03
Mar
11

Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 1

Estos días recientes, por peculiares azares y obsesiones, han traido a la mesa de este Reino, libros, materiales, detalles que me llevan a darle vueltas a los asuntos de la memoria, del recuerdo, del olvido. Memorias del pasado y del presente, huellas de eso que llamamos “pasado inmediato”, los mecanismos del recuerdo, las obsesiones que nos permiten mantener vivos algunos recuerdos, unos emocionados y vitales, otros oscuros y atormentados. Los recuerdos. E, inevitablemente, su antídoto, el olvido, que a veces cura; el olvido que cae en las horas de inquietud para hacerlas menos duras, para aplacar la ira, para paliar el dolor, para limar las cicatrices que la vida nos deja, poco a poco.  

Los vértigos de los últimos días hicieron que, por poco, se me pasara el aniversario, el pasado 13 de febrero, de la muerte, ocurrida en 1893, en una villa italiana, de don Ignacio Manuel Altamirano. Era febrero, y era San Remo. A instancias de Joaquín Casasús, casado con Catalina Guillén-Altamirano, amadísima hija adoptiva de don Nacho, la familia se había trasladado a una de estas fincas con jardines donde “pasar el invierno”, una expresión que hoy se antoja un tanto pasada de moda, era una realidad persistente. Si acá, en la ciudad de México, las familias pudientes se iban a pasar el verano a sus casas de campo en… Tacubaya… o en San Ángel…

 A Joaquín Casasús se le había partido el corazón al llegar a San Remo y encontrar a Altamirano, a su esposa Margarita y a su hijo adoptivo, Aurelio, en un alojamiento que se conocía como la Pensión Suiza. El que en esos días de 1893 era un joven. próspero y ya influyente abogado, opinó que la dichosa pensión estaba ahogando a su suegro y maestro. “El, acostumbrado a vivir al aire libre, a respirar el de las montañas del sur, a llevar una vida siempre activa…”. Resulta peculiar la reconstrucción de los recuerdos que, en 1906, hacía Casasús: Altamirano no pisaba su tierra, Tixtla, desde 1867,  cuando se dio memorable agarrón con don Diego, hijo de Juan Álvarez, antiguo insurgente y cacique -las cosas, por su nombre- del estado de Guerrero. En sus años de formación, Altamirano había crecido al amparo y protección política de don Juan, y le tenía una lealtad a toda prueba al “Viejo León”, como solía llamarle al insurgente, un anciano en los días de la Intervención, y a cuyos oficios y grillas se debía la existencia del estado de Guerrro.  En cuanto al hijo, la tonada era muy diferente. Sencillamente, no se soportaba con Nacho Altamirano. En aquellos agitados días de la guerra de Intervención y los prolegómenos del sitio de Querétaro, Altamirano criticaba la falta de decisión de Diego Álvarez y lo acusaba de no poner demasiado, digamos empeño, arrojo y/o iniciativa en eso de unirse al resto de las fuerzas republicanas que se concentraban en Querétaro para dar la pelea final. Diego Álvarez, a cambio, lo acusaba de indisciplinado, de levantisco y de andar calentándole la cabeza al pobre de don Juan, que ya estaba bastante viejo, y al que, aparentemente, ya se le iba un poco la hebra y podía caer, de repente en estados de pánico cuando su antiguo protegido, es decir, don Nacho, le contaba de los riesgos de que a los franceses se les ocurriera incursionar en las montañas del sur donde permanecían.

El pleito tomó niveles bastante desagradables, y Altamirano optó por cambiarse de jefe y se unió a otro de sus paisanos para irse a participar del sitio de Querétaro,a donde, finalmente también iría don Diego, mientras Altamirano reivindicaba, con sus participaciones en batalla, su grado de coronel de caballería, otorgado por Juárez en 1863, y hasta se daba tiempo para conocer a Maximiliano, ya preso. De hecho, si al coronel Altamirano no le hubiese atacado una disentería tan perra como la que padecía ya el emperador en derrota (para que vean lo que es tener mala suerte), y como don Nacho apunta en sus papeles, él hubiera sido, por decisión de Mariano Escobedo, cabeza de las tropas republicanas,  el fiscal del juicio que mandó a Max, a Tomás Mejía y a Miguel Miramón al paredón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas.

Pero como, aún entre tantos hechos memorables,  la bronca con Diego Álvarez nunca se solucionó, aún le dio a don Nacho bastantes quebraderos de cabeza, aún en esos días de gloria y esperanza que fueron parte de la República Restaurada,  y eso explica que no regresara a su tierra ni de visita. Al menos, no lo consigna, ni en sus cartas ni en sus diarios, materiales todos que, con el correr de los años, se han dado a conocer y hacen de Altamirano un personaje interesantísimo y complejo; más, mucho más que el autor, a secas, de algunas novelas y poemas notables.

Todo esto da una idea de cuántos años llevaba don Nacho, en 1893, de no respirar “el aire de las montañas del sur”.  Era él uno de esos beneficiados de los escasos esfuerzos de educación pública del siglo XIX que nos dio a un político honesto -se murió pobrísimo-, batallador -era bravísimo polemista en las diputaciones de sus años mozos- gran intelectual y notable escritor y periodista, por más que a mí no me guste nadita su novela “Clemencia”, también estoy convencida de que su novela “El Zarco” es una de las mejores cosas que se escribieron en el México del siglo XIX. En don Nacho se había cumplido el ideal educativo de los liberales mexicanos decimonónicos, con respecto a los indios: dejar su condición de seres excepcionales para mal; dejar de ser indio para ser ciudadano, ser ciudadano para ser igual al resto de los mexicanos.

 Entre las muchas cosas que los liberales de la Reforma consideraban perniciosas y dignas de ser arrojadas al caño, estaban los relativos privilegios con que la corona española había creído proteger a los indios en el siglo XVI, convirtiéndolos en eternos menores de edad, con lo bueno (muy discutible) que implicaba, y con lo malo, harto demostrable, que aparejaba. Por eso, leyendo los diarios de don Nacho, en la década previa a su muerte, es posible ver hasta qué punto había dejado atrás su herencia indígena: había salido a los trece años de Tixtla, que, en esos años, aún formaba parte del inmenso Estado de México, para irse a estudiar a Toluca, al Instituto Científico y Literario de esa ciudad.

Un curioso aún puede ir a visitar la escuela de don Nacho; es el edificio de la Rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM); el auditorio es lo que, seguramente, fue la capilla de la escuela, esa donde el “Señor Altamirano”, según los reportes de conducta que se conservan, “chifla, chupa [“chupar” era “fumar”, no sean mal pensados] y grita.” Llegaba Altamirano a cursar estudios después de lo poco que le había proporcionado la escuela de su pueblo, y por tanto su español era un tanto imperfecto. El náhuatl era el antiguo idioma de los tixtlecos, y, con ese ingreso a la escuela, lo poco o mucho que el joven Ignacio lo hablara, se desvaneció.

Por esos diarios que les cuento, escritos en sus años de madurez, hacia la década de los 80 del siglo XIX, sabemos que se había puesto, nuevamente a estudiar idiomas. Cada tanto, tomaba clase de “mexicano”, es decir, náhuatl.

Una tierna historia da idea de la transformación cultural que en él se había operado gracias a la educación. En sus años de diputado, su alumno muy querido, don Justo Sierra, traía en la cabeza no sé qué ventolera de ley que favoreciese y protegiese a los indígenas. Muchos de sus conocidos se pitorrearon del asunto, y uno de ellos, con agudeza, resumió el pensamiento de muchos: “El único indio al que conoce el señor Sierra es Ignacio Manuel Altamirano, y como tiene más de ateniense que de indio…”

En sus años de estudio, Altamirano llegaría a obtener buenas calificaciones  en latín, y excelentes en francés. Recitando a Lamartine cortejó a su novia, Margarita, en el locutorio del Colegio de las Vizcaínas. Al final de su vida, haber sido cónsul en París, en permuta con la de Barcelona, le hizo realidad un sueño muy acariciado. Este asunto de la permuta le convino a él y a su contraparte, Manuel Payno (don Nacho apunta en sus Diarios que la razón por la que Payno auspicia esta permuta es porque quiere estar cerca del editor Ballescá, célebre en México por algunas de sus ediciones, como México a Través de los Siglos, a fin de cuidar sus negocios como autor y vigilar la marcha de sus publicaciones. No era para menos, el autor de obras como “Los bandidos de Río Frío” tenía mucho que  ver por sus intereses. Pero de él hablamos otro día.

Así era el periplo que había llevado, en 1889, a don Nacho Altamirano, a aceptar un cargo diplomático en Europa. Las malas lenguas decían que el nombramiento emitido por Porfirio Díaz pretendía sacar a su antiguo compañero de oposición a Juárez, para que nadie le hiciera sombra. Los chismes decían que esa designación, y la que años antes había hecho sobre el genial y vistoso Vicente Riva Palacio, mandándolo de embajador a España. Las mismas malas lenguas, enteradísimas, las canijas, no dejaban de rec0rdar que, en las elecciones de 1884, a la hora de la reelección de Porfirio Díaz, la tercera, de hecho, en los recuentos habían salido 26 votos para don Nacho, otros tantos para Ramón Corona e igual cantidad para el general Riva Palacio. Si alguien tenía dudas de que el recuerdo de héroes de guerra de la intervención con fama popular y eso que ahora se llama “buena percepción”, de estos tres caballeros era como un foco de alerta para don Porfirio, con este tipo de nombramientos, las cosas se iban aclarando.

Para completar el panorama de la grilla, fue por esos años que el reportero Manuel Caballero (uno de esos primeros reporteros al modo contemporáneo) entrevistó, después de plagosear un rato, al general Escobedo y se volvió a armar la pelotera, cuando se supo que el famoso coronel López, compadre de Maximiliano y que permanecía con los sitiados allá en Querétaro, fue a negociar -enviado por Max, una de las revelaciones- la rendición de la ciudad y de las tropas imperiales, a cambio de la vida del emperador y sus generales.

Como a López lo agandallaron por la directa -que no lo chamaquearon, como a los actuales secretarios de Estado mexicanos- y nunca pudo obtener garantías para Max (Garantías de qué, coronel, se debe haber pitorreado Escobedo: Esto, por si no lo sabe, es una guerra civil de a deveras), la ciudad cayó y la historia se terminó en el Cerro de las Campanas, de la manera que ya sabemos.

A causa de los chismes desatados, don Nacho tuvo que agarrar la pluma para defender -miren lo que son las cosas- a don Porfirio y a su nombramiento. Después de tantos años de sostener una clara distancia con el régimen porfirista, optó por entrar a la institucionalidad y aclarar que él no estaba detrás de los chismes, y que, todo lo contrario, estaba muy agradecido por la distinción. Cansancio, hartazgo de vivir con demasiada modestia, el anhelo de pisar Europa, la verdad es que no sabemos del todo las motivaciones de don Nacho.  Hasta allá no llegan los escritos que nos dejó, contrapunteados por el relajo que se traían en un periódico, “El Universal”, donde las aludidas malas lenguas habían revelado todo.

Le hicieron una despedida en un salón de la Sociedad de Geografía y Estadística, y Altamirano no quiso pronunciar ningún discurso. Eso sí, prometió que, aún cuando todos sus amigos y discípulos, sus familiares y seres queridos, estuvieran lejos de sus ojos, estarían siempre cerca de su corazón. Y cumplió. Mandó imprimir esa frase en su papel personal, ese donde también estaba su nombre; el mismo donde escribía constantemente a casa, para saber de todo, para hablar de todo, para que a veces lo agobiara la nostalgia. “Aquí” -llegó a escribir- “el llanto obligado del viejo indio llorón”. Gran escritor de cartas, su talento epistolar era el recurso esencial del que se valía para no olvidar a México, para que no lo olvidasen al otro lado del mar. Entre que se le diagnosticó una diabetes brutal, su entrada en la vejez y una presumible tuberculosis que empezó a crecer en Europa, se empezó a poner débil. Convencido de que andar en climas más tibios que los de Francia le sentaba bien y lo sanaba, a ratos viajaba, en busca de mejoría. A veces se quejaba de que, para caminar de su casa al consulado, tenía que caminar agarrado a las paredes, y ocasiones tuvo en que, tan sin fuerzas se hallaba, que no atinaba a comer sino unas pocas cucharadas de fideos. Así que, en tal estado, se marchó para Italia. Quería recuperar la salud; ya quería regresarse a México. Ya soñaba con hacerse jardinero en sus días de anciano y jugar con sus nietecitos en el jardín de la casona que Joaquín Casasús construyó en la colonia Guerrero, en la calle de los Héroes. Por eso andaba en San Remo, y por eso accedió cuando su yerno sugirió alquilar una de las villas de la ciudad que aún quedaban desocupadas y allí, pasar juntos, los Casasús Guillén-Altamirano, el matrimonio Altamirano y Aurelio, todo el invierno. Allí, a la Villa Garbarino, llegaron, y allí se iba a morir don Nacho.


2 Responses to “Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 1”


  1. 1 Antonio Fuentes
    marzo 3, 2011 a las 7:04 pm

    Estimada Maestra Bertha: Tengo que releer a Altamirano con urgencia. Me gustó mucho el blog. En especial la referencia al jardín Casasus. Se que era un paseo obligado (supongo que desde la calle), de quienes venían a conocer la ciudad de México. La residencia se menciona en muchas crónicas. Se que la tomó el general Joaquín Amaro y que fue destruido su interior con la mayor saña, incluyendo su valiosísima biblioteca. La familia todavía tuvo que agradecer que se la “cuidaran”. No la pudieron restablecer a su estado original y terminaron construyendo una vecindad en su espacio. Algo cuenta Carlos Tello en su “El exilio. Retrato de Familia”. Tengo también una pregunta: leí en su blog que el náhuatl se hablaba en Tixtla. Leí también, apenas ayer, que los primeros evangelizadores y como una estrategia, obligaron a que la lengua de Nueva España, antes que el español, fuera el mexicano, para facilitar la conversión y evitar aprender tantas formas de hablar desconocidas. Eso explicaría los nombres en náhuatl de tantos pueblos en regiones donde dominarían otros lenguajes. ¿Fue así? ¿usted sabe de algún libro que hable del tema?. Mi única fuente hasta ahora es un texto escrito por Nemesio Rodríguez Lois, de nombre Forjadores de México. Su programa de radio, estupendo. Me encanta la música y naturalmente, escucharla. Seguimos

    • 2 Bertha Hernández
      marzo 3, 2011 a las 10:11 pm

      Querido don Antonio: gracias por escribir y visitar este Reino. Como tantas otras cosas, hay huellas en la ciudad que desaparecen y su memoria se desvanece. Ese es el caso de la casa de los Casasús en la calle de Héroes. Hay que decir que esa calle se merece una entrada aparte, por su origen, que tiene que ver con algunas grillas de las que aquí se habla, relacionada con los huesos ilustres, como por sus habitantes. El hogar de los Casasús se desmoronó poco a poco, pero la casona que fue del arquitecto Rivas Mercado aún permanece en pie, a un par de cuadras del Panteón de San Fernando, penosamente abandonada y maltratada. Nos da una idea de lo que fueron aquellas mansiones, cuando la Guerrero era una colonia “bien”. Como la ciudad, en esos años, no creció hacia el norte, sino al suroeste, los nuevos proyectos urbanos y las colonias de gente con dinero no continuaron el estatus de la Guerrero; crecieron la Roma, la Juárez, la Cuauhtémoc. La Guerrero se rezagó y de ahí vino el deterioro de la zona. Igual le pasó a la San Rafael.
      Seguramente hubo épocas en que los visitantes de la Ciudad de México “tenían” que ver, desde fuera, algunas casas, entre ellas las de los Casasús y los Rivas Mercado. También eran muy conocidas la de los Braniff, en Paseo de la Refoma y la de Ignacio de la Torre y Mier, yerno de don Porfirio, en donde hoy se encuentra el edificio de la Lotería Nacional. Hay que imaginarse a esta ciudad, que era muy chica, comparada con lo que hoy tenemos, y, evidentemente, contaba ya con una serie de “lugares notables”, por belleza, por modernidad o por curiosidad. No sé si esa costumbre perviva en la capital; puedo decirle que me consta que, en Ciudad Juárez, había, hará unos cinco años, que anduve de visita por allá, un recorrido donde mostraban la casa donde había trabajado, de sirvienta, la madre del cantautor Juan Gabriel. Con un dejo de sorna, los juarenses le contaban a uno que, cuando a Juan Gabriel le sonrió la fortuna, una de las primeras cosas que hizo fue comprar esa casa.
      Si visita Dolores Hidalgo, con uno de esos recorridos que le venden a uno en la ciudad de Guanajuato, le enseñan la parroquia de Dolores, la casa cural de Dolores, el museíto de la Independencia y acto seguido le recetan a uno la tumba de José Alfredo Jiménez, la primaria donde estudió José Alfredo Jiménez y la botica que ocupa la casa donde nació José Alfredo Jiménez. Son “marcas” de la memoria y la memoria es selectiva y peculiar. Antes los Casasús, hoy José Alfredo.
      En cuanto a lo del náhuatl, quizá más que “obligar”, hay una razón práctica: desde los días de la Conquista, a Cortés y a su gente les importa quién pueda hablar náhuatl, porque el pueblo a dominar, el mexica, habla esa lengua. Buscan intérpretes que hablen esa lengua. Por eso cobra importancia Malinalli, la Malinche. Ella sí hablaba náhuatl, a diferencia de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, quienes solamente hablaban español y maya. Después, en plena evangelización, aquellos primeros frailes franciscanos demuestran que tienen mucho ingenio: hacen catecismos sin texto, que imitan el lenguaje gráfico de los códices, lo primero que aprenden es el náhuatl, porque llegan a la antigua Tenochtitlan y desde allí despliegan sus estrategias. En esos primeros años, le intentan primero a catequizar con intérpretes, pero el asunto no funciona muy bien, y entonces se ponen a estudiar náhuatl como desesperados: en ello va el éxito de su empresa.
      Esto, no obstante, solamente será, digamos la política dominante en las primeros tiempos posteriores a la Conquista. Cuando las diversas órdenes se “reparten” el reino para operar y evangelizar, hay uchos que lo harán en náhuatl, pero también aprenderán muchas y muy diversas lenguas. El náhuatl sirve en casi todos los casos porque es una lengua muy extendida. Tres siglos después, la autoridad virreinal no tienen dudas de que una cosa son los indios de Tenochtitlan y otra muy distinta los de el resto del reino. Saben que hay pueblos donde el náhuatl es la lengua vigente (y hay que recordar que, originalmente, los mexicas que llegaron a lo que hoy es nuestro Centro Histórico, eran un pueblo nómada) y otros donde no. Un dato: sabemos que Miguel Hidalgo hablaba otomí, como parte de los requerimientos para ejercer su sacerdocio, y es probable que conociera el purépecha. Morelos estaría en la misma situación, pues, como párrocos, estaban en contacto con comunidades de indios que nada tenían que ver con los antiguos mexicas del altiplano.
      Hay un buen libro que toca el tema, entre la historia general de la evangelización de la Nueva España, que le dica algunas páginas a esto: se llama “La conquista espiritual de México”, está publicado por el Fondo de Cultura Económica y su autor es Robert Ricard.
      En cuanto a don Nacho Altamirano, le recomiendo mucho se asome a los tomos de sus Obras Completas, publicadas por Conaculta, donde se edita su correspondencia y sus diarios. Nos enseñan a otro Altamirano, mucho más atractivo que el escritor romántico que nos enseñaban en la secundaria. Le diría que leyese una biografía de don Nacho que Planeta me publicó hará unos cinco años, pero la canija edición se agotó hace mucho y no la han vuelto a reeditar. Las cartas, creo, le van a encantar. Ya verá lo que subimos al blog mañana, para acabar de contar esta parte de la vida de don Nacho. Le mando un abrazote, y gracias por leer y por escuchar.
      Bertha.


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