Archivo para 16 enero 2012

16
Ene
12

Más sobre la Estela de Luz: El pequeño monstruo de la calle de Lieja busca a su padre.

Ya sabemos que la Estela de Luz es capaz de hacer muchos firulines; por su bien esperemos que conserve la sobriedad

Aclaro que yo no le puse el sobrenombre. Trágicamente, se lo puso su padre originario, el arquitecto César Pérez Becerril. Lo que empezó en 2009 como  el Arco del Bicentenario, se transformó en la Estela de Luz y, después, más de media docena de opinadores y columnistas inspirados le acomodaron diversos remoquetes, como la “Estela del Oso” -innecesario explicarlo- la “Estela de la Corrupción”, la “Estela de la Opacidad”, que han derivado en otros francamente repelentes, como “La Estela de Pus” (¡carajo!), hasta llegar al muy humillante  “La Suavicrema” (que no digo que no sea acertado; nomás acoto que es de una insolencia escandalosa para un monumento que pretende ser cívico-histórico).

Cuál es la novedad de que se le ponga apodo a una construcción, dirán algunos. Incluso, a veces los sobrenombres surgen de los círculos de ingenieros o arquitectos.Así, es sabido que en Santa Fe existe “El Pantalón”, y que la Torre de Mexicana, en la colonia del Valle de la ciudad de México, ha sido definida como “La Licuadora”.  En Monterrey hay un edificio mejor conocido como “El Servilletero”… y de esculturas, no se diga. Ese espléndido escritor que fue el antropólogo Jaime Litvak King, muerto en 2006, se refería a la escultura que estaba afuera de la antigua Torre de Ciencias de Ciudad Universitaria -después Torre de Humanidades II- como “la campamocha”, y bautizó a la peculiar escultura colgante de la Biblioteca Nacional como el OSNI (Objeto Suspendido No Identificado. Ahora recuerdo que hace como unos 20 años casi me sacan a patadas de la biblioteca por haber recordado el sobrenombre, en voz alta, durante una visita guiada a la venerable institución). La pequeña diferencia es que ninguno de los edificios y esculturas antes mencionados es, o tiene la misión de ser un monumento cívico-histórico. Ahí radica lo corrosivo de reducir a la Estela de Luz  a la vulgar pero multimencionada “Suavicrema”. Pero ese es el primer paso para que el monumento tenga un destino diferente al que pensaron sus creadores y sus re-creadores: llamarla “Suavicrema” es desacralizar su origen, arrebatarle cualquier viso de solemnidad que, después de tanto fandango, aún pudiera tener.

La lluvia de sobrenombres despectivos nos muestra que, en principio, la Estela de Luz no parece tener el aprecio colectivo. Un verdadero caso para Mary Shelley, porque ni siquiera el creador del proyecto arquitectónico le reconoce su linaje: fue bautizada, hace meses,  como “pequeño monstruo” al calor del agarrón entre el arquitecto Pérez Becerril y el secretario Alonso Lujambio y el director de la constructora Triple I. Y lo de “pequeño monstruo” viene del hecho que, según el arquitecto, el proyecto que fue premiado por el “comité de expertos” al que aludió el sábado 7 el presidente Felipe Calderón, ha sido mutilado, deformado y cercenado de fea manera en algo que algunos entendidos en arquitectura consideran una “solución ingenieril” más bien tosca, decidida a levantar los 104 metros de estructura metálica, forrados del carísimo cuarzo brasileño, a como diera lugar.

Figuritas van, figuritas vienen. No extraña que la gente tome a chunga las capacidades gráficas de la Estela de Luz

Al grito de “la levantamos porque la levantamos”, la Estela de Luz es ya una realidad, y pese a todas las pataletas que su hechura ha provocado, lo cierto es que resultaría absurdo tumbar  mil 35 millones de pesos porque es opaca, porque les parece fea, por todos los esqueletos que tiene en el closet o por lo que se le dé la gana a la respetable concurrencia. Pero a lo que aspiramos muchos es, por lo menos, que nos expliquen qué demonios pasó para que este monumento tenga una historia tan controvertida que ni su propio creador quiere reconocer su paternidad.

Y es cierto: durante la entrevista que el arquitecto César Pérez Becerril concedió al periódico Reforma para el anuario 2011 que dio a conocer el pasado lunes 9 de enero, el autor del proyecto seleccionado como ganador de entre los 39 presentados fue categórico: no desea ser retratado junto a la maqueta que presentó en aquel primer semestre de 2009: “Sería una falta de respeto”  -le dice al reportero Jorge Ricardo- “…que me tomara una foto con un proyecto que está cercenado, modificado y desvirtuado; sería una humillación aparentar que se avala la construcción de una estructura de metal y cuarzo que representa el 10 por ciento de un proyecto que consideraba una plaza de 34 mil metros cuadrados”. En suma, el arquitecto niega la paternidad de la Estela de Luz, argumentando que, para empezar, la Suavicrema existe despojada de la Plaza Bicentenario, que significaría el completo “reordenamiento” de ese espacio por el cual,  como dice el querido amigo de este Reino, don Antonio Fuentes, de noche no se anima a pasar ni siquiera el conde Drácula.

Ya bastante bronca era que el arquitecto Pérez Becerril hubiera tenido que estar junto al secretario Lujambio en aquella rueda de prensa de 2010, para apechugar y anunciar públicamente que la Estela de Luz no estaría lista para ser inaugurada el día del Bicentenario, repitiendo el festejo de 1910, cuando don Porfirio, acompañado de su gabinete y de millares de mexicanos de a pie, inauguró la columna de la Independencia. Entre tantos pleitos como ya aderezaban las conmemoraciones en julio de 2010, que el monumento bicentenario no estuviese acabado para la fecha necesaria ya no era ninguna noticia, pese a que, a la menor provocación el (des)coordinador de los festejos, el director del INEHRM,  jurase que el asunto del armado de la estela era un rollo muy sencillo que en dos patadas quedaría listo para que el presidente Calderón pasara a la historia luciendo por todo lo alto al cumplirse los 200 años de que el padre Hidalgo llamara al mitote insurgente.

¿Veremos a la Estela de Luz ponerse de mil colores en cada festejo y/o ocasión de contento?

Pasó el Bicentenario del inicio de la Independencia, pasó el centenario del inicio de la Revolución, y de la Estela de Luz, ni sus luces. A ratos se veía alguna actividad en el terreno bardeado, y cada tanto se armaba algún leve alboroto en torno a las cuentas pendientes de las conmemoraciones. Hasta que el 18 de julio del año pasado, el arquitecto Pérez Becerril apareció una mañana en la televisión para denunciar una campaña de desprestigio en su contra, dirigida, aseguró, a achacarle todas las responsabilidades, en materia de proyecto, de atrasos, de malos cálculos, de olvidos de estudios esenciales, todos estos factores decisivos en el atraso de la obra conmemorativa.

En el tono y con la ira contenida propios de quien lleva un muy buen rato peleándose con gente que ya lo tiene hasta el absoluto gorro, Pérez Becerril, encima, denunció presiones de la Secretaría de Educación para que no diese a conocer hechos, incidentes y procedimientos que, si bien aún no sabemos plenamente sean resultado de la corrupción, se parecen bastante.  Denunció errores en la compra de los materiales de construcción, mañas poco disimuladas en el proceso de adjudicación de la obra y el hecho de que le hubiesen negado la dirección arquitectónica de la obra -una tarea que, prácticamente en automático corresponde al autor del proyecto- y además le impidieron el acceso al terreno que una vez fue pensado para el espacio de una “pata” del soñado Arco del Bicentenario y que, en las condiciones actuales es el emplazamiento de la Estela de Luz.

La Secretaría de Educación y Triple I Servicios respondieron, pasado el shock inicial de verse denunciados y balconeados en cadena nacional televisiva, contraatacaron asegurando que la bronca se debía a que el arquitecto Pérez Becerril había entregado un “proyecto inviable”, que en buen español significaba que, con las estimaciones del proyecto original, la Estela de Luz no sólo tenía problemas normativos, sino que, como dijo algún entendido en esas cosas, iba contra las mismísimas leyes de la física: era inconstruible.

Trenzados como estaban en exhibirse mutuamente arquitecto e instancias de gobierno, aderezados por la gentil colaboración del diputado del PVEM, Pablo Escudero,  que, conciencia incómoda y pertinaz, no exenta de interés político, muele y muele con la exigencia de la rendición de cuentas sobre los dineros gastados en el bicentenario proyecto, se generó un clima de encono y pleito  mediático tal, que se quedaron afuera unas cuantas preguntas que podrían ayudar a aclarar el origen de tan formidable desmadre:

  • Esta le toca a la SEP: si es cierto que el proyecto de Pérez Becerril era “poco viable” (forma elegante de decir que el proyecto no servía para nada en términos de su solidez) ¿qué responsabilidad tiene el “comité de expertos” que premió la propuesta? Había arquitectos entre el jurado. ¿Es que nadie se preguntó por la solidez de los cálculos? ¿Nadie pidió una revisión ni una asesoría, que hubiera ahorrado bastantes milloncitos?
  • De lo anterior se infiere, en caso de ser ciertas las acusaciones de la SEP y de Triple I Servicios, ¿lo que se premió fue simplemente la maqueta? Esa sola hipótesis me da escalofríos.
  • Por otro lado, el arquitecto Pérez Becerril debería, además de reiterar sus acusaciones acerca de la presunta campaña de desprestigio, no ha hecho suficiente campaña para defenderse de tan grave acusación. ¿será posible que en su despacho no haya calculistas competentes? ¿Nada hubo en el anteproyecto entregado para el concurso que hiciera levantar una ceja, con duda, al ilustre jurado?

¿Bastarían los cantos y los globos blancos para ahuyentarle el mal fario a la Estela de Luz? Hasta el momento, me parece que no.

Durante meses, circularon abundantes y ácidas descalificaciones al trabajo hecho por el arquitecto Pérez Becerril, provenientes de muy diversos sitios.  Vacas sagradas de la ingeniería civil mexicana, como Javier Jiménez Espriú, ex director de la facultad de Ingeniería de la UNAM o el profesor emérito de la misma institución, el ingeniero Neftalí Rodríguez Cuevas llegaron a plantear que la obra debería suspenderse. Claro que para esas alturas ya resultaba demencial salir conque toda la lana invertida en la excavación y en la cimentación podía irse al caño. Entrevistado por el periódico reforma, en mayo de 2011, Rodríguez Cuevas planteaba una situación que le pondría los pelos de punta a cualquier funcionario encargado de una obra pública: parecía, con su relato que estaríamos ante una historia digna de haber salido de la cabeza perversa de Alfred Hitchcock. Les dejo el primer párrafo de aquella entrevista concedida al reportero Jorge Ricardo, y que no tiene desperdicio:

“Como arquitecto, César Pérez Becerril, el autor del Monumento del Bicentenario, es un gran patriota”, afirma el profesor emérito de la Facultad de Ingeniería de la UNAM Neftalí Rodríguez Cuevas: “se empeñó en que los ocho tubos de acero de la Estela de Luz fueran de 81 centímetros de diámetro. Le demostramos que debían ser de 1.21 metros, y no aceptó. Cuando le preguntamos de dónde había sacado los 81 centímetros, respondió que era por 1810, pero sin el 1 ni el 0. Al final, han quedado de 91, ya se imaginarán por qué”.

El problema es que, a la fecha, Pérez Becerril no ha confrontado directamente a personajes tan notables en el mundo de la industria de la construcción. Ha preferido la batalla mediática, aliado al diputado Escudero, y en el barullo informativo de los últimos días ha trascendido que entablaría una denuncia penal en contra del Fideicomiso del Bicentenario, es decir, agarraría parejo con todos los funcionarios públicos, que en la parte de la administración financiera, fueron los responsables de cuanto peso se gastó en las conmemoraciones de 2010. Si se gastaron hasta 50 pesos en una caja de comida para perros, ahí debiera aparecer. Nada más y nada menos son ellos a quienes apunta Pérez Becerril. Del otro lado está el director de Triple I Servicios, que en los últimos días del año, advirtió que, nomás entregando la mentada Estela, estaba dispuestísimo a demandar a Pérez Becerril por los daños que le ocasionó a Triple I. Y, para rematar, mientras se anuncia que el 20 de febrero se darán a conocer los resultados de las auditorías al proyecto, resulta que la Estela-Suavicrema también se pasó por el arco del triunfo -y quizá no había sido aplicada esta metáfora en mejor coyuntura- los estudios de impacto ambiental. Y eso que todavía no hablamos de lo que acaba de pensar la gente acerca del pequeño monstruo de Lieja y Paseo de la Reforma, que en las circunstancias presentes se exhibe, huérfana, a la atención de los curiosos.

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10
Ene
12

Lo que me gusta y lo que no me gusta de la inauguración de la Estela de Luz

Pequeño problema: esta imagen se tomó el 7 de enero de 2012.

He aquí que por fin se ha inaugurado el monumento conmemorativo del Bicentenario del inicio de la Independencia, la Estela de Luz. Después de gritos, sombrerazos, pataletas, acusaciones cruzadas, berrinches de arquitectos y advertencias de ingenieros y abogados echados para adelante, han terminado la Estela de Luz. Más aún, se han botado la puntada de inaugurarla la noche del siete de enero de 2012. A estas alturas del partido hemos escuchado hasta el cansancio, hasta la náusea, críticas, denuestos, descalificaciones y uno que otro elogio que se emboza en cierta timidez. Tal es el precio de querer levantar un monumento en los tiempos de la transición democrática, y así suelen ser las cosas cuando todo mundo tiene derecho a preguntar y a exigir respuestas serias. Y esta circunstancia histórica es, tal vez, la que más incomodidades ha generado a los artífices del monumento que, a un par de días de ser presentado en sociedad, ya no siente lo duro sino lo tupido.

Desde la puesta de aquella enorme “primera piedra” de obsidiana, el ya lejano 22 de septiembre de 2009, ya ha corrido mucha tinta y se han impreso muchas páginas de periódicos. Pasaron las fiestas, las polémicas fiestas de los centenarios, y cuando el malhadado Coloso ya era un mal recuerdo escondido en alguna de las antiguas bodegas del descontinuado CAPFCE, el asunto del monumento del Bicentenario seguía en el aire. Más aún, entrado 2010, a unos pocos meses de las conmemoraciones, el (des)coordinador del encarguito seguía jurándole a los medios de comunicación que la Estela de Luz estaría entera y bien hecha a tiempo para que el presidente Calderón la inaugurase el 16 de septiembre, como un siglo antes Porfirio Díaz había inaugurado la columna de la independencia que, también con sus sobresaltos y agarrones, sí estuvo lista para cuando se le necesitó.

Desde el momento en que el secretario de Educación Pública, bateador emergente de este encarguito envenenado, salió al quite para intentar componer de última hora el soberano desmadre que era todo el proyecto de conmemoraciones, y anunció en rueda de prensa que el monumento no estaría listo para el Bicentenario, solamente se dio por oficializado lo que era evidente: pasaban los días, se acercaba  el deadline y nada, que la famosa Estela de Luz no rebasaba la altura de la barda que la empresa constructora tendió alrededor del formidable socavón que hubo de hacer alrededor del espacio planeado para la obra.

Con todo y cuenta regresiva, la Estela de Luz se encendió por fin.

De por sí ya había sido polémico el hecho de que, habiendo lanzado una convocatoria a un concurso por invitación, entre 39 de los arquitectos más destacados del país, donde se pedía claramente UN ARCO -un arco triunfal, se entiende- se haya elegido como ganador del certamen un proyecto que no cumplía con la base esencial. El hecho provocó los comentarios inconformes de uno de los grandes arquitectos mexicanos aún vivos, don Pedro Ramírez Vázquez -organizador, por cierto, de las Olimpiadas de 1968 -bien podrían haberle preguntado a don Pedro algunas cositas para hacer, con éxito, el mitote bicentenario.

El aparente delirio de haber premiado una estela en vez de un arco, me lo aclaró en marzo de 2010 la especialista Louise Noelle Gras, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM:  “Poco después de la apertura del concurso” hubo una reunión entre los concursantes, que está documentada, y  donde se examinaron las bases y se concluyó que no era preciso que se tratara de un arco. No cambiaron las cosas a la hora de la hora. Pero, originalmente, se suponía que habría dos monumentos: un arco, conmemorativo del Bicentenario, y una especie de obelisco que conmemorase el Centenario del inicio de la Revolución y que estaría en Reforma, cerca de donde una vez estuvo el Caballito”.

Según Noelle Gras, la dificultad para llegar a acuerdos entre el gobierno federal y el gobierno de la Ciudad de México también influyó en lo que resultó el monumento conmemorativo en 2010: “fue muy difícil ponerse de acuerdo, la prueba es todo lo que tardaron en comenzar el monumento: que si el terreno, que si los permisos, que si los estudios… La parte del obelisco se cayó por completo y eso influyó en la decisión de que el monumento final no fuese un arco necesariamente”.

La inauguración de la Estela de Luz tuvo un dejo de melancolía de lo que pudo ser y no fue

En algún otro momento, otro de los arquitectos destacados, invitados al concurso, don Teodoro González de León, se quejó, en una entrevista para el periódico Excelsior, de que no se les hubiesen entregado planos de la zona seleccionada para el emplazamiento del monumento -de hecho, donde habría quedado UNA de las patas del hipotético arco-. Tampoco había estudios del tipo de suelo de la zona. Todo quedaba librado, aparentemente, a la iniciativa, recursos y habilidades de los arquitectos participantes, muchos de ellos, si no es que la totalidad, con suficientes horas de vuelo como para no olvidar el Título VI del Reglamento de Construcciones para el Distrito Federal (que si tienen tiempo, ganas y disposición pueden leer acá: http://cgservicios.df.gob.mx/prontuario/vigente/385.htm ) y que trata de la seguridad estructural de las construcciones y que hace énfasis en la necesidad de diseñar estructura resistentes a fenómenos sísmicos y de viento. Parecería innecesario ponerse a pensar en cuestiones como estas, que, para los profesionales de la industria de la construcción podrían darse por sentadas.

Pero no ocurrió así. En aquella memorable serie de ruedas de prensa de julio y agosto de 2010, cuando el secretario Lujambio hubo de presentar al respetable un presunto “tema conmemorativo” que fue literalmente descuartizado por la sociedad civil; cuando intentó desenredar toda la maraña en que se había convertido la contratación del australiano Rich Birch para la realización del magno espectáculo del Zócalo y cuando procuró explicar, de la mejor manera posible las acciones conmemorativas que SÍ se iban a llevar a cabo, aún tuvo paciencia para explicar que era suya la decisión de aplazar la fecha de terminación del monumento, debido a las transformaciones que se estaban haciendo en el proyecto. Una “decisión responsable”, le llamó en su momento, concepto que hasta la fecha se ha mantenido como uno de los tópicos fundamentales para entender porqué la Estela hace su presentación en sociedad más de un año después del Bicentenario del inicio de la Independencia.

Parece que la estela de Luz es capaz de hacer monerías varias al son de la música que le pongan

Desde el anuncio de aquella “decisión responsable”, que se hizo comprensible cuando se supo que faltaban los “pequeños detalles” de los estudios indispensables sobre resistencia a las corrientes viento y a los fenómenos sísmicos, el asunto se enrareció aún más. Afloraron las acusaciones cruzadas de incompetencia profesional -dirigidas contra el arquitecto César Pérez Becerril, incapaz, según sus detractores, de entregar un proyecto arquitectónico sólidamente calculado-  de corrpución -lanzadas por el arquitecto Pérez Becerril contra las constructoras Triple I y Gutsa-  En el áspero intercambio  salieron raspados el secretario Lujambio y sus aspiraciones a la candidatura presidencial del PAN, el (des)coordinador de las conmemoraciones de 2010 y la entidad de gobierno que dirige, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), el Fideicomiso del Bicentenario y Banjército. Se supo de maniobras torcidas en el proceso de adjudicación de la obra, y de la destitución e inhabilitación de unos cuantos funcionarios, responsables de parte de los problemas de clara corrupción. Por ese flanco, de más está decir que la Auditoría Superior de la Federación nos contará, hacia fines del mes de febrero, algunas otras cosas, para acabar de documentar nuestro pesimismo.

Pero finalmente, la Estela de Luz fue inaugurada, en lo que tuvo todo el aspecto de una intentona de madruguete social e informativo. Se anunció su inauguración para el domingo 8 de enero. A continuación, diversos grupos de activistas anunciaron una manifestación, en el mismo sitio, para protestar por el caudal invertido en la estela conmemorativa: mil 35 millones de pesos, IVA incluido, que todo mundo ha querido invertir en escuelas, becas, alimentos y mil asuntos más. Ignorantes de la sabia sentencia que siempre repetía mi abuela paterna, “no hagas cosas buenas que parezcan malas”, el personal de la Presidencia avisó a la fuente hacia las dos y media de la tarde, en lo que parece uno de esos conocidos bandazos programáticos, con toda la intención de que el impacto negativo se quede enredado en las sábanas del domingo, al fin que se leen menos periódicos y los opinadores se toman sus sagrados descansos.  “Estela de Luz: un portento de ingeniería y arquitectura mexicana. Hoy se inauguró.”, tuitearía el presidente Calderón hacia las 10 de la noche del mismo sábado 7.

¿Qué fue lo malo de la esperada inauguración de la Estela de Luz?:

  • La propia idea de armar un espectáculo y una ceremonia inaugural Claro que se trataba de una ecuación con puros escenarios negativos. Si no hubiera habido ceremonia, la Presidencia habría recibido una lluvia de críticas por intentar eludir su responsabilidad en esta historia tragicómica. Como finalmente decidió inaugurarla, también le llueve, y no agua precisamente, por “avalar” todas las cargas negativas que ha recibido la apaleada estela, en estos meses de discusión. Como mero dato, acoto que Lázaro Cárdenas no hizo ceremonia inaugural del Monumento a la Revolución.
  • El intento por reducir el impacto mediático negativo moviendo, de manera intempestiva, el acto programado.
  • El intento fallido por eludir la manifestación de los activistas que insisten en convertir la Estela en un monumento a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado, un recordatorio de nuestras crisis de corrupción y un memorial por los pequeños fallecidos en el incendio de la guardería ABC. La manifestación se hizo, de todas maneras, el domingo 8.
  • La clara intención de no hacer una ceremonia masiva, aún cuando se afirma que la Estela de Luz es de los mexicanos y las mexicanas. Pocos invitados selectos arroparon al presidente en su decisión final de inaugurar el monumento con un espectáculo de sonido, para mostrar las monerías que es capaz de hacer el artefacto.
  • Como se pensó en un evento semiprivado, nadie tuvo la delicadeza de colocar, como en otras ocasiones, alguna mega pantalla  o un mega bafle, para poder escuchar el discurso presidencial por encima del ruido de Paseo de la Reforma.
  • Como, nuevamente, se trató de un evento semiprivado, ni siquiera se detuvo la circulación del Paseo de la Reforma. El gesto contribuyó a generar la percepción de que, cuantos menos se dieran cuenta de que se estaba inaugurando la dichosa Estela, mejor.

Lo bueno: Que las ocasiones de contento son las ocasiones de contento, disfrutables para la gente que con alegría bienintencionada e ingenua se acerca para mirar con ojos emocionados las luces, los fuegos artificiales que le gritan a la ciudad que tiene un nuevo monumento. No es tan sencillo ignorar la tierna satisfacción de las pocas familias, de las parejas, de los curiosos que se acomodaron en un pedacito de Paseo de la Reforma, a esperar,  a mirar, a tomarse la foto. A esa gente tal vez no le importen los enconados duelos que sostienen funcionarios públicos, arquitectos e ingenieros. les importa más ese ratito de fiesta, que por algunos minutos hace la vida más llevadera.

Lo triste:  Que esta ceremonia inaugural, rápida, a puerta cerrada, en ese sentido incapaz de comparar las 900 personas (400 invitados especiales de la presidencia y cuando mucho unos 500 que estábamos al otro lado de Paseo de la  Reforma) con los miles de personas que en 1910 acompañaron a don Porfirio a inaugurar la columna del arquitecto Rivas Mercado, no dejó de tener, a ratos, un aire de profunda melancolía. Para algunos tuvo el sabor de aquello que pudo haber sido y sin embargo no fue. En eso pensaba yo, cuando los globos blancos flotaban alejándose y la voz de una soprano llenaba el aire de la avenida. Un globo en forma de paloma, un suave beso de papel dorado lanzado al viento. Qué ganas de pedir a la voz que cantase más, para que ahuyentara las tinieblas de la patria e hiciera salir el sol, como el deprimido Felipe V de España le pidió, alguna vez, en pleno eclipse, al castrato Farinelli. Sueños barrocos para atemperar los malos recuerdos.

A la noche, al ver los noticieros, al ver el rostro del presidente Calderón durante la ceremonia, hablando de las “controversias que son inevitables cuando se trata de construcciones de este tipo”, creo ver esa misma melancolía. Porque la ceremonia, en principio, ha sido impecable. Tiene un problema: que ha tenido lugar el 7 de enero de 2012 y no el 16 de septiembre de 2010.  La mañana del lunes, aún dan la nota los noticieros de televisión. El galobito Miguel pasa delante del televisor encendido a las 7 de la mañana. Se detiene a ver la nota de la inauguración de la Estela de Luz y observa a Felipe Calderón en algunos momentos de su discurso. Y desde la inocencia de sus nueve años me pregunta: “¿por qué está triste el Presidente?”




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