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Más sobre la Estela de Luz: El pequeño monstruo de la calle de Lieja busca a su padre.

Ya sabemos que la Estela de Luz es capaz de hacer muchos firulines; por su bien esperemos que conserve la sobriedad

Aclaro que yo no le puse el sobrenombre. Trágicamente, se lo puso su padre originario, el arquitecto César Pérez Becerril. Lo que empezó en 2009 como  el Arco del Bicentenario, se transformó en la Estela de Luz y, después, más de media docena de opinadores y columnistas inspirados le acomodaron diversos remoquetes, como la “Estela del Oso” -innecesario explicarlo- la “Estela de la Corrupción”, la “Estela de la Opacidad”, que han derivado en otros francamente repelentes, como “La Estela de Pus” (¡carajo!), hasta llegar al muy humillante  “La Suavicrema” (que no digo que no sea acertado; nomás acoto que es de una insolencia escandalosa para un monumento que pretende ser cívico-histórico).

Cuál es la novedad de que se le ponga apodo a una construcción, dirán algunos. Incluso, a veces los sobrenombres surgen de los círculos de ingenieros o arquitectos.Así, es sabido que en Santa Fe existe “El Pantalón”, y que la Torre de Mexicana, en la colonia del Valle de la ciudad de México, ha sido definida como “La Licuadora”.  En Monterrey hay un edificio mejor conocido como “El Servilletero”… y de esculturas, no se diga. Ese espléndido escritor que fue el antropólogo Jaime Litvak King, muerto en 2006, se refería a la escultura que estaba afuera de la antigua Torre de Ciencias de Ciudad Universitaria -después Torre de Humanidades II- como “la campamocha”, y bautizó a la peculiar escultura colgante de la Biblioteca Nacional como el OSNI (Objeto Suspendido No Identificado. Ahora recuerdo que hace como unos 20 años casi me sacan a patadas de la biblioteca por haber recordado el sobrenombre, en voz alta, durante una visita guiada a la venerable institución). La pequeña diferencia es que ninguno de los edificios y esculturas antes mencionados es, o tiene la misión de ser un monumento cívico-histórico. Ahí radica lo corrosivo de reducir a la Estela de Luz  a la vulgar pero multimencionada “Suavicrema”. Pero ese es el primer paso para que el monumento tenga un destino diferente al que pensaron sus creadores y sus re-creadores: llamarla “Suavicrema” es desacralizar su origen, arrebatarle cualquier viso de solemnidad que, después de tanto fandango, aún pudiera tener.

La lluvia de sobrenombres despectivos nos muestra que, en principio, la Estela de Luz no parece tener el aprecio colectivo. Un verdadero caso para Mary Shelley, porque ni siquiera el creador del proyecto arquitectónico le reconoce su linaje: fue bautizada, hace meses,  como “pequeño monstruo” al calor del agarrón entre el arquitecto Pérez Becerril y el secretario Alonso Lujambio y el director de la constructora Triple I. Y lo de “pequeño monstruo” viene del hecho que, según el arquitecto, el proyecto que fue premiado por el “comité de expertos” al que aludió el sábado 7 el presidente Felipe Calderón, ha sido mutilado, deformado y cercenado de fea manera en algo que algunos entendidos en arquitectura consideran una “solución ingenieril” más bien tosca, decidida a levantar los 104 metros de estructura metálica, forrados del carísimo cuarzo brasileño, a como diera lugar.

Figuritas van, figuritas vienen. No extraña que la gente tome a chunga las capacidades gráficas de la Estela de Luz

Al grito de “la levantamos porque la levantamos”, la Estela de Luz es ya una realidad, y pese a todas las pataletas que su hechura ha provocado, lo cierto es que resultaría absurdo tumbar  mil 35 millones de pesos porque es opaca, porque les parece fea, por todos los esqueletos que tiene en el closet o por lo que se le dé la gana a la respetable concurrencia. Pero a lo que aspiramos muchos es, por lo menos, que nos expliquen qué demonios pasó para que este monumento tenga una historia tan controvertida que ni su propio creador quiere reconocer su paternidad.

Y es cierto: durante la entrevista que el arquitecto César Pérez Becerril concedió al periódico Reforma para el anuario 2011 que dio a conocer el pasado lunes 9 de enero, el autor del proyecto seleccionado como ganador de entre los 39 presentados fue categórico: no desea ser retratado junto a la maqueta que presentó en aquel primer semestre de 2009: “Sería una falta de respeto”  -le dice al reportero Jorge Ricardo- “…que me tomara una foto con un proyecto que está cercenado, modificado y desvirtuado; sería una humillación aparentar que se avala la construcción de una estructura de metal y cuarzo que representa el 10 por ciento de un proyecto que consideraba una plaza de 34 mil metros cuadrados”. En suma, el arquitecto niega la paternidad de la Estela de Luz, argumentando que, para empezar, la Suavicrema existe despojada de la Plaza Bicentenario, que significaría el completo “reordenamiento” de ese espacio por el cual,  como dice el querido amigo de este Reino, don Antonio Fuentes, de noche no se anima a pasar ni siquiera el conde Drácula.

Ya bastante bronca era que el arquitecto Pérez Becerril hubiera tenido que estar junto al secretario Lujambio en aquella rueda de prensa de 2010, para apechugar y anunciar públicamente que la Estela de Luz no estaría lista para ser inaugurada el día del Bicentenario, repitiendo el festejo de 1910, cuando don Porfirio, acompañado de su gabinete y de millares de mexicanos de a pie, inauguró la columna de la Independencia. Entre tantos pleitos como ya aderezaban las conmemoraciones en julio de 2010, que el monumento bicentenario no estuviese acabado para la fecha necesaria ya no era ninguna noticia, pese a que, a la menor provocación el (des)coordinador de los festejos, el director del INEHRM,  jurase que el asunto del armado de la estela era un rollo muy sencillo que en dos patadas quedaría listo para que el presidente Calderón pasara a la historia luciendo por todo lo alto al cumplirse los 200 años de que el padre Hidalgo llamara al mitote insurgente.

¿Veremos a la Estela de Luz ponerse de mil colores en cada festejo y/o ocasión de contento?

Pasó el Bicentenario del inicio de la Independencia, pasó el centenario del inicio de la Revolución, y de la Estela de Luz, ni sus luces. A ratos se veía alguna actividad en el terreno bardeado, y cada tanto se armaba algún leve alboroto en torno a las cuentas pendientes de las conmemoraciones. Hasta que el 18 de julio del año pasado, el arquitecto Pérez Becerril apareció una mañana en la televisión para denunciar una campaña de desprestigio en su contra, dirigida, aseguró, a achacarle todas las responsabilidades, en materia de proyecto, de atrasos, de malos cálculos, de olvidos de estudios esenciales, todos estos factores decisivos en el atraso de la obra conmemorativa.

En el tono y con la ira contenida propios de quien lleva un muy buen rato peleándose con gente que ya lo tiene hasta el absoluto gorro, Pérez Becerril, encima, denunció presiones de la Secretaría de Educación para que no diese a conocer hechos, incidentes y procedimientos que, si bien aún no sabemos plenamente sean resultado de la corrupción, se parecen bastante.  Denunció errores en la compra de los materiales de construcción, mañas poco disimuladas en el proceso de adjudicación de la obra y el hecho de que le hubiesen negado la dirección arquitectónica de la obra -una tarea que, prácticamente en automático corresponde al autor del proyecto- y además le impidieron el acceso al terreno que una vez fue pensado para el espacio de una “pata” del soñado Arco del Bicentenario y que, en las condiciones actuales es el emplazamiento de la Estela de Luz.

La Secretaría de Educación y Triple I Servicios respondieron, pasado el shock inicial de verse denunciados y balconeados en cadena nacional televisiva, contraatacaron asegurando que la bronca se debía a que el arquitecto Pérez Becerril había entregado un “proyecto inviable”, que en buen español significaba que, con las estimaciones del proyecto original, la Estela de Luz no sólo tenía problemas normativos, sino que, como dijo algún entendido en esas cosas, iba contra las mismísimas leyes de la física: era inconstruible.

Trenzados como estaban en exhibirse mutuamente arquitecto e instancias de gobierno, aderezados por la gentil colaboración del diputado del PVEM, Pablo Escudero,  que, conciencia incómoda y pertinaz, no exenta de interés político, muele y muele con la exigencia de la rendición de cuentas sobre los dineros gastados en el bicentenario proyecto, se generó un clima de encono y pleito  mediático tal, que se quedaron afuera unas cuantas preguntas que podrían ayudar a aclarar el origen de tan formidable desmadre:

  • Esta le toca a la SEP: si es cierto que el proyecto de Pérez Becerril era “poco viable” (forma elegante de decir que el proyecto no servía para nada en términos de su solidez) ¿qué responsabilidad tiene el “comité de expertos” que premió la propuesta? Había arquitectos entre el jurado. ¿Es que nadie se preguntó por la solidez de los cálculos? ¿Nadie pidió una revisión ni una asesoría, que hubiera ahorrado bastantes milloncitos?
  • De lo anterior se infiere, en caso de ser ciertas las acusaciones de la SEP y de Triple I Servicios, ¿lo que se premió fue simplemente la maqueta? Esa sola hipótesis me da escalofríos.
  • Por otro lado, el arquitecto Pérez Becerril debería, además de reiterar sus acusaciones acerca de la presunta campaña de desprestigio, no ha hecho suficiente campaña para defenderse de tan grave acusación. ¿será posible que en su despacho no haya calculistas competentes? ¿Nada hubo en el anteproyecto entregado para el concurso que hiciera levantar una ceja, con duda, al ilustre jurado?

¿Bastarían los cantos y los globos blancos para ahuyentarle el mal fario a la Estela de Luz? Hasta el momento, me parece que no.

Durante meses, circularon abundantes y ácidas descalificaciones al trabajo hecho por el arquitecto Pérez Becerril, provenientes de muy diversos sitios.  Vacas sagradas de la ingeniería civil mexicana, como Javier Jiménez Espriú, ex director de la facultad de Ingeniería de la UNAM o el profesor emérito de la misma institución, el ingeniero Neftalí Rodríguez Cuevas llegaron a plantear que la obra debería suspenderse. Claro que para esas alturas ya resultaba demencial salir conque toda la lana invertida en la excavación y en la cimentación podía irse al caño. Entrevistado por el periódico reforma, en mayo de 2011, Rodríguez Cuevas planteaba una situación que le pondría los pelos de punta a cualquier funcionario encargado de una obra pública: parecía, con su relato que estaríamos ante una historia digna de haber salido de la cabeza perversa de Alfred Hitchcock. Les dejo el primer párrafo de aquella entrevista concedida al reportero Jorge Ricardo, y que no tiene desperdicio:

“Como arquitecto, César Pérez Becerril, el autor del Monumento del Bicentenario, es un gran patriota”, afirma el profesor emérito de la Facultad de Ingeniería de la UNAM Neftalí Rodríguez Cuevas: “se empeñó en que los ocho tubos de acero de la Estela de Luz fueran de 81 centímetros de diámetro. Le demostramos que debían ser de 1.21 metros, y no aceptó. Cuando le preguntamos de dónde había sacado los 81 centímetros, respondió que era por 1810, pero sin el 1 ni el 0. Al final, han quedado de 91, ya se imaginarán por qué”.

El problema es que, a la fecha, Pérez Becerril no ha confrontado directamente a personajes tan notables en el mundo de la industria de la construcción. Ha preferido la batalla mediática, aliado al diputado Escudero, y en el barullo informativo de los últimos días ha trascendido que entablaría una denuncia penal en contra del Fideicomiso del Bicentenario, es decir, agarraría parejo con todos los funcionarios públicos, que en la parte de la administración financiera, fueron los responsables de cuanto peso se gastó en las conmemoraciones de 2010. Si se gastaron hasta 50 pesos en una caja de comida para perros, ahí debiera aparecer. Nada más y nada menos son ellos a quienes apunta Pérez Becerril. Del otro lado está el director de Triple I Servicios, que en los últimos días del año, advirtió que, nomás entregando la mentada Estela, estaba dispuestísimo a demandar a Pérez Becerril por los daños que le ocasionó a Triple I. Y, para rematar, mientras se anuncia que el 20 de febrero se darán a conocer los resultados de las auditorías al proyecto, resulta que la Estela-Suavicrema también se pasó por el arco del triunfo -y quizá no había sido aplicada esta metáfora en mejor coyuntura- los estudios de impacto ambiental. Y eso que todavía no hablamos de lo que acaba de pensar la gente acerca del pequeño monstruo de Lieja y Paseo de la Reforma, que en las circunstancias presentes se exhibe, huérfana, a la atención de los curiosos.


2 Responses to “Más sobre la Estela de Luz: El pequeño monstruo de la calle de Lieja busca a su padre.”


  1. 1 Jacobo Ojeda Vargas
    febrero 26, 2012 a las 11:09 pm

    Hola, te felicito, me acabo de enterar de la presentación, desafortunadamente no pude estar ahí, aunque te mando mis más sinceras felicitaciones, y un fuerte y caluroso abrazo. Te deseo muchos éxitos más.


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