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Nov
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Historias centenarias 3: las pequeñas alegrías o el Monumento a la Revolución.

A veces, es tan, pero tan fácil hacer feliz a la gente por un rato, que cuesta trabajo entender por qué la inventiva y la generosidad humanas no propician, más a menudo las ocasiones de contento que siempre sientan bien a la sensibilidad humana. Ha de ser porque ni la generosidad ni la inventiva abundan. De hecho, son dos virtudes que escasean bastante, y esta carencia es más que notoria en ciertos ámbitos de la vida pública. Y por eso, las pequeñas alegrías, las ocasiones de contento, se aprecian más cuando aparecen.

En los tiempos que corren, es más frecuente que estos pequeños regalos de la vida surjan del impulso espontáneo de la gente, que hace suyos los espacios, que rechaza y dedica rechiflas a las tonadillas efímeras y a las letras huecas, que se aburre cuando le recetan hora y media de una muy mala lección de historia o le salen con babosadas como eso de que, en una “historia mítica”, Hidalgo y sus huestes insurgentes, al mismo tiempo que salían por piernas de Guadalajara, despedazados y dispersos en la batalla de Puente de Calderón, se daban tiempo para andar enterrando gigantes. Pero de eso hablamos luego.

Este fin de semana, cuando los periódicos hicieron pinole al gobierno federal porque, afirman, el festejo por el Centenario de la Revolución “resultó deslucido”; cuando otros aspiraban a ver, como me decía un amigo columnista, “el gran espectáculo” con el que las fiestas de este Centenario se equipararían con los 600 millones de pesos gastados en septiembre para la gran noche del Bicentenario, resulta que no ha habido mucha manera de tener contentos a todos. Todos leemos, escuchamos, escribimos hablamos, pataleamos y nos quejamos, y pareciera que todo mundo tiene una idea tan peculiar de cómo ha de conmemorarse uno de los momentos fundacionales del país que ni funcionarios estatales o federales le han atinado ciento por ciento.

A unos, no les gusta el “show”, a otros no nos gustan algunos de los contenidos; a otros les indigna lo que costó toda la centenaria pachanga, otros más reclaman que a su héroe local no se le dio toda la gloria que merecía y denuncian torvos complots en contra de próceres que de alguna manera andan como en segunda fila, gracias a los malos oficios de gente malintencionada a sueldo de tal o cual prócer que pareciera mejor rankeado. En otras regiones, los pleitos que hace un siglo distanciaban a los distintos contingentes revolucionarios, se reavivaron y de una ventana a otra se acusan de no estar trabajando parejo para la gloria histórica del estado, sino nomás para los del norte norte, o solo para los del desierto o solo para los del paraíso en el desierto. En fin, que las pataletas, las inconformidades y los disgustos subieron de punto en los últimos días. En descargo de todos los interesados hay que decir que, en este Centenario, a ratos, el ambiente, la agenda pública, los dimes y diretes de la opinión ilustrada parecieron dar cuenta, por unos días, de un clima donde la idea de conmemoración estaba en todas partes.

Entre tanto fandango, un rescate interesante es el de la plaza de la República,  remozada, pintada, restaurada y LIMPIA.  Les puedo hablar de , por lo menos, tres eventos con asistencia presidencial, efectuados en el pasado reciente en la plaza de marras, donde los distiguidos invitados, desde premios Nobel hasta intelectuales del sur de la ciudad cruzaban, rumbo a sus asientos, por una plaza que apestaba a orines, a la que , a punta de manguerazos dejaban medio presentable en el trocito que se requería para la ceremonia. Ojalá que dure limpia, iluminada y arreglada, como la vieron los chilangos desde el sábado pasado, cuando el gobierno del DF la reinauguró -estamos condenados a no inaugurar gran cosa en este año-  con la remozada del Museo Nacional de la Revolución, la restauración del monumento y del mirador.

Como la justicia es importante, debo admitir que cuando me enteré de la remozada, me dio gusto; hasta disentí de mi querido don Pepe Fonseca, que está indignado por la “intervención” que le hicieron al Monumento a la Revolución (otro cascarón reciclado, por cierto) para encajarle un elevador. Yo no le veía nada de malo a lo del elevador, pensando en la necesidad de mejorar la vida cotidiana de la plaza, a la que le urgía que la adecentaran en todos sentidos. Y la verdad es que, ahora que me he hecho presente en el sitio, no lo creía: el elevador, colocado EN EL CENTRO del arco que traza el monumento, es un horror. No el elevador en sí mismo, que es moderno y bonito, sino la puntada de colocarlo ahí, en el centro, poniéndole en la torre, por donde se le vea, a esta idea de arco triunfal que planteó el arquitecto Obregón Santacilia (descendiente de Benito Juárez, por cierto) cuando los mexicanos de los años posrevolucionarios tempranos, es decir, del gobierno de Lázaro Cárdenas decidieron aprovechar lo que quedaba del fallido Palacio Legislativo, cuya primera piedra (de esas, tan incómodas) puso don Porfirio, hace este año un ciento.

No queda mal la plaza, a pesar de que el elevador es una agresión mental y arquitectónica.

¿Nadie pensó que, ya puestos a instalar el elevador, bien podría estar adosado a una de las patas del monumento? Digo, por feo que se viese el parche, el resultado no sería tan lamentable como esto de ver, como una cuña posmoderna, el elevador, enrareciendo las líneas déco del monumento. No quiero decir, con esto, que el monumento a la Revolución fuera una joya del art déco mexicano, ni una obra, como está de moda decir ahora, “bellísima” (ug), pero si existieran entre los monumentos e inmuebles históricos algo así como los derechos humanos, aquí urgía una denuncia superlativa. Se ve raro, se ve no-bonito.

A cambio hay en el lugar una muy buena iluminación, que haga la plaza transitable por las noches, y evite que los ilustres muertos (que, por favorcito, no los vayan a sacar a pasear) se pongan a pelearse a gritos por las noches. En el terreno del delirio y la fantasía de inspiración histórica, las noches en la Plaza de la República deben ser más divertidas que en el Panteón de San Fernando: los diálogos entre Calles y Cárdenas, ahora que todo es pasado, pueden ser aleccionadores. Una conversación entre dos espiritistas: Madero y Calles, puede proporcionar horas de sano esparcimiento a Villa, Carranza y Cárdenas. Los coahuilenses gastarán las madrugadas en decirse sus verdades, el duranguense se pitorreará de ellos y se pondrá del lado de don Panchito, y, si tienen ganas de bronca, volverán a sumirse en la discusión acerca de quién tuvo que ver con la muerte de quién. Seguro que cuando el tono de la discusión sube, el ambiente en la Plaza debe ser muy denso. Es posible que la afluencia de multitudes y la intensa iluminación los vuelva curiosos y hallen nuevos temas de conversación nocturna.

Paseo y cine al aire libre, un gesto amable que pocas veces la gente tiene ánimo y tiempo de disfrutar

La otra cosa buena de esta plaza renovada es LA FUENTE, que es aplaudida por multitudes. Es uno de estos mecanismos que se conoce como “fuente seca”, hundida en el piso -buen recurso para evitar nadadores espontáneos y perros emocionados (a todo perro que se respete, las fuentes de los parques son una tentación ineludible), que se integra con un conjunto de chorros que brotan del suelo. La fuente en cuestión, como esas chucherías tecnológicas del siglo XXI (Luis XIV se moriría de envidia con una de estas) puede programarse y diseñar secuencias de los chorros de agua, que a ratos caen con un seco y rudo estruendo. De repente se vuelven aspersores, y en un tercer momento los chorros saltan de aquí para allá.

Altos, bajos, tricolores, monocolores, los chorros de agua hacen una pequeña fiesta doméstica

Esta fuente se ha convertido en un auténtico éxito: la vocación de los chilangos por armar pequeños espectáculos colectivos a la menor oportunidad ha vuelto a aflorar: Pasé por el sitio con luz de día: se veían los chorros de agua a lo lejos, y la gente paradita, rodeando el cuadrado que es el nuevo artefacto de la plaza. Por la noche, cuando volví, la fiesta era completa: la gente disfruta cruzar corriendo entre los chorros de agua. Así de simple, así de sencillo, así de divertido. Quizá este sea el mejor regalo del Centenario para la gente: un buen juguete, a falta de la divulgación de la historia, de calidad, a nivel masivo.

No hay más secreto ni complejidad: simplemente, cruzar entre los chorros de agua, que en momentos distintos cambian de densidad.

De más está decir que la gente que acomete la empresa -que parece ser entretenidísima- acaba empapada, chorreante, ensopada… y feliz.

Chilangos y visitantes de variado pelo y pluma corretean entre los chorros de agua. Solo hace falta rapidez, pisar con seguridad y no llevar zapatos que resbalen. Y tiempo para quitarse de la cara, de vez, en cuando, el agua.

La gente se toma fotos con los celulares, regresa de una incursión para tomar aliento; otros dudan en arriesgarse, hasta que la tentación les gana. La verdad, se me hace mejor recuerdo del año de los Centenarios que algunas otras cosas que diversas instancias han querido presumir con éxito desigual.

La duda se acaba, y la carrera empieza. Desde luego, se trata de ir y volver. Si no, ¿qué chiste tendría la empapada?

Es una de esas buenas ocasiones de contento chilangas; la gente está allí en orden, nadie hace trapacerías ni vandalismo; hay familias, grupos de chamacos, novios, escuincles por carretadas. Es cierto que, de vez en cuando alguno pierde el piso y se acomoda un buen batacazo, pero en la vida hay que correr riesgos. Muchas veces, la recompensa vale la pena.

Las opciones son amplias: ¿con qué ritmo deseas empaparte? ¿chorritos como los de Cri-Crí? ¿Aspersores mañosos como los de Ciudad Universitaria?

Ojalá que dure y dure bien. El mantenimiento de la plaza y del escalofriante elevador -que puesto en otro lado haría muy bonita vista-, mas la renovación del museo, harían pensar que hay un espacio recuperado de a deveras -no como las verbenas que el perredismo ha montado en otras ocasiones- para la gente. A lo mejor, mientras se secan, se dan una vuelta por el monumento, y ojalá que haya una pantalla o un folleto que hable de la historia de la chacharota, de los personajes que duermen, no tan tranquilamente, el sueño de la muerte en sus columna. A lo mejor, antes de lanzarse a los chorros, se les ocurre asomarse al museo. A lo mejor esto es una cosa buenísima, más de lo que parece. A lo mejor.

Esto es un galobo que responde al nombre de Miguel Ángel, absolutamente pasado por agua, y absolutamente feliz.

No había visto en un rato,  una fuente exitosa, con este uso “ciudadano”, le qurrá decir alguien, en la ciudad de México. Pero ahora ya no tendremos que envidiar la fenomenal fuente del Museo del Desierto, allá en Saltillo, donde la tienda tiene en la entrada un letrero que dice “favor de no entrar mojado”, porque a veinte metros hay una pequeña pérgola, donde uno se sienta a disfrutar el sol de Coahuila y donde, cada 15 minutos, un aspersor convierte el sitio en una “fuente invertida”, porque recrea la intensidad de una tormenta en el desierto del norte mexicano. A la gente le encanta, y a los chamacos de allá, aún más; en tiempo de calorcito, aguardan el chaparrón, y luego, felices de la vida, caminan a su autobús escolar. La verdad es que en Saltillo, cuando llegan al transporte ya van medio secos. Y nosotros ahora tenemos plaza limpia, museo replanteado, luces sobre el monumento y un espantoso hueco para el elevador.  Que dure, nada más.


2 Responses to “Historias centenarias 3: las pequeñas alegrías o el Monumento a la Revolución.”


  1. octubre 28, 2012 a las 8:11 pm

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  2. 2 Bertha Hernández
    octubre 30, 2012 a las 12:16 am

    Thanks!!🙂


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