a un tiempo, se enciende el balcón histórico, el de barandal de bronce, y dentro de un óvalo de rayos eléctricos, surge el Presidente de la República, símbolo en medio a tanta claridad, sin otras divisas que la banda tricolor que le cruza el pecho y lo convierte en el ungido de un pueblo. Con noble gesto coge la cuerda pendiente de la esquila parroquial que atesora Palacio, la hace sonar una vez, dos veces, y ella suena maravillosamente,  como ha de haber sonado, allá en Dolores, cuando despertó a los que nos dieron vida en cambio de su muerte.

Cae de la Catedral tupida lluvia de oro, sus campanas repican a vuelo. Atruenan los aires millares de cohetes, las bandas ejecutan nuestro himno,  el canto nacional; en la lejana Ciudadela, disparan los cañones la salva de honor; los astros en el cielo, miran a la tierra y parpadean, cual si fuesen a verter lágrimas siderales, conmovidos ante el espectáculo de un pueblo delirante de amor a su terruño, que una noche en cada año cree en sí, recuerda que es soberano y es fuerte.

Hay madres que han levantado a sus hijos por encima de la multitud y en alto sostienen, como una ofrenda, como una restitución de sangre que nada más a la Patria pertenece.

Y de todos los labios y de todas las almas brota un grito estentóreo, solemne, que es promesa y es amenaza, que es rugido, que es halago, que es arrullo, que es epinicio:

-¡Viva México!…..

Y para que no olvidemos a esa gente que no tiene computadora ni internet, y que viene desde Neza, desde Chimalhuacán; esa que hace diario dos horas de metro y microbús a su trabajo, que no podría pagarle el cine a sus tres o cuatro hijos sin reventar el presupuesto de la quincena y que, entonces, solo tiene la posibilidad de disfrutar estas ocasiones de contento, gratuitas; Chapultepec los domingos, el Grito y los desfiles de septiembre; las luces del Zócalo engalanado; aquí está, como era hace 97 años y como es hoy; eso que le causa escozor a algunos historiadores; “el pueblo”, eso que les choca a algunos politólogos porque es una categoría inasible, bronca, compleja y sentimental. Esa masa complicada y voluble es la verdadera propietaria de estas fiestas masivas. Por eso, por primera y última vez, diré lo que me vino a la mente hace unos minutos, cuando acabo de leer en la prensa que hay “boletaje” repartido para que la gente entre al Zócalo, entre empleados públicos, funcionarios y militantes políticos destacados: o sea, verbena popular descafeinada. Porfirio Díaz se habría carcajeado. En suma, son chingaderas.  Pero en esta historia, como dijo una vez  Jacobo Zabludovsky, cada quien va a tener el éxito que se merece.

Recuerditos del tiempo de don Federico

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3 Responses to “El grito según Federico Gamboa”


  1. 1 Gabriel Jesús García León
    septiembre 17, 2010 en 3:30 pm

    Hola Bertha

    Cuanta verdad escribe Federico Gamboa cuando habla del pueblo que levanta en vilo a sus hijos para ver la parafernalia del Centenario de la Independencia en 1910.

    Sin embargo lo que hoy faltó es eso el pueblo que por cientos de miles se había acostumbrado a ir al Zocalo, espacio popular, que hoy se convirtió solo para gente selecta y escogida.

    Quiero comentarte algo de lo cual no he oido nada en la prensa: Al momento de que inició la Cadena Nacional previo a la Ceremonia del Grito, las personas que empezaron ha hablar no se oían bien porque se escuchaba un vocerío de rechifla y de uleroooo, ulerooo, dime tu también lo percibiste o solo esto es producto de mi imaginación.

    Para terminar quiero preguntarte si fue con Federico Gamboa a quien le preguntaron quien era esa persona Francisco I. Madero) que algunas mantas y carteles traian algunas personas y él respondió que era Don Porfis más joven.

    Saludos

    • septiembre 16, 2016 en 6:45 am

      Su pregunta sobre Madero corresponde a eso que dice. La crónica puede leerla en mi libro La vida en México 1910-2010. Agustín Sánchez

    • 3 Bertha Hernández
      septiembre 18, 2016 en 3:56 am

      Yo no escuché el abucheo, querido Gabriel, pero no sería extraño. Siempre hay abucheos al presidente en la noche del 15 de septiembre. Por otro lado, hay que decir que esa estructura de acceso controlado al Zócalo no es una ocurrencia de esta presidencia. El numerito se los dejó diseñado el gobierno de Felipe Calderón, que lo armó en 2010 para, ellos sí, hacer zonas VIP para la noche del bicentenario. Es cierto que tenían cierto nivel de razón, originalmente, cuando empezaron a hacer espectáculos de luces: si no ordenaban las entradas y salidas del Zócalo, allí hubiera muerto gente aplastada o sofocada.
      La historia del retrato de Madero es, efectivamente, de don Federico Gamboa; le ocurrió precisamente en las fiestas del centenario y se puede leer en el tomo V de su Diario, editado por Conaculta, en la entrada correspondiente a los primeros días de octubre de 1910, cuando escribe todo lo que le pasó en las fiestas del Centenario.
      Te mando un abrazo muy grande.


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