07
Jun
13

Más -y macabras- curiosidades imperiales: ¿cuánto tiempo se requiere para embalsamar a un emperador?

Hurgando en nuevas adquisiciones bibliográficas, me topo con una nota de pie de página, contenida en el tomo primero de esa obra monumental, por tamaño y densidad de contenido, que es “La Ciudad de México” de don José María Marroquí. Un impresionante recuento de memorias, datos virreinales y abundante información que va de lo histórico a lo anecdótico, es este trabajo, escrito en los años en que don Porfrio ya era don Porfirio, hace la friolera de 110 años. Allí me encontré el recuento, un tanto escalofriante por minucioso, del tiempo que llevó embalsamar a Maximiliano de Habsburgo, una vez que, después de tantas desgracias y miserias como le acontecieron en su accidentado viaje desde la ciudad de Querétaro, fue a parar a la capilla del Hospital de San Andrés.

Ya hemos dicho que existe un enorme legajo con muchos pormenores del primer proceso de embalsamamiento al que fue sometido el cadáver del archiduque austriaco, y cuál fue su desastroso final. El gobierno juarista vio como un deber ineludible -al fin y al cabo eran unos caballeros y no era cosa de devolver a Max en calidad de fiambre echado a perder,

Tocó a tres médicos mexicanos, Agustín Andrade, Rafael Ramiro Montaño y Felipe Buenrostro, componer lo que el descuidado y pillo del doctor Licea -de cuyas hazañas ya hemos escrito- había propiciado en los reales despojos de Max.  Habida cuenta de que el método empleado por el sujeto en cuestión no había dado resultados, digamos, óptimos, los nuevos encargados de la chambita decidieron que iban a recurrir a una “vía seca”, para lo cual debían escurrir lo que quedaba del pobre archiduque. eso explica la leyenda macabra de que habían colgado a Max de lo alto en San Andrés, para que sus terrenales restos eliminaran lo que quedaba de los trajines de Licea.

Como el encarguito no era menor, los nuevos responsables no pararon por precisión y por un comportamiento que aún hoy día debiera ser obligado para los que reciben encarguitos públicos peculiares: documentar TODO. Decisiones, acciones, discusiones y frenazos.

Entre el minucioso registro de Andrade, Montaño y Buenrostro, don José María Marroquín recupera este listado que no tiene desperdicio. el tiempo que les llevó re-embalsamar a Maximiliano, del 13 de septiemb re de 1867 al 4 de octubre del mismo año. Echemos un vistazo. Reproduzco lo que nos ofrece Marroquín, con algunos comentarios míos:

FECHA TAREA HORAS INVERTIDAS
13 Sept. 1867 Desempaque, etc. 4
14 Sept. 1867 Limpiarlo. 3
15 y 16 Sept 1867 Secarlo y ensayo de barnices.
17 Sept. 1867 Vendaje de los miembros. 2  ½
18 Sept. 1867 Barniz de los íd (o sea, de los mismos. 2  ½
19 Sept 1867 Id. de los id. y vísceras. 3
20 Sept, 1867 Vendaje del Tronco 3
21 Sept. 1867 Id. y barniz. 2 ½
23 Sept. 1867 Voltearlo y barniz detrás. 1
25 Sept. 1867 Rellenar las asentaderas (pobre Max) 2
26 Sept. 1867 Vendaje del tronco 4
27 Sept. 1867 “            “   “        “ 2
28 Sept. 1867 Barniz general
1 Oct. 1867 Vendaje definitivo 3 ½
3, 5, 7 Oct 1867 Pintura (pobre, pobre Max) 6 ½
10 Oct 1867 Desvendarlo de nuevo 4
11 Oct. 1867 1er y 2. vendaje general 4  ½
12 Oct. 1867 2a. barnizada 2
13 Oct. 1867 3er. vendaje 1 1/2
14 Oct 1867 Comenzamos a vestirlo. 2
17 Oct. 1867 Nuevo vendaje (muslos) 2
19 Oct, 1867      “            “             “ 2
26 Oct. 1867 Incisión en el cuello 1 ½
28 Oct. 1867 Varias. 3
30 Oct. 1867 Descoser el cráneo (ouch) 1
1. Nov. 1867 Colocar el cerebro (ay) 2
2. Nov. 1867 Colocar las vísceras (uff) 1
4. Nov. 1867 Concluir de vestirlo 1
4. Nov. 1867 Colocarlo en la caja, varias idas con ese objeto, principio del Informe 2
     
  TOTAL 70 horas

Al leer esta relación, a ratos queda la sensación de que se está leyendo la bitácora de un carpintero hacendoso, quer realiza a conciencia algún mueble por encargo. Y sí, resulta un tanto escalofriante. Triste detalle que empiece con la palabra “Desempaque”, el segundo embalsamamiento del archiduque Fernando Max, de quien, a su llegada a Veracruz, el ácido humor de Francisco Zarco lo colocó en el estatus de un objeto, de un mueble.  Vueltas que da la vida.

Así llega la muerte, así transitan nuestros despojos hacia la nada. Polvo seremos todos, aunque no todos tengamos la dicha de ser polvo enamorado.  Seguramente por estas fechas, pero en 1867, se debe haber compuesto aquella cancioncita de la que solamente conservamos algunas estrofas: “El Cerro de las Campanas”. Al leer esta nota hecha por la pluma rigurosa de un buen médico de los de antes, que habla de asentaderas, vísceras y cerebro, no puedo menos que pensar en el estribillo:  Ya la muerte va llegando, /compañeros, ¡qué dolor! /Que por ser emperador la existencia va a perder/ Y sus títulos de honor/toditito va a acabar/ ¡adiós, gobierno imperial!

Así llega la muerte, así intentamos vencerla, así procuramos dar el gatazo, hacer creer que la hemos burlado. Pero todo es relleno, inyecciones, paja, formol, cera, pintura, hoy día hasta plástico. Pero los embalsamamientos son apenas artificio, engañifa, porque, y eso lo sabemos desde la Edad Media, la muerte siempre nos gana la partida.  Como algunos juguetes del barroco, puede parecer, incluso, un bello artificio. Si detrás del enorme telón que alguna vez, en el siglo XVIII cubrió parte del palacio virreinal, había un sitio que resultaba un verdadero mugrero hasta que llegaron los virreyes “modernos” (los tecnócratas de sus tiempos, vamos), tenemos que admitir que, detrás de la máscara enjuta, seca, con barba artifical, que es, que sigue siendo, si las cosas están como en 1867 las dejaron Andrade, Buenrostro y Montaño, el rostro de Maximiliano, allá en la cripta de los Capuchinos,  asoma, burlona, descarnada, la calavera que simboliza a la muerte, riéndose de nosotros y de nuestras pretensiones.

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