Archive for the 'DIAS BICENTENARIOS' Category

01
Ene
11

Se acabó el año de los Centenarios…

Y salimos con vida… o al menos eso parece. Accidentado, pero lleno de cosas buenas, nuevas, de gente querible en el aquí y en el ahora. Muchas cosas buenas, y más cosas buenas y mejores por hacer, por emprender, para todos los que visiten este Reino, para todos los que lo han visitado, gracias y pasen, acomódense. ¡Cuántas historias buenas podemos seguir contando! Cuántas dosis de risa podemos seguir aplicando al absurdo cotidiano que acecha a la vuelta de la esquina, cuántas muestras de la deliciosa condición humana podemos seguir consignando….

Se va el año de los Centenarios, no volveremos a ver fotos del perro Bicentenario, a menos que demos con el ritual preciso para invocarlo. Aún leeremos en el movido año que será 2011, secuelas e historias, que van desde lo inocente hasta lo torcido y macabro… pero aquí estamos, aquí estaremos. Para contar historias con minúsculas para engrosar la Historia con mayúsculas; para recordar y demostrar cada mañana que las ideas también son acción y para comprobar que Dios, o la providencia o el destino ciega a los que quiere perder. Y a los que cada día buscamos la manera de ganar la jornada, que el destino o la providencia nos acompañe.

Feliz año, acá seguimos.

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29
Dic
10

La persistencia de la memoria: el retrato de doña Josefa

Estas son las cosas que nos susurran, perversamente y al oído, que este asunto de las conmemoraciones exigía la hechura de un Manual de Conmemoración Básica Tomo 1, para que luego no saliéramos con cosas como esta:  Héte aquí que he logrado completar una colección de moneditas de cinco pesos, conmemorativas del Bicentenario y el Centenario. Un golpe de suerte puso en mis manos, de un jalón, la moneda de don José María Pino Suárez y de doña Josefa Ortiz de Domínguez (que los dioses de los centenarios bendigan a las chavas del Starbucks de Guanajuato). Despues de dar tres saltos de conejo de puro contenta, me puse a examinar las monedillas en cuestión, y, aunque ya sabía que no son un dechado de proporción y corrección iconográfica (Álvaro Obregón es muy poco reconocible, el sombrero de Zapata es desproporcionadamente grande, etc, etc. etc,) y aún cuando sé que raramente volveremos a ver un retrato de Pino Suárez tan bueno como el gran retrato que su familia donó al renovado Museo Nacional de la Revolución, la moneda hace que me ponga a pensar si, por morbo, valdrá la pena preguntar al Banco de México quién fue su genio creador.

Porque la monedita de la Corregidora, oh, amigos míos, de repente me arroja la certeza de que muchos esfuerzos se han ido al caño, con cosas como estas: o mucho me equivoco, o, en un acto de haraganería mental y material, en Casa de Moneda no se dignaron crear un nuevo troquel para esta moneda: Josefa Ortiz de Domínguez sigue siendo la señora más que sesentona que conocí en mi cada vez más lejana infancia, en las monedas de cinco centavos. Ha valido gorro que digamos en todos sitios y todos lugares que, en los días de la agitada rebelión desatada por Hidalgo, doña Josefa rondaba los cuarenta años y, cuentan era de no malos bigotes, además de su fama de “seductora”, aplicada la palabra en el sentido antiguo, es decir, propagandista de la causa insurgente.

Pues no. Ni  siquiera porque se ha llamado la atención sobre esa bonita figura de Corregidora joven, con su coqueto vestido imperio, allá en una céntrica plaza queretana, esa bonita Corregidora joven erigida hace un siglo (o sea, allá sí hicieron su tarea en su momento), más cercana a cómo pudo haber lucido , con todo y sus catorce hijos, doña Josefa. La vimos rejuvenecida en las imágenes de Benjamín Orozco, hechas para la Coordinación Ejecutiva etc., etc., etc., federal de las conmemoraciones de 2010. Cierto es que ese hermoso retrato perdió mucho cuando mi querido amigo Benjamín emplastó el óleo del cabello de la joven señora, pero a estas alturas, ya qué se puede hacer. En “Héroes Verdaderos” insistimos en que se dibujara y animara a una Corregidora joven de voz aterciopelada -que por cierto, pertenece en el reino de todos los días a doña Jacqueline Andere-. O sea, todo eso le valió un cacahuate a la Casa de Moneda, como tantas otras cosas: Xavier Mina, en su moneda, sigue siendo “Francisco Xavier Mina”, y aunque rescataron personajes importantes, chihuahua, otra vez, tenemos a esa Corregidora entrada en la vejez, como la viejita sentada en su sillón, con su chal en las piernas y otro sobre los hombros, allá en la plaza de Santo Domingo. Que seguramente es la imagen que los chilangos de hace 190 años tenían de la buena señora. Finalmente, todos llegaremos un día a esas situaciones, pero, en materia de conmemoraciones Básicas [Tomo 1], digo yo, ¿por qué nadie quiso rescatar a esa mujer aún joven que conspiraba, cuentan los testigos, con todo su empeño? Pura flojera mental, caray, ganas de no espantar a las musarañas que aún anidan en el cerebelo de unos cuantos. Pero no hay que olvidar a esa mujer que todavía porta una antorcha en una coqueta placita de la ciudad de Querétaro. Vital y enérgica, como es más sano y emocionante y espléndido recordarla.

28
Dic
10

Los últimos tragos musicales del año de los centenarios (y aún hay más)

Espero que dentro de muy poco, los historiadores, los periodistas y algunos seres pensantes que anden por aquí dejemos el recuento de anécdotas, y comencemos a mirar con otros ojos las puntadas, dichos, osos, desastres y pachangas del año de los centenarios. Los que hayan de ocuparse de las auditorías y pedir las explicaciones pertinentes a por qué ciertos aspectos de las actividades conmemorativas, en particular las vinculadas a la idea de “lo oficial” y/o lo “gubermanental”, aún tienen un fuerte olor a inmenso desmadre pintado de verde, blanco y rojo, tendrán que hacer acopio de papelitos, testimonios y explicaciones que vayan ustedes a saber qué tan sólidas resulten, pero para eso, amigos míos, sólo nos queda arrimarnos una silla, acomodarnos para ver el numerito y poner en el microondas las palomitas (de sabor limón, plis), porque el espectáculo va a ser fenómenal. Seguro que vamos a leer declaraciones dignas de aparecer en la revista Frenia.

Entonces, con esas maravillas que hoy permite hacer la multidisciplina o la pluridisciplina -asunto que a veces se me hace que los historiadores acaban de descubrir- podrán desarrollarse interesantes análisis acerca de los discursos conmemorativos que labramos durante este año; qué quisimos decir, qué logramos, en qué nos tropezamos y en qué hicimos el ridículo. No faltará el bloguero o su versión correspondiente del siglo XXII que, al leer nuestras andanzas y pleitos opine, con palabras nacidas del corazón: “Bueno, ¿¿qué se metían estos??”

Esa es la segunda parte del “ejercicio de reflexión” por el que muchos se la pasaron chillando y pataleando buena parte del año, y que seguramente va a arrojar algunos resultados llamativos, por decir lo menos. Por lo pronto, aún con las manos llenas de barra tricolor y con camiseta bicentenaria, pareciera que aún no se nos pasa la impresión (o el susto). Pero el embate del “México Real” (que no les cuenten: esa expresión la inventó don Pepe Fonseca; no fue ni Pepe Cárdenas ni el querido Joaquín López Dóriga, mucho menos Ciro Gómez Leyva;) es fuerte y apabullante. Una rápida ojeada a los periódicos y a los noticieros del día muestran que la realidad es perra y que la huella de las celebraciones-conmemoraciones-festejos-pachangas del Bicentenario y el Centenario empieza a desdibujarse demasiado pronto, abrumada por los secuestros de migrantes, por los asesinatos impunes de mujeres que lo único que deseaban era justicia para una adolescente muerta, por las calles incendiadas en San Martín Texmelucan. Bastantes cosas importantes de verdad, como para que resulte explicable por qué se nos pasó inadvertido el destino final del canijo perro que se estaba descongelando en Guadalajara dizque como conmemoración del Centenario de la Revolución y en qué acabó la reunión entre la escuincla gigante y su tío el gigante que dizque enterró Hidalgo (juar, juar), antes de pelarse de Guadalajara, entre el humo y el desastre de Puente de Calderón. El numerito, nos dicen, fue admirado por tres millones de cristianos, entre los cuales NO nos contamos (ni nos contaron) los chilangos, los michoacanos, los veracruzanos y, en general, nadie que no estuviera en Guadalajara. Padrísima estrategia para algo que quería ser un festejo nacional. La neta es que nos tenían con un pendiente…

La semana pasada se acabaron en la ciudad de México las presuntas actividades conmemorativas de 2010, con el asunto de la megapantallota que, OTRA VEZ, intentaba narrar la historia nacional en formato multimedia, allá en la ex Refinería que, a lo mejor un día, toda la gente conocerá como Parque Bicentenario. Como ya lo vi una vez, no me ocupé demasiado del tema, y menos para ver a cierto cantante de ranchero que, posiblemente a causa de su amistad con el señor que trabaja de presidente en este país, acaba el numerito en la megapantalla cantando (otra vez, carajo, no se saben una canción diferente) “México Lindo y Querido”.

Pero, poco a poco, recuperamos los rastros de la travesía. Folletos, imágenes, videos, curiosidades, chácharas en el sentido más simple del término; desde las moneditas hasta la vajilla Bicentenario, desde la pluma cara hasta el tequila, del vino con historia -de Dolores o de Coahuila- Música de ayer y de hoy; la que sobrevive, la que dentro de tres meses será carne de rebaja, la desechable, la perfectamente olvidable (shalalalalaaaaaa). Por lo pronto, documentamos nuestra vena arquelógica (del saber) con las docenas de chácharas que con la etiqueta bicentenaria y/o centenaria aún circula por estas calles de Dios.

Esta vez me  he encontrado con una curiosidad discográfica que tiene por nombre Bicentenario. Voces celebrando a México, que se debe a la persistencia del compositor Rubén Zepeda, que, según me entero, sacó este disquito a fines de noviembre de este año, donde participan muchas estrellitas del pop mexicano cuyos estilos y tesituras embonan con los modos mercadotécnicos de la industria musical del momento. Y digo que es un asunto de persistencia porque eso es lo que tuvo el señor Zepeda para sacar su disco, con el sello Fonovisa, después de que la Coordinación Ejecutiva de las Conmemoraciones de 2010 (el carguito es más largo, pero me da flojera escribirlo todo… para lo que resultó…) del gobierno federal le dio cuerda al pobre hombre durante semanas y meses para luego mandarlo derechito a la goma y dejarlo como novia de pueblo… y eso no es ningún secreto de Estado ni un gesto de alta traición. De esto se enteró todo Dios y perro y gato que tuvieron ocasión. Para paliar un poco el ninguneo, ha de agregarse  que Zepeda no fue el único; el mismo modito recibió hasta el mismísimo director del Conservatorio Nacional, de manera que de esto se desprende una máxima importante: la patanería es completamente equitativa e iguala a los hombres que la sufren.

Lo cierto es que, a lo largo del año he conseguido algunos discos que deben su existencia a las conmemoraciones de este año: desde la reedición de las canciones de la independencia hecho por la UNAM (donde los muy fodongos metieron en un solo track TODO el disco editado hace 25 años), hasta el BiMéxico donde Kinky se anota una sorprendente versión de “Sombras”, pasando por el soundtrack maravilloso de “Hidalgo, la Historia jamás Contada” o el razonablemente bueno soundtrack de la película animada “Héroes Verdaderos”, que se debe, en su mayor proporción, a mi buen amigo Renato Vizuet.

Zepeda partió de un concepto: los setenta y tres mil amaneceres que el señor asegura -y habré de creerle, porque no voy a ponerme a contarlos- han transcurrido -o habían transcurrido hasta el 16 de septiembre de este año- desde que Miguel Hidalgo hizo pinole el orden virreinal. Esa pieza, Mi casa está de fiesta la convirtió en una buena piececita de pop cantada por lo que queda de Garibaldi. Quizá fue mejor que el temita no se volviera la canción oficial del Bicentenario, habida cuenta como han ido las cosas, aunque esta tonadita es bastante más pasable que la horrorosa “El Futuro es Milenario” de Syntek y López.

El disco deja una enseñanza: la fe en la patria y las muchas ganas no bastan para hacer concordar el conocimiento del pasado con el producto mediático. Más de cuatro canciones le pondrían los pelos de punta a cualquier historiador. Pero eso forma parte del mea culpa que debemos hacer. En el fondo, esto es culpa de los historiadores profesionales, clavados en sus tareas académicas sin tomarse la molestia de mirar hacia los inocentes y bienintencionados compositores como Zepeda y hacerle algún comentario de buena fe. Digo, nomás por evitar futuros derrames de bilis.

Hay una canción dedicada a la Virgen de Guadalupe que canta Guadalupe Pineda. El estribillo dice, refiriéndose a la guadalupana: “Mujer bonita, voz de huapango, México entero te canta un son. Con Sor Juana, Josefa y Adelita (órale) entregaron su vida con el corazón (????)” De veras, así dice.

Otra tonada responde al nombre de  Te Amamos México (así, sin comas), y agárrense, la canción asegura que  “Y Pedro Infante aún canta Amorcito Corazón”. El tema es interpretado por un señor conocido como “Lupe”, objeto de los odios más profundos del siquiatra Ernesto Lammoglia -y cuando uno oye como canta el señor, queda clarísimo el origen de tan perra y seria enemistad.   “Estamos celebrando 200 años de paz y lo celebramos bailando vestidos de libertad” (ah, chihuahua). No me queda claro quién escribe la canción, pero ni el autor ni Lupe saben que en 200 años hemos aguantado unas cuantas guerras civiles, docenas de asonadas y pronunciamientos y un par de invasiones extranjeras. Ojalá Lammoglia no oiga la canción. Le daría algo muy feo y sus instintos homicidas, direccionados a la persona de Lupe, podrían dar lugar a un feo hecho de sangre.

Lo que es sorprendente, tanto que no indigna, sino que asombra y hasta maravilla -en el antiguo sentido del prodigio- el alegre desprecio que compositores, productores, impresores e intérpretes, Fonovisa incluida, tienen por el idioma español… bueno, eso, a estas alturas, como que ya deja de ser significativo, en vista de lo manga ancha que se ha vuelto la Real Academia Española de la Lengua y sus latinoamericanos compinches. Lupe berrea “México tiamamos Méxicoooo”, los gerundios saltan como conejitos en película de Wallace y Gromit… desde el título: “Voces celebrando a México”.

Hay una canción interesante de un señor que se llama Carlos Cuevas (en esta entrada, me doy cuenta, muestro y exhibo cuán amplia es mi ignorancia en materia de música popular mexicana del siglo XXI), escrita por el que fue el excelente vocalista de Elefante, Reyli Barba. Es evidente que Reyli tiene más ideas de qué escribir y cómo escribir que Rubén Zepeda, y la pieza, alusiva a Emiliano Zapata, es una de las dos que no tienen origen en el mismo inocente impulso patriótico de las demás. Nada mala, esta canción que se llama Tierra y Libertad tiene una o dos frases memorables: “No lucho para tener más, ni lucho pa’ que me quieran”. Resulta un serio retrato de las emociones que pudieron mover a Zapata. Reyli, nada tonto, no se mete con la Historia con mayúsculas. Reflexión literaria, invención de emociones. Esta sí vale la pena de escucharse.

Pero hay otras curiosidades, como el Reggaeton del Bicentenario (¿cómo les quedó el ojo?), que recupera algunas frases de la canción principal, y pergeña algunas joyas poéticas: “Bicentenario, todo mundo listo con su calendario/… le digo a un amigo que tengo que se llama Mario,¿Ya te enteraste del aniversario? ” son personajes de esta canción desde María Victoria hasta los tenis piratas de Tepito y la influenza.

Y para los que reclaman la reflexión bicentenaria, la Banda del Recodo se anota un diez: la canción que interpretan ¿Que haz (sic, resic y recontrasic, lo juro, así viene impreso) hecho con la libertad?, lleno de frases edificantes. ¿Querían análisis? vean nomás: “Valóralo, siéntelo, cuídalo. Haz algo grande por tu país. Respétalo, trabájalo vívelo… que México va a ser mejor sólo si tú eres mejor”  El asunto sigue en profundidad y enjundia: “Y tú, y tú, y tú, ¿Que has hecho con la  libertad? Échense ese trompo a la uña.

Este muchacho que no sabe un cuerno de historia, Cristian Castro, y que tiene la serenidad de ánimo como para referirse a Sor Juana Inés de la Cruz como “esta chica… De la Cruz” canta “Aquí estoy, soy pasado y presente… ´por la libertad es mi celebración… linaje de bronce que dios creó “. Evidentemente, ni Cristian ni el autor de la canción saben que a los historiadores mexicanos la palabra “bronce” les suele causar una peculiar alergia (de hecho, les saca ronchas), pero eso les importa un rábano.  Otros, como una señora que se llama Alicia Villarreal trae bronca con la Inquisición, y lo enuncia en su canción 70 veces 7, que, al parecer, se debe a su propia inspiración: “Cuando el mexicano se siente ofendido, han manchado con sangre su bandera y su honor, se unen al grito “¡Viva Mexico!” defendemos lo nuestro y peleamos con valor” Después de esta arenga, la dama agrega: “Voy a contar la historia de  lo que se vivió hace muchos años en mi querida patria: Llegaron en un barco. Hace muchos años traian consigo castigo y maldad/Se llevaron el oro, se llevaron la plata /pero el abuso a mi pueblo, eso no se olvidará/ Malditos, malditos, los de la Inquisición,/ Lo oscuro de la iglesia y su religión /Malditos, malditos los de la Inquisición /Setenta veces siete pagará su generación“. Esta canción me deja patidifusa. De haber sabido que el origen de todos los males nacionales era la condenada Inquisición, el arreglo habría sido más sencillo. Estas son las ocasiones en que tanta valentía me apantalla. No cualquiera se avienta esos juicios históricos con esa presencia de ánimo.

La cereza en el pastel, es la canción interpretada por Emmanuel “Héroes Verdaderos”, de la película del mismo nombre. A mí, al principio no me gustaba, hay detallitos de la letra que están forzados, pero ahora debo decir que me agrada bastante, aunque la canción de Hidalgo -véase el soundtrack de “Héroes verdaderos” me gusta muchisimo más. La verdad es que el disquito da para varias horas de sana diversión, sea que lo adquieran porque son fans de Lupe, porque odian a la Inquisición o porque tienen un amigo que se llama Mario que nunca se enteró de eso del Bicentenario, o simplemente, porque es otra huella de la memoria de estos días, que vale la pena escuchar. Cada generación produce sus emociones musicales. No todo es “Ópera Prima. las Voces del Bicentenario”, y debemos dar gracias, al destino o a la Providencia porque así sea. Eso es, precisamente, la independencia.

¿Que demuestra un disco como este? Lo que hace algunas semanas me decía, en entrevista, Javier Garciadiego, historiador y presidente de El Colegio de México, que la gente que habita este país puede decir que le apasiona la historia de México, y hasta decir que sabe historia y, al mismo tiempo, no tener la más peregrina idea de muchos temas, sucesos y personajes del pasado nacional. Pero la buena fe, las buenas intenciones, ahí están; con la gana de ver películas, cantar canciones, y contra eso, nada pueden las advertencias sesudas de los historiadores, nada valen los repeles de los que ven estas canciones como “basura televisa”, como escuché al alguien comentar de la canción de Zepeda. Somos más que Ópera Prima, afortunadamente. No solamente somos el Reggaeton del Bicentenario, pero también somos el Reggaeton del Bicentenario. Finalmente resulta un disco recomendable: por memorabilia, por un par de canciones muy buenas, por la curiosidad, porque, finalmente, ¿por qué no podía haber una canción del Bicentenario a ritmo de pasito duranguense? El México real, simplemente.

26
Dic
10

Regalos navideños 2: los diciembres de Francisco Zarco.

Pancho Zarco, reportero, en sus dominios

GUANAJUATO.- Hoy que escribo es Navidad. Y, ayer que pensaba en  la estatua de mi tatarabuelo Guillermo Prieto, cuando recorrí mentalmente la placita donde está la gran estatua de Francisco Zarco, me acordé que Zarco tiene, en su biografía, grandes momentos navideños. De hecho, muchas cosas, de principio a fin, le ocurren en diciembre, muchas importantes, entre ellas, el principio y el fin de su biografía. Pancho Zarco nació en Durango, Durango, un 3 de diciembre de 1829. Vivió solamente cuarenta años, pero muy intensos. Muchas de sus andanzas tuvieron momentos culminantes en diciembre, y se me hace buena cosa recordar algunas, al pie de su estatua.

Zarco debutó en el periodismo a la tierna edad de 13 años -o sea, desde chiquito era una auténtica plaga- por allá de 1842. Anduvo de aquí para allá, en lo que mejor sabía hacer, o sea, periódicos. En 1849 sabemos, de cierto, que estaba escribiendo para El Álbum Mexicano, y un año después ya está haciendo El Demócrata, que alcanzó 103 números y que se dedicaba, en particular, a hacerle la vida de cuadritos al presidente Mariano Arista.

En la década de los cincuenta del siglo XIX, se mete a la grilla, y resulta diputado suplente por Yucatán, mientras elabora curiosidades como el Presente Amistoso dedicado a las Señoritas Mexicanas, una cosa de lo más peculiar -pero bueno, esto de escribir es como plaga; cuesta trabajo quitarse el gusto y la manía- , ya embarcado en su curioso y tormentoso vínculo con el impresor Ignacio Cumplido.

Diciembre de 1851 debe haber sido un mes movido en la biograrfía de Zarco, porque el 1 de enero de 1852 comienza a escribir en las páginas de El Siglo Diez y Nueve, con el seudónimo de Fortún, con el cual hizo auténticas maravillas, llenas de humor y de ironía, y unió su destino a ese periódico, que creo yo era el verdadero amor de su vida, como suelen ser las historias de periodistas.

Como, además, hacía de las suyas en un periódico llamado Las Cosquillas, Mariano Arista, presidente, deseaba, con toda su alma, meterlo al bote.  Por eso tuvo que andar escondido todo el segundo semestre de 1852, porque a Arista le importaba un celestial pistache el fuero del diputado Zarco y lo buscaba para entambarlo el mayor tiempo posible. En diciembre de ese año, otra vez diciembre, el Congreso emitió un dictamen que absolvía al incómodo periodista, y Zarco pudo estar en paz esas navidades. De todos modos, Arista ya estaba a tres patadas de irse también para su casa.

Desde abril de 1853, Zarco asumió el puesto de redactor jefe -en los hechos, el director del periódico- de El Siglo Diez y Nueve. Desde allí miró el acontecer diario y su gran momento, aquel Congreso Constituyente de 1856-1857, que creó la Constitución liberal que los diputados y el presidente Comonfort juraron el día de la fiesta de San Felipe de Jesús, el 5 de febrero de ese mismo año. Navidades caóticas las de ese año, cuando Comonfort desconoció la constitución recién nacida y se desató la guerra de Reforma. Zarco optó por quedarse en la ciudad de México, escribiendo a favor de la causa liberal, y, cuando ya no pudo continuar con la publicación de El Siglo Diez y Nueve, a causa de la represión, y para no dañar al periódico con la publicación de sus ideas y sus argumentos contra los conservadores, dejó la dirección del periódico y, embozado, oculto, agazapado, el buen Fortún se puso a editar El Boletín Clandestino, que todos sabían muy bien de quién era obra. Naturalmente, tuvo que vivir en constante ocultamiento. Parece que la mitad de sus contemporáneos sabían las que el pobre Pancho Zarco tuvo que pasar en aquellos tiempos; curiosamente, nadie las narró en detalle. Muchos años después, Victoriano Salado Álvarez, al escribir sus Episodios Nacionales Mexicanos, lo hizo personaje de su narración de la Guerra de Reforma, precisamente en esos días de disfraces, carreras y clandestinidad.

Sin embargo, las autoridades conservadoras acabaron por pescarlo y encarcelarlo el 13 de mayo. Cuentan que esos meses en una prisión helada, húmeda y malsana, acortaron la existencia de Zarco; se asegura que, haya sido tuberculosis o no lo que le arrancó la salud, lo adquirió en la asquerosa cárcel de la Acordada. Pero, como sabemos, los liberales entraron triunfantes a la ciudad de México en diciembre de 1860. Acababa la guerra civil y los vencedores se apresuraron a soltar al buen Pancho, que, en la puerta de La Acordada, miró la luz del día. Era Navidad.

24
Dic
10

Regalos Navideños 1: ecos de Guillermo Prieto.

Aquí, mi querido don Guillermo, ahora también mi tatarabuelo.

Hoy es 24 de diciembre, y con la alegría que me produce mi nuevo título de Tataranieta Honoraria de Guillermo Prieto (para mayor información los remito al reciente comentario, aquí en la columna de al lado, dejado por mi flamantísima y ya muy querida parienta Alicia)  les enseño esta estatua, porque tiene que ver con este formidable  regalo que acabo de recibir. Está en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México, y es una de las que, hacia mediados de los 70 del siglo XX, se agregaron a las estatuas que, a fines del siglo XIX se colocaron en la avenida. De aquel primer paquete de próceres, Francisco Sosa nos dejó un librito útil: Las estatuas de Reforma.

En los años sesenta y setenta, con la ampliación de Paseo de la Reforma, se resolvió uniformar el discurso cívico-estatuario-histórico que en la parte vieja de la avenida que originalmente había trazado Max, el austriaco que quiso ser emperador de México, tenían lo que iba del siglo en lucir. Seguramente hace cuarenta años la estatua de Francisco Primo Verdad tenía la placa que lo identificaba, y las demás efigies estaban un tanto más cuidaditas que ahora. El caso es que, infiero, a la hora de continuar el recorrido, alguien se dio cuenta de que, en ese desfile de ilustres de bronce faltaba el bueno de Guillermo Prieto, al que, la verdad, esta adorable y canija ciudad que es la capital mexicana le debía, con absoluta justicia, una buena estatua. Se la cumplieron.

Por lo que leo en la base de la estatua, el artífice de la efigie fue Ernesto Tamariz (que, hasta donde recuerdo, también hizo las estatuas ecuestres de Hidalgo y sus compañeros que están allá en el Monte de las Cruces, mirando la ciudad de México hasta el fin de los tiempos). Para dejar consignada su vocación de hombre de letras, el escultor dejó a los pies de don Guillermo un montoncillo de libros, con algunos de sus trabajos más memorables. Lo cierto es que el aficionado a los textos de Prieto puede acometer la lectura de los 32 tomos de sus Obras Completas, que, a la fecha, ha publicado CONACULTA, y que son una verdadera delicia.

Unas pocas, de las miles de páginas que escribió don Guillermo.

La estatua tiene, faltaba más,  a la Musa Callejera, y las Memorias de mis Tiempos, que, no por ser obra póstuma, armada con los apuntes que don Guillermo tenía en ese nido de perros que, cuentan sus contemporáneos,  era su estudio y biblioteca, no carece de la esencia del Romancero. Es más, pinta muy bien la capacidad de travesura, el genio impetuoso y el lirismo a flor de piel del bueno de don Fidel; también revela la muuy mala onda de la que era capaz cuando de fastidiar a alguien se trataba.

Ignoro si Tamariz era un gran lector de Prieto, pero creo que la estatua lo pinta muy bien: con aspecto de encarrerado, el manto que otros próceres sostienen como toga, aparece al desgaire en la persona del autor de los San Lunes, entre sus ímpetus y el curioso desaliño que muchos han consignado. Las manos, al aire, al aire de esta ciudad que tanto amó, aunque eligió Tacubaya para vivir. Los dioses de la historia quisieron que la estatua de don Guillermo quedara en la cuchilla que se forma entre Reforma y la calle de Zarco, a unos pasos de la estatua de otro de sus cuates, con el que se llevaba en general bien y con el que se dio uno o dos agarrones memorables: Francisco Zarco, “Pancho” para los cuates (en las cartas y escritos de Prieto, Zarco siempre es “Pancho”).  Los dos ilustres liberales, ironías de la historia, pero en consonancia con su vocación de periodistas, están en el torbellino de la vida diaria, del bullicio chilango, a unos cuantos pasos de la imagen de la “Virgen del Metro”, encristalada afuera de la salida del metro Hidalgo, y, a otros cuantos pasos de la iglesia de San Hipólito, donde multitudes le llevan flores y velas y cumplen mandas a San Judas Tadeo.

Curiosa estatua, reflejo de la vitalidad de su referente.

Es probable, bueno, no. De hecho, la estatua no se acaba de parecer a don Guillermo: posee entradas y una semicalva que él nunca tuvo, pero conserva el pelo alborotado. Los ojos no los tenía rasgados, pero esas son las cosas que seguramente le darían mucha risa. Y más le encantaría saberse en la jugada. a unos pocos metros de donde pasan saltimbanquis y farsantes, enamorados y trabajadores, voceadores y soñadores. Buen sitio para, una mañana, recibir el año nuevo. Por lo pronto, hoy 24 de diciembre,  cuento esta historia, contenta de saberme arropada por la mano bondadosa de mi nuevo tatarabuelo.

POSDATA DESDE GUANAJUATO: Ayer por la tarde pasé frente al edificio, acá en Guanajuato, a donde llegó Benito Juárez, huyendo del fandango que había desatado don Ignacio Comonfort, precisamente en diciembre de 1857, cuando se dio cuenta de que no se podía gobernar con la constitución liberal a la que tantas ganas le habían echado los puros en el Congreso Constituyente. Y viene a cuento porque, disfrazado, Guillermo Prieto había escapado de la capital, siguiendo al nuevo presidente. Cuando llegó ante él, don Benito le hizo un regalito de Navidad: lo volvió a nombrar Ministro de Hacienda, chamba que le encantaba aunque lo hacía sufrir como animalito abandonado. Vaya Navidad tumultuosa la que debió haber sido aquella. Cenen rico.

Composición urbana con prócer liberal al fondo.

15
Dic
10

Pequeña nota agradecida de diciembre

Pequeña fiesta de martes noche. ¡gracias!

Hoy, amigos míos, superamos las 10 mil visitas a este Reino de Todos los Días. Mil, mil gracias a todos quienes llegan, lo mismo para saber de las andanzas de José Natividad Rosales que para saber si el Benny, protagonista de El Infierno, se muere en la película, para conversar acerca de huesos ilustres o de pirotecnias fugaces. Que las subsecuentes entradas del Reino les sean agradables y nos visiten a menudo. Mil gracias, otra vez, en este diciembre del año de los Centenarios, del que, como puede verse, y afortunadamente (no es cualquier cosa la protección de Guillermo Prieto y de Francisco Zarco), estamos saliendo con vida. Pero de eso, escribimos al rato.

19
Nov
10

Pequeñas respuestas a pequeñas preguntas entretenidas: algo más sobre las voladas periodísticas

Llegan a este Reino multitud de pequeñas preguntas, algunas reiteradas e insistentes, otras de una especificidad que me encanta, una que otra que me pone la carne de gallina. En algunos casos,  se trata de preguntas tan específicas, que en algún rincón de este Reino está la respuesta correcta y exacta, como ha sido cuando llegan visitantes preguntando qué es, en la jerga periodística, qué cosa es “volar”, y ya es consuelo que la respuesta de este Reino sirva para algo, sobre todo después de darme cuenta de que en el flamante “Diccionario del Español de México”, editado por El Colegio de México (2 volúmenes,  mil 706 paginitas) que ÉSE es, precisamente el significado que está ausente. No me pregunten por qué, máxime que el Diccionario tiene un consejo consultivo amplísimo y prestigiados, sobre los temas más variados. Me encanta ver que hay un consultor para Esgrima, otro para “Marinería”, uno para Entomología, para Aeronáutica, para “Ejército”,  Imprenta, Relojería, Veterinaria, ¡Ictiología! Sastrería, “Vocabulario Popular” (dicho en buen español, majaderías, insultos y peladeces) y, volviendo al tema, Periodismo. El consultor en este rubro es, ni más ni menos, don Miguel Ángel Granados Chapa, con suficiente prestigio y horas de vuelo como para que se le hubiera escapado esta peculiar acepción del verbo “volar”, no porque él haya “volado” alguna vez en su vida, sino porque tantos años dirigiendo periódicos y noticieros, a él le van a venir a contar que no hay reporteros que inventan cosas. Las “voladas” sirven para muchas cosas, y hasta tienen consecuencias: se vuelven, como la volada que aquí hemos documentado al hablar de Jacobo Dalevuelta y los restos de José María Morelos, curiosidades historiográficas que, cuando se abordan con flojera mental, o poco rigor, se traducen en excursiones emocionantes aunque fallidas, quimeras que se persiguen sin ruta o destino concreto, decisiones que ocasionan, inclusive, el desembolso de recursos públicos.
Una volada puede ocasionar barullos impresionantes: en las redacciones se discute y se le da vueltas, intentando comprobar el alcance de la afirmación o de la nota que, usualmente ha publicado alguien de la competencia. La frase “¡es una volada!” se pronuncia en todo burlón, en tono escéptico, con incredulidad, con furia, incluso, cuando ya recurrimos a todas nuestras fuentes, no hallamos ninguna prueba del dicho del infeliz que lo publicó en otro periódico o lo dijo en otro noticiero, sabemos y hemos probado que el infeliz en cuestión está mintiendo, y no obstante, nos lo siguen reclamando en la redacción.
“Volar”, visto así, no es poca cosa. Se requiere, como materia prima, la certeza de que la información del día está tan floja, y vale tan poco la pena para ser publicada o emitida,  que, en un momento de obnubilación, hasta los delirios más bestiales del burro que tenemos cubriendo partidos políticos, Secretaría de Seguridad Pública o la Cámara de Diputados empiezan a verse en la redacción como un material publicable. En segundo término, se necesita creatividad, inventiva y capacidad literaria para armar la invención y consolidar el embuste. De esto se deriva que no “vuela” la bestia más peluda y torpe de la redacción, el compañero más limitado, que a trompicones se mueve por sus fuentes y que la mitad de las ocasiones no entiende un carajo de lo que pasa en los sectores que debe cubrir. “Vuela” el que sabe el terreno que pisa, el que conoce las tripas de las fuentes que tiene asignadas, el que es capaz, en suma, de dotar de verosimilitud sus invenciones, el que puede volver, como Dalevuelta, un “a lo mejor”, un “es posible que…”,  un “estamos considerando la posibilidad de….”, en el anuncio de la inminente llegada de Cascos Azules a Cancún, para hacer se cargo de la seguridad de los asistentes a la inminente cumbre de cambio climático, como hizo, el sábado pasado, el periódico Milenio, que daba por buena dicha información en su página electrónica. A todo mundo se le pararon las antenas; muchos se preguntaban (nos preguntábamos) dónde estaban los reclamos y rollos y reacciones y pataleos de los mismos senadores que hicieron un gran drama cuando, en septiembre pasado, el gobierno federal les pidió votar, al cuarto para las doce (qué raro), el permiso para el ingreso de las tropas extranjeras que desfilarían el día 16 en las celebraciones del Bicentenario (Como don Porfirio: por eso los acusan, entre otras cosas, de una escandalosa falta de imaginación). Antes que reacciones y consecuencias (era, evidente y previsiblemente, un mitote de grandes consecuencias) hicieran crecer la información, levantando un oleaje formidable, los compañeros de Milenio optaron por desaparecer la nota, muy probablemente cuando se dieron cuenta del alcance de la bronca para la que habían comprado boleto.
Por eso, para “volar” se necesita también otras dos cosas, dos cualidades aplicadas al no tan sano hábito de inventar noticias: la primera,  audacia. Se necesita audacia y valentía para dar el salto y soltar el invento o la exageración o la interpretación que se ha ido hasta la cocina, arañando los terrenos de la novela. Por otro lado,  se necesitan nervios bien templados para aguantar la presión del jefe de información o del editor de la sección, o hasta del director editorial que, intuyendo, oliendo la volada, apergollará al volador y lo zarandeará y someterá a interrogatorio hasta que le encuentre mínimos visos de verosimilitud al rollo que el bicho en cuestión aspira a que se le publique. Insisto, no es poca cosa “volar”.  Tal vez sea bueno mandar un correíto a los caballeros de El Colmex para agregar estas humildes reflexiones.
 Pero esta es solamente alguna de las preguntas que llegan a este Reino y garantizan momentos de sano esparcimiento. Aquí dejo algunas respuestas o no-respuestas que sirvan para orientar a las visitas:

Respecto a las numerosas preguntas sobre los personajes de la película “El Infierno”, un par de cosas: aquí no sabemos cuántos cárteles hay; menos sabemos cuántos cárteles de sicarios existen. Me temo que debo aclarar a algunos la perra duda: Ni el Benny ni el Cochiloco (este Cochiloco) existieron de verdad. El Cochiloco legendario (un señor de apellido Salcido que no es el Gordo Mata que en la película se cambia su apodo de infancia por el del Cochiloco) años ha que murió y no precisamente en su cama. Y sí, con la pena: el Benny sí se muere en la película.

La  “escena de sexo con el Padre de la Patria” ha resultado muy popular, y efectivamente, es uno de los momentos importantísimos de la hermosa película que es “Hidalgo: la historia jamás contada”, y la protagonizan Ana de la Reguera (Josefa Quintana) y Demián Bichir (Miguel Hidalgo).

Los que siguen preguntando por los restos de Hidalgo, la ruta es, en breve, esta: fusilado en Chihuahua, decapitado. La cabeza, diez años a Guanajuato. El resto del cuerpo, enterrado en la misma Chihuahua, como los restos de Allende, Aldama y Jiménez, todos rigurosamente decapitados. Las cabezas, también a la Alhóndiga de Granaditas. Todos los restos, exhumados en 1823 y después de un triunfante show de desagravio por el Bajío, llegaron a la Villa de Guadalupe, y después de una breve estaca en la iglesia de Santo Domingo,  depositados en la Catedral Metropolitana, donde pasan de una capilla, la capilla de la Cena, a la cripta que estaba debajo del altar de los Reyes y de ahí a la capilla de San José, ruta con un intermedio, hacia 1895, donde los sometieron a un vigoroso lavado. De ahí a la Columna de la Independencia, y en este año, de paseo en el Castillo de  Chapultepec y luego a Palacio Nacional, a una especie de capilla ardiente histórica, donde se quedarán hasta el año que viene.

La tumba de Agustín de Iturbide es la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, donde, en una bonita urna, en la Capilla de San Felipe de Jesús, están los restos del señor al que apodaban “El Dragón de Fierro”. Para los morbosos, el cráneo sí tiene tiro de gracia. Luego les enseño unas fotos.

Los fuertes de Loreto y Guadalupe, escenarios de la batalla del 5 de mayo de 1862, forman parte de un desarrollo arquitectónico que, me cuentan desarrolló Pedro Ramírez Vázquez, que incluyó la restauración de la zona, la colocación de carteles patrióticos escritos con mucha buena voluntad y el establecimiento de un museo de sitio. Hay que agregar, para satisfacer la perra duda, que sí se acuñó una moneda de oro conmemorativa del centenario de la batalla. Solamente la he visto en periódicos de 1962, y es tan mala la impresión que ni valía la pena traerla.

En cuanto al corazón de Melchor Ocampo, sí, es preciosa la paradoja: el corazón de uno de los liberales más liberales de la generación de la Reforma, está guardado como reliquia laica en el antiguo Colegio de san Nicolás, en Morelia, y muy bien cuidadito.

Satisfechas algunas curiosidades, miro por la ventana. Alcanzo las luces del espectáculo del Zócalo, una tercera versión de los recorridos históricos que, con desigual fortuna, se han montado para las conmemoraciones de este año. De eso, aún hay tanto que escribir…..




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