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Sep
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La memoria de los temblores y el suave abrazo del Duque Job

sismo 85b

Qué diéramos por tener cerca, después de un temblor de esos que cimbran los cristales de las casas y estremecen el corazón, un abrazo consolador como el que hace muchos años puso en tinta y papel don Manuel Gutiérrez Nájera, el gran, gran Duque Job. Qué diéramos por un abrazo consolador en días oscuros, en los que no es la tierra la que se estremece, sino el agua enfurecida que arrastra todo a su paso, y confirma, de ese modo, la vieja conseja de las clases de hidráulica de los ingenieros: “el agua es cabrona”. Qué diéramos tantos, en días enrarecidos, por escuchar que el frío, o la lluvia pasarán, y que el intenso temblor que un día ha de venir, vendrá lo más tarde posible.

Son, como eran hace más de un siglo, notables los poderes terapéuticos de frases como : “No tengas miedo ya. El enorme gigante duerme”. Ah, don Manuel. Si hubiera vivido para presenciar nuestros terremotos de 1985, habría producido, con seguridad,una frase, un párrafo, algunas palabras engarzadas con ternura, que alentaran a volver a caminar las calles de la vieja, a ratos agotada Tenochtitlan.

Más conocido por sus poemas y su amoroso retrato de la Duquesa del Duque Job que por su delicioso trabajo periodístico, en Gutiérrez Nájera hallamos ya, embozado y envuelto en sedas, un fino olfato periodístico-informativo que no impide a su propietario ser maestro de la crónica mexicana de fines del siglo XIX, cuando este mundo era más sencillo, el tiempo corría más despacio y ciertos amores transcurrían al amparo de gabinetes reservados.

Y me acuerdo de que en tiempos recientes, ajustes de por medio del Sismológico Nacional, hubo temblores de 5.8 grados escala de Richter que la mayoría de los habitantes de la vieja ciudad sentimos como de siete, por el brincote y la intensidad trepidatoria del inicio. Como hace veintiocho años -cuesta trabajo entenderlo: veintiocho años transcurridos- , o como hace cuatrocientos años. Y registro, registramos, el miedo contenido que nos provocan los sismos a los habitantes de esta ciudad se hace presente cada vez que suena la alarma sísmica. Es la canija, la perra angustia anidada en la garganta, de no saber si lo que viene es un sismo de 6 grados con sus asegunes, o EL SISMO, ese sismo fantasma que seguramente se parecerá al de 1985, que sólo como posibilidad -cierta pero finalmente posibilidad- traemos como chip implantado todos los que ya estábamos vivos y teníamos conciencia de los hechos en ese que ahora se antoja remotísimo -veintiocho años, no deja de impresionarme- 1985.

Indiscutiblemente, hay material para seguir escribiendo de los terremotos, de nuestros terremotos y de la memoria que de ellos alimentamos los chilangos por nacimiento, por historia, por decisión o por necesidad.

Las crónicas de los terremotos de hace veintiocho años resultan profundamente distintas a la Crónica Color de Bitter del Duque Job, que,por cierto, los visitantes de este Reino pueden leer entera aquí.   Son, los posteriores a los terremotos,  textos que todavía hoy, cuando los leemos, nos revelan la cierta desesperanza, el agobio de ver a nuestra ciudad herida de gravedad, y no de muerte, porque toda la tinta que ha corrido en torno a los terremotos acaba siempre en la revelación de esa fuerza interna de los chilangos o capitalinos que permitieron a la ciudad sobrevivir, cuando -no se me olvida- algunos  periódicos europeos aseguraban que aquella ciudad, que en siglos idos llegó a ser llamada “la nueva Venecia”, había desaparecido completamente del mapa.

sismo 85a

Estas crónicas escritas en el siglo XX carecen, empero, del abrazo que consuela, del “no tengas miedo” que  brotara de la pluma de Gutiérrez Nájera para construir quizá, el más fino testimonio  de un sismo sentido en la ciudad de México que se ha escrito. La relativa tosquedad de los testimonios virreinales donde la tierra tiembla y ruge por largos minutos es difícil de asimilar y, en ocasiones, nos deja con más preguntas que respuestas, tantos siglos después.

Pero  la “Crónica Color de Bitter” -que, para los curiosos, se consigue con relativa facilidad, en la pequeña pero muy decorosa antología que la UNAM tiene del Duque Job en la Biblioteca del Estudiante Universitario- se  parece, un poco a los “reconstituyentes”, un sorbo de jerez o de oporto, un frasquito de sales de amoniaco, remedios todos para reanimar señoritas decimonónicas: un mexicanísimo apapacho, una terapia de abrazo, un gesto de consuelo que diga que la ciudad no se ha acabado, que no estamos desamparados, que somos más fuertes que la lluvia, que las inundaciones, que los sismos, que el horror, que el desastre.

Hombre de su tiempo y de sus particulares condiciones, Gutiérrez Nájera no podría, acaso -juguemos en el mundo del “hubiera”- producir la crónica que hoy demandan, junto con la indispensable y urgente ayuda, los tixtlecos que miran sus casas arrasadas, los acapulqueños que miran su puerto despedazado. Porque, incluso antes de que llegue la comida, la ropa, los medicamentos que ya se acopian en numerosos lugares de la República para la gente de Guerrero, de Veracruz, de Oaxaca, de Tamaulipas, su historia, y la historia de la desigualdad en la que viven ya es escribe en los periódicos. Asistimos, de nuevo, al teatro de la historia. Estas lluvias, estas tormentas, estos huracanes, no se olvidarán, y las cicatrices que dejen volverán a doler los días fríos y húmedos.

LÁGRIMAS DE LA PATRIA

patria que llora sept 18 2013 rocha la jornada

Ayer, Rocha, el cartonista de La Jornada, representó a la patria doliente enmedio del aguacero despiadado. Se trata de una recreación de aquella mujer, alegoría de la patria, pintada en 1962 por Jorge González Camarena, por encargo de Martín Luis Guzmán, para que fuera portada de los libros de texto gratuitos. Y, mirándola, pienso que es un gesto de consuelo mirar a esta patria reloaded, por cuyas mejillas corren lágrimas que se confunden con la lluvia.  Porque como aprendimos  hace 28 años, como habremos de comprobarlo en este 2013 pasado por agua, las lágrimas, más tarde que temprano, y aunque dejen huella, terminan por secarse.


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