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Huellas del Día de muertos: junto a las tumbas de los ilustres

Otra vez, Día, Días de Muertos,  los del año de los Centenarios.  Evidentemente, en el “Manual de Conmemoraciones Básicas Vol. 1”, no se consideró una macro ofrenda para los insurgentes y para los revolucionarios. El espacio ideal habría sido el Zócalo, pero el gobierno de la ciudad de México se adelantó con su formidable Árbol de la Muerte Florida (qué bonito nombre, de veras).  En el gran montaje del Zócalo había algunos detallitos, además de la ofrenda que se hizo en el Museo Panteón de San Fernando, dedicada a los personajes de la Revolución. Se me haría inevitable, que no indispensable, pero, ¿no se merecían acaso su agua, su pizca de sal, sus velas? ¿una taza de chocolate para el padre Hidalgo? ¿Buenos tazones de chocolate para Allende y para Aldama, par de inquietos y preocupados aquella madrugada de septiembre, que ahora no podrían rehusar el chocolate, como hicieron entonces, porque a estas alturas del partido ya no tienen prisa alguna ni temor de acabar con el mecate en el pescuezo, ejem, ejem, sencillamente porque ya no les queda pescuezo qué cuidar? ¿Nadie consideró necesario un perro (el Perro Bicentenario estaba, seguramente, puestísimo para atender este negocio) que acompañe, encamine a los próceres que venían del Mictlan, del mundo de los muertos?

Todo este discurso, debo confesar, es una de las razones por las cuales me gustó tanto la campaña publicitaria de la funeraria García López, de la que he hablado líneas abajo. ¿Se imaginan una bonita ofrenda al pie del Ángel? ¿una digna ofrenda en el patio central de Palacio Nacional? Qué bueno que se las imaginen, porque nunca ocurrieron. Y por lo que se ve, nunca ocurrirán, a menos que el año entrante, al cumplirse 200 años del fusilamiento de Hidalgo, se haga algo muy bonito allá en la Loma del Prendimiento, en pleno desierto, según me cuentan, donde el cura de Dolores, Allende, Aldama, Jiménez y amigos que los acompañaban fueron presos de las fuerzas realistas.

Montar un Tzompantli, real o recreado, tiene su chiste y su riesgo

Pero fue día de Muertos, y los que más, los que menos, buscamos en las cajas de la memoria, las huellas de nuestros muertos,  los dictados por la genética y los que en el camino de la vida se hacen nuestros. En casa, hubo velas, agua y lata de comida sabor estofado para Andrés, el gato bienamado y muchas veces extrañado. Como cada año, se pisan uno o dos cementerios, para visitar a los seres queridos, para hallar otras historias. Nuestros muertos. Los de todos. Devorados por la muerte florida, cada día, en todas partes, engrosando la legión de fantasmas mexicanos de los cuales nos encanta contar historias desde tiempos inmemoriales.

Con ese rostro, ¿alguien duda que la muerte florida acabará por merendarnos a todos, algún día?

En términos más terrenales, me acuerdo de una historia de funerales de uno de los santos protectores de este reino: don Guillermo Prieto, que, después de su vida intensa, acabó en la rotonda de los hom.. digo, de las Personas Ilustres. Es una bonita historia  para Día de Muertos y secuelas, de veras. De don Guillermo,  hay que decir que se murió muy triste. Al tremendo deterioro físico que marcó sus últimos días, se añadió la muerte de su hijo Francisco, uno de los jóvenes nacidos de su matrimonio con María Caso, uno de los dos que, como decían las abuelitas, “se lograron”. Es natural, inevitable, me imagino, el dolor por la muerte de un hijo, y en el caso de don Guillermo, el asunto fue peor. Tuvo en sus dos matrimonios, por lo menos, cuatro hijos. De su segundo matrimonio, otros dos. La particularidad es que los dos a los que puso por nombre Guillermo, murieron antes que él y siendo pequeños de siete u ocho años. De los dos hijos varones que llegaron a adultos, Francisco y Manuel, el primero falleció muy pocos días antes de que don Guillermo se fuera al mundo de los muertos, en 1897.

 Revisando un viejo libro de epitafios del Panteón de Santa Paula, compilado hacia 1852 [esas cosas tan curiosas que les daba por hacer a los decimonónicos; hoy día ya tiene poco chiste esa actividad: a nadie le da por hacer buena literatura funeraria], donde, si uno sabe qué historias tiene guardadas en algún rincón del cerebro, encuentra cosillas de interés. Yo me hallé las lápidas de los niños María de los Ángeles (1826-1847) y Guillermo Prieto y Caso (1841-1848), muertos en esos días hondamente tristes, como nos cuentan los hombres de aquel tiempo que eran los de la guerra con Estados Unidos y la invasión de México.

Estos niños apenas aparecen en las Memorias de mis Tiempos, escritas por don Guillermo en sus años finales, y compiladas y publicadas después de su muerte. Sobre ellos hay solamente un párrafo  que alude al 9 de agosto de 1847, cuando la familia Prieto y Caso abandona la ciudad de México, en busca de un sitio seguro, pues los gringos se acercan cada vez más a la capital. Don Guillermo, ocupado como anda en la batalla, haciendo lo que puede -que no es mucho como soldado; siempre fue un pésimo tirador, tan malo como espléndido cronista- no se entera muy bien de ese calvario, pero sabe que su María va por el rumbo de San  Cosme, con carros con los muebles y “muy enferma con tres niños, uno de ellos recién nacido”, y acaba por recibir refugio y protección ni más ni menos que en casa de don Lucas Alamán. La cara que puso don Guillermo cuando se enteró dónde andaba su familia seguramente fue para asegurar horas de sano pitorreo de sus compañeros de andanzas: el liberal anticangrejos, huésped del ya viejo y super conservador don Lucas. Qué bonito. Dicho en otras palabras, todo se paga.

Si le hacemos caso a la lápida de Santa Paula, en esa huída de la ciudad de México, los Prieto y Caso acababan de enterrar a la pequeña María de los Ángeles y entonces llevarían a los varoncitos: el primogénito, Guillermo, nacido en 1841, al año de la boda de sus padres, y Francisco y Manuel, que llegarían a adultos. Manuel, incluso, escribiría y firmaría artículos al alimón con su padre, en los años 90 del siglo XIX, y firmaba sus propias cosas como “Manuel G. Prieto”, la “G” de “Guillermo”, o bien porque a su papá se le hizo muy buena cosa acomodarle su propio nombre a todos sus niños, o bien por la leyenda familiar según la cual, la descendencia de don Guillermo, por la línea de don Manuel, usa, como apellido, y hasta la fecha, el  “G. Prieto”, o como lo hace conocida periodista llamada Alma, “Guillermoprieto”, como deferencia de Benito Juárez, por salvarle la vida (Ya saben: eso de los valientes no asesinan y todo lo demás) en Guadalajara, a principios de la Guerra de Reforma. Otro dato importante de Manuel G. Prieto es que él se encargó de donar a la Biblioteca Nacional parte de la biblioteca de don Guillermo, brincándose, con buen sentido, la disposición de su señor padre, según la cual habría de venderse toda la biblioteca y repartir el dinero entre sus nietos. Sé, por referencias de algunos amigos, que a veces, en las librerías de viejo de La Lagunilla (el mercado de pulgas, muy venido a menos, de la ciudad de México) se han encontrado algunos volúmenes de la biblioteca de Prieto, que estaba en la Casa del Romancero, en Tacubaya, donde lo fue a cazar la muerte. El inventario de la biblioteca de don Guillermo, que entregó don Manuel,  escrito en máquina de escribir, es muy interesante, y forma parte también del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Pero eso lo cuento otro día.

Lo que sí cuento hoy es que Francisco y Manuel crecieron para seguir a su padre en numerosas aventuras y peleas políticas. El primogénito Guillermo se quedó enterrado con su hermanita en Santa Paula. En algunas de las memorias de aquella espléndida pandilla liberal que recorrió el país entre guerras civiles e invasiones francesas entre 1857 y 1867, aparecen, de repente, los hijos de Guillermo Prieto, a veces acompañando a su padre, a veces encargados de conducir un carruaje con algún encargo específico.

Pero don Guillermo enviudó de “su María” (como la llama Benito Juárez en una carta de 1865, al calor del agarrón que se dieron en Paso del Norte), hacia 1869. Tuvo la puntada de volver a casarse quince o dieciséis años después, en 1884 o en 1885, aunque los pocos papeles que hay sobre el tema indiquen que la boda ocurrió en 1886, cuando Guillermo Prieto tenía, nada más, 68 años de edad.  La novia era doña Emilia Colard (otras versiones la apellidan Collard o Collado). Y tuvo otros dos hijos. Un niño, al que le volvió a poner Guillermo, y una niña, que se llamó María. De este pequeño Guillermo Prieto y Collard solamente sabemos que fue, junto con su hermanita, niño querido y consentido (es uno de esos casos en los que el personaje, más que hijos, tiene nietos) y que, en días de navidad enviaban regalitos y golosinas caseras y recibían detallitos y aguinaldos de un cuate de su padre, tan interesante como el Romancero: don Agustín Rivera y San Román, peculiarísimo sacerdote, liberal e historiador, que desde su madriguera en Lagos, Jalisco, sostenía animado intercambio epistolar con don Guillermo.

Por esas cartas sabemos que ese pequeño Guillermo murió probablemente, hacia junio de 1892, cuando tenía unos seis o siete años. Una breve nota del 4 de junio, dirigida al padre Rivera, habla de una muerte repentina: “Los golpes para los viejos son mortales. Me duele el alma y veo todo negro”, escribe el poeta, con su Musa Callejera al lado, llena de velos negros. Hasta febrero de 1893 Prieto tiene entereza para hablar del tema. Las cartas, en ese medio año han sido escasas, breves, y sólo un par aluden a los temas inevitables cuando la vida sigue. Pero en ese febrero prieto admite que esos meses han sido de duelo: “Encierro severísimo, tantos días de soledad, la más absoluta, salud debilísima amenazada con constancia, lágrimas, duelo por la muerte del niño, que ha caído como sombra de muerte en mi casa, y sobre todo en mí, que estoy agobiado con esa muerte y tengo días de profunda amargura.”

Don Guillermo se murió en 1897 y el gobierno de Porfirio Díaz -al que le había dado una lata sin cuento, pidiendo apoyos, apapachos y favorcitos, como se ve en la correspondencia del secretario de Díaz, Rafael Chousal,- eso hay que reconocerlo, no lo dudó: después de embalsamado, don Guillermo se fue derechito a la Rotonda de los Hombres Ilustres (ay, esos tiempos en los que nadie había inventado la corrección política ni la equidad de género). Don Guillermo se había muerto como todo un ilustre, como -le encantaba remachárselo al gobierno de don Porfirio- “el último ministro de la Reforma que le quedaba al señor general” y se fue al otro mundo, más o menos en paz, después de su injustificada fama de comecuras (compartida por inercia con toda su generación), provisto de confesor, al que no peló mucho, y un crucifijo en la mano, que, junto con la máscara mortuoria de don Guillermo, conserva la Universidad Iberoamericana entre un montón de cosas bonitas para ver:

El dato llamativo de este el entierro de don Guillermo, es que se hizo con gran pompa, como correspondía a una reliquia de la república juarista, con carros enlutados para el trenecito que llevaba el cadáver, los deudos y los invitados hasta el recontralejano panteón de Dolores y el chillar y chillar de todos los colegas de la prensa que lo habían conocido. Todo un encanto, don Guillermo, con una vida formidable.

El problemita al que se enfrentaron sus deudos, en particular su viuda doña Emilia y su hija María (que tenía 12 años al morir su padre), es que el gobierno de don Porfirio aportó la declaratoria de “Hombre Ilustre” para don Guillermo,  y el sitio honroso en la Rotonda, pero no apoquinó para hacer un monumento digno del poeta y periodista, metido a político y Ministro de Hacienda, de tal suerte que viuda e hija tuvieron que hacer, según se sabe, grandes sacrificios, para pagar a plazos, el mentado monumento, hecho por Jesús Contreras. Esta historia es importante de contar, porque, en una fecha no determinada, una señora que estudiaba la maestría en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, Ellen Elvira Merrifield de Castro, escribió, bajo la dirección de don Ernesto de la Torre Villar, una tesis de posgrado que, vista con los ojos actuales, aborda un tema casi obvio: la visión de la historia en las obras de Guillermo Prieto. Como la tesis no tiene fecha por ninguna parte y como me la encontré en una librería de viejo hace como diez años, y como no he ido a averiguar el dato a la UNAM, no puedo sino afirmar que se remonta la hechura del trabajo hacia algún momento de los mediados del siglo XX, es probable que hacia 1959 o 1960, cuando el gremio de historiadores no se ponía tantos moños y parte de ellos no tenía esas peculiares obsesiones con la idea de que la Historia es una ciencia. Cierta estoy de que, en este 2010, un trabajo como el de la señora Merrifield de Castro hubiera recibido, respecto al planteamiento teórico (el trabajo de revisión bibliográfica y hemerográfica es enorme y riguroso), una buena repasada de algunas queridas maestras mías, pero eran otros tiempos. Y lo más bonito, que, en ese trabajo, doña Ellen Elvira encontró a una testigo interesantísima: María Prieto y Colard, la hijita de don Guillermo, que sí vivió para hacerse adulta y para contar algunos detalles de la historia de su padre, como esta del monumento funerario y otro dato: don Guillermo NO quería que lo fueran a meter a la Rotonda, pero al fin, el hijo varón que vivía, Manuel, accedió a que los restos de su padre se fueran a gozar de la ilustridad.  A la viuda y a la hija se les dotó de inmediato, en ese marzo de 1897 de 100 pesos, “por la necesidad en que quedaron”, y según lo reportó el ministerio de Hacienda, y les asignaron una pensión de mil 236 pesos anuales, que no sabemos si llegaron a recibir.

Así es que don Guillermo tiene hoy su monumento, que recibe, en día de muertos, una pizca de flores anaranjadas que alguien del panteón o de la delegación Miguel Hidalgo, o de la Secretaría de Gobernación, responsable de la Rotonda (ajá, cómo no), fue a poner en cada una de las ilustres tumbas de los ilustres señores. Este año le llevé rosas amarillas con ribetes rojos, amarillas y rojas como la vida, como el gusto de tener santos tutelares como él y otros más como Zarco y Altamirano que decidieron no tener las muertes sencillas tan propias de su tiempo. Pero de eso, hablamos otro día de muertos.

Juan de Dios Peza, frente al cadáver de don Guillermo, le decía: "Duerme tranquilo, ¡Tu labor fue buena". Y sí, es cierto. Con toda esa habilidad de Prieto para ser terrible persona y venenoso escribidor, fue un hombre bueno.

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3 Responses to “Huellas del Día de muertos: junto a las tumbas de los ilustres”


  1. 1 Noé Castro Merrifield
    marzo 5, 2013 en 4:30 am

    Saludos Soy Noé Castro Merrifield, hijo de Ellen Elvira Le leí el artículo y le dieron mucho gusto sus palabras

  2. marzo 12, 2013 en 11:35 pm

    Mtra. Hernández:

    Como siempre es un gusto leer sus artículos, quisiera hacerle algunas preguntas y comentarios (seguramente dejando muchos de lados porque me consta, de alguna vez que le oí en San Fernando, su conversación es exquisita).

    Me llamó la atención el libro de epitafios que menciona, ¿dónde podría yo acercarme a él? ¿Existe ese libro u otros similares en alguna biblioteca o archivo? Lo digo porque soy, o me considero, un amante de los cementerios antiguos (en muchos de los cuales no me han dejado entrar como en el Panteón Francés o el de La Villa), de ahí que me gusta mucho oír e investigar acerca de cementerios hoy desaparecidos como Santa Paula y que considero debieron haber sido conservados por la importancia que tuvieron. De él me queda el episodio en el que durante sus paseos por el sitio, Prieto y Ramírez encuentran a Luis Jecker.

    Igual de interesante me es el asunto de los epitafios, supongo para usted también, por ejemplo de la gente común (mas no corriente…dado que enterraron a sus deudos en San Fernando). Mi favorito es aquel que dice: “Aquí duerme Miguel Badillo Bernardi. Mi querido hijo, hablad bajo…no le despertéis.”

    Desconocía que la Ibero posee aquellas piezas relativas a Prieto, ¿uno puede ir así como Pedro por su casa y tener acceso, o qué se necesita?

    También me llama la atención, y esto ya no tiene que ver con este artículo, la opinión que tenga sobre Ignacio Ramírez. Pues en mi tesis estoy analizando el pensamiento educativo del Nigromante a través de su periodismo y me topé con una serie de comentarios entre Emilio Arellano (a quien ya he tenido la oportunidad de entrevistar) y usted…no sé si le ha dedicado algún artículo específicamente a Ramírez.

    Sin nada más que se me ocurra preguntarle, le felicito de nuevo por su estilo tan entretenido y pulcro; me mantengo al pendiente de los eventos en los que participe (vi que recién presentó un libro en Chapultepec) para saludarle. Me reitero servidor suyo.

    Eduardo Suárez
    odraude.sg@gmail.com

    • 3 Bertha Hernández
      marzo 16, 2013 en 3:22 am

      Estimado don Eduardo: muchas gracias por sus amables comentarios. Celebro que le gusten los textos de este Reino. Como el Destripador, por partes, respondo a sus inquietudes.
      El librito existe. Está, me cuentan, en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Un amigo mío, por influencias que desconozco, consiguió una copia de la cual me regaló una copia.Por eso llegó a mis manos. Tal vez en la biblioteca del Centro Carso haya. En el Fondo Reservado es una bronca entrar, le piden a uno mil credenciales académicas.
      En cambio hay varias publicaciones modernas que se consiguen y que seguramente le gustarán. Luis Reed hizo hace como 10 años un librito sobre el Panteón del Tepeyac. El INAH sacó, el año pasado, un muy buen libro sobre la restauración del panteón de Dolores con muchos datos históricos de los cementerios de la ciudad de México. Del INAH también hay un número del año pasado o antepasado del Boletín de Monumentos Históricos sobre la cultura funeraria del siglo XIX. Todo eso se consigue en las librerías del propio INAH, para no errarle.
      En cuanto a la biblioteca de la UIA, me dijo en alguna ocasión mi querida amiga, la historiadora Lupita Jiménez Codinach que se puede ir y consultar. Ella fue la que me contó de dónde había salido la máscara funeraria del querido don Guillermo. Por las dudas, le aconsejo que eche una llamadita primero, no vaya a ser que ahora pidan algún requisito.
      Sobre el Nigromante: me parece un gran personaje, con una muy notable solidez ideológica que no tenía, por ejemplo, don Guillermo -yo creo que se hizo liberal casi por inercia y a ratos, más que puro, sonaba bastante moderado- . Esa solidez ideológica se la heredaría el Nigromante a su hijo intelectual, don Nacho Altamirano.
      Sin embargo, no me gusta el libro del abogado Arellano, que presume de contener las “memorias secretas” de don Ignacio Ramírez. Si lee uno el libro con atención, se encuentra uno conque recupera varios documentos del archivo del Nigromante que constitiuye un loable rescate histórico, pero el cuerpo del libro muestra cómo no basta con un documento para poder desentrañar el pasado.
      El problema con esas “memorias familiares”, en general, es que carecen de la revisión y actitud críticas con las que es preciso acercarse a las fuentes. Una memoria familiar, las versiones que se contaron de generación a generación son, como producto humano, parciales, imperfectas y subjetivas. Por eso es preciso ser cuidadosos antes de comprarles el boleto.
      Varias cosas no me gustan de ese libro: primero, la pretensión de sustituir el mito juarista por el mito del Nigromante. Si hacemos caso al texto, Ramírez hizo e ideó TODO el trabajo de la Reforma, cosa improbable. Si una generación hubo, uniforme en iniciativa, capacidad polémica e inventiva, fue la de la Reforma. En el libro de Arellano, el otro gran ideólogo, Ocampo, no está presente. Está bien la revisión de las interpretaciones del pasado, pero no con el ánimo de sacar a unos para poner a otros como estrellas del acontecimiento.
      Segundo: Hace falta más que un dicho familiar para documentar la existencia de un fenómeno o acontecimiento o producto cultural del pasado. Eso ocurre cuando Arellano sale con la embajada de que Ramírez es el inventor del libro de texto gratuito, porque, a instancias del Nigromante, un gobernador, del que no sabemos nombre, crea un cuadernito o librito, del que no conocemos características ni contenidos y manera en que se distribuyó, ni durante cuánto tiempo o años se distribuyó, pero que, eso sí, era gratuito.
      Este ejemplo concretísimo, que bordea los temas que yo trabajo y que llevo mucho tiempo estudiando sirve mucho para mostrar que no basta un pariente ilustre para querer escribir sobre el pasado. El libro de texto gratuito es la materialidad de una política pública, no una puntada del sistema presidencialista. Lo demuestra su permanencia, su evolución y su resistencia a los avatares de la transición democrática. Si no están presentes esos elementos, como no están en el caso del librito inspirado por el Nigromante, no es “libro de texto gratuito”. Esa clase de interpretaciones fallidas son muy usuales entre quienes, sin mucha preparación conceptual, acometen el estudio del pasado. Creen encontrar en el pasado objetos, sucesos o procesos “iguales” a los que conocemos en el presente. Pero el presente es el presente y el pasado es el pasado.
      Otro ejemplo es cómo en estas “memorias secretas”, Arellano repite el chisme histórico, que es solamente chisme y nada más que chisme, del hurto de los restos de Morelos por su hijo Juan Nepomuceno Almonte. A estas alturas de la vida, creo que el rollo de la tropelía de Almonte puede ser un invento liberal muy malintencionado que sobrevivió como leyenda urbana durante la segunda mitad del siglo XIX hasta 1925, cuando Jacobo Dalevuelta lo convirtió en noticia (inventada) de ocho columnas. Hoy, en 2013, sabemos que los restos de los caudillos insurgentes fueron objeto de una abigarrada revoltura desde 1823, de modo que Almonte no se pudo haber robado nada por la sencilla razón de que no habría tenido modo de saber cuáles eran los restos de su papacito. Muchos hemos aportado, en el pasado reciente, bastantes pruebas al respecto.
      Y, no obstante, Arellano repite la historia que debe formar parte de docenas de chismes a estas alturas ya históricos, que han circulado en su familia durante siglo y medio. Pero cuidado, antigüedad no garantiza veracidad.
      Muchas de las cositas que contiene el libro en cuestión resultan, para mi gusto y criterios de investigadora, endebles. Solamente transmiten una tradición familiar que no necesariamente corresponde a los hechos que sí podemos probar. Aparte, creo que no es un libro bien escrito, pero lo fundamental es el enfoque con el cual Arellano se acerca a su memoria familiar. Ese tipo de recuerdos, usualmente, no son la neta, y sí, en cambio, nos muestras los humanos claroscuros y las humanísimas contradicciones de los personajes en cuestión. Solamente conociendo los corpus documentales que son información pública -por ejemplo los seis tomos de obra del Nigromante, compilados por Boris Rosen- y cruzándolos con los corpus documentales de otros personajes -Prieto, Zarco, Altamirano- y los documentos de la Reforma, además de la abundantísima prensa que produjeron estos hombres, encontramos muchas cosas más sólidas.
      No me he aplicado a escribir algo sobre el Nigromante, pero uno de estos días lo invocaremos, mi estimado Eduardo. Veremos qué nos cuenta. Un saludo afectuoso.


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