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Gotas de historia y briznas de biografía: ecos de la Decena Trágica en el rumbo de la Ciudadela

Así lucía la Ciudadela en febrero de 1913.

Debo confesar que la Decena Trágica es un tema harto sensible para su servidora. Y lo es porque los escenarios de esos días, que en esta temporada se reproducen una y otra vez en periódicos, conferencias y coloquios, son los mismos escenarios de una parte de mi propia biografía. Como buena niña monstruo que fui, las calles que caminaba me decían cosas:  me aterraba con las tétricas leyendas novohispanas reloaded que se publicaban en un espantoso cómic de hace 40 años, y peor cuando caía en cuenta que el macabro suceso en turno “había” ocurrido a tres cuadras de mi casa, o en la plaza cercana, o en la iglesita cercana al Zócalo. A ratos era una verdadera pesadilla para mi padre, que no tenía claro que devoraba los feísimos comics aquellos gracias a la complicidad del más joven de mis tíos maternos, que adoraba y coleccionaba aquellas publicaciones.

Y si mi tío materno se caía con las historias de terror, mis jovencísimos tíos paternos no le iban a la zaga. Chamacos del Centro Histórico también, no eran vagos, sino vaguísimos, y, si entre semana yo no salía del apacible departamento de la esquina de Bolívar e Izazaga, donde las horas transcurrían con la suave alegría de la infancia, entre juguetes, libros, pleitos a golpes con mi hermano y laaargas sesiones de televisión, apenas marcadas las horas por las campanas de Regina, los fines de semana, sábados en concreto, éramos libres de vagar custodiados por los tíos, que aventaban las mochilas de la secundaria y de los primeros años de la prepa para andar por ese Centro que era nuestro territorio conquistado.

Los columpios, en Diagonal 20 de noviembre con Lucas Alamán; la compra de golosinas, en la vieja fábrica de La Giralda, en Chimalpopoca y Bolívar, donde olía a gloria hacia las 4 de la tarde; las carreras estilo perro salvaje en la Plaza Malpica, a las puertas del Registro Civil de Arcos de Belem; las horas largas de trepar, mirar y emboscarse transcurrían en el entonces parque de la Ciudadela, cuando no había rejas ni ajedrecistas ni danzoneros, sólo niños y adolescentes por carretadas, jugando al amparo de la mirada del Siervo de la Nación.

Debe haber sido en esos días que alguno de mis tíos me habló de la Decena Trágica. Eran tiempos, no tan lejanos, en que los restauradores aún no caían sobre los viejos edificios del Centro Histórico, para bien y para mal.  Ahí estaban las piedras viejas, algo raspadas, es cierto, descarapeladas, pero sólidas, desafiantes de la urgencia del presente. Así era el viejísimo edificio de la Ciudadela. “mira, aún tiene balazos en los muros”, me acuerdo que me dijo una vez uno de mis tíos. Y era cierto. Aún exhibía la construcción las huellas de la metralla. Y nosotros, que entonces no rebasábamos la primera década de existencia, mirábamos con la pertinente dosis de asombro, los rastros de los tiroteos.

Hoy, creo que lamentablemente para la honorable concurrencia que no llegó a ver aquellos muros agujereados, solamente tenemos una Ciudadela descafeinada: las obras de restauración que le han proporcionado un hogar a la Biblioteca México -madriguera, mucho tiempo, de José Vasconcelos- , al Centro de la Imagen y ahora, a la que parece sorprendente, Ciudad de los Libros, han transformado un sitio con muy mala prensa histórica, en un proyecto que, desde el momento que evita que maravillosas bibliotecas como la de don José Luis Martínez, vaya a parar a una universidad gringa porque acá nadie quiso comprarla, tiene mucho de bueno.

Pero ese descafeinamiento de la Ciudadela, qué quieren, no acaba de gustarme. Le pudieron haber dado su mano de gato sin eliminar las huellas de los tiros, sin rasparle el pasado, sin borrar la crónica muda de hace un siglo, para que nuevos ojos infantiles se asombren y se interesen por una de las mayores lecciones de historia viva de nuestro siglo XX: a la posible democracia se le defiende con ideas, pero sin inocencia, con buena fe pero sin ingenuidad. Cada elección, en este accidentado siglo XXI volvemos a ver asomarse la sombra de personajes que venderían a su madre por tres gramos de poder; cada mañana leemos hechos de sangre que se nos antojan bárbaros e inconcebibles porque se nos ha olvidado que hace un siglo las calles de la vieja Tenochtitlan eran escenarios de crímenes igualmente bárbaros. A ver si en este año, en esta misma plaza, los danzoneros, los ajedrecistas y los futbolistas -que no se han quitado de allí en cuarenta años- le hacen un lugarcito a alguna señal que recuerde que allí, hace cien años, al asesinar a Gustavo A. Madero, se cometió uno de los peores crímenes políticos de nuestro pasado.  No es una cosa de panismos o priismos o perredismos; es un simple recordatorio de que una sociedad que quiere -o al menos dice que quiere- ser mejor, no puede  permitir desastres como los que ya hemos vivido y que pareciera no deseamos recordar.

 


1 Response to “Gotas de historia y briznas de biografía: ecos de la Decena Trágica en el rumbo de la Ciudadela”


  1. 1 Antonio Fuentes
    febrero 12, 2013 a las 5:38 pm

    Maestra Bertha: No abandone el tema de la decena trágica ni en el blog ni en el programa de radio. Dedíquele por favor algo de tiempo porque ahora hay nuevas interpretaciones y la verdad quienes nos quedamos con la historia oficial merecemos conocerlas para airearnos las ideas. Me encantaron las nuevas referencias históricas que nos ha señalado en la primera parte de este nuevo tema.

    No se le olvide que el viejo edificio fue primero una tabacalera y hasta prisión de Morelos. Me encanta que se hayan rescatado las colecciones de los maestros (y que hoy podamos medio disfrutarlos porque apenas y hay donde sentarse en sus salas); y si algo falta es tiempo para poder llenarse tantito de todo lo que ofrecen.

    Durante el bicentenario y centenario se publicaron diversos libros donde se pretendió homenajear a militares ilustres, como el caso del marino Othón Pompeyo Blanco (al fin supe que la P. de su nombre era de Pompeyo). Yo estudié parte de la primara en la escuela que lleva su nombre y mi madre fue maestra de la misma. Critico al libro en el sentido de que si bien el personaje fue un patriota porfirista, y priista en toda forma, se quedó sin protesta en el ejército Huertista, donde escaló posiciones y sueldos, y los que lo escribieron hicieron un énfasis muy amplio en el sentido de que Huerta era el poder legalmente constituido (sin importar los métodos tan sórdidos que empleó) y que pues ellos están para salvaguardar a quien lo ostente sin más trámite, dejando la marcjha de la leadtad como inocentada de cadetes.

    Para rebatirlos les diría que Felipe Angeles se mantuvo fiel a Madero hasta el úlitmo de sus alientos, así que no se vale jalar parejo, pero entiendo el complejo e inestable mundo en el que quedó México después de la salida de Díaz. Hago este preámbulo para preguntarle su opinión sobre Huerta y su sentido de oportunidad. El no iba a encabezar la presidencia, sino Reyes. ¿Fue para salvarse que siguió el alzamiento? ¿por miedo a que su nombre saliera a la luz si lo aplastaba, como le ordenaron? o de plano le gustó la idea de quedarse como presidente cuando supo que había muerto el lider? Creo que en algún momento representó el regreso del órden que no supo mantener Madero.

    ¿Ha visto la película “Viva Zapata”, de Marlon Brando? ¿Le gusta? Un abrazo muy fuerte, Nos oimos el sabado.


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