Archivo para 30 octubre 2010

30
Oct
10

Alebrijes bicentenarios

Alebrijes del Bicentenario y del Centenario, faltaba más

Quien crea que este asunto del Bicentenario ya es agua pasada, se equivoca. Nada más hay que darse una vuelta por Paseo de la Reforma para ver a los juguetones alebrijes, a los estridentes alebrijes que también tienen cosas que decir en este año de la Patria (que no es año de la patria porque no hay disposición al respecto, y además, Adolfo López Mateos ya inventó y usó, en 1960, para sus conmemoraciones, la dichosa etiqueta) y por eso desfilaron el sábado por Paseo de la Reforma, para hacer constar su existencia, arropados por el MAP, el Museo de Arte Popular, generoso pastoreador de bichos fantásticos, sonrientes unos, terribles otros, materialización de nuestro espíritu barroco y alborotador.

Desde el domingo están ya los alebrijes bicentenarios disfrutando el otoño en Paseo de la Reforma. Y les llueven visitantes. Entre semana, baja la marejada de curiosos. Pero los sábados, los domingos, se les acercan por cientos, a mirarlos, a reírse con ellos, a husmearlos a revisarlos, a fotografiarlos. A pesar de que los letreros de “NO TOCAR” son abundantes, a los adolescentes y a los niñitos -y a los padres de los niñitos- la petición-orden les interesa un celestial pistache. Les tocan la patita, la zarpa, acarician el lomo, verifican el filo de los colmillos, retuercen figurados bigotes. Hay que decir, en descargo de la multitud, que tocan bichos sin destruirlos. Más que tocar a secas, es un gesto de apapacho. Es como acariciarle el lomo o las orejas a un buen perro que nos encontramos en la calle y con el que, de inmediato, nos caemos bien (los que queremos y respetamos a los animalitos; los miserables amargados que en automático le sueltan una patada al perro o al gato con el que se cruzan en una esquina cualquiera, o con el pretexto más gratuito y absurdo, lo pagarán, en esta o en otra vida).

Aquí, un Hidalgo alebrijado

Alebrijes de rostros humanos perfectamente reconocibles como los “héroes de la patria”; hermanados con los próceres de la historia nacional (no en balde comparten cartel); metamorfoseados, dotados de garras, de alas, de fauces repletas de colmillos; feroces, como el Ahuizote, y como el Ahuizote, de buenos instintos. Ese guiño secreto que todos los alebrijes malabarean en las patitas para encantar al respetable, funciona sin fallar, desde hace cuatro años, cuando se acomodan a asolearse en la coqueta avenida que Maximiliano usaba para sus ires y venires de Chapultepec a la Plaza de la Constitución.

Pues esto se llama "El Peso de la Historia". Los historiadores pueden abstenerse de hacer comentarios.

Hay unos cuantos “héroes de la patria” invitados a la esperpéntica fiesta de los alebrijes. Algunos han preferido mantenerse en su tesitura de bicho fantástico, brotado, como aquel curioso animalejo dibujado por Julio Ruelas, de la cabecita en llamas de su autor o de sus autores. No niegan la coyuntura, y se unen a la nube enmarañada de cosas que navegan por el éter y que siguen colgándose la etiqueta bicentenaria. Algunos ejemplares, deciden emular a algún personaje a mitad de camino entre la historia y la leyenda:

El Gatopípila, ni más ni menos

Hay cuatro o cinco variaciones alebrijescas sobre el minero que los historiadoes se niegan a admitir como personaje histórico y que, en cada oportunidad, el imaginario colectivo se los arroja en la cara: el Pípila es MUY popular. Otro muy socorrido es Emiliano  Zapata, uno más, Francisco Villa. A todos ellos les han brotado antenas, la piel se les ha puesto escamosa, pero conservan los bigotazos, los sombreros, las cananas. Morelos, por más que se metamorfosee, no pierde el infaltable paliacate, ni Hidalgo su calva y el moderadamente largo pelo blanco. A ratos, solo les queda el rostro como señal de su inmortalidad; a veces, se les sale el humor, y se convierten en tiernas bromas alebrijientas:

Este Alebrije es, nada menos que Alebrisario Domínguez.

Llegan los alebrijes apenas a tiempo para los Días de Muertos,  para entrarle a la danza de seres raros que circula por la capital mexicana en esta temporada. No les extrañe si entre el tráfico advierten una antena que se mueve, algunos ojos saltones y fosforescentes ocupados en verificar la buena presencia de las antenas propias o ajenas, alguna sonrisilla disimulada al mirar los títulos de cada carromato:

Evidentemente, este es el Ciervo de la Nación. Nótese el indispensable paliacate.

Ahora me acuerdo de un muy bonito libro de cuentos de Gerardo Deniz, que debe haberse publicado hará una veintena de años: Precisamente, “Alebrijes”. Cuenta Deniz, especialista en tratos con seres peculiares en sitios peculiares, que algún alebrije vivió en las torres del viejo Museo del Chopo; que durante un incendio rescató piezas valiosas sin que nadie se diera cuenta de su presencia. Algún otro, habitante de un cuarto clausurado en una ciudad de quién sabe donde, salió corriendo para arrojarse a una grieta inmensa, aparecida en la plaza mayor de la gran urbe, causa de sequía de desastre y enfermedad. Cuenta don Gerardo que, tras el sacrificio del alebrije, la grieta se cerró, porque la ciudad había entregado lo mejor que tenía. Esas son las lecciones a las que ha de hacerse caso. Acá, en casa, hay un pequeño alebrije-gato-jaguar, en actitud de estirarse como sólo puede hacerlo un felino que se respete. Tal vez, de repente, bosteza. Tal vez, de repente, también le vibren los bigotes. Por eso hay que tener alebrijes buenos, alebrijes contentos, alebrijes que andan por allí queriéndose quedar en casa. Por eso les dejo un alebrije de esos que todo mundo querría tener, para defender la dignidad, para emprender batallas y ganarlas, para cabalgar el Paseo de la Reforma, para guiñarle el ojo a un cómplice de fiar: Ni más ni menos, amigos míos, que El Ajolote Insurrecto:

¿No querrían tener uno para acompañarse en las empresas arriesgadas?

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24
Oct
10

Cinema Bicentenario: “Una escena de sexo con el Padre de la Patria”

 

Mientras suena el jarabe “El Cupido”, que forma parte de la excelente banda sonora de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada”, le seguimos a todas las ideas que pueden desprenderse de esta, a no dudarlo, la gran película del Bicentenario. Pese a todos los reclamos de tipo histórico, inevitables cuando aparece una película como esta.

Pero en este caso, me pregunto si las obsesiones con el rigor sobre la reconstrucción del pasado son suficientes como para criticar a esta película maravillosa. Atendiendo a la tercera ley de la dialéctica (una de las cosas que uno aprende al pasar una temporada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM), yo diría que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Este factor permite que, a historiadores de mucho nombre, y c0nscientes de esta máxima, “Hidalgo, la Historia jamás Contada” no solo les parezca buena, sino que encima les guste, y, en algunos casos, hasta les guste mucho.

A veces, la obsesión por el rigor histórico impide hasta la experiencia lúdica. He escuchado algunos comentarios, provenientes del gremio de historiadores, negativos a tal magnitud, respecto a algunas de las películas del Bicentenario, que a ratos creo que sería necesario poner afuera de la sala un letrero: “Si usted es historiador, y se dedica a la investigación, en el ámbito estrictamente académico, mejor ni entre. Lo más probable es que no le guste. Le sugerimos ir a la videotienda más cercana, a ver si en la sección de documentales encuentra algo de su agrado”. Y entonces todos estaremos contentos. Algunos personajes no harán berrinches memorables y nosotros podremos disfrutar la película.

Por eso esta vez es muy de elogiarse la actitud de Enrique Krauze,  que dedicó el domingo pasado su artículo del periódico Reforma a “La Historia jamás contada”. El texto me pareció atinado, muy, muy recomendable, porque el gran divulgador que es Krauze admite que entró al cine con el recelo del historiador. Pero en el momento de la verdad, cedió a la oferta, a la propuesta, a la tentación de mirar a este Hidalgo humano, capaz del error, como todos; tal vez Hidalgo sin bronce ni pedestal como en pocas, poquísimas ocasiones lo volveremos a ver. Krauze, el historiador, el divulgador, fue capaz de acallar a ese pequeño demonio que suele anidar en algún punto del cerebro de los historiadores, y que tiende a patalear cada vez que siente que “algo”, no importa si es pequeño o grande, si es relevante o irrelevante, “distorsiona”, “falsea” los hechos. Del pataleo se pasa al enojo y del enojo a la santa indignación. El resultado es que la víctima no disfruta la película, sale frustrada y enojada a tal grado que puede afirmar que una muy hermosa película es una “mala película” porque no cuenta lo que le gustaría que contara: Tan, tan, otra vez la puerta. Oh, qué moler. “¿Sí, diga?” -“quiero reclamar las falsedades históricas de la película”. -“Mire, esta es la puerta de las historias de amor y de las sonrisas que seguramente tuvieron los personajes de la Historia con mayúscula. La sección de documentales históricos está dos calles más abajo. Que le vaya bien, porque, acá, nosotros nos la estamos pasando bomba. Además, qué le cuento, hay como cinco perros en esta fiesta, dispuestos a salir a ahuyentar a las visitas amargosas. Usted disculpe”. La puerta vuelve a cerrarse y las buenas conciencias históricas, mejor harían en caminar dos calles abajo, donde les puedan restañar las heridas.

Este comentario de Krauze sobre la película no tiene desperdicio y ubica bien los méritos de la cinta: “Tiene ritmo, belleza y encanto. Como historia, introduce una sana irreverencia y transmite admirablemente el drama psicológico y moral de Hidalgo”. El historiador admite que en la película hay “hechos falsos, no probados, inexactos e inverosímiles”, pero aún así, elige quedarse con ese “Hidalgo enamorado”, paráfrasis de esa otra película preciosa, “Shakespeare enamorado”.

Para los que tengan dudas de los detalles históricos corregibles, se puede decir que algunos, la mayor parte, son menudos y algunos más notables:  ahora ya sabemos que a Hidalgo no lo corrieron de mala manera del Colegio de San Nicolás,  que ni su traslado al curato de Colima (no mencionado en la película) ni a San Felipe Torresmochas, fueron castigos, que Hidalgo no veía como una degradación el convertirse en un parroco (cuando, además, iba a ganar bastante más dinero que como rector de San Nicolás), que malamente el obispo de Valladolid, Antonio de San Miguel, podía haber sido su enemigo, después de premiarlo por sus disertaciones teológicas con unas buenas medallas de plata y los generosos calificativos de “abeja industriosa” y “hormiga trabajadora de Minerva”.  Quizá el más relevante, que sí transgrede lo que hoy sabemos de la relación entre Miguel Hidalgo y Manuel Abad y Queipo, es que eran amigos, y que además, el pobre de Abad y Queipo, que se fastidió históricamente el día que emitió el edicto de excomunión contra Hidalgo,  tenía interesantes coincidencias de pensamiento con el cura de Dolores. No obstante, no es un Abad y Queipo “inventado”; puede que sea falso, pero no irreal: es el personaje que muchas generaciones de mexicanos imaginaron; el que aparece en el cuadro, a estas alturas legendario, pintado por Siqueiros y que hoy día forma parte del patrimonio de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo; en ese imaginario masivo, sin matices, Abad y Queipo es el personaje que excomulga con violencia al “padre de la Patria” y ninguna otra cosa más. Pobre hombre.  La verdad es que, para cumplir su función narrativo-dramática de enemigo, era bueno cualquier otro señor que no se apellidase Abad y Queipo. Pero eso no es culpa (ni siquiera es culpa) de Antonio Serrano, director, ni de Leo Mendoza (guionista), es el imaginario histórico que, como podemos ver, durante años ha sido el que poseen los mexicanos y que, pese a todas nuestras pretensiones de replantear mucho del conocimiento sobre el pasado que tenemos como sociedad, no lo hemos logrado por completo.

Romance y tertulia para el padre de la patria

Krauze apunta un matiz interesante, pero quizá ya en los linderos del lenguaje de los historiadores: la película no muestra “la historia jamás contada”, sino la “historia nunca probada”, particularmente en el terreno de la vida sentimental de Miguel Hidalgo, pero ese tema, es hábilmente analizado por don Carlos Herrejón en un muy disfrutable ensayo publicado por el semanario Proceso en el número 15 de sus fascículos del Bicentenario, y en él concluye que Hidalgo sí tuvo descendencia, pero no todos los que se dice y no con todas las damas con las que la leyenda suele vincularlo. Es un material muy recomendable en lo que sale la archimentada y multiaguardada biografía escrita por el propio herrejón y que Banamex y Editorial Clío nos prometen para este año.

Resulta un reto, encima de lidiar con tantos historiadores inconformes, lograr construir una narración cinematográfica bella, delicada y que nos trae el eco de lo que pudo haber ocurrido hace poco más de dos siglos.  Por eso me gusta tanto la frase de Ana de la Reguera, que encarna a la amante de Hidalgo, Josefa Quintana, en la película. La actriz, a principios de este año, hablaba de la formidable experiencia que era, para ella, “tener una escena de sexo con el padre de la Patria”. Esa es, a no dudarlo, una de las frases memorables de este año de los centenarios, y, traducido a la película, una de las secuencias que más desconcierta a los que esperan ver, otra vez, al heroico Hidalgo dando el grito en Dolores. Una muy querida amiga, médica, de ese linaje especial de mujeres acostumbradas a vencer obstáculos y, en su profesión, habituada a salir cada mañana a ahuyentar, a la brava,  a la muerte que siempre intenta entrar por alguna rendija del hospital que dirige, me decía, unos días antes del Bicentenario, entre sorprendida (que no escandalizada) y curiosa: “Oiga, Bertha, pero es que en el corto de la película, ¡¡sale Hidalgo cogiendo!!” A ella, que es ginecóloga, le vienen a decir cosas nuevas. Lo que la sorprendía es precisamente, que el señor que se abre camino entre enaguas, olanes y medias -la escena es buenísima- es, precisamente el padre de la patria. Claro que la sorpresa de ella y de muchos otros, disminuye cuando se enteran de que, precisamente, entre el montón de chismes y  denuncias e informes que se hicieron ante la Inquisición en aquellos días de San Felipe Torresmochas, se aseguraba que en aquella casa del señor cura, “la pequeña Francia” o la “Francia chiquita”,  se llevaba una “vida escandalosa”,  protagonizada por “la comitiva de gente villana que come y bebe, baila y putea perpetuamente”. El documento en cuestión, lo firma en 1800 fray Ramón Casaús, que una década más tarde se convertirá en uno de los más violentos críticos de Hidalgo.  Las cartas que comenzó publicando en El Diario de México hacia noviembre de 1810, destinadas a deshacer cualquier rastro de buena reputación que tuviese el cura rebelde,  acabaron por convertirse en un cuadernillo que aún hoy día se consigue y que, dos siglos después, sigue sorprendiendo de tanta dureza y agresividad. Se le conoce, de hecho, como “El AntiHidalgo”.

 Al menos en este año de centenarios, el natalicio de Miguel Hidalgo debió haber sido algo así como el cumpleaños de Beethoven. No por la figura que compramos en la estampa de la papelería, ni por la estatua de mármol, con todo y lo hermosa que es, que preside el grupo escultórico de la Columna de la Independencia, sino con ese dulce ánimo afectuoso que caracteriza, en las historietas de Charles Schulz, a Schroeder, que, sentado ante su piano, aguarda el cumpleaños del músico alemán,  no para tronar cohetes, ni para hacer desfiles. Simplemente, para decirle, suavecito, “feliz cumpleaños”, para apapacharlo con dulzura, para tocar su música.  Algo así tendríamos que hacer con Hidalgo, con Morelos, con todos los héroes, próceres o como los quieran llamar, esos mismos cuyos despojos, ahora pasan el otoño en un salón encortinado de negro (uf) en el Palacio Nacional. “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” es un hermoso regalo de Bicentenario. Gracias a Antonio Serrano, a Leo Mendoza. Me muero de ganas de que ya salga el DVD.

14
Oct
10

Cinema Bicentenario. Episodio 3: Hidalgo, la historia jamás contada

 

Para mí, “Hidalgo, la historia jamás contada”, dirigida por Antonio Serrano, es la mejor película del paquete Bicentenario. Podría decir a secas que se trata de una película espléndida y dar por cerrada esta parcela del Reino.  Pero es un filme que entusiasma, que emociona y que produce un montón de “clicks” para disfrutarlo, para verlo un montón de veces y para pensar en las muy curiosas reacciones que ha despertado.

Yo me enamoré de esta película desde que vi el tráiler en YouTube. Ver a Miguel Hidalgo tocando su violín, bailando, riendo a carcajadas, me resultó profundamente conmovedor. Ver al cura de Dolores re-cobrar textura, sonido, carne apasionada y hasta enamorada. Hidalgo arropado por la música esplendorosa de Alejandro Giacomán, Hidalgo que galante se inclina ante una Ana de la Reguera con uno de esos escotes dieciochescos impactantes; el mismo Hidalgo que leemos en los documentos, en los testimonios. Si alguien tiene la paciencia y el cuidado para revisar ese utilísimo libro de Carlos Herrejón, que compendia los documentos que respecto a Hidalgo conservamos, “Hidalgo. las razones de la insurgencia y biografía documental” y tenerlo muy en cuenta a la hora de ver esta película deliciosa, va a encontrar una bonita consonancia entre el Hidalgo retratado en las denuncias inquisitoriales y el Hidalgo que vemos protagonizando su “historia jamás contada”.

Paradójicamente, las críticas que se han aplicado a esta película hablan de situaciones peculiares en cuanto a la cultura histórica de los mexicanos.  A estas alturas, parece muy evidente que la gente de este país sí tiene ganas de historia, apetito de historia, gusto por la historia. Usualmente, sus conocimientos históricos no suelen ser proporcionales al entusiasmo con el que se interesan por el pasado nacional.

Esta situación ha producido, en torno a  “Hidalgo, la historia jamás contada” reclamos que, de repente, se antojan extraños pero que,  si los pensamos con cuidado, hablan de situaciones más allá de la propia película. Me explico. hay quienes se quejan de que en la película “no se ve el Grito”, que “dónde está el Pípila” (ese SÍ que es un reclamo bicentenario), que “creían que se iba a ver más de la independencia”, que “casi no se ve nada de la independencia” . Esos son los reclamos de la gente de a pie, de la gente común y corriente, de los cuales se pueden desprender varias conclusiones:

  • Pese a los esfuerzos de la producción de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada”,  y de las repetidas ocasiones en que se difundió el proceso de rodaje de “Hidalgo Moliére”, nombre original de la cinta, lo cierto es que hubo muchos que fueron y van a verla con la expectativa de ver una película histórica o bien en tono épico, o bien en tono de lección edificante, más cerca de “La Virgen que forjó una patria”, donde, con todo y su corrección histórica, y hasta eso, a Hidalgo nunca le desaparece del rostro una cierta sonrisilla traviesa (Zorro tenía que ser).
  • Hay una serie de personajes que, al parecer, en la imaginería colectiva, son inseparables de Hidalgo. No me refiero a algunos desatinos memorables, como el de un librito que compré hace algunos meses afuera de la fortaleza de San Juan de Ulúa, donde se asegura que Fray Servando Teresa de Mier era “compañero de Miguel Hidalgo” (pero ni de tragos, caray). Me refiero al conjunto de protagonistas del movimiento insurgente que se juzgan indispensables en cuanto una producción fílmica decide abordar la figura del padre de la patria: Josefa Ortiz de Domínguez, Allende, Aldama, Jiménez, el Pípila (otra vez). Parte de los reclamos que quieren ver Historia donde hay solamente historia (una historia deliciosa, es necesario insistir), radica en que  hay muy poco Allende, una pizca de Morelos, ni un suspiro de Corregidores. Una vez más, a pesar de que toda la información difundida acerca de la película, antes de su estreno, donde, me parece, quedó claro que se trataba de escribir un fragmento de una historia personal, íntima, de Miguel Hidalgo, como pudo haber sido, hay gente que quiere ver a SU Miguel Hidalgo en la pantalla; no al Hidalgo que pudo haber existido, a quien re-construye el guión de Leo Mendoza y el propio Antonio Serrano; tal vez los que se llaman decepcionados aspiran al Hidalgo de la narrativa de la escuela primaria, al Hidalgo que grita mueras al mal gobierno y que advierte de la necesidad de ir a coger gachupines.

De verdad, este es un gran Hidalgo. Hasta mejor que el de Rivera Calderón

  • Por eso resulta interesante el reclamo de la gente: muy bien, es Hidalgo, pero, ¿por qué no da el grito? ¿por qué no lo vemos en su caballito blanco y con su estandarte de la Guadalupana? ¿por qué el héroe de la película no es un poco más héroe de la patria, por favor? En suma, reclaman algunos, ¿dónde anda el Padre de la Patria? En la puerta les responden: “Está montando una obra de teatro, ¿sabe? Al señor cura le entró la ventolera de traducir a Moliére”. Al otro lado de la puerta, en el patio, se oye un minuetito barroco delicioso, para luego pasar a un Chuchumbé espléndido, ejecutado con muchas ganas por la pandilla de músicos que engrosaban el reparto de la Francia Chiquita.
  • Tan, tan, llaman a la puerta de nuevo. Disculpe, ¿el padre Hidalgo? ¿Dónde encontramos al  señor que dice Edmundo O´Gorman que “hirió de muerte al virreinato” y que debería andar encabezando muchedumbres?  A estas alturas, del otro lado de la puerta se oye el ruido de una pachanga memorable. “Acá anda” -responden- “Pero las prioridades cambian con el tiempo. Aquí, en la Pequeña Francia, ese que buscan aún no existe, aún no ocurre. Pero ocurrirá. Ya es posible entreverlo. Si quieren preguntar dentro de unos años, y allá adelante, en Dolores, con seguridad los atiende. Todavía le falta que le embarguen las haciendas de la familia, que uno de sus hermanos muera afectado por la ruina familiar (una de las muchos casos derivados de la dichosa Consolidación de Vales Reales), que la Inquisición lo quiera juzgar por todos los chismes que se dicen de esta casa de San Felipe y que, pese a todas sus indagaciones, Flores, el fiscal inquisitorial, acabe por concluir que muchos de los acusadores carecen de pruebas sólidas para acusar al señor cura de hereje, libertino y escandaloso. Con su permiso, que ya tocan un jarabe”.
  • Los años de la Pequeña Francia son poco conocidos por el común de la gente, pero contienen una buena cantidad de momentos interesantes en la biografía de Miguel Hidalgo, al que aún no se le ocurría convertirse en padre de la patria y en los que, a partir de esta película, muchos querrán saber más. “La Historia jamás contada” hace pensar en la clase de hombres que eran los párrocos del siglo XVIII, cuántos de ellos no tenían una definitiva vocación de pastor de almas. Eso se verá a la hora de la guerra de independencia, cuando aparte de Hidalgo, de Morelos, de Matamoros, anden en el mitote una buena cantidad de curas, como el mercedario Navarrete, que, cuentan, era bastante feroz, como el Padre Chocolate que, se cuenta en Alamán, tenía una clara tendencia a inmiscuirse en todos asuntos (y algunos muy feos), el Padre Zapatitos, del que solo sabemos que andaba en la bola, del Padre Chinguirito, del cual ignoramos todo, menos que andaba por Valladolid cuando Hidalgo y sus huestes entraron a la ciudad,  y que “carecía por completo de vocación religiosa”. Es cierto que no les aplaudían a los curas con mujer e hijos, pero tampoco constituían una rareza. Morelos confesará la existencia de sus hijos durante su proceso. Hidalgo no lo confesó en su juicio, y ese es el elemento en el cual se apoyan quienes opinan que nuestro cura redivivo en Demián Bichir no tuvo descendencia. “Bueno, tampoco le preguntaron”, opina mi querida Lupita Jiménez Codinach.

Esta película genera tanto qué pensar en torno a Miguel Hidalgo, que aún quedan cosas que decir. De hecho, si no fuera así, no estaríamos , medio mundo, aguardando con inquietud hasta emocionada (nariz húmeda, bigotes temblorosos) LA biografía de Hidalgo escrita por Herrejón y que se promete de pronta aparición. En el inter, corran a ver “La Historia Jamás Contada”. Ojalá se emocionen tanto como yo.

10
Oct
10

Cinema Bicentenario. Episodio 2: El Infierno

Casi parecería natural que, después de un atentado, sobreviniera el infierno. Con esta curiosa lógica, después de “El Atentado”, se estrenó “El Infierno”. Me cuentan que a esta película, dirigida por Luis Estrada y estelarizada por Damián Alcázar,  le está yendo bastante bien. Me pregunto, sin embargo, si esta es una película que podamos llamar “del Bicentenario”. Acaso lo sea, esencialmente, porque el guión participó de la convocatoria del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y fue seleccionado, fuera porque algunos elementos de la historia parecieran, como veremos, vinculados a las conmemoraciones, o porque, como afirman algunas malas lenguas, fue la opción que el Fonca y el CONACULTA encontraron para propiciar una “percepción” de que, aún desde una instancia oficial, se admite la crítica, aún cuando el discurso inicial de la película afirme que, en este 2010 no hay nada que celebrar.

Entrar a la página de El Infierno es, de entrada, impactante. Recibe al navegante una de esas placas que en algunas  carreteras sirven para identificar las llamadas Rutas 2010 (asunto por demás poco claro en los hechos y en las propias carreteras), que, acto seguido es balaceada. La premisa inicial de este filme es la frase que tantos ha repetido a lo largo de los últimos meses. “No hay nada que celebrar”. Y a partir de ahí la crónica se mezcla con las leyendas urbanas, con la nota roja, con el mundo del narco. El resultado es un trabajo con humor negro, muy negro, que no carece de profundidad; con la ácida intención de recordarnos, de restregarnos en la cara que hay más en el país que fiestas en el Paseo de la Reforma; de preguntarnos, con torcida pero tal vez bienintencionada curiosidad, si deveras nos creemos eso de que son, en este año, “200 años de ser orgullosamente mexicanos”. Y para demostrarlo, nos cuenta la historia de un mexicano de la frontera, Benjamín, El Benny.

Con un acento que suena como a Chihuahua, el Benny, deportado después de trabajar quién sabe cuántos años en Estados Unidos se encuentra con un México polvoriento, donde los narquitos locales, a bordo de sus camionetas, imponen su ley. Asesinatos en  las esquinas,  narcomenudeo, violencia y todo, bajo el mando de un cacique que reitera esa peculiar paradoja de algunos mexicanos;  capaces de ser amorosos patrones y al mismo tiempo homicidas que hacen gala de violencia. Doblegado por las circunstancias, por la falta de trabajo, por las ganas de hacerse una vida mejor, el Benny decide que tiene que jugar el juego y, apadrinado por su amigo de la infancia, conocido ahora como El Cochiloco, se vuelve uno más de los  trabajadores responsables de vender droga, meter en orden a los que repelan, repartir los sobornos a la autoridad y, con alguna frecuencia, matar y desaparecer a los rivales del mercado o a los delatores.

 El Infierno es una película con una importante dosis de violencia. En las vísperas de su estreno, bullía la polémica porque el director, queriendo anticiparse a las circunstancias, alertaba sobre la posibilidad de  que la clasificación se empleara como un recurso de censura encubierta, y de esa forma evitar la clasificación “C”, exclusivamente para adultos, para obtener una clasificación “B 15”, a donde pueden entrar mayores de 15 años, con la consecuente ventaja de taquilla, al  ampliar el margen de público. El argumento para buscar esta clasificación consistía en que, en la película, hay un “mensaje para jóvenes”, encaminado a disuadirlos de buscar en la delincuencia las oportunidades de vida que podrían obtenerse con el estudio o con el trabajo legal. Quien haya visto la película ya, se queda con la razonable duda: al final nos quedamos con que un jovencito de quince años regresa a cobrar venganza por el homicidio de su madre, de su padre y del Benny, que es su tío; un jovencito que quiere ser “un chingón” como su padre, sicario apodado “El Diablo”: ganar mucho dinero, tener buen auto y, de ellos -se infiere en la película- cuanta mujer le parezca atractiva. El final de la película es incierto: el Benny se muere, se muere el Cochiloco, se mueren otros más, el hijo del narco-cacique, algunos policías locales, pero narrativamente no se concluye que el crimen, sea cual sea su forma, no paga. Más bien, se queda planteada la duda: ¿será que el crimen siempre conduce a la muerte?

El Infierno es una cubetada de agua fría para los que crean que, “aunque no lo parezca, estamos ganando la guerra”, porque les recuerda que la perra realidad es la perra realidad, para todos los casos.  La imaginería chilanga detecta exageración y humor negro en la película, pero también se resiste a aceptar que una buena cantidad de las cosas que se ven en la película ocurren, han ocurrido y ocurrirán en algún punto del país, más bien lejecitos de los espectáculos de Paseo de la Reforma o de las tiendas de Presidente Mazaryk.  Todo al mismo tiempo y en el mismo lugar, quién sabe, pero no todo es resultado de los delirios del guionista.

Lo cierto es que, en esta película, el Bicentenario aparece metido con calzador y unos cuantos empujones. El Infierno es una película que recrea, a ratos en farsa, a ratos en crónica descarnada la vida en algunos puntos del país. Nadie duda que las tumbas que albergan los despojos de estos narcos y sicarios de liga menor sean como aparecen en la película; nadie duda que la ropa, los hábitos, los objetos responsan a eso que ahora llamamos “la narcocultura”. Pero eso ocurre antes, durante y después del año de los centenarios. Si la película tiene un vínculo directo con el México 2010, es porque la acción se desarrolla en el año de las conmemoraciones, porque vemos una ceremonia cívica como las que se llevan a cabo en muchas escuelas del país, y donde, paradoja, el narco local financia las composturas de la escuela porque los recursos estatales o federales nunca llegarán.

 

Hay dos versiones del cartel promocional; esta es la primera.

Si la secuencia final tiene lugar a la mitad de la celebración local del Bicentenario, en pleno “Grito” protagonizado por el narco-cacique, que encima, es presidente municipal,  es una circunstancia fortuita, debida a la voluntad del guionista. Son escasos los momentos en que se plantea lo que se pretende ser la gran contradicción de este año, contradicción que muchos han señalado: cómo, a razón de qué, para qué celebrar cuando la delincuencia es legión, la inseguridad es grande y en algunas poblaciones abundan los chamaquitos que no piensan en ir a la universidad, sino ser “chingones” como el tío, el compadre del papá, como el hermano mayor que hacen del narcomenudeo su forma de vida. Es válida la crítica, pero la historia se encuentra más allá del Bicentenario. Incluso, diría que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. El Bicentenario aparece como un pretexto para contar una historia  que no necesita aludir a las conmemoraciones cívico-históricas para funcionar.  No se necesita el Bicentenario para echarnos en cara la tendencia chilanga a no ver lo que ocurre en otras partes del país en su real dimensión. Aunque admito que, de no haber entrado en el paquete de las películas bicentenarias, es muy probable que “El Infierno” no me hubiese llevado a sentarme en una sala de cine, la peculiar circunstancia de que aparezca entre los estrenos de la temporada dan qué pensar. Es otra voz, diferente, que reclama un espacio, dentro del años de los centenarios, para pensar en estas cosas, para no olvidarlas. Y no hay, no ha habido censura. este juego gráfico de los dos carteles, uno con censura y otro sin, para lo único que funcionan es para demostrar que lo prohibido, como ha sido desde hace mucho, jala y tiene audiencia. Nomás asómense a leer los edictos de la inquisición, que a fuerza de prohibiciones, fijaba los criterios de los best sellers se hace dos siglos. La ventaja del cartel sin censura, es que aparece el perro que es indispensable en todas las historias que valen la pena. Con todo, El Infierno  vale la pena.

Y, como ya lo hemos dicho aquí, en todas las historias de la Historia, hay un perro.

Este DVD, cuando salga, tendrá que ir a engrosar la videoteca, más por el hecho de haber entrado formalmente en el paquete Bicentenario que por convicción de realmente lo sea. Tiene más que ver con el año de los Centenarios el discurso armado alrededor del filme, que tenía su dosis de reflexión breve, relampagueante. Pero, no finjamos inocencia: la estrategia funcionó también en el sentido comercial, y bastante bien.

07
Oct
10

Cinema Bicentenario. Episodio 1: El Atentado

Toda la escala de la imaginería bicentenaria, convertida en películas

 A estas alturas del partido, la cartelera cinematografica ya también ha sido receptáculo del espíritu bicentenario, si es que ha habido algo que pueda llamarse así. Hablemos primero de dos películas que, siendo sinceros, son las que ocupan el segundo sitio en mis preferencias, de entre las cuatro ya estrenadas y que, directa, indirecta o forzadamente, tienen que ver con este año de conmemoraciones, para empezar porque tres han recibido apoyo financiero de IMCINE, de FIDECINE y de Conaculta, gracias a una convocatoria pra concurso de guión  vinculado a las conmemoraciones. “Películas del Bicentenario”, las llaman, “Películas Bicentenarias”, “Cine del Bicentenario” y hasta la genial puntada de calificarlas de “Películas Patrias”, que se le ocurrió a alguien que controla la página electrónica de Cinemex. Todas estas expresiones han sido acuñadas al calor de los estrenos de septiembre, de las conmemoraciones de septiembre -lo cual demuestra que aún en la percepción más sencilla la efeméride importante era la bicentenaria-, de los rollos de septiembre y de la necesidad de algunos de demostrar que también había cosas que decir, aparte de lo poco o mucho que las conmemoraciones oficiales (federales, estatales o académicas o de cualquier otro pelaje) hubieran querido proyectar y/o promover en los escasos mensajes y contenidos masivos que circularon en un país donde solamente una cuarta parte de la población mexicana tiene acceso (que no quiere decir “usuario sistemático”) a internet y a las lindezas que allí (aquí) almacenamos.

Las películas del Bicentenario son,  además, una de las maneras en que los mexicanos del siglo XXI interrogamos al pasado; no todo pueden ser “foros de reflexión”, ni repartos de libros de historia. No con las cifras de comprensión de lectura que nos recetó la SEP hace algunas semanas.  Las películas bicentenarias no son documentales; para eso están los materiales difundidos por el History Channel y el Discovery; las películas bicentenarias exploran dimensiones que a un público masivo le resultan atractivas y emocionantes; reinventan la realidad; aplican a la realidad la ficción, la narrativa y la tensión dramática,  aunque le pese a algunos. Además, porque, finalmente, el cine es una industria, la película TIENE que dejar dinero. Llevamos cuatro estrenos de películas bicentenarias, tres con apoyo del gobierno federal. De esas cuatro, una ya ha salido de cartelera; la más cara, por cierto: “El Atentado”, de Jorge Fons, y a la que, por lo que se sabe, no le ha ido nada bien en cuestión de taquilla, siendo como se ha afirmado, la película más cara del cine mexicano: 78 millones de pesos, aunque alguna fuente haya fijado el presupuesto de “El Atentado” en 70 millones.

“El Atentado”, basada en la novela muy atractiva de don Álvaro Uribe, “El Expediente del Atentado” (Tusquets), aborda algunos hechos y personajes históricos: por un lado, el atentado que, en septiembre de 1897, sufrió Porfirio Díaz en plena celebración de las fiestas patrias. Realmente no le pasó nada a don Porfirio; fue, evidentemente una agresión fallida, especialmente porque el autor, un hombre llamado Arnulfo Arroyo, estaba absolutamente borracho. El asunto se enreda con el rápido linchamiento de Arroyo y la oscuridad con que se aborda el caso, que termina con la muerte (para algunos suicidio, para otros homicidio) del inspector de policía, responsable, en primera instancia, de las investigaciones y de la integridad del atacante del presidente Díaz. Son dos los libros que, en el mercado mexicano han tocado el tema en los últimos años: la novela de don Álvaro Uribe, y, con un sentido más de trabajo histórico de divulgación, más que de ficción histórica, “Cuatro Atentados Presidenciales”, de Agustín Sánchez González.

Después de leer  “Expediente del Atentado”, picada de curiosidad, me sumergí en los periódicos de aquellos días. Entre quienes no han opinado bien de la película, surgen las quejas de que, a ratos, la historia les parece oscura y desordenada. Bueno, es que la historia es feamente oscura y su reflejo, a un siglo de distancia, pareciera muy desordenado, añadiéndole las licencias creativas decididas por Fons. De hecho, Álvaro Uribe me cuenta que no existe el expediente judicial del caso Arroyo, ni de los detalles, digamos, “oficiales”, de su ataque al presidente y de su posterior linchamiento y muerte. Toda la información accesible al asunto se encuentra en la prensa de la época, lectura que ya supone toda una aventura. Vean cómo abordó el caso El Imparcial, el legendario periódico oficialista del porfiriato:

La nota, como apareció en El Imparcial en aquel septiembre de 1897.

La crítica de cine es, creo una actividad subjetiva por excelencia. Me parece que han sido injustos con algunos juicios enederazdos contra”El Atentado”, quejándose de haber empleado telones y escenografía en algunas secuencias, en lugar de recurrir a las locaciones. Sobre el tema habría que considerar lo que se hubiese encarecido la producción de hacerle caso a los quisquillosos. Efectivamente, resulta un tanto lenta en algunos momentos, y ciertamente, ayudaría que la audiencia supiese tres gramos más del porfiriato. Pero la realidad es real y ese no es el público que se ha acercado a la película. Creo que sí cumple con dar cuenta de un hecho que, de extraño e inusitado, se vuelve una oscura nota roja, carne de especialistas. La ambientación es excelente y yo no veo mal el asunto de los telones. Quizá en los puntos en los que la Historia con mayúsculas  no nos da mayores respuestas, la narrativa, la literatura, la ficción, nos ofrecen una lamparita para soñar, para intentar explicar y entender algo que, de por sí, en los hechos, fue bastante incomprensible. Échenle un ojo a otro periódico de esos días:

Debajo del retrato de don Porfirio, la nota del linchamiento de Arnulfo Arroyo

El otro punto importante en cuanto a personajes y acontecimientos históricos es uno de los protagonistas principales, encarnado por Daniel Giménez Cacho: el famoso “Pajarito” apodo que disimula a un temeroso Federico Gamboa (sí, el mismo de las fiestas del Centenario y autor de “Santa”); el mismo Gamboa que en su célebre “Diario” anota, inquieto, el hecho de que conoce tanto a Arroyo como al inspector de policía por haber sido condiscípulos suyos. Propietario de una peculiar doble moral, este Gamboa redivivo experimenta una apasionada relación con la prometida de su cuate el policía.

Enredos pasionales aparte, me gusta la lectura  re-creación que de Gamboa hacen primero Álvaro Uribe y luego Fons. “Pájaro de cuenta”, le reprochará la amante dolida el gandul que no quiere comprometer su carrera diplomática-política, tanto por sus amistades de otros tiempos, como por los vínculos que unen a la dama en cuestión con estos personajes problemáticos que se han atrevido a perturbar la paz de las fiestas patrias de 1897. Por cierto, el sobrenombre de “Pajarito” es un seudónimo auténtico, que Gamboa empleaba en su primera juventud para escribir en periódicos.

“Pájaro de cuenta”, reclama una amante resentida para con su contraparte, medrosa y cobardona. En estos tiempos en que Gamboa ha vuelto a estar de moda en algunos círculos, “El Atentado”, que algunos califican de “thriller histórico” (no “trailer histórico” [??], como escribieron en su boletín los compañeros de comunicación de una de las entidades patrocinadoras del filme, el gobierno de la Ciudad de México) es una razón más para que el bueno, aunque miedoso de don Federico, que en sus últimos años festejaba ser un ancianito porfirista y conservador, mantenido por una “mujer pública” o sea su eterna “Santa”,  se siga inquietando en su tumba del Panteón Francés de la Piedad. Yo sí me voy a comprar el DVD. A mí sí me gustó.

05
Oct
10

¿Esto es el Bicentenario? (segunda parte)

 

¿Cuáles son los huecos que quedan, los espacios que debimos y debemos llenar?

Pareciera que en estos días brota una sensación colectiva de “no hallarse” con lo que a las conmemoraciones de este año se refiere, cuando ha pasado ya la efeméride bicentenaria. Los que se quejan son casi tantos como los que están contentos. ¿Dónde está el punto de equilibrio? Sigamos con el repaso.

Punto número tres: La Historia. Cuando en noviembre de 2008 nos prometieron, en el Monumento a la Revolución, que la historia, el conocimiento de la Historia, llegaría a “todos los rincones del país”, yo  no sabía que se refería al libro “Viaje por la historia de México” (que, por cierto, A MI CASA no ha llegado y en cambio me han contado un montón de historias feas respecto a cómo llega, cuando llega, y cómo lo asume la gente). Que la historia llegue a los hogares de México simplemente significa que la gente SEPA  lo que se conmemora. ¿Lo logramos? ¿fuimos capaces de lograrlo?  En principio, no me parece que haya funcionado mucho el punto. No de manera masiva, al menos. Qué hacer con los ninis, que por añadidura son, muchos de ellos, jovencitos aburridos de la vida, sin capacidad de emocionarse por nada; qué hacer con los estudiantes de nivel básico de los cuales, según la SEP, 70% no entienden lo que leen. Cómo queremos que “conmemoren”, cómo queremos que “reflexionen”, si no hemos logrado que tengan un conocimiento básico y mínimo de la historia. Con razón a Roy Campos, cada que pregunta por los “héroes”  de la independencia, le salen, en ese orden, Hidalgo, Morelos y Benito Juárez. Los que patalean reclamando el aspecto “reflexivo” (yo reflexiono, tú reflexionas, él reflexiona, ellos reflexionan…) de las conmemoraciones de 2010, bien podrían salirse de la torre de marfil y aspirar a que, primero, sepamos más o menos bien lo que ha de conmemorarse. Con eso ya bastante homenaje a los protagonistas de la independencia estaríamos haciendo.

Como era, la Alhóndiga de Granaditas, como sigue siendo, doscientos años después de que Hidalgo la tomara, ahora es también espacio de conmemoración.

Punto número cuatro: La Conmemoración.- La segunda oleada de reclamos tiene que ver con esta cruda técnica de la cual hablaba en la entrada anterior. Enredado con las otras cosas relevantes que ocurren en este país en estos momentos, algunos, tal vez bastantes, ya se dieron cuenta, a mitad de la resaca de la Fiesta, que deseaban algo más duradero que el recuerdo de algo que vieron por televisión. Y no les falta razón.  Pero hubo ceremonia la mañana del día 16,  hubo doble grito; el de la noche del 15 en la ciudad de México, y el otro mañanero, en Dolores Hidalgo. A las siete de la mañana (no hay que ser, han de haber opinado los que preferían un asunto menos radical que andarse con conmemoraciones a las seis de la mañana, cuando ocho novenas partes del país dormía la verbena y la pachanga del 15) el presidente de la república repitió la arenga que alguno de los testimonios que conservamos dice que dijo Miguel Hidalgo. Eso no me parece nada malo. Es más, me parece muy bueno. Madrugada de septiembre en Guanajuato. De las diversas reconstrucciones de ese momento, no me acaba de convencer la más reciente, “Gritos de Muerte y Libertad”, aunque en una revista muy mona, el actor que personificó a Miguel Hidalgo, Alejandro Tomassi, asegurara que sus gritos se escuchaban hasta el pueblo contiguo. Sigo quedándome con la emoción de la escena en “La Antorcha Encendida”.

Pero habrá que dedicarle su propio espacio a los discursos de aquella mañana, al pie de nuestro Ángel, a ver cuál va a ser la impronta que la estructura de gobierno pretendió exponer y plantear en ese, el día del Bicentenario. No lo supimos, pero ojalá esa ceremonia del grito en Dolores se haya multiplicado, si no a las 6 o las 7 de la madrugada, sí a lo largo de la mañana septembrina. El problema es que no sabemos gran cosa acerca de los detalles de lo que pudo haber sido una gran conmemoración simultánea… o algo así.

Punto número cinco: Los Pendientitos. Esa parte es precisa y clara. La difusión y divulgación de la historia. No pasó, no se consiguió, no al nivel masivo ni con la calidad que podría haber contribuido a construir algo que se llamara “clima de conmemoración”. Tengo que admitir que el azar me puso delante de los ojos una transmisión, en el Canal Once, de uno de esos documentales hechos por Editorial Clío que a la hora de la hora aparecieron como parte de las “acciones conmemorativas” del gobierno federal. Era sobre la Reforma, y este sí, me pareció muy bueno. Pero eso no logró cambiar las cosas. No respiramos historia, no entendimos historia, no hablamos de historia ni con nuestros niños ni con nuestros ancianos. O sea, ni siquiera le hicimos caso a las cosas que nos dejó escritas Luis González y González y que muy bien nos haría a todos los involucrados volver a leer o peor: leerlas por primera vez.

Entonces, a lo mejor, conseguimos que los niños de primaria sepan explicar en sus tareas “el valor de la libertad” (caso verídico), que no se hagan cruces en el mostrador de la papelería tratando de recordar cómo carajos se llamaba ese señor, Allende, del que hay que conseguir la estampita (otro caso verídico). Otro sub-punto: Reflexión, la mentada reflexión. Los sectores de la opinión ilustrada que ha exigido a gritos “la reflexión” como eje de cualquier festejo-celebración-conmemoración; y olvidan que la reflexión  es fruto de la información. Es un asunto de estrategia, de pensar que las cosas tienen principio y tienen resultado. Pero bueno, a eso algunos llaman con desprecio “hacer filosofía”, Pero porque hubo ideas, por cierto, hubo independencia. Ojalá hubiese mucho escándalo y ruido cada que hay una olimpiada de historia; sería buenísimo que los festejáramos como a los chamaquitos campeones de futbol o de beisbol; sería buenísimo que nos divirtiéramos leyendo testimonios antiguos para devolverle la textura al pasado, sería buenísimo que redescubriéramos las piedras viejas que nos rodean. Todo eso, con la pena, se nos fue. Quizá en este punto habría que volver la mirada a algunas de las cosas que se hicieron en los estados de la República, pendientes de sus orgullos locales, aunque a veces los chilangos (y más ciertos historiadores) los miren por encima del hombro porque insisten en hablar de esa memoria, casi doméstica, que alimenta la historia local y a los mitos nacionales, y esa memoria, que no deja de ser amorosa y a la que le vale gorro la cientificidad de la Historia, le da un cierto escozor a los que no entienden el quehacer del historiador sino como ese proceso helado, abrumado por el fantasma de la ciencia, despojado de la textura sensual de la condición humana. Otra vez, ese anhelo de una “historia en vilo, como nuestros amores”, que una vez escribió Edmundo O’Gorman. Y no aprendemos, carajo.

Punto número seis: Las Críticas.  Llueve, y no agua. Pero eso es un fenómeno por oleadas. Algunas tienen razón; otras también pero por razones diferentes a las que esgrimen. Otras críticas tienen que ver con peculiares ideologías y visiones del mundo, pero una de las más ociosas es la que reclama una “historia con sentido social” para contar la presencia de mujeres, indios y castas en la independencia; pero a ratos parece que esa historia social más bien es el embozo de una “historia militante”. Tan malo un extremo como el otro. Lo cierto es que, disfrazados o amalgamados con críticas, los argumentos que cada quien tiene para celebrar o no celebrar, conmemorar o no conmemorar, ya han producido ríos de tinta, bobinas de papel impreso y páginas infinitas en el ciberespacio. Y estamos a 4 de octubre. De aquí al 20 de noviembre, esto aún va a aumentar.

Y este balconcito, testigo de tantas grillas, listo para el número del mes que viene, sea cual sea.

Punto número siete:  Lo Que Sigue, o sea, EL CENTENARIO. Cómo vayan a resultar las conmemoraciones del Centenario del inicio de la Revolución, es algo de lo que, al parecer, no tenemos la más peregrina idea. Nos han prometido alguna serie de espectáculos del 7 al 21 de noviembre en nuestro sufridísimo Zócalo, que debe estar absolutamente harto de todos los chilangos.  Tres megamarionetas, que después del Oso del Coloso vayan ustedes a saber cómo les va a ir, el espectáculo en la Plaza de la Constitución mas lo que se les ocurra o salga o les vendan en lo que falta, nos proporcionará una más de estas curiosas ocasiones de contento que algunos auguran, otros esperan con emoción, y otros con hartazgo, sean irrepetibles.

Punto número ocho: La Perra Realidad. Pasada la primera parte del numerote conmemorativo, pareciera que la vida sigue su curso: secuestrados, levantados, legisladores sacándose los ojos, dirigentes partidistas comprando departamentos a mitad de precio en Polanco,  un gobernador que se desquita de agandalles reales o imaginarios con citas de Morelos en la cara presidencial, nada que no hayamos visto en los últimos años. Pero aún hay tanto que decir de estos días bicentenarios… por suerte el ciberespacio se preocupa menos por la fecha de caducidad en el interior de la lata. Los historiadores tendrían ya que empezar a pensar  en los rescoldos de septiembre, y buscar los detalles que, en este mitote doméstico, han pasado desaprecibidos.

Pasada la Fiesta, nos acomodamos en el sillón y revisamos los periódicos. Artículos y notas pintan el intenso mosaico que fue Paseo de la Reforma la noche del 15; columnas y revistas juntan la leña para encender las hogueras donde quemar a los responsables, tengan o no tengan la culpa (porque hay de los unos y de los otros), y la gente que estuvo en la fiesta, además de la bandera y el libro (en el caso de que ya los hayan recibido), pueden decir que caminaron la calle y que estuvieron en la verbena bicentenaria. Ojalá haya memoria y voluntad para acordarse.




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