05
Oct
10

¿Esto es el Bicentenario? (segunda parte)

 

¿Cuáles son los huecos que quedan, los espacios que debimos y debemos llenar?

Pareciera que en estos días brota una sensación colectiva de “no hallarse” con lo que a las conmemoraciones de este año se refiere, cuando ha pasado ya la efeméride bicentenaria. Los que se quejan son casi tantos como los que están contentos. ¿Dónde está el punto de equilibrio? Sigamos con el repaso.

Punto número tres: La Historia. Cuando en noviembre de 2008 nos prometieron, en el Monumento a la Revolución, que la historia, el conocimiento de la Historia, llegaría a “todos los rincones del país”, yo  no sabía que se refería al libro “Viaje por la historia de México” (que, por cierto, A MI CASA no ha llegado y en cambio me han contado un montón de historias feas respecto a cómo llega, cuando llega, y cómo lo asume la gente). Que la historia llegue a los hogares de México simplemente significa que la gente SEPA  lo que se conmemora. ¿Lo logramos? ¿fuimos capaces de lograrlo?  En principio, no me parece que haya funcionado mucho el punto. No de manera masiva, al menos. Qué hacer con los ninis, que por añadidura son, muchos de ellos, jovencitos aburridos de la vida, sin capacidad de emocionarse por nada; qué hacer con los estudiantes de nivel básico de los cuales, según la SEP, 70% no entienden lo que leen. Cómo queremos que “conmemoren”, cómo queremos que “reflexionen”, si no hemos logrado que tengan un conocimiento básico y mínimo de la historia. Con razón a Roy Campos, cada que pregunta por los “héroes”  de la independencia, le salen, en ese orden, Hidalgo, Morelos y Benito Juárez. Los que patalean reclamando el aspecto “reflexivo” (yo reflexiono, tú reflexionas, él reflexiona, ellos reflexionan…) de las conmemoraciones de 2010, bien podrían salirse de la torre de marfil y aspirar a que, primero, sepamos más o menos bien lo que ha de conmemorarse. Con eso ya bastante homenaje a los protagonistas de la independencia estaríamos haciendo.

Como era, la Alhóndiga de Granaditas, como sigue siendo, doscientos años después de que Hidalgo la tomara, ahora es también espacio de conmemoración.

Punto número cuatro: La Conmemoración.- La segunda oleada de reclamos tiene que ver con esta cruda técnica de la cual hablaba en la entrada anterior. Enredado con las otras cosas relevantes que ocurren en este país en estos momentos, algunos, tal vez bastantes, ya se dieron cuenta, a mitad de la resaca de la Fiesta, que deseaban algo más duradero que el recuerdo de algo que vieron por televisión. Y no les falta razón.  Pero hubo ceremonia la mañana del día 16,  hubo doble grito; el de la noche del 15 en la ciudad de México, y el otro mañanero, en Dolores Hidalgo. A las siete de la mañana (no hay que ser, han de haber opinado los que preferían un asunto menos radical que andarse con conmemoraciones a las seis de la mañana, cuando ocho novenas partes del país dormía la verbena y la pachanga del 15) el presidente de la república repitió la arenga que alguno de los testimonios que conservamos dice que dijo Miguel Hidalgo. Eso no me parece nada malo. Es más, me parece muy bueno. Madrugada de septiembre en Guanajuato. De las diversas reconstrucciones de ese momento, no me acaba de convencer la más reciente, “Gritos de Muerte y Libertad”, aunque en una revista muy mona, el actor que personificó a Miguel Hidalgo, Alejandro Tomassi, asegurara que sus gritos se escuchaban hasta el pueblo contiguo. Sigo quedándome con la emoción de la escena en “La Antorcha Encendida”.

Pero habrá que dedicarle su propio espacio a los discursos de aquella mañana, al pie de nuestro Ángel, a ver cuál va a ser la impronta que la estructura de gobierno pretendió exponer y plantear en ese, el día del Bicentenario. No lo supimos, pero ojalá esa ceremonia del grito en Dolores se haya multiplicado, si no a las 6 o las 7 de la madrugada, sí a lo largo de la mañana septembrina. El problema es que no sabemos gran cosa acerca de los detalles de lo que pudo haber sido una gran conmemoración simultánea… o algo así.

Punto número cinco: Los Pendientitos. Esa parte es precisa y clara. La difusión y divulgación de la historia. No pasó, no se consiguió, no al nivel masivo ni con la calidad que podría haber contribuido a construir algo que se llamara “clima de conmemoración”. Tengo que admitir que el azar me puso delante de los ojos una transmisión, en el Canal Once, de uno de esos documentales hechos por Editorial Clío que a la hora de la hora aparecieron como parte de las “acciones conmemorativas” del gobierno federal. Era sobre la Reforma, y este sí, me pareció muy bueno. Pero eso no logró cambiar las cosas. No respiramos historia, no entendimos historia, no hablamos de historia ni con nuestros niños ni con nuestros ancianos. O sea, ni siquiera le hicimos caso a las cosas que nos dejó escritas Luis González y González y que muy bien nos haría a todos los involucrados volver a leer o peor: leerlas por primera vez.

Entonces, a lo mejor, conseguimos que los niños de primaria sepan explicar en sus tareas “el valor de la libertad” (caso verídico), que no se hagan cruces en el mostrador de la papelería tratando de recordar cómo carajos se llamaba ese señor, Allende, del que hay que conseguir la estampita (otro caso verídico). Otro sub-punto: Reflexión, la mentada reflexión. Los sectores de la opinión ilustrada que ha exigido a gritos “la reflexión” como eje de cualquier festejo-celebración-conmemoración; y olvidan que la reflexión  es fruto de la información. Es un asunto de estrategia, de pensar que las cosas tienen principio y tienen resultado. Pero bueno, a eso algunos llaman con desprecio “hacer filosofía”, Pero porque hubo ideas, por cierto, hubo independencia. Ojalá hubiese mucho escándalo y ruido cada que hay una olimpiada de historia; sería buenísimo que los festejáramos como a los chamaquitos campeones de futbol o de beisbol; sería buenísimo que nos divirtiéramos leyendo testimonios antiguos para devolverle la textura al pasado, sería buenísimo que redescubriéramos las piedras viejas que nos rodean. Todo eso, con la pena, se nos fue. Quizá en este punto habría que volver la mirada a algunas de las cosas que se hicieron en los estados de la República, pendientes de sus orgullos locales, aunque a veces los chilangos (y más ciertos historiadores) los miren por encima del hombro porque insisten en hablar de esa memoria, casi doméstica, que alimenta la historia local y a los mitos nacionales, y esa memoria, que no deja de ser amorosa y a la que le vale gorro la cientificidad de la Historia, le da un cierto escozor a los que no entienden el quehacer del historiador sino como ese proceso helado, abrumado por el fantasma de la ciencia, despojado de la textura sensual de la condición humana. Otra vez, ese anhelo de una “historia en vilo, como nuestros amores”, que una vez escribió Edmundo O’Gorman. Y no aprendemos, carajo.

Punto número seis: Las Críticas.  Llueve, y no agua. Pero eso es un fenómeno por oleadas. Algunas tienen razón; otras también pero por razones diferentes a las que esgrimen. Otras críticas tienen que ver con peculiares ideologías y visiones del mundo, pero una de las más ociosas es la que reclama una “historia con sentido social” para contar la presencia de mujeres, indios y castas en la independencia; pero a ratos parece que esa historia social más bien es el embozo de una “historia militante”. Tan malo un extremo como el otro. Lo cierto es que, disfrazados o amalgamados con críticas, los argumentos que cada quien tiene para celebrar o no celebrar, conmemorar o no conmemorar, ya han producido ríos de tinta, bobinas de papel impreso y páginas infinitas en el ciberespacio. Y estamos a 4 de octubre. De aquí al 20 de noviembre, esto aún va a aumentar.

Y este balconcito, testigo de tantas grillas, listo para el número del mes que viene, sea cual sea.

Punto número siete:  Lo Que Sigue, o sea, EL CENTENARIO. Cómo vayan a resultar las conmemoraciones del Centenario del inicio de la Revolución, es algo de lo que, al parecer, no tenemos la más peregrina idea. Nos han prometido alguna serie de espectáculos del 7 al 21 de noviembre en nuestro sufridísimo Zócalo, que debe estar absolutamente harto de todos los chilangos.  Tres megamarionetas, que después del Oso del Coloso vayan ustedes a saber cómo les va a ir, el espectáculo en la Plaza de la Constitución mas lo que se les ocurra o salga o les vendan en lo que falta, nos proporcionará una más de estas curiosas ocasiones de contento que algunos auguran, otros esperan con emoción, y otros con hartazgo, sean irrepetibles.

Punto número ocho: La Perra Realidad. Pasada la primera parte del numerote conmemorativo, pareciera que la vida sigue su curso: secuestrados, levantados, legisladores sacándose los ojos, dirigentes partidistas comprando departamentos a mitad de precio en Polanco,  un gobernador que se desquita de agandalles reales o imaginarios con citas de Morelos en la cara presidencial, nada que no hayamos visto en los últimos años. Pero aún hay tanto que decir de estos días bicentenarios… por suerte el ciberespacio se preocupa menos por la fecha de caducidad en el interior de la lata. Los historiadores tendrían ya que empezar a pensar  en los rescoldos de septiembre, y buscar los detalles que, en este mitote doméstico, han pasado desaprecibidos.

Pasada la Fiesta, nos acomodamos en el sillón y revisamos los periódicos. Artículos y notas pintan el intenso mosaico que fue Paseo de la Reforma la noche del 15; columnas y revistas juntan la leña para encender las hogueras donde quemar a los responsables, tengan o no tengan la culpa (porque hay de los unos y de los otros), y la gente que estuvo en la fiesta, además de la bandera y el libro (en el caso de que ya los hayan recibido), pueden decir que caminaron la calle y que estuvieron en la verbena bicentenaria. Ojalá haya memoria y voluntad para acordarse.


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