Archivo para 28 abril 2011

28
Abr
11

Pequeño aviso de abril: incursionamos en Twitter

Este Reino tiene caminos que se extienden a otras zonas del ciberespacio. Nos asomamos a las redes sociales y esta semana entramos al Twitter, peculiar territorio de la fugacidad y del mensaje relampagueante.

Para los amigos que se quieran asomar a esta derivación de este Reino, que sigue siendo base principal, la dirección, en Twitter, a su disposición:

@BerthaHistoria

Abrazos para todos

15
Abr
11

de mujeres e historia(s) 3: asuntos de damas (historiadoras) contemporáneas.

Traigo varias cosas atoradas en el cibertintero. Una de ellas,  que tiene que ver con un peculiar congreso de mujeres que en marzo hubo en la ciudad de México, con la parafernalia de un encuentro de alto nivel. El pequeño detalle es que, con los años, hay cosas que cambian, como por ejemplo, la idea de “congreso”. En esta ocasión, El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, repartió unos blocks para notas verdaderamente buenísimos (ustedes disculpen: tengo una afición enfermiza por los cuadernos bonitos), folletitos muuy bien impresos en muy buen papel  (o sea, allí había LANA) y hasta un pin -que desde luego NO me puse- con el emblema de este mentado Congreso. Casi un mes después del mitote, la perra duda me jalonea una bota: esto, ¿como para qué? ¿como para qué armamos tantos jaleos semiprivados cuando afuera la gente pide soluciones desde la realidad para la realidad?

Metida en la perpetua tensión entre la vida intelectual y la emergencia periodística, es que me apersoné para escuchar la mesa de historiadoras del primer Congreso Internacional “La Experiencia Intelectual de las Mujeres en el siglo XXI”. Me abstuve de la mesa de periodistas por dos razones: primero porque con los años me vuelvo fundamentalista en materia de periodismo y creo que no hay periodismo de mujeres y de hombres; hay bueno o mal periodismo, y dos, porque con los años que llevo de estar escuchando lo mismo, me da absoluta flojera estar escuchando el plañir y plañir del gremio sobre la libertad de expresión, los ataques a la libertad de expresión y lo que deberíamos estar haciendo para defender la libertad de expresión, sin que haya podido fraguar una mugrosa asociación de periodistas sólida porque: tarde o temprano, algunos acaban llevando agua a su molino, y entonces las asociaciones que en algún momento tuvieron peso moral acaban por convertirse en “el negocio de…” como le he escuchado a varios amigos mayores que yo referirse a los proyectos de otros amigos, también mayores que yo.  Épocas hubo,  hace ya varias décadas, en que la ya muerta y enterrada UPD (Unión de Periodistas Democráticos) tenía como dirigente al Búho Valle (Eduardo Valle), con la consecuente grima y tirria que muchos podían agarrarle al asunto; días hubo que escuché a un buen amigo, fallecido hace años, Fausto Fernández Ponte, referirse a otro personaje como “teórico de la comunicación”, y después, muerto de risa, pasaba a cronicar cómo el referido individuo había chillado sus desventruras y su cansancio y su horror a los cuatro días de haberse iniciado como reportero en el viejo Excelsior (viejo de hace como 35 años o por ahí). Uno de los refranes que uno le aprende muy pronto a los de la “vieja guardia” periodística es que “perro no come perro”… en público, porque a muchos de ellos los he escuchado hablar horrores de sus cuates, ex cuates y ex compinches. Pero esto de los periodistas da para mucho más que ha de decirse en otra ocasión.

Lo cierto es que, si lo más que podemos hacer a estas alturas del partido es pregonar la firma de un acuerdo -concretada por los dueños de los fierros, o sea, de los periódicos, las radiodifusoras o las televisoras, personajes todos que ninguno es (y resulta solo probable que haya por ahí algunas excepciones) periodista- que será lo que como gremio querramos o permitamos que sea, porque habemos muchos desengañados o escépticos o decepcionados de las agrupaciones gremiales, es que algo anda podrido en Dinamarca.

De modo que esta vez quise escuchar a las historiadoras, empezando por la persona a quien se le encomendó moderar el numerito, a mi muy, pero muy querida Josefina Zoraida Vázquez, ante quien se cuadran historiadores y no historiadores, señora de carácter rotundo y que no se arredra ante nada. Yo quiero ser como ella cuando crezca, se lo he dicho a muchos de los amigos. Y, desde luego, la doctora Josefina contó cosas interesantes, que habla del peso que las historiadoras tienen en el desarrollo de la disciplina, y de algunos otros asuntos llamativos.

Comenzó por apuntar que “cuando no había tantas mujeres entre los historiadores”, se hacía una historia que hoy llamaríamos, dice ella,  “la oficial”, en una interesante interpretación que echa por tierra los rollos de los que acusan al Estado mexicano de tramar oscuros complots para ocultarle el pasado a los inocentes ciudadanos. Pues no. La doctora Josefina hablaba de esa “historia oficial” como los temas y líneas de trabajo que predominaban en esos días cuando la historia era todavía un coto de caza predominantemente masculino. “Una historia de héroes, villanos, buenos y malos, dentro de la historia política y la historia de las guerras”.

“Esa historia” -añadió- “cambió radicalmente”.  Ya no hay líneas de trabajo “para mujeres” (de veras que me cuesta trabajo imaginarme esos días). Josefina Zoraida Vázquez opina que las mujeres destacan, y mucho, en diferentes campos de la historia como disciplina del conocimiento humano; que hemos favorecido el desarrollo de la historia cultural y la historia social. Y asegura que, en otros tiempos se vivieron episodios discriminatorios. Recordó que ella llegó a reclamar que sus ingresos fueran menores que los de algún colega varón con menores medallas académicas. “Es que está casado y tiene que mantener casa”, le llegaron a responder. No me quiero imaginar la mirada que la doctora Vázquez debe haberle lanzado al lejano interlocutor. A la distancia de los años, ella opina que, en el contexto de lo que la disciplina ha cambiado, “son cosas, en el fondo, poco importantes”. Con todo, subraya, y yo creo que con un cierto dejo de malicia, “aún no hay una rectora de la UNAM o una presidenta de El Colegio de México”. Bueno, hoy tenemos ya a una Procuradora General de la República, hecho que avizoró años ha, Epigmenio Ibarra en esa peculiar telenovela que se llamó “Nada Personal”.

Las experiencias de las historiadoras asistentes -y que hablaron- son contrastantes. Porque lo malo de un encuentro como este, es que se reduce a un conjunto de mesas redondas, con eco de las terapias de grupo, donde un conjunto de mujeres cuentan cómo les ha ido en su empeño de abrirse brecha en un mundo que de antemano se considera masculino, y viven para contarlo con satisfacción. No sé bien qué les deja a las generaciones que ahora se plantean cómo remontar las crisis subsecuentes, las persistentes discriminaciones en algunos sectores de la sociedad o los raptos de agresión que menudean, chiquitos y grandes, en la vida diaria. A poco del encuentro, aparecieron planas pagadas en algunos periódicos citando algunas frases pronunciadas por  algunas de las damas asistentes. Una de ellas decía “que se oiga muy fuerte lo que se ha dicho aquí”,  o algo por el estilo, pues cito de memoria. Yo nada más pregunto: ¿y como para qué? ¿Como para qué que haga menos dolorosa la vida de muchas mujeres, más de las que nos imaginábamos, que a diario sufren de alguna forma de violencia?  Creo que los enfoques de género (y génera, como dice con mordacidad Arturo Pérez-Reverte-  que no se traducen en hechos palpables y tangibles, poco favor hacen a la gente involucrada.

Lo que es cierto, es que después de escuchar a las tres historiadoras invitadas, una argentina, una colombiana y una estadounidense, hay cosas interesantes qué pensar; más allá de la Historia como campo del conocimiento: señales de memorias recientes y circunstancias peculiares, interesantes de contrastar con el pasado mexicano, a saber:

Primero, que estos asuntos de la censura en las diversas disciplinas del conocimiento, no son cuestiones remotas y alejadas: según cuenta la historiadora argentina Marcela Ternavasio, en su patria, la profesionalización de los historiadores despegó hasta que se cayeron las dictaduras militares. En ese sentido, se trata de generaciones que no experimentaron esos problemas de discriminación femenina que aparecen en otras latitudes. Lo interesante es que la señora argentina contaba cómo hubo “libros prohibidos” -sí, un index de la dictadura- para los estudiantes de Historia de aquel entonces. Lo que llaman profesionalización (desarrollo de áreas de investigación, proyectos, becas) sólo llegó con “la democracia”, y son ellos, esas generaciones, los que, al alimón con su militancia política van construyendo la estructura profesional del “ser historiador” que no es lo mismo, aclara, que ser “profesor de historia”.

Una señora a la que hemos leído bastante en México  la estadounidense nacida en Cuba Asunción Lavrín, autora y/o coordinadora de obras de hará unos veintimás años sobre la vida sentimental de los novohispanos, muy cercana generacionalmente a la doctora Josefina Zoraida Vázquez, llegó a hablar de cosas que me entusiasman y que son para darle escalofrío a más de cuatro historiadores que yo me sé. ¿Por qué? porque, para empezar, doña Asunción afirma con una traviesa sonrisa que “nunca me he llamado una historiadora científica” -Aquí me afloró la risa y la sonrisa, que se agrandaron cuando agregó: “eso de las “ciencias históricas” me suena un poco hueco”.

Como hizo de la Historia su carrera en el mundo estadounidense, cuenta que no vivió estos incidentes de desigualdad de los que hablaba doña Josefina y que ella llamó “división genérica de la historia”. Pero apunta, como dato útil, que a fines de los años 70 y principios de los 80 del siglo XX  “se abren las puertas en Estados Unidos” para hacer la historia de las mujeres. Por eso ella optó por trabajar sobre las “mujeres que no son buenas”, las mujeres que no seguían necesariamente las normas del buen comportamiento que, se opinaba entonces, le garantizaba a una mujer una pareja aceptable, la felicidad terrenal y la gloria ultraterrena.

Como de eso a la fecha han transcurrido algunas décadas, cuenta doña Asunción que ahora sus intereses van sobre la masculinidad novohispana: frailes y órdenes mendicantes, y acaba por concluir que la historia puede ser vista como un desarrollo con interacción entre hombres y mujeres (pues, ¿qué no es eso?, digo yo).

En sus comentarios a esta parte, doña Josefina soltó algunos de esos juicios que me hacen quererla tanto. Primero, subrayar la manía que tenemos en América Latina a “mirarnos el ombligo” en cuanto a temas de investigación y estudio. Segundo, que, a como van las cosas en materia de migración a Estados Unidos, “estamos reconquistando en Estados Unidos la parte que perdimos”, y tercero, una enseñanza de Daniel Cosío Villegas, respecto a temas y personajes que no necesariamente nos despiertan simpatía, como Estados Unidos: “es como estudiar a los escorpiones: para estudiarlos no es necesario amarlos“.

La historia de contrastes la ofreció la colombiana Ana Catalina Reyes, quien aseguró que, en su país, la generación de los años 50 es la protagonista de la ruptura con el arquetipo femenino. Y cómo no, reflexiona uno, cuando asimila algunas fechas interesantes que dan para el contraste: desde luego, la Revolución Sexual de los 60 y 70 del siglo XX.  Pero estas son más llamativas: las mujeres empezaron a ir a la Universidad hasta 1940. Como en Colombia no se dio un proceso secularizador como la Reforma mexicana (para que vean una de sus numerosísismas utilidades, digo, por si hubiese alguien que las pusiera en duda) , las mujeres de allá tienen derecho al voto en 1955, lo cual no tendría mucha diferencia con el caso mexicano, que data de 1953. Lo relevante es que el matrimonio civil tienen validez exclusiva hasta 1980, y sólo hasta 1991 hubo una ley de divorcio.

Eso explica que las primeras generaciones de historiadores colombianos vayan despacito y con calma: los primeros planes de estudios que revelan la “profesionalización” del gremio como la generación de especialistas e investigadores no surgen sino hasta los años 80 y dirigen sus baterías contra la “historia tradicional” (donde, donde he escuchado eso…) y una de sus primeras metas fue desarrollar, en un plazo de tres años, la recuperación de la presencia histórica femenina en Colombia.

En este punto, doña Josefina señaló las “ventajas mexicanas”: los beneficios a nuestro mundo intelectual y formativo que trajeron primero los exiliados españoles y luego los exiliados latinoamericanos, con la precisión de que El Colegio de México fue fundado por mexicanos. Un segundo punto, es que tiene muchos años que esa ruptura con la historia tradicional se dio en nuestro país, y, desde luejo, ejemplificó con las heterodoxias de don Edmundo O´Gorman.

Buen rato, de verdad. Pero, a mí me sigue fastidiando, como mosco imprudente, el susurro de la perra realidad. ¿A quién beneficia este tipo de encuentros? ¿Qué ganamos como género y génera? ¿Qué proyectos, qué apoyos, qué trabajos se derivan de esto? Los encontronazos con el México real, con el de las mujeres que ahorita andan averiguando si entre esos 145 cadáveres desenterrados en Tamaulipas están sus maridos, sus hermanos o sus padres. Ya me dirá alguien que una cosa no soluciona a la otra. Y ya lo sé. Pero, ¿por qué no podemos alentar una cosa y, al mismo tiempo, con entereza y decisión, resolver la otra?

05
Abr
11

de mujeres e historia(s) 2: el complot de Mariana

UNO. LA INVENCIÓN DE LOS ROSTROS

El año pasado se puso de moda echarle muchas flores a doña Leona Vicario, asunto que mereció la publicación de dos novelas, “Leona” y “La Insurgenta” (definitivamente deliciosa), la reedición de la correcta biografía escrita por Eugenio Aguirre, la mención a la biografía que hará cosa de un siglo se ejecutó don Genaro García y la aparición de la susodicha dama en la teleserie “Gritos de muerte y libertad”, bastante bien ejecutada por Cecilia Suárez. Por añadidura, en algún momento, y ojalá sea pronto, los antropólogos forenses que colaboraron en el tratamiento, análisis y manita de gato que les administraron a los restos de los próceres de la independencia, entre los cuales se encuentra la señora Vicario, estarán en condiciones de hablarnos qué se encontraron con los restos de la dama, sobre cuya autenticidad no existe, en principio, ninguna duda, y entonces sabremos a qué se atribuye algunas peculiares lesiones que los aludidos restos registran en la columna vertebral: nada para cambiar el curso de la historia, si no es como para meditar sobre los peculiares castigos y/o complicaciones que se derivaban, por ejemplo, de andar huyendo a salto de mata, o, bien, de ser indultado por la buena voluntar (ja-já) de la autoridad virreinal, con todos los desprecios y malos tratos que ello podría suponer. Si de hacerle el favor entero a doña Leona se trataba, ya podrían los señores antropólogos forenses incursionar en el terreno de la reconstrucción facial, para saber cómo era, de una buena vez por todas, la buena señora, y no quedarnos con la duda de su perfil, sugerido por el retrato, el único que se conserva, y que se encuentra en el Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, bajo la mirada vigilante y amorosa de su director,  mi muy querido amigo Salvador Rueda.

Ese puede ser el tipo de homenajes importantes: devolverle rostro, textura, carnalidad, materialidad a aquellos nombres que circulan en los libros de historia (cada vez menos a causa de la canija hiperespecialización de los historiadores, que a ratos miran con honda desconfianza a cualquier cristiano que en el pasado se haya hecho acreedor al calificativo de “héroe”. Nada malo sería intentarlo con doña Leona, si partimos de la conservación, más o menos consolidada -que nosotros sepamos- de sus restos. De esa manera, dejaríamos de tener referencias poco significativas, como la muy bonita, pero poco fiable estatua de la señora Vicario, allá en el centro histórico, en una plaza muy mona, frente al antiguo convento de Santa Catarina, a unos cuantos pasos de la que fue su casa, allá en República de Brasil, junto al edificio de las Inquisición que hoy es el Museo de Medicina de la UNAM. Esa casita, por cierto, que hoy pertenece al Instituto Nacional de Bellas Artes, y que se destina para la operación de actividades literarias, estuvo largos años en la mira de la historiadora Patricia Galeana, con el fin de convertirla en el Museo de la Mujer, que, finalmente, y al amparo de la UNAM, se acaba de convertir en realidad, allá en el número 17 de la calle de Bolivia, en el mismo Centro Histórico, en una casa que fue la Imprenta Universitaria cuando esas calles llenas de piedras viejas constituían el barrio universitario.

Ese sería un sitio interesante para poner un buen retrato de doña Leona; quiero decir, un retrato con sustento, en compensación al rostro, absolutamente “inventado”, no me cabe duda, que la desidia de alguien hizo pasar como el retrato de la señora Vicario entre algunas imágenes que los señores encargados de (des)coordinar las conmemoraciones federales del año pasado crearon con un impacto bastante limitado. Y digo “inventado” porque no se parece al retrato de Chapultepec, que refleja a una señora que empieza a entrar en la madurez, pero de la cual nos faltan detalles, y tampoco se parece al cuadro familiar novohispano de la familia de la dama en cuestión, donde aparece doña Leona, de frente… a la edad de cinco años. Se parezca o no al retrato de Chapultepec, no hay elementos para decir que sacaron, de algún sitio fiable, el rostro de la joven Leona. Si lo hubiera, ya se habrían tardado en darlo a conocer, como el hallazgo valioso que hubiera (el hubiera, caray) sido.

Pero bueno, lo importante es que podríamos tener un buen retrato de Leona Vicario. Lástima que no podamos decir otro tanto de otras mujeres involucradas con la insurgencia como personajes actuantes. No hay retratos de la michoacana Gertrudis Bocanegra (es una verdadera puntada digna de los Tres Chiflados la que tuvo la [des]Coordinación Ejecutiva de imaginársela [porque eso hicieron: imaginársela] peinada de trencitas, como para aparecer en película revolucionaria del siglo XX. A las buenas intenciones, aprendamos, siempre hay que agregarle, por lo menos,  unas cuantas neuronas, conectadas y haciendo buena sinapsis entre sí, de preferencia.

Así es esto de la iconografía. Podrían preguntarle a un fulano que vivió en la primera mitad del siglo XX, un tal Joseph Goebbels, jefe y cerebro de la propaganda de otro fulano, Adolfo Hitler. Goebbels habrá cometido todas las aberraciones que se quiera, pero de que era un buen propagandista y sabía su negocio, era un buen propagandista y sabía muy bien lo que se traía entre zarpas. Algunos deberían de leerlo, para aprovechar lo que haya de aprovechable. Así es esto de los retratos oficiosos, oficiales y no oficiales.

DOS: MARIANA, UN RETRATO AUSENTE Y LA HISTORIA DEL COMPLOT

Un retrato que en los mitotes bicentenarios yo eché de menos, no sólo porque a nadie se le ocurrió inventarle un rostro, sino porque sólo algunas personas se acordaron de la dama en cuestión, es el de Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, señora de nombre largo y que a cambio de ser “mujer de acción”, para hablar en términos renacentistas, tiene una callecita, que recuerdo diminuta, en las cercanías del mercado de la Lagunilla.

Si de agallas se trata, doña Mariana las tenía. Criolla adinerada, casada con el que se cuenta era un buen hombre, vinculado a la riquísima mina de La Valenciana, mandó todo al demonio cuando se le ocurrió un complot que sin dudarlo me parece genial: secuestrar al Virrey y ahorcarlo para garantizar la ruta hacia la independencia de la Nueva España. Este proyecto, conocido como la conspiración de abril de 1811, dio de qué hablar un rato, y era, aparentemente, una de las consecuencias directas de la desgracia de los caudillos que habían llamado, en Dolores, el 16 de septiembre del año anterior, a desatar el borlote nacional.

Los datos que tenemos, no muchos, hay que admitirlo, nos cuentan que el hogar de doña Mariana era el asiento de una tertulia frecuentada por numerosos criollos con dinero, partidarios de la independencia y que, con eso que ahora llamamos mentalidad estratégica, habían decidido que más le ayudaban al movimiento insurgente desde la sombra, desde sus posiciones, bastante privilegiadas en algunos casos, en la ciudad de México, que yéndose a la guerra. Nuevamente, era un asunto de decisiones. Por eso doña Leona Vicario se quedó un buen rato acá en la capital haciendo de las suyas, mientras su novio, Andrés Quintana Roo, se lanzaba a las montañas del sur, a sumarse a la insurgencia.

El caso es que la noticia de que el padre Hidalgo y sus compañeros cercanos han sido aprehendidos en algún lugar lejanísimo en el norte, las mentadas Norias de Baján,  crea, por lo que se cuenta, una sensación de desmoralización entre los criollos que simpatizaban con la independencia: el abatimiento era digno de unas cuantas sesiones de terapia de grupo, asunto al que se entregaron con constancia. Lo que es sabido, es que algunos de estos criollos acomodados discutían el tema, con sus incertidumbres y sus angustias, además de los beneficios terapéuticos del caso, en el estrado de doña Mariana, quien, para sorpresa de la honorable concurrencia, en vez de solidarizarse con los abatidos caballeros, les acomodó un par de pescozones para que dejaran de tirarse al drama y, si tanta simpatía había entre ellos por la independencia, lo mejor era poner manos a la obra. Algunas historias cuentan que la buena mujer los zarandeó con delicadeza: “¿Qué es esto, señores? Pues qué, ¿no hay otros hombres en la América, que los hombres que han quedado prisioneros?” La sutil y sus amigos, no cabe duda. Las víctimas de tan elegante comentario apenas alcanzaron a replicar que, bueno, ganas y corazón y valor sí habían, pero, ¿qué habría de hacerse?, cuando doña Mariana ya tenía la solución: “Muy sencillamente: cogiendo aquí al virrey y ahorcándolo”. Me cae bien:  a grandes males, remedios concretos. Cuantos problemas nos habríamos evitado, a lo largo de nuestra historia, si en el momento necesario se pasara de la especulación a la acción. Como, por ejemplo, unas tres cucharadas de cianuro en la taza del café o en la lata de la cocacola, bien administradas al personaje adecuado y en el momento propicio, y más de un asunto habría sido cuestión de coser y cantar.  Qué le vamos a hacer.

Si leemos los papeles que nos cuentan aquella accidentada historia de abril de 1811, podríamos creer que, todos a una, decidieron comprarle el boleto a doña Mariana y pusieron manos a la obra. Personalmente, creo, cuando leo la larguísima lista de los que estaban involucrados, desde el perro más humilde hasta algunos de los títulos nobiliarios más importantes de la Nueva España, que si bien doña Mariana hizo el papel de provocadora, hubo más de uno que podrían considerarse cabeza del complot, como se vio cuando, dos años más tardes, las autoridades estaban atacados de sana precaución, al darse cuenta del linaje y contactos y poder de bastantes caballeros mencionados como cómplices, partidarios, involucrados y actores.

Algunas versiones dicem que nada tonta, doña Mariana se ocupó de “seducir”, es decir, de convencer a dos de sus cuñados,  los militares Francisco Omaña y Tomás Castillo, de grado capitanes, y que estaban a cargo de algunas tropas de las acantonadas en las afueras de la ciudad, que recibían, cada tarde, la visita del virrey para pasar revista.

Lo que ocurrió es más o menos sabido: uno de los involucrados, José María Gallardo, decide que si se va a aventar a la maniobra que pretendía atorar a Venegas cuando visitara a las tropas, pues, lo menos que debería hacer es pasar antes por el confesionario y dejar su alma más o menos purificada y absuelta, por aquello de las moscas, y no fuera a ser que se quedase con pasaporte al otro mundo en la previsible refriega, y sin las bendiciones necesarias para no ir a achicharrarse en elgún círculo del infierno.

El pequeño detalle que dio al traste con todo fue la elección del confesor: un mercedario, el padre Camargo, fue el elegido, que, no bien se enteró del asunto, corrió,  según cuenta Anastasio Zerecero, a contárselo al Virrey, quien de inmediato mandó apegollar y llevar ante su presencia al escrupuloso que, por cuidar la salvación de su alma, condenó a por lo menos sesenta cristianos. Apenas se vio en presencia de Venegas, que seguramente echaba espuma por la bica, y se vio tratado de “insurgentón” y “pícaro”, el señor Gallardo se apresuró a soltar cuanto sabía de la conspiración.

En menos de lo que se dice “en friega”, Venegas mandó apresar a los delatados por Gallardo. Y en menos de lo que se dice “en friega”, sus oficiales se apresuraron a cumplir la orden. Doña Mariana y su esposo, de los primeros en caer.

Se cuenta que la buena dama soportó cuantas presiones se aplicaron en ella para que confesara la información esencial del complot. Hasta donde se sabe, nada le sacaron sino hasta que, movidos por el hartazgo, el terror o la tortura, o todo junto, pues los interrogatorios estaban a cargo de una junta de seguridad encabezada por Miguel Bataller, algunos de sus compañeros de prisión soltaron lo que sabían y además la señalaron como responsable.  Por eso, la prisión en los espacios más infectos, de Mariana duró siete meses, al cabo de los cuales, y sabedora de que sus cómplices masculinos habían despepitado todo lo importante, comentó: “Pues ya que los señores, o mejor dicho los nenes, no han tenido carácter, es inútil que guarde más silencio”. Parece, insisto, que suavecita, no era la mujer.

Al matrimonio Lazarín-Rodríguez del Toro se les confiscaron sus bienes, que no eran pocos, y se quedaron en la cárcel, portando grilletes, hasta fines de 1820, cuando Zerecero logró sacarlos. La investigación prosiguió desde ese abril de 1811, hasta que, con un dejo de bochorno y un mucho de precaución, el fiscal responsable, don Vicente Ruiz, notificó a Venegas el sobreseimiento de la causa, habida cuenta de las alturas que tendrían que rozar: y elementos tenía el fiscal para estar receloso: Trece señores electos para la Audiencia estaban mencionados en las confesiones; se señalaba como cómplices a algunos de los nobles novohispanos más encumbrados, como el Marqués de Rayas, el Conde de Santiago, el Marqués de San Miguel de Aguayo y el Conde de Regla  (¡Nada más!), sargentos, capitanes y tenientes; los franciscanos (sí, todos), los santiaguinos, los dominic0s, los agustinos y los mercedarios: no uno, no unos pocos; se señalaba como compinches a las comunidades monásticas enteras; veintiún señores que debían partir a España a ocupar empleos, y, en el fandango que debió ser aquella indagación, resultaban conspiradores fiscales, abogados, el famoso -y poderoso- Gabriel Yermo y hasta el mismísimo Bataller. 

Como las canijas y recochinas dudas eran grandes, y no era cosa de ir a preguntales a Yermo y a Bataller si andaban en esas danzas, y como era de antología lo que iban a decir los señores condes y marqueses de estos babosos que se atrevían a presentarse en sus casonas indagando quién sabe qué chisme, el fiscal Ruiz buscó respaldo en los jueces  Ignacio Verazueta y Andrés Rivas Caballero. Así juntaron el valor para decirle al virrey Venegas que, mejor, ahí moría. De todas maneras, acotaba, “sería una progresión casi al infinito los que irían apareciendo de la exdpresada evacuación de citas y de las que de ellas fuera resultado”. Casi casi temían acabar encontrándose con que tendrían que meterse al bote ellos mismos.

Venegas tuvo que conformarse con tener tras rejas a 77 acusados, lo más delgado del hilo. Doña Mariana, “acabada” ,como decían las viejitas, por casi una década de prisión, murió a principios de 1821 y ya no vio la consumación de la independencia. Pero algo sabría del asunto, seguro. Por eso sigue siendo injusto, aunque su nombre sí esté en el muro de honor del Congreso de la Unión,  que ni siquiera se le haya antojado a los incautos imaginarse su rostro. me la imagino más inteligente que guapa, más atractiva que delicada. Más amazona que cara bonita y más hija de Palas Atenea que de Venus. A lo mejor por eso no tiene retrato; con ella no iba eso de “calladita se ve más bonita”. Mariana.

TRES:  ACATITA, OH, ACATITA.

El lunes 21 de marzo se cumplieron los 200 años de que, en ese lugar que seguramente tiene como nombre familiar y local algo así como “el quinto infierno”, pero cuyo nombre formal y conocido en los libros de historia nacional es Acatita de Baján, la suerte, otra vez, la muy perra, “le fue adversa” al padre de la patria (de veras que eso es tener MUY MALA SUERTE, me queda claro), don Miguel Hidalgo, y a la flota que lo acompañaba en su retirada hacia el norte, animados con la esperanza de llegar a Estados Unidos, rehacer fuerzas, pertrecharse con lo último de lo último en materia de armamentos y conseguir hartos mercenarios que les ayudaran a remontar la crisis y regresarse, cruzando oootra vez el canijo desierto novohispano (con ese proyecto, enmedio de tanta mala suerte, es que estos resultaban unos optimistas endiablados) para darle su merecido al virrey Venegas y al méndigo de Félix Calleja, que habían tenido la descortesía (más don Félix, desde luego) de interrumpir la soberana pachanga que los insurgentes se traían en Guadalajara, propinándoles una derrota escandalosa en Puente de Calderón, incidente del que ya hemos hablado en este Reino.

Después de la derrota aparatosísima, todos salieron por piernas de la capital de la Nueva Galicia, y dejaron descolocados a todos los que en la ciudad habían comprado el boleto de la insurrección contra la corona española: entre tanto número, apenas lograron editar siete números de El Despertador Americano, primer periódico insurgente, y no bien las tropas realistas se apoderaron de la ciudad, el comisionado de Hidalgo para tal empresa, don Severo Maldonado, tuvo que hacer el oso de retractarse de su militancia independentista, y acabó haciendo otro periódico,  El Telégrafo, que se dedicaba a denostar los perversos intentos de separar a la Nueva España de la buena y noble madre patria. De modo que no nos sorprendamos, chaquetazos así de miserables, desde luego que los hemos visto en el pasado reciente, pero no son novedad alguna en este sufrido país.

El caso es que Hidalgo y algo así como un millar de cristianos, entre los que se contaban una flota de curas, algún músico que venía con el señor cura desde Dolores, un carruaje que describen los testimonios “ocupado por damas” y un poco de y tropa, avanzaban hacia el norte. La verdad, no eran muchos:casi 900 personas;casi nada si se toma en cuenta que, unas semanas atrás, en Puente de Calderón, don Miguel comandaba la nada despreciable cantidad de 20 mil insurgentes.

Yo no conozco la mentada Loma del Prendimiento, como le dicen al lugar en cuestión; ese punto perdido en el desierto donde atoraron a lo que quedaba de la dirigencia de aquella primera insurgencia. Pero, por lo que he podido averiguar, es una peculiar excursión la que se necesita para apersonarse enel lugar y contemplar la columna que da testimonio del acontecimiento. El problema es que la mentada Loma del Prendimiento se halla lejos de cualquier cosa que se entienda como ciudad: la población de ahí cerquita, me cuenta el gran Leo Mendoza, guionista de “Hidalgo, la historia jamás contada”, es diminuta: unas pocas familias la habitan.

Para una chilanga como yo, que lee periódicos a diario, la  idea de embarcarse en un viaje por tierra por las carreteras de Coahuila, es una cuestión absolutamente antojable, pero también es ya asunto que genera franco recelo y el justificado temor de encontrarse un reten de buenos, de malos o de muy malos, lo mismo da, porque de todas maneras resultan peligrosísimos y de reacción previsible: plomear de muy mala manera a cualquier vehículo, lleno de narcos, sicarios, turistas despistados o gente decente que se quieran asomar a ver la dichosa Loma, que, muéranse de risa, es propiedad privada.  Otro día, un día, ojalá que un día, pueda hacer el viaje sin temor a que la perra realidad del norte del país me alcance.




En todo el Reino

abril 2011
L M X J V S D
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 7.595 seguidores

Y EN EL VÉRTIGO DE TWITTER…

Aquí se habla de:

Para tener a mano

"Hidalgo la historia jamás contada" Adolfo López Mateos Agustín de Iturbide Alejandro Giacomán Ana de la Reguera Antonio Serrano Bertha Hernández Bicentenario del Inicio de la Independencia Biografía de Ignacio Manuel Altamirano Centenario de la Decena Trágica Centenario del Inicio de la Revolución Cine mexicano Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos conmemoraciones cívicas Conmemoraciones del año 2010 conmemoraciones históricas conmemoración del 20 de noviembre conmemoración de la batalla del 5 de mayo cráneo de Miguel Hidalgo cultura funeraria mexicana del siglo XIX Daniel Giménez Cacho Decena Trágica Demián Bichir desfile conmemorativo del 20 de noviembre Día de Muertos en México embalsamamiento de cadáveres Federico Gamboa Francisco I. Madero Francisco Zarco Fuertes de Loreto y Guadalupe Gabriel García Márquez Guillermo Prieto Historias de periodistas mexicanos homenaje a los restos de los caudillos de la independencia Ignacio Allende Ignacio Manuel Altamirano Ignacio Zaragoza Jacobo Dalevuelta Joaquín D. Casasús Josefina Zoraida Vázquez José Emilio Pacheco Laura Méndez de Cuenca Leona Vicario Libros Bertha Hernández G. libros de texto gratuitos Manuel Acuña Martín Luis Guzmán Maximiliano de Habsburgo Miguel Hidalgo Miguel Hidalgo y Costilla Monedas conmemorativas Muerte de Ignacio Manuel Altamirano México Conmemoraciones del Bicentenario Palacio Nacional Panteón del Campo Florido Panteón de San Fernando Pelicula El Infierno Peliculas del Bicentenario México 2010 Película "Héroes Verdaderos" Película Hidalgo la Historia Jamás Contada Películas Bicentenarias Películas del Bicentenario México películas históricas Películas sobre Miguel Hidalgo Pepe Fonseca Personajes en monedas de 5 pesos conmemorativas Poetas mexicanos del siglo XIX Reportero Gabriel García Márquez Restos de José María Morelos restos de los caudillos de la Independencia Restos humanos de personajes célebres Rosario de la Peña y Llerena Terremoto de 1985 en la Ciudad de México traslado de los restos de los caudillos de la independencia en 1823 Zócalo de la Ciudad de México

A %d blogueros les gusta esto: