22
Sep
11

“Una película de terror en cámara lenta”: más sobre el terremoto de 1985

Nadie ha vuelto a ver la ciudad de esta manera. Afortunadamente.

Decía yo el otro día que  esta idea del gran sismo que ha de venir un día a quitarnos la tranquilidad a los habitantes de la ciudad de México no es alharaca ni ganas de armar bulla o sumir en la paranoia a la respetable concurrencia. Es, simplemente, la enunciación de un hecho objetivo: un día volverá a temblar con gran intensidad y su repercusión en este viejo valle será importante, por decirlo de manera educada.

Trato de ser correcta en la expresión, precisamente porque, cada tanto, generalmente cuando algún compañero reportero conoce el sistema de alerta sísimica, y aprende un par de gramos de lo que todos los habitantes de la región más transparente del aire (ajá) deberíamos saber, puesto que aquí vivimos, en esta mole de concreto y yerbas variadas, asentadas en un lecho de fango, la nueva información adquirida por el reportero, que no es precisamente el mejor ejemplo de “persona-bien-informada”, suele tomarse las cosas a la tremenda, y acto seguido manda a su redacción la nota que, invariablemente, suele aparecer en titulares  de 72 puntos y que suele decir alguna BARRABASADA más o menos de este calibre:  “INMINENTE TERREMOTO AFECTARÁ A LA CIUDAD DE MÉXICO” o peor aún: “UN TERREMOTO ACECHA A LA CIUDAD DE MÉXICO”.  Lo aún más lamentable de estos casos, que he visto repetirse el fenómeno por lo menos una media docena de veces en 20 años (es decir, cada vez que un reportero ignorante se entera). Pero lo que está detrás de estos accesos de sensacionalismo sí es, como a mí me lo dijera alguna vez un especialista, “como ver una historia de terror en cámara lenta”.

Donde fue morgue inmensa, hoy existe un centro comercial. ¿Alguien lo recuerda?

Pero, quizá parte del problema en la peculiar relación que los habitantes de este anciano valle tenemos con los sismos y terremotos, radica en nuestros problemas de memoria histórica. Resulta inquietante darse cuenta de lo fácil y rápido con que nos hemos olvidado que, prácticamente “desde siempre”,  los sismos nos han administrado dosis de sustos más o menos grandes, y que, debido a los cambios tecnológicos y a la dinámica constructiva de la ciudad, con los años los sismos se han vuelto más impactantes. La ciudad ha aumentado su superficie, y los antiguos pueblos vecinos son ya colonias del monstruo urbano en el que vivimos ahora; la ciudad es ahora más alta: hace mucho que superamos el momento en que el primer “rascacielos” mexicano, el edificio de La Nacional de la esquina del Eje Central Lázaro Cárdenas (en sus días San Juan de Letrán) causaba asombro, como lo pintó un tierno cromo de calendario de unos setenta u ochenta años atrás.

Como ejemplo, hablemos un poco de la imagen inmediata anterior. Para los que vivimos esos días, me parece que no tenemos problema para ubicar el hecho y la circunstancia: es el ahora desaparecido Parque de beisbol del Seguro Social, que estaba en el cruce del Viaducto con la Avenida Cuauhtémoc en la ciudad de México. Entre las muchas medidas emergentes de los días más terribles que siguieron al terremoto, que fueron aquellos en los que la gente se dedicó a rescatar vivos y muertos de entre las ruinas de numerosos edificios, el parque fue habilitado como una enorme morgue, a donde llevaron, seguramente por centenares, los cuerpos de las víctimas de los derrumbes. El campo de juego se llenó con rapidez de cadáveres, rodeados por bolsas y bolsas de hielo, en un intento por moderar la descomposición. Las filas de la gente que buscaba a algún amigo o familiar eran inmensas. Terrible experiencia debe haber sido, para quienes la vivieron, tener que entrar al gigantesco depósito de cadáveres y pasar revista a diez, a vente, a cincuenta, a cien, buscando a alguien, ansiosos de encontrar y al mismo tiempo esperando no hallar.

De todo esto, desde luego, nadie se acordó el día en que el parque de beisbol despareció y se convirtió en un gran centro comercial, Parque Delta (el nombre original del estadio beisbolero), por el cual pasean cientos de personas, entre familias, chamacos de secundaria en desvergonzada pinta, parejitas que van por el helado, y consumistas de toda ralea y pelaje. Pero seguro que a nadie le haría gracia que le digan que ahí, debajo de donde está muy a gusto tomándose un helado de yoghurt sin grasa, era la superficie donde empezaron poniendo docenas de ataúdes armados a la carrera, sin acabados ni nada de eso, tal era la urgencia de darle una estancia siquiera decorosa a las víctimas aún no identificadas. Incluso, a ratos, ni ataúdes había; solamente sábanas y bolsas especiales para arropar a tanta pobre carne lastimada.

FRAGMENTOS DE RECUERDOS

El problema es muy comprensible, por humano: hay cosas que nos duele recordar. Pero en los últimos años del siglo XX, el impacto del terremoto fue tal, que no hay manera de olvidar. Aunque sean 26 años, suficientes para que los niños que eran niños ahora cuenten que salieron de sus casas en brazos de sus padres o de sus abuelos, y que del sismo no recuerdan absolutamente nada. Y hay tantos que recordamos aún.

Como duelen las heridas profundas, duelen aún en los habitantes de esta ciudad las huellas del terremoto de 1985. Encontrarse, en el curso de la vida, con alguien que haya escapado por un pelo de la muerte, o haya vivido para contar cómo libró el desastre, resulta una lección de vida.

Recuerdo a un condiscípulo mío, que, al tiempo que estudiaba la licenciatura (éramos unos escuincles de quinto semestre de Comunicación), asistía al Conalep de la calle de Balderas, que se hizo pedazos. En el caos inmediato y la siguiente suspensión de clases, dejamos de saber de él varias semanas. Después supimos que había quedado atrapado en los escombros. Pero sobrevivió, fue rescatado con lesiones graves en una pierna, e iba a clases con muletas y a pesar de las numerosas operaciones que le practicaron para rehabilitarlo. Acabó la carrera, desde entonces no sé de él. Pero me acuerdo tan bien del chico llegando a su clase a las 4 de la tarde, al principio en silla de ruedas, luego en muletas, de los compañeros que le hacían lugar en la primera fila para que no se le complicara la entrada a clase.

Recuerdo también a un chico, de nuestro equipo de producción de Radio13. Vivía en el edificio Nuevo León con su familia. Apenas tenía cinco años. Su padre, que trabajaba en el corporativo de Bancomer, en un turno nocturno, llegó a las 7 de la mañana con automóvil nuevo. El banco se lo había renovado. Le tocó el timbre a la familia, para que bajaran en tropel a ver el vehículo. Todos bajaron y eso los salvó. Estaban en el estacionamiento cuando el edificio se vino abajo. Sobrevivieron, pero lo perdieron todo, vivieron un mes en un albergue para damnificados. En su vida de joven adulto, mi amigo llevaba la impronta de esos días:  jamás desperdiciaba comida, si no se acababa un plato, lo guardaba para después; sabía las fechas de caducidad de toda clase de alimentos envasados y el tiempo máximo de consumo después de haber vencido la vigencia. Pero también recuerdo haber tenido una alumna de la licenciatura en periodismo, paralizada y deshecha en llanto con un temblor de 6 grados: volvía a recordar los dos días que pasó con su madre, atrapada en los escombros de su casa, siendo la niñita muy pequeña que era en 1985.

Pero así como hay historias muy duras, que aún lastima recordar, también está la nostalgia de las calles que cambiaron radicalmente y que se llevaron pedazos de nuestras historias personales. En el café del Hotel Regis, tapizado en rojo y oro, aprendí, unos cinco o seis años antes, de la mano de mi padre, esa práctica, ritual de iniciación conocido como “ir a tomar un café”: comprábamos algún libro en la librería del Centro Cultural Reforma, extinto también, y luego íbamos a que yo me administrara mis primeros cafés capuchinos -con un chorro de azúcar, si tenía yo como 15 años-  en el Regis. Y, contraesquina de aquel Regis, empotrado en el edificio, estaba el reloj Haste (la hora de México) cuadrado, que apareció en tantas fotografías, en el piso, detenidas las manecillas para siempre, en las 7 con 19 de la mañana.

Pero como hay dolor, hay nostalgia y hay celebración de la vida; los rescatistas aplaudían y celebraban cada vez que salvaban la vida de alguien, cada vez que sacaron en brazos a un bebé del Centro Médico, donde los edificios de Oncología,Traumatología, Obstetricia, Ginecología y Pediatría estaban caídos.  Tal vez no me di cuenta, pero este día 19 no leí nada acerca de los entonces recién nacidos rescatados y a los que se les prometieron becas y no sé qué mas apoyos para compensarlos del trauma terrible de que, en algunos casos, sus madres hubieran fallecido en el terremoto.

Coro a muchas voces, la historia de ese 19 de septiembre trasciende el recuerdo fácil, pero su reflejo se queda corto en los informes oficiales inmediatos, los oficiales y los de estos días que ahora vivimos: los documentos del gobierno de Miguel de la Madrid declaran que ese sismo de las 7:19 de la mañana, con epicentro en las costas de Guerrero y Michoacán, provocó un déficit de vivienda, de 30%, en el Distrito Federal; que 100 mil familias vieron afectado su patrimonio, que las agencias del Ministerio Público dieron fe de 4 mil 541 muertes, que el sistema de hospitales, gravemente lesionado, atendió a 15 mil 936 heridos. En una de sus crónicas sobre el terremoto, Carlos Monsiváis estimaría la cantidad de muertos entre 15 mil y 20 mil.  Pocos datos sólidos nos quedan de entonces.

Hace dos días, El Universal publicaba una nota con una curiosa fuente: el Registro Civil, que asegura, basado en su sistema digital de actas, que los muertos en la ciudad de México, en el terremoto de 1985 fueron 3 mil 692.   Con agudeza, Joaquín López Dóriga mandó al caño, de inmediato, la nota, recordándonos una cosa: las actas de defunción pertenecen, evidentemente, a aquellas víctimas que fueron identificadas, y una de las cosas terribles de aquel terremoto, son las fosas comunes donde descansan numerosas personas que no fueron identificadas. La nota, por lo tanto, pasó sin pena ni gloria, minimizada por este tipo de contraargumentos y por otro fenómeno importante: el escepticismo con que recibimos cualquier información que lleve la etiqueta de “oficial”.

Las consecuencias del terremoto son ambivalentes: es lugar común hablar de la movilización de la sociedad civil, con lo bueno y lo malo que ello tiene. Lo bueno: la certeza de que, ante un vacío de autoridad, la gente de esta ciudad piensa bien, y actúa mejor; que puede haber iniciativas responsables y nutridas de enterezas en medio del caos. Lo malo: que surgieron nuevos clientelismos de los que, a la fecha, no nos hemos podido librar. Para muestra elocuente basta un nombre: René Bejarano, de quien, la verdad, no me dan ganas de escribir.

OK, OK, PERO, ¿Y LA PELÍCULA DE TERROR?

Alguna vez, cuando andaba reporteando, hace ya bastantillos años, me encontré con uno de los especialistas que en ese entonces monitoreaban la famosa alerta sísimica que, a raíz del terremoto de 1985, fue creada. De hecho, este año está celebrando sus 25 años de vida.  En aquellos días, hablando con Juan Manuel Espinosa Aranda, en sus oficinas del Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, A.C. -de la cual se pueden enterar en http://www.cires.org.mx/  me enteré de las peculiaridades de nuestro sistema de alerta sísmica, que funciona y funciona bien. Tiene un problema esencial: su alcance de monitoreo, pues fue creada e instalada en el territorio del estado de Guerrero, a raíz del terremoto de 1985, y en atención a la recuperación de la información histórica que se remonta a principios del siglo XX (hay, aparte del temblor maderista, datos sobre algunos otros sismos importantes ocurridos en la primera década), dispone de una docena de estaciones “sismo sensoras” que son las que “disparan” la alerta sísmica. ¿Ustedes la han escuchado durante una transmisión radiofónica? Yo sí.  Entonces, como hoy, nunca falta quien, tras un sismo se indigne y reclame, porque no sonó la alerta sísmica. la respuesta usual en estos casos es que la cobertura del sistema es aún limitado, y en ello habrá que trabajar.

Y la idea de la prevención, y de preguntarnos cada año si estamos preparados para el gran temblor que puede venir tiene que ver con esto: El SAS (Sistema de Alerta Sísmica) opera de manera continua hace ya 20 años, recién cumplidos en agosto pasado. Y han tenido el cuidado de señalar y ubicar los epicentros de los sismos que han ocurrido en Guerrero, con efectos de diversa intensidad en Toluca y el Valle de México. En sus estadísticas reportan la detección, con 60 segundos de anticipación (que para ponerse a salvo son muy muy buenos y que para sufrirlos en temblor son eternos), de 13 sismos intensos, además de 53 de intensidad “moderada” y otros 1934 de intensidad menor.

Lo importante y que no hay que olvidar, por más a gusto que nos sintamos en la ciudad de México es que han detectado una zona, entre los puertos de Acapulco y Zihuatanejo a la que definen como de “silencio sísmico”: ningún sismo reciente ha tenido su epicentro en esa región; es un “hueco” que puede advertirse perfectamente, con absoluta claridad en las gráficas que desarrollan en el CIRES. Fue cuando me dijeron: “Mira: ¿no se te hace como ver una película de terror en cámara lenta?”.  Cito su previsión al respecto: se trata de “una región donde deberá ocurrir un movimiento sísmico de proporciones similares al de 1985 que causó grandes daños en la ciudad de México.” Ese es el gran sismo que un día ha de venir. Como les decía el día 19: no es predicción, es pura sismología; son hechos debidamente consolidados  y, si gustan, entren a la parte del SAS en la página del CIRES, que es este:     http://www.cires.org.mx/sas_es.php   Es bueno saber estas cosas. Por eso, 26 años después,  la pregunta sigue siendo válida para nosotros y para los que estamos en obligación de proteger. ¿Estamos preparados? Ojalá, ojalá porque este es un trabajo muy sólido hecho por mexicanos; ojalá porque este es uno de los casos en los que se demuestra para qué sirve esto de saber y de escribir sobre historia. Que nos valga.

¿habremos aprendido la lección? Perra duda.

Anuncios

2 Responses to ““Una película de terror en cámara lenta”: más sobre el terremoto de 1985”


  1. 1 Susana Jauregui
    septiembre 22, 2011 en 5:10 pm

    Maestra Hernández: Lo que cuenta sobre el desperdicio me llevó a recordar un evento reciente: Un amigo que viviá en Haití regresó hace un año a México, después de resistir hasta el límite carencias y esperanzas. Cuando llegó a México, parecía ecuánime y entusiasmado, pero un evento lo puso al límite. Su mamá tiró a la basura un viejo trapo de cocina. El lo vió y se puso histérico, le dijo que como se atrevía a tirar algo que servía, que podía ser necesario en el futuro. Una cosa muy fea. Está en tratamiento psiquiátrico ahora. Espero nunca vivamos de nuevo esa situación límite. Saludos

    • 2 Bertha Hernández
      septiembre 22, 2011 en 10:22 pm

      Querida Susana: gracias por visitar este Reino. En efecto, las situaciones límites ponen al descubierto lo mejor, pero también lo peor de nosotros. Es muy conmovedor lo que nos comparte. Cuando se ha soportado tanto y tan difícil, un gesto, un incidente, puede hacernos explotar, y entonces aparecen el horror, la angustia, la incertidumbre tanto tiempo contenida.. Ojalá su amigo se recupere y regrese a la tranquilidad. Y ojalá el sismo que está previsto, se tarde en venir todo lo que quiera. Nosotros no tenemos ninguna prisa.
      Un gran abrazo.
      Bertha.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


En todo el Reino

septiembre 2011
L M X J V S D
« Jun   Nov »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 7.577 seguidores

Y EN EL VÉRTIGO DE TWITTER…

Comentarios recientes

Bertha Hernández en Postal del pasado remoto: los…
Carlos Gaudencio Vil… en Postal del pasado remoto: los…
juan carlos gonzalez en La Patria está en todas p…
Bertha Hernández en El grito según Federico G…
AGUSTIN SANCHEZ GONZ… en El grito según Federico G…
JUAN ANTONIO HERNAND… en Postales del tiempo pasado: El…
Bertha Hernández en Tres postales de memoria: la j…
Bertha Hernández en Tres postales de memoria. Dos:…
Bertha Hernández en Tres postales de memoria. Dos:…
Gabriel J. García Le… en Tres postales de memoria: la j…

Aquí se habla de:

Para tener a mano

"Hidalgo la historia jamás contada" Adolfo López Mateos Agustín de Iturbide Alejandro Giacomán Ana de la Reguera Antonio Serrano Bertha Hernández Bicentenario del Inicio de la Independencia Biografía de Ignacio Manuel Altamirano Centenario de la Decena Trágica Centenario del Inicio de la Revolución Cine mexicano Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos conmemoraciones cívicas Conmemoraciones del año 2010 conmemoraciones históricas conmemoración del 20 de noviembre conmemoración de la batalla del 5 de mayo cráneo de Miguel Hidalgo cultura funeraria mexicana del siglo XIX Daniel Giménez Cacho Decena Trágica Demián Bichir desfile conmemorativo del 20 de noviembre Día de Muertos en México embalsamamiento de cadáveres Federico Gamboa Francisco I. Madero Francisco Zarco Fuertes de Loreto y Guadalupe Gabriel García Márquez Guillermo Prieto Historias de periodistas mexicanos homenaje a los restos de los caudillos de la independencia Ignacio Allende Ignacio Manuel Altamirano Ignacio Zaragoza Jacobo Dalevuelta Joaquín D. Casasús Josefina Zoraida Vázquez José Emilio Pacheco Laura Méndez de Cuenca Leona Vicario Libros Bertha Hernández G. libros de texto gratuitos Manuel Acuña Martín Luis Guzmán Maximiliano de Habsburgo Miguel Hidalgo Miguel Hidalgo y Costilla Monedas conmemorativas Muerte de Ignacio Manuel Altamirano México Conmemoraciones del Bicentenario Palacio Nacional Panteón del Campo Florido Panteón de San Fernando Pelicula El Infierno Peliculas del Bicentenario México 2010 Película "Héroes Verdaderos" Película Hidalgo la Historia Jamás Contada Películas Bicentenarias Películas del Bicentenario México películas históricas Películas sobre Miguel Hidalgo Pepe Fonseca Personajes en monedas de 5 pesos conmemorativas Poetas mexicanos del siglo XIX Reportero Gabriel García Márquez Restos de José María Morelos restos de los caudillos de la Independencia Restos humanos de personajes célebres Rosario de la Peña y Llerena Terremoto de 1985 en la Ciudad de México traslado de los restos de los caudillos de la independencia en 1823 Zócalo de la Ciudad de México

A %d blogueros les gusta esto: