05
Mar
11

Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 2

Las cartas que don Nacho Altamirano escribió en Europa nos revelan dos enfermedades peculiares, quizá más graves que todos los achaques que ya padecía: la melancolía y la nostalgia. Esa frase de su papel membretado me encanta: “Lejos de los ojos, cerca del corazón”.  Desde su establecimiento en París, Altamirano vivía sentimientos hasta cierto punto encontrados. París le gustaba, pero México le hacía falta con todo lo que ello implicaba. Los volúmenes de cartas escritas por don Nacho en esos sus últimos años de vida fueron considerables, sin contar los paquetes que iban y venían entre México y Francia. A don Nacho le llegaban cajas enviadas por Catalina, que contenían cualquier cantidad de sabrosuras, para que el escritor no sintiese tanto la lejanía: chiles, frijoles, chocolates. A veces le mandaban totopos, que se echaban a perder en la travesía, para gran disgusto del guerrerense. Zacates para el baño, liquidámbar y benjuí para la ropa de cama y para aromatizar el departamento de la calle Lafayette. A cambio, Don Ignacio y su esposa Margarita hacían los encargos domésticos para el matrimonio Casasús-Guillén Altamirano, que bien podía darse esos lujos: Joaquín Casasús ya era un exitoso abogado joven, establecido por su cuenta después de haberse formado en el despacho de Manuel Romero Rubio, el suegro de don Porfirio. Le iba bien, ganaba como para encargar a París los vestidos de su esposa, ropa de los niños y algunas curiosidades y caprichos. Algunas cartas de don Nacho nos dan idea de lo que era “encargar ropa a Francia”: “6 camisas de seda para Cata, 114 francos; 6 camisas para usted, 62 francos con 10 centavos. 6 Trajecitos de Héctor, 170.00; cartera con cifra oro, 70.00” Aparte iba una factura por “los vestidos de Cata”, que sumaba la nada despreciable suma de mil 300 francos… Al despedirse, don Nacho apuntaba “… Mis besos a los muñecos… le envío mi corazón”.

Los “muñecos” no son otros que tres de los seis hijos que tuvieron Joaquín y Catalina;  los nietos amadísimos de don Nacho, aunque solamente hubiese conocido, para los días de su partida de México,  a Héctor, el primogénito, pues los otros dos, Evangelina y Horacio, nacieron cuando el escritor ya estaba en Europa. Estos chiquitines, de cuya historia se ocupa su pariente, Carlos Tello Díaz, en el espléndido libro “El exilio. Un relato de familia”, eran la adoración de don Nacho, que siempre había sido entero y bravo; bullendo en su juventud para unirse a las fuerzas liberales en los días de la Reforma o a las republicanas durante la guerra de Intervención. Años hubo en que su fogosidad y su, digamos, fundamentalismo liberal habían sido materia de escándalo: en 1861, cuando era diputado por primera vez, se aventó ante el pleno un formidable discurso para echar por tierra una ley conciliatoria, una amnistía para todos aquellos burócratas que hubiesen estado obligados a trabajar para el gobierno conservador en los días de la Guerra de Reforma. Esa ocasión se armó una gran bronca, porque el joven Altamirano aseguró, en la tribuna que, aún cuando tenía muchos conocidos “reaccionarios” (de filiación conservadora”, él era partidario de cortarles la cabeza sin más, “porque antes que la amistad está la patria”.

De más está decir que se armó un fandango memorable en la Cámara de Diputados por tamañas afirmaciones. Al día siguiente, ya le habían puesto un apodo al buen Nacho: “El Marat de los puros”, que, en su momento, le satisfizo bastante. Ese discurso contra la amnistía es una de las grandes piezas oratorias de Ignacio Manuel Altamirano. Habla, con todas las incorrecciones políticas que los timoratos del siglo XXI le quieran ver, de cuestiones de principios, de esos que ahora muchos no conocen y que, en eso que hoy conocemos por partidos políticos, no han visto pero ni en fotografía. Hay que recordar que eran días difíciles los inmediatos al fin de la guerra de Reforma. Ese congreso de junio de 1861 vivía en la consternación por el asesinato de Melchor Ocampo, a manos de las gavillas conservadoras que aún andaban sueltas por los caminos. Indignados, con ganas del desquite, los liberales habían intentado cobrar venganza con las armas en la mano, y el resultado eran dos cadáveres más: el de Santos Degollado, que así intentaba lavar la mancha (para que vean como la bronca liberal-conservadora lastimó tanto al país) de haberle sugerido a Juárez algún nivel de conciliación con los enemigos, y el de un joven militar, gran promesa y esperanza del bando liberal: Leandro Valle. No extraña que en el seno de aquel congreso los ánimos estuviesen tan caldeados. Por eso, ni Altamirano ni los más radicales entre los liberales estaban dispuestos a dejar pasar una amnistía: “… no sería la palabra de perdón, no sería la caricia de la fuerza vencedora a la debilidad vencida;  sería una capitulación vergozosa, un paracaídas, una cobardía miserable….”

Ese es el Altamirano de 1861; el de 1891, cuando tiene 57 años, ya se ha asumido como un anciano, preocupado por lo que ha de ser el resto de su vejez, el destino de los que ama, y deslumbrado por sus nietecitos. Al contar con su yerno, que lo adora, apunta que ya se siente tranquilo, porque, a su muerte, nadie de los suyos se quedará desamparado.  Al hijo político no sólo le agradece ser su sucesor como jefe de la familia y esposo amoroso de su hija predilecta, “la perla de mi corazón, cuyo cariño embalsamó literalmente mi existencia desde que era pequeñita”; también le tiene gratitud por darle a los nietos: “…nació Héctor, y ese pequeñuelo que me hizo saborear toda la dicha del amor del abuelo acabó por ser mi gran ídolo; luego vino Evangelina, justamente cuando iba yo a ausentarme; pero me vine pensando en ella y creció en mi cerebro; después vino Horacio y también crece en mi alma, y lo conozco y lo beso todos los días, como un loco que besa a su sombra, en suma, que creó usted un hogar, que no forma más que uno con el mío y que contiene a los únicos dioses que yo adoro”. El liberal bastante descreído, al modo de su maestro el Nigromante, había encontrado, en su descendencia, la adoración llena de fe y de amor que es tan fácil de cultivar respecto a nuestros niños pequeños.

Por eso, cuando en las cartas, Casasús le pone al tanto de la compra de un terreno aledaño al de la casa de la calle de Héroes, a fin de ampliar el jardín, la respuesta de don Nacho es, sencilla, emocionadamente feliz. “Ese jardín es mi sueño”. Quería dedicarse a la jardinería en su vejez, y enriquecer el lugar con plantas que pensaba llevarse de Francia para México. En ese último año de su vida, ya había decidido: regresaría pronto a casa, tan pronto como estuviese fuerte para cerrar la experiencia diplomática y viajar.

La lectura de la correspondencia también sugiere que estaba más o menos hasta el gorro de varias cosas: de las grillas y de los negocios no tan honestos que de repente veía pasar ante sus ojos, y que, encontrando su resistencia, dada su calidad de cónsul, hallaban terreno fértil en la oficina del embajador. Especialmente le cayó mal un fulano de apellidos Cuenca Creus, que molía y molía por una subvención para hacer no sé que mugroso periodiquillo -nada nuevo bajo el sol; no hará muchos años que llegué a ver todavía, y fastidiando en pasillos del gobierno federal, a alimañas de este tipo, cuya sola habilidad es ser zalamero combinado con servil, recursos que les valen ante los egos enloquecidos y chiquitos de algunos funcionarios-. Como don Ignacio lo mandara al infierno sin escalas, el pillo acabó sacándole dinero al ambajador.  A veces tocaba estos temas en las cartas con su yerno. A fines de enero de 1892 -casi un año antes de su muerte-, a propósito de un buque de nombre Zaragoza, encargado por el gobierno mexicano y cobrado, según cuenta don Nacho, a un precio escandaloso que incluía un beneficio muy gordo para uno o dos involucrados: “Han robado al gobierno y han cobrado con exceso”, refunfuñaba, pero, al mismo tiempo, reclamaba veladamente: “el presidente que me tiene aquí, y que sabe que soy honrado, ¿por qué no me dice nada?” Tantos años después, yo ensayaría una respuesta: precisamente por eso, porque don Porfirio conocía de muchos años a Altamirano y sabía que nunca iba a entrarle a encubrir o facilitar ese tipo de compras con estafa incluida que, hasta cierto punto, resultan inevitables en los recovecos burocráticos, por más candados que se le pongan a las compras con dinero público. Siempre hay un voraz dispuesto a sacar el mayor provecho posible. Don Nacho fue funcionario por breves periodos, y siempre acababan por hastiarle esas conductas que percibía en muchos sitios: la voracidad, la deshonestidad y la costumbre de beneficiarse o de permitir que terceros se beneficiaran del dinero público. Unos cuantos que yo me sé deberían leer, en este 2011, cuando el descrédito los ha alcanzado por estas mismas razones, algunas de las cartas francesas de don Nacho Altamirano.

Las enfermedades le amargaron bastante la vida a don Nacho el año anterior a su muerte. Por las cartas, sabemos que con frecuencia le daba lata la diabetes. Debo admitir que no me he metido a averiguar cómo eran los tratamientos hace poco más de un siglo, pero al pensar en cómo comían y cómo bebían nuestros liberales, antes no se murieron todos de muchachos, víctimas de infartos fulminantes. Nomás de ver lo que se zampó don Benito la noche anterior a que le diera el infarto que lo mandó a la tumba, es para que a cualquier nutriólogo le flaqueen las piernas. Por Guillermo Prieto y Manuel Payno sabemos que toda esa generación de ilustres era de buen comer y beber, y la mitad de sus tertulias estaban aderezadas de buena comida y de buena bebida.

Así las cosas, resulta espeluznante leer las relaciones de los males de don Nacho. Sobre la diabetes, su principal padecimiento, escribió a su yerno en octubre de 1892 (cuatro meses antes de morir), después de un par de meses de no hacerlo, explica, aparte de que le había dado  cólera, “no con todos sus caracteres, pero sí bastante fuerte”, las molestias del cuadro diabético. Cuenta que, a causa del cólera,  había quedado hecho un palillo, y que se había mandado a analizar la orina: el resultado indicaba que “eliminaba 39 gramos de azúcar cada 24 horas”. Parece que por esos días hubo un brote epidémico de “cólera asiático” en París del que el cónsul mexicano no se escapó.

Así era el ánimo, entre melancólico y esperanzado de don Nacho a lo largo de 1892 y así seguiría a principios de 1893. En 1892 pensó en pedir una licencia para ir a México durante 5 meses, y conocer a sus nietos. Pero ese mismo año se mudó de domicilio -cuenta que ya no cabía en el departamento de Lafayette, y en el cambio hizo gastos que, le explicaba a su yerno, no le permitían gastar en todo lo que implicaba el viaje. Ya estaba en San Remo a mediados de diciembre de 1892, y aguantaba los regaños cariñosos que seguramente le propinó la familia por no atenderse a fondo. Seguramente los reclamos también venían de los Casasús, que acababan de llegar a reunirse con don Nacho, Margarita y Aurelio. Pero tan malo y tan débil estaba, aún cuando juraba que “la diabetes había desaparecido”, que admitió que se estaba “muriendo de inanición y de fiebre”. Lo que más le fastidiaba era todo el cuadro de descompostura estomacal, que se remontaba a la disentería del sitio de Querétaro, de la cual nunca se había recuperado ni por el mentado vasito de agua de Seltz recomendado por Maximiliano, y que, a partir del cólera, seguramente había terminado de afectarlo a profundidad. Encima, en San Remo se le manifestó algo que los médicos le diagnosticaron como bronquitis.

 Así andaba cuando accedió a irse a la Villa Garbarino: tan débil que lo trasladaron sentado en un sillón, y envuelto hasta la cabeza en mantas, para que no le diera el aire. Aurelio lo ayudaba a subir y bajar de la cama. En alguna otra carta achaca a los problemas gastrointestinales  el “profundo abatimiento físico y moral” que ni la llegada de su familia -los Casasús con las otras hijas de don Nacho y la tribu de nietecitos- había podido disipar.  Era lógico, su salud estaba muy quebrantada; muy probablemente él ya era consciente de su gravedad.

Varios años después de la muerte de su suegro, hacia 1906, Joaquín Casasús escribió una carta larga, dirigida a  Angel de Campo, Micrós, donde contaba cómo habían sido esos últimos días, en Italia, de don Nacho Altamirano. El testimonio, por conmovedor, y por la larga despedida de la vida que hizo “Papá Nacho” como le llamaban sus nietos, merece su propio espacio en este Reino.


1 Response to “Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 2”


  1. 1 Antonio Fuentes
    marzo 5, 2011 a las 3:11 pm

    Estimada Maestra Bertha: ¿Por dónde empezar?, destapó toda una caja de pandora con la segunda parte de la muerte de don Ignacio Altamirano y con las amables respuestas a mis comentarios anteriores. La lectura completa de su anotaciones a este ilustre mexicano lo transforma de un nombre, a una persona estimable y querida. Por supuesto que buscaré los libros con su biografía y sobre la imposición cultural del catolicismo. Las bibliotecas tendrán el inconseguible también.

    Sobre la casa Rivas Mercado, en Héroes 43, déjeme comentarle que mi familia y yo la adoramos, como si fuera nuestra, desde el cariño que le profesamos a doña Antonieta. Comenzó por la lectura de la novela “A la sombra del ángel”, nos llevó a Bradu, luego a sus cartas de amor, después a sus obras completas y finalmente a conocer y admirar a los contemporáneos, pasando también por Tina Modotti, Rivera, Andrés Henestrosa y naturalmente Manuel Rodríguez Lozano y Vasconcelos (con todo y su Timón). Hace cosa de siete años que fue gracias a la señora Rivas Mercado, que soy un apasionado de las primeras cuatro décadas de nuestro México.

    No se si recuerde que los festejos del bicentenario comenzaron en 2009, precisamente con un homenaje y exposición sobre Antonieta. En ella, y regresando a la casona, se presentó el proyecto de restauración de la misma, para ser utilizado como centro cultural y biblioteca. Los planos, la proyección tridimensional y el estudio de materiales originales para restituirlos, hablaba de un verdadero prodigio para regresar el tiempo. Desgraciadamente no ha podido concluirse y veo muy difícil que en breve podamos pareciar la residencia en todo su explendor. Tiene más de 140 años por cierto. Al parecer hay enormes diferencias en el manejo como institución privada y las condiciones de carácter legal para destinar fondos públicos en casos así en el Distrito Federal. Una lástima. Por cierto, yo estoy en contra del manejo que la propia fundación Rivas Mercado da a Antonieta, limitando su imágen a la de la niña consentida de papá que conoció París y vió las fiestas del bicentenario, en lugar de mostrarnos a la mujer plena de 1928. El mejor homenaje que puede hacersele es leerla y conocer el medio cultural en el que floreció como grandioso ser humano.

    Cuando conocí la obra de los contemporáneos, me sorprendió profundamente la calidad de su trabajo y sobre todo su JUVENTUD al iniciar la revista y el teatro de Ulises. Yo no dudo que hoy mismo tengamos muchachos con esa capacidad, pero no tienen la preparación de aquellos. Es criminal y perverso el desmantelamiento de la humanidades como parte fundamental y base de la educación. Vargas Llosa lo dice muy claro, y ahora soy yo quien recomienda un libro, en el ensayo contenido en su obra de crítica literaria “La verdad de las mentiras”.

    La dejo con un aforismo que encontré en un libro escrito por Okasuka Kakuso, llamado “El libro del té” y que el autor atribuye a un poeta de nombre Lixihlai, “quien ha remarcado melancólicamente que las tres cosas más deplorables del mundo son: ver una juventud echada a perder por una falsa educación, ver bellas pinturas degradadas por la admiración del vulgo y ver estropear un buen té a conscuencia de una manipulación imperfecta”. Es evidente que las dos últimas lamentaciones requieren una sensibilidad fuera del ámbito material, pero que para aliviar un poco y con toda seriedad, me equivale en su último señalamiento, a mezclar un buen tequila con Coca cola, sobre todo cuando de escucha a José Alfredo. ¿O no?

    Un abrazo. Seguimos.


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