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Cinema Bicentenario. Episodio 2: El Infierno

Casi parecería natural que, después de un atentado, sobreviniera el infierno. Con esta curiosa lógica, después de “El Atentado”, se estrenó “El Infierno”. Me cuentan que a esta película, dirigida por Luis Estrada y estelarizada por Damián Alcázar,  le está yendo bastante bien. Me pregunto, sin embargo, si esta es una película que podamos llamar “del Bicentenario”. Acaso lo sea, esencialmente, porque el guión participó de la convocatoria del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y fue seleccionado, fuera porque algunos elementos de la historia parecieran, como veremos, vinculados a las conmemoraciones, o porque, como afirman algunas malas lenguas, fue la opción que el Fonca y el CONACULTA encontraron para propiciar una “percepción” de que, aún desde una instancia oficial, se admite la crítica, aún cuando el discurso inicial de la película afirme que, en este 2010 no hay nada que celebrar.

Entrar a la página de El Infierno es, de entrada, impactante. Recibe al navegante una de esas placas que en algunas  carreteras sirven para identificar las llamadas Rutas 2010 (asunto por demás poco claro en los hechos y en las propias carreteras), que, acto seguido es balaceada. La premisa inicial de este filme es la frase que tantos ha repetido a lo largo de los últimos meses. “No hay nada que celebrar”. Y a partir de ahí la crónica se mezcla con las leyendas urbanas, con la nota roja, con el mundo del narco. El resultado es un trabajo con humor negro, muy negro, que no carece de profundidad; con la ácida intención de recordarnos, de restregarnos en la cara que hay más en el país que fiestas en el Paseo de la Reforma; de preguntarnos, con torcida pero tal vez bienintencionada curiosidad, si deveras nos creemos eso de que son, en este año, “200 años de ser orgullosamente mexicanos”. Y para demostrarlo, nos cuenta la historia de un mexicano de la frontera, Benjamín, El Benny.

Con un acento que suena como a Chihuahua, el Benny, deportado después de trabajar quién sabe cuántos años en Estados Unidos se encuentra con un México polvoriento, donde los narquitos locales, a bordo de sus camionetas, imponen su ley. Asesinatos en  las esquinas,  narcomenudeo, violencia y todo, bajo el mando de un cacique que reitera esa peculiar paradoja de algunos mexicanos;  capaces de ser amorosos patrones y al mismo tiempo homicidas que hacen gala de violencia. Doblegado por las circunstancias, por la falta de trabajo, por las ganas de hacerse una vida mejor, el Benny decide que tiene que jugar el juego y, apadrinado por su amigo de la infancia, conocido ahora como El Cochiloco, se vuelve uno más de los  trabajadores responsables de vender droga, meter en orden a los que repelan, repartir los sobornos a la autoridad y, con alguna frecuencia, matar y desaparecer a los rivales del mercado o a los delatores.

 El Infierno es una película con una importante dosis de violencia. En las vísperas de su estreno, bullía la polémica porque el director, queriendo anticiparse a las circunstancias, alertaba sobre la posibilidad de  que la clasificación se empleara como un recurso de censura encubierta, y de esa forma evitar la clasificación “C”, exclusivamente para adultos, para obtener una clasificación “B 15”, a donde pueden entrar mayores de 15 años, con la consecuente ventaja de taquilla, al  ampliar el margen de público. El argumento para buscar esta clasificación consistía en que, en la película, hay un “mensaje para jóvenes”, encaminado a disuadirlos de buscar en la delincuencia las oportunidades de vida que podrían obtenerse con el estudio o con el trabajo legal. Quien haya visto la película ya, se queda con la razonable duda: al final nos quedamos con que un jovencito de quince años regresa a cobrar venganza por el homicidio de su madre, de su padre y del Benny, que es su tío; un jovencito que quiere ser “un chingón” como su padre, sicario apodado “El Diablo”: ganar mucho dinero, tener buen auto y, de ellos -se infiere en la película- cuanta mujer le parezca atractiva. El final de la película es incierto: el Benny se muere, se muere el Cochiloco, se mueren otros más, el hijo del narco-cacique, algunos policías locales, pero narrativamente no se concluye que el crimen, sea cual sea su forma, no paga. Más bien, se queda planteada la duda: ¿será que el crimen siempre conduce a la muerte?

El Infierno es una cubetada de agua fría para los que crean que, “aunque no lo parezca, estamos ganando la guerra”, porque les recuerda que la perra realidad es la perra realidad, para todos los casos.  La imaginería chilanga detecta exageración y humor negro en la película, pero también se resiste a aceptar que una buena cantidad de las cosas que se ven en la película ocurren, han ocurrido y ocurrirán en algún punto del país, más bien lejecitos de los espectáculos de Paseo de la Reforma o de las tiendas de Presidente Mazaryk.  Todo al mismo tiempo y en el mismo lugar, quién sabe, pero no todo es resultado de los delirios del guionista.

Lo cierto es que, en esta película, el Bicentenario aparece metido con calzador y unos cuantos empujones. El Infierno es una película que recrea, a ratos en farsa, a ratos en crónica descarnada la vida en algunos puntos del país. Nadie duda que las tumbas que albergan los despojos de estos narcos y sicarios de liga menor sean como aparecen en la película; nadie duda que la ropa, los hábitos, los objetos responsan a eso que ahora llamamos “la narcocultura”. Pero eso ocurre antes, durante y después del año de los centenarios. Si la película tiene un vínculo directo con el México 2010, es porque la acción se desarrolla en el año de las conmemoraciones, porque vemos una ceremonia cívica como las que se llevan a cabo en muchas escuelas del país, y donde, paradoja, el narco local financia las composturas de la escuela porque los recursos estatales o federales nunca llegarán.

 

Hay dos versiones del cartel promocional; esta es la primera.

Si la secuencia final tiene lugar a la mitad de la celebración local del Bicentenario, en pleno “Grito” protagonizado por el narco-cacique, que encima, es presidente municipal,  es una circunstancia fortuita, debida a la voluntad del guionista. Son escasos los momentos en que se plantea lo que se pretende ser la gran contradicción de este año, contradicción que muchos han señalado: cómo, a razón de qué, para qué celebrar cuando la delincuencia es legión, la inseguridad es grande y en algunas poblaciones abundan los chamaquitos que no piensan en ir a la universidad, sino ser “chingones” como el tío, el compadre del papá, como el hermano mayor que hacen del narcomenudeo su forma de vida. Es válida la crítica, pero la historia se encuentra más allá del Bicentenario. Incluso, diría que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. El Bicentenario aparece como un pretexto para contar una historia  que no necesita aludir a las conmemoraciones cívico-históricas para funcionar.  No se necesita el Bicentenario para echarnos en cara la tendencia chilanga a no ver lo que ocurre en otras partes del país en su real dimensión. Aunque admito que, de no haber entrado en el paquete de las películas bicentenarias, es muy probable que “El Infierno” no me hubiese llevado a sentarme en una sala de cine, la peculiar circunstancia de que aparezca entre los estrenos de la temporada dan qué pensar. Es otra voz, diferente, que reclama un espacio, dentro del años de los centenarios, para pensar en estas cosas, para no olvidarlas. Y no hay, no ha habido censura. este juego gráfico de los dos carteles, uno con censura y otro sin, para lo único que funcionan es para demostrar que lo prohibido, como ha sido desde hace mucho, jala y tiene audiencia. Nomás asómense a leer los edictos de la inquisición, que a fuerza de prohibiciones, fijaba los criterios de los best sellers se hace dos siglos. La ventaja del cartel sin censura, es que aparece el perro que es indispensable en todas las historias que valen la pena. Con todo, El Infierno  vale la pena.

Y, como ya lo hemos dicho aquí, en todas las historias de la Historia, hay un perro.

Este DVD, cuando salga, tendrá que ir a engrosar la videoteca, más por el hecho de haber entrado formalmente en el paquete Bicentenario que por convicción de realmente lo sea. Tiene más que ver con el año de los Centenarios el discurso armado alrededor del filme, que tenía su dosis de reflexión breve, relampagueante. Pero, no finjamos inocencia: la estrategia funcionó también en el sentido comercial, y bastante bien.

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2 Responses to “Cinema Bicentenario. Episodio 2: El Infierno”


  1. 1 kensochoyuyu
    enero 6, 2011 en 5:43 am

    me podrian decir como se murio el benny???
    por k segun esto el mato a todos los del cartel de don jose
    y el se kedo vivo
    o se suicido o k?

    • 2 Bertha Hernández
      enero 6, 2011 en 5:31 pm

      Pues no, estimado visitante de este Reino. Al Benny, que efectivamente mata a la gente de don José, lo asesinan, como resulta coherente con el verdadero personaje de esta película bicentenaria, que es la brutal violencia del crimen organizado. En qué circunstancias específicas se muere, no lo voy a decir, le aconsejo que vea la película, que ahora ya se vende en DVD. Lo que sí voy a decirle es cómo se muere: víctima de venganzas, de redes de violencia y de la ambición de sus colegas -que no de sus compañeros- de ocupación. Nada fuera de lo que hemos leído en periódicos en los últimos ocho o diez meses. Pero esa circunstancia es la que permite que el final quede como queda, abierto, con el sello de las venganzas entre narcos y sicarios. Habrá que ver el final alternativo que trae el DVD para entender a cabalidad el proyecto del director.
      Un saludo,
      Bertha.


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