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Mis Once de Septiembre 2: el World Trade Center

Este es otro día de recordar, inevitablemente. Animales de corta memoria como somos, y generaciones distintas en convivencia, podemos ver a los compañeros de ForoTV clavados en la cobertura de los diez años de los ataques terroristas que el mundo entero presenció por televisión hace una década, sin ocuparse demasiado del aniversario del golpe militar en Chile, ocurrido en 1973. Pero de eso, ya he contado hace unas horas, mi pequeña historia particular.

Hace diez años vimos por TV la historia de la destrucción de las torres del WTC neoyorquino, y los que estábamos allí entendiendo la magnitud del asunto, sí supimos, después del segundo avionazo, que el mundo estaba asistiendo a la Historia con mayúsculas.  Una triste Historia, ciertamente.

Pero hace diez años, hacía noticieros de radio y era endiabladamente, adrenalinadamente feliz. Todo lo feliz que puede ser uno en ese espléndido mundo de las noticias por radio: rápido, encarrerado. Los días eran largos porque empezaban a las  5 de la mañana, el noti de 6 a nueve y era una espléndida pandilla, capitaneada por el querido Lalo Torreblanca, la que hacíamos noticiero en Radio Trece, en esa casa estilo colonial californiano de la calle de Emerson, donde decían que había un fantasma, una sombra que se iba a ocultar escaleras arriba a la madriguera de Abraham Zabludovsky , y donde, en esos días, después de una tormenta, cayó un rayo como a treinta metros que hizo que mi queridísmo Josué Vega, que en esos días era un muchachito que estaba cerca de acabar la carrera y ya era un auténtico peligro, se llevara un susto de la absoluta tostada.

Apoyada en la consola de audio miraba sin ver los monitores de televisión. Uno de ellos, puesto en CNN, de repente pasó al  encuadre de algo que no acababa de ser claro; pero el título inferior aseguraba que un avión se había estrellado en el WTC.  Raro el encuadre de aquellos primeros minutos de la transmisión mundial de la CNN; era tan cerrada la toma, que no había manera de imaginarse otra cosa que no fuese un accidente: parecía diminuto, en la inmensa fachada del WTC, el boquete que una avioneta, guiada por algún incompetente o un suicida, se hubiera estrellado contra el edificio. Como en esos casos pasa, se actúa por instinto. Dulce Lomelí, la querida amiga que se encargaba de los cortes de estación y leer las llamadas en aquel nuestro noticiero, agitando las manos, me sacó del raro ensimismamiento en que me quedé por unos segundos, pensando en el tamaño del agujero que puede producir una avioneta al estrellarse en un edificio tan grande. Pensaba, calculaba, estimaba un agujero, ¿del tamaño de un piso?

La máquina que todos los que andamos en esto traemos incluida se echó a andar. Dimos la nota -nos lo reportó al día siguiente el monitoreo- dos minutotes antes que el gran rival de todos en aquellos días, el Monitor de José Gutiérrez Vivó. Los encuadres de la CNN mejoraron, ya era visible la magnitud del daño, y ya sabíamos que no era una avionetita guiada por un pobre diablo; estábamos viendo Historia por la televisión, tal vez una de las más lamentables que a mi generación le ha tocado ver.

En cabina, Lalo, Carlos del Valle -que después acabaría megapeleado con la flota- Dulce y yo, empezamos a esbozar hipótesis comentarios. La impresión era mucha. Poco a poco, aparecían los enlaces con los personajes públicos que algo podrían  opinar del tema.. empezó a hablarse de terrorismo, aún como suposición… que se acabó cuando vimos juntos, silenciosos,  el momento en que el segundo avión se estrelló contra la segunda torre. Los noticieros se alargaron, se cambió de turno porque una señora levemente histérica -con la que nos llevábamos a matar y que se llama Estela Livera- estaba empeñada en entrar al aire también. Dejamos el micrófono pero no la estación. Satisfechos de la chamba hecha, de haber respondido como se espera que responda un buen periodista, todavía acelerados de adrenalina y de la certeza de que estábamos viendo algo que habrá que contar a los nietos: cómo vimos, al igual y al mismo tiempo que millones de personas en el resto del mundo, cómo el terrorismo acababa con una de las construcciones emblemáticas del siglo XX.

El armado del programa de la mañana siguiente tomó tiempo y esfuerzo. Un ex amigo me avisó que incluso los vuelos mexicanos se habían trastocado. Aquella mañana volaba a Monterrey a presentar un libro. Todo mundo en la editorial, según supe, decidió que no era momento de andar yendo de paseo en avión hacia el norte. No fuera a ser. Nadie sabía lo que podrían hacer nuestros gringos vecinos, máxime que a esas alturas, las once o doce del día, ya habían cerrado su espacio aéreo y advertido que se dispararía contra cualquier aeronave que tuviese siquiera la remota apariencia de querer pasar cerca de territorio estadounidense. Ese día llegué a Radio Trece a las 5:45 de la mañana, y salí a las 10 de la noche. No tenía sueño, había comido cualquier cosa. La adrenalina, señores, ese vicio del periodista, ejercía su imperio.

Que el responsable de los ataques era Osama Bin Laden, fue cosa muy sabida muy pronto.  En los días subsecuentes, entre el impacto y seguimiento de la información, aparecieron los parientes de Bin Laden. Chiste tonto de radiodifusora, nos comunicábamos unos a otros para el trabajo diario, de extensión a extensión, con el “Bin Laden” ya convertido en prefijo: “Bin Laden, necesito que me pases una copia de las notas de la tarde” “Bin Laden, ya te las puse en tu carpeta”. “Bin Laden, háblenle al senador paquito y díganle que lo necesitamos para entrevista a las 7 y media de la mañana, por favor” “Bin Laden, el wey dice que si le marcamos a las 8, porque llega a bañarse después de correr”.

En esas estábamos cuando, como un mes después de los atentados, al ingeniero de sistemas de Radio Trece, un sujeto que no era del todo mala gente, pero que era nefastísimo en cuanto agarraba cualquier computadora, tuvo la brillantísima idea de limpiar toda la red, y cual talibán, reseteó los equipos, formateó cuanto estuvo a su alcance, y se chutó toditititos los formatos de guiones de los noticieros matutinos y nocturnos. Llegaba yo a la estación a las 5 de la tarde, y Josué me esperaba en la puerta de la oficina, con las quijadas trabadas: “Bertha, este cabrón SÍ ES HIJO DE OSAMA BIN LADEN”, y procedió a acusarlo con todo detalle. De esos meses recuerdo que en alguna manifestación, llegamos a escuchar un estribillo que los activistas, que la verdad no recuerdo quiénes eran, coreaban muertos de la risa: “¡Si Osama, viniera, en la Torre les pusiera!”  Así somos, así eramos los que éramos en esos días.

Hoy, diez años después, han pasado muchas cosas, en este Reino y en el mundo. El amigo que esa mañana me habló para decir que había cancelado su vuelo a Monterrey -después entendería que fue por perro miedo, qué editorial ni qué tres cuartos- ya es un ex amigo que, mientras más lejos, definitivamente mejor. Josué es el espléndido profesional que hace diez años era claro que iba a ser. A mí el olfato se me ha hecho más agudo y el humor más ácido. No creo en la mitad de las cosas en las que creía hace una década, y para unas cuantas me he vuelto hasta fundamentalista. Eso, supongo, se llama madurez, otra forma de la felicidad.

Diez años de vértigo, desde aquel día.


4 Responses to “Mis Once de Septiembre 2: el World Trade Center”


  1. 1 Gabriel J. García
    septiembre 12, 2011 a las 2:20 pm

    Hola Bertha
    Muchas gracias por compartir tu testimonio de estos lamentables días. Todavía hoy a diez años de este suceso, hay muchas preguntas y misterios por resolver. En cuanto tus vivencias es muy interesante saber lo que viviste y cómo lo enfrentaron. Saludos

    • 2 Bertha Hernández
      septiembre 12, 2011 a las 4:02 pm

      Gracias, Gabriel querido. A una década de distancia, que no acabo de saber si es mucho o es poco, este es uno de esos momentos excepcionales en que asistimos a un cambio histórico. Esas son las cosas que nos hace bien aprender. Te mando un abrazote. B

  2. 3 Josué Vega
    septiembre 12, 2011 a las 10:19 pm

    Ya son diez años. Lo curioso,es que ese día me lo pasé en la estación y justo diez años después me lo paso en la oficina, trabajando, en domingo. Ese día cambió muchas cosas en el mundo; reafirmé que mi desición por la carrera de comunicación era la correcta y nada se compara con la adrenalina que se genera al estar en este medio.

    Una década después sigo aprendiendo de personas tan valiosas y profesionales como Bertha.

    Josué Vega😀

    • 4 Bertha Hernández
      septiembre 13, 2011 a las 2:50 pm

      Y a tí que te digo, querido. listísimo muchacho, amigo, cómplice, compinche, hermanito. Contigo conspiro, me indigno, me alegro, leo el mundo. Por eso te digo que te quiero mucho, como hace diez años, como siempre.


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