12
Ene
15

Secretos a voces en el siglo XIX: los amores y los problemas de Manuel Acuña.

Laura Méndez Lefort, la otra protagonista de los enredos amorosos de Acuña.

Laura Méndez Lefort, la otra protagonista de los enredos amorosos de Acuña.

La historia de los amores fracasados de Manuel Acuña no se terminó con su muerte, y a pesar del prudente silencio que la mayor parte de los contemporáneos del joven suicida optó por guardar y mantener, hasta que todos se fueron al mundo de los muertos. Románticos al fin, supongo que también les gustaba la idea del poeta que a sus veintipocos años decidía hacer mutis por el foro en vista de que la elegida de su corazón, aparte de ponerse muchos moños, era solicitadísima por cualquier cantidad de las celebridades intelectuales y políticas de la época y él no tenía ninguna oportunidad.

Por esa razón es que después de muerto Acuña, nadie se ocupó de hacer mucho drama sobre el bebé que en enero de 1874 siguió a su padre al Cementerio del Campo Florido. Mirado desde esa perspectiva, la presencia del pequeño Manuel Acuña Méndez hacía un inquietante ruido en torno al mito -narración mítica, se entiende- del hombre de letras destrozado por el dolor y las desazones del mal de amores. A la hora de enterrar al poeta suicida, y en la larga sucesión de discursos y elegías, un joven llamado Julián Montiel se plantó a improvisar unos versos en honor de Acuña, donde aludió al hijo de pocos meses que le sobrevivía: “Si en tu carrera borrascosa y triste/ es cierto que tuviste/ un inocente, desgraciado niño,/¿Qué hará sin tu cariño?”

Si Montiel no estaba enterado de que la ruptura entre Laura Méndez y Manuel Acuña había sido completa, o si quiso llamar la atención sobre el hecho de que el poeta había dejado en el desamparo, al menos nominal, a un recién nacido, no lo sabemos. De hecho, tampoco sabemos si el padre conoció al hijo y si aceptó tener con él algún tipo de vínculo. Lo cierto es que todos los amigos de Acuña prefirieron no hacer olas y no meterse a hacer más complicado el asunto, que ya era bastante enredado, pues todos ellos estaban al tanto de las andanzas del difunto y la realidad de sus bandazos emocionales les echaba a perder al personaje que pasaría a la historia de las letras mexicanas como el romántico que prefirió abandonar este perro mundo antes que vivir sin el amor de su musa.

Además, había un detalle incomodísimo, la madre del bebé no sólo estaba viva, sino que era escritora y poeta, todos los colegas de Acuña la conocían, y, encima, ella tenía una peculiarísima relación con uno de los grandes amigos del finado, que a la larga acabaría convirtiéndose en matrimonio.

Tal es la historia de Laura Méndez Lefort, que acabó siendo, para la posteridad, Laura Méndez de Cuenca, casada con su compañero en letras Agustín Cuenca. Nacida en 1853, en la hacienda de Tamariz, en el Estado de México, Laura Méndez y su hermana Rosa fueron beneficiarias, como algunos otros personajes de la historia liberal del siglo XIX mexicano, de los proyectos de educación pública de la República Restaurada. En noviembre de 1867 se fundó la primera Escuela de Artes y Oficios, que aspiraba a proporcionar un porvenir distinto a las mujeres que acudieran a sus aulas. Si pensamos que en aquellos años eran muy pocas las posibilidades del género femenino de aspirar a una instrucción que fuera más allá del oficio de costurera, ser tal vez maestra de primeras letras, transmitiendo saberes elementales -leer, escribir, hacer cuentas y aprender el catecismo- la Escuela de Artes y Oficios resultó importantísima: se aprendía, ciertamente, gramática, inglés y francés, pero también había química y, en cuanto a oficios, las 510 jóvenes que acudieron en cuanto la institución abrió sus puertas, podían elegir entre tapicería, telegrafía, hechura de filigrana de plata, imprenta, pasamanería y algunos más, que significaban un cambio decisivo en sus vidas: tendrían la posibilidad de mujeres independientes, sin malvivir en la pobreza que garantiza la ignorancia; sin necesidad de esperar o pedir un cacahuate a ningún señor.

Es claro que en la visión del mundo de los funcionarios y políticos liberales de la época, esta premisa no estaba planteada -eran liberales, pero del siglo XIX- pero sí la posibilidad de proporcionar un modo honesto de vivir a las mujeres de escasos recursos partía de un juicio moral que se remontaba a la primera mitad del siglo XIX y que era uno de los temas frecuentes de crítica social: el fantasma de la muchacha, fea o bonita (y si era bonita con mayor razón) que “se perdía” para la vida honorable -lo que en buen español significaba prostituirse o convertirse en la amante de planta de algún señor adinerado sin ganas de casarse o sin posibilidades de divorciarse- estaba hasta en las novelas moralizantes de José Joaquín Fernández de Lizardi, y a ratos era una realidad escalofriante. Las Escuelas de Artes y Oficios pretendían paliar el problema, al menos mientras las alumnas hallaban, porque finalmente en su época tal era su destino, un matrimonio de provecho, o por lo menos la estabilidad económica.

A Laura Méndez no le interesaba en demasía aprender un oficio. Pero desde luego que le entusiasmaba el aprender cosas nuevas. Incluso, fue materia de una curiosa noticia de El Correo del Comercio, en 1872, donde hablaba de su habilidad para realizar operaciones algebraicas. Todo un acontecimiento en el campo de la educación para señoritas.

La vocación de Laura Méndez era el mundo de las letras, de la creación propia. Tuvo maestros con quienes, además de aprender en esas áreas del conocimiento, forjó buenas amistades, quizá el más importante en esos términos fue el escritor Enrique de Olavarría y Ferrari.  Guillermo Prieto era el maestro de historia -aparte de ser integrante de la junta directiva- y, de paso, el entrañable Romancero hasta novia encontró al correr de los años, pues la que fue su segunda esposa, Emilia Colard (algunas fuentes la apellidan Collard o Collado) había sido su alumna y era una de las hermanas que, junto con Laura, habían resultado buenas para el álgebra, según aquella nota del Correo del Comercio.

La escuela abrió otras perspectivas para Laura Méndez, y la impulsó a pasar, de la idea de “las artes y los oficios”, al Conservatorio Nacional, donde además de un conjunto de disciplinas vinculadas a la creación musical, se podía aprender idiomas, náhuatl incluido, y por aquellos días se abrió una división dedicada al teatro.

El cambio de visión del mundo de Laura Méndez se tradujo en sus decisiones de vida. Sabemos que, junto con su hermana Rosa, decidió abandonar la casa de sus padres y vivir en algo así como su casa de solteras -Calle del Puente de Peredo número 3- para gran disgusto de sus progenitores y escándalo del mundillo que las rodeaba. En los años de la República Restaurada, ninguna señorita respetable agarraba sus chácharas y declaraba su independencia así como así. Sabemos que no las pasaron fáciles, y que a veces recurrían a la generosidad su abuelo materno, propietario de restaurantes, para tener qué comer, pues el vínculo con sus padres estaba completamente congelado. No obstante, quienes han profundizado en la biografía de Laura Méndez consideran que la muchacha era de una gran fortaleza intelectual y emocional, cualidades estas que le ayudaron a no flaquear y caer derrotada por la presión social de la época.

El aprendizaje de lenguas extranjeras resultó apasionante para Laura Méndez: primero aprendió francés, y se sabe que leía a Baudelaire y a Verlaine en su lengua original -lecturas que, seguramente, en su época no se consideraban adecuadas para señoritas- después aprendió alemán y luego latín y griego. En los años que siguieron, este aprendizaje le fue de suma utilidad, pues con frecuencia Laura trabajó de traductora. El talento de la muchacha propició que en su casa también empezaran a producirse tertulias literarias, que estaban tan en boga gracias a los empeños de Ignacio Manuel Altamirano, que ya se perfilaba como el patriarca de la siguiente generación, aquellos que verían llegar el siglo XX. En una de estas reuniones es que Acuña fue presentado a Laura Méndez, quien acabó enamorándose del estudiante de medicina, que para la segunda mitad de 1872 era ya una celebridad del mundillo intelectual de la capital mexicana, pues además de publicar poemas y andar en la grilla liberal, su obra dramática “El Pasado” se había montado con bastante éxito. Acuña estaba, pues, “de moda” y acabó involucrándose sentimentalmente con Laura.

Mílada Bazant, historiadora que  ha trabajado a profundidad la biografía de Laura Méndez, se ha preguntado ¿qué le podía ver la talentosa muchacha a un cuate melancólico, depresivo, debilucho -Juan de Dios Peza hablaba de las piernas de Acuña como punto menos que contrahechas- y además pobre? (y eso que Laura desconocía los alcances de la fuerte mamitis que padecía el poeta, agravada por la muerte de su padre) Bazant misma se responde: el enorme talento que el saltillense tenía y muy probablemente ese mismo era el atractivo que Acuña veía en la alumna del Conservatorio.

El caso es que Laura Méndez se supo embarazada de Manuel Acuña casi por las mismas fechas en que el estudiante de medicina conoció a Rosario de la Peña. Es decir, el coctel perfecto para un melodramón inmortal. Como sabemos, Acuña perdió la cabeza por Rosario, y después de sufrir como condenado por el lío monumental en el que se había metido por su dilema sentimental, se decidió a romper con Laura para intentar apostar todo por Rosario, pese al bebé que venía en camino y que nació en septiembre de 1873, un mes que, por lo que cuenta la prensa de aquellos días, fue gris, helado y terriblemente lluvioso.

Por lo que sabemos, y aún cuando a Laura le afectó la ruptura con Acuña, aceptó la cercanía y la protección de un amigo muy cercano de su ex: Agustín Cuenca, otro poeta.  Cuenca, enamorado muy deveras de Laura, la convenció que se mudara a su casa -a unas pocas cuadras de la casa de Rosario de la Peña- y cuidó de ella durante el embarazo, la protegió y alimentó, ignorando los comentarios de mala fe que seguramente se derivaron entre los chismosos a raíz del cariz que tomaron los acontecimientos.

La devoción de Cuenca hacia Laura y hacia su amigo muerto, en sus diferentes dimensiones llegó al grado de ser él quien asumió la responsabilidad de colectar los fondos necesarios para enterrar a Manuel Acuña en una tumba de quinta clase, y, al mes siguiente, con parte de ese dinero, costear el sepelio del bebé, que murió en el particularmente crudo invierno de 1873-1874, a consecuencia de una bronquitis.

Encima, el pobre Cuenca tuvo que salir a hacer frente a las maledicencias, pues, entre tanto enredo, algunos lo acusaron de haberse quedado con el dinero recolectado para ambos sepelios, y para acallar a los venenosos publicó las cuentas en El Federalista, donde explicó que alguna parte del dinero sirvió para sustento de Laura y el bebé, además de los gastos funerarios.

Mucho después, Juan de Dios Peza explicaría que, si los amigos del círculo cercano a Acuña no dijeron ni escribieron nada sobre el vínculo que lo unió a Laura Méndez, era por respeto a la dama, y por no herir los sentimientos de Agustín Cuenca, que seguía siendo amigo y parte de aquella cofradía de escritores.

Como pasa aún en las historias de amores fracasados, la vida siguió. Laura y Agustín decidieron marcharse a Orizaba un tiempo, en espera de que la maledicencia se apagara. Después, regresaron a la ciudad de México, continuaron su vida, tuvieron siete hijos, de los cuales solamente dos llegaron a la edad adulta, y en algún momento les pareció oportuno casarse.

Las tertulias y la grilla de los escritores y poetas continuaron, y Rosario de la Peña también tuvo su dosis de infelicidad, pues el caballero que realmente le importaba, Manuel M. Flores, otro poeta, murió “acompañado de Mercurio”, es decir aquejado por la sífilis, reducido a la miseria del deterioro y el sufrimiento, y nunca pudo concretar amores con ella. De hecho, Flores pasó sus últimos meses de existencia atendido por Rosario quien nunca tuvo algún otro romance conocido y tampoco se casó.

Las ironías del periplo de aquellas existencias es enorme. Románticos y apasionados, no conocieron sino la desgracia de los amores quebrantados, rotos, no correspondidos e imposibles. No obstante, a Laura Méndez se le encuentra, en los años que siguieron, escribiendo, haciendo periodismo y traducción (andando, que son gerundios). Rosario no escribía ni escribió nunca. Trabajaba de musa, y eso le valió la inmortalidad romántica, ligado su nombre al de un hombre al que ella no quiso ni pizca, pero que le arrebató la tranquilidad. Los detalles del desencuentro entre Rosario y Acuña solamente se supieron medio siglo después del suicido del poeta, cuando Rosario decidió que no estaba dispuesta a permanecer en la picota en la que la habían puesto, y decidió hablar. Y para estar a tono con la época en que el periodismo se transformaba y empezaba a ser pródigo en noticias más que en poesía y encendidos argumentos, concedió una entrevista de la que mucho vale la pena escribir.

 

 

 

 

Anuncios

1 Response to “Secretos a voces en el siglo XIX: los amores y los problemas de Manuel Acuña.”



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


En todo el Reino

enero 2015
L M X J V S D
« Sep   Feb »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031  

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 6.470 seguidores

Y EN EL VÉRTIGO DE TWITTER…

Aquí se habla de:

Para tener a mano

"Hidalgo la historia jamás contada" Adolfo López Mateos Agustín de Iturbide Alejandro Giacomán Ana de la Reguera Antonio Serrano Bertha Hernández Bicentenario del Inicio de la Independencia Biografía de Ignacio Manuel Altamirano Centenario de la Decena Trágica Centenario del Inicio de la Revolución Cine mexicano Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos conmemoraciones cívicas Conmemoraciones del año 2010 conmemoraciones históricas conmemoración del 20 de noviembre conmemoración de la batalla del 5 de mayo cráneo de Miguel Hidalgo cultura funeraria mexicana del siglo XIX Daniel Giménez Cacho Decena Trágica Demián Bichir desfile conmemorativo del 20 de noviembre Día de Muertos en México embalsamamiento de cadáveres Federico Gamboa Francisco I. Madero Francisco Zarco Fuertes de Loreto y Guadalupe Gabriel García Márquez Guillermo Prieto Historias de periodistas mexicanos homenaje a los restos de los caudillos de la independencia Ignacio Allende Ignacio Manuel Altamirano Ignacio Zaragoza Jacobo Dalevuelta Joaquín D. Casasús Josefina Zoraida Vázquez José Emilio Pacheco Laura Méndez de Cuenca Leona Vicario Libros Bertha Hernández G. libros de texto gratuitos Manuel Acuña Martín Luis Guzmán Maximiliano de Habsburgo Miguel Hidalgo Miguel Hidalgo y Costilla Monedas conmemorativas Muerte de Ignacio Manuel Altamirano México Conmemoraciones del Bicentenario Palacio Nacional Panteón del Campo Florido Panteón de San Fernando Pelicula El Infierno Peliculas del Bicentenario México 2010 Película "Héroes Verdaderos" Película Hidalgo la Historia Jamás Contada Películas Bicentenarias Películas del Bicentenario México películas históricas Películas sobre Miguel Hidalgo Pepe Fonseca Personajes en monedas de 5 pesos conmemorativas Poetas mexicanos del siglo XIX Reportero Gabriel García Márquez Restos de José María Morelos restos de los caudillos de la Independencia Restos humanos de personajes célebres Rosario de la Peña y Llerena Terremoto de 1985 en la Ciudad de México traslado de los restos de los caudillos de la independencia en 1823 Zócalo de la Ciudad de México

A %d blogueros les gusta esto: