20
Sep
10

¿Esto es el Bicentenario?

Y un día después la historia, ¿sigue igual?

Digamos que ya estoy más o menos hasta el gorro de estar escuchando eso de los 200 años de ser “orgullosamente mexicanos”, o de la frase esa tan peculiar de “esto es el bicentenario”, que de tan general pareciera que querría decir todo. O peor, quiere decir NADA. Pero también ya estoy harta de los que están haciendo el mega drama de que “no hay nada qué festejar”, y también de los que juran por su madrecita santa que este es un siglo fracasado y que somos un horror de país y que la Fiesta del Bicentenario (o sea, desfile, show, concierto y pachanga) no “ofrece el ejercicio de  reflexión” que “todos” queríamos. La pregunta es, ¿por qué habríamos de querer o de esperar que en el lapso de 24 horas cupiera todo lo que puede significar “El Bicentenario” y quedásemos TODOS satisfechos, máxime si no hemos hecho todo lo que nos habría tocado para que la celebración-festejo-conmemoración fuese lo que TODOS deseábamos?

Desde el viernes 17  algunos espacios mediáticos están llenos del plañir-plañir-y-plañir, del llorar-llorar-y-llorar y del quejarse-quejarse-quejarse. Al mismo tiempo andan por ahí las voces del inolvidable-inolvidable-inolvidable, del bellísimo-bellísimo-bellísimo (si vuelvo a escuchar este calificativo aplicado a algún elemento conmemorativo de este año, seguramente me acometerá un ataque de náuseas) y del satisfacción-satisfacción-satisfacción. Creo que, metidos en esto que es, técnicamente, una cruda político-operativo-simbólico-intelectual para críticos y panegiristas de la Fiesta del Bicentenario y de las conmemoraciones del 16 de septiembre, nadie piensa en el famoso concepto del “justo medio” y, desde ahí, sí hacer el recuento de culpas y de logros.

Punto número uno: El Mitote.  Pareciera, a ratos, que a los integrantes de la opinión educada e ilustrada (por tanto crítica) de este país le molesta sobremanera que la gente halle un ratito de diversión en lo que fue, propiamente, la Fiesta del Bicentenario. Al público masivo, es claro que le encantó el asunto, desde el desfile hasta la verbena en Paseo de la Reforma. ¿cómo no se iban a encantar con el desfile, si en esta ciudad ya rara, rarísima vez, hay desfiles? ¿cómo no iba a comprar el boleto, si, al menos por unas horas, hubo algo que se parecía a un “clima de conmemoración”? ¿cómo no iba a entrarle a la fiesta, si no cualquier sábado hay concierto en el cruce de Insurgentes y Reforma; a unos pocos metros del Caballito de Sebastián, al pie de nuestro Ángel chilango protector?

Por lo menos eso, por lo menos que algunos habitantes de la capital puedan contar que en la noche del Grito Bicentenario anduvieron de fiesta y en la calle vieron fuegos artifiales, al menos eso, después de que las estructuras de los  gobiernos federal y local salieran con unas cuantas puntadas de mal, malísimo, pésimo gusto, como impedir que toda la gente entrara al Zócalo, agarrándose de la necesidad de espacio para el espectáculo contratado con Rich Birch; como distribuir un boletaje destinado a generar un “ambiente” de verbena descafeinada, sin gente rara o fea o torva entre la multitud (luego por qué los patean en los medios); como estar fastidiando mañana, tarde y noche en que el desfile será espléndido y estar el en Zócalo aún mejor, para  salir, tres o cuatro días antes (para variar, a la hora de la hora) con que es mejor ver el número en la comodidad y seguridad de casita.  Eso es como hacer una fiesta de cumpleaños para un cuate (que cumple, en principio, 200 años) y luego salirle con la babosada de que mejor vea la pachanga desde su casa con la web cam. Son LOS MODOS, los malditos modos, los que hacen que eso haya sonado como a mentada encubierta y a caracolitos embozados. Eso no se le hace a la gente, porque finalmente, crean lo que crean los federales y los locales, la calle es propiedad de la gente; por eso, cuando se harta la multitud, la toma por asalto. Por eso, cuando los que lograron entrar al Zócalo se dieron cuenta de las zonas VIP, les restregaron en la cara a los guardias de las vallas: “Y nada más porque no nos podemos salir, por que si no, ahí se quedaban”. Por eso, las rechiflas a Aleks Syntek cuando le tocó salir (shalalalalaaaa) y le restregaron en la cara las estrofas de Cielito Lindo, que la gente SÍ quiso cantar. Por eso, a pesar de todas las cosas en contra, la gente decidió que sí celebraba y aprovechó las posibilidades de hacerlo.

Por eso en Reforma hubo fiesta, hubo emoción, hubo ganas de encontrar lo que hay de bueno en la gente de este país para celebrar, fuera vestidos de catrinas, con peluca mohicana tricolor, rodeando la torrecilla de los televisos que transmitían su peculiar versión de las cosas. Por eso es que hubo fiesta, colectiva y popular, con globos, familias posando para la foto, con orejas de conejo con ¡foquitos!, con antifaces tricolores, entre los cánticos de Lila Downs, la Maldita Vecindad o Kinky.

El mitote hermana, uniforma, contagia. Es cierto que los espectáculos más “nice” se quedaron al pie del Ángel, pero eso a la gente no le importó. Cada quién a buscar lo que le latía, cada quién a buscar en dónde entretenerse y “hallarse”. Chiquitos, grandes, con primaria o con posgrado. La experiencia del 15 de septiembre de 2010 en Paseo de la Reforma acaso sea de lo mejor de estos días. Ahí estaban, algunos con el traje de fiesta para la ocasión, otros, con el arreglo específico para sentirse en ambiente.

Esta imagen debería llamarse "el medio es el mensaje"

Otros, para variar, aprovechando las ocasiones de contento para sacar unos pesos más: vendedores de algodones de azúcar, de inflables estorbosísimos, pero parece que muy divertidos. Ahí, chambeándole más que celebrando, aunque trajeran al niño de dos años, que vencido por el sueño y el ajetreo que implicaba andar pegado a la mamá en el fragor de la venta de inflables, ya le valía gorro estar a trescientos metros del templete del concierto y le valía la manada de clientecillos que insistían en adquirir su inflable tricolor, y dormía profundamente. Contrastes perros que nos echan en cara que, no importa lo que queramos y soñemos, celebramos, festejamos, le entramos al mitote los que podemos. Hay algunos que tienen otras prioridades: comer al día siguiente, por ejemplo.

La pachanga de unos es fuente de trabajo para otros, aunque a algunos les incomode considerarlo

El caso es que, con todo, estuvimos en una de esas ocasiones de contento, en la que la gente decidió que había cosas que celebrar en el Bicentenario, valiéndoles gorro los rollos de tres o cuatro que yo me sé, que se siguen quejando de que no hay proyecto nacional que festejar (qué ideas tienen algunos), como si una cosa, necesariamente, estuviese encadenada a la otra. La gente tiene alegrías más sencillas, emociones más espontáneas, eso les permite vestirse de verde, blanco y colorado con esa tierna convicción de que así le rinden homenaje a su patria.

Punto número dos: El Show. Más de la mitad de los que refunfuñan, patalean y se quejan de la Fiesta del Bicentenario han metido en un solo saco las dos fases del espectáculo, pero, mirando con cuidado, resulta evidente que el desfile y el número del Zócalo no eran la misma cosa, y que, a lo que el australiano Birch le aplicó toda su inventiva y sus habilidades mediáticas, era a lo planeado para la Plaza que recibiera su nombre, por cierto, de don Félix María Calleja del Rey.

Hay a quienes les entusiasmó el desfile, hay a quienes no. Algunos segmentos eran amplios, vistosos y nutridos; otros, con menos personajes de lo que se esperaría (¿no que había como siete mil voluntarios? A lo mejor faltaron un par de miles más para uniformar la densidad de los contingentes). Algunos se quejan de que no le hallaron coherencia temática (?) ni cronológica (??), pero eso ocurre cuando se deja a los teatreros sueltos, sin un mínimo hilo conductor que les ayude a estructurar su creatividad. Y, ultimadamente, contestarán algunos, parece que no había la menor intención de que hubiese coherencia histórica o cronológica, de perdida; alguien, en voz baja rezongará: “y por qué tenía que haberla?” Y dirán misa, pero a mí me encantó el Kukulkán inflable, el carro alegórico del barroco, que ejecutaba música de Miguel Bernal (cosas como esta, por cierto, que no dijeron NINGUNO de los señores que transmitieron esa parte). Y algunos artilugios memorables, como esas bicicletas azules que llevaban azules delfines.Un beneficio más: el sonido de la transmisión era tan precario, que, afortunadamente, nos libramos de escuchar las distintas versiones de “El Futuro es Milenario” (shalalalalaaaa). Eso SÍ que fue bueno.

Creo que lo visto en el mero Zócalo fue el verdadero “espectáculo mediático” que nos recomendaban ver por televisión. Es notorio cómo el manejo de cámaras estuvo al mejor de los niveles (cosa que no pasó en Reforma), y permitió ver un espectáculo todo lo discutible que quieran los descontentos, pero definitivamente bueno, si nos hacemos un poco guajes con el asunto del Zócalo acotado y seccionado; un espectáculo que SÍ narraba algo en clave de carnaval, aunque no se estuviera totalmente de acuerdo con el contenido, o con las figuras; aunque nadie acabara de decidir si el mentado Coloso era o Luis Donaldo Colosio, o Jesús Malverde, o Vicente Fox, porque sus artífices primero salieron con la embajada de que era el “homenaje” (?) a todos esos luchadores anónimos que participaron en el movimiento insurgente, y luego terminaron por aceptar que se habían basado en imágenes de Benjamín Argumendo, personaje de la REVOLUCIÓN, y, encima, en algún momento, simpatizante de Huerta.  Noooooo, atinadísimo. ¿Ya ven por qué no hay que dejar sueltos a los teatreros y a los artistas así nomás? Le hubiera sentado muy bien al creador del Coloso, el escultor Carlos Canfield,  un manualito de “Conmemoraciones Cívicas Básicas 1”, que tuviese incluidos los nombres de los homenajeados en cada ocasión.

Pitorreos aparte, armar al personaje en medio del Zócalo, sin que surgiera bronca alguna, ya es de elogiarse.

Hubo luz, sonrisas, bailes delante de las cámaras; fuegos artificiales por toneladas; peculiar carnaval bicentenario. No hay que pedirle más de lo que era: el concepto “show” como variación y complemento de la fiesta patria. Tan estaba pensado para hacer de él un producto televisivo, que Canal Once programó retransmisiones del festejo. ¿Por qué? Porque estaba planeado, desde el inicio, para transmitirse como una narración televisiva, como un segmento de Realidad re-construida; de-construida. Una vez más, ofrecer al respetable, para tocar con los ojos vendados,  la pata del elefante, para adivinar qué cosa es esta.  Carajo, una vez más la preguntita: ¿qué es lo real? ¿De veras te puedes quedar en la comodidad de tu casa para ver la realidad en tu pantalla?

Tan se antoja real lo que vemos en la pantalla, no importa si es la que se ha montado en pleno Reforma o la de la sala de la casa, que la gente se involucra y participa del Grito Bicentenario, aunque no haya alcanzado lugar, boleto o invitación VIP para el Zócalo. Esa es una de las cosas bonitas de la noche del 15 de septiembre. La gente, en las calles, se agrupaba en torno a las pantallas para ver, desde la comodidad de su avenida, parte del gran festejo ideado por Birch. Y eso, finalmente, es una muestra de la nobleza de estos chilangos con su conjunto de agregados culturales, visitantes y turistas, que presenciaron el Grito, dedicándole la consabida dosis de rechiflas al presidente, no bien lo miraron aparecer y recibir la bandera de manos de la escolta del Colegio Militar, para, a continuación, guardar un silencio que era respetuoso, porque ese es uno de los elementos entrañables de estas noches del 15 de septiembre, exactamente como lo narraba Federico Gamboa hace más de un siglo: les caerá mal el presidente en turno, le pondrán apodos feos y/o espeluznantes; le mentarán la madre un día sí y otro también, pero a la hora que ese mismo personaje los llama para vitorear juntos a los “heroes que nos dieron patria y libertad”, la gente responde, la gente grita “¡Viva!”, la gente aplaude, y en algún lado, Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, reconciliados en la muerte, sonreirán ante tan inocente afecto. Porque, dejando las discusiones sobre la ideología y el pasado para el seminario del posgrado, a la gente le gusta declarar fiesta en honor al padre de la patria.

La Catedral como interesante pantalla... era viernes 17 en la mañana y el Estado Mayor no acababa de salirse de ahí.

Ese es el clima en el que es posible atreverse a hablar de unidad, de ánimo compartido; esos minutos donde resuena la campana que hace más de un siglo se agandalló Porfirio Díaz para colocarla en el Palacio Nacional. Esos son los momentos en que Birch o no Birch, desfile o no desfile, la fiesta aflora en la multitud. Y eso, es algo que aún es un motivo muy serio para celebrar, porque es la señal de que aquí nadie se ha rendido.

 

Guarden la huella de estos días: ojalá que la cruda del viernes o del lunes sea una cruda respecto a lo que hicimos y cómo hicimos en el bicentenario

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1 Response to “¿Esto es el Bicentenario?”


  1. 1 Gabriel Jesús García
    septiembre 20, 2010 en 2:48 pm

    La vida esta llena de pequeños momentos y así nuestro país que también tiene mucho que festejar. Comparto tus ideas, no fue por los festejos gubernamentales que el mexicano tuvo que festejar fue por su propio ánimo y espiritu lo que lleno las calles.

    Las conmemoraciones no estuvieron de acuerdo al tamaño de la celebración pero el orgullo lo llevamos dentro


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