28
Dic
10

Los últimos tragos musicales del año de los centenarios (y aún hay más)

Espero que dentro de muy poco, los historiadores, los periodistas y algunos seres pensantes que anden por aquí dejemos el recuento de anécdotas, y comencemos a mirar con otros ojos las puntadas, dichos, osos, desastres y pachangas del año de los centenarios. Los que hayan de ocuparse de las auditorías y pedir las explicaciones pertinentes a por qué ciertos aspectos de las actividades conmemorativas, en particular las vinculadas a la idea de “lo oficial” y/o lo “gubermanental”, aún tienen un fuerte olor a inmenso desmadre pintado de verde, blanco y rojo, tendrán que hacer acopio de papelitos, testimonios y explicaciones que vayan ustedes a saber qué tan sólidas resulten, pero para eso, amigos míos, sólo nos queda arrimarnos una silla, acomodarnos para ver el numerito y poner en el microondas las palomitas (de sabor limón, plis), porque el espectáculo va a ser fenómenal. Seguro que vamos a leer declaraciones dignas de aparecer en la revista Frenia.

Entonces, con esas maravillas que hoy permite hacer la multidisciplina o la pluridisciplina -asunto que a veces se me hace que los historiadores acaban de descubrir- podrán desarrollarse interesantes análisis acerca de los discursos conmemorativos que labramos durante este año; qué quisimos decir, qué logramos, en qué nos tropezamos y en qué hicimos el ridículo. No faltará el bloguero o su versión correspondiente del siglo XXII que, al leer nuestras andanzas y pleitos opine, con palabras nacidas del corazón: “Bueno, ¿¿qué se metían estos??”

Esa es la segunda parte del “ejercicio de reflexión” por el que muchos se la pasaron chillando y pataleando buena parte del año, y que seguramente va a arrojar algunos resultados llamativos, por decir lo menos. Por lo pronto, aún con las manos llenas de barra tricolor y con camiseta bicentenaria, pareciera que aún no se nos pasa la impresión (o el susto). Pero el embate del “México Real” (que no les cuenten: esa expresión la inventó don Pepe Fonseca; no fue ni Pepe Cárdenas ni el querido Joaquín López Dóriga, mucho menos Ciro Gómez Leyva;) es fuerte y apabullante. Una rápida ojeada a los periódicos y a los noticieros del día muestran que la realidad es perra y que la huella de las celebraciones-conmemoraciones-festejos-pachangas del Bicentenario y el Centenario empieza a desdibujarse demasiado pronto, abrumada por los secuestros de migrantes, por los asesinatos impunes de mujeres que lo único que deseaban era justicia para una adolescente muerta, por las calles incendiadas en San Martín Texmelucan. Bastantes cosas importantes de verdad, como para que resulte explicable por qué se nos pasó inadvertido el destino final del canijo perro que se estaba descongelando en Guadalajara dizque como conmemoración del Centenario de la Revolución y en qué acabó la reunión entre la escuincla gigante y su tío el gigante que dizque enterró Hidalgo (juar, juar), antes de pelarse de Guadalajara, entre el humo y el desastre de Puente de Calderón. El numerito, nos dicen, fue admirado por tres millones de cristianos, entre los cuales NO nos contamos (ni nos contaron) los chilangos, los michoacanos, los veracruzanos y, en general, nadie que no estuviera en Guadalajara. Padrísima estrategia para algo que quería ser un festejo nacional. La neta es que nos tenían con un pendiente…

La semana pasada se acabaron en la ciudad de México las presuntas actividades conmemorativas de 2010, con el asunto de la megapantallota que, OTRA VEZ, intentaba narrar la historia nacional en formato multimedia, allá en la ex Refinería que, a lo mejor un día, toda la gente conocerá como Parque Bicentenario. Como ya lo vi una vez, no me ocupé demasiado del tema, y menos para ver a cierto cantante de ranchero que, posiblemente a causa de su amistad con el señor que trabaja de presidente en este país, acaba el numerito en la megapantalla cantando (otra vez, carajo, no se saben una canción diferente) “México Lindo y Querido”.

Pero, poco a poco, recuperamos los rastros de la travesía. Folletos, imágenes, videos, curiosidades, chácharas en el sentido más simple del término; desde las moneditas hasta la vajilla Bicentenario, desde la pluma cara hasta el tequila, del vino con historia -de Dolores o de Coahuila- Música de ayer y de hoy; la que sobrevive, la que dentro de tres meses será carne de rebaja, la desechable, la perfectamente olvidable (shalalalalaaaaaa). Por lo pronto, documentamos nuestra vena arquelógica (del saber) con las docenas de chácharas que con la etiqueta bicentenaria y/o centenaria aún circula por estas calles de Dios.

Esta vez me  he encontrado con una curiosidad discográfica que tiene por nombre Bicentenario. Voces celebrando a México, que se debe a la persistencia del compositor Rubén Zepeda, que, según me entero, sacó este disquito a fines de noviembre de este año, donde participan muchas estrellitas del pop mexicano cuyos estilos y tesituras embonan con los modos mercadotécnicos de la industria musical del momento. Y digo que es un asunto de persistencia porque eso es lo que tuvo el señor Zepeda para sacar su disco, con el sello Fonovisa, después de que la Coordinación Ejecutiva de las Conmemoraciones de 2010 (el carguito es más largo, pero me da flojera escribirlo todo… para lo que resultó…) del gobierno federal le dio cuerda al pobre hombre durante semanas y meses para luego mandarlo derechito a la goma y dejarlo como novia de pueblo… y eso no es ningún secreto de Estado ni un gesto de alta traición. De esto se enteró todo Dios y perro y gato que tuvieron ocasión. Para paliar un poco el ninguneo, ha de agregarse  que Zepeda no fue el único; el mismo modito recibió hasta el mismísimo director del Conservatorio Nacional, de manera que de esto se desprende una máxima importante: la patanería es completamente equitativa e iguala a los hombres que la sufren.

Lo cierto es que, a lo largo del año he conseguido algunos discos que deben su existencia a las conmemoraciones de este año: desde la reedición de las canciones de la independencia hecho por la UNAM (donde los muy fodongos metieron en un solo track TODO el disco editado hace 25 años), hasta el BiMéxico donde Kinky se anota una sorprendente versión de “Sombras”, pasando por el soundtrack maravilloso de “Hidalgo, la Historia jamás Contada” o el razonablemente bueno soundtrack de la película animada “Héroes Verdaderos”, que se debe, en su mayor proporción, a mi buen amigo Renato Vizuet.

Zepeda partió de un concepto: los setenta y tres mil amaneceres que el señor asegura -y habré de creerle, porque no voy a ponerme a contarlos- han transcurrido -o habían transcurrido hasta el 16 de septiembre de este año- desde que Miguel Hidalgo hizo pinole el orden virreinal. Esa pieza, Mi casa está de fiesta la convirtió en una buena piececita de pop cantada por lo que queda de Garibaldi. Quizá fue mejor que el temita no se volviera la canción oficial del Bicentenario, habida cuenta como han ido las cosas, aunque esta tonadita es bastante más pasable que la horrorosa “El Futuro es Milenario” de Syntek y López.

El disco deja una enseñanza: la fe en la patria y las muchas ganas no bastan para hacer concordar el conocimiento del pasado con el producto mediático. Más de cuatro canciones le pondrían los pelos de punta a cualquier historiador. Pero eso forma parte del mea culpa que debemos hacer. En el fondo, esto es culpa de los historiadores profesionales, clavados en sus tareas académicas sin tomarse la molestia de mirar hacia los inocentes y bienintencionados compositores como Zepeda y hacerle algún comentario de buena fe. Digo, nomás por evitar futuros derrames de bilis.

Hay una canción dedicada a la Virgen de Guadalupe que canta Guadalupe Pineda. El estribillo dice, refiriéndose a la guadalupana: “Mujer bonita, voz de huapango, México entero te canta un son. Con Sor Juana, Josefa y Adelita (órale) entregaron su vida con el corazón (????)” De veras, así dice.

Otra tonada responde al nombre de  Te Amamos México (así, sin comas), y agárrense, la canción asegura que  “Y Pedro Infante aún canta Amorcito Corazón”. El tema es interpretado por un señor conocido como “Lupe”, objeto de los odios más profundos del siquiatra Ernesto Lammoglia -y cuando uno oye como canta el señor, queda clarísimo el origen de tan perra y seria enemistad.   “Estamos celebrando 200 años de paz y lo celebramos bailando vestidos de libertad” (ah, chihuahua). No me queda claro quién escribe la canción, pero ni el autor ni Lupe saben que en 200 años hemos aguantado unas cuantas guerras civiles, docenas de asonadas y pronunciamientos y un par de invasiones extranjeras. Ojalá Lammoglia no oiga la canción. Le daría algo muy feo y sus instintos homicidas, direccionados a la persona de Lupe, podrían dar lugar a un feo hecho de sangre.

Lo que es sorprendente, tanto que no indigna, sino que asombra y hasta maravilla -en el antiguo sentido del prodigio- el alegre desprecio que compositores, productores, impresores e intérpretes, Fonovisa incluida, tienen por el idioma español… bueno, eso, a estas alturas, como que ya deja de ser significativo, en vista de lo manga ancha que se ha vuelto la Real Academia Española de la Lengua y sus latinoamericanos compinches. Lupe berrea “México tiamamos Méxicoooo”, los gerundios saltan como conejitos en película de Wallace y Gromit… desde el título: “Voces celebrando a México”.

Hay una canción interesante de un señor que se llama Carlos Cuevas (en esta entrada, me doy cuenta, muestro y exhibo cuán amplia es mi ignorancia en materia de música popular mexicana del siglo XXI), escrita por el que fue el excelente vocalista de Elefante, Reyli Barba. Es evidente que Reyli tiene más ideas de qué escribir y cómo escribir que Rubén Zepeda, y la pieza, alusiva a Emiliano Zapata, es una de las dos que no tienen origen en el mismo inocente impulso patriótico de las demás. Nada mala, esta canción que se llama Tierra y Libertad tiene una o dos frases memorables: “No lucho para tener más, ni lucho pa’ que me quieran”. Resulta un serio retrato de las emociones que pudieron mover a Zapata. Reyli, nada tonto, no se mete con la Historia con mayúsculas. Reflexión literaria, invención de emociones. Esta sí vale la pena de escucharse.

Pero hay otras curiosidades, como el Reggaeton del Bicentenario (¿cómo les quedó el ojo?), que recupera algunas frases de la canción principal, y pergeña algunas joyas poéticas: “Bicentenario, todo mundo listo con su calendario/… le digo a un amigo que tengo que se llama Mario,¿Ya te enteraste del aniversario? ” son personajes de esta canción desde María Victoria hasta los tenis piratas de Tepito y la influenza.

Y para los que reclaman la reflexión bicentenaria, la Banda del Recodo se anota un diez: la canción que interpretan ¿Que haz (sic, resic y recontrasic, lo juro, así viene impreso) hecho con la libertad?, lleno de frases edificantes. ¿Querían análisis? vean nomás: “Valóralo, siéntelo, cuídalo. Haz algo grande por tu país. Respétalo, trabájalo vívelo… que México va a ser mejor sólo si tú eres mejor”  El asunto sigue en profundidad y enjundia: “Y tú, y tú, y tú, ¿Que has hecho con la  libertad? Échense ese trompo a la uña.

Este muchacho que no sabe un cuerno de historia, Cristian Castro, y que tiene la serenidad de ánimo como para referirse a Sor Juana Inés de la Cruz como “esta chica… De la Cruz” canta “Aquí estoy, soy pasado y presente… ´por la libertad es mi celebración… linaje de bronce que dios creó “. Evidentemente, ni Cristian ni el autor de la canción saben que a los historiadores mexicanos la palabra “bronce” les suele causar una peculiar alergia (de hecho, les saca ronchas), pero eso les importa un rábano.  Otros, como una señora que se llama Alicia Villarreal trae bronca con la Inquisición, y lo enuncia en su canción 70 veces 7, que, al parecer, se debe a su propia inspiración: “Cuando el mexicano se siente ofendido, han manchado con sangre su bandera y su honor, se unen al grito “¡Viva Mexico!” defendemos lo nuestro y peleamos con valor” Después de esta arenga, la dama agrega: “Voy a contar la historia de  lo que se vivió hace muchos años en mi querida patria: Llegaron en un barco. Hace muchos años traian consigo castigo y maldad/Se llevaron el oro, se llevaron la plata /pero el abuso a mi pueblo, eso no se olvidará/ Malditos, malditos, los de la Inquisición,/ Lo oscuro de la iglesia y su religión /Malditos, malditos los de la Inquisición /Setenta veces siete pagará su generación“. Esta canción me deja patidifusa. De haber sabido que el origen de todos los males nacionales era la condenada Inquisición, el arreglo habría sido más sencillo. Estas son las ocasiones en que tanta valentía me apantalla. No cualquiera se avienta esos juicios históricos con esa presencia de ánimo.

La cereza en el pastel, es la canción interpretada por Emmanuel “Héroes Verdaderos”, de la película del mismo nombre. A mí, al principio no me gustaba, hay detallitos de la letra que están forzados, pero ahora debo decir que me agrada bastante, aunque la canción de Hidalgo -véase el soundtrack de “Héroes verdaderos” me gusta muchisimo más. La verdad es que el disquito da para varias horas de sana diversión, sea que lo adquieran porque son fans de Lupe, porque odian a la Inquisición o porque tienen un amigo que se llama Mario que nunca se enteró de eso del Bicentenario, o simplemente, porque es otra huella de la memoria de estos días, que vale la pena escuchar. Cada generación produce sus emociones musicales. No todo es “Ópera Prima. las Voces del Bicentenario”, y debemos dar gracias, al destino o a la Providencia porque así sea. Eso es, precisamente, la independencia.

¿Que demuestra un disco como este? Lo que hace algunas semanas me decía, en entrevista, Javier Garciadiego, historiador y presidente de El Colegio de México, que la gente que habita este país puede decir que le apasiona la historia de México, y hasta decir que sabe historia y, al mismo tiempo, no tener la más peregrina idea de muchos temas, sucesos y personajes del pasado nacional. Pero la buena fe, las buenas intenciones, ahí están; con la gana de ver películas, cantar canciones, y contra eso, nada pueden las advertencias sesudas de los historiadores, nada valen los repeles de los que ven estas canciones como “basura televisa”, como escuché al alguien comentar de la canción de Zepeda. Somos más que Ópera Prima, afortunadamente. No solamente somos el Reggaeton del Bicentenario, pero también somos el Reggaeton del Bicentenario. Finalmente resulta un disco recomendable: por memorabilia, por un par de canciones muy buenas, por la curiosidad, porque, finalmente, ¿por qué no podía haber una canción del Bicentenario a ritmo de pasito duranguense? El México real, simplemente.


2 Responses to “Los últimos tragos musicales del año de los centenarios (y aún hay más)”


  1. 1 Gabriel J. García
    diciembre 28, 2010 a las 8:14 pm

    Para muchos profetas el 2010 era un momento para lanzarse a una revuelta, revolución o independencia (así con minúsculas) y continuar la tradición centenaria de la las luchas de 1810 y 1910. Por otra parte las expectivas de una verdadera y gran celebración quedo solo en eso un mero proyecto donde hubo más sombra que luz, como fue el caso del tema musical, que después fue negado, del himno compuesto por Alex Syntek, el mal recordado coloso, los desfiles y la falta de un verdera y original sentir popular de celebración.

    La verdad es que aquellos que les toque estudiar esta fecha se sentirán un amargo sabor de boca, como dirían mucho ruido y pocas nueces.

    Las películas y la música nos dejaron algunas menciones un poco más destacables que otras manifestaciones artísticas pero eso es otro cantar.

    Saludos y Feliz Año 2011

    • 2 Bertha Hernández
      diciembre 29, 2010 a las 2:20 am

      Ah, mi querido Gabriel. Aún faltan muchas páginas qué escribir sonbre el tema, y ojalá los historiadores académicos le entraran a la brevedad, olvidándose del prurito aquel de la distancia con respecto a los hechos. Para eso sirve, creo, la multidisciplina. No podría ser de otra manera en estos días, donde los diferentes campos del conocimiento se han configurado de manera distinta. Ya ni siquiera es un problema de hacer o no ciencia. Por eso aún queda algo qué celebrar: salir con vida del año de los centenarios. Un gran abrazo.
      Bertha.


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