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Oct
13

No apto para almas sensibles: historias de horror y patrimonio artístico

desgracian al caballito

El señor Arturo Javier Marina Othón es, me parece, uno de los hombres más valientes que hay en este país. De esa valentía épica que raya en la locura temeraria. De otra manera me resultaría muy difícil comprender, cómo es que se atrevió a arrancar trabajos de presunta restauración sobre la estatua ecuestre de Carlos IV, nuestro entrañable Caballito, SIN contar con un contrato, sólo la mera adjudicación, SIN fianza alguna, porque en la Secretaría de Gobierno le tienen harta confianza.  Y así ocurrió lo que mi amigo, curador y museógrafo, don Luis Gallardo llama, muerto de risa (aunque sospecho que solloza por dentro), “el crimen perfecto”.

Un dictamen de 23 páginas, elaborado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, del que me ocuparé posteriormente, hace oficial, desde hace unas semanas, lo que muchos presumíamos, inferíamos o sospechábamos: nos desgraciaron al Caballito.  “No se tiren al drama”, nos regañó doña Alejandra Moreno Toscano, autoridad del Centro Histórico. “El daño no es irreversible”, insiste. Y con todas las horas de vuelo que tiene doña Alejandra en el terreno de la historia,  me cuesta mucho trabajo entender  su explicación, según la cual,  lo que se llevó por delante el hacendoso operador del señor Marina es nada más la pátina de 210 años de edad. El tema es discutible, insistieron las autoridades del Centro Histórico, por voz de Inti Muñoz, pero, repito, del dictamen me ocuparé en momentos posteriores, y, después del oso que don Inti protagonizó para las cámaras de Televisa y que apareció en “Las Mangas del Chaleco” (una perversísima creación de un alumno mío de hace muuchos años, Santos Briz), como que el director del Fideicomiso del ¿Centro Histórico ya no está como para ser invocado y/o convocado.

Lo cierto es que hace falta mucho valor y una peculiar ética profesional para aventarse, sin red, a meterle mano al Caballito de Manuel Tolsá, al que muchos especialistas califican como la estatua ecuestre más importante de América, y una de las tres más importantes, en su tipo, del mundo.  No me parece relevante que el señor Marina diga, en el comunicado que hizo circular, en un intento de esbozar una muy floja defensa, que tiene un intenso amor por la “historia patria” (sic).  Creo que no le encargaron al Caballito por eso. Pero, al modo del destripador, iremos por partes.

Hoy me da por recordar las historias que he coleccionado, a través de los años, que denuncian la ausencia de un claro sentido del deber para con nuestro patrimonio histórico, que empieza, ineludiblemente, por la educación. No andaba errado Vasconcelos cuando, en los primeros días de la Secretaría de Educación Pública, insistía en que la formación de un niño tiene que ser integral y que no basta con enseñarle a leer, a escribir, a sumar y dividir. Tal es el origen de los curiosísismos ejercicios de poesía coral, las “tablas gimnásticas” de las que fuimos víctimas muchos mexicanos, pero también es el origen del muralismo, y del empeño en que, en los materiales que se proporcionan a los escolares mexicanos haya un acento que los lleve a mirar una obra artística.  Eso, y no otra cosa, estaba detrás de la cuidada y hermosa edición de “Lecturas Clásicas para Niños”, ilustrados por Montenegro y Fernández Ledezma; eso es parte de lo que inspiró la construcción de los centros escolares de la primera década del siglo veinte, enriquecidos con murales, algunos impresionantes; y de diversas calidades, pero animados todos por transmitir ideas y emoción estética.

Está, ese mismo propósito, en las obras que Siqueiros, Montenegro, Zalce, Leal, Anguiano, González Camarena, Carrington, Cauduro, Nissen y tantos más, en diferentes épocas, crearon para  las portadas de los libros de texto gratuitos. Acercar la experiencia estética a un niño es el primer paso para volverlos sensibles al patrimonio artístico e histórico que poseemos en México. Si este elemento formativo se ausenta de los primeros años de instrucción de un niño, no nos extrañen historias de descuido, de abandono, cuando no de franca depredación. A veces por intereses económicos o políticos, pero en otras ocasiones, simplemente por falta de información, es que ocurren hechos lamentables, donde la mala fe está ausente, pero la ignorancia y el exceso de iniciativa llenan el espacio.

Jaime Torres Bodet resumió en cinco palabras la esencia del pensamiento educativo de Vasconcelos: “aulas, libros y bellas artes”. Si no regresamos al ámbito de lo escolar para iniciar eso que se llama “experiencia estética” no nos extrañe que un señor que hace “chambitas” y “chambotas” para la autoridad del Centro Histórico sea el responsable de lo que se ha cernido sobre el Caballito (de la extraña manera de contratar al señor, me ocuparé después).

No nos extrañe, tampoco, ninguna de las historias que siguen en este espacio del Reino. Si recuerdan, público inteligente y conocedor, aquella vieja serie que se transmitía por televisión las noches de los domingos de hace muuchos años, “Galería Nocturna”, donde cada cuadro entrañaba una historia de horror, al leer lo que sigue, entenderán la semejanza.

UNO:  EL TALADRAZO A UN MURAL DE DIEGO RIVERA

sep patio del trabajo

Me dicen que esto ocurrió a principios de la administración de Vicente Fox. Estaba recién llegado su Secretario de Educación Pública, el regiomontanto Reyes Tamez Guerra, famoso por la habilidad que tenía para desconectarse -o al menos dar la apariencia de estar desconectado- de cualquier evento que presidiera, transcurridos rigurosos cinco minutos.

Mi fuente bien informada me cuenta que eran los primeros días de la gestón del doctor Tamez, y los murales de la secretaría de Educación Pública habían sido sometidos a algunas tareas de limpieza y restauración. El edificio, de hecho, se hallaba cerrado mientras los especialistas hacían su trabajo.

Por alguna razón, el señor titular de la SEP requirió una nueva línea telefónica. De modo que allí, al piso superior, donde se encuentra la célebre oficina  de los sucesores de Vasconcelos (con el escritorio de Vasconcelos que pertenece a la UNAM), se apersonó un empleado de Telmex para instalar la dichosa línea,

Fue en ese momento cuando el empleado de  Telmex pasó a la historia de la infamia. Los especialistas y responsables del cuidado de los murales de Rivera vieron pasar, delante de ellos, a un fulano con uniforme de Telmex, una escalerilla de tijera y un taladro colgándole del cinturón.  Ambas especies humanas se cruzaron en uno de los pasillos del piso más alto del edificio soñado por Vasconcelos, donde se encuentra el despacho del titular del sector educativo, y su fugaz encuentro hubiera resultado perfectamente olvidable si no hubiera sido porque el señor de Telmex, con absoluta parsimonia, se llegó a cierta parte del mural, recargó en él su escalerita de tijera, y ¡bolas! con rapidez y eficacia de tirador de película del oeste, le asestó al muro un taladrazo para hacer un pequeño agujero, por el cual pretendía hacer pasar el cableado de la línea nueva solicitada por el Secretario. La acción fructificó: un pequeño y redondo agujero se abrió en el muro embellecido por Diego Rivera.

Sólo entonces los responsables del cuidado de los murales alcanzaron a reaccionar. Me dicen mis fuentes que, si no actuaron antes de que el ocurrente operara con todo y taladro, fue porque resultaron víctimas de un azoro brutal: nadie podía creer que con enorme frescura y calma alguien pusiera su escalerita en el mural. Cuando sobrevino lo del taladro, más de dos tuvieron que inclinarse a recoger sus quijadas. Cuando lograron recobrar el movimiento, atoraron al imprudente dueño del talador, que no entendía, bien a bien, por qué tanto irigote.

niños con murales sep

El asunto, que se manejó con enorme discreción, tuvo un final razonablemente feliz. Aparte de pescozonear al señor del taladro, Telmex se disculpó y se comprometió a correr con los gastos de restauración que fueran necesarios.  Mis fuentes me dicen que el chiste salió en dos millones de pesos de 2001. El agujero de taladro más caro de la historia.  Meses después de haber escuchado esta historia, conocí al responsable de los edificios históricos del sector educativo, cuya joya es el edificio sede de la SEP, quien me la confirmó.  Yo me imagino que, desde entonces, nadie ha vuelto a pedir líneas adicionales en aquel edificio.

DOS: LOS VELASCO DE LA UNAM Y LA SEÑORA DEL TRAPO MOJADO

Algunos amigos míos se carcajean cuando les digo que una señora de la limpieza, armada con un trapo húmedo o mojado, es una de las peores cosas que le pueden ocurrir a una institución propietaria de alguna pieza de importante valor artístico o histórico. Y es que nunca se sabe lo que puede ocurrir cuando se tiene una de estas piezas en un sitio más o menos transitado. Pero lo que puedo asegurar es que, cuando se da el caso y aparece una bienintencionada señora con unl trapo mojado entre las manos, puede ocurrir una tragedia.

Esta historia ocurrió en uno de los espacios más bellos que tiene la UNAM: el Museo de Geología, asentado en la alameda de Santa María la Ribera. Quienes lo conozcan sabrán que toda la visita se circunscribe a la planta baja de la antigua construcción. El lobby, un admirable trabajo de suelo enmosaicado, conduce al maravilloso mamut rearmado (lo rearmó un biólogo que me dio clases en la prepa),  y a las colecciones de fósiles y minerales. Visitar el  Museo de Geología implica entrar en una cápsula del tiempo pasado, que, si se permitiera la entrada al piso superior, sería aún mejor, pues allí se custodiaban -ignoro si allí se encuentran aún- una serie de obras hechas por José María Velasco, donde el afamado artista daba cuenta de sus inquietudes naturalistas: aparte de concentrarse con cierta profundidad en la cría de una especie endémica del Valle de México, el ajolote,  Velasco pintó plantas, e incursionó en el estudio de “la prehistoria”, con propósito de hacer estudios monográficos sobre estos temas y a él debemos la existencia de algunas piezas que aspiran a reflejar las ideas que el artista se había forjado sobre cómo pudieron ser algunos de los animales prehistóricos que hoy hacen las delicias de los peques en películas como los Croods o la era del Hielo.

Se trata, en el caso de las obras que representan animales, de piezas con un cierto sentido naif que hoy percibimos, gracias a los avances de las investigaciones paleontológicas que Velasco ya no pudo conocer. Por eso, por ejemplo, su cuadro de los dientes de sable ahora se antoja de una gran ternura y bajo acierto, pues lo cierto es que los bichos se ven, digamos, hechizos, con unos curiosos colmillos en forma de cucuruchos, encajados en las mandíbulas. Los curiosos pueden ver un fragmento de esta pieza en la portada del libro de texto gratuito correspondiente a Ciencias Naturales de Tercer Año, que estuvo en uso por la comunidad escolar de 1993 a 2009. En cambio, cuando Velasco pintó plantas, los cuadros resultaron de importante belleza y aparente precisión.

PLANTITA GEOLOGIA UNAM

Resulta evidente por qué no hay acceso al piso superior del Museo de Geología. Es preciso decir que se requerirían condiciones especiales de seguridad para albergar esas piezas de Velasco en el que ha sido su espacio originario. Yo los conocí allí hace muchos años, tal vez unos quince o dieciocho, un día en que el vigilante me vio cara de gente decente y me permitió subir cuando pregunté qué había allí. Y me imagino que después de lo ocurrido, se ha pensado en mejores condiciones de conservación, es decir, fuera del Museo.

Porque, hay que decirlo. En este museo universitario, la seguridad está confiada a algunos vigilantes que, sentaditos en sus sillas contemplan el panorama con una cachaza que espanta, y que no se tiran al drama cuando un peque de tres años con los dedos pringosos de dulce, algodón de azúcar, tierra y sudor, le pone la mano encima a un fósil de la exhibición, ante la mirada satisfecha de su padre. Y no es invento. Me consta, yo lo he visto. Los amables vigilantes del lugar ni sudan ni se acongojan.

Por ello es entendible que, un día, la señora de la limpieza armada de un trapo húmedo, se dedicaba a quitar el polvo del mobiliario de la planta superior del Museo de Geología.  Y con todo y su trapo húmedo fue a quitarle el polvo a los Velasco que allí estaban. Mi fuente bien informada para este caso me cuenta que al menos un par de las piezas se arrugaron cual chicharrones de harina de la Alameda de Santa María, gracias a las buenas intenciones de la señora de la limpieza. Las autoridades universitarias pusieron el grito en el cielo, pero el daño ya estaba hecho, con todo y las buenas intenciones, de esas que suelen empedrar el camino al infierno.

Nuevamente, el asunto se manejó con sigilo, pero nadie fingió demencia. Se asumieron las consecuencias de no generar las adecuadas condiciones de conservación y seguridad, y sí, en cambio, dejar confiados, a la misericordia divina y dos veladoras, los Velasco del Museo de Geología. Las piezas fueron restauradas con la mejor calidad posible, y las huellas del trapo mojado solamente se volvieron cicatrices en las almas de los involucrados en el asunto.

No es el único caso, como contaré en la siguiente entrega de esta historia, en el que las señoras con trapos mojados han cometido hechos horripilantes, que, si no fueran ocasionados por la buena voluntad impregnada de intenso desconocimiento del patrimonio institucional, habrían condenado a las damas a las penas del infierno terrenal. Hay instituciones que, a sabiendas del poder destructor de las señoras con trapo mojado, mantienen a buen resguardo su patrimonio artístico, en lugar de ponerlo a lucir en las oficinas directivas. En otros casos, juro que es la buena fortuna, o una intangible mano protectora la que salva algunas piezas de arte de la destrucción o del deterioro. Pero aguas, de todas maneras. Abusados con las señoras del trapo mojado.

 


2 Responses to “No apto para almas sensibles: historias de horror y patrimonio artístico”


  1. 1 Antonio de Jesùs Fuentes Ruiz
    octubre 24, 2013 a las 4:08 pm

    Maestra Bertha: No suelte el tema por favor. La denuncia es importante para tratar de no repetir en lo futuro hechos como los que nos describe. Sume por favor las coberturas con pintura de aceite de muchos de los monumentos a cargo del ejèrcito, como el del general Anaya en Churubusco o los cañones de la ciudadela; y las monedas antiguas propiedad del Banco de Mèxico salvajemente pulidas bajo el pretexto de su exhibiciòn en Palacio Nacional por el bicentenario.

    Tambièn estàn las esculturas de la Alameda, “repatinadas parejito” que por cierto se dijo serìan puestas rèplicas en lugar de las lastimadas originales , y de haber sido asì ¿dònde estàn “las “buenas”?, y el mural casi cubierto es su totalidad de pintura vinìlica blanca por un error de interpretaciòn, cuando el arquitecto Abraham Zabludovski techò los patios de la biblioteca de Mèxico, hoy frente a las salas de exhibiciòn de las bibliotecas de notables escritores.

    Falta citar el caballito de Sebastìan, grafiteado y curado a brochazos mal hechos y un nùmero interminable de daños al patrimonio que seguramente sumaràn los seguidores de su pàgina y de la radio.

    Le doy, aprovechando la comunicaciòn, otro libro que habla en algunas de sus pàginas sobre las reliquias, bajo el particular punto de vista del arte, y que estoy seguro le va a encantar por las muchas anècdotas que contiene: El mundo de los falsificadores, de Fritz Mendan.

    Otro libro, ahora sobre el uso de las “casas reales mexicanas” : Se llama Mensajes cifrados, de Octavio Gordillo Guillèn, y trata sobre unos curiosos anuncios, en clave, puestos en el periòdico La Jornada en tiempos finales de Carlos Salinas y que coincidieron con eventos de suma importancia para el paìs, como el zapatismo, y que fueron publicados con el membrete de Casa Real de Mèxico, entre otros muy curiosos, que incluìan temas esotèricos y hasta de ciencia ficciòn. Bien decimonònico el asunto.

    Le propongo ademàs un tema, para cuando se pueda: los primeros años de construcciòn de la ciudad de Mèxico. ¿Còmo fueron los años de 1521 a 1531?

    Nos escuchamos el sàbado. Muchos saludos y un gran abrazo. Seguimos.

    • 2 Bertha Hernández
      octubre 24, 2013 a las 8:25 pm

      Muchas gracias por las historias que me comparte, don Jesús, porque todos conocemos varias de ellas. Estas son algunas que evidencian el descuido, aparejado de buenas intenciones, pero hay otras teñidas de fodonguería, de descuido, de nomeimporta, que son igualmente peligrosos. Así aprendemos que en materia de cuidado de nuestro patrimonio, nada hay que parezca paranoia. Nos volvemos ariscos porque todo es posible. Tomo nota de sus recomendaciones y empiezo a darle vueltas al tema que me propone para el programa, que puede ser muy, muy interesante. Un abrazo, acá seguimos.


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