15
Abr
11

de mujeres e historia(s) 3: asuntos de damas (historiadoras) contemporáneas.

Traigo varias cosas atoradas en el cibertintero. Una de ellas,  que tiene que ver con un peculiar congreso de mujeres que en marzo hubo en la ciudad de México, con la parafernalia de un encuentro de alto nivel. El pequeño detalle es que, con los años, hay cosas que cambian, como por ejemplo, la idea de “congreso”. En esta ocasión, El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, repartió unos blocks para notas verdaderamente buenísimos (ustedes disculpen: tengo una afición enfermiza por los cuadernos bonitos), folletitos muuy bien impresos en muy buen papel  (o sea, allí había LANA) y hasta un pin -que desde luego NO me puse- con el emblema de este mentado Congreso. Casi un mes después del mitote, la perra duda me jalonea una bota: esto, ¿como para qué? ¿como para qué armamos tantos jaleos semiprivados cuando afuera la gente pide soluciones desde la realidad para la realidad?

Metida en la perpetua tensión entre la vida intelectual y la emergencia periodística, es que me apersoné para escuchar la mesa de historiadoras del primer Congreso Internacional “La Experiencia Intelectual de las Mujeres en el siglo XXI”. Me abstuve de la mesa de periodistas por dos razones: primero porque con los años me vuelvo fundamentalista en materia de periodismo y creo que no hay periodismo de mujeres y de hombres; hay bueno o mal periodismo, y dos, porque con los años que llevo de estar escuchando lo mismo, me da absoluta flojera estar escuchando el plañir y plañir del gremio sobre la libertad de expresión, los ataques a la libertad de expresión y lo que deberíamos estar haciendo para defender la libertad de expresión, sin que haya podido fraguar una mugrosa asociación de periodistas sólida porque: tarde o temprano, algunos acaban llevando agua a su molino, y entonces las asociaciones que en algún momento tuvieron peso moral acaban por convertirse en “el negocio de…” como le he escuchado a varios amigos mayores que yo referirse a los proyectos de otros amigos, también mayores que yo.  Épocas hubo,  hace ya varias décadas, en que la ya muerta y enterrada UPD (Unión de Periodistas Democráticos) tenía como dirigente al Búho Valle (Eduardo Valle), con la consecuente grima y tirria que muchos podían agarrarle al asunto; días hubo que escuché a un buen amigo, fallecido hace años, Fausto Fernández Ponte, referirse a otro personaje como “teórico de la comunicación”, y después, muerto de risa, pasaba a cronicar cómo el referido individuo había chillado sus desventruras y su cansancio y su horror a los cuatro días de haberse iniciado como reportero en el viejo Excelsior (viejo de hace como 35 años o por ahí). Uno de los refranes que uno le aprende muy pronto a los de la “vieja guardia” periodística es que “perro no come perro”… en público, porque a muchos de ellos los he escuchado hablar horrores de sus cuates, ex cuates y ex compinches. Pero esto de los periodistas da para mucho más que ha de decirse en otra ocasión.

Lo cierto es que, si lo más que podemos hacer a estas alturas del partido es pregonar la firma de un acuerdo -concretada por los dueños de los fierros, o sea, de los periódicos, las radiodifusoras o las televisoras, personajes todos que ninguno es (y resulta solo probable que haya por ahí algunas excepciones) periodista- que será lo que como gremio querramos o permitamos que sea, porque habemos muchos desengañados o escépticos o decepcionados de las agrupaciones gremiales, es que algo anda podrido en Dinamarca.

De modo que esta vez quise escuchar a las historiadoras, empezando por la persona a quien se le encomendó moderar el numerito, a mi muy, pero muy querida Josefina Zoraida Vázquez, ante quien se cuadran historiadores y no historiadores, señora de carácter rotundo y que no se arredra ante nada. Yo quiero ser como ella cuando crezca, se lo he dicho a muchos de los amigos. Y, desde luego, la doctora Josefina contó cosas interesantes, que habla del peso que las historiadoras tienen en el desarrollo de la disciplina, y de algunos otros asuntos llamativos.

Comenzó por apuntar que “cuando no había tantas mujeres entre los historiadores”, se hacía una historia que hoy llamaríamos, dice ella,  “la oficial”, en una interesante interpretación que echa por tierra los rollos de los que acusan al Estado mexicano de tramar oscuros complots para ocultarle el pasado a los inocentes ciudadanos. Pues no. La doctora Josefina hablaba de esa “historia oficial” como los temas y líneas de trabajo que predominaban en esos días cuando la historia era todavía un coto de caza predominantemente masculino. “Una historia de héroes, villanos, buenos y malos, dentro de la historia política y la historia de las guerras”.

“Esa historia” -añadió- “cambió radicalmente”.  Ya no hay líneas de trabajo “para mujeres” (de veras que me cuesta trabajo imaginarme esos días). Josefina Zoraida Vázquez opina que las mujeres destacan, y mucho, en diferentes campos de la historia como disciplina del conocimiento humano; que hemos favorecido el desarrollo de la historia cultural y la historia social. Y asegura que, en otros tiempos se vivieron episodios discriminatorios. Recordó que ella llegó a reclamar que sus ingresos fueran menores que los de algún colega varón con menores medallas académicas. “Es que está casado y tiene que mantener casa”, le llegaron a responder. No me quiero imaginar la mirada que la doctora Vázquez debe haberle lanzado al lejano interlocutor. A la distancia de los años, ella opina que, en el contexto de lo que la disciplina ha cambiado, “son cosas, en el fondo, poco importantes”. Con todo, subraya, y yo creo que con un cierto dejo de malicia, “aún no hay una rectora de la UNAM o una presidenta de El Colegio de México”. Bueno, hoy tenemos ya a una Procuradora General de la República, hecho que avizoró años ha, Epigmenio Ibarra en esa peculiar telenovela que se llamó “Nada Personal”.

Las experiencias de las historiadoras asistentes -y que hablaron- son contrastantes. Porque lo malo de un encuentro como este, es que se reduce a un conjunto de mesas redondas, con eco de las terapias de grupo, donde un conjunto de mujeres cuentan cómo les ha ido en su empeño de abrirse brecha en un mundo que de antemano se considera masculino, y viven para contarlo con satisfacción. No sé bien qué les deja a las generaciones que ahora se plantean cómo remontar las crisis subsecuentes, las persistentes discriminaciones en algunos sectores de la sociedad o los raptos de agresión que menudean, chiquitos y grandes, en la vida diaria. A poco del encuentro, aparecieron planas pagadas en algunos periódicos citando algunas frases pronunciadas por  algunas de las damas asistentes. Una de ellas decía “que se oiga muy fuerte lo que se ha dicho aquí”,  o algo por el estilo, pues cito de memoria. Yo nada más pregunto: ¿y como para qué? ¿Como para qué que haga menos dolorosa la vida de muchas mujeres, más de las que nos imaginábamos, que a diario sufren de alguna forma de violencia?  Creo que los enfoques de género (y génera, como dice con mordacidad Arturo Pérez-Reverte-  que no se traducen en hechos palpables y tangibles, poco favor hacen a la gente involucrada.

Lo que es cierto, es que después de escuchar a las tres historiadoras invitadas, una argentina, una colombiana y una estadounidense, hay cosas interesantes qué pensar; más allá de la Historia como campo del conocimiento: señales de memorias recientes y circunstancias peculiares, interesantes de contrastar con el pasado mexicano, a saber:

Primero, que estos asuntos de la censura en las diversas disciplinas del conocimiento, no son cuestiones remotas y alejadas: según cuenta la historiadora argentina Marcela Ternavasio, en su patria, la profesionalización de los historiadores despegó hasta que se cayeron las dictaduras militares. En ese sentido, se trata de generaciones que no experimentaron esos problemas de discriminación femenina que aparecen en otras latitudes. Lo interesante es que la señora argentina contaba cómo hubo “libros prohibidos” -sí, un index de la dictadura- para los estudiantes de Historia de aquel entonces. Lo que llaman profesionalización (desarrollo de áreas de investigación, proyectos, becas) sólo llegó con “la democracia”, y son ellos, esas generaciones, los que, al alimón con su militancia política van construyendo la estructura profesional del “ser historiador” que no es lo mismo, aclara, que ser “profesor de historia”.

Una señora a la que hemos leído bastante en México  la estadounidense nacida en Cuba Asunción Lavrín, autora y/o coordinadora de obras de hará unos veintimás años sobre la vida sentimental de los novohispanos, muy cercana generacionalmente a la doctora Josefina Zoraida Vázquez, llegó a hablar de cosas que me entusiasman y que son para darle escalofrío a más de cuatro historiadores que yo me sé. ¿Por qué? porque, para empezar, doña Asunción afirma con una traviesa sonrisa que “nunca me he llamado una historiadora científica” -Aquí me afloró la risa y la sonrisa, que se agrandaron cuando agregó: “eso de las “ciencias históricas” me suena un poco hueco”.

Como hizo de la Historia su carrera en el mundo estadounidense, cuenta que no vivió estos incidentes de desigualdad de los que hablaba doña Josefina y que ella llamó “división genérica de la historia”. Pero apunta, como dato útil, que a fines de los años 70 y principios de los 80 del siglo XX  “se abren las puertas en Estados Unidos” para hacer la historia de las mujeres. Por eso ella optó por trabajar sobre las “mujeres que no son buenas”, las mujeres que no seguían necesariamente las normas del buen comportamiento que, se opinaba entonces, le garantizaba a una mujer una pareja aceptable, la felicidad terrenal y la gloria ultraterrena.

Como de eso a la fecha han transcurrido algunas décadas, cuenta doña Asunción que ahora sus intereses van sobre la masculinidad novohispana: frailes y órdenes mendicantes, y acaba por concluir que la historia puede ser vista como un desarrollo con interacción entre hombres y mujeres (pues, ¿qué no es eso?, digo yo).

En sus comentarios a esta parte, doña Josefina soltó algunos de esos juicios que me hacen quererla tanto. Primero, subrayar la manía que tenemos en América Latina a “mirarnos el ombligo” en cuanto a temas de investigación y estudio. Segundo, que, a como van las cosas en materia de migración a Estados Unidos, “estamos reconquistando en Estados Unidos la parte que perdimos”, y tercero, una enseñanza de Daniel Cosío Villegas, respecto a temas y personajes que no necesariamente nos despiertan simpatía, como Estados Unidos: “es como estudiar a los escorpiones: para estudiarlos no es necesario amarlos“.

La historia de contrastes la ofreció la colombiana Ana Catalina Reyes, quien aseguró que, en su país, la generación de los años 50 es la protagonista de la ruptura con el arquetipo femenino. Y cómo no, reflexiona uno, cuando asimila algunas fechas interesantes que dan para el contraste: desde luego, la Revolución Sexual de los 60 y 70 del siglo XX.  Pero estas son más llamativas: las mujeres empezaron a ir a la Universidad hasta 1940. Como en Colombia no se dio un proceso secularizador como la Reforma mexicana (para que vean una de sus numerosísismas utilidades, digo, por si hubiese alguien que las pusiera en duda) , las mujeres de allá tienen derecho al voto en 1955, lo cual no tendría mucha diferencia con el caso mexicano, que data de 1953. Lo relevante es que el matrimonio civil tienen validez exclusiva hasta 1980, y sólo hasta 1991 hubo una ley de divorcio.

Eso explica que las primeras generaciones de historiadores colombianos vayan despacito y con calma: los primeros planes de estudios que revelan la “profesionalización” del gremio como la generación de especialistas e investigadores no surgen sino hasta los años 80 y dirigen sus baterías contra la “historia tradicional” (donde, donde he escuchado eso…) y una de sus primeras metas fue desarrollar, en un plazo de tres años, la recuperación de la presencia histórica femenina en Colombia.

En este punto, doña Josefina señaló las “ventajas mexicanas”: los beneficios a nuestro mundo intelectual y formativo que trajeron primero los exiliados españoles y luego los exiliados latinoamericanos, con la precisión de que El Colegio de México fue fundado por mexicanos. Un segundo punto, es que tiene muchos años que esa ruptura con la historia tradicional se dio en nuestro país, y, desde luejo, ejemplificó con las heterodoxias de don Edmundo O´Gorman.

Buen rato, de verdad. Pero, a mí me sigue fastidiando, como mosco imprudente, el susurro de la perra realidad. ¿A quién beneficia este tipo de encuentros? ¿Qué ganamos como género y génera? ¿Qué proyectos, qué apoyos, qué trabajos se derivan de esto? Los encontronazos con el México real, con el de las mujeres que ahorita andan averiguando si entre esos 145 cadáveres desenterrados en Tamaulipas están sus maridos, sus hermanos o sus padres. Ya me dirá alguien que una cosa no soluciona a la otra. Y ya lo sé. Pero, ¿por qué no podemos alentar una cosa y, al mismo tiempo, con entereza y decisión, resolver la otra?


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