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Son las 7:19 ¿no sientes aún escalofrío? 26 años desde el terremoto de 1985

¿Qué sentimos, qué se nos revueve al volver a mirar estas imágenes?

A mí si, la verdad, un poco.  La vista de los relojes que se quedan paralizados en algún punto del tiempo, en una historia que ya no alcanzaron a marcar, me da un cierto desagrado.  Me genera una peculiar tensión ver, desde hace 25 años, la transmisión de la ceremonia luctuosa en el Zócalo, mientras los noticieros de radio transmiten las ceremonias paralelas en los edificios donde murieron docenas de costureras; en el predio que alguna vez ocuparon edificios del Multifamiliar Juárez;   en aquella que, en la mitad de los años sesenta del siglo XX era la “Ciudad Tlatelolco”, uno de los proyectos habitacionales más novedosos de su tiempo, y que, desde 1985, ya no puede borrar la huella traumática del derrumbe del edificio Nuevo León. Sí, me da cierto repelús; un peculiar escalofrío, nomás de recordar que esa mañana no estaba uno donde solía estar, que esa mañana, por ir a donde tenía uno que ir, en los ojos se quedaron imágenes que no se habrían de olvidar, que por saber lo que ocurría en otros puntos de la ciudad, ojos muy jóvenes atisbaron algunos elementos de tragedia, que por estar donde les tocaba, vieron lo que vieron, o porque algún azar insospechado propició que algunos vivieran para contar, después, lo que fue esa mañana, cuando algo más que el rostro de la vieja capital, cambió radicalmente.

LA MEMORIA ANTIGUA: EL MIEDO SE CUENTA EN CREDOS

Hay dos clases de memorias interesantes,  cuando de sismos en México se habla.  Una, la de siglos pasados, cuando, ante la falta de mayores instrumentos para comprenderlos, ya no se diga de discurrir alguna actitud preventiva o de protección, no quedaba sino sufrir en carne propia la experiencia de los temblores de tierra. Incomodan, por oscuras, las narraciones de los días virreinales, porque todas coinciden en que la tierra solía rugir de manera aterradora; porque los sismos, en aquellos días, solían ser, amén de intensísimos, muy, muy largos. mala cosa cuando sólo se cuenta con la fe y una que otra advocación de la virgen María para sobrellevar la experiencia.

Los antiguos habitantes de la Ciudad de México sabían, como lo volvieron a aprender los modernos chilangos después del terremoto de 1985, que el miedo encuentra peculiares dimensiones: mucho antes de que existieran las escalas y los sismógrafos, en el Valle de México, la duración de los temblores y por tanto el terror que estos fenómenos desencadenaban en nuestros antepasados, cobraba medida en forma de credos y de avemarías.

Los novohispanos intentaron dar a los temblores algún parámetro que les permitiera manifestar el tamaño de su miedo. A falta de escalas de medición y espíritu lo suficientemente científico, no se les ocurrió otra cosa que consignar la duración de los sismos por medio de las oraciones que desgranaban para hacer soportable el desconcierto y el miedo: el temblor del 17 de enero de 1653 duró más “del tiempo que pueda ocuparse en rezar dos credos con devoción”. El 13 de septiembre de 1667, dicen, tembló con mucha fuerza y “duró tres credos”; el del 30 de junio de 1700 se prolongó apenas un par de credos.

Poco a poco, a medida que la tecnología y la ciencia se esforzaban en explicar los movimientos telúricos, el recurso de la fe inocente cayó en desuso: los temblores del siglo XIX, al menos en las crónicas que heredamos, carecen de ese peculiar sistema de medición. Los recuentos de daños y las estimaciones de Richter y Mercalli comenzaron a desdibujar a los ruegos encendidos, a las plegarias colectivas y a los cielos rojos que presagiaban desastres.

El pobre reloj que se quedó para siempre en las 7 con 19 minutos

A principios del siglo XX, aún pervivía en la memoria el recuerdo del sismo de 1894 que acaso narraría Manuel Gutiérrez Nájera en su muy recomendable “Crónica color de bitter” y, desde luego, entre los más ancianos en el fin de siglo, aún quedaba algo de las imágenes del temblor del 3 de marzo de 1845, cuando se cayó la cúpula del templo de Santa Teresa. En ambos casos hubo en la capital mexicana muertes y derrumbes.

Con el siglo XX , el avance científico permitió entender más y mejor qué era eso de los temblores, aunque, evidentemente, eso no disminuyó ni un milímetro, el pavor que le inspiraba esta clase de fenómenos a los habitantes de la capital.

Del temblor del 7 de junio de 1911, el llamado “temblor maderista”, porque ocurrió el mismo día en que Francisco Madero entró triunfante a la ciudad de México, se dijo, durante años que era el más intenso y dañino en la memoria del país; su magnitud se calculó en 8 grados Richter.  Los reportes de la época fueron muy exactos; ya se empleaba la escala de Mercalli modificada por el italiano Adolfo Cancani. Fue tan precisa la evaluación inicial que planteaba para la capital, una magnitud de 8 grados y de 10 en la zona del epicentro del terremoto.Ese reporte habla de un movimiento “súbito y durísimo”, tan fuerte, que los instrumentos de la época, enloquecidos por la intensidad del terremoto, no pudieron fijar con exactitud la localización del epicentro.

Sorprende escuchar a muchos decir que el temblor de aquel día de junio de 1911 “no fue gran cosa”; y sorprende porque si uno se toma la molestia de asomarse a los documentos de hace un siglo, encontrará  los recuentos de daños de una gran lista de edificios públicos, empezando por el Palacio Nacional y la Catedral. Pero también hubo daños en la escuela Nacional Preparatoria de San Idelfonso, en la Inspección General de Policía, en las bodegas de la estación central del ferrocarril, en el edificio de Telégrafos Federales y en el pabellón de las guardias presidenciales en Chapultepec. En las zonas cercanas a Tepito se levantaron los rieles de los tranvías. Centros educativos como la Escuela Normal, en Popotla, y la Escuela Industrial de Huérfanos, en Tlatelolco, también resultaron afectados. Los dormitorios de un cuartel en San Cosme aparecieron en la prensa de esos días como uno de los casos más impresionantes; más de una treintena de soldados habían muerto mientras dormían, al caerles encima la construcción. También se derrumbó, en aquella ocasión, la fachada de los juzgados adyacentes a la vieja cárcel de Belén.

Evidentemente, en la memoria citadina y política, el terremoto de la madrugada del 7 de junio de 1911 se desvaneció en el ambiente triunfal de la llegada de Madero a esta ciudad. Hasta un corrido hubo, según el cual, lo que importaba de aquel día era la entrada triunfal del caudillo:  “Unos decían que sí, otros decían que no… y cuando llegó Madero, ¡hasta la tierra tembló…!”

Metidos a husmear en la historia de nuestros sismos, es inevitable preguntarse ¿Por qué no hubo daños tan considerables como para que este temblor “maderista” fuese recordado por sí solo? Aventuro una respuesta. Porque la ciudad de México era una ciudad muy baja. Chaparra, pues. Las construcciones más altas tendrían tres o cuatro pisos, como el hoy Museo Nacional de Arte. Pero la lectura de los reportes no deja lugar a dudas: fue un horrible terremoto. para los que no creen mucho en su alcance; y con un dejo de sorna, los invito a que intenten ponerse en el lugar de Francisco León de la Barra,  presidente interino, y la cara que tendría cuando se enteró de que en el patrio central de Palacio había un arco a punto de desmoronarse, y que en algunas áreas de la ya muy vieja construcción, las cuarteaduras eran bastante feas y aparatosas. Uno que va a recibir visitas y mira nomás, carajo, habrá rezongado por lo bajo.

Poco más de medio siglo después, el sismo del 28 de julio de 1957, de 7.7 grados Richter, le arrancaría el título del más terrible a este temblor maderista, al provocar el desprendimiento, de lo alto de la Columna de la Independencia, a la victoria alada, al familiar “Ángel” de la capital. Tal vez, en aquella ocasión, el efecto fue más bien simbólico, se cayeron un par de edificios en puntos curiosos -quiero decir que no hubo zonas arrasadas, sino un par de casos aislados- pero la impresión de ver en el suelo a la victoria alada, emblemática desde que don Porfirio la mandó traer para las fiestas del Centenario, fue algo que le dolió en serio a los chilangos y al resto del país.

Pero con los sismos de hace 26 años, estos parámetros cambiaron por completo. El miedo, no tan oculto, se quedó para reaparecer en cada nuevo movimiento de tierra; se quedó para los que en cada nuevo sismo sienten que el pánico les gana; para los que acopian fuerzas, por si hay que escapar para salvar la vida. Aunque sea lugar común, el terremoto de 1985 nos cambió a los que lo vivimos; desde entonces, un mugroso temblorcillo de 5 grados ya no altera a los más templados; uno de 6 grados apenas se siente. Pero, para muchos, volver a decir “está temblando” es de nuevo el ramalazo de miedo; la memoria propia y heredada que nos hace pensar: “este temblor que comienzo a sentir, ¿será el que ha de venir, el que tienen una década advirtiéndonos los sismólogos y las  entidades de protección civil?” Pasa el temblor. No ha sido. Pero pudo haber sido. No es, pero el asomo del miedo, quién nos lo quita. No ha sido, pero alguna vez será. Y no es predicción, sino purititita sismología.

 

¿Reconocen en esta imagen la avenida José María Izazaga? Cuesta trabajo

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4 Responses to “Son las 7:19 ¿no sientes aún escalofrío? 26 años desde el terremoto de 1985”


  1. septiembre 19, 2011 en 4:29 pm

    Interesantísimo; es genial leerlo desde un punto de vista contextual-histórico, mucho más científico que la mayor parte de los textos amarillistas sobre el tema que pululan por toda la red. Un saludo.

    • 2 Bertha Hernández
      septiembre 19, 2011 en 6:07 pm

      Muchas gracias por visitar este Reino. Mañana ponemos una segunda parte de estas ideas que conjuntan historia y crónica, la crónica de nuestros miedos. ¡un abrazo!

  2. 3 Antonio Fuentes
    septiembre 21, 2011 en 4:26 pm

    Maestra Bertha: Sin duda los terremotos son parte de México. Quiero pensar que en tiempos aztecas debió ocurrir algún evento de este tipo y me parece curioso que no exista una deidad en particular. Debieron ser eventos sentidos por los animales y manifestados de forma muy especial por el lago. ¿Algún cronista de la conquista lo habrá registrado? A ver si nos comenta algo al respecto. Sobre otro temblor que recuerdo haber leido en la biblioteca de México en Revista de revistas y contado por Jacobodalevuelta, fue el sucedido mientras se presentaba el teatro de Ulises a principios de 1928, en Mesones 42, Actuaba en la obra Antonieta Rivas Mercado. Le mando un abrazo. Una petición: ¿Nos puede hablar de la investigación no probada del ing. Déneke que dice que Maximiliano vivió en el Salvador y no fue fusilado?

    • 4 Bertha Hernández
      septiembre 26, 2011 en 2:58 pm

      Muy querido don Antonio: gracias por visitar este Reino de nuevo: voy de atrás para adelante. Puede ser muy entretenido escribir sobre Maximiliano y el famoso Justo Armas; esa es una historia que, en México, acaba de cumplir diez años. Rolando Deneke había venido antes a México, donde nadie, quiero decir, ningún historiador, con excepción de José Manuel Villalpando, quiso prestar oídos a sus hipótesis. Esto debe haber ocurrido tal vez hace unos doce o trece años. Pero la historia conocida públicamente en México empezó hace diez años y unos cuantos meses, cuando un cable de la agencia española EFE dio cuenta de la publicación en Madrid de una novela, “La tierra ligera”, que pese al leve alboroto que se armó acá, no se vendió en tierra mexicana. En aquella novelita, escrita por un señor español de apellido Miralles, se ventilaba buena parte de toda la información acopiada por Deneke. Cuando este cable se publicó en México, vea nomás lo que son las cosas, una vez más se armó un entretenido alboroto doméstico. Aunque yo conseguí el correo de Deneke e insistí repetidamente en conseguir una entrevista, el arquitecto salvadoreño nunca quiso declarar nada. Entre quienes sí declararon en ese momento y dieron argumentos, la mayor parte orientados a descalificar la hipótesis de Deneke, estuvieron Fernando del Paso e historiadores especializados en el Segundo Imperio Mexicano, como Patricia Galeana y el austriaco Konrad Ratz.. El propio Villalpando externó sus opiniones, en el sentido de que se trata aún de una investigación incompleta; y de hecho, por él es que se supo, en esos días, algunos detalles de lo que Deneke había venido indagando. Todo esto se publicó en el periódico La Crónica de Hoy, cito de memoria, por marzo de 2011. Y le prometo no una sino tres entradas sobre los pleitos sobre el Segundo Imperio, muy posteriores al Segundo Imperio: una, la entrevista que concedió Mariano Escobedo a uno de los primeros reporteros modernos, Manuel Caballero, acerca del sitio de Querétaro, cuando sale a relucir la traición o intento de negociación de Miguel López, compadre de Maximiliano, poniendo en tela de duda la efectividad de las fuerzas republicanas que sitiaban Querétaro.
      Otra, es el Wikileaks del siglo XIX: la revelación, con propósitos claramente políticos y desacreditadores, de lo que se conoce como “el libro secreto de Maximiliano”, un cuaderno donde el meticuloso Max anotaba sus impresiones acerca de los políticos, militares y personajes mexicanos que iba conociendo, y de los cuales, no siembre pensaba y hablaba bien. Una tercera es, precisamente, esta historia del supuesto perdón de Maximiliano. Tres curiosidades históricas bastante simpáticas.
      Por otro lado, le confieso que no he hurgado con suficiente constancia como para dar con todos los materiales de Jacobo Dalevuelta, quien, mientras más vueltas le doy, más me convenzo de que se trata de un personaje del que se necesitan nuevas y mejores investigaciones. Iré a buscar ese ejemplar de Revista de Revistas. Hasta el momento, y en lo que conozco, quizá la mejor crónica de un sismo en la ciudad de México, anterior al terremoto de 1985, es esta que menciono, la bella, bellísima “Crónica color de bitter” del Duque Job, pero buscaremos la de Dalevuelta.
      Sismos en tiempos prehispánicos: cosa curiosa, prácticamente no hay referencias. Abundan sí, las que dan cuenta de los eternos enfrentamientos con el elemento dominante en la ciudad: el agua. Los mexicas vivían trabajando para dominar el lago, buscando contener inundaciones, dotar de estabilidad a la ciudad, y por ello construían acueductos, a veces con terribles consecuencias, cegaban manatiales, construían diques. Uno de los presagios de la conquista refiere que las aguas del lago rugían, enbravecidas, y que, incluso “hirvieron” (?) . Difícil determinar si se trataba de un sismo. Estas narraciones se parecen, en este sentido, a las crónicas medievales, abundantes en milagros y prodigios: la enunciación del hecho fantástico se genera con toda naturalidad, como si el prodigio no fuese tal, y por tanto, a nosotros, lectores de muchos siglos después, la narración nos parece incompleta. Hasta el momento no he hallado referencias, pero espero darle más noticias muy pronto. Le mando un abrazote y gracias por escribirnos.
      Bertha.

      Pero


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