Archive for the 'Centenario del Inicio de la Revolución' Category

02
Jun
11

Preguntitas (y respuestitas)

Las carreras de la vida, las peculiares circunstancias del pasado reciente, a ratos hacen que guarde “para al ratito” algunas de las preguntas que llegan a este Reino. Algunas muy buenas, la verdad, y otras dan para entradas completas y algunas, se entiende, tienen que ver con propósitos urgentes. Prometo responder más cosas a medida que avancen los días, pero por lo pronto, aquí hay algunos datos útiles para los que se interesan en algunas de las historias de este Reino:

  • Buenos datos biográficos de don Joaquín D. Casasús, abogado y especialista financiero de los días de don Porfirio, están en el libro espléndido que hace años escribió uno de sus descendientes: “El Exilio, un relato de familia, de Carlos Tello Díaz”. Lectura muy recomendable ahora que se acaban de cumplir 100 años de la salida de don Porfirio de México, a bordo del Ipiranga. Aquí hemos hablado de él en función de su parentesco con don Nacho Altamirano, quien lo quiso mucho, no sólo por ser esposo de su hija consentida, Catalina Guillén-Altamirano, sino porque había sido uno de sus alumnos más talentosos y con quien se entendía, en muchas cosas, a la perfección. Si los curiosos buscan en los archivos de este Reino, por acá tenemos una foto de la hermosa tumba que resguarda a don Joaquín, allá en el Panteón Francés de la Piedad de la ciudad de México. Y por cierto, don Joaquín se murió el 25 de febrero de 1916, en Nueva York.
  • Sobre Calleja y las cabezas de los insurgentes: La condena a muerte para los caudillos insurgentes estaba cantada desde fines de septiembre de 1810, cuando el virrey Venegas le puso precio a la cabeza de Allende y de Miguel Hidalgo: nomás 10 mil pesos, una verdadera lanota. El caso es que nadie puso empeño tal que lo consiguiera hasta que en Acatita de Baján fueron atorados los insignes caudillos y conducidos a Chihuahua para su juicio y consecuente ejecución.
  • En octubre de ese 1811 llegarían a Guanajuato las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, todas conservadas en sal, recurso que les debió haber dado un aspecto bastante horroroso. Se colgaron en las esquinas de la Alhóndiga, escenario de una matanza terrible y del nacimiento de la pésima reputación que en el Bajío adquirió la insurgencia durante aquella campaña primigenia. La colocación de las cabezas fue acompañada por una inscripción elaborada por el intendente de Guanajuato, don Fernando Pérez Marañón,  atendiendo las órdenes de Calleja, y que dice así:
  • “Las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez, insignes fascinerosos y primeros caudillos de la revolución; que saquearon  y robaron los bienes del culto de Dios y del real erario; derramaron con la mayor atrocidad la inocente sangre de sacerdotes fieles y magistrados justos; y fueron causa de todos los desastres, desgracias y calamidades, (sic) que experimentamos, y que afligen y deploran los habitantes todos de esta parte tan integrante de la nación española.  Aquí clavadas por orden del señor brigadier don Félix María Calleja del Rey, ilustre vencedor de Aculco, Guanajuato y Calderón, y restaurador de la paz de esta América. Guanajuato, 14 de octubre de 1811.”
  • Resulta tan oscura esta sentencia, que es muy entendible el road show de desagravio que hicieron a las cabezas y a sus respectivos esqueletos cuando, en 1823, se les trasladó a la ciudad de México.
  • El “himno del Bicentenario”: Pues según se vea. Existió algo que se llamaba “El futuro es milenario” (ugh) pieza espeluznante debida a la inspiración de Aleks Syntek y Jaime López. Como es posible ver, hay combinaciones mortíferas. Es una pieza perfectamente olvidable, que puede consultarse en la página oficial de las conmemoraciones de 2010 (www.bicentenario.gob.mx, y no, no lo voy a linkear) y otra pieza, prácticamente desconocida, que se llama “Nuevo Canto a México”, y que ganó (entérense) el concurso (entérense también) que el gobierno federal hizo (les digo puras noticias nuevas; nadie se enteró en su momento) para conseguir un “tema conmemorativo”. La pieza no está mal, y es del compositor José Miguel Delgado, y se consigue en la misma página de marras.
  • Las moneditas conmemorativas de 5 pesos del Centenario y el Bicentenario: el honorable público se inquieta porque “están escasas” las monedas de Nicolás Bravo y Emiliano Zapata. De hecho, TODAS están escasas, y más aún los “coleccionadores”, uno de los peores osos cometidos el año pasado en materia de conmemoraciones. Sugiero se compren una cajita bonita para guardarlas y tengan paciencia; poco a poco van cayendo. Yo tengo, entre mis repetidas, tres Zapatas y un Bravo; es cosa de persistir.
  • La entrevista a Porfirio Díaz. Aclaro que esta entrevista no la hizo nadie del personal de El Imparcial, como ha llegado la pregunta. La entrevista apareció en la Pearson´s Magazine, en marzo de 1908, y estaba firmada por el entrevistador, el periodista estadounidense James Creelman. Lo que hizo El Imparcial fue traducir algunos fragmentos. La entrevista, traducida al español, está en una muy decorosa edición del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, con prólogo de don Álvaro Matute.
… estas son unas cuantas respuestitas, en cuanto pueda, desahogo unas pocas más…
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10
May
11

Incorrecciones políticas 1: el (triste) epílogo del cine del Bicentenario

Permítaseme ejercer mi derecho de pataleo con respecto a la entrega de los Arieles 2011.  En estos tiempos en que el mentado “círculo rojo” se da el lujo de exigir un país de alta conciencia ciudadana, sin que le importe un celestial pistache que la gente a la que se les exige esta conciencia democrática tiene, por lo pronto, preocupaciones más terrenales. Saber qué y de dónde comerán al día siguiente, por ejemplo. Por eso, camino por una ruta de este Reino donde la incorrección política es determinante, y por eso me resisto, en definitiva a creer que “El Infierno” de Luis Estrada, sea la mejor película de 2010, y que el domingo pasado se haya llevado nueve Arieles (la versión mexicana de los Óscares, con las distancias y proporciones inevitables) por su calidad cinematográfica.

Son muchos los caminos de la militancia, de la posición política y de la ideología. Sería ingenuo pensar que el cine, la obra cinematográfica, logra eludir esas aguas pantanosas.  De hecho, no podemos sustraernos en nuestra vida diaria a eso que llamamos “ideología”, y eso no es ningún descubrimiento reciente, aunque cuando salgo de ciertos seminarios allá en el posgrado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, me parezca que sí. Y por eso entiendo que el ahora multipremiado (palabreja que les encanta a los que hacen las secciones de espectáculos en los periódicos y yerbas informativas similares) director Luis Estrada asegure que su película es su manera de protestar por el deterioro, por la crisis, por la aterradora violencia que fastidia la vida en varias zonas del país que a diario aparecen en los periódicos.  Pero que no me digan que eso basta para convertir a una película como “El Infierno” en la mejor película de 2010.

El asunto no deja de ser interesante. Revisar la historia de estas películas del Bicentenario, sus contenidos, sus discursos y sus resultados, tanto en taquilla como en percepción,  van a dar para un trabajo bonito, que quién sabe si algún día hagan los estudiantes de Historia o los de Comunicación. Pero el caso de “El Infierno” llama la atención. Seamos sinceros: la película de Luis Estrada tiene que ver con el bicentenario del inicio de la independencia y con el centenario del inicio de la revolución como yo tengo que ver con las monjas del Instituto Renacimiento. El argumento puede ocurrir en cualquier sitio, en cualquier año, no en 2010, sino en 2008, 0 en 2009 0 en 2011 sin que la historia pierda su coherencia interna. De hecho, los centenarios aparecen de manera soslayada, apenas en unas pocas secuencias: la entrega de la primaria, que se llama, de manera pedestre y ramplona “Héroes del Bicentenario”, que es como de risa, y la escena de la venganza del Benny en pleno festejo del grito, del Bicentenario, por supuesto, pero que podría ser igualmente sangrienta en 2006, 2008, 2011 y 2012. Si lo que sorprende es que el jurado de la convocatoria de CONACULTA y varias instancias más, destinado a definir los apoyos a guiones de cine, como parte de las  conmemoraciones del año pasado; ese jurado que, se supone entendido en andanzas cinematográficas, haya caído en el garlito, o en la solución cómoda, de premiar con apoyo y etiqueta a un guión al que, parece, le agregaron tres o cuatro cosillas para que parezca “una película del Bicentenario” y pueda participar en la convocatoria famosa.

Y luego para que, la gran imagen de esta película, no pertenezca a la historia: ese cuadrito color vino con el 2010, el emblema inercial de las conmemoraciones (porque ni a logo pudimos llegar, carajo), balaceado, como seguramente lo fue alguno de los ociosos señalamientos de la Ruta 2010, pero con la leyenda tan escuchada el año pasado: “nada que celebrar”. A mí me podrán dedicar muchos improperios por lo que voy a escribir, pero una cosa es la pluralidad inevitable en esta sociedad cambiante, con necesidades y aspiraciones y rencores diversos, como es el México del siglo XXI, (empleada en vano para justificar algunos desmadres bicentenarios) y otra muy diferente carecer de una estrategia armada y coherente para desarrollar las acciones y decisiones conmemorativas desde una instancia de gobierno, que evitase que el “cómo festejar/y/o/celebrar/y/o/ conmemorar”  estuviese sujeto a los humores y biorritmos con que se levanta cada mañana un señor con peculiares conductas que hablan de insania mental. Pero de eso bien sabe Banjército, ya qué.

Y, del otro lado, curiosa posición ética del señor director de “El Infierno”. ¿Cómo estar en desacuerdo con la idea de celebrar/y/o/conmemorar/y/o/festejar, insistir en el dichoso “no hay nada que celebrar” y entrarle a un concurso “oficial”, para promover de manera “oficial”, el cine del año de las conmemoraciones, y recibir un dinero “oficial”, que, si bien no resuelve las cuantiosas necesidades de una producción cinematográfica, sumado a los muchos otros inversionistas, ayuda (al hacer una película no hay lana que esté de más), pues cómo no?

Hace ya rato que nos acostumbramos a que en los periódicos, entre notas y opiniones, se asegure que 2010 ha sido el año más violento de este régimen.  Y razones no faltan. Hay muchas historias reales, que, sin tener que llegar al tono de farsa que a ratos tiene “El Infierno”, dan cuenta del crimen, de la impunidad del imperio de la ilegalidad y de los pequeños, medianos y grandes infiernos que se viven en lugares como Ciudad Juárez o  Tamaulipas.  Por eso, precisamente, “El Infierno”, resulta políticamente correcta. Por eso, precisamente, su director, desde el principio la arrojó al mundo como una película “de protesta” dotando de nuevo sentido aquella curiosa expresión de principios de los años setenta. Por ello, precisamente, armó un pequeño revuelo por la clasificación del filme, pataleando porque desde la Secretaría de Gobernación se clasificó a “El Infierno” para ser vista por adultos, en contra de la opinión de Luis Estrada, que pedía, al menos, fuese “para mayores de 15 años”, alegando, carajo, que hay en la película un “mensaje” para los jóvenes.  El que haya visto “El Infierno”, no necesita ser muy inteligente para darse cuenta de que NO es una película que puedan ver por su cuenta y riesgo jovencitos como “El Diablito”, personaje de la historia. Los adolescentes que vemos en estas dos horas, lo que saben de la vida es que quieren ser unos “chingones”, como sus padres, amigos y parientes dedicados a diversas actividades criminales, que le piden a su tío que, cuando se muera, le hará un monumento funerario tan espléndido como el que le hizo a su padre, un sicario muerto. ¿De veras cree el sñeor director de “El Infierno” que todos los adolescentes  tienen conciencia social, tienen ya criterios sólidos para distinguir lo bueno de lo malo, lo legal de lo ilegal, y la miseria profunda del destino de los sicarios?  El comportamiento y los valores de estos chicos personajes de la película son hasta más impactantes que la imagen del escudo nacional bañado por la sangre del capo convertido en alcalde, balaceado por el Benny.

Si tienen ánimo, tiempo, ganas y disposición, pueden tomarse una Coca-Cola para no dormirse y autorrecetarse la entrevista que Ramón Alberto Garza le hace a Luis Estrada acerca de “El Infierno” y que viene en los extras de la versión en  DVD de la película. Es una entrevista malísima por aburrida -la neta, creía mejor entrevistador a Ramón Alberto Garza, a mí me tomó tres noches ver la entrevista sin quedarme dormida- pero ahí pueden ver en versión extensa los argumentos del cineasta Estrada.

Entre tanta corrección política y crítica en una película que NO ES un documental, que va del humor negro a la reproducción ácida de situaciones que a menudo se leen en periódicos chilangos y no chilangos, la  Academia Mexicana de Ciencias (?) y Artes Cinematográficas decidió ser, igualmente, políticamente correcta,  y decidió otorgarle a “El Infierno” los Arieles a: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor (Damián Alcázar, El Benny, otra decisión que se me antoja incomprensible), Mejor Coactuación Masculina (Joaquín Cosío, el formidable Cochiloco que se lleva la película), y Mejor Edición, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Arte (¿¿y las formidables reconstrucciones de época de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” y de “El Atentado”??), Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Especiales.  Nueve Arieles, nada menos, como trofeo a la corrección política y a la afirmación de que, efectivamente, “no había nada que celebrar”; y como nunca hubo estrategia mediática que consolidara la idea de que SÍ había algo qué celebrar, así se quedaron las cosas en los Arieles.

En este punto también hay que decir que una película del Bicentenario se llevó el Ariel al mejor Largometraje Documental: “La historia en la mirada”, de José Ramón Mikelajáuregui y producida, orgullosamente, por la UNAM-

Me consuela unas migajas que el Ariel a la Mejor Música Original se le entregó a “Hidalgo, la historia jamás contada”; disco del todo recomendable y que se debe al talento de Alejandro Giacomán.  Pero las nominaciones eran muchas y se las merecía esta espléndida película que demuestra cómo, en el siglo XXI, hay actores, productores y directores que pueden intentar con éxito un acercamiento diferente, antisolemne y gozoso a los padres de la patria. Todo eso significaba la nominación de Demián Bichir por su desempeño como Hidalgo, y las nominaciones de la película por Mejor Actor, Mejor Coactuación Femenina, Mejor Coactuación Masculina, Mejor Edición, Mejor Música Original y Mejores Efectos Especiales. Y tampoco entiendo porqué no se nominó a Mejor Película.

“El Atentado” consiguió nominaciones por Mejor Fotografía, Mejor Vestuario y Mejor Diseño de Arte, Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Especiales. Si el jurado de la Honorable Academia hubiese sabido milagros y andanzas del peculiar don Federico Gamboa, tal vez Daniel Giménez Cacho se hubiese llevado una nominación por su encarnación del apasionado pero medroso “Pajarito”. Esta película, que ahora en DVD muestra unos excelentes materiales extras y un muy elogiable detrás de cámaras, se merecía mejor suerte y mejor recepción del público. Su recreación de la novela de Álvaro Uribe, a su vez recreación de uno de esos extraños episodios de la historia del porfiriato, me parece, ahora y gracias al DVD una película que, ojalá, ganara los adeptos que la taquilla no le concedió.

“Chicogrande” obtuvo nominaciones por Mejor Película, Mejor Director, Mejor Coactuación Masculina, Mejor Actuación Revelación, Mejor Fotografía, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Arte y Mejor Maquillaje.

En fin, que este ha sido el destino de las películas del Bicentenario que le entraron a los Arieles. “Héroes Verdaderos. Episodio 2: la Independencia”, por los extraños relajos internos y financieros que se trae White Knight Creative Productions, ni siquiera se inscribió, y conste que era el único largometraje animado, dirigido a público infantil y juvenil, vinculado a las conmemoraciones. El colmo de los colmos, o los efectos de la maldición bicentenaria, como le quieran ustedes llamar, es lo ocurrido con “El Baile de San Juan”, otra de esas películas que se ganó una lanita en la convocatoria de Conaculta, y que, se aseguró en repetidas ocasiones, se estrenaría más bien en octubre. A la hora de la hora, se acabó 2010 y nada. “El baile de San Juan” se estrenó hará cosa de un mes o dos, y pasó absolutamente inadvertida. Insisto, son cosas de la maldición bicentenaria. Ha de ser por eso que, dentro de un siglo, cuando los historiadores anden averiguando qué diablos hacíamos den 2010,  y busquen en los periódicos de 2011 los rescoldos de las conmemoraciones, se encontrarán conque “El Infierno” fue premiada como ejemplo de corrección política, como reflejo de un entorno de desánimo colectivo, como expresión de un sector de la sociedad que estaba convencida de que “no había nada que celebrar” y como amarga crónica de los días que vivimos; como la muestra de que el derecho de decir que “se está hasta la madre”, como se ha puesto de moda afirmar, puede estar por encima de la creación cinematográfica que ilumina y enamora la mirada de los cinéfilos.

30
Dic
10

Para comenzar a pensar este 2010: una conversación con Javier Garciadiego.

A don Javier Garciadiego lo conocí hará cosa de unos ocho años, cuando él era director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), en esa casa vieja de San Ángel que es la sede del instituto -hoy día más fregado que nunca, por puritito descuido. En aquellos días yo no sabía lo incómoda que puede llegar a ser esa casa, deliciosa en los días de calor, siempre que uno esté en la planta baja -arriba, el domo convierte el sitio en un espacio previo a un sauna- aterradoramente helada en los días de frío, y sitio de tormento en las madrugadas: la baja de temperatura lo deja a uno con las articulaciones hechas pomada. Casa interesante y, como cualquier construcción mexicana antigua que se respete, con sus historias de fantasmillas por ahí. De esas pequeñas historias de miedo hablaremos otro día, porque esa casa solamente fue, para efectos de este relato, el escenario donde tuve una de mis primeras conversaciones con don Javier.

Andando los años, hemos conversado a ratos, y a veces nos ha tocado andar en grillas y/o proyectos convergentes, interrelacionados o comunes. Es un hombre talentoso y afable, y, en este año de las conmemoracciones, quizá una de las voces serenas que nos darían algunas pistas para comenzar a reflexionar -ahora sí-, en el significado de todas las cosas que hicimos para conmemorar, festejar, celebrar, recordar o todo junto, esto del Bicentenario y el Centenario.

Con esas intenciones lo entrevisté hace poco más de un mes, ahora en sus oficinas de El Colegio de México, donde es presidente desde hace cinco años, además de investigador del Centro de Estudios Históricos. La entrevista, publicada originalmente el 21 de noviembre de este año -o sea, al día siguiente del Centenario- llama la atención sonbre dos temas importantes: uno, la disputa que en este año algunos grupos políticos y algunos opinadores desarrollaron en torno a la vocación del gobierno federal para resistirse a conmemorar la Revolución. Si esta afirmación es cierta o no, me parece que aún hay que trabajar para dilucidarlo, en vez de dejarlo a opiniones donde lo subjetivo domina, y he de decir que me asombra la cantidad de doctores en historia que a lo largo de este año declararon cosas como “el gobierno odia a los revolucionarios” o “es que los panistas no tienen nada que celebrar”. Y he de decir que en más de un caso no me lo contaron; este año escuché a unas cuantas “vacas sagradas”, a “vaquillas” y a jóvenes valores de la Historia con mayúsculas aventurarse por los caminos de la subjetividad bien teñida de víscera. Pero esa historia -con minúsculas- aún está por escribirse, y algunas de las cosas que ese día de noviembre platiqué con Javier Garciadiego dan alguna pista para seguir haciendo, en serio, este ejercicio de pensamiento: tener claro, bien a bien, que hicimos, con lo de bueno y lo de malo, en el año de los Centenarios. A continuación, la entrevista:

Para Javier Garciadiego, historiador, la Revolución terminó en 1920, “porque nace un nuevo Estado, encabezado por clases medias con un gran soporte de apoyo popular”. No obstante, el legado del movimiento iniciado hace un siglo posee materialidad y vigencia, e incluso tiene elementos que debieran recuperarse para la vida nacional en el siglo XXI.

CRONICA: ¿Qué sobrevivió de la Revolución?

JG: Hay cosas importantes que todavía existen. La principal: el gran legado revolucionario, consistente en un pacto, aún vigente, entre clases medias revolucionarias, las triunfadoras, y las clases populares. A diferencia de otros países de América Latina, el Estado mexicano no se ha conflictuado de manera grave con los sectores populares, los obreros y los campesinos. La profundidad de ese pacto a veces se ha modificado, pero en términos generales, nuestro Estado tiene un soporte popular que lo distingue.

Hay otros grandes legados revolucionarios: La reforma agraria, hasta cierto punto concluida,  y los derechos sociales de los trabajadores. Podemos cuestionar que los salarios sean insuficientes, que no se cumpla con la ley, pero esos derechos no existían. Otro gran legado está en la cultura revolucionaria y el compromiso con la educación.

CRONICA: ¿Cuáles son los grandes compromisos revolucionarios? ¿Tienen vigencia en el siglo XXI?

JG: En términos generales, y aun cuando cada contingente revolucionario tenía sus propios objetivos, me parece que hay dos: democracia y justicia social.

Curiosamente, la democracia es una bandera que solamente Madero enarbola. No recuerdo a Villa o a Zapata o a los sonorenses hablar o comprometerse con la democracia. El otro compromiso es la justicia social. Durante algunos años de la posrevolución, se avanzó mucho en esa materia; parecía que el Estado se olvidaba un poco de la democracia

A partir de los años 80 y 90 del siglo pasado, incluso desde los 70, crece el compromiso con la democracia y, en cambio hemos pospuesto un poco la justicia social. En los últimos años de nuestra historia, en esta década del siglo XXI, y los últimos 10 del siglo XX, hemos avanzado más en materia de democracia que en justicia social.

Lo adecuado para este siglo, consistiría, me parece, en retomar estos dos compromisos, con equilibrio y, sobre todo, de manera pacífica, sin violencia.

CRONICA: En este año menudeó la insinuación de que 2010 tendría que ser un año de movimientos sociales violentos…

JG: Hubo muchas voces agoreras, que, desde una posición más poética que rigurosa, con una visión cíclica y fatalista de la historia, aseguraban que las condiciones sociales de 1810 y de 1910 se parecen a las de 2010. Esto es completamente falso. Las condiciones de 1810 no eran las mismas que las de 1910 y ninguna de las dos se parecen a las actuales.

Hay, en estos momentos, dos formas de violencia: una menor, que se da en algunos asuntos políticos y en ciertas zonas del país, y una violencia delictiva, la del crimen organizado. Creo que  México va a transitar por un siglo XXI de violencia delictiva, que no terminará en corto plazo, y que no será una violencia sociopolítica.

CRONICA: ¿Se han desgastado las grandes figuras de la Revolución?

JG: No, en absoluto. No los veo desgastados. México es, además, un país de clases y de regiones. Para ciertos sectores de la clase media, Madero sigue siendo importante; para núcleos campesinos del sur y centro del país, está Zapata. En Durango, en Chihuahua, la figura por excelencia es Villa. A veces el regionalismo es tal que se rescatan figuras como la de Pascual Orozco, que en el norte es visto como un líder revolucionario, y en el centro como un traidor a Madero. Ni a ellos ni a personajes como Ricardo Flores Magón, los percibo olvidados. Veo sí, desprestigiados a personajes como Obregón y Calles.

CRONICA: A personajes como Calles y Obregón se les identifica como artífices del priismo y se vuelven objeto de descalificación…

JG: Calles es víctima de un análisis presentista: el oponerse a Lázaro Cárdenas, haber creado el antecedente del PRI, son cosas que la opinión pública le reprocha sin tomar en cuenta sus méritos históricos. Muchos, todavía, le reclaman a Álvaro Obregón la guerra cristera, su reelección, y desde luego, la corrupción.

CRONICA: El antipriismo ha frenado un acercamiento mas analítico, más sereno de la Revolución?

JG: Creo, más bien, que la pobreza y la violencia delictiva recientes han hecho pensar a algunos que la Revolución no sirvió para nada, y es muy injusto evaluarla de esa manera: hay que verla en lo que fue y no a partir de las crisis contemporáneas.

CRÓNICA: ¿Confunden revolución con utopía quienes aseguran que la Revolución fracasó?

JG: Absolutamente. Debemos recordar que las revoluciones no son perfectas, no son obras de ingeniería. Son movimientos violentos, caóticos, en ocasiones con falta de rumbo. No le pidamos a la revolución que proceda como si estuviera en un laboratorio. Es muy injusto que se culpe o se enjuicie a la Revolución porque hubo una devaluación 70 años después.

CRONICA: Con el 20 de noviembre terminan las grandes conmemoraciones de 2010, no sin intensas críticas…

JG: He leído y escuchado evaluaciones muy críticas de estas conmemoraciones. Todas las conmemoraciones del siglo XX: las de 1910, las de 1921, las de 1960, se llevaron a cabo sin libertad de expresión. En 1985, la situación empezaba a cambiar; pero la organización de las conmemoraciones no se discutía ni se criticaba tan abiertamente. Hoy se puede publicar, sobre el tema, cualquier cosa, a favor o en contra; se puede exigir información sobre los gastos… esas cosas no sucedían antes, y por eso es difícil comparar estos aniversarios con los precedentes. Hoy podemos pedir a los organizadores de las conmemoraciones que nos digan costó el buñuelo que se entregó en aquella esquina y para todo tiene que haber respuesta.

CRONICA: ¿Somos de corta memoria? ¿Olvidamos la historia que hay detrás de nuestra vida cotidiana?

JG: Lo somos, y somos todavía muy ignorantes en materia de Historia de México. El pueblo mexicano dice que ama la historia de nuestro país, cree conocerla, pero la verdad es que nos movemos en una versión mítica de nuestro pasado.

CRÓNICA: Para los historiadores, el gran reto de 2010 ha sido llevar el conocimiento de ese pasado a los públicos masivos…

JG: Era el reto principal de este año: aumentar el conocimiento histórico del ciudadano mexicano. Pero a fin de año veremos las evaluaciones al respecto. Si logramos que el mexicano supiera algo más de historia, podremos considerar que fueron unos festejos satisfactorios. Si realmente no avanza el conocimiento histórico del común de los ciudadanos, fue un año fallido.

28
Dic
10

Los últimos tragos musicales del año de los centenarios (y aún hay más)

Espero que dentro de muy poco, los historiadores, los periodistas y algunos seres pensantes que anden por aquí dejemos el recuento de anécdotas, y comencemos a mirar con otros ojos las puntadas, dichos, osos, desastres y pachangas del año de los centenarios. Los que hayan de ocuparse de las auditorías y pedir las explicaciones pertinentes a por qué ciertos aspectos de las actividades conmemorativas, en particular las vinculadas a la idea de “lo oficial” y/o lo “gubermanental”, aún tienen un fuerte olor a inmenso desmadre pintado de verde, blanco y rojo, tendrán que hacer acopio de papelitos, testimonios y explicaciones que vayan ustedes a saber qué tan sólidas resulten, pero para eso, amigos míos, sólo nos queda arrimarnos una silla, acomodarnos para ver el numerito y poner en el microondas las palomitas (de sabor limón, plis), porque el espectáculo va a ser fenómenal. Seguro que vamos a leer declaraciones dignas de aparecer en la revista Frenia.

Entonces, con esas maravillas que hoy permite hacer la multidisciplina o la pluridisciplina -asunto que a veces se me hace que los historiadores acaban de descubrir- podrán desarrollarse interesantes análisis acerca de los discursos conmemorativos que labramos durante este año; qué quisimos decir, qué logramos, en qué nos tropezamos y en qué hicimos el ridículo. No faltará el bloguero o su versión correspondiente del siglo XXII que, al leer nuestras andanzas y pleitos opine, con palabras nacidas del corazón: “Bueno, ¿¿qué se metían estos??”

Esa es la segunda parte del “ejercicio de reflexión” por el que muchos se la pasaron chillando y pataleando buena parte del año, y que seguramente va a arrojar algunos resultados llamativos, por decir lo menos. Por lo pronto, aún con las manos llenas de barra tricolor y con camiseta bicentenaria, pareciera que aún no se nos pasa la impresión (o el susto). Pero el embate del “México Real” (que no les cuenten: esa expresión la inventó don Pepe Fonseca; no fue ni Pepe Cárdenas ni el querido Joaquín López Dóriga, mucho menos Ciro Gómez Leyva;) es fuerte y apabullante. Una rápida ojeada a los periódicos y a los noticieros del día muestran que la realidad es perra y que la huella de las celebraciones-conmemoraciones-festejos-pachangas del Bicentenario y el Centenario empieza a desdibujarse demasiado pronto, abrumada por los secuestros de migrantes, por los asesinatos impunes de mujeres que lo único que deseaban era justicia para una adolescente muerta, por las calles incendiadas en San Martín Texmelucan. Bastantes cosas importantes de verdad, como para que resulte explicable por qué se nos pasó inadvertido el destino final del canijo perro que se estaba descongelando en Guadalajara dizque como conmemoración del Centenario de la Revolución y en qué acabó la reunión entre la escuincla gigante y su tío el gigante que dizque enterró Hidalgo (juar, juar), antes de pelarse de Guadalajara, entre el humo y el desastre de Puente de Calderón. El numerito, nos dicen, fue admirado por tres millones de cristianos, entre los cuales NO nos contamos (ni nos contaron) los chilangos, los michoacanos, los veracruzanos y, en general, nadie que no estuviera en Guadalajara. Padrísima estrategia para algo que quería ser un festejo nacional. La neta es que nos tenían con un pendiente…

La semana pasada se acabaron en la ciudad de México las presuntas actividades conmemorativas de 2010, con el asunto de la megapantallota que, OTRA VEZ, intentaba narrar la historia nacional en formato multimedia, allá en la ex Refinería que, a lo mejor un día, toda la gente conocerá como Parque Bicentenario. Como ya lo vi una vez, no me ocupé demasiado del tema, y menos para ver a cierto cantante de ranchero que, posiblemente a causa de su amistad con el señor que trabaja de presidente en este país, acaba el numerito en la megapantalla cantando (otra vez, carajo, no se saben una canción diferente) “México Lindo y Querido”.

Pero, poco a poco, recuperamos los rastros de la travesía. Folletos, imágenes, videos, curiosidades, chácharas en el sentido más simple del término; desde las moneditas hasta la vajilla Bicentenario, desde la pluma cara hasta el tequila, del vino con historia -de Dolores o de Coahuila- Música de ayer y de hoy; la que sobrevive, la que dentro de tres meses será carne de rebaja, la desechable, la perfectamente olvidable (shalalalalaaaaaa). Por lo pronto, documentamos nuestra vena arquelógica (del saber) con las docenas de chácharas que con la etiqueta bicentenaria y/o centenaria aún circula por estas calles de Dios.

Esta vez me  he encontrado con una curiosidad discográfica que tiene por nombre Bicentenario. Voces celebrando a México, que se debe a la persistencia del compositor Rubén Zepeda, que, según me entero, sacó este disquito a fines de noviembre de este año, donde participan muchas estrellitas del pop mexicano cuyos estilos y tesituras embonan con los modos mercadotécnicos de la industria musical del momento. Y digo que es un asunto de persistencia porque eso es lo que tuvo el señor Zepeda para sacar su disco, con el sello Fonovisa, después de que la Coordinación Ejecutiva de las Conmemoraciones de 2010 (el carguito es más largo, pero me da flojera escribirlo todo… para lo que resultó…) del gobierno federal le dio cuerda al pobre hombre durante semanas y meses para luego mandarlo derechito a la goma y dejarlo como novia de pueblo… y eso no es ningún secreto de Estado ni un gesto de alta traición. De esto se enteró todo Dios y perro y gato que tuvieron ocasión. Para paliar un poco el ninguneo, ha de agregarse  que Zepeda no fue el único; el mismo modito recibió hasta el mismísimo director del Conservatorio Nacional, de manera que de esto se desprende una máxima importante: la patanería es completamente equitativa e iguala a los hombres que la sufren.

Lo cierto es que, a lo largo del año he conseguido algunos discos que deben su existencia a las conmemoraciones de este año: desde la reedición de las canciones de la independencia hecho por la UNAM (donde los muy fodongos metieron en un solo track TODO el disco editado hace 25 años), hasta el BiMéxico donde Kinky se anota una sorprendente versión de “Sombras”, pasando por el soundtrack maravilloso de “Hidalgo, la Historia jamás Contada” o el razonablemente bueno soundtrack de la película animada “Héroes Verdaderos”, que se debe, en su mayor proporción, a mi buen amigo Renato Vizuet.

Zepeda partió de un concepto: los setenta y tres mil amaneceres que el señor asegura -y habré de creerle, porque no voy a ponerme a contarlos- han transcurrido -o habían transcurrido hasta el 16 de septiembre de este año- desde que Miguel Hidalgo hizo pinole el orden virreinal. Esa pieza, Mi casa está de fiesta la convirtió en una buena piececita de pop cantada por lo que queda de Garibaldi. Quizá fue mejor que el temita no se volviera la canción oficial del Bicentenario, habida cuenta como han ido las cosas, aunque esta tonadita es bastante más pasable que la horrorosa “El Futuro es Milenario” de Syntek y López.

El disco deja una enseñanza: la fe en la patria y las muchas ganas no bastan para hacer concordar el conocimiento del pasado con el producto mediático. Más de cuatro canciones le pondrían los pelos de punta a cualquier historiador. Pero eso forma parte del mea culpa que debemos hacer. En el fondo, esto es culpa de los historiadores profesionales, clavados en sus tareas académicas sin tomarse la molestia de mirar hacia los inocentes y bienintencionados compositores como Zepeda y hacerle algún comentario de buena fe. Digo, nomás por evitar futuros derrames de bilis.

Hay una canción dedicada a la Virgen de Guadalupe que canta Guadalupe Pineda. El estribillo dice, refiriéndose a la guadalupana: “Mujer bonita, voz de huapango, México entero te canta un son. Con Sor Juana, Josefa y Adelita (órale) entregaron su vida con el corazón (????)” De veras, así dice.

Otra tonada responde al nombre de  Te Amamos México (así, sin comas), y agárrense, la canción asegura que  “Y Pedro Infante aún canta Amorcito Corazón”. El tema es interpretado por un señor conocido como “Lupe”, objeto de los odios más profundos del siquiatra Ernesto Lammoglia -y cuando uno oye como canta el señor, queda clarísimo el origen de tan perra y seria enemistad.   “Estamos celebrando 200 años de paz y lo celebramos bailando vestidos de libertad” (ah, chihuahua). No me queda claro quién escribe la canción, pero ni el autor ni Lupe saben que en 200 años hemos aguantado unas cuantas guerras civiles, docenas de asonadas y pronunciamientos y un par de invasiones extranjeras. Ojalá Lammoglia no oiga la canción. Le daría algo muy feo y sus instintos homicidas, direccionados a la persona de Lupe, podrían dar lugar a un feo hecho de sangre.

Lo que es sorprendente, tanto que no indigna, sino que asombra y hasta maravilla -en el antiguo sentido del prodigio- el alegre desprecio que compositores, productores, impresores e intérpretes, Fonovisa incluida, tienen por el idioma español… bueno, eso, a estas alturas, como que ya deja de ser significativo, en vista de lo manga ancha que se ha vuelto la Real Academia Española de la Lengua y sus latinoamericanos compinches. Lupe berrea “México tiamamos Méxicoooo”, los gerundios saltan como conejitos en película de Wallace y Gromit… desde el título: “Voces celebrando a México”.

Hay una canción interesante de un señor que se llama Carlos Cuevas (en esta entrada, me doy cuenta, muestro y exhibo cuán amplia es mi ignorancia en materia de música popular mexicana del siglo XXI), escrita por el que fue el excelente vocalista de Elefante, Reyli Barba. Es evidente que Reyli tiene más ideas de qué escribir y cómo escribir que Rubén Zepeda, y la pieza, alusiva a Emiliano Zapata, es una de las dos que no tienen origen en el mismo inocente impulso patriótico de las demás. Nada mala, esta canción que se llama Tierra y Libertad tiene una o dos frases memorables: “No lucho para tener más, ni lucho pa’ que me quieran”. Resulta un serio retrato de las emociones que pudieron mover a Zapata. Reyli, nada tonto, no se mete con la Historia con mayúsculas. Reflexión literaria, invención de emociones. Esta sí vale la pena de escucharse.

Pero hay otras curiosidades, como el Reggaeton del Bicentenario (¿cómo les quedó el ojo?), que recupera algunas frases de la canción principal, y pergeña algunas joyas poéticas: “Bicentenario, todo mundo listo con su calendario/… le digo a un amigo que tengo que se llama Mario,¿Ya te enteraste del aniversario? ” son personajes de esta canción desde María Victoria hasta los tenis piratas de Tepito y la influenza.

Y para los que reclaman la reflexión bicentenaria, la Banda del Recodo se anota un diez: la canción que interpretan ¿Que haz (sic, resic y recontrasic, lo juro, así viene impreso) hecho con la libertad?, lleno de frases edificantes. ¿Querían análisis? vean nomás: “Valóralo, siéntelo, cuídalo. Haz algo grande por tu país. Respétalo, trabájalo vívelo… que México va a ser mejor sólo si tú eres mejor”  El asunto sigue en profundidad y enjundia: “Y tú, y tú, y tú, ¿Que has hecho con la  libertad? Échense ese trompo a la uña.

Este muchacho que no sabe un cuerno de historia, Cristian Castro, y que tiene la serenidad de ánimo como para referirse a Sor Juana Inés de la Cruz como “esta chica… De la Cruz” canta “Aquí estoy, soy pasado y presente… ´por la libertad es mi celebración… linaje de bronce que dios creó “. Evidentemente, ni Cristian ni el autor de la canción saben que a los historiadores mexicanos la palabra “bronce” les suele causar una peculiar alergia (de hecho, les saca ronchas), pero eso les importa un rábano.  Otros, como una señora que se llama Alicia Villarreal trae bronca con la Inquisición, y lo enuncia en su canción 70 veces 7, que, al parecer, se debe a su propia inspiración: “Cuando el mexicano se siente ofendido, han manchado con sangre su bandera y su honor, se unen al grito “¡Viva Mexico!” defendemos lo nuestro y peleamos con valor” Después de esta arenga, la dama agrega: “Voy a contar la historia de  lo que se vivió hace muchos años en mi querida patria: Llegaron en un barco. Hace muchos años traian consigo castigo y maldad/Se llevaron el oro, se llevaron la plata /pero el abuso a mi pueblo, eso no se olvidará/ Malditos, malditos, los de la Inquisición,/ Lo oscuro de la iglesia y su religión /Malditos, malditos los de la Inquisición /Setenta veces siete pagará su generación“. Esta canción me deja patidifusa. De haber sabido que el origen de todos los males nacionales era la condenada Inquisición, el arreglo habría sido más sencillo. Estas son las ocasiones en que tanta valentía me apantalla. No cualquiera se avienta esos juicios históricos con esa presencia de ánimo.

La cereza en el pastel, es la canción interpretada por Emmanuel “Héroes Verdaderos”, de la película del mismo nombre. A mí, al principio no me gustaba, hay detallitos de la letra que están forzados, pero ahora debo decir que me agrada bastante, aunque la canción de Hidalgo -véase el soundtrack de “Héroes verdaderos” me gusta muchisimo más. La verdad es que el disquito da para varias horas de sana diversión, sea que lo adquieran porque son fans de Lupe, porque odian a la Inquisición o porque tienen un amigo que se llama Mario que nunca se enteró de eso del Bicentenario, o simplemente, porque es otra huella de la memoria de estos días, que vale la pena escuchar. Cada generación produce sus emociones musicales. No todo es “Ópera Prima. las Voces del Bicentenario”, y debemos dar gracias, al destino o a la Providencia porque así sea. Eso es, precisamente, la independencia.

¿Que demuestra un disco como este? Lo que hace algunas semanas me decía, en entrevista, Javier Garciadiego, historiador y presidente de El Colegio de México, que la gente que habita este país puede decir que le apasiona la historia de México, y hasta decir que sabe historia y, al mismo tiempo, no tener la más peregrina idea de muchos temas, sucesos y personajes del pasado nacional. Pero la buena fe, las buenas intenciones, ahí están; con la gana de ver películas, cantar canciones, y contra eso, nada pueden las advertencias sesudas de los historiadores, nada valen los repeles de los que ven estas canciones como “basura televisa”, como escuché al alguien comentar de la canción de Zepeda. Somos más que Ópera Prima, afortunadamente. No solamente somos el Reggaeton del Bicentenario, pero también somos el Reggaeton del Bicentenario. Finalmente resulta un disco recomendable: por memorabilia, por un par de canciones muy buenas, por la curiosidad, porque, finalmente, ¿por qué no podía haber una canción del Bicentenario a ritmo de pasito duranguense? El México real, simplemente.

01
Dic
10

Historias centenarias 4: lo bueno y lo (muy) malo de los espectáculos multimedia del Zócalo

Luces tricolores, muy bien: ¿qué historia quisimos contar?

Lo he pensado un muy buen rato.   Y no, no es solamente que a mí no me guste. Es que es malo. Ha sido muy malo.

Nadie dice que esto sea malo. Lo malo es que atrás de esto no queda nada.

La noche del miércoles, desde la ventana de casa, he visto las últimas luces de la última fiesta pública de los centenarios. Vistosa, sí, y que da para mucho qué pensar. Pero después de haber visto tres veces el espectáculo “Yo, México” (que, para empezar, no sé qué quiera decir el titulito) y reflexionar cuidadosamente, creo que es un ejemplo de qué pasa cuando una idea que a lo mejor pudo ser buena, fracasa en el mar de la mala planeación.

Mientras, en Guadalajara, háganme favor, las megamarionetas traían un rollo -y que también se acabó ayer-a cual más extravagante, una historia de tres personajes: un campesino gigante, una niña gigante y un perro gigante. Resulta que, a la hora de la hora, SÍ hay un Perro Bicentenario. Lo delirante es que el perro dizque estaba en un bloque de hielo y tardó como dos días en descongelarse para estar a la altura de los acontecimientos, y si se trata de un perro respetable, aplicarse a la misión que le haya sido encomendada.  y luego resulta que hay un gigante sepultado por Hidalgo, y una sobrina suya que viene de Morelos, y “buscan” (?) algo así como los “valores de la Independencia y de la revolución” (?). Lo peor es que un articulista de Guadalajara asegura que, en rueda de prensa, el creativo francés que coordina esto, comentó que la historia que narran -o dicen que narran- se le ocurrió al día siguiente de una buena borrachera de whisky, con la cruda consecuente. Para como somos los mexicanos de barrocos, lo que es otras latitudes es una puntada de la vida cotidiana del Occidente posmoderno, esquivale a irreverencia y falta de respeto. Yo puedo opinar que más le valdría al francés cambiar de marca de whisky, pero hay gente que se lo ha tomado mal.

En fin. Eso es para escribirlo otro día, aunque creo que, con la expectación casi nula que ha creado en cualquier otro sitio que no sea Guadalajara, donde la autoridad educativa encargada de la vocería (que no de la planeación, organización y administración, que es, a la hora de las auditorías, lo que VERDADERAMENTE CUENTA), asegura que compartieron el mitote megamarionetil unos tres millones y medio de personas, el asunto se va a volver materia de análisis para los que estudiamos algunas de estas cositas o los que tengan ganas de enterarse en qué y cómo se gasta el dinero público.

Confieso que a mí me llama la atención EL PERRO, que, ha de decirse, está muy bonito y bien hecho, y cuya presencia demuestra que en todo mitote notable y/o memorable, tiene que haber uno de estos buenos animalillos

Pero yo iba a decir otra cosa.

La pregunta es, ¿por que esta ocasión las luces y la música no bastan para decir que es una gran fiesta?

Iba a decir que triste final el de conmemoraciones, que prefieren llevársela bajito, por la tranquila, y poner allí nomás los espectáculos para que, quien pueda, los vea. Si es que los alcanza a ver. Porque “Yo, México” era, a semejanza del espectáculo de manufactura mexicano-australiana, un proyecto pensado para producción televisiva, donde sea posible ver los close ups y hasta los big close ups de los bailarines que -no sé a quién se le ocurrió la idea- solamente ven quienes llegaban a la primera fila de la barrera. El resto de la gente pudo ver los muros iluminados, asunto muy llamativo y muy vistoso… pero no mucho más.

El Zócalo de la Ciudad de México, bestia dulce y amarga al mismo tiempo, se rebeló a los que pensaban que estaba domesticada, amansada por el solo hecho de vestirla con luces de colores. El Zócalo tiene sus dimensiones y acoge a la gente en su dinámica: ven los que están en el centro; no ven los que están en las orillas. Si el espectáculo está en el centro de la plaza, los que están en la esquina de Madero o de 5 de Mayo, no ven maldita la cosa. Tendrían que esperarse a que vendan el DVD, porque me imagino que tendrían que vender un DVD para que la gente vea lo que no vio. ¿no?

como unas adelitas.....

o danzas prehispánicas...

Cuando alguien se anime a analizar el sentido de este espectáculo va a hallar asuntos incomprensibles: un discurso sin destinatario, porque el destinatario no los puede ver.

Hasta la tercera ocasión que vi el espectáculo me di cuenta de que había un escenario, una enorme pasarela. Vista a ras de piso, nunca me hubiera dado cuenta. Pero los dioses bicentenarios me hacen a veces pequeños guiños.

Grande, sí, pero bajo. La distancia en estos casos ayuda, pero también me hace inferir que el que planeó esto estaba soñando con una transmisión televisiva que no ha pasado. La pregunta es ¿de quién son los derechos del dvd?

La iluminación de los edificios, hay que decirlo, estaba hermosa. No le entendí, como la otra vez, a los esqueletos. No sé qué hacen ahí ni para qué, pero estan bonitos. Tal vez, pero sólo tal vez, le hubiera gustado al arquitecto Ramírez Vázquez ver el Zócalo vestido con la tipografía que él inventó en 1968 para las Olimpiadas:

Vistoso, muy bonito. y con problemitas (o problemotas) de coherencia

Pero a lo mejor le estoy dando vueltas al asunto. A lo mejor funcione más que, en ordenada lista, enumere mis objeciones:

  • Nada tenían que hacer allí los bailarines. La gente no los ve. Son muchos y seguramente salió en un buen dinero, que no está debidamente aprovechado.
  • El discurso en los muros, aunque hermoso, no acaba de contar una historia. Eso sí: ver entrar la sombra de ¡un barco! que además se adivina precioso,  a la Plaza de la Constitución,  ¡es impresionante! y un trenecito, como de juguete, corriendo por los ventanales de los edificios es una cosa simpática y tierna. Las luces, estrictamente las luces, son un asunto de gran belleza. Quizá si lo hubiesen dejado así, sin rollos y discursos, hubiera quedado mejor.
  • Pero si se habla de historia, se debiera hablar bien. Los periodiqueros del espectáculo delataron que los responsables de los contenidos nunca conocieron los pregones de un voceador, pero tampoco tienen idea o voluntar de explicar la historia. Con repetir los textos de los libros basta, al fin que es muy rápido y la gente no se fija (entonces, ¿para qué hacer esto?). Imposibles los periodiqueros que proclaman “la constitución de 1857: ¡contiene las estructuras del Estado moderno” Esta frase, como muchas otras, ¿qué le dice a un estudiante de secundaria? ¿qué a una ama de casa? ¿qué a un jubilado? Extraña la megapifia de la cadena de pregones, muchos de ellos igual de complejos al que cito (o quizá no): eso no es divulgación de la historia.

  • Si los artífices de este asunto son capaces de generar, a fuerza de luces y animación,  la impresión de que uno de los edificios del Zócalo, EFECTIVAMENTE se está derrumbando, seguramente podían haber hecho muchas más cosas sin necesidad de rollos edificantes para que la gente”adquiera conciencia” y sentido de la unidad. Por otro lado, afirmar que el terremoto de 1985 “sacudió conciencias” (un lugar común que ya tiene 25 años de existencia) e hizo resurgir a la sociedad civil es absolutamente cierto… en territorio chilango. El impacto físico, emocional, del terremoto de hace un cuarto de siglo es innegable, y ya es historia. Pero el impacto social es, fundamentalmente un fenómeno que ocurre en la ciudad de México, porque en el resto del país la concentración poblacional y la magnitud de los daños no llega a ser tan notable, notoria y trascendente para nuestra vocación centralista. El discurso que se echan en ese punto del espectáculo, entonces, tiene un problema de receptor. ¿Es el que se pretende? ¿Qué le dice a todos los que no vivieron el acontecimiento, a los que lo vivieron pero no se acuerdan de los matices profundos, a los que no son de aquí? Y, de todas maneras, resulta que, en ciertos puntos de la plaza, ni caso tiene preocuparse, porque el rollo ni siquiera se alcanza a entender. hay que ver lo que ocasionan unas bocinas mal puestas.

  • De todos modos no queda claro. Del llamamiento y el exhorto, a la pachanga, al karaoke más grande del país. Y el mensaje es bastante extraño. Los agudos estrategas que hayan seleccionado “Yo no fui” cantada por Pedro Infante con ritmos modernos injertados querían decir algo muy poco claro: ¿un “yo no fui” es el mensaje de una entidad de gobierno a una colectividad? Y, encima, ¿hay que llamar a la muchedumbre a la solidaridad? Yo no fui, tú no fuiste, nosotros no fuimos. Por cierto, la gente NO CANTABA. Uno que otro, tal vez. Pero el karaoke fracasó, y sigo sin entender la elección de la canción. Habrá quien me diga que no le busque sentidos ocultos a lo que no los tiene, que simplemente era una canción “que a la gente le gusta” y que no tiene nada más detrás. Si no tiene nada más detrás, SÍ que es grave. Si a la gente le gusta Pedro Infante, no habrá en su horizonte nada más que Pedro Infante. ¿Todo tiene que adquirir ambiente de fiesta de ciertas bodas? Puede que por mí hable la ideología, el sentido de clase, los años de escolaridad que me ponen fuera del promedio nacional. Pero en TODO hay ideología.  Y prefiero mi visión del mundo a la del “yo no fui”.
  • ¿¿Nadie les dijo que la pieza musical con la que se ambienta la década de los sesenta, las películas de la olimpiada y del movimienro estudiantil de 1968 ES LA MISMA que usa el programa radiofónico El Weso como rúbrica?? Como dato complementario, El Weso es uno de los espacios periodísticos -con sus asegunes- que se dedicaron durante casi dos años a pitorrearse y a criticar en mala onda las conmemoraciones federales del Bicentenario y del Centenario. Nomás no le entiendo a su máquina de producir significados.

Nadie niega la belleza de un espectáculo de estos. Pero, por tratarse de la ocaqsión que los origina, ¿no se podía haberle puesto unas cuantas ideas claras, sin contradicciones, sin baches y sin solemnidad maldisfrazada?

  • En términos absolutamente escénicos, la hora y media del espectáculo tuvo muchos puntos muertos. No había gente tan absolutamente pendiente del asunto, como no estuviera pegado a las pasarelas, es decir, la menor cantidad de asistentes. En los momentos de discurso, el movimiento de la gente, para salirse del Zócalo, para cambiarse de lugar, para intentar acercarse a donde pudiese ver algo, para hablarle a la hermana , a los cuates, a los sobrinos para ver en qué parte de la plaza estaban, resultaba constante, como constantes los vendedores de chacharitas brillantes con su cauda de compradores, tan constante como los que, ante la imposibilidad de tomarle fotos a algo más allá de los muros, se tomaba fotos a sí  mismo y a sus acompañantes. Eso, en comunicación MUY BÁSICA, quiere decir que el mensaje, o es malo y por tanto ineficaz, o se transmite de manera inefectiva. En cualquiera de los dos casos, resulta que a lo mejor no era necesario tanto tiempo ni tanto dinero aplicados.

Hay tramos que son, simmplemente, alternancia de luces sobre la multitud. Esta parte, ¿cómo o de qué manera entra en el discurso histórico que pretenden contar?

  • No sé, tal vez sea un eufemismo hablar del “estado crítico en el que nos hallamos”, como inicia el mensaje final; tal vez sea una muy elemental puntada que quisiera ser propagandística la que al final habla de “trabajar en equipo” (esas cosas son como de Plaza Sésamo), con las mismas voces de los spots oficiales que se transmiten en tiempos de Estado.  La gente, que es muy noble, aplaude cuando hay de qué aplaudir. En muchos puntos guardaron educada compostura. Si empezaban algunos reclamos si daban las 9 de la noche y, apenas librando la novena campanada, no se encendían las luces para inciar el espectáculo. Pero si es cierto que nunca oí rechiflas indignadas, los aplausos son para los fuegos artificiales, para las adelitas -los que las pudieron ver-, hacen gracia los esqueletos enigmáticos.
  • Y hay que decir, para terminar, que nuestra vocación centralista nos gana y no supimos o no quisimos corregirla o por lo menos disimularla. El INEGI acaba de informar que los mexicanos sumamos poco más de 112 millones. Y se estima que “Yo, México”, que es como se llamó esto, fue visto por un millón de personas. ¿A esto se referían cuando hace dos años prometieron “llevar la historia a todos los rincones de México”? De veras que me dio una cierta melancolía la noche que vi las últimas luces en el Zócalo, pero no por el espectáculo, sino por todos estos que hoy me acompañan aquí, que son los verdaderos protagonistas de los centenarios de 2010, convencidos de que sí había algo que celebrar, que conmemorar, qué festejar, qué recordar:

Ellos son, y no otros, los personajes de los Centenarios.

Pronto se acabará este año, que a veces pensé que nunca llegaría. Unos continuaremos nuestros proyectos y correremos tras de nuestras quimeras; otros tendrán que pensar cómo van a darle sentido a su vida, ahora que el Elefante Bicentenario empieza a desvanecerse, y el Perro Bicentenario decide cambiar de vocación y se a una plaza griega a armar tándem con el perro Kanellos. Pero con el cierre del año tendremos que hacer mea culpa: los que andamos en esto, ¿lo logramos?  Esa gente que se entusiasma con el recuerdo de nuestros próceres, de los “héroes que nos dieron patria y libertad” (si alguien hubiera cobrado derechos por la frase, se hubiera hinchado de lana), ¿sabrá, hoy, primer día de diciembre, un poquito más del mundo en que vivieron?  Este examen de conciencia de los historiadores, de los divulgadores de la historia, aún está pendiente, y, no sé por qué, creo que no nos va a gustar del todo. Y la perra duda me viene de pensar cuántos casos hay todavía, como el de un pequeño de siete años, hijo de un respetable académico universitario, que, cuando su padre, juguetonamente, le preguntó por los “héroes de la patria”, su tierno pequeño respondió: “los héroes de la patria son Super Mario, Luigi y Honguito”. No comments.

 

24
Nov
10

Historias centenarias 3: las pequeñas alegrías o el Monumento a la Revolución.

A veces, es tan, pero tan fácil hacer feliz a la gente por un rato, que cuesta trabajo entender por qué la inventiva y la generosidad humanas no propician, más a menudo las ocasiones de contento que siempre sientan bien a la sensibilidad humana. Ha de ser porque ni la generosidad ni la inventiva abundan. De hecho, son dos virtudes que escasean bastante, y esta carencia es más que notoria en ciertos ámbitos de la vida pública. Y por eso, las pequeñas alegrías, las ocasiones de contento, se aprecian más cuando aparecen.

En los tiempos que corren, es más frecuente que estos pequeños regalos de la vida surjan del impulso espontáneo de la gente, que hace suyos los espacios, que rechaza y dedica rechiflas a las tonadillas efímeras y a las letras huecas, que se aburre cuando le recetan hora y media de una muy mala lección de historia o le salen con babosadas como eso de que, en una “historia mítica”, Hidalgo y sus huestes insurgentes, al mismo tiempo que salían por piernas de Guadalajara, despedazados y dispersos en la batalla de Puente de Calderón, se daban tiempo para andar enterrando gigantes. Pero de eso hablamos luego.

Este fin de semana, cuando los periódicos hicieron pinole al gobierno federal porque, afirman, el festejo por el Centenario de la Revolución “resultó deslucido”; cuando otros aspiraban a ver, como me decía un amigo columnista, “el gran espectáculo” con el que las fiestas de este Centenario se equipararían con los 600 millones de pesos gastados en septiembre para la gran noche del Bicentenario, resulta que no ha habido mucha manera de tener contentos a todos. Todos leemos, escuchamos, escribimos hablamos, pataleamos y nos quejamos, y pareciera que todo mundo tiene una idea tan peculiar de cómo ha de conmemorarse uno de los momentos fundacionales del país que ni funcionarios estatales o federales le han atinado ciento por ciento.

A unos, no les gusta el “show”, a otros no nos gustan algunos de los contenidos; a otros les indigna lo que costó toda la centenaria pachanga, otros más reclaman que a su héroe local no se le dio toda la gloria que merecía y denuncian torvos complots en contra de próceres que de alguna manera andan como en segunda fila, gracias a los malos oficios de gente malintencionada a sueldo de tal o cual prócer que pareciera mejor rankeado. En otras regiones, los pleitos que hace un siglo distanciaban a los distintos contingentes revolucionarios, se reavivaron y de una ventana a otra se acusan de no estar trabajando parejo para la gloria histórica del estado, sino nomás para los del norte norte, o solo para los del desierto o solo para los del paraíso en el desierto. En fin, que las pataletas, las inconformidades y los disgustos subieron de punto en los últimos días. En descargo de todos los interesados hay que decir que, en este Centenario, a ratos, el ambiente, la agenda pública, los dimes y diretes de la opinión ilustrada parecieron dar cuenta, por unos días, de un clima donde la idea de conmemoración estaba en todas partes.

Entre tanto fandango, un rescate interesante es el de la plaza de la República,  remozada, pintada, restaurada y LIMPIA.  Les puedo hablar de , por lo menos, tres eventos con asistencia presidencial, efectuados en el pasado reciente en la plaza de marras, donde los distiguidos invitados, desde premios Nobel hasta intelectuales del sur de la ciudad cruzaban, rumbo a sus asientos, por una plaza que apestaba a orines, a la que , a punta de manguerazos dejaban medio presentable en el trocito que se requería para la ceremonia. Ojalá que dure limpia, iluminada y arreglada, como la vieron los chilangos desde el sábado pasado, cuando el gobierno del DF la reinauguró -estamos condenados a no inaugurar gran cosa en este año-  con la remozada del Museo Nacional de la Revolución, la restauración del monumento y del mirador.

Como la justicia es importante, debo admitir que cuando me enteré de la remozada, me dio gusto; hasta disentí de mi querido don Pepe Fonseca, que está indignado por la “intervención” que le hicieron al Monumento a la Revolución (otro cascarón reciclado, por cierto) para encajarle un elevador. Yo no le veía nada de malo a lo del elevador, pensando en la necesidad de mejorar la vida cotidiana de la plaza, a la que le urgía que la adecentaran en todos sentidos. Y la verdad es que, ahora que me he hecho presente en el sitio, no lo creía: el elevador, colocado EN EL CENTRO del arco que traza el monumento, es un horror. No el elevador en sí mismo, que es moderno y bonito, sino la puntada de colocarlo ahí, en el centro, poniéndole en la torre, por donde se le vea, a esta idea de arco triunfal que planteó el arquitecto Obregón Santacilia (descendiente de Benito Juárez, por cierto) cuando los mexicanos de los años posrevolucionarios tempranos, es decir, del gobierno de Lázaro Cárdenas decidieron aprovechar lo que quedaba del fallido Palacio Legislativo, cuya primera piedra (de esas, tan incómodas) puso don Porfirio, hace este año un ciento.

No queda mal la plaza, a pesar de que el elevador es una agresión mental y arquitectónica.

¿Nadie pensó que, ya puestos a instalar el elevador, bien podría estar adosado a una de las patas del monumento? Digo, por feo que se viese el parche, el resultado no sería tan lamentable como esto de ver, como una cuña posmoderna, el elevador, enrareciendo las líneas déco del monumento. No quiero decir, con esto, que el monumento a la Revolución fuera una joya del art déco mexicano, ni una obra, como está de moda decir ahora, “bellísima” (ug), pero si existieran entre los monumentos e inmuebles históricos algo así como los derechos humanos, aquí urgía una denuncia superlativa. Se ve raro, se ve no-bonito.

A cambio hay en el lugar una muy buena iluminación, que haga la plaza transitable por las noches, y evite que los ilustres muertos (que, por favorcito, no los vayan a sacar a pasear) se pongan a pelearse a gritos por las noches. En el terreno del delirio y la fantasía de inspiración histórica, las noches en la Plaza de la República deben ser más divertidas que en el Panteón de San Fernando: los diálogos entre Calles y Cárdenas, ahora que todo es pasado, pueden ser aleccionadores. Una conversación entre dos espiritistas: Madero y Calles, puede proporcionar horas de sano esparcimiento a Villa, Carranza y Cárdenas. Los coahuilenses gastarán las madrugadas en decirse sus verdades, el duranguense se pitorreará de ellos y se pondrá del lado de don Panchito, y, si tienen ganas de bronca, volverán a sumirse en la discusión acerca de quién tuvo que ver con la muerte de quién. Seguro que cuando el tono de la discusión sube, el ambiente en la Plaza debe ser muy denso. Es posible que la afluencia de multitudes y la intensa iluminación los vuelva curiosos y hallen nuevos temas de conversación nocturna.

Paseo y cine al aire libre, un gesto amable que pocas veces la gente tiene ánimo y tiempo de disfrutar

La otra cosa buena de esta plaza renovada es LA FUENTE, que es aplaudida por multitudes. Es uno de estos mecanismos que se conoce como “fuente seca”, hundida en el piso -buen recurso para evitar nadadores espontáneos y perros emocionados (a todo perro que se respete, las fuentes de los parques son una tentación ineludible), que se integra con un conjunto de chorros que brotan del suelo. La fuente en cuestión, como esas chucherías tecnológicas del siglo XXI (Luis XIV se moriría de envidia con una de estas) puede programarse y diseñar secuencias de los chorros de agua, que a ratos caen con un seco y rudo estruendo. De repente se vuelven aspersores, y en un tercer momento los chorros saltan de aquí para allá.

Altos, bajos, tricolores, monocolores, los chorros de agua hacen una pequeña fiesta doméstica

Esta fuente se ha convertido en un auténtico éxito: la vocación de los chilangos por armar pequeños espectáculos colectivos a la menor oportunidad ha vuelto a aflorar: Pasé por el sitio con luz de día: se veían los chorros de agua a lo lejos, y la gente paradita, rodeando el cuadrado que es el nuevo artefacto de la plaza. Por la noche, cuando volví, la fiesta era completa: la gente disfruta cruzar corriendo entre los chorros de agua. Así de simple, así de sencillo, así de divertido. Quizá este sea el mejor regalo del Centenario para la gente: un buen juguete, a falta de la divulgación de la historia, de calidad, a nivel masivo.

No hay más secreto ni complejidad: simplemente, cruzar entre los chorros de agua, que en momentos distintos cambian de densidad.

De más está decir que la gente que acomete la empresa -que parece ser entretenidísima- acaba empapada, chorreante, ensopada… y feliz.

Chilangos y visitantes de variado pelo y pluma corretean entre los chorros de agua. Solo hace falta rapidez, pisar con seguridad y no llevar zapatos que resbalen. Y tiempo para quitarse de la cara, de vez, en cuando, el agua.

La gente se toma fotos con los celulares, regresa de una incursión para tomar aliento; otros dudan en arriesgarse, hasta que la tentación les gana. La verdad, se me hace mejor recuerdo del año de los Centenarios que algunas otras cosas que diversas instancias han querido presumir con éxito desigual.

La duda se acaba, y la carrera empieza. Desde luego, se trata de ir y volver. Si no, ¿qué chiste tendría la empapada?

Es una de esas buenas ocasiones de contento chilangas; la gente está allí en orden, nadie hace trapacerías ni vandalismo; hay familias, grupos de chamacos, novios, escuincles por carretadas. Es cierto que, de vez en cuando alguno pierde el piso y se acomoda un buen batacazo, pero en la vida hay que correr riesgos. Muchas veces, la recompensa vale la pena.

Las opciones son amplias: ¿con qué ritmo deseas empaparte? ¿chorritos como los de Cri-Crí? ¿Aspersores mañosos como los de Ciudad Universitaria?

Ojalá que dure y dure bien. El mantenimiento de la plaza y del escalofriante elevador -que puesto en otro lado haría muy bonita vista-, mas la renovación del museo, harían pensar que hay un espacio recuperado de a deveras -no como las verbenas que el perredismo ha montado en otras ocasiones- para la gente. A lo mejor, mientras se secan, se dan una vuelta por el monumento, y ojalá que haya una pantalla o un folleto que hable de la historia de la chacharota, de los personajes que duermen, no tan tranquilamente, el sueño de la muerte en sus columna. A lo mejor, antes de lanzarse a los chorros, se les ocurre asomarse al museo. A lo mejor esto es una cosa buenísima, más de lo que parece. A lo mejor.

Esto es un galobo que responde al nombre de Miguel Ángel, absolutamente pasado por agua, y absolutamente feliz.

No había visto en un rato,  una fuente exitosa, con este uso “ciudadano”, le qurrá decir alguien, en la ciudad de México. Pero ahora ya no tendremos que envidiar la fenomenal fuente del Museo del Desierto, allá en Saltillo, donde la tienda tiene en la entrada un letrero que dice “favor de no entrar mojado”, porque a veinte metros hay una pequeña pérgola, donde uno se sienta a disfrutar el sol de Coahuila y donde, cada 15 minutos, un aspersor convierte el sitio en una “fuente invertida”, porque recrea la intensidad de una tormenta en el desierto del norte mexicano. A la gente le encanta, y a los chamacos de allá, aún más; en tiempo de calorcito, aguardan el chaparrón, y luego, felices de la vida, caminan a su autobús escolar. La verdad es que en Saltillo, cuando llegan al transporte ya van medio secos. Y nosotros ahora tenemos plaza limpia, museo replanteado, luces sobre el monumento y un espantoso hueco para el elevador.  Que dure, nada más.

22
Nov
10

Historias centenarias 2: universidad y revolución

Grafitti universitario conmemorativo de los centenarios

Esta es una historia del presente. El viernes 19, la UNAM, nuestra UNAM, mi UNAM, también hizo su ceremonia conmemorativa del Centenario de la Revolución. La Universidad conserva muchos de sus rituales, y este año los aplicó a las conmemoraciones del Centenario del inicio de la revolución y el Bicentenario del inicio de la Independencia. Para el que se las quiera dar de posmoderno, habrá que decir que los rituales son preciosas construcciones de significados; hablan de lo que somos y nos devuelven la memoria.

A mí, personalmente, me encantan los rituales de la UNAM. Los nuevos y los viejos. Me encanta ver a nuestros rectores luciendo la venera, me gusta ver a nuestros maestros eméritos que llevan en la solapa su escudo de la Universidad. Me encantó verlos el día de la procesión con el que la comunidad celebró el centenario de la Universidad, en septiembre pasado, todos con las togas y los birretes que sus grados y sus especialidades les dan derecho a portar. También me gusta ver a esos espléndidos viejos cuando, en momentos importantes para la universidad, a veces pasean juntos por los alrededores de la Rectoría. Pero también me gusta llegar a la facultad de Filosofía y Letras, y al entrar por el desnivel del estadio, ver, cuando hace buen tiempo y un vientecillo de cierto vigor, las banderas de la universidad flameando: las azules con el escudo de la UNAM, las doradas, las blancas, hasta las que tienen al puma, aunque yo de futbol sepa lo mismo que de tejer a gancho. Es el pequeño recordatorio cotidiano de que somos una comunidad sólida, con más cosas qué presumir de las que muchos quisieran concedernos. Es cierto que a veces nos piramos un poco, pero en general somos buenas personas, y somos una gran Universidad. LA UNIVERSIDAD, aunque le choque a Gabriel Zaid esa costumbre que tenemos, desde hace mucho, de llamarnos a nosotros mismos “los universitarios”, la “comunidad universitaria”, como si se hubiera inventado la palabra para nuestro uso exclusivo. Pero cuando uno ve lo que sale de ciertas escuelas que se autonombram universidades de excelencia,  uno se siente más contento cuando llega a la UNAM.

Ahora hay un ritual nuevo, que se deriva de un fenómeno interesante: el gran arrastre que entre la comunidad de la UNAM tiene el rector José Narro (popularidad que dudo mucho tenga también allá por el rumbo de la plaza de Santo Domingo). He escuchado opiniones de que este vínculo rector-estudiantes no se daba desde los tiempos de Javier Barros Sierra, y eso por que todo mundo andaba en el vértigo del movimiento estudiantil de 1968. En el caso de Barros Sierra,  había una autoridad moral que, en los tiempos que corren, también posee el rector Narro, que, cada vez que lo estima pertinente, le juega al punching bag con la autoridad educativa federal, y siempre con los pelos de la burra en la mano, justo para asentar en la realidad a cuatro o cinco personajes a los que les da algo feo cuando el rector de la UNAM les dice, en su cara, unas cuantas noticias acerca del mundo de a deveras.

Bueno, pues resulta que, cada que el rector se para en algún sitio público, en alguna ceremonia dentro de la Universidad, los chamacos de licenciatura se emocionan y se dedican a tomarse fotos con el rector, que, hasta donde se ve, se divierte como enano con el asunto, y accede de muy buen grado a las fotos que se quedan en los celulares de los chicos y que luego se dedican a presumir. Ojalá esa popularidad le sirviera al rector para desalojar a la gentuza que desde hace años tiene secuestrado el auditorio Justo Sierra, Che Guevara o Che Sierra, como más le acomode al lector y se lo devolviera a la comunidad de la Facultad de Filofía y Letras.

 

Este es un ritual universitario: nuestros maestros, nuestras autoridades, nuestros símbolos, nuestro rector.

Y así, también tenemos nuestras ocasiones de contento. El viernes, el mensaje sobre el centenario de la Revolución salió de los labios de mi muy querida maestra, Gloria Villegas, historiadora, directora de la Facultad. El rector también puso lo suyo, y el coro de la UNAM se puso a cantar -otra vez- La Rielera, la Valentina y cosas así. Con un fragmento de la película “La Historia en la Mirada”, de José Ramón Mikelajáuregui, asesorado por ese historiador tan bueno en lo suyo que es Carlos Martínez Assad, y que implica un formidable rescate fílmico de muchas de estas películas tomadas hace un siglo, y que nos dejan asomarnos a los días en que los seguidores de Madero andaban en el Norte jugándose la vida. Es de hacer notar, que, como se ha afirmado ya en este Reino, en los momentos importantes aparecen los consabidos e indispensables perros, presentes para dar fe de los hechos y prestar su autoridad moral al asunto.

Y como puede verse en este instante capturado, como debe ser, está el indispensable perro.

La universidad, la nuestra, siempre tiene algo de revolución y algo de utopía. Es natural que en nuestro territorio se festeje, se conmemore y se celebre, todo al mismo tiempo. Esta escuela es, de veras, una de las mejores cosas de este país, y este año de su centenario, a ver quién lo pone en duda.

Y nada más para disipar recelos, aquí hay otro perro.

Y todo esto tiene que ver, ciertamente, con la Revolución. Por eso, y con la amplia recomendación de que corran a ver “La historia en la mirada”, aquí les dejo a este par de coahuilenses, los días en que andaban entretenidísimos, cambiando el país, allá por Ciudad Juárez: Madero y Carranza, trepados en el mismo auto.




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