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Oct
10

Alebrijes bicentenarios

Alebrijes del Bicentenario y del Centenario, faltaba más

Quien crea que este asunto del Bicentenario ya es agua pasada, se equivoca. Nada más hay que darse una vuelta por Paseo de la Reforma para ver a los juguetones alebrijes, a los estridentes alebrijes que también tienen cosas que decir en este año de la Patria (que no es año de la patria porque no hay disposición al respecto, y además, Adolfo López Mateos ya inventó y usó, en 1960, para sus conmemoraciones, la dichosa etiqueta) y por eso desfilaron el sábado por Paseo de la Reforma, para hacer constar su existencia, arropados por el MAP, el Museo de Arte Popular, generoso pastoreador de bichos fantásticos, sonrientes unos, terribles otros, materialización de nuestro espíritu barroco y alborotador.

Desde el domingo están ya los alebrijes bicentenarios disfrutando el otoño en Paseo de la Reforma. Y les llueven visitantes. Entre semana, baja la marejada de curiosos. Pero los sábados, los domingos, se les acercan por cientos, a mirarlos, a reírse con ellos, a husmearlos a revisarlos, a fotografiarlos. A pesar de que los letreros de “NO TOCAR” son abundantes, a los adolescentes y a los niñitos -y a los padres de los niñitos- la petición-orden les interesa un celestial pistache. Les tocan la patita, la zarpa, acarician el lomo, verifican el filo de los colmillos, retuercen figurados bigotes. Hay que decir, en descargo de la multitud, que tocan bichos sin destruirlos. Más que tocar a secas, es un gesto de apapacho. Es como acariciarle el lomo o las orejas a un buen perro que nos encontramos en la calle y con el que, de inmediato, nos caemos bien (los que queremos y respetamos a los animalitos; los miserables amargados que en automático le sueltan una patada al perro o al gato con el que se cruzan en una esquina cualquiera, o con el pretexto más gratuito y absurdo, lo pagarán, en esta o en otra vida).

Aquí, un Hidalgo alebrijado

Alebrijes de rostros humanos perfectamente reconocibles como los “héroes de la patria”; hermanados con los próceres de la historia nacional (no en balde comparten cartel); metamorfoseados, dotados de garras, de alas, de fauces repletas de colmillos; feroces, como el Ahuizote, y como el Ahuizote, de buenos instintos. Ese guiño secreto que todos los alebrijes malabarean en las patitas para encantar al respetable, funciona sin fallar, desde hace cuatro años, cuando se acomodan a asolearse en la coqueta avenida que Maximiliano usaba para sus ires y venires de Chapultepec a la Plaza de la Constitución.

Pues esto se llama "El Peso de la Historia". Los historiadores pueden abstenerse de hacer comentarios.

Hay unos cuantos “héroes de la patria” invitados a la esperpéntica fiesta de los alebrijes. Algunos han preferido mantenerse en su tesitura de bicho fantástico, brotado, como aquel curioso animalejo dibujado por Julio Ruelas, de la cabecita en llamas de su autor o de sus autores. No niegan la coyuntura, y se unen a la nube enmarañada de cosas que navegan por el éter y que siguen colgándose la etiqueta bicentenaria. Algunos ejemplares, deciden emular a algún personaje a mitad de camino entre la historia y la leyenda:

El Gatopípila, ni más ni menos

Hay cuatro o cinco variaciones alebrijescas sobre el minero que los historiadoes se niegan a admitir como personaje histórico y que, en cada oportunidad, el imaginario colectivo se los arroja en la cara: el Pípila es MUY popular. Otro muy socorrido es Emiliano  Zapata, uno más, Francisco Villa. A todos ellos les han brotado antenas, la piel se les ha puesto escamosa, pero conservan los bigotazos, los sombreros, las cananas. Morelos, por más que se metamorfosee, no pierde el infaltable paliacate, ni Hidalgo su calva y el moderadamente largo pelo blanco. A ratos, solo les queda el rostro como señal de su inmortalidad; a veces, se les sale el humor, y se convierten en tiernas bromas alebrijientas:

Este Alebrije es, nada menos que Alebrisario Domínguez.

Llegan los alebrijes apenas a tiempo para los Días de Muertos,  para entrarle a la danza de seres raros que circula por la capital mexicana en esta temporada. No les extrañe si entre el tráfico advierten una antena que se mueve, algunos ojos saltones y fosforescentes ocupados en verificar la buena presencia de las antenas propias o ajenas, alguna sonrisilla disimulada al mirar los títulos de cada carromato:

Evidentemente, este es el Ciervo de la Nación. Nótese el indispensable paliacate.

Ahora me acuerdo de un muy bonito libro de cuentos de Gerardo Deniz, que debe haberse publicado hará una veintena de años: Precisamente, “Alebrijes”. Cuenta Deniz, especialista en tratos con seres peculiares en sitios peculiares, que algún alebrije vivió en las torres del viejo Museo del Chopo; que durante un incendio rescató piezas valiosas sin que nadie se diera cuenta de su presencia. Algún otro, habitante de un cuarto clausurado en una ciudad de quién sabe donde, salió corriendo para arrojarse a una grieta inmensa, aparecida en la plaza mayor de la gran urbe, causa de sequía de desastre y enfermedad. Cuenta don Gerardo que, tras el sacrificio del alebrije, la grieta se cerró, porque la ciudad había entregado lo mejor que tenía. Esas son las lecciones a las que ha de hacerse caso. Acá, en casa, hay un pequeño alebrije-gato-jaguar, en actitud de estirarse como sólo puede hacerlo un felino que se respete. Tal vez, de repente, bosteza. Tal vez, de repente, también le vibren los bigotes. Por eso hay que tener alebrijes buenos, alebrijes contentos, alebrijes que andan por allí queriéndose quedar en casa. Por eso les dejo un alebrije de esos que todo mundo querría tener, para defender la dignidad, para emprender batallas y ganarlas, para cabalgar el Paseo de la Reforma, para guiñarle el ojo a un cómplice de fiar: Ni más ni menos, amigos míos, que El Ajolote Insurrecto:

¿No querrían tener uno para acompañarse en las empresas arriesgadas?

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