Archive for the 'Conmemoraciones de 2010' Category

22
Feb
13

La última fotografía de Pancho Madero.

MADERO LLEGA A PALACIO NACIONA 9 FEBRERO 1913

Hurgando en los materiales que resguarda la Fototeca Nacional del INAH, me encuentro con varias tomas de los momentos en que el buen Pancho Madero cabalgó, rodeado de los cadetes del Heroico Colegio Militar, un respetable montoncillo de ciudadanos entusiastas mas su obligada dosis de mirones, hacia el Palacio Nacional, la mañana del 9 de febrero de 1913, después de enterarse de la intentona golpista que, en su primer round, dejó acribillado, a las puertas de Palacio, al general Bernardo Reyes, para dolor eterno de su hijo Alfonso. Don Pancho se despidió de su Sarita, que no lo volvió a ver vivo, y se fue ladera abajo, convencido de que, como representaba al bien, no tenía manera de no perder. Una dura contrastación con la realidad, hace un siglo, demostró que no siempre los buenos ganan.

Varias de estas tomas, que dan cuenta de la cabalgata de don Pancho tienen una leyenda, que no por inexacta falta a la verdad: “última fotografía tomada a Francisco Madero”. Inexactas, porque hay varias imágenes del trayecto. No faltan a la verdad, porque nadie volvió a tomarle una foto al buen Pancho Madero. En su cautiverio, en la oficina que era la antigua Intendencia de Palacio Nacional, se dio tiempo para dedicarle una fotografía, en atavío oficial, a uno de sus salvadores durante el tiroteo que el 18 de febrero ocurrió en el Salón de Acuerdos de Palacio, el capitán Federico Montes:

MADERO DEDICADA

Probablemente, por eso, la figura de Madero a caballo es una de las más reproducidas, recreadas y re-imaginadas de esos días de la Decena Trágica. Por eso, en un caso de valoración equivocada, atolondramiento y necedad, la estatua que del bueno de don Pancho nos regalaron las conmemoraciones de los Centenarios de 2010, no es la representación del Francisco Madero que “alevantó” la primera revolución y que promovió la democracia en este porfirista aunque cambiante país. Es, en puntada de mal gusto por la mala oportunidad, la representación del presidente en crisis que cabalga derecho hacia la muerte. No nos dieron al Madero de 1910, sino al de 1913.

En abono del difunto Alonso Lujambio, hay que decir que pudo haber sido peor. Fuentes bien informadas me indican que la propuesta del (des)coordinador de las conmemoraciones de 20910, que por aquellos días dirigía el INEHRM, quería, por uno de esos raptos de locura a los que es tan dado, hacer una estatua de Madero con Sarita, que reproduce aquella foto donde ambos están sentados y la bondadosa señora se afana en pegarle un botón de la manga de la chaqueta.  Mis fuentes bien informadas agregan que tras escuchar aquella puntada, Alonso Lujambio le pegó una arrastrada memorable al (poco) inspirado (des)coordinador. No porque se pretendiera despreciar el vínculo entre Francisco y Sarita, sino porque, aparte de escena completamente doméstica, que pertenece a la vida privada de los personajes históricos, a don Pancho no se le recuerda por lo mucho que quería a su “sarape”, como cariñosamente apodaba la gente del pueblo a la esposa del presidente, que firmaba como “Sara P. de Madero”. El inocente chiste de aquellos años se cuenta solo.

Esta misma imagen de Madero llegando a Palacio fue objeto del trabajo de los encubiertos fabricantes de fotomontajes, que en los días inmediatos a la Decena Trágica y al asesinato del presidente y del vicepresidente. Pusieron entonces, caminado al lado de don Pancho, a Pino Suárez de perfil y a algunos otros personajes, entre otros a Adolfo Bassó, intendente de Palacio, muerto con Gustavo Madero. Así, el creativo desconocido de 1913 quiso poner en el mismo escenario a algunos de los que morirían en esos catorce días, leales al régimen.

Capturado Madero, cada quien se ocultó como pudo, y los que lograron escapar lo hicieron. Alberto J. Pani y sus compañeros civiles,entre los que estaba Martín Luis Guzmán, se hicieron clandestinos; su última edición de El Honor Nacional, aquella hojita destinada a mantener alta la moral de las tropas leales al presidente, se quedó sin circular, de modo que nunca se supieron los términos exactos del artículo que un optimista Pancho Madero había dictado para que circulara ese 18 de febrero.

Me preguntaban, el otro día, en Historia en Vivo, quién, en mi opinión es el héroe de la Decena Trágica. Y pienso que todos los personajes de estos días tan oscuros son héroes, héroes trágicos. Desde los capitanes Garmendia y Montes hasta Manuel Márquez Sterling y Anselmo Hevia; desde Sarita Madero hasta Aureliano Blanquet y Victoriano Huerta. En algunos la tragedia tiene notables alcances, como en el caso de Gustavo A. Madero, de José María Pino Suárez. A Gustavo, que, desde hacía rato advirtió: “Pancho, nos van a matar”, hasta Pino Suárez, que se despidió de su familia el día en que su hija más pequeña cumplía años, y que, apenado por haber olvidado el regalo de la chiquitina, le compró toda su mercancía a un globero que pasaba, antes de irse para no regresar. Héroe trágico el propio Madero, agobiado por la culpa en sus últimos días, sabedor del terrible fin, a manos de soldados borrachos, que tuvo Gustavo. Héroes trágicos todos, hasta el morador del sepulcro del Panteón Francés de la Piedad, a unos metros de las que fueron las tumbas originales de don Pancho y don José María, cuyo nombre se ha caído de la hoy ya centenaria columna que lo adorna. Solamente nos queda la frase tallada en la cantera: “Murió en la defensa de la Ciudadela, el 9 de febrero de 1913”.

 

 

 

 

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12
Oct
12

Nuevo capítulo: los “huesos patrios” en tiempos de la transparencia.

Una historia bicentenaria más, que todavía no se acaba.

Dicen que la cabra siempre tira al monte. Y las obsesiones son las obsesiones, y las historias largas se van desarrollando en capítulos que, en tiempos de la llevada y traída transparencia, resultan más o menos sonados. La historia de los restos de los caudillos y personajes relevantes del movimiento independentista mexicano tiene un nuevo episodio. lo que demuestra que, al menos por un rato más, los mitotes bicentenarios seguirán dando de qué hablar, y los respetables despojos que ya fueron y vinieron a la Columna de la Independencia, es la hora, oh, hermanos, que no pueden descansar en paz.

Si Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y José María Morelos hubieran sabido que sus huesos iban a ser materia de tan sistemática pachanga, a lo mejor disponen la desaparición de todo rastro de su paso por la tierra. El fervor por las reliquias laicas, dos años después de terminado el fandango bicentenario, sigue siendo motivo de pleito y jaloneo. Y esta vez el numerito corre a cargo del Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), que ha decidido acogotar al Instituto Nacional de Antropología e Historia, y dispone que la entidad responsable de la salvaguarda de nuestro patrimonio histórico está obligada a proporcionar a un particular solicitante  “los estudios de antropología física y osteología” practicados a los ilustres huesos en 2010, cuando el (des)coordinador de las conmemoraciones tuvo la puntada de sacar los restos de la Columna -y en el pecado llevó la penitencia- para someterlos a estudios antropológico-forenses y, de paso, administrarles una mano de gato que, por lo que cuentan, ya les hacía bastante falta, como si, llegado el momento, y si acaso sonara la trompeta del Juicio Final, el Padre de la Patria y sus cuates de aventura tuvieran la necesidad de presentarse con los nobles esqueletos remineralizados y reforzados, a fin de hacer mejor impresión a los ojos del Creador.

Cuando los restos de los insurgentes volvieron a su cripta en la columna en julio de 2011, después de haber pasado un año fuera del nido de piedra donde los pusieron en 1925, todo parecía asunto de paciencia y buena fe. Seguramente, pensaron los inocentes, el INAH  meterá tercera en sus quehaceres, y con la misma velocidad que el respetable público ve en un capítulo cualquiera de CSI o mejor aún, de la popular “Bones”, en dos patadas quedarían listos los estudios, mediciones y reconstrucciones históricas que hubiesen menester.

Pero no fue así.  Con 2010 se acabó la temporada de spa que se le administraron a los “huesos patrios” -escalofriante expresión ésta, inventada en los años 20 del siglo pasado por la audacia e inventiva de un habitual de este blog, el reportero Jacobo Dalevuelta- y, lejos de enterarnos de las desdichas y aventuras que los restos habían experimentado en vida, hubimos de conformarnos con verlos en una espantosa capilla fúnebre encajada en Palacio Nacional, con  recargados tintes decimonónicos y música de fondo -loqueras del (des)coordinador, ya saben- , con la vaga promesa de que “pronto” los investigadores del INAH, guiados por la sapiencia histórica del INEHRM, podrían decirnos vida y milagros de los despojos de los héroes de la patria. Vamos, si en su momento hasta el difunto Alonso Lujambio, con el optimismo que tiene aquel al que no le han contado todas las cosas truculentas del regalito que le han dado, asumió que el rescate y restauración de los ilustres huesos sería motivo de interés multitudinario para todo mexicano que se precie de ser un poquitín patriota.

Antes de lo que se dice se-levanta-en-el-mástil-mi-bandera, ya estaban refunfuñando, en las páginas del periódico Reforma, algunos de los responsables del estudio antropológico-forense, a cargo del INAH, para decir que los #FuertesIndicios (término de moda por razones que ya resulta ocioso comentar) históricos que permitían decir que este cráneo pálido es el del padre de la Patria y no el de color oro viejo con una “M” en la frente, no eran, hasta eso, tan fuertes como en su momento el INEHRM presumió.  Hubo quien asegurara que la tropa de investigadores del INAH había hecho la mayor parte del trabajo. Pero la sangre no llegó al río, y los compañeros del INAH continuaron desarrollando sus tareas,  lejos de los alborotos públicos que perturbaron la versión edulcorada de lo que fueron nuestros centenarios.

No obstante, insisto, la pasión por las reliquias laicas no se desvaneció. Haya sido un reportero, o un curioso simplemente, el caso es que apareció uno de esos productos prototípicos de la transición democrática: una solicitud de información que requería del INAH pelos y señales del proceso de análisis de los aún ilustres, pero a estas alturas ya medio hastiados restos humanos. Aseguro que no fui yo, pero ganas no me faltaron. Y si no lo hice fue porque, recurriendo a las técnicas del oficio periodístico, hice algunas preguntas en las usuales “fuentes bien informadas”, amigos enterados de los procedimientos de trabajo del INAH. Fue así como me enteré de que los investigadores del área de antropología del mencionado instituto, habían registrado todo el análisis de los huesos ilustres como su proyecto de investigación, y que, los protocolos del INAH conceden hasta dos años para llevar a cabo el proyecto en cuestión y ofrecer los resultados del trabajo. Así de sencillo. Nada de oscuras conspiraciones para ocultarnos el pasado contenido en una “revoltura de huesos” -como escribieron nuestros tatarabuelos- ni silencios ocasionados por el hecho inconfesable de que los restos mentados no eran de quienes llevábamos 187 años pensando que eran.

Es uno de esos casos en los que la respuesta más sencilla es la correcta. Una vez iluminada por mi fuente bien informada, decidí que, algún día, más tarde o más temprano, los investigadores terminarían su trabajo, que se traduciría en una interesante publicación del INAH, y que bien valía la pena ser educado, paciente y esperar. En frecuentes conversaciones en Twitter, cada vez que se tocó el tema, esa fue mi posición. He de decir que no todos estaban de acuerdo con esa actitud, tal vez porque no poseían la misma información que yo -un gol más en la coladera de la comunicación institucional-  o porque la saturación de las audiencias mexicanas respecto a la información de las glorias de la investigación forense han generado la creencia, entre el respetable público, de que eso de andar definiendo la identidad del propietario del fémur que uno trae entre manos toma, exactamente, y con comerciales incluidos, una hora. Nada más lejos de la realidad.

De manera que el particular o reportero, decidido a conseguir a como diera lugar la información existente sobre el spa de los huesos ilustres, se fue por el recurso cómodo de pedirle al INAH los datos,  conforme a la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública. La acción, que produce tanto placer como clavarle una banderilla a un toro que nos es ligeramente antipático, tiene la ventaja de que es más o menos ineludible: te contestan porque te tienen que contestar, aún cuando hay bastantes que dedican un ratito a consumir neurona para soltar lo menos que sea posible, y, en algunos casos, si se puede, no soltar prenda.

En el caso que nos ocupa, en lugar de explicar por la buena de qué se trataba la investigación y los tiempos de realización, además del protocolo de trabajo de los compañeros antropólogos, el INAH optó por la usual reacción de muchas entidades de gobierno: enconcharse, proporcionar la menor cantidad de datos posible e invocar, a toda prisa, al Comité de Información respectivo para declarar reserva sobre tópicos y asuntos que, no afectando la seguridad nacional ni lesionando las finanzas del país, no tenían por qué tenerla.

Claro que, cuando el particular solicitante vio que desde el INAH le pintaban un violín respecto a su solicitud de información, hizo lo que todo preguntón o curioso aficionado a incordiar entidades gubernamentales por medio de solicitudes de información: encajarle al Instituto un recurso de revisión, que, una vez analizado por los comisionados, derivó en una conclusión más o menos previsible: el INAH tendrá que caerse con la información que le habían pedido desde endenantes.

La nota publicada ayer jueves 11 por el semanario Proceso, y que puede leerse aquí    resulta más divertida cuando se sabe que el INEHRM, por boca de su titular, el otrora (des)coordinador de las conmemoraciones de 2010,  en algunas semanas más pondrá a circular un libro que, se dice, será gruesecillo, porque además de c0ntener cuanto acercamiento histórico se generó en torno a los entrañables huesos, es decir, la reconstrucción histórica de sus destinos originales, de sus viajes y de las pachangas en sentido literal, que se armaron a su paso por el Bajío, camino al homenaje y la apoteosis que les administraron al llegar al Valle de México, se adjuntarán los famosos análisis antropológicos y osteológicos, así como su informe final, que, hasta donde sí ha trascendido, nos garantiza que tendremos reliquias patrias y laicas casi casi hasta el fin de los tiempos.

Evidentemente, al IFAI le traía sin cuidado lo que estuviera planeando el INEHRM, como rescoldo del breve destello bicentenario. Como finalmente el organismo encargado de garantizar la transparencia de la información pública en tierras mexicanas no está obligado a recuperar todos los elementos que puedan sustentar sus juicios y sus disposiciones para dar cumplimiento a uno más de los muchos recursos de revisión que seguramente recibe a diario, acabó por disponer que el periodo de reserva ha transcurrido ya, y dos recursos de revisión más tarde, se supone que ya deberemos saber qué ocurrió y qué les ocurrió a los despojos de los padres de la patria. Tal vez la semana que viene, o tal vez en unas semanas, cuando el libro anunciado por el INEHRM aparezca y nos podamos entretener en los dictámenes finales.

Pero como nada es perfecto, y menos la comunicación institucional en estos tiempos, hay quienes piensan que estos estudios se hicieron para determinar si los restos pertenecen a quienes creemos que pertenecen, es decir, si los huesos de Hidalgo son de Hidalgo, si los de Allende son de Allende, y así. De algunos de los personajes analizados, como Leona Vicario y su esposo, don Andrés Quintana Roo, no hay muchas curiosidades; sus decesos están bien documentados, sus inhumaciones y sus exhumaciones igual. En cambio, los restos de los primeros caudillos insurgentes tuvieron horas azarosas y ese modo de contar de los decimonónicos tempranos a veces desespera. Pero de eso hablamos un poco más tarde.

MEA CULPA

Tiempo tiene este blog viviendo de sus glorias, pero con una perra carga de remordimiento. Tanto es el vértigo a veces, que la lista que se titula: “buenos temas para el blog” se va alargando y alargando. Pero ya para qué decir más. Sólo queda hacer acto de contrición y prometer a los paseantes que se aventuran por este reino, que no habrán de menudear las ausencias. Estamos de regreso.

 

 

 

 

 

 

 

16
Ene
12

Más sobre la Estela de Luz: El pequeño monstruo de la calle de Lieja busca a su padre.

Ya sabemos que la Estela de Luz es capaz de hacer muchos firulines; por su bien esperemos que conserve la sobriedad

Aclaro que yo no le puse el sobrenombre. Trágicamente, se lo puso su padre originario, el arquitecto César Pérez Becerril. Lo que empezó en 2009 como  el Arco del Bicentenario, se transformó en la Estela de Luz y, después, más de media docena de opinadores y columnistas inspirados le acomodaron diversos remoquetes, como la “Estela del Oso” -innecesario explicarlo- la “Estela de la Corrupción”, la “Estela de la Opacidad”, que han derivado en otros francamente repelentes, como “La Estela de Pus” (¡carajo!), hasta llegar al muy humillante  “La Suavicrema” (que no digo que no sea acertado; nomás acoto que es de una insolencia escandalosa para un monumento que pretende ser cívico-histórico).

Cuál es la novedad de que se le ponga apodo a una construcción, dirán algunos. Incluso, a veces los sobrenombres surgen de los círculos de ingenieros o arquitectos.Así, es sabido que en Santa Fe existe “El Pantalón”, y que la Torre de Mexicana, en la colonia del Valle de la ciudad de México, ha sido definida como “La Licuadora”.  En Monterrey hay un edificio mejor conocido como “El Servilletero”… y de esculturas, no se diga. Ese espléndido escritor que fue el antropólogo Jaime Litvak King, muerto en 2006, se refería a la escultura que estaba afuera de la antigua Torre de Ciencias de Ciudad Universitaria -después Torre de Humanidades II- como “la campamocha”, y bautizó a la peculiar escultura colgante de la Biblioteca Nacional como el OSNI (Objeto Suspendido No Identificado. Ahora recuerdo que hace como unos 20 años casi me sacan a patadas de la biblioteca por haber recordado el sobrenombre, en voz alta, durante una visita guiada a la venerable institución). La pequeña diferencia es que ninguno de los edificios y esculturas antes mencionados es, o tiene la misión de ser un monumento cívico-histórico. Ahí radica lo corrosivo de reducir a la Estela de Luz  a la vulgar pero multimencionada “Suavicrema”. Pero ese es el primer paso para que el monumento tenga un destino diferente al que pensaron sus creadores y sus re-creadores: llamarla “Suavicrema” es desacralizar su origen, arrebatarle cualquier viso de solemnidad que, después de tanto fandango, aún pudiera tener.

La lluvia de sobrenombres despectivos nos muestra que, en principio, la Estela de Luz no parece tener el aprecio colectivo. Un verdadero caso para Mary Shelley, porque ni siquiera el creador del proyecto arquitectónico le reconoce su linaje: fue bautizada, hace meses,  como “pequeño monstruo” al calor del agarrón entre el arquitecto Pérez Becerril y el secretario Alonso Lujambio y el director de la constructora Triple I. Y lo de “pequeño monstruo” viene del hecho que, según el arquitecto, el proyecto que fue premiado por el “comité de expertos” al que aludió el sábado 7 el presidente Felipe Calderón, ha sido mutilado, deformado y cercenado de fea manera en algo que algunos entendidos en arquitectura consideran una “solución ingenieril” más bien tosca, decidida a levantar los 104 metros de estructura metálica, forrados del carísimo cuarzo brasileño, a como diera lugar.

Figuritas van, figuritas vienen. No extraña que la gente tome a chunga las capacidades gráficas de la Estela de Luz

Al grito de “la levantamos porque la levantamos”, la Estela de Luz es ya una realidad, y pese a todas las pataletas que su hechura ha provocado, lo cierto es que resultaría absurdo tumbar  mil 35 millones de pesos porque es opaca, porque les parece fea, por todos los esqueletos que tiene en el closet o por lo que se le dé la gana a la respetable concurrencia. Pero a lo que aspiramos muchos es, por lo menos, que nos expliquen qué demonios pasó para que este monumento tenga una historia tan controvertida que ni su propio creador quiere reconocer su paternidad.

Y es cierto: durante la entrevista que el arquitecto César Pérez Becerril concedió al periódico Reforma para el anuario 2011 que dio a conocer el pasado lunes 9 de enero, el autor del proyecto seleccionado como ganador de entre los 39 presentados fue categórico: no desea ser retratado junto a la maqueta que presentó en aquel primer semestre de 2009: “Sería una falta de respeto”  -le dice al reportero Jorge Ricardo- “…que me tomara una foto con un proyecto que está cercenado, modificado y desvirtuado; sería una humillación aparentar que se avala la construcción de una estructura de metal y cuarzo que representa el 10 por ciento de un proyecto que consideraba una plaza de 34 mil metros cuadrados”. En suma, el arquitecto niega la paternidad de la Estela de Luz, argumentando que, para empezar, la Suavicrema existe despojada de la Plaza Bicentenario, que significaría el completo “reordenamiento” de ese espacio por el cual,  como dice el querido amigo de este Reino, don Antonio Fuentes, de noche no se anima a pasar ni siquiera el conde Drácula.

Ya bastante bronca era que el arquitecto Pérez Becerril hubiera tenido que estar junto al secretario Lujambio en aquella rueda de prensa de 2010, para apechugar y anunciar públicamente que la Estela de Luz no estaría lista para ser inaugurada el día del Bicentenario, repitiendo el festejo de 1910, cuando don Porfirio, acompañado de su gabinete y de millares de mexicanos de a pie, inauguró la columna de la Independencia. Entre tantos pleitos como ya aderezaban las conmemoraciones en julio de 2010, que el monumento bicentenario no estuviese acabado para la fecha necesaria ya no era ninguna noticia, pese a que, a la menor provocación el (des)coordinador de los festejos, el director del INEHRM,  jurase que el asunto del armado de la estela era un rollo muy sencillo que en dos patadas quedaría listo para que el presidente Calderón pasara a la historia luciendo por todo lo alto al cumplirse los 200 años de que el padre Hidalgo llamara al mitote insurgente.

¿Veremos a la Estela de Luz ponerse de mil colores en cada festejo y/o ocasión de contento?

Pasó el Bicentenario del inicio de la Independencia, pasó el centenario del inicio de la Revolución, y de la Estela de Luz, ni sus luces. A ratos se veía alguna actividad en el terreno bardeado, y cada tanto se armaba algún leve alboroto en torno a las cuentas pendientes de las conmemoraciones. Hasta que el 18 de julio del año pasado, el arquitecto Pérez Becerril apareció una mañana en la televisión para denunciar una campaña de desprestigio en su contra, dirigida, aseguró, a achacarle todas las responsabilidades, en materia de proyecto, de atrasos, de malos cálculos, de olvidos de estudios esenciales, todos estos factores decisivos en el atraso de la obra conmemorativa.

En el tono y con la ira contenida propios de quien lleva un muy buen rato peleándose con gente que ya lo tiene hasta el absoluto gorro, Pérez Becerril, encima, denunció presiones de la Secretaría de Educación para que no diese a conocer hechos, incidentes y procedimientos que, si bien aún no sabemos plenamente sean resultado de la corrupción, se parecen bastante.  Denunció errores en la compra de los materiales de construcción, mañas poco disimuladas en el proceso de adjudicación de la obra y el hecho de que le hubiesen negado la dirección arquitectónica de la obra -una tarea que, prácticamente en automático corresponde al autor del proyecto- y además le impidieron el acceso al terreno que una vez fue pensado para el espacio de una “pata” del soñado Arco del Bicentenario y que, en las condiciones actuales es el emplazamiento de la Estela de Luz.

La Secretaría de Educación y Triple I Servicios respondieron, pasado el shock inicial de verse denunciados y balconeados en cadena nacional televisiva, contraatacaron asegurando que la bronca se debía a que el arquitecto Pérez Becerril había entregado un “proyecto inviable”, que en buen español significaba que, con las estimaciones del proyecto original, la Estela de Luz no sólo tenía problemas normativos, sino que, como dijo algún entendido en esas cosas, iba contra las mismísimas leyes de la física: era inconstruible.

Trenzados como estaban en exhibirse mutuamente arquitecto e instancias de gobierno, aderezados por la gentil colaboración del diputado del PVEM, Pablo Escudero,  que, conciencia incómoda y pertinaz, no exenta de interés político, muele y muele con la exigencia de la rendición de cuentas sobre los dineros gastados en el bicentenario proyecto, se generó un clima de encono y pleito  mediático tal, que se quedaron afuera unas cuantas preguntas que podrían ayudar a aclarar el origen de tan formidable desmadre:

  • Esta le toca a la SEP: si es cierto que el proyecto de Pérez Becerril era “poco viable” (forma elegante de decir que el proyecto no servía para nada en términos de su solidez) ¿qué responsabilidad tiene el “comité de expertos” que premió la propuesta? Había arquitectos entre el jurado. ¿Es que nadie se preguntó por la solidez de los cálculos? ¿Nadie pidió una revisión ni una asesoría, que hubiera ahorrado bastantes milloncitos?
  • De lo anterior se infiere, en caso de ser ciertas las acusaciones de la SEP y de Triple I Servicios, ¿lo que se premió fue simplemente la maqueta? Esa sola hipótesis me da escalofríos.
  • Por otro lado, el arquitecto Pérez Becerril debería, además de reiterar sus acusaciones acerca de la presunta campaña de desprestigio, no ha hecho suficiente campaña para defenderse de tan grave acusación. ¿será posible que en su despacho no haya calculistas competentes? ¿Nada hubo en el anteproyecto entregado para el concurso que hiciera levantar una ceja, con duda, al ilustre jurado?

¿Bastarían los cantos y los globos blancos para ahuyentarle el mal fario a la Estela de Luz? Hasta el momento, me parece que no.

Durante meses, circularon abundantes y ácidas descalificaciones al trabajo hecho por el arquitecto Pérez Becerril, provenientes de muy diversos sitios.  Vacas sagradas de la ingeniería civil mexicana, como Javier Jiménez Espriú, ex director de la facultad de Ingeniería de la UNAM o el profesor emérito de la misma institución, el ingeniero Neftalí Rodríguez Cuevas llegaron a plantear que la obra debería suspenderse. Claro que para esas alturas ya resultaba demencial salir conque toda la lana invertida en la excavación y en la cimentación podía irse al caño. Entrevistado por el periódico reforma, en mayo de 2011, Rodríguez Cuevas planteaba una situación que le pondría los pelos de punta a cualquier funcionario encargado de una obra pública: parecía, con su relato que estaríamos ante una historia digna de haber salido de la cabeza perversa de Alfred Hitchcock. Les dejo el primer párrafo de aquella entrevista concedida al reportero Jorge Ricardo, y que no tiene desperdicio:

“Como arquitecto, César Pérez Becerril, el autor del Monumento del Bicentenario, es un gran patriota”, afirma el profesor emérito de la Facultad de Ingeniería de la UNAM Neftalí Rodríguez Cuevas: “se empeñó en que los ocho tubos de acero de la Estela de Luz fueran de 81 centímetros de diámetro. Le demostramos que debían ser de 1.21 metros, y no aceptó. Cuando le preguntamos de dónde había sacado los 81 centímetros, respondió que era por 1810, pero sin el 1 ni el 0. Al final, han quedado de 91, ya se imaginarán por qué”.

El problema es que, a la fecha, Pérez Becerril no ha confrontado directamente a personajes tan notables en el mundo de la industria de la construcción. Ha preferido la batalla mediática, aliado al diputado Escudero, y en el barullo informativo de los últimos días ha trascendido que entablaría una denuncia penal en contra del Fideicomiso del Bicentenario, es decir, agarraría parejo con todos los funcionarios públicos, que en la parte de la administración financiera, fueron los responsables de cuanto peso se gastó en las conmemoraciones de 2010. Si se gastaron hasta 50 pesos en una caja de comida para perros, ahí debiera aparecer. Nada más y nada menos son ellos a quienes apunta Pérez Becerril. Del otro lado está el director de Triple I Servicios, que en los últimos días del año, advirtió que, nomás entregando la mentada Estela, estaba dispuestísimo a demandar a Pérez Becerril por los daños que le ocasionó a Triple I. Y, para rematar, mientras se anuncia que el 20 de febrero se darán a conocer los resultados de las auditorías al proyecto, resulta que la Estela-Suavicrema también se pasó por el arco del triunfo -y quizá no había sido aplicada esta metáfora en mejor coyuntura- los estudios de impacto ambiental. Y eso que todavía no hablamos de lo que acaba de pensar la gente acerca del pequeño monstruo de Lieja y Paseo de la Reforma, que en las circunstancias presentes se exhibe, huérfana, a la atención de los curiosos.

10
Ene
12

Lo que me gusta y lo que no me gusta de la inauguración de la Estela de Luz

Pequeño problema: esta imagen se tomó el 7 de enero de 2012.

He aquí que por fin se ha inaugurado el monumento conmemorativo del Bicentenario del inicio de la Independencia, la Estela de Luz. Después de gritos, sombrerazos, pataletas, acusaciones cruzadas, berrinches de arquitectos y advertencias de ingenieros y abogados echados para adelante, han terminado la Estela de Luz. Más aún, se han botado la puntada de inaugurarla la noche del siete de enero de 2012. A estas alturas del partido hemos escuchado hasta el cansancio, hasta la náusea, críticas, denuestos, descalificaciones y uno que otro elogio que se emboza en cierta timidez. Tal es el precio de querer levantar un monumento en los tiempos de la transición democrática, y así suelen ser las cosas cuando todo mundo tiene derecho a preguntar y a exigir respuestas serias. Y esta circunstancia histórica es, tal vez, la que más incomodidades ha generado a los artífices del monumento que, a un par de días de ser presentado en sociedad, ya no siente lo duro sino lo tupido.

Desde la puesta de aquella enorme “primera piedra” de obsidiana, el ya lejano 22 de septiembre de 2009, ya ha corrido mucha tinta y se han impreso muchas páginas de periódicos. Pasaron las fiestas, las polémicas fiestas de los centenarios, y cuando el malhadado Coloso ya era un mal recuerdo escondido en alguna de las antiguas bodegas del descontinuado CAPFCE, el asunto del monumento del Bicentenario seguía en el aire. Más aún, entrado 2010, a unos pocos meses de las conmemoraciones, el (des)coordinador del encarguito seguía jurándole a los medios de comunicación que la Estela de Luz estaría entera y bien hecha a tiempo para que el presidente Calderón la inaugurase el 16 de septiembre, como un siglo antes Porfirio Díaz había inaugurado la columna de la independencia que, también con sus sobresaltos y agarrones, sí estuvo lista para cuando se le necesitó.

Desde el momento en que el secretario de Educación Pública, bateador emergente de este encarguito envenenado, salió al quite para intentar componer de última hora el soberano desmadre que era todo el proyecto de conmemoraciones, y anunció en rueda de prensa que el monumento no estaría listo para el Bicentenario, solamente se dio por oficializado lo que era evidente: pasaban los días, se acercaba  el deadline y nada, que la famosa Estela de Luz no rebasaba la altura de la barda que la empresa constructora tendió alrededor del formidable socavón que hubo de hacer alrededor del espacio planeado para la obra.

Con todo y cuenta regresiva, la Estela de Luz se encendió por fin.

De por sí ya había sido polémico el hecho de que, habiendo lanzado una convocatoria a un concurso por invitación, entre 39 de los arquitectos más destacados del país, donde se pedía claramente UN ARCO -un arco triunfal, se entiende- se haya elegido como ganador del certamen un proyecto que no cumplía con la base esencial. El hecho provocó los comentarios inconformes de uno de los grandes arquitectos mexicanos aún vivos, don Pedro Ramírez Vázquez -organizador, por cierto, de las Olimpiadas de 1968 -bien podrían haberle preguntado a don Pedro algunas cositas para hacer, con éxito, el mitote bicentenario.

El aparente delirio de haber premiado una estela en vez de un arco, me lo aclaró en marzo de 2010 la especialista Louise Noelle Gras, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM:  “Poco después de la apertura del concurso” hubo una reunión entre los concursantes, que está documentada, y  donde se examinaron las bases y se concluyó que no era preciso que se tratara de un arco. No cambiaron las cosas a la hora de la hora. Pero, originalmente, se suponía que habría dos monumentos: un arco, conmemorativo del Bicentenario, y una especie de obelisco que conmemorase el Centenario del inicio de la Revolución y que estaría en Reforma, cerca de donde una vez estuvo el Caballito”.

Según Noelle Gras, la dificultad para llegar a acuerdos entre el gobierno federal y el gobierno de la Ciudad de México también influyó en lo que resultó el monumento conmemorativo en 2010: “fue muy difícil ponerse de acuerdo, la prueba es todo lo que tardaron en comenzar el monumento: que si el terreno, que si los permisos, que si los estudios… La parte del obelisco se cayó por completo y eso influyó en la decisión de que el monumento final no fuese un arco necesariamente”.

La inauguración de la Estela de Luz tuvo un dejo de melancolía de lo que pudo ser y no fue

En algún otro momento, otro de los arquitectos destacados, invitados al concurso, don Teodoro González de León, se quejó, en una entrevista para el periódico Excelsior, de que no se les hubiesen entregado planos de la zona seleccionada para el emplazamiento del monumento -de hecho, donde habría quedado UNA de las patas del hipotético arco-. Tampoco había estudios del tipo de suelo de la zona. Todo quedaba librado, aparentemente, a la iniciativa, recursos y habilidades de los arquitectos participantes, muchos de ellos, si no es que la totalidad, con suficientes horas de vuelo como para no olvidar el Título VI del Reglamento de Construcciones para el Distrito Federal (que si tienen tiempo, ganas y disposición pueden leer acá: http://cgservicios.df.gob.mx/prontuario/vigente/385.htm ) y que trata de la seguridad estructural de las construcciones y que hace énfasis en la necesidad de diseñar estructura resistentes a fenómenos sísmicos y de viento. Parecería innecesario ponerse a pensar en cuestiones como estas, que, para los profesionales de la industria de la construcción podrían darse por sentadas.

Pero no ocurrió así. En aquella memorable serie de ruedas de prensa de julio y agosto de 2010, cuando el secretario Lujambio hubo de presentar al respetable un presunto “tema conmemorativo” que fue literalmente descuartizado por la sociedad civil; cuando intentó desenredar toda la maraña en que se había convertido la contratación del australiano Rich Birch para la realización del magno espectáculo del Zócalo y cuando procuró explicar, de la mejor manera posible las acciones conmemorativas que SÍ se iban a llevar a cabo, aún tuvo paciencia para explicar que era suya la decisión de aplazar la fecha de terminación del monumento, debido a las transformaciones que se estaban haciendo en el proyecto. Una “decisión responsable”, le llamó en su momento, concepto que hasta la fecha se ha mantenido como uno de los tópicos fundamentales para entender porqué la Estela hace su presentación en sociedad más de un año después del Bicentenario del inicio de la Independencia.

Parece que la estela de Luz es capaz de hacer monerías varias al son de la música que le pongan

Desde el anuncio de aquella “decisión responsable”, que se hizo comprensible cuando se supo que faltaban los “pequeños detalles” de los estudios indispensables sobre resistencia a las corrientes viento y a los fenómenos sísmicos, el asunto se enrareció aún más. Afloraron las acusaciones cruzadas de incompetencia profesional -dirigidas contra el arquitecto César Pérez Becerril, incapaz, según sus detractores, de entregar un proyecto arquitectónico sólidamente calculado-  de corrpución -lanzadas por el arquitecto Pérez Becerril contra las constructoras Triple I y Gutsa-  En el áspero intercambio  salieron raspados el secretario Lujambio y sus aspiraciones a la candidatura presidencial del PAN, el (des)coordinador de las conmemoraciones de 2010 y la entidad de gobierno que dirige, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), el Fideicomiso del Bicentenario y Banjército. Se supo de maniobras torcidas en el proceso de adjudicación de la obra, y de la destitución e inhabilitación de unos cuantos funcionarios, responsables de parte de los problemas de clara corrupción. Por ese flanco, de más está decir que la Auditoría Superior de la Federación nos contará, hacia fines del mes de febrero, algunas otras cosas, para acabar de documentar nuestro pesimismo.

Pero finalmente, la Estela de Luz fue inaugurada, en lo que tuvo todo el aspecto de una intentona de madruguete social e informativo. Se anunció su inauguración para el domingo 8 de enero. A continuación, diversos grupos de activistas anunciaron una manifestación, en el mismo sitio, para protestar por el caudal invertido en la estela conmemorativa: mil 35 millones de pesos, IVA incluido, que todo mundo ha querido invertir en escuelas, becas, alimentos y mil asuntos más. Ignorantes de la sabia sentencia que siempre repetía mi abuela paterna, “no hagas cosas buenas que parezcan malas”, el personal de la Presidencia avisó a la fuente hacia las dos y media de la tarde, en lo que parece uno de esos conocidos bandazos programáticos, con toda la intención de que el impacto negativo se quede enredado en las sábanas del domingo, al fin que se leen menos periódicos y los opinadores se toman sus sagrados descansos.  “Estela de Luz: un portento de ingeniería y arquitectura mexicana. Hoy se inauguró.”, tuitearía el presidente Calderón hacia las 10 de la noche del mismo sábado 7.

¿Qué fue lo malo de la esperada inauguración de la Estela de Luz?:

  • La propia idea de armar un espectáculo y una ceremonia inaugural Claro que se trataba de una ecuación con puros escenarios negativos. Si no hubiera habido ceremonia, la Presidencia habría recibido una lluvia de críticas por intentar eludir su responsabilidad en esta historia tragicómica. Como finalmente decidió inaugurarla, también le llueve, y no agua precisamente, por “avalar” todas las cargas negativas que ha recibido la apaleada estela, en estos meses de discusión. Como mero dato, acoto que Lázaro Cárdenas no hizo ceremonia inaugural del Monumento a la Revolución.
  • El intento por reducir el impacto mediático negativo moviendo, de manera intempestiva, el acto programado.
  • El intento fallido por eludir la manifestación de los activistas que insisten en convertir la Estela en un monumento a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado, un recordatorio de nuestras crisis de corrupción y un memorial por los pequeños fallecidos en el incendio de la guardería ABC. La manifestación se hizo, de todas maneras, el domingo 8.
  • La clara intención de no hacer una ceremonia masiva, aún cuando se afirma que la Estela de Luz es de los mexicanos y las mexicanas. Pocos invitados selectos arroparon al presidente en su decisión final de inaugurar el monumento con un espectáculo de sonido, para mostrar las monerías que es capaz de hacer el artefacto.
  • Como se pensó en un evento semiprivado, nadie tuvo la delicadeza de colocar, como en otras ocasiones, alguna mega pantalla  o un mega bafle, para poder escuchar el discurso presidencial por encima del ruido de Paseo de la Reforma.
  • Como, nuevamente, se trató de un evento semiprivado, ni siquiera se detuvo la circulación del Paseo de la Reforma. El gesto contribuyó a generar la percepción de que, cuantos menos se dieran cuenta de que se estaba inaugurando la dichosa Estela, mejor.

Lo bueno: Que las ocasiones de contento son las ocasiones de contento, disfrutables para la gente que con alegría bienintencionada e ingenua se acerca para mirar con ojos emocionados las luces, los fuegos artificiales que le gritan a la ciudad que tiene un nuevo monumento. No es tan sencillo ignorar la tierna satisfacción de las pocas familias, de las parejas, de los curiosos que se acomodaron en un pedacito de Paseo de la Reforma, a esperar,  a mirar, a tomarse la foto. A esa gente tal vez no le importen los enconados duelos que sostienen funcionarios públicos, arquitectos e ingenieros. les importa más ese ratito de fiesta, que por algunos minutos hace la vida más llevadera.

Lo triste:  Que esta ceremonia inaugural, rápida, a puerta cerrada, en ese sentido incapaz de comparar las 900 personas (400 invitados especiales de la presidencia y cuando mucho unos 500 que estábamos al otro lado de Paseo de la  Reforma) con los miles de personas que en 1910 acompañaron a don Porfirio a inaugurar la columna del arquitecto Rivas Mercado, no dejó de tener, a ratos, un aire de profunda melancolía. Para algunos tuvo el sabor de aquello que pudo haber sido y sin embargo no fue. En eso pensaba yo, cuando los globos blancos flotaban alejándose y la voz de una soprano llenaba el aire de la avenida. Un globo en forma de paloma, un suave beso de papel dorado lanzado al viento. Qué ganas de pedir a la voz que cantase más, para que ahuyentara las tinieblas de la patria e hiciera salir el sol, como el deprimido Felipe V de España le pidió, alguna vez, en pleno eclipse, al castrato Farinelli. Sueños barrocos para atemperar los malos recuerdos.

A la noche, al ver los noticieros, al ver el rostro del presidente Calderón durante la ceremonia, hablando de las “controversias que son inevitables cuando se trata de construcciones de este tipo”, creo ver esa misma melancolía. Porque la ceremonia, en principio, ha sido impecable. Tiene un problema: que ha tenido lugar el 7 de enero de 2012 y no el 16 de septiembre de 2010.  La mañana del lunes, aún dan la nota los noticieros de televisión. El galobito Miguel pasa delante del televisor encendido a las 7 de la mañana. Se detiene a ver la nota de la inauguración de la Estela de Luz y observa a Felipe Calderón en algunos momentos de su discurso. Y desde la inocencia de sus nueve años me pregunta: “¿por qué está triste el Presidente?”

02
Jun
11

Preguntitas (y respuestitas)

Las carreras de la vida, las peculiares circunstancias del pasado reciente, a ratos hacen que guarde “para al ratito” algunas de las preguntas que llegan a este Reino. Algunas muy buenas, la verdad, y otras dan para entradas completas y algunas, se entiende, tienen que ver con propósitos urgentes. Prometo responder más cosas a medida que avancen los días, pero por lo pronto, aquí hay algunos datos útiles para los que se interesan en algunas de las historias de este Reino:

  • Buenos datos biográficos de don Joaquín D. Casasús, abogado y especialista financiero de los días de don Porfirio, están en el libro espléndido que hace años escribió uno de sus descendientes: “El Exilio, un relato de familia, de Carlos Tello Díaz”. Lectura muy recomendable ahora que se acaban de cumplir 100 años de la salida de don Porfirio de México, a bordo del Ipiranga. Aquí hemos hablado de él en función de su parentesco con don Nacho Altamirano, quien lo quiso mucho, no sólo por ser esposo de su hija consentida, Catalina Guillén-Altamirano, sino porque había sido uno de sus alumnos más talentosos y con quien se entendía, en muchas cosas, a la perfección. Si los curiosos buscan en los archivos de este Reino, por acá tenemos una foto de la hermosa tumba que resguarda a don Joaquín, allá en el Panteón Francés de la Piedad de la ciudad de México. Y por cierto, don Joaquín se murió el 25 de febrero de 1916, en Nueva York.
  • Sobre Calleja y las cabezas de los insurgentes: La condena a muerte para los caudillos insurgentes estaba cantada desde fines de septiembre de 1810, cuando el virrey Venegas le puso precio a la cabeza de Allende y de Miguel Hidalgo: nomás 10 mil pesos, una verdadera lanota. El caso es que nadie puso empeño tal que lo consiguiera hasta que en Acatita de Baján fueron atorados los insignes caudillos y conducidos a Chihuahua para su juicio y consecuente ejecución.
  • En octubre de ese 1811 llegarían a Guanajuato las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, todas conservadas en sal, recurso que les debió haber dado un aspecto bastante horroroso. Se colgaron en las esquinas de la Alhóndiga, escenario de una matanza terrible y del nacimiento de la pésima reputación que en el Bajío adquirió la insurgencia durante aquella campaña primigenia. La colocación de las cabezas fue acompañada por una inscripción elaborada por el intendente de Guanajuato, don Fernando Pérez Marañón,  atendiendo las órdenes de Calleja, y que dice así:
  • “Las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez, insignes fascinerosos y primeros caudillos de la revolución; que saquearon  y robaron los bienes del culto de Dios y del real erario; derramaron con la mayor atrocidad la inocente sangre de sacerdotes fieles y magistrados justos; y fueron causa de todos los desastres, desgracias y calamidades, (sic) que experimentamos, y que afligen y deploran los habitantes todos de esta parte tan integrante de la nación española.  Aquí clavadas por orden del señor brigadier don Félix María Calleja del Rey, ilustre vencedor de Aculco, Guanajuato y Calderón, y restaurador de la paz de esta América. Guanajuato, 14 de octubre de 1811.”
  • Resulta tan oscura esta sentencia, que es muy entendible el road show de desagravio que hicieron a las cabezas y a sus respectivos esqueletos cuando, en 1823, se les trasladó a la ciudad de México.
  • El “himno del Bicentenario”: Pues según se vea. Existió algo que se llamaba “El futuro es milenario” (ugh) pieza espeluznante debida a la inspiración de Aleks Syntek y Jaime López. Como es posible ver, hay combinaciones mortíferas. Es una pieza perfectamente olvidable, que puede consultarse en la página oficial de las conmemoraciones de 2010 (www.bicentenario.gob.mx, y no, no lo voy a linkear) y otra pieza, prácticamente desconocida, que se llama “Nuevo Canto a México”, y que ganó (entérense) el concurso (entérense también) que el gobierno federal hizo (les digo puras noticias nuevas; nadie se enteró en su momento) para conseguir un “tema conmemorativo”. La pieza no está mal, y es del compositor José Miguel Delgado, y se consigue en la misma página de marras.
  • Las moneditas conmemorativas de 5 pesos del Centenario y el Bicentenario: el honorable público se inquieta porque “están escasas” las monedas de Nicolás Bravo y Emiliano Zapata. De hecho, TODAS están escasas, y más aún los “coleccionadores”, uno de los peores osos cometidos el año pasado en materia de conmemoraciones. Sugiero se compren una cajita bonita para guardarlas y tengan paciencia; poco a poco van cayendo. Yo tengo, entre mis repetidas, tres Zapatas y un Bravo; es cosa de persistir.
  • La entrevista a Porfirio Díaz. Aclaro que esta entrevista no la hizo nadie del personal de El Imparcial, como ha llegado la pregunta. La entrevista apareció en la Pearson´s Magazine, en marzo de 1908, y estaba firmada por el entrevistador, el periodista estadounidense James Creelman. Lo que hizo El Imparcial fue traducir algunos fragmentos. La entrevista, traducida al español, está en una muy decorosa edición del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, con prólogo de don Álvaro Matute.
… estas son unas cuantas respuestitas, en cuanto pueda, desahogo unas pocas más…
28
May
11

Una alegría: “Héroes Verdaderos” gana premio Canacine 2010

Esta es una alegría de esas que confortan el alma y dicen que alcanzan premio las cosas que se hacen con buena fe, sin importar los rollos de los historiadores o aspirantes a serlo que miran feo y/o con recelo a lo que les suene a “historia oficial” (telarañas que, como dice la querida Dra. Josefina Zoraida Vázquez, en estos días sólo emplean los malos políticos y los malos historiadores). El jueves, la película “Héroes Verdaderos”, ganó el premio Canacine 2010 a la Mejor Película Animada.

Un regalo de la vida para los que vivimos esa aventura histórica

Me da gusto haber vivido esa aventura como asesora histórica de la película. Me da gusto que no sólo las películas de 2010 se resuman en “El Infierno”. Me da gusto, a pesar de todo, y como dice Jaime Sabines, que no nos hayamos muerto.

10
May
11

Incorrecciones políticas 1: el (triste) epílogo del cine del Bicentenario

Permítaseme ejercer mi derecho de pataleo con respecto a la entrega de los Arieles 2011.  En estos tiempos en que el mentado “círculo rojo” se da el lujo de exigir un país de alta conciencia ciudadana, sin que le importe un celestial pistache que la gente a la que se les exige esta conciencia democrática tiene, por lo pronto, preocupaciones más terrenales. Saber qué y de dónde comerán al día siguiente, por ejemplo. Por eso, camino por una ruta de este Reino donde la incorrección política es determinante, y por eso me resisto, en definitiva a creer que “El Infierno” de Luis Estrada, sea la mejor película de 2010, y que el domingo pasado se haya llevado nueve Arieles (la versión mexicana de los Óscares, con las distancias y proporciones inevitables) por su calidad cinematográfica.

Son muchos los caminos de la militancia, de la posición política y de la ideología. Sería ingenuo pensar que el cine, la obra cinematográfica, logra eludir esas aguas pantanosas.  De hecho, no podemos sustraernos en nuestra vida diaria a eso que llamamos “ideología”, y eso no es ningún descubrimiento reciente, aunque cuando salgo de ciertos seminarios allá en el posgrado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, me parezca que sí. Y por eso entiendo que el ahora multipremiado (palabreja que les encanta a los que hacen las secciones de espectáculos en los periódicos y yerbas informativas similares) director Luis Estrada asegure que su película es su manera de protestar por el deterioro, por la crisis, por la aterradora violencia que fastidia la vida en varias zonas del país que a diario aparecen en los periódicos.  Pero que no me digan que eso basta para convertir a una película como “El Infierno” en la mejor película de 2010.

El asunto no deja de ser interesante. Revisar la historia de estas películas del Bicentenario, sus contenidos, sus discursos y sus resultados, tanto en taquilla como en percepción,  van a dar para un trabajo bonito, que quién sabe si algún día hagan los estudiantes de Historia o los de Comunicación. Pero el caso de “El Infierno” llama la atención. Seamos sinceros: la película de Luis Estrada tiene que ver con el bicentenario del inicio de la independencia y con el centenario del inicio de la revolución como yo tengo que ver con las monjas del Instituto Renacimiento. El argumento puede ocurrir en cualquier sitio, en cualquier año, no en 2010, sino en 2008, 0 en 2009 0 en 2011 sin que la historia pierda su coherencia interna. De hecho, los centenarios aparecen de manera soslayada, apenas en unas pocas secuencias: la entrega de la primaria, que se llama, de manera pedestre y ramplona “Héroes del Bicentenario”, que es como de risa, y la escena de la venganza del Benny en pleno festejo del grito, del Bicentenario, por supuesto, pero que podría ser igualmente sangrienta en 2006, 2008, 2011 y 2012. Si lo que sorprende es que el jurado de la convocatoria de CONACULTA y varias instancias más, destinado a definir los apoyos a guiones de cine, como parte de las  conmemoraciones del año pasado; ese jurado que, se supone entendido en andanzas cinematográficas, haya caído en el garlito, o en la solución cómoda, de premiar con apoyo y etiqueta a un guión al que, parece, le agregaron tres o cuatro cosillas para que parezca “una película del Bicentenario” y pueda participar en la convocatoria famosa.

Y luego para que, la gran imagen de esta película, no pertenezca a la historia: ese cuadrito color vino con el 2010, el emblema inercial de las conmemoraciones (porque ni a logo pudimos llegar, carajo), balaceado, como seguramente lo fue alguno de los ociosos señalamientos de la Ruta 2010, pero con la leyenda tan escuchada el año pasado: “nada que celebrar”. A mí me podrán dedicar muchos improperios por lo que voy a escribir, pero una cosa es la pluralidad inevitable en esta sociedad cambiante, con necesidades y aspiraciones y rencores diversos, como es el México del siglo XXI, (empleada en vano para justificar algunos desmadres bicentenarios) y otra muy diferente carecer de una estrategia armada y coherente para desarrollar las acciones y decisiones conmemorativas desde una instancia de gobierno, que evitase que el “cómo festejar/y/o/celebrar/y/o/ conmemorar”  estuviese sujeto a los humores y biorritmos con que se levanta cada mañana un señor con peculiares conductas que hablan de insania mental. Pero de eso bien sabe Banjército, ya qué.

Y, del otro lado, curiosa posición ética del señor director de “El Infierno”. ¿Cómo estar en desacuerdo con la idea de celebrar/y/o/conmemorar/y/o/festejar, insistir en el dichoso “no hay nada que celebrar” y entrarle a un concurso “oficial”, para promover de manera “oficial”, el cine del año de las conmemoraciones, y recibir un dinero “oficial”, que, si bien no resuelve las cuantiosas necesidades de una producción cinematográfica, sumado a los muchos otros inversionistas, ayuda (al hacer una película no hay lana que esté de más), pues cómo no?

Hace ya rato que nos acostumbramos a que en los periódicos, entre notas y opiniones, se asegure que 2010 ha sido el año más violento de este régimen.  Y razones no faltan. Hay muchas historias reales, que, sin tener que llegar al tono de farsa que a ratos tiene “El Infierno”, dan cuenta del crimen, de la impunidad del imperio de la ilegalidad y de los pequeños, medianos y grandes infiernos que se viven en lugares como Ciudad Juárez o  Tamaulipas.  Por eso, precisamente, “El Infierno”, resulta políticamente correcta. Por eso, precisamente, su director, desde el principio la arrojó al mundo como una película “de protesta” dotando de nuevo sentido aquella curiosa expresión de principios de los años setenta. Por ello, precisamente, armó un pequeño revuelo por la clasificación del filme, pataleando porque desde la Secretaría de Gobernación se clasificó a “El Infierno” para ser vista por adultos, en contra de la opinión de Luis Estrada, que pedía, al menos, fuese “para mayores de 15 años”, alegando, carajo, que hay en la película un “mensaje” para los jóvenes.  El que haya visto “El Infierno”, no necesita ser muy inteligente para darse cuenta de que NO es una película que puedan ver por su cuenta y riesgo jovencitos como “El Diablito”, personaje de la historia. Los adolescentes que vemos en estas dos horas, lo que saben de la vida es que quieren ser unos “chingones”, como sus padres, amigos y parientes dedicados a diversas actividades criminales, que le piden a su tío que, cuando se muera, le hará un monumento funerario tan espléndido como el que le hizo a su padre, un sicario muerto. ¿De veras cree el sñeor director de “El Infierno” que todos los adolescentes  tienen conciencia social, tienen ya criterios sólidos para distinguir lo bueno de lo malo, lo legal de lo ilegal, y la miseria profunda del destino de los sicarios?  El comportamiento y los valores de estos chicos personajes de la película son hasta más impactantes que la imagen del escudo nacional bañado por la sangre del capo convertido en alcalde, balaceado por el Benny.

Si tienen ánimo, tiempo, ganas y disposición, pueden tomarse una Coca-Cola para no dormirse y autorrecetarse la entrevista que Ramón Alberto Garza le hace a Luis Estrada acerca de “El Infierno” y que viene en los extras de la versión en  DVD de la película. Es una entrevista malísima por aburrida -la neta, creía mejor entrevistador a Ramón Alberto Garza, a mí me tomó tres noches ver la entrevista sin quedarme dormida- pero ahí pueden ver en versión extensa los argumentos del cineasta Estrada.

Entre tanta corrección política y crítica en una película que NO ES un documental, que va del humor negro a la reproducción ácida de situaciones que a menudo se leen en periódicos chilangos y no chilangos, la  Academia Mexicana de Ciencias (?) y Artes Cinematográficas decidió ser, igualmente, políticamente correcta,  y decidió otorgarle a “El Infierno” los Arieles a: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor (Damián Alcázar, El Benny, otra decisión que se me antoja incomprensible), Mejor Coactuación Masculina (Joaquín Cosío, el formidable Cochiloco que se lleva la película), y Mejor Edición, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Arte (¿¿y las formidables reconstrucciones de época de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” y de “El Atentado”??), Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Especiales.  Nueve Arieles, nada menos, como trofeo a la corrección política y a la afirmación de que, efectivamente, “no había nada que celebrar”; y como nunca hubo estrategia mediática que consolidara la idea de que SÍ había algo qué celebrar, así se quedaron las cosas en los Arieles.

En este punto también hay que decir que una película del Bicentenario se llevó el Ariel al mejor Largometraje Documental: “La historia en la mirada”, de José Ramón Mikelajáuregui y producida, orgullosamente, por la UNAM-

Me consuela unas migajas que el Ariel a la Mejor Música Original se le entregó a “Hidalgo, la historia jamás contada”; disco del todo recomendable y que se debe al talento de Alejandro Giacomán.  Pero las nominaciones eran muchas y se las merecía esta espléndida película que demuestra cómo, en el siglo XXI, hay actores, productores y directores que pueden intentar con éxito un acercamiento diferente, antisolemne y gozoso a los padres de la patria. Todo eso significaba la nominación de Demián Bichir por su desempeño como Hidalgo, y las nominaciones de la película por Mejor Actor, Mejor Coactuación Femenina, Mejor Coactuación Masculina, Mejor Edición, Mejor Música Original y Mejores Efectos Especiales. Y tampoco entiendo porqué no se nominó a Mejor Película.

“El Atentado” consiguió nominaciones por Mejor Fotografía, Mejor Vestuario y Mejor Diseño de Arte, Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Especiales. Si el jurado de la Honorable Academia hubiese sabido milagros y andanzas del peculiar don Federico Gamboa, tal vez Daniel Giménez Cacho se hubiese llevado una nominación por su encarnación del apasionado pero medroso “Pajarito”. Esta película, que ahora en DVD muestra unos excelentes materiales extras y un muy elogiable detrás de cámaras, se merecía mejor suerte y mejor recepción del público. Su recreación de la novela de Álvaro Uribe, a su vez recreación de uno de esos extraños episodios de la historia del porfiriato, me parece, ahora y gracias al DVD una película que, ojalá, ganara los adeptos que la taquilla no le concedió.

“Chicogrande” obtuvo nominaciones por Mejor Película, Mejor Director, Mejor Coactuación Masculina, Mejor Actuación Revelación, Mejor Fotografía, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Arte y Mejor Maquillaje.

En fin, que este ha sido el destino de las películas del Bicentenario que le entraron a los Arieles. “Héroes Verdaderos. Episodio 2: la Independencia”, por los extraños relajos internos y financieros que se trae White Knight Creative Productions, ni siquiera se inscribió, y conste que era el único largometraje animado, dirigido a público infantil y juvenil, vinculado a las conmemoraciones. El colmo de los colmos, o los efectos de la maldición bicentenaria, como le quieran ustedes llamar, es lo ocurrido con “El Baile de San Juan”, otra de esas películas que se ganó una lanita en la convocatoria de Conaculta, y que, se aseguró en repetidas ocasiones, se estrenaría más bien en octubre. A la hora de la hora, se acabó 2010 y nada. “El baile de San Juan” se estrenó hará cosa de un mes o dos, y pasó absolutamente inadvertida. Insisto, son cosas de la maldición bicentenaria. Ha de ser por eso que, dentro de un siglo, cuando los historiadores anden averiguando qué diablos hacíamos den 2010,  y busquen en los periódicos de 2011 los rescoldos de las conmemoraciones, se encontrarán conque “El Infierno” fue premiada como ejemplo de corrección política, como reflejo de un entorno de desánimo colectivo, como expresión de un sector de la sociedad que estaba convencida de que “no había nada que celebrar” y como amarga crónica de los días que vivimos; como la muestra de que el derecho de decir que “se está hasta la madre”, como se ha puesto de moda afirmar, puede estar por encima de la creación cinematográfica que ilumina y enamora la mirada de los cinéfilos.




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