Archive for the 'Conmemoraciones históricas' Category

28
Feb
13

Presentamos hoy, jueves 28, nuevo libro: “Benito Juárez. Historia de un mural”. ¿Me acompañan?

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Suspendo por un rato mis textos acerca del centenario de la Decena Trágica. Y el motivo bien lo vale. Hoy jueves 28, a las 11 de la mañana, presentamos esta publicación conmemorativa de los 40 años transcurridos desde que se develó el mural de don Antonio González Orozco.

Es interesante la biografía de este mural, muy probablemente el más conocido por los mexicanos nacidos en los últimos cincuenta años, en lo que respecta a representaciones de Benito Juárez. Eso es lo que lo hace muy importante. Mis indagaciones me permiten generar cifras estimadas. Con datos duros, puedo afirmar que se ha reproducido al menos ¡167 millones y medio de veces en portadas de libros, de libros de texto gratuitos, de separadores, de carteles que alguna vez  se distribuyeron en los salones de  clase de primarias y secundarias públicas!

Esta es una publicación que ha sido posible gracias al apoyo de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos; que recupera memorias y recuerdos; pedacitos del pasado reciente que tiene que ver con uno de los iconos importantes del pasado mexicano. Un Juárez que durante 17 años acompañó niños a la escuela; por eso, un Juárez tal vez menos adusto, más cercano a esos muchachitos a quienes les serviría saber mucho más del personaje. De esto y de varias cosas cercanas es que hablamos mañana.

Gracias por estar, y ojalá nos acompañen mañana al Castillo de Chapultepec. Le toca libro al que vaya.

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22
Feb
13

La última fotografía de Pancho Madero.

MADERO LLEGA A PALACIO NACIONA 9 FEBRERO 1913

Hurgando en los materiales que resguarda la Fototeca Nacional del INAH, me encuentro con varias tomas de los momentos en que el buen Pancho Madero cabalgó, rodeado de los cadetes del Heroico Colegio Militar, un respetable montoncillo de ciudadanos entusiastas mas su obligada dosis de mirones, hacia el Palacio Nacional, la mañana del 9 de febrero de 1913, después de enterarse de la intentona golpista que, en su primer round, dejó acribillado, a las puertas de Palacio, al general Bernardo Reyes, para dolor eterno de su hijo Alfonso. Don Pancho se despidió de su Sarita, que no lo volvió a ver vivo, y se fue ladera abajo, convencido de que, como representaba al bien, no tenía manera de no perder. Una dura contrastación con la realidad, hace un siglo, demostró que no siempre los buenos ganan.

Varias de estas tomas, que dan cuenta de la cabalgata de don Pancho tienen una leyenda, que no por inexacta falta a la verdad: “última fotografía tomada a Francisco Madero”. Inexactas, porque hay varias imágenes del trayecto. No faltan a la verdad, porque nadie volvió a tomarle una foto al buen Pancho Madero. En su cautiverio, en la oficina que era la antigua Intendencia de Palacio Nacional, se dio tiempo para dedicarle una fotografía, en atavío oficial, a uno de sus salvadores durante el tiroteo que el 18 de febrero ocurrió en el Salón de Acuerdos de Palacio, el capitán Federico Montes:

MADERO DEDICADA

Probablemente, por eso, la figura de Madero a caballo es una de las más reproducidas, recreadas y re-imaginadas de esos días de la Decena Trágica. Por eso, en un caso de valoración equivocada, atolondramiento y necedad, la estatua que del bueno de don Pancho nos regalaron las conmemoraciones de los Centenarios de 2010, no es la representación del Francisco Madero que “alevantó” la primera revolución y que promovió la democracia en este porfirista aunque cambiante país. Es, en puntada de mal gusto por la mala oportunidad, la representación del presidente en crisis que cabalga derecho hacia la muerte. No nos dieron al Madero de 1910, sino al de 1913.

En abono del difunto Alonso Lujambio, hay que decir que pudo haber sido peor. Fuentes bien informadas me indican que la propuesta del (des)coordinador de las conmemoraciones de 20910, que por aquellos días dirigía el INEHRM, quería, por uno de esos raptos de locura a los que es tan dado, hacer una estatua de Madero con Sarita, que reproduce aquella foto donde ambos están sentados y la bondadosa señora se afana en pegarle un botón de la manga de la chaqueta.  Mis fuentes bien informadas agregan que tras escuchar aquella puntada, Alonso Lujambio le pegó una arrastrada memorable al (poco) inspirado (des)coordinador. No porque se pretendiera despreciar el vínculo entre Francisco y Sarita, sino porque, aparte de escena completamente doméstica, que pertenece a la vida privada de los personajes históricos, a don Pancho no se le recuerda por lo mucho que quería a su “sarape”, como cariñosamente apodaba la gente del pueblo a la esposa del presidente, que firmaba como “Sara P. de Madero”. El inocente chiste de aquellos años se cuenta solo.

Esta misma imagen de Madero llegando a Palacio fue objeto del trabajo de los encubiertos fabricantes de fotomontajes, que en los días inmediatos a la Decena Trágica y al asesinato del presidente y del vicepresidente. Pusieron entonces, caminado al lado de don Pancho, a Pino Suárez de perfil y a algunos otros personajes, entre otros a Adolfo Bassó, intendente de Palacio, muerto con Gustavo Madero. Así, el creativo desconocido de 1913 quiso poner en el mismo escenario a algunos de los que morirían en esos catorce días, leales al régimen.

Capturado Madero, cada quien se ocultó como pudo, y los que lograron escapar lo hicieron. Alberto J. Pani y sus compañeros civiles,entre los que estaba Martín Luis Guzmán, se hicieron clandestinos; su última edición de El Honor Nacional, aquella hojita destinada a mantener alta la moral de las tropas leales al presidente, se quedó sin circular, de modo que nunca se supieron los términos exactos del artículo que un optimista Pancho Madero había dictado para que circulara ese 18 de febrero.

Me preguntaban, el otro día, en Historia en Vivo, quién, en mi opinión es el héroe de la Decena Trágica. Y pienso que todos los personajes de estos días tan oscuros son héroes, héroes trágicos. Desde los capitanes Garmendia y Montes hasta Manuel Márquez Sterling y Anselmo Hevia; desde Sarita Madero hasta Aureliano Blanquet y Victoriano Huerta. En algunos la tragedia tiene notables alcances, como en el caso de Gustavo A. Madero, de José María Pino Suárez. A Gustavo, que, desde hacía rato advirtió: “Pancho, nos van a matar”, hasta Pino Suárez, que se despidió de su familia el día en que su hija más pequeña cumplía años, y que, apenado por haber olvidado el regalo de la chiquitina, le compró toda su mercancía a un globero que pasaba, antes de irse para no regresar. Héroe trágico el propio Madero, agobiado por la culpa en sus últimos días, sabedor del terrible fin, a manos de soldados borrachos, que tuvo Gustavo. Héroes trágicos todos, hasta el morador del sepulcro del Panteón Francés de la Piedad, a unos metros de las que fueron las tumbas originales de don Pancho y don José María, cuyo nombre se ha caído de la hoy ya centenaria columna que lo adorna. Solamente nos queda la frase tallada en la cantera: “Murió en la defensa de la Ciudadela, el 9 de febrero de 1913”.

 

 

 

 

11
Feb
13

Gotas de historia y briznas de biografía: ecos de la Decena Trágica en el rumbo de la Ciudadela

Así lucía la Ciudadela en febrero de 1913.

Debo confesar que la Decena Trágica es un tema harto sensible para su servidora. Y lo es porque los escenarios de esos días, que en esta temporada se reproducen una y otra vez en periódicos, conferencias y coloquios, son los mismos escenarios de una parte de mi propia biografía. Como buena niña monstruo que fui, las calles que caminaba me decían cosas:  me aterraba con las tétricas leyendas novohispanas reloaded que se publicaban en un espantoso cómic de hace 40 años, y peor cuando caía en cuenta que el macabro suceso en turno “había” ocurrido a tres cuadras de mi casa, o en la plaza cercana, o en la iglesita cercana al Zócalo. A ratos era una verdadera pesadilla para mi padre, que no tenía claro que devoraba los feísimos comics aquellos gracias a la complicidad del más joven de mis tíos maternos, que adoraba y coleccionaba aquellas publicaciones.

Y si mi tío materno se caía con las historias de terror, mis jovencísimos tíos paternos no le iban a la zaga. Chamacos del Centro Histórico también, no eran vagos, sino vaguísimos, y, si entre semana yo no salía del apacible departamento de la esquina de Bolívar e Izazaga, donde las horas transcurrían con la suave alegría de la infancia, entre juguetes, libros, pleitos a golpes con mi hermano y laaargas sesiones de televisión, apenas marcadas las horas por las campanas de Regina, los fines de semana, sábados en concreto, éramos libres de vagar custodiados por los tíos, que aventaban las mochilas de la secundaria y de los primeros años de la prepa para andar por ese Centro que era nuestro territorio conquistado.

Los columpios, en Diagonal 20 de noviembre con Lucas Alamán; la compra de golosinas, en la vieja fábrica de La Giralda, en Chimalpopoca y Bolívar, donde olía a gloria hacia las 4 de la tarde; las carreras estilo perro salvaje en la Plaza Malpica, a las puertas del Registro Civil de Arcos de Belem; las horas largas de trepar, mirar y emboscarse transcurrían en el entonces parque de la Ciudadela, cuando no había rejas ni ajedrecistas ni danzoneros, sólo niños y adolescentes por carretadas, jugando al amparo de la mirada del Siervo de la Nación.

Debe haber sido en esos días que alguno de mis tíos me habló de la Decena Trágica. Eran tiempos, no tan lejanos, en que los restauradores aún no caían sobre los viejos edificios del Centro Histórico, para bien y para mal.  Ahí estaban las piedras viejas, algo raspadas, es cierto, descarapeladas, pero sólidas, desafiantes de la urgencia del presente. Así era el viejísimo edificio de la Ciudadela. “mira, aún tiene balazos en los muros”, me acuerdo que me dijo una vez uno de mis tíos. Y era cierto. Aún exhibía la construcción las huellas de la metralla. Y nosotros, que entonces no rebasábamos la primera década de existencia, mirábamos con la pertinente dosis de asombro, los rastros de los tiroteos.

Hoy, creo que lamentablemente para la honorable concurrencia que no llegó a ver aquellos muros agujereados, solamente tenemos una Ciudadela descafeinada: las obras de restauración que le han proporcionado un hogar a la Biblioteca México -madriguera, mucho tiempo, de José Vasconcelos- , al Centro de la Imagen y ahora, a la que parece sorprendente, Ciudad de los Libros, han transformado un sitio con muy mala prensa histórica, en un proyecto que, desde el momento que evita que maravillosas bibliotecas como la de don José Luis Martínez, vaya a parar a una universidad gringa porque acá nadie quiso comprarla, tiene mucho de bueno.

Pero ese descafeinamiento de la Ciudadela, qué quieren, no acaba de gustarme. Le pudieron haber dado su mano de gato sin eliminar las huellas de los tiros, sin rasparle el pasado, sin borrar la crónica muda de hace un siglo, para que nuevos ojos infantiles se asombren y se interesen por una de las mayores lecciones de historia viva de nuestro siglo XX: a la posible democracia se le defiende con ideas, pero sin inocencia, con buena fe pero sin ingenuidad. Cada elección, en este accidentado siglo XXI volvemos a ver asomarse la sombra de personajes que venderían a su madre por tres gramos de poder; cada mañana leemos hechos de sangre que se nos antojan bárbaros e inconcebibles porque se nos ha olvidado que hace un siglo las calles de la vieja Tenochtitlan eran escenarios de crímenes igualmente bárbaros. A ver si en este año, en esta misma plaza, los danzoneros, los ajedrecistas y los futbolistas -que no se han quitado de allí en cuarenta años- le hacen un lugarcito a alguna señal que recuerde que allí, hace cien años, al asesinar a Gustavo A. Madero, se cometió uno de los peores crímenes políticos de nuestro pasado.  No es una cosa de panismos o priismos o perredismos; es un simple recordatorio de que una sociedad que quiere -o al menos dice que quiere- ser mejor, no puede  permitir desastres como los que ya hemos vivido y que pareciera no deseamos recordar.

 

10
Feb
13

Huellas de la Decena Trágica: Don Pancho Madero celebra la constitución.

Don Pancho, el 5 de febrero de 1913.

Don Pancho, el 5 de febrero de 1913.

Esta foto se la tomaron al buen Pancho Madero el 5 de febrero de 1913.  Con todo y su gesto alegre, la verdad es que a su gobierno se lo estaba llevando el diablo.  Un par de días más tarde, su hermano Gustavo, mucho más pragmático y mucho más consciente del desastre político que vivían después de quince meses de gestión presidencial, le escribió a su esposa: la capital era un hervidero de complots antimaderistas y nadie, empezando por el gobierno federal, tenía capacidad alguna para frenarlos.

Ahí donde ven a don Francisco, caminando tan contento, después de conmemorar un año más de la promulgación de la constitución liberal de 1857, lo cierto es que se había salvado por los pelos de un atentado. Ahora sabemos, por la correspondencia de Rafael de Zayas, uno de los civiles involucrados en las conspiraciones, hijo del escritor Rafael de Zayas Enríquez, que el golpe se produciría allí, en el Hemiciclo a Juárez. Las tropas rodearían al presidente, y, sin más preámbulo, lo fusilarían allí mismo, a él y a los integrantes de su gobierno. Y así lo hubieran hecho de no ser porque Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz, generales ambos, se apersonaron en la base de los conjurados para convencerlos de que aún no era el momento adecuado. Cuenta De Zayas que Gregorio Ruiz, incluso, prometió que, en breve, los llevaría a la victoria.

Ruiz tuvo algo de razón, pero en lo fundamental se equivocó. Es cierto que, al final, los rebeldes hicieron caer al régimen maderista, pero no fue en presencia del general Ruiz. Días después de prometer gloria y triunfo a sus cómplices, lo fusilaron por mandato de Victoriano Huerta, como secuela de la primera refriega del 9 de febrero. Herido el  leal Lauro Villar, Madero encomendó a Huerta la jefatura militar de la plaza. Una de las primeras cosas que hizo fue mandar a Ruiz al paredón. Era una manera eficaz de eliminar cualquier detalle que lo vinculara con los golpistas, quienes, aún cuando se habían acercado al general jalisciense, al lado de su nombre, en la lista de los que se unirían al cuartelazo, habían apuntado; “no está seguro”.  No contaban con él con certeza. Pero finalmente, Huerta resultó más habilidoso que todos, porque la traición, como la política y la carambola de tres bandas, requieren de inteligencia y audacia, y de cierta dosis de perversidad. El pobre de don Pancho tendría ocasión de aprenderlo. Lástima que lo aprendió de la peor manera posible: en calidad de víctima.

 

 

22
Feb
12

El jueves 23 presentamos el libro nuevo. ¿Me acompañan?

16
Ene
12

Más sobre la Estela de Luz: El pequeño monstruo de la calle de Lieja busca a su padre.

Ya sabemos que la Estela de Luz es capaz de hacer muchos firulines; por su bien esperemos que conserve la sobriedad

Aclaro que yo no le puse el sobrenombre. Trágicamente, se lo puso su padre originario, el arquitecto César Pérez Becerril. Lo que empezó en 2009 como  el Arco del Bicentenario, se transformó en la Estela de Luz y, después, más de media docena de opinadores y columnistas inspirados le acomodaron diversos remoquetes, como la “Estela del Oso” -innecesario explicarlo- la “Estela de la Corrupción”, la “Estela de la Opacidad”, que han derivado en otros francamente repelentes, como “La Estela de Pus” (¡carajo!), hasta llegar al muy humillante  “La Suavicrema” (que no digo que no sea acertado; nomás acoto que es de una insolencia escandalosa para un monumento que pretende ser cívico-histórico).

Cuál es la novedad de que se le ponga apodo a una construcción, dirán algunos. Incluso, a veces los sobrenombres surgen de los círculos de ingenieros o arquitectos.Así, es sabido que en Santa Fe existe “El Pantalón”, y que la Torre de Mexicana, en la colonia del Valle de la ciudad de México, ha sido definida como “La Licuadora”.  En Monterrey hay un edificio mejor conocido como “El Servilletero”… y de esculturas, no se diga. Ese espléndido escritor que fue el antropólogo Jaime Litvak King, muerto en 2006, se refería a la escultura que estaba afuera de la antigua Torre de Ciencias de Ciudad Universitaria -después Torre de Humanidades II- como “la campamocha”, y bautizó a la peculiar escultura colgante de la Biblioteca Nacional como el OSNI (Objeto Suspendido No Identificado. Ahora recuerdo que hace como unos 20 años casi me sacan a patadas de la biblioteca por haber recordado el sobrenombre, en voz alta, durante una visita guiada a la venerable institución). La pequeña diferencia es que ninguno de los edificios y esculturas antes mencionados es, o tiene la misión de ser un monumento cívico-histórico. Ahí radica lo corrosivo de reducir a la Estela de Luz  a la vulgar pero multimencionada “Suavicrema”. Pero ese es el primer paso para que el monumento tenga un destino diferente al que pensaron sus creadores y sus re-creadores: llamarla “Suavicrema” es desacralizar su origen, arrebatarle cualquier viso de solemnidad que, después de tanto fandango, aún pudiera tener.

La lluvia de sobrenombres despectivos nos muestra que, en principio, la Estela de Luz no parece tener el aprecio colectivo. Un verdadero caso para Mary Shelley, porque ni siquiera el creador del proyecto arquitectónico le reconoce su linaje: fue bautizada, hace meses,  como “pequeño monstruo” al calor del agarrón entre el arquitecto Pérez Becerril y el secretario Alonso Lujambio y el director de la constructora Triple I. Y lo de “pequeño monstruo” viene del hecho que, según el arquitecto, el proyecto que fue premiado por el “comité de expertos” al que aludió el sábado 7 el presidente Felipe Calderón, ha sido mutilado, deformado y cercenado de fea manera en algo que algunos entendidos en arquitectura consideran una “solución ingenieril” más bien tosca, decidida a levantar los 104 metros de estructura metálica, forrados del carísimo cuarzo brasileño, a como diera lugar.

Figuritas van, figuritas vienen. No extraña que la gente tome a chunga las capacidades gráficas de la Estela de Luz

Al grito de “la levantamos porque la levantamos”, la Estela de Luz es ya una realidad, y pese a todas las pataletas que su hechura ha provocado, lo cierto es que resultaría absurdo tumbar  mil 35 millones de pesos porque es opaca, porque les parece fea, por todos los esqueletos que tiene en el closet o por lo que se le dé la gana a la respetable concurrencia. Pero a lo que aspiramos muchos es, por lo menos, que nos expliquen qué demonios pasó para que este monumento tenga una historia tan controvertida que ni su propio creador quiere reconocer su paternidad.

Y es cierto: durante la entrevista que el arquitecto César Pérez Becerril concedió al periódico Reforma para el anuario 2011 que dio a conocer el pasado lunes 9 de enero, el autor del proyecto seleccionado como ganador de entre los 39 presentados fue categórico: no desea ser retratado junto a la maqueta que presentó en aquel primer semestre de 2009: “Sería una falta de respeto”  -le dice al reportero Jorge Ricardo- “…que me tomara una foto con un proyecto que está cercenado, modificado y desvirtuado; sería una humillación aparentar que se avala la construcción de una estructura de metal y cuarzo que representa el 10 por ciento de un proyecto que consideraba una plaza de 34 mil metros cuadrados”. En suma, el arquitecto niega la paternidad de la Estela de Luz, argumentando que, para empezar, la Suavicrema existe despojada de la Plaza Bicentenario, que significaría el completo “reordenamiento” de ese espacio por el cual,  como dice el querido amigo de este Reino, don Antonio Fuentes, de noche no se anima a pasar ni siquiera el conde Drácula.

Ya bastante bronca era que el arquitecto Pérez Becerril hubiera tenido que estar junto al secretario Lujambio en aquella rueda de prensa de 2010, para apechugar y anunciar públicamente que la Estela de Luz no estaría lista para ser inaugurada el día del Bicentenario, repitiendo el festejo de 1910, cuando don Porfirio, acompañado de su gabinete y de millares de mexicanos de a pie, inauguró la columna de la Independencia. Entre tantos pleitos como ya aderezaban las conmemoraciones en julio de 2010, que el monumento bicentenario no estuviese acabado para la fecha necesaria ya no era ninguna noticia, pese a que, a la menor provocación el (des)coordinador de los festejos, el director del INEHRM,  jurase que el asunto del armado de la estela era un rollo muy sencillo que en dos patadas quedaría listo para que el presidente Calderón pasara a la historia luciendo por todo lo alto al cumplirse los 200 años de que el padre Hidalgo llamara al mitote insurgente.

¿Veremos a la Estela de Luz ponerse de mil colores en cada festejo y/o ocasión de contento?

Pasó el Bicentenario del inicio de la Independencia, pasó el centenario del inicio de la Revolución, y de la Estela de Luz, ni sus luces. A ratos se veía alguna actividad en el terreno bardeado, y cada tanto se armaba algún leve alboroto en torno a las cuentas pendientes de las conmemoraciones. Hasta que el 18 de julio del año pasado, el arquitecto Pérez Becerril apareció una mañana en la televisión para denunciar una campaña de desprestigio en su contra, dirigida, aseguró, a achacarle todas las responsabilidades, en materia de proyecto, de atrasos, de malos cálculos, de olvidos de estudios esenciales, todos estos factores decisivos en el atraso de la obra conmemorativa.

En el tono y con la ira contenida propios de quien lleva un muy buen rato peleándose con gente que ya lo tiene hasta el absoluto gorro, Pérez Becerril, encima, denunció presiones de la Secretaría de Educación para que no diese a conocer hechos, incidentes y procedimientos que, si bien aún no sabemos plenamente sean resultado de la corrupción, se parecen bastante.  Denunció errores en la compra de los materiales de construcción, mañas poco disimuladas en el proceso de adjudicación de la obra y el hecho de que le hubiesen negado la dirección arquitectónica de la obra -una tarea que, prácticamente en automático corresponde al autor del proyecto- y además le impidieron el acceso al terreno que una vez fue pensado para el espacio de una “pata” del soñado Arco del Bicentenario y que, en las condiciones actuales es el emplazamiento de la Estela de Luz.

La Secretaría de Educación y Triple I Servicios respondieron, pasado el shock inicial de verse denunciados y balconeados en cadena nacional televisiva, contraatacaron asegurando que la bronca se debía a que el arquitecto Pérez Becerril había entregado un “proyecto inviable”, que en buen español significaba que, con las estimaciones del proyecto original, la Estela de Luz no sólo tenía problemas normativos, sino que, como dijo algún entendido en esas cosas, iba contra las mismísimas leyes de la física: era inconstruible.

Trenzados como estaban en exhibirse mutuamente arquitecto e instancias de gobierno, aderezados por la gentil colaboración del diputado del PVEM, Pablo Escudero,  que, conciencia incómoda y pertinaz, no exenta de interés político, muele y muele con la exigencia de la rendición de cuentas sobre los dineros gastados en el bicentenario proyecto, se generó un clima de encono y pleito  mediático tal, que se quedaron afuera unas cuantas preguntas que podrían ayudar a aclarar el origen de tan formidable desmadre:

  • Esta le toca a la SEP: si es cierto que el proyecto de Pérez Becerril era “poco viable” (forma elegante de decir que el proyecto no servía para nada en términos de su solidez) ¿qué responsabilidad tiene el “comité de expertos” que premió la propuesta? Había arquitectos entre el jurado. ¿Es que nadie se preguntó por la solidez de los cálculos? ¿Nadie pidió una revisión ni una asesoría, que hubiera ahorrado bastantes milloncitos?
  • De lo anterior se infiere, en caso de ser ciertas las acusaciones de la SEP y de Triple I Servicios, ¿lo que se premió fue simplemente la maqueta? Esa sola hipótesis me da escalofríos.
  • Por otro lado, el arquitecto Pérez Becerril debería, además de reiterar sus acusaciones acerca de la presunta campaña de desprestigio, no ha hecho suficiente campaña para defenderse de tan grave acusación. ¿será posible que en su despacho no haya calculistas competentes? ¿Nada hubo en el anteproyecto entregado para el concurso que hiciera levantar una ceja, con duda, al ilustre jurado?

¿Bastarían los cantos y los globos blancos para ahuyentarle el mal fario a la Estela de Luz? Hasta el momento, me parece que no.

Durante meses, circularon abundantes y ácidas descalificaciones al trabajo hecho por el arquitecto Pérez Becerril, provenientes de muy diversos sitios.  Vacas sagradas de la ingeniería civil mexicana, como Javier Jiménez Espriú, ex director de la facultad de Ingeniería de la UNAM o el profesor emérito de la misma institución, el ingeniero Neftalí Rodríguez Cuevas llegaron a plantear que la obra debería suspenderse. Claro que para esas alturas ya resultaba demencial salir conque toda la lana invertida en la excavación y en la cimentación podía irse al caño. Entrevistado por el periódico reforma, en mayo de 2011, Rodríguez Cuevas planteaba una situación que le pondría los pelos de punta a cualquier funcionario encargado de una obra pública: parecía, con su relato que estaríamos ante una historia digna de haber salido de la cabeza perversa de Alfred Hitchcock. Les dejo el primer párrafo de aquella entrevista concedida al reportero Jorge Ricardo, y que no tiene desperdicio:

“Como arquitecto, César Pérez Becerril, el autor del Monumento del Bicentenario, es un gran patriota”, afirma el profesor emérito de la Facultad de Ingeniería de la UNAM Neftalí Rodríguez Cuevas: “se empeñó en que los ocho tubos de acero de la Estela de Luz fueran de 81 centímetros de diámetro. Le demostramos que debían ser de 1.21 metros, y no aceptó. Cuando le preguntamos de dónde había sacado los 81 centímetros, respondió que era por 1810, pero sin el 1 ni el 0. Al final, han quedado de 91, ya se imaginarán por qué”.

El problema es que, a la fecha, Pérez Becerril no ha confrontado directamente a personajes tan notables en el mundo de la industria de la construcción. Ha preferido la batalla mediática, aliado al diputado Escudero, y en el barullo informativo de los últimos días ha trascendido que entablaría una denuncia penal en contra del Fideicomiso del Bicentenario, es decir, agarraría parejo con todos los funcionarios públicos, que en la parte de la administración financiera, fueron los responsables de cuanto peso se gastó en las conmemoraciones de 2010. Si se gastaron hasta 50 pesos en una caja de comida para perros, ahí debiera aparecer. Nada más y nada menos son ellos a quienes apunta Pérez Becerril. Del otro lado está el director de Triple I Servicios, que en los últimos días del año, advirtió que, nomás entregando la mentada Estela, estaba dispuestísimo a demandar a Pérez Becerril por los daños que le ocasionó a Triple I. Y, para rematar, mientras se anuncia que el 20 de febrero se darán a conocer los resultados de las auditorías al proyecto, resulta que la Estela-Suavicrema también se pasó por el arco del triunfo -y quizá no había sido aplicada esta metáfora en mejor coyuntura- los estudios de impacto ambiental. Y eso que todavía no hablamos de lo que acaba de pensar la gente acerca del pequeño monstruo de Lieja y Paseo de la Reforma, que en las circunstancias presentes se exhibe, huérfana, a la atención de los curiosos.

28
Nov
11

Para los amigos: “Así eran mis libros…” Muchas historias por contar.

  Hay muchas historias del pasado que ya ha dejado de ser reciente, pero que aún no ocupa espacio en el mundo de lo antiguo, y que merecen ser contadas. Y lo que cuento en “Así eran mis libros…” La colección pictórica de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, es una de ellas. Es un libro de recuerdos, de memorias, de cómo una imagen le devuelve la infancia a muchos mexicanos. De cómo es que recordamos y conservamos algunos de los días más felices de la existencia: los días de escuela, cuando los ha habido con tranquilidad y estabilidad. Ojalá todos pudieran tener buenos recuerdos de esos días; pero el pasado, para que sirva de algo, mientras menos idílica su reconstrucción, mejor. Pero este es un libro donde hablo de buenas intenciones y de gente que estuvo decidida a concretar  ideas que llevaban rumiando alrededor de medio siglo, en el mejor de los casos, y que habían escuchado de labios de sus maestros o de sus amigos.

El libro de texto gratuito, como fruto del diseño de políticas públicas, como garante de la gratuidad educativa, como continuador de un proyecto educativo que, duélale al que le duela, habla de una visión del mundo que muchos asocian a lo que de revolucionario haya habido en los movimientos sociales y armados ocurridos en este sufrido país entre 1910 y 1921, es una realidad que aún inquieta, irrita, molesta a algunas buenas conciencias. Pero el libro de texto gratuito es una gran cosa, perfectible, con temas y puntos sujetos a discusión, pero que muestra, entre otras cosas, uno de los mejores proyectos del Estado mexicano, y, por cierto, es la muestra de que, cuando una política social demuestra sus beneficios, hasta los vaivenes de la alternancia puede soportar. Acá les comparto la portada, ya empezamos a hablar de estas y otras cosas, guardadas en el cibertintero, mientras  escribía estas historias de imágenes y libros.




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