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Mis Once de Septiembre: Salvador Allende.

Allende, aún ahí, en frente al Palacio de la Moneda.

Hoy en once de septiembre. Y esta es una postal del pasado que ya empieza a ser remoto. De repente, cuesta trabajo darse cuenta de que, aquello que era un recuerdo propio, empieza a ser también un pasado que muchos de los amigos de hoy no vieron sino en los libros de Historia. Supongo que, poco a poco, uno se acostumbra a ver cómo los recuerdos son cada vez más pasado y menos anécdota de hace poco, o más o menos poco.

Eso me ocurre con el golpe de Estado  que dio lugar, en 1973, a la caída del gobierno socialista de Salvador Allende, allá en Chile. Son historias de infancia que se cruzan con historias que llegaron a mí mucho después. Hará unos cinco o seis años, hablando con esa espléndida señora que es la historiadora, investigadora emérita de El Colegio de México, Josefina Zoraida Vázquez, hablábamos del libro de Ciencias Sociales de sexto grado, que ella había elaborado, como los otros de la misma materia, como parte de la Reforma Educativa prohijada por el gobierno de Luis Echeverría, hace ya la friolera de 40 años.

Niña usuaria de aquellos libros, sigo convencida que ese volumen de Ciencias Sociales de sexto grado, es una de las lecturas más espléndidas que me tocaron en mis primeros años de lectora. Como yo era niña monstruo, y para 1973 ya a nadie le quedaba dudas de ello, tampoco a nadie le extrañaban ya mis peculiares gustos literarios. El Top era el asombroso, para la niña de 6 años que lo leyó por primera vez, “Manual de Zoología Fantástica” de Borges, maravilloso en su sabiduría y verosimilitud. Lo seguía “Antropología de la Pobreza. Cuatro Familias”, de Oscar Lewis, que contra todas las opiniones de mi madre, mi papá, seguramente picado de curiosidad, se dejó expropiar, argumentando que no le iba a entender a la multitud de peladeces que las familias de Tepito proferían en el retrato que de ellas dejó el autor de “Los Hijos de Sánchez”. Y tenía razón.  Tal vez estaba por ahí “La Vuelta al mundo en 80 Días” de Verne, una edición infantil del quijote, muy bien hecha; en fin, algunos más de los que otro día será bueno hablar.

En 1973 aún no llegaba a mis manos ese libro de Ciencias Sociales que después sería mi delicia y mi tesoro. Lleno de iconografía contemporánea; con las feministas, los Beatles, grabados del siglo XIX, la Revolución Industrial,  los catálogos de modas de 1900 y hasta Ho Chi Minh. No, no estaba aún en casa; en 1973 yo apenas andaría por el tercero o cuarto de primaria. Pero, como niña monstruo, veía noticieros (sospecho que la última vez que me dormí antes de las 8 de la noche fue en 1970).  Y en noticieros vi el golpe de Estado en Chile, vi la grabación del bombardeo al Palacio de la Moneda. Vi las notas del gobierno mexicano ofreciendo asilo a los chilenos perseguidos. No recuerdo a Augusto Pinochet, en aquellos días, pero sí recuerdo la imagen de los bomberos sacando, del humeante Palacio de la Moneda, algo cubierto con un sarape (luego me dijeron que eso era un poncho), debajo del cual nos dijeron que estaba el cadáver de Salvador Allende, muerto por propia mano antes que caer en manos de los golpistas.

Muchos años después, la querida doctora Vázquez me explicaba que esos libros de ciencias sociales que yo conocería en sexto de primaria intentaban explicarle a los niños que lo éramos entonces, el agitado mundo setentero en el que vivíamos. En aquella ocasión, me dijo “… quería que los niños pudieran entender lo que estaban viendo en los noticieros de televisión. No estoy segura de que fuesen muchos los niños de primaria que veían noticieros en esa época. Tampoco estoy segura de que haya muchos niños que hoy día ven noticieros de televisión. Pero cuando esta querida señora, una institución en la comunidad de historiadores me contó su recuerdo, parte de su historia personal, yo también recordé los noticieros que veía de niña y las pinceladas que del golpe chileno se grabaron en mi memoria. Aún hoy, antes que las muchas imágenes que he visto después, sigo recordando la pantalla del televisor.

Muchos años después, en 2005, estuve en Chile por asuntos de trabajo. Un día libre, que por cierto eran elecciones, me fui al Palacio de la Moneda. Tan grande la plaza, tan silenciosa en ese día, tan vacía. Y, en uno de esos ataques de memoria, estaba la canción de Milanés, “yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada…” y vi, en un extremo de la plaza, la estatua de Allende, que me resultó profundamente conmovedora, para la niña que fui, que, por medio de la televisión, vio salir el cadáver del presidente chileno de aquel palacio, y que en esa mañana transparente, estaba parada, convertida en adulta, ante ese lugar de memoria.

Al caminar alrededor de la estatua, me encontré con la placa que recupera una de las frases más importantes que dijo Allende en esos días oscuros. Ahí estaba y ahí sigue:

Y porque somos los mismos de antes, aunque diferentes, porque hay días, personas y lugares que no deben olvidarse, porque la historia de cada uno de nosotros se cruza con los grandes momentos que cambiaron el destino de muchos, es que hay que recordar aquellos días en Santiago de Chile, a Salvador Allende, al México que fuimos entonces y que fue y es refugio y hogar para muchos que debieron salir de aquel país hermoso, que se complace en recordar que es la finis terrae, el fin del mundo de otras épocas. Y por eso, porque siempre hay que recordar, les comparto estas fotos. Abrazos.

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2 Responses to “Mis Once de Septiembre: Salvador Allende.”


  1. 1 Luix Ampx
    septiembre 13, 2011 en 1:28 am

    ¡Qué texto tan redondo! Me ha gustado mucho… Gracias por hacerlo y ponerlo, gracias.


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