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Obispo, virrey y beato: don Juan de Palafox y Mendoza

Pues ahora resulta que Benedicto XVI rescata del olvido a un virrey de la Nueva España, que era, además, obispo, y, por lo que se sabe, hombre de armas tomar. El domingo pasado, y con la lectura de la Carta Apostólica  expedida por el papa Benedicto XVI, que formaliza la inscripción de don Juan de Palafox y Mendoza en el Libro de los Beatos de la Iglesia Católica, quedó atrás uno de los pleitos político-religiosos más formidables de la historia de la Nueva España, que retrasó, en más de 300 años el proceso que reconocía como santo varón y sujeto de culto al que fue Virrey en estas tierras de junio a noviembre de 1642. Si hay rencores añejos, donde se juegan poderes y voluntades de liga mayor,  el que ciertos integrantes de la Compañía de Jesús le profesaban a don Juan, merece entrar en esta categoría.

Juan de Palafox y Mendoza nació en 1600, en Fiterro, en el reino de Navarra. Su vida es novelesca de entrada, pues era hijo ilegítimo de Jaime de Palafox, Marqués de Ariza y de una “dama noble” cuyo nombre no ha llegado hasta nuestros días. Cuentan sus hagiografías que, recién nacido y como Moisés del siglo XVII, fue arrojado a las aguas de un río, y salvado providencialmente. Después de esta circunstancia providencial y milagrienta, se cuenta que, en sus primeros años, hasta pastorcillo fue. Como desde el mismo día de la muerte de don Juan, sus cuates y amigos empezaron con la ventolera de subirlo a los altares en calidad de santo, muy pronto circularon biografías donde se narraban con deleite las afortunadas casualidades, no exentas de la ayudita divina, que habían permitido a don Juan crecer y llegar a ser el santo varón que fue.

Cuando contaba con diez años, insisten los hagiógrafos, su existencia da un giro y lo inserta en la vida de las élites españolas del siglo XVII: fue reconocido por su padre el marqués, y en adelante recibió la educación esmerada que convenía a su linaje y posición. Llegaría a ser doctor en derecho canónico. Así inició su carrera política.

De representante del marquesado de su padre, saltó a fiscal del Consejo de Indias en 1629 y con el tiempo se colocó como servidor cercano de la familia real, en tiempos de Felipe IV: funcionario y confesor de infantas, no cabe duda de que la habilidad política le ayudó a ganarse la buena voluntad del rey, quien lo nombró, en 1639, Obispo de Puebla.

Palafox llegó a la Nueva España en 1640 y se quedó hasta 1649, y alternó la dignidad eclesiástica con el cargo de Visitador de los Ministros y Tribunales novohispanos. Llevó los juicios de residencia de tres virreyes y sucedió al Marqués de Villena, depuesto bajo sospecha de deslealtad, traición y una sospechosa simpatía para con los portugueses. Era pues, evidente que Palafox era gente de confianza del monarca español y a la sombra de esa confianza, se convirtió en uno de los personajes que más poder concentró en sus manos, en esos tiempos que llamamos coloniales o virreinales.

El respaldo de Felipe IV le dio a Palafox la fuerza necesaria para librar algunas batallas que, a mediados del siglo XVII resultaban sencillamente estremecedoras. Claro, el apoyo real no hubiera servido de nada si no fuera porque don Juan, por lo que hoy podemos inferir, santo varón y todo, era político de liga mayor, y perro cuando la ocasión lo requería. Sus hagiógrafos afirman que se dedicó a combatir la holganza y la deshonestidad en el ejercicio del gobierno virreinal, lo que le ganó abundantes enemigos. Abrió otro frente cuando se dedicó a arrancar las parroquias de su jurisdicción de las manos de las órdenes religiosas para trasladarlas a la operación del clero secular. Evidentemente, las órdenes se resistieron en el más puro estilo de perro que se niega a devolver el hueso, pero a don Juan el asunto no lo atemorizó ni tantito. Nadie le regateaba su capacidad y su talento, pero seguro que no era, en sus días,  el tipo más popular de la vieja Puebla de los Ángeles.

Por sonado, es famoso el enfrentamiento que sostuvo con la poderosa Compañía de Jesús, por un asunto de diezmos: los jesuitas sencillamente se negaban a entregar al obispado las sumas recolectadas. Encima, se negaban a presentar sus licencias para predicar y confesar.

El pleito era mucho más que un asunto de dineros y de jesuitas mañosos. En la disputa, lo que se libraba era la supremacía de la autoridad real sobre las cuestiones administrativo-religiosas. Para Palafox, pese a su condición de eclesiástico, no había duda: el rey español era la suprema autoridad en los reinos de la América, y no iba a ser la Compañía de Jesús, por extensa, fuerte y rica que fuese, la que iba a poner en duda tal condición. El enfrentamiento acabó cuando la corona española llamó a Palafox de vuelta a España, a ocupar el obispado de Osma, donde murió en 1659.

Bien pronto se habló de proponer la canonización de Palafox. Pero en esta historia de grandes pasiones y grandes poderes, los rencores fueron hondos y duraderos. En los 150 años que siguieron, la Compañía de Jesús se dedicó a bloquear, por todos los medios posibles, el proceso de santificación del obispo virrey, a grado tal que la causa se arrancó dos veces, una en Osma, en 1666 y otra en Puebla, en 1688. Los jesuitas, haciendo gala de su persistencia y su capacidad operativa, se dedicaron a una y mil grillas para cerrarle el paso a don Juan y evitar que algún día le llegaran a poner velas en los altares. Escribieron libelos venenosos, esparcieron maledicencias. Incluso, llegaron a grillar y presionar al Santo Oficio, hasta que consiguieron un edicto de prohibición para las obras completas de Palafox.

La tenacidad de los partidarios del obispo virrey llegó, solamente, a conseguir para Palafox el título de “Venerable”. Hasta 2004 se aprobó la propuesta por la Congregación para la Causa de los Santos y sólo en 2009 se dio por bueno el milagro que se atribuye a su intercesión, ¡que había ocurrido en 1766! Ese fue el paso final para convertir en beato a don Juan de Palafox, y, supongo, que a estas alturas, ya no habrá jesuitas que rumien el siguiente round en la batalla que sostuvieron con este personaje singular, cuyo recuerdo aún pervive en la ciudad de Puebla, que, hasta donde se sabe, recibirá por estos días, algunas reliquias (y dale con los huesos) del beato Palafox, ya que el obispo nunca llegó a ocupar el espacio que alguna vez pensó sería su tumba, allá en la catedral de la ciudad donde fue obispo, y donde vivió los años más intensos de su vida.

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