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May
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Las necrópolis desaparecidas: procesos de muerte lenta.

Tiene razón mi colega -que es también periodista e historiador- Héctor de Mauleón cuando escribe que caminamos sobre muertos, en alusión a los cementerios desaparecidos de nuestras calles, que son, en principio, muchos. De Mauleón escribió  este lunes, y lo pueden leer acá, acerca de dos de los más notorios cementerios decimonónicos de la ciudad de México: Santa Paula y el Campo Florido. Pero esos son apenas un par de los múltiples lugares de enterramientos que los habitantes de Tenochtitlan tuvimos en algún momento.

Con mucho sentido común, la investigadora del INAH Ethel Herrera ha elaborado una lista de 73 sitios, en la zona central de esta ciudad, que fueron cementerios o bien, que, a la luz de las costumbres de los siglos de vida virreinal, son emplazamientos donde muy probablemente hubo pequeños cementerios.

La lista inicia con la Catedral Metropolitana -hay muchas referencias dispersas sobre el panteón de la catedral- y acaba en Santa Paula, pasando por parroquias,  conventos de religiosos, conventos de religiosas -remember el coro bajo de San Jerónimo y don Francisco de la Maza mirando cómo sacaban a paletadas tierra y huesos de contemporáneas de Sor Juana- , colegios, hospitales y espacios dedicados a los muertos poco apreciados, como los criminales ajusticiados, que hallaron reposo en dos sitios, el desaparecido panteón de la Santa Veracruz, que recibía los cuerpos de los ajusticiados por el Tribunal de la Acordada, y la Casa de la Misericordia, en la orilla norte de la ciudad, a donde iban a dar los despojos de quienes morían ejecutados en la Plaza Mayor.

ALGUNAS NOTICIAS SOBRE LOS PANTEONES DE LA VIEJA CIUDAD

Sólo con los virreyes de las reformas borbónicas nos pusimos modernos: a partir de las Instrucciones de Carlos III,  los virreyes Revillagigedo e Iturrigaray promovieron la construcción de cementerios en las afueras  de la ciudad, y limitaron y/o suspendieron los entierros en las parroquias de la ciudad. A esos días se remonta la creación de Santa Paula, en 1784.

Aunque Santa Paula estuvo “de moda” muchos años, y era de los favoritos de los habitantes de la ciudad para ir a “llorar el hueso” en Día de Muertos -cosa que le reventaba a don Nacho Altamirano-  lo cierto es  que hacia 1869 había ya quejas porque el lugar resultaba insalubre. Lo cerraron, finalmente, en 1881, después de haber sido escenario de hechos memorables, como los sepelios de algunos mexicanos que resistieron la invasión estadounidense a la capital, y sucesos tan esperpénticos como el entierro de la pierna de Antonio López de Santa Anna. Se tiene noticia de que, para 1885, el Ayuntamiento había vendido prácticamente todo el terreno, fraccionado, del viejo cementerio.

Lo mismo ocurrió con el Panteón de los Ángeles, en el barrio del mismo nombre, y cuya iglesia todavía existe. La desaparición del camposanto fue tan radical, que, si bien tenemos idea de dónde estaba, no hay manera de ubicar nada. Un querido amigo coahuilense, en busca de los restos de su antepasado, un brigadier trigarante, compañero de armas de Itubide, de Nicolás Bravo y de Guadalupe Victoria, que había recibido sepultura allí, se apersonó en el templo en busca de datos.  “Te enseñaría los sótanos, pero están inundados”, le dijo el párroco a mi amigo. Cuando vio los papeles  sobre el enterramiento que mi cuate llevaba,  especuló: “mmmmhhh… tu pariente está enterrado entre la escuela y la cancha de basquetbol”.  Efectivamente. Hoy día, una cancha de basquet, que hace el entretenimiento de los chavos de esa parte de la colonia Guerrero, y una secundaria pública, llenan el terreno.

De algunos de estos cementerios, con trabajos sabemos que fueron arrasados por la ideología, por la modernidad o por el empuje de la creciente ciudad.  Algunos casos de esos pequeños cementerios privados, como los de los colegios o los conventos,  se han rescatado con competencia y suficiencia, como el ex convento de San Jerónimo, donde el INAH hizo un muy competente trabajo de arqueología histórica. Mínimamente, todos los ex conventos debieron tener sitios ex profeso para dar reposo a las religiosas que allí vivieron.

Visto desde esa perspectiva, pareciera que sí caminamos sobre muertos.  Ethel Herrera, al incluir a los colegios en su listas de sitios con enterramientos, llama la atención en esas cosas, que, de tan obvias, desaparecen a nuestros ojos. Pensar en dónde estuvo el pequeño cementerio para las habitantes -profesoras y alumnas- del Colegio de las Vizcaínas, (y ahora recuerdo haber visto, en algún momento el plano del lugar, con un pequeño camposanto que daba, muro de por medio, a la plaza de las Vizcaínas) quien sabe por qué, me da un poquitín de repelús.

LA MUERTE LENTA DE LAS NECRÓPOLIS

No todos los viejos cementerios de la capital desaparecieron en fast track como Santa Paula o los panteones de los atrios de las parroquias. En la medida en que la secularización de cementerios establecida por las leyes de Reforma comenzó a consolidarse, pudo comenzar a documentarse con cierta solidez lo que ocurrió con algunas de nuestras necrópolis.

Si en algunos casos, como el mismo Santa Paula o el Campo Florido, desde muy pronto se dijo que eran sitios insalubres que constituían fuentes de miasmas que envenenaban a la ciudad,  en otros casos, las voces populares fueron más sobrias y no nos dejaron mucha información acerca de su funcionamiento y sus necesidades operativas. A veces encontramos sus obituarios en las crónicas publicadas en la prensa de aquellos momentos.

Claro que en ciertos casos, la regada monumental era evidente desde el principio. A nadie se le ocurrió, en 1846, que el recién inaugurado panteón del Campo Florido iba a dar problema alguno por haberse establecido en una zona de ¡chinampas! A pocos años, la queja recurrente es que el cementerio SIEMPRE estaba anegado.  Quién sabe por qué.

En algunos casos, la conservación de los archivos administrativos de los cementerios decimonónicos permiten reconstruir lo que les ocurrió. En general son historias de deterioro, de descuido, de no saber qué hacer con un sitio que parece haber terminado su vida útil y que no halla manera decorosa de hacer mutis en el escenario público. Son historias de funcionarios públicos que hacen lo que pueden para salir con bien del atolladero pero que, en realidad, poco pueden hacer por evitar que se les caiga entre las manos el sitio que les han confiado.

Hay que ser, llegado este punto, precisos: en algunos casos no estamos caminando sobre muertos. Tanto en el caso de Campo Florido, como el de los Ángeles, como en el de otro caso que abordaré con detalle en la siguiente entrada de este Reino, antes de ser derrumbados, se pregonó por donde se pudo, incluidos anuncios en la prensa, que el cementerio desaparecería, de modo que, aquellos que tuviesen parientes enterrados en ellos, deberían apersonarse a recoger los restos de la familia. Como siempre ocurre, quedaban algunos despojos, pobres, sin familia ni amigos que los rescataran. Todos, o casi todos,  fueron llevados al Panteón de Dolores, a descansar en un osario.

No podemos decir lo mismo de enterramientos más antiguos. Muy recientemente, los descubrimientos en Santiago Tlatelolco  han confirmado la hipótesis de que allí funcionó un cementerio,  y hará cosa de cinco años, no lejos de la Suavicre… digo, de la Estela de Luz,  casi junto a la antigua fuente cercana a la salida del Metro Chapultepec, se encontró otro enterramiento, éste virreinal, que se asocia a una capilla dedicada a San Miguel. Recuerdo haber leído, en los diarios oficiales de hace unos 104 0 105 años, las disposiciones para la demolición de “una capilla”  -que muy probablemente tenía también su camposanto- en San Miguel Chapultepec. ¿Se tratará de esa?

CIRUGÍAS MAYORES EN PANTEONES SOBREVIVIENTES

Pueden documentarse, al menos, dos casos en que, como antiguas bestias mutiladas, algunos cementerios de la ciudad de México sobreviven recortados, disminuidos.  Uno es el panteón de San Fernando, hoy convertido en museo, y gracias a lo cual ha podido superar el estado de mugreabandono importante que tenía cuando lo caminé por primera vez, hace como veintiocho años.

A San Fernando se le rebanó al menos un muro, como parte de los trabajos para abrir la calle de Héroes, a espaldas del cementerio. La calle de Héroes, famosa hoy porque allí estaban las mansiones de Joaquín Casasús y de Antonio Rivas Mercado, debía llevar al espacio destinado al Panteón Nacional, donde, originalmente, se pretendía que descansaran los caudillos de la Independencia y los próceres de nuestra historia patria.

Se expropiaron terrenos, se presupuestaron detalles del proyecto, que se elaboró con amplitud y entusiasmo. Hacia 1902, se trasladaba granito, se fotografiaban las obras. Aún en 1903 se destinaron recursos al proyecto, que, finalmente, nunca se acabó.

El otro cementerio mutilado es el de Xoco, entre Río Churubusco y la calle de Mayorazgo, a  unos pasos de la Cineteca Nacional y del IMER, mi casa radiofónica. El panteón, donde aún puede verse la tumba de don Francisco Sosa, daba al río en su muro sur, y de ahí se le cercenó un trecho cuando se iniciaron las obras para entubar el río que aún corre debajo de la importante avenida.

Versiones absolutamente locales, pertenecientes al viejo pueblo de Xoco, hoy convertido en una colonia más del DF,  sostienen que el trozo de terreno arrancado al panteón no era del lado del río, sino del lado contrario; por lo tanto, si damos por buenas estas versiones, tanto la calle de Mayorazgo como los terrenos donde se encuentra el IMER y una parte de la Cineteca habrían pertenecido al cementerio. Hay quien asegura que esa es la razón de que en ciertas estaciones de radio, algunos personajes “vean” cosas raras… o gente rara….

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8 Responses to “Las necrópolis desaparecidas: procesos de muerte lenta.”


  1. 1 Carlos Villarreal Victorio
    mayo 24, 2013 en 4:21 pm

    Muy bonita crónica esta de “Las necrópolis desaparecidas: procesos de muerte lenta”. La cita que hace de Héctor de Mauleón publicada el periódico “El Universal” el día lunes 20 de mayo del presente año “Que caminamos sobre muertos” también muy buena: Felicidades maestra Bertha Hernández.

  2. 3 Baruch Sansininea
    mayo 25, 2013 en 2:20 am

    Querida Bertha, definitivamente es una realidad que casi no se atreve Juan Pueblo a considerar, pero que esta ahi, lo quieran o no. Como el escalofrío que recorre la espina al caminar por la plaza de la Solidaridad, donde prefirieron contruir un monumento al no poder rescatar los restos de las victimas…Y así en toda la ciudad…Disfrutable como pocas tu narrativa que encanta y educa ¡Gracias! Un saludo verdefelino.

    • 4 Bertha Hernández
      mayo 25, 2013 en 12:52 pm

      Esos son, querido Baruch, los muertos sobre muertos, como en el Multifamiliar Juárez, como en el terreno del antiguo Regis, a las necrópolis desaparecidas se le seman nuestras grandes tragedias contemporáneas. Ahora que lo mencionas, sería bueno dedicarle una entrada más al tema. Así lo haremos.
      Gracias, y fuerte abrazo verdefelino de regreso.
      Bertha.

  3. 5 Luis Manuel garcía
    mayo 25, 2013 en 6:03 pm

    Recuerdo que de niño mi padre (contratista en aquellos momentos y q.e.p.d.) me contó sobre una excavación en Santo Domingo donde encontraron muchos cuerpos de bebés y que supusieron fetos o neonatos con sospechas de su cercanía al Convento.
    Gracias por el Blog. Solo aprendo al leer.

    • 6 Bertha Hernández
      mayo 25, 2013 en 6:49 pm

      Muchas gracias, Luis Manuel, por visitar este Reino. Tendríamos que pensar, tal vez, en una zona de enterramientos surgida por necesidad, tal vez epidemias, pues Santo Domingo sí era convento, pero de varones. De esa zona fue que, a mediados del siglo XIX, se rescató,momificado, el cuerpo de Fray Servando Teresa de Mier. Pero evidentemente, no hemos explorado todas las fuentes al respecto; aún no nos hacemos, por completo, a esa idea de caminar y vivir sobre viejos cementerios. Un gran saludo.
      Bertha.

      • 7 Gabriel Jesús García
        mayo 28, 2013 en 3:52 am

        Otro cementerio que actualmente sufre porque la vorágine del México Contemporáneo que lo dejo entre varias avenidas importantes, centros urbanos, médicos y mercantiles, aparte de su salida al metrobús y al metro es el Francés. Entre Av. Cuauhtémoc, El Viaducto, Plaza Delta, Centro Médico. La gente camina entre puestos de fritangas, discos piratas y ropa; la barda del panteón se siente como fuera de lugar aunque ! un momento! El Panteón Francés estuvo primero antes que las unidades de multifamilares, el Parque del Seguro Social ( hoy convertido en … Plaza Delta) y del Centro Médico. ¿Qué pasará con elegantes mausoleos y la añosa e imponente capilla?

      • 8 Bertha Hernández
        mayo 28, 2013 en 7:21 pm

        Bueno, querido Gabriel, el Francés de la Piedas tiene problemas desde hace mucho y empiezan desde dentro. Por eso no dejan entrar a los visitantes desde que hace como doce años, Proceso les arreó un periodicazo porque el panteón se caía a pedazos, abundaban los monumentos abandonados y las tumbas sin visitantes. Aparentemente, hubo intentos de eliminar las tumbas de personas a las que ya nadie atiende ni recuerda, para volverlas a vender. Efectivamente, los grandes mausoleos de la calzada principal han corrido triste suerte: algunos, más o menos limpios, otros muy abandonados. En un tramo de la barda que da a Cuauhtémoc, construyeron un muro con los nichos más espantosos que he visto en mi vida -no es cierto, hay unos más feos en la iglesia de San José en la calle de Ayuntamiento- que nada tienen que ver con el resto del cementerio. Y ahora que lo escribo me da la duda si el INAH no tendría que decir algo al respecto.
        El fondo del panteón, que es un tramo que se estrecha, tiene una reja adicional, con la cual aísla esa parte del terreno del resto del cementerio. Parece una medida de seguridad, porque el tramo confinado -que por cierto tiene tumbas más bien nuevas y generalmente con flores- es la que colinda con algunas de las callejuelas de la colonia Buenos Aires de mala traza y fama peor.Una pena, porque es un sitio de gran valor arquitectónico, artístico e histórico. Me preocupa menos el cerco urbano que lo rodea, que el deterioro por descuido que padece por dentro. Un abrazo.
        Bertha.


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