08
Mar
11

De mujeres e historia(s). La valentía

Le echo una mirada a los periódicos y me encuentro con un montó de desplegados que piden un Día Internacional de la Mujer donde no agredan a las mujeres, donde no las discriminen, donde no las asesinen, donde no echen a la basura los procesos judiciales contra quienes matan mujeres. El breve panorama habla de una realidad (la perra realidad) que no se parece en nada a las buenas intenciones de sectores académicos. Pero en estos temas es difícil abarcar, es difícil concretar en los hechos. Durante años creí que esos asuntos de la equidad ya no eran una bronca de mi generación: niñas criadas en la última parte de los sesenta y los años setenta, en los años en que en todos lados se pronunciaba el binomio “liberación femenina”, cuando mi queridísima Josefina Zoraida Vázquez puso en los libros de texto de ciencias sociales las imágenes de las antiguas sufragistas de principios del siglo XX. Me entero que el asunto es más que grave a partir de las cifras: me entero que hay mujeres- y estoy oyendo las noticias- que en el México del siglo XXI piden permiso, a los maridos y/o  parejas, para salir a la calle, mujeres que piden permiso para tomar anticonceptivos. En los años del franquismo, las mujeres no podían trabajar si no había permiso, cosa ya bastante indignante, por escrito -añadido aún más indignante- por el padre o el marido. Pero Franco se murió hace casi 36 años. Qué jodido, no se me ocurre mejor expresión.  Claro que por eso entiende uno la cólera que uno puede ver en los ojos de algún infeliz cuando una interlocutora hecha de otro modo le demuestra que no está dispuesta a tolerar sus loqueras, sus arranques, sus mezquindades o sus venganzas.

En los años recientes menudean en los periódicos y en los libros historias de violencia escalofriantes, desde las más terribles hasta las más absurdas y constantes de la cotidianeidad. Historias, creo, no para asustarse, para enfurecerse, sí, pero para darse cuenta cuán afortunadas somos, y la palabra “afortunadas” es dolorosamente certera, las que hemos podido ir a la universidad, las que hemos podido vivir experiencias irrepetibles, desde subirse a un puente colgante a 350 metros de altura, agarrar a una cría de lagarto que te mira con una cara de muy pocos amigos, bajar a una lumbrera del drenaje profundo, hasta escuchar, por las noches, los combates de ametralladoras, visitantes de paso en un país donde hay guerra civil, o dar una conferencia en un auditorio universitario mientras oyes el estruendo de las bombas que se acercan cada vez más; vivir amores que, con final bueno malo, pésimo o desastroso, o todo junto, nos hacen una historia, cuando hubo épocas en que era MUY mal visto ser mujer “con historia”. Hay quienes acumulamos toda esa clase de vivencias por elección, no por el consabido “aquí nos tocó vivir”.

Y hoy sale el presidente con la puntada, la ocurrencia, la sesudísima conclusión de declarar y reclamar que la mexicana es aún una sociedad machista. Valiente cosa, cuando no puede garantizar tal equidad ni en su gobierno. Si hubiera un mecanismo seguro y con consecuencias visibles, el señor que trabaja de titular del Poder Ejecutivo podría enterarse de un montón de historias que parecen dictadas por el mismísimo Stephen King. Desde el idiota que decide que, porque le paga un buen sueldo a su secretaria ella tiene que comprar, de su bolsa, las cocacolas que el fulano se va a beber, hasta el ex funcionario que, supervisando una grabación, le dice a la muchachita conductora que, por favor, se arregle tantitito más la blusa, que abra un poquitín el escote -y le ayuda a hacer el ajuste-  para que se vea mejor a cuadro. Ambos casos me constan y me sé peores, pero no le voy a hacer al Vincent Price.

Y, al mismo tiempo, a la titular de la SIEDO, Marisela Morales, le dan, en Estados Unidos, con todo y recepción en la Casa Blanca, un premio “a la valentía”. Para  premios a la valentía estamos. Pero, ya puestos en eso, aquí unos pocos nombres, nomás para que nos acordemos de valentías femeninas, que tienen que ver con la historia política, anque hay muchas otras de las cuales hablar, tan valiosas unas como las otras:

  • Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, dama más o menos acomodada que vivió en los tiempos de la independencia. Ella me encanta: planeó el secuestro del virrey Venegas para canjear su vida por la de Hidalgo. Como nunca falta un cobarde, el plan se echó a perder por una delación. Doña Mariana sufríó confiscación de bienes y cárcel. Y no soltó prenda hasta que todos sus cómplices varones despepitaron todo lo que sabían de la conspiración.
  • Leona Vicario pasó de niña bien a insurgente en las fuerzas de Morelos. Lo bonito es que don José María quiso que el Congreso le diera algún dinerillo para compensar todo lo perdido y todo lo aportado a la causa; argumentó que era justo que la protegieran las alas del águila mexicana.
  • Desde su lado y visión del mundo, Carlota de Bélgica, emperatriz de México fue valiente a su manera. Con todo y la frustración que le implicaba que su indeciso marido no le diera más margen en las tareas de gobierno y decisión (así son los envidiosos), optó por echarse ella el tiro de ir a convencer a Napoleón ) III  de no retirar el apoyo francés al imperio. En el camino, la nada mexicana de la que ella se quejaba, le ganó la partida y la enloqueció.
  • Concha Miramón sí que era valiente. Para haberle dicho a su marido don Miguel todas las cosas que le soltó desde que la cortejaba, para mandar a la goma al militar exitoso que la pretendía y declarar que no la buscase hasta que tuviese el grado de general y luego tragarse sus palabras y casarse cuando Miramón llegó a restregarle en la cara el grado, y luego insistirle en que se estaba metiendo en camisas de once varas como lo hizo Miramón en la Guerra de Reforma y en la guerra de Intervención, hasta terminar fusilado en el Cerro de las Campanas. Miramón no le hizo caso y así le fue.
  • Margarita Maza, que en la deliciosa correspondencia que sostenía con su marido, don Benito Juárez, a veces le ponía unas regañadas sensacionales, a veces por confiar demasiado en sus cuates y compinches, los que andaban con él por medio país sosteniendo la república. Valerosa, sí, coloreada de discreción. Andar cruzando con los hijos el país, según los vaivenes de la política nacional, nada más demuestra que alguien, con menos sentido de lo que se jugaba en esos días, o alguien menos enamorada, o alguien menos solidaria con el marido metido en broncas por andar de liberal, se hubiera idoa casa de su familia, a esperar que el mitote se acabase, de una u otra manera.
  • María Hernández Zarco, de quien en algún momento se dijo que era descendiente de don Francisco Zarco, aunque hay explicaciones detalladas en contra, nada más y nada menos la impresora del primer discurso de Belisario Domínguez en aquellos días oscuros, posteriores al asesinato de Madero y la Decena Trágica.

Y de ellas, creo, habría que hablar un poco en estos días. Desde luego, la talla del heroísmo es algo azaroso y a muy relativo. Para criar uno, o dos, o tres niños, tener trabajo de nueve a seis o de nueve a tres, si se puede, estudiar, hacer que alcance el sueldo, solo o en conjunto con el padre de las crías, ver que cada una de las crías se vuelva un adulto de bien, y encima proveer de ropa limpia y planchada a la comunidad doméstica, con o sin ayuda de una o dos o tres “muchachas”, que a su vez también protagonizan su odisea personal; para hacer todo eso, como hoy hacen tantas mujeres en este sufrido mundo, hoy, en estos momentos, señores, sí que hace falta valor.

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