Archive for the 'José María Morelos' Category

01
Sep
10

La sonrisa de Jacobo Dalevuelta: cómo una volada eficaz se puede convertir en una curiosidad historiográfica

Si nos atenemos al orden de la cripta de la Columna de la Independencia, en orden descendente: Morelos, Bravo y Matamoros

En fin, hoy PRIMER DÍA DE SEPTIEMBRE,, cuando faltan 16 DÍAS para el Bicentenario del Inicio de la Independencia, podemos decir que la historia del robo o desaparición de los restos de Morelos publicada y cacareada en 1925 fue una mera conjetura que se remonta a una época en la cual los reporteros suplían algunos rasgos de exactitud por un buen aliento literario. No se grababan las entrevistas, no había manera de hacerlo. La libreta de apuntes, el lápiz y la buena memoria eran los instrumentos fundamentales de la chamba reporteril. Luis González Obregón, a través de la escritura del reportero de El Universal, afirmó, con muchos asegunes,  la desaparición de los restos, pero no la probó. Como lo harían numerosos personajes del siglo XX.

Dalevuelta le echó la culpa a Juan Nepomuceno Almonte, hijo mayor de Morelos, a partir de los supuestos de don Luis González Obregón. Dalevuelta lo publicó y le dio seguimiento, a grado tal que , ahora que los restos salieron a pasar el verano en el castillo de Chapultepec,  en las urnas, (exactamente en dónde no han dicho), apareció una tarjeta personal de Dalevuelta, detalle que me encanta. Al fin y al cabo, aunque estuviera volando y estuviera persiguiendo un fantasma que nunca se apareció, se dedicó al asunto con bastante empeño. Pero tampoco pudo probar la desaparición de los restos, además de no demostrar el robo. Convirtió un “probablemente” en un hecho y las afirmaciones de la sustracción de los restos, hechas a partir de fuentes, digamos, laicas. Nos falta volver a leer algunas cosillas interesantes en cuanto a fuentes para acabar de explicarnos cómo fue que todos compramos el boleto.

La volada de Dalevuelta ha sido, con el paso del tiempo, acogida con interés y hasta con solidaridad, al menos en cuatro ocasiones más por la prensa mexicana. Esa leyenda creciente tuvo hasta consecuencias historiográficas, pasadas por alto las circunstancias de las confusiones y revolturas de los restos. Sin embargo, la leyenda llamó en alguna época, la atención de algunos historiadores, y propició que uno de los grandes estudiosos de Morelos,  Ernesto Lemoine, ya fallecido, llegara a aventurar la hipótesis de que, robados los restos, habrían sido arrojados al mar por Almonte cuando abandonó México, a la caída del imperio de Maximiliano.  Si le hacemos caso a este planteamiento, definitivamente Almonte no necesitaba un siquiatra; estaba ya para que lo amarraran y lo encerraran en uno de los horripilantes sanatorios para enfermos mentales de la época. La explicación del maestro Lemoine no deja de ser entretenida, basada como está, en construir el perfil de un Juan Nepomuceno Almonte bastante acomplejado, traumado porque su santo papacito nunca le dio su apellido.

Coherente, si se quiere, con la notita que Maximiliano dejó en su “libro secreto” acerca de Almonte: “El carácter de Almonte es frío, avaro y vengativo”. El librito en cuestión dice unas cuantas cosas feas y adicionales sobre Almonte, pero esta es la frase que al maestro Lemoine le da para sus propias reflexiones, apuntando que “en un acto insólito, que quizá únicamente hubiera podido explicar el doctor Freud, sustrajo los restos de Morelos a la veneración del pueblo mexicano y los hizo perdedizos” (De “Morelos y la Revolución de 1810”.  La nota de pie de página del maestro Lemoine tiene el mismo pequeño defectito que los rollos de Dalevuelta. Vean nomás: “Se supone (yo supongo, tú supones, él supone…)  que antes de partir a Europa (abril de 1866) [una diferencia con la hipótesis de los desenterradores de Almonte, que ubicaban el “robo” de restos en 1865… gracias a la errata de un libro sobre la catedral], Almonte penetró secretamenteen la cripta de la catedral, “robó” los restos de su padre….” y todo lo demás que ya sabemos. Lemoine escribe en 1979, y cita los artículos que para esos días ya se habían publicado en la revista Siempre!, citando una carta del Dr. Jesús García Tapia, donde se abundaba en el mentado robo de huesos. Añade Lemoine: “Basta que el gobierno mexicano se interesara en el caso, para solicitar de la autoridad parisiense respectiva la apertura de la  tumba de Almonte en el cementerio de Pére Lachaise y de esa manera confirmar si es verídica la historia…” Le agarraron la palabra, como veremos a continuación.

Con todo, es poca la gente que indaga en las hemerotecas lo que realmente se publicó en ciertos días, y eso es la razón de que, aún en el siglo XXI, las notas de Jacobo Dalevuelta tengan resonancias bastante entretenidas en la prensa.

El tema se volvió a abordar hacia 1972 en Siempre! por el reportero José Natividad Rosales, a partir de una carta enviada a Siempre!, en 1971 por el señor García Tapia que menciona Lemoine; me cuentan que Rosales era aún uno de esos reporteros al antiguo modo, con gran habilidad literaria, y con una persistencia escandalosa, deliciosa y que ya quisieran para un domingo muchísimos de los reporteros de ahora, que no sacrifican un descanso por una nota buena, que son capaces de despreciar una exclusiva porque coincide con sus días de vacaciones. No, suspiramos en este punto don Pepe Fonseca y yo; ya no los hacen como antes.

Porque las cosas publicadas en Siempre! en esos tempranos setentas le dieron algunos quebraderos de cabeza al entonces director del Museo Nacional de  Historia, don Antonio Arriaga. El pobre, en un memorandum al respecto, escribió: “Considero que el periodista José Natividad Rosales debe presentar copias de los documentos que dice poseer el Dr. García Tapia, con objeto de evitar un escándalo sobre la antigüedad de los restos de los insurgentes que se encuentran en la Columna de la Independencia”. No lo logró, como podemos verlo, pero ya apuntaba la posibilidad de ir a París abrirle el féretro a Almonte.

Los textos de José Natividad Rosales son deliciosos, claro reflejo de ese viejo modo de hacer periodismo (se pueden quejar por el uso de los adjetivos como si fuera confeti, pero si lo comparan con el espantoso español que perpetran algunos reporteros (y no voy a mencionar nombres, pero agarren un periódico, cualquiera, y verán lo que afirmo), hay más de un siglo de diferencia.  Acá la volada se agarra de las notas de Dalevuelta, una vez más. “Siempre! quiere dar a los mexicanos de una respuesta definitiva. Por principio de cuentas adelantamos la hipótesis de que los restos de don José María Morelos NO ESTÁN EN MÉXICO, sino en París…”.  Recreó, agarrado de la biografía de Morelos que Ezequiel Chávez publicó en 1931, los últimos momentos del cura de Carácuaro. Pero después, al contar la exhumación de 1823, hay líneas que son verdaderamente geniales:

“”Y fue el 16 de septiembre de 1823, casi ocho años después de haber sido sepultados, cuando el féretro del Héroe fue abierto. Una súbita y repentina oleada de luz iluminó el cráneo de Morelos [bastante lógico], envuelto en un halo dorado [en la torre], como si la irradiación de su pensamiento no terminase aún [uuuuuuffffffff]. Al ser izado hubo una leve sombra en las cuencas, como si mirase con piedad y asombro a la patria redimida [me quedo sin palabras], e hizo parecer a los presentes que el espíritu del Generalísimo había sobrevolado el sitio [Bueno, ¡¡¿¿qué cosa se metía don José Natividad??!!].

Don José refiere que la biografía de Alfonso Teja Zabre se nutre de las voladas de Dalevuelta y, por lo tanto, no le ve bronca en recuperar los datos. Pero agrega los datos que obtiene de la carta del señor García Tapia: amigo de un sacerdote vinculado a al arzobismo Arciga y Ruiz de Chávez, que había sucedido al arzobispo Clemente de Jesús Munguía , quien se quejaba del grandísimo berrinche que le había provocado que Almonte se hubiese llevado los huesos de su padre. El pequeño detalle es que seguimos en el mundo de la leyenda urbana: ni una sola prueba sólida. Una constante en esta historia de religiosos, es la presencia de un tal canónigo Jacinto Pallares, que fue el que andovo contando la historia, porque ayudó a bien morir al obispo Munguía y a Almonte. Y, si se sigue el asunto de esta sub-trama, resulta que, en esta línea, el culpable del mitote es el dichoso canónigo Pallares, porque el testimonio que nos llega de cuarta o quinta mano es que él con sus ojitos vio que a Almonte lo sepultaban con los huesos de Morelos.

El éxito de la volada de Dalevuelta prosiguió en la década siguiente: a fines de los 80 y principio de los 90 del siglo XX por Excelsior, Jueves de Excelsior y Unomásuno, periódicos que dieron seguimiento y admitieron artículos sobre el tema, a partir de las inquietudes de Luis Reed, periodista e historiador, y José Manuel Villalpando, abogado e historiador, quienes obtuvieron apoyo oficial y recursos federales (y de algunos abogados con dinero) para viajar a Francia, abrir la tumba de Juan Nepomuceno Almonte, cosa que sí hicieron, y comprobaron que Almonte no había sido sepultado con los restos de su padre ni de nadie más. Cosa rara este canónigo Pallares.

En 1993, sostenidos del texto de Dalevuelta, Reed y Villalpando dieron por buena la historia del robo de los restos de Morelos, porque, aseguraron en el recuento de su investigación, que el texto del periodista, escrito en 1925, “denuncia y prueba plenamente la ausencia de los restos de Morelos” . Sí lo denunciaba, pero como ya hemos visto, no probó nada. El texto resultado de aquella investigación, “Los restos de don José María Morelos y Pavón: Itinerario de una búsqueda que aún no termina” asumía que Dalevuelta  estaba diciendo la verdad.  En descargo de los autores del librito y artífices de la investigación, hay que decir que, simplemente,  engrosaron una lista de personajes que compraron el boleto entonces y de los que, después, han seguido comprándolo.

Un ejemplo más: Uno de los materiales clásicos de consulta inicial, básica para el estudio de la Independencia es el Diccionario de Insurgentes de José María Miquel I Vergés. editado en 1969, cuando su autor llevaba cinco años muerto. La ficha de José maría Morelos acota: “Cuando se trasladaron a la Columna de la Indep. los restos de los héroes de la emancipación, los de Morelos no se encontraron [??] y es probable [Chihuahua, es probable otra vez] que el hijo de éste, Juan Nepomuceno Almonte los sacara del lugar donde fueron despositados, no se sabe con qué fin, y los escondiera en un lugar hasta hoy desconocido” (p. 407) Y lo más bonito es que, entre las fuentes de las cuales se nutrió la referencia del Diccionario, adivinen qué está: Exacto. La Odisea de los Restos de Nuestros Libertadores, de un tal Fernando Ramírez de Aguilar, o sea, Jacobo Dalevuelta. ¿a poco no es bonito? (continuará)

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03
Jun
10

Pasear huesos 3: una novela que ya dura 187 años

Siendo absolutamente estrictos, debiéramos dar gracias de que hay huesos paseables. Para el propósito para el que los queramos. Para dejarlos ahí guardaditos, para exhibirlos, para escribir una novela, eso no importa para lo que quiero decir. Tal ha sido la historia de estos restos humanos, que es de llamar la atención que quede algo más o menos sólido. Pero de esas determinaciones (la solidez) se hará cargo el INAH, responsable, por ahora, de hospedar y mandar al SPA a los padres de la patria.

Y es que desde 1823 se cuentan unas historias impresionantes y que tienen que ver con nuestra afición a las reliquias. Y, al rascar un poco, lo que nos encontramos en aquel lejano 1823, es una disputa por el poder y la trascendencia entre un emperador y un congreso, y una muy clara idea de que a estos restos ha de hacérsele las honras fúnebres de las cuales muchos de ellos carecieron en el momento exacto. Alrededor de estos huesos ha habido más de una bronca política. Es inevitable, ese ha sido, si le quieren decir así, su destino, desde el mismo momento en que Miguel Hidalgo le dijo a sus compañeros que había que ir a coger gachupines.

Vamos por partes. Rascando entre mis papeles, me hallo una entrevista que el 9 de marzo de 1994 concedió Enrique Krauze a José Luis Perdomo Orellana y a mi amigo Oscar Enrique Ornelas para El Financiero, a causa del lanzamiento de un libro bastante disfrutable: Siglo de Caudillos. En aquella oportunidad, los reporteros interrogan a Krauze acerca de los restos de Porfirio Díaz que siguen en el cementerio de Montparnasse. Antes digan que a nadie se le ha ocurrido resucitar el tema, porque se vuelve a armar la bronca de hace algunos años, cuando volvió a cobrar fuerza la idea de traer los mentados restos de regreso (la segunda, de hecho. Hubo una primera hace aún más años, donde anduvieron involucrados algunos de los artífices de la paseada de huesos del domingo). Los juicios de EK que a continuación reproduzco son adecuados para la coyuntura:

-Si por usted fuera, ¿los despojos de Porfirio Díaz no estarían en Montparnasse y sí aquí en México?

Sí, pero tampoco le haría yo ningún tipo de recibimiento, de arco triunfal, día de fiesta nacional y repique de campanas y Te Deum y misas. Yo simplemente digo que es un poco ridículo exiliar a una persona post mortem.

Y agrega esto, que es lo interesante:

Somos un pueblo muy dado a adoptar actitudes muy extrañas con respecto a los huesos… quizá nos venga de la cultura mediterránea esa santificación de las reliquias y huesos

Ese “muy extrañas” que Krazue dijo hace dieciséis años se traduce en la tendencia a andar almacenando huesos, vísceras y demás materia humana perteneciente a personajes relevantes. En descargo nuestro hay que decir que no somos los únicos, aunque se nos dé bastante esta afición, y no entre todos los mexicanos, para aplacar los reclamos que surjan en este punto. Nomás echémosle un rápido vistazo a algunos ejemplos llamativos.

En muchas partes del mundo se guardan las reliquias de alguien; a veces pesa el asunto  mágico-religioso, a veces no. En la catedral de Colonia guardan en un cofre de oro y plata tres cráneos que se atribuyen a los Reyes Magos.  Recuerdo muy nebulosamente y no he vuelto a verla, una imagen de un esqueleto en exhibición de una monja coronada que se aseguraba era Santa Rosa de Lima. El cuerpo incorrupto de santa Bernadette Soubirous se exhibe en una vitrina encristalada en Nevers, en Francia. Por cierto, una empresa que se dedica a elaborar maniquíes de alta costura, se ofreció a aplicarle a la santa, en cara y manos, una capa finísima de cera, por aquello de la buena apariencia.

 Ah, y unos que SÍ pasean huesos, de hecho un cráneo, son los fieles de San Yves (1253-1303), santo medieval, abogado para más señas, con fama de justiciero y protector de los pobres. Es el santo patrono de Bretaña (Francia) y de los abogados y cada año sacan el cráneo del pobre hombre a pasear desde la catedral de san Tugdual hasta la población de Minihy-Tréguier, donde nació san Yves. Lo llevan en andas abogados prominentes y hasta donde se sabe es considerada una gran distinción formar parte del séquito del cráneo.

Otros restos famosos, motivados por la moda y el usual miedo a la muerte, son las momias de Palermo, bastante espeluznantes y que están en la iglesia de los frailes capuchinos de esa ciudad siciliana. Se trata de momias, digamos, artificiosas, porque saltaron a la fama el día que los frailes se dieron cuenta de que el tipo de tierra que había bajo su  iglesia conservaba los restos humanos. De hecho, no conserva los cuerpos tal cual antes de la muerte, más bien los deseca. Pero los frailes se entusiasmaron con la idea. Hicieron un experimento con un pobre fraile que se murió hacia 1600 y tuvieron la ocurrencia de exhibirlo públicamente. Acto seguido, tooodos los ricos de Palermo querían un servicio igualito para cuando les tocara marcharse de este mundo.

Las catacumbas de Palermo llegaron a tener como 8 mil personas que habían optado por este tratamiento. Pero si en el siglo XVII lo consideraron un lujo que algunos podían darse, cien años después la cosa se volvió alucinante: las catacumbas eran ya un club de ricos: estaban divididas por género, profesión y clase social. En pleno Siglo de las Luces, los palermitanos llevaban allí a sus muertos, ataviados con sus mejores vestidos, en muchas ocasiones escogidos por los difuntos como una de sus últimas voluntades, y no contentos con ello, los visitaban con frecuencia, les llevaban flores y les contaban las novedades de la familia. Este es, hasta donde conozco un ejemplo espléndido de lo que podríamos llamar “teoría presencial de las virtudes de los restos humanos” que, evidentemente, acabo de inventar para referirme a esta curiosa idea (por llamarla de algún modo) según la cual hay que tener enfrente lo que queda de nuestro héroe, pariente o celebridad preferida para que entendamos a cabalidad las virtudes que lo adornaron, y que me parece, se ha mencionado en uno o dos sitios en los últimos días. La diferencia  es que los habitantes de Palermo lo hacían en el siglo XVIII.

En el siglo XXI hay otra vertiente científico-comercial: la de los cadáveres “plastinados” del médico alemán Gunther Von Hagens, que detonan grandes escándalos dondequiera que se exhiben, excatamente por lo mismo que algunos han reclamado en el México del 2010: a los muertos, opinan, hay que dejarlos descansar, no andar manipulándolos. Una versión mexicana de esta habilidad científica puede verse en la entrada del Museo de Medicina de la UNAM, el antiguo palacio de la Inquisición. Allí hay un cuerpo humano tratado con algo que en el cedulario se llama “carbowax” y que genera un efecto parecido a la plastinación de Hagens.

Algunas, digamos “reliquias funerarias laicas” del siglo XX son, claramente, producto de un uso político del pasado. Son conocidas las fotos de los cuerpos momificados de Lenin y Stalin esperando juntitos el fin de los tiempos a la vista de todo mundo. Otro ejemplo y que tiene una larguísima leyenda atada al féretro es el cuerpo de Eva Perón y que está admirablemente narrada en el libro de Tomás Eloy Martínez “Santa Evita”. El mecanismo de la reliquia religiosa es el mismo. Y los mexicanos procedemos igual: ¿acaso no conservamos aún, en su frasco, el corazón de Melchor Ocampo en Morelia? ¿Acaso no siguen los restos de Iturbide en Catedral, y abajo de su urna, el corazón de Anastasio Bustamante? ¿Acaso no estuvo, durante años, el brazo de Álvaro Obregón en su monumento, en el parque de la Bombilla de la ciudad de México? De Álvaro Obregón no sorprende nada si uno revisa los elementos del “culto cívico” (y la expresión no la inventé yo) que los gobiernos posrevolucionarios fomentaron en torno a él, por lo menos en los veinte años posteriores a su asesinato en el parque de La Bombilla, donde permanece el monumento. Este es el uso cívico-histórico que durante siglos han tenido los restos de algunos personajes históricos.

Hay otros usos absolutamente comerciales, como los que ejercen los encargados del panteón de Guanajuato, que cobran la entrada a su famoso Museo de las Momias, venden souvenires en las tiendas que prosperan a la salida del panteón, firman contratos para su exhibición en el extranjero y ya se preocupan por la inminente competencia que les significará el rescate de un conjunto de cuerpos momificados descubiertos recientemente en Zacatecas.

 

El corazón de Melchor Ocampo, como podemos verlo hoy en el antiguo Colegio de San Nicolás, en Morelia

En materia de pertenencias no nos quedamos atrás.  Las pertenencias de los personajes históricos se tratan con la misma reverencia que el rosario, el anillo, el báculo o hasta las astillas del ataúd, como en el caso del beato mexicano, jesuita para más señas, Miguel Agustín Pro. Aquí se las enseño:

A veces, estas estampas con reliquia del beato Pro se consiguen en la iglesia de la Sagrada Familia, en la colonia Roma de la ciudad de México

Los restos de los protagonistas de la Independencia no se escapan de todos estos usos: la veneración laica que imita y sucede a la religiosa, la exaltación de las virtudes de las personas que alguna vez fueron esos restos y los usos políticos, faltaba más. Ahora también se les aplica la “curiosidad científica”. Sello de los tiempos ha surgido la duda en el espacio público: ¿serán, no serán de quienes decimos que son?  Aunque, probablemente, esas preguntas debimos hacérnoslas hace 187 años, cuando se dispuso trasladar los restos de los insurgentes a la capital mexicana.

1823: Cuando dejamos de ser imperio.

Edmundo O´Gorman narró de manera deliciosa, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia, la manera en que el emperador Agustín de Iturbide y su Congreso se enfrentaron por una cuestión de trascendencia histórica: quién era el artífice de la Independencia de México. No estaba en juego cosa menor: nada más y nada menos que el paso a la historia de Iturbide, y por otro lado, las aspiraciones republicanas de muchos congresistas que le oponían, a los sueños de trascendencia del emperador, la imagen de Miguel Hidalgo como real constructor de la independencia. Ese pleito iba a durar mucho tiempo y, de alguna manera, hay sectores de la sociedad que siguen en ésas. En un folleto, José Joaquín Fernández de Lizardi puso a discutir a ambos personajes, en el más allá, y no hubo manera de que se pusieran de acuerdo.

Pero en el México de 1823, a la caída de Iturbide, una de las primeras preocupaciones de los congresistas fue construir un panteón cívico propio, fincar en él elementos de unión y de identidad para el jovencísimo país que éramos, acabar en definitiva con la idea de que Iturbide era el gran hacedor de la Independencia, y por eso se apresuraron a emitir un decreto, el 19 de julio de aquel año, donde declararon (artículo 13 del decreto) beneméritos de la patria a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Abasolo, Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Mina, Víctor Rosales y Pedro Moreno. Además,”sus padres, mujeres e hijos y así mismo las hermanas” sobrevivientes de Hidalgo, Allende, Matamoros y  Morelos serían pensionadas por el gobierno mexicano. Como pueden ver, por la redacción del decreto, nadie estaba tirado al drama por la posibilidad de que algún cura tuviese más parentela, además de sus hermanas.

El artículo 14 del decreto es, me parece, esencial para entender por qué hacemos con estos “restos patrios” lo que hacemos: “Y respecto que al honor mismo de la patria reclama el desagravio de las cenizas de los Héroes consagrados a su defensa, se exhumarán las de los beneméritos en Grado Heroico que señala el artículo anterior, y se depositarán en una caja que se conducirá a esta Capital, cuya llave se custodiará en el Archivo del Congreso.”

El desagravio es fundamental, conseguido el objetivo político: muchos de los personajes beneficiados por el decreto habían fallecido de muerte infamante: fusilados por la espalda como traidores, cuatro de ellos decapitados y separados los cráneos enviados a la Alhóndiga de Granaditas para susto y escarmiento del pueblo, y afrenta final de parte de sus contrincantes. El Congreso reivindica a la insurgencia: son beneméritos, son héroes. Explicitada su valía, el país se apoyaba en las virtudes de esos personajes como el cimiento de la nueva construcción.

El decreto mentado dispuso, emitido en julio, que las exhumaciones tenían que hacer se para que tooodos los restos llegaran a la ciudad de México para que los depositaran en la catedral “con toda la publicidad y pompa”, el 17 de septiembre de ese mismo año. Medida inconsciente, si las hay, pensando en lo complicado que era en 1823 ir a toda carrera a Chihuahua, rescatar los restos, juntarlos con las cabezas que estaban en Guanajuato, ya no en las jaulas de las esquinas de la Alhóndiga, sino sepultadas en el panteón de San Sebastián de Guanajuato, a donde habían ido a dar el 28 de marzo de 1821, por órdenes de Anastasio Bustamante.

Así, pues, se procedió, aparentemente, con la idea de “aprisa” que se podía tener en aquel entonces: hay documentos fechados en Chihuahua el 18 de agosto de 1823 (nomás un mes después) , según los cuales se dieron instrucciones para que a la brevedad sacaran el cuerpo de Hidalgo de la Capilla de la Tercera Orden y los de Allende, Aldama y Jiménez del cementerio de la ciudad. Cosa, que, según los documentos, se apresuraron a cumplir.

 Prácticos como ya eran desde entonces los chihuahuenses, ellos sí pensaron en prevenir que no se les revolvieran. José de la Fuente, en su “Hidalgo Íntimo” reproduce las instrucciones emitidas en Chihuahua donde dispone que, “acomodados con la separación conveniente los restos de cada Benemérito difunto, separado e individualmente en términos de que con facilidad presten indubitable convencimiento de a quién corresponda, se depositen en una caja…”. Es decir: si a alguien se le revolvieron en el proceso, no fue a los señores de Chihuahua.

 Se consigna en el documento que la exhumación se efectuó el 20 de agosto de 1823 y que, puestos en una caja cubierta “de bayeta azul” (algo como una funda de tela), se trasladaron “por cordillera” hasta Guanajuato, para reunir los cuerpos con las cabezas. El sistema de cordilleras era un mecanismo de comunicación en el cual un mensajero recorría con un documento un circuito integrado por diversas poblaciones.  Usualmente portaba documentos que la autoridad de cada pueblo copiaba. La idea, probablemente, se refería a recorrer las ciudades y poblaciones ya definidas en el sistema, como ruta segura para llegar a tiempo a la capital.

Y sí… llegaron, más o menos a tiempo… después de numerosas fiestas y actos que eran el gran desagravio que los mexicanos le ofrecían a los caudillos insurgentes. Al mismo tiempo, andaban en el Cerro del Bellaco desenterrando a Xavier Mina; rescatando de la hacienda de la Tlachiquera, en León, el cuerpo decapitado de Pedro Moreno (la cabeza, hasta donde se sabe, nunca se recuperó; Isauro Rionda indica que “un pariente” la rescató en Santa María de los Lagos en Jalisco y luego la enterró quién sabe dónde). Los restos de Chihuahua habrían llegado a Guanajuato el 1 de septiembre, se habían reunido cuerpos con cabezas y se habrían entregado a un teniente Luna. Pasaron el día 3 a San Miguel el Grande donde se les recibió con gran fiesta y ceremonia. De ahí, a Celaya, el día 4 en Apaseo el Grande y luego a Querétaro el día 5 (para estas alturas eso ya parecía tour de estrella de rock). El 6 de septiembre andaban por un poblado conocido como La Cañada y de ahí tomaron camino hacia la Villa de Guadalupe… y ahí los dejamos, reviajando, hasta mañana.

Para que pasen buena jornada, les dejo uno de los poemas guanajuatenses que se escribieron y circularon en esa época, esta vez en honor a Allende:

Octava

Libertad resonó en el pecho amante,

del Ilustre campeón americano,

y con valor intrépido y constante,

sacudió el yugo del soberbio hispano

De Allende esta virtud tan relevante

cual Héroe le fijó en el fasto Indiano;

mas por salvar la Patria ¡ay, Dios! perece,

y mayor en la tumba resplandece.

24
Oct
09

Curas insurgentes: Morelos, cismático… y las historias de los otros

Pues esta es la estimación que, por el momento, tienen los investigadores de la  Conferencia del Episcopado Mexicano: sabemos desde hace mucho que José María Morelos y Pavón  fue capturado por las fuerzas realistas en noviembre de 1815 y que, en la ciudad de México fue sujeto de dos juicios, uno civil y otro inquisitorial. Lo que no sabíamos es el verdadero problema con don José María: en la práctica y para atender las necesidades espirituales de quienes vivían en las regiones bajo su dominio, creó una iglesia cismática.

La lectura de los datos es interesante: ahora que tanto se ha ventilado el asunto de las excomuniones o no excomuniones,  pleito que en algún momento volverá a salir a la luz, porque la legislatura es nueva y, como se ve, su cultura, su sensatez y su inteligencia no está ciertamente probada, ya volverán a reclamar el asunto. Mientras, la interpretación resulta novedosa y aporta datos a la vida de Morelos como sacerdote.

Hasta eso, la CEM se pone comprensiva, cosa que ciertos integrantes de la jerarquía católica no hicieron hace 199 años: “obviamente”, aclaran, Morelos actuó como actuó porque le preocupaba la situación espiritual de quienes vivían en los territorios que iba ocupando. Diremos en abono del padre Morelos que, en ese sentido, se ahorró la inquietud y el pesar que sí agobiaron al padre Hidalgo, consciente de la gran cantidad de insurgentes cuyas almas se condenaron cuando siguieron su llamado a la insurrección, pues en el recontramentado edicto de excomunión de monseñor Abad y Queipo, todos iban en el mismo paquete: tanto los que habían llamado a quebrantar el orden novohispano como los que, en el alboroto, se habían dejado seducir. Tenían un plazo de tres días para regresarse a sus casas, so pena de sufrir excomunión y confiscación de bienes. La verdad es que la amenaza del pobre de don Manuel le valió a muchos un celestial pistache.

Los argumentos de Morelos que presenta la CEM son muuuy interesantes. Según afirman, Morelos rechazó las amenazas y edictos de excomunión con la afirmación de que solo el Papa o un concilio podían excomulgar a una nación independiente y como tal consideraba a las zonas en poder de sus fuerzas. De allí a la idea de una iglesia nacional, ya no había mucha distancia. No lo dijo, no lo hizo explícito, pero la CEM es consciente de que, muy probablemente, le faltó tiempo para avanzar en ese sentido. Las prioridades de Morelos eran otras.

Los investigadores de la CEM consideran que en febrero de 2010, en la ciudad de León, podrán dar más y mejores detalles de estas ideas sobre la iglesia cismática de Morelos, gracias al examen del archivo de don Antonio Bergosa y Jordán, localizado en Jaca, España. En este aspecto, la investigación sobre Morelos resultará realmente novedosa y aportará detalles a la dimensión humana y espiritual del cura de Carácuaro.

En cuanto al pleito de la excomunión, la comisión de la CEM apunta un dato interesante:   en el proceso de degradación sacerdotal, el cura de Carácuaro recibió una penitencia: hacer confesión general y rezar los salmos penitenciales todos los viernes y sábados  ¡por el resto de su vida! Y tenía que rezar un rosario diario. Estaba pues, obligado a esta serie de ejercicios espirituales, y, puesto que iba derecho a la muerte, cualquier sacerdote católico tenía la posibilidad de levantarle la excomunión, CEM dixit.

Ya en prisión y en trance de ser fusilado, reporta la CEM, Morelos hizo confesión general, efectuó ejercicios espirituales entre el 3 y el 9 de diciembre de 1815, con la asistencia del presbítero José Francisco Guerra. No se ha logrado determinar si la confesión general se llevó a cabo antes o después de estos ejercicios, pero lo que es concluyente es que sí recibió el levantamiento de la excomunión.

Morelos fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre, a las 3 de la tarde, y se le sepultó en el cementerio de la parroquia a las 4 de la tarde. Hoy día puede visitarse el museo de sitio allá en Ecatepec, a cargo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y se le conoce como Centro Comunitario de Ecatepec Casa de Morelos. (aquí hay link a la ficha del INAH)  Es un sitio interesante de recorrer, pues es también el antiguo sitio de descanso de los virreyes novohispanos antes de entrar en la Ciudad de México, y si hoy día resulta escandalosamente lejos de la Ciudad de México para quienes no nos movemos con frecuencia en la zona conurbada de la capital, no me quiero ni imaginar lo que fue en ese lejano 1815.

Vuelvo a la relación de los hechos: Informado Morelos de la inminencia de su ejecución, volvió a confesarse, esta vez con un sacerdote de apellido Salazar y rezó los salmos penitenciales en compañía del párroco de San Cristóbal de Ecatepec y de su vicario. En el libro de defunciones de la parroquia quedó asentado el sepelio del cura insurgente:

En esta iglesia parroquial de San Cristóbal Ecatepec, el día 22 de diciembre de 1815, se le dio sepultura eclesiástica al cuerpo del bachiller Don José María Morelos, presbítero domiciliado y ex cura que fue del pueblo de Carácuaro, del obispado de Valladolid. Recibió los sacramentos de penitencia y eucaristía.

La anotación está firmada por el Bachiller José Miguel de Ayala. La CEM acota que Morelos no recibe la extremaunción por las sutilezas teológicas del momento. Morelos se hallaba, explican en “peligro de muerte”, no “en trance de muerte”, circunstancia en la que estarían, por ejemplo, los heridos en combate.

Por lo tanto, concluye tranquila la CEM, no habría pena canónica que levantar, porque en su debido momento (?) Morelos había sido liberado de la excomunión. El padre Roberto Jaramillo Escutia, tan seguro está de lo que afirma, que agrega que los señores ex diputados que empezaron el alboroto ya no debieran preocuparse por exigir el levantamiento de excomunión alguna. Pero, reta, si no estuviesen de acuerdo, que se pongan a investigar el asunto. Yo no me confiaría… como lo han demostrado, a los diputados se les ocurre cada cosa….

Me agrada el ribete argumentativo final del padre Jaramillo: la Iglesia no ha tenido duda alguna de la invalidación de las excomuniones de Hidalgo y Morelos (¿será?), pero como la sociedad mexicana SÍ,  eso es más que suficiente para que la Iglesia se plantee la obligación de aclararlas. Puede ser, pero cómo dan lata los incrédulos, ¿verdad?

Los otros curas insurgentes

 Otro aspecto sumamente interesante de las investigaciones históricas de la CEM es que, no contentos con resolver las cuestiones relativas a las excomuniones de Hidalgo y Morelos –y seguramente para evitar que en el futuro inmediato los vuelvan a incordiar con algunos otros nombres rescatados de las páginas de la historia de la guerra de Independencia de México- ahora van tras las huellas de otros curas insurgentes y de la situación particular de la salvación de sus almas.

 El primero en ese otro paquete, es el padre Mariano Matamoros, fusilado en la vieja Valladolid y, según estima la CEM, tampoco muere excomulgado. Hoy día, en la plaza mayor de  Morelia aún se ve la placa que señala el sitio exacto del fusilamiento de uno de los dos “brazos” de Morelos. A diferencia de Hidalgo y Morelos, Matamoros no sufre la degradación sacerdotal, al igual que los presbíteros que marchaban con Hidalgo y Allende en el grupo de insurgentes que pretendía llegar a Estados Unidos y que finalmente fue aprehendido en Acatita de Baján.

 A ese grupo de presbíteros, el obispo de Durango los salvó de la degradación, aunque no del fusilamiento. Sin embargo, en la ejecución, el pelotón no les disparó ni a las cabezas ni a las manos, partes consagradas por el sacerdocio. Se les enterró en el templo de Durango, donde afirma el padre Jaramillo, aún se encuentran sus restos.

 No solo la CEM anda tras la memoria de esos otros curas. Moisés Guzmán, de la Universidad Nicolaita trabaja ahora en las andanzas del padre José Guadalupe Salto, y ha apuntado la necesidad de recuperar la historia del mercedario Luciano Navarrete. A algunos más nos interesa lo que queda de ciertos otros curas… Luis González y González escribió unos pocos años antes de morir que aún faltaba mucho por decir acerca de aquellos que dieron a la guerra de independencia un cierto olor a incienso…

 Bueno, y los libros de texto, ¿qué?

 La cereza del pastel sería regresar al ácido reclamo del padre Hugo Valdemar, quien aspiraba a una “fe de erratas” en los libros de texto gratuitos, respecto a las excomuniones de Hidalgo y Morelos. A la CEM, el detalle no le quita el sueño. El padre Jaramillo prefiere que, primero, nuestros escolares de primaria se aprendan la fecha de la declaración de independencia. Y las modificaciones a los libros de texto, no le parece asunto urgente: “los libros de texto deben cambiar sí, pero por cuestiones más vitales y no por datos accesorios”. Me fascina tanta lucidez… por fin, alguien opina con sensatez acerca de una de las muchas cuentas pendientes de la educación pública mexicana… y estando ya tan cerca el Bicentenario del inicio de la Independencia…

 Y dejemos en paz a los curas insurgentes… al menos por un rato.




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