Archive for the 'Miguel Hidalgo y Costilla' Category

05
Abr
11

de mujeres e historia(s) 2: el complot de Mariana

UNO. LA INVENCIÓN DE LOS ROSTROS

El año pasado se puso de moda echarle muchas flores a doña Leona Vicario, asunto que mereció la publicación de dos novelas, “Leona” y “La Insurgenta” (definitivamente deliciosa), la reedición de la correcta biografía escrita por Eugenio Aguirre, la mención a la biografía que hará cosa de un siglo se ejecutó don Genaro García y la aparición de la susodicha dama en la teleserie “Gritos de muerte y libertad”, bastante bien ejecutada por Cecilia Suárez. Por añadidura, en algún momento, y ojalá sea pronto, los antropólogos forenses que colaboraron en el tratamiento, análisis y manita de gato que les administraron a los restos de los próceres de la independencia, entre los cuales se encuentra la señora Vicario, estarán en condiciones de hablarnos qué se encontraron con los restos de la dama, sobre cuya autenticidad no existe, en principio, ninguna duda, y entonces sabremos a qué se atribuye algunas peculiares lesiones que los aludidos restos registran en la columna vertebral: nada para cambiar el curso de la historia, si no es como para meditar sobre los peculiares castigos y/o complicaciones que se derivaban, por ejemplo, de andar huyendo a salto de mata, o, bien, de ser indultado por la buena voluntar (ja-já) de la autoridad virreinal, con todos los desprecios y malos tratos que ello podría suponer. Si de hacerle el favor entero a doña Leona se trataba, ya podrían los señores antropólogos forenses incursionar en el terreno de la reconstrucción facial, para saber cómo era, de una buena vez por todas, la buena señora, y no quedarnos con la duda de su perfil, sugerido por el retrato, el único que se conserva, y que se encuentra en el Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, bajo la mirada vigilante y amorosa de su director,  mi muy querido amigo Salvador Rueda.

Ese puede ser el tipo de homenajes importantes: devolverle rostro, textura, carnalidad, materialidad a aquellos nombres que circulan en los libros de historia (cada vez menos a causa de la canija hiperespecialización de los historiadores, que a ratos miran con honda desconfianza a cualquier cristiano que en el pasado se haya hecho acreedor al calificativo de “héroe”. Nada malo sería intentarlo con doña Leona, si partimos de la conservación, más o menos consolidada -que nosotros sepamos- de sus restos. De esa manera, dejaríamos de tener referencias poco significativas, como la muy bonita, pero poco fiable estatua de la señora Vicario, allá en el centro histórico, en una plaza muy mona, frente al antiguo convento de Santa Catarina, a unos cuantos pasos de la que fue su casa, allá en República de Brasil, junto al edificio de las Inquisición que hoy es el Museo de Medicina de la UNAM. Esa casita, por cierto, que hoy pertenece al Instituto Nacional de Bellas Artes, y que se destina para la operación de actividades literarias, estuvo largos años en la mira de la historiadora Patricia Galeana, con el fin de convertirla en el Museo de la Mujer, que, finalmente, y al amparo de la UNAM, se acaba de convertir en realidad, allá en el número 17 de la calle de Bolivia, en el mismo Centro Histórico, en una casa que fue la Imprenta Universitaria cuando esas calles llenas de piedras viejas constituían el barrio universitario.

Ese sería un sitio interesante para poner un buen retrato de doña Leona; quiero decir, un retrato con sustento, en compensación al rostro, absolutamente “inventado”, no me cabe duda, que la desidia de alguien hizo pasar como el retrato de la señora Vicario entre algunas imágenes que los señores encargados de (des)coordinar las conmemoraciones federales del año pasado crearon con un impacto bastante limitado. Y digo “inventado” porque no se parece al retrato de Chapultepec, que refleja a una señora que empieza a entrar en la madurez, pero de la cual nos faltan detalles, y tampoco se parece al cuadro familiar novohispano de la familia de la dama en cuestión, donde aparece doña Leona, de frente… a la edad de cinco años. Se parezca o no al retrato de Chapultepec, no hay elementos para decir que sacaron, de algún sitio fiable, el rostro de la joven Leona. Si lo hubiera, ya se habrían tardado en darlo a conocer, como el hallazgo valioso que hubiera (el hubiera, caray) sido.

Pero bueno, lo importante es que podríamos tener un buen retrato de Leona Vicario. Lástima que no podamos decir otro tanto de otras mujeres involucradas con la insurgencia como personajes actuantes. No hay retratos de la michoacana Gertrudis Bocanegra (es una verdadera puntada digna de los Tres Chiflados la que tuvo la [des]Coordinación Ejecutiva de imaginársela [porque eso hicieron: imaginársela] peinada de trencitas, como para aparecer en película revolucionaria del siglo XX. A las buenas intenciones, aprendamos, siempre hay que agregarle, por lo menos,  unas cuantas neuronas, conectadas y haciendo buena sinapsis entre sí, de preferencia.

Así es esto de la iconografía. Podrían preguntarle a un fulano que vivió en la primera mitad del siglo XX, un tal Joseph Goebbels, jefe y cerebro de la propaganda de otro fulano, Adolfo Hitler. Goebbels habrá cometido todas las aberraciones que se quiera, pero de que era un buen propagandista y sabía su negocio, era un buen propagandista y sabía muy bien lo que se traía entre zarpas. Algunos deberían de leerlo, para aprovechar lo que haya de aprovechable. Así es esto de los retratos oficiosos, oficiales y no oficiales.

DOS: MARIANA, UN RETRATO AUSENTE Y LA HISTORIA DEL COMPLOT

Un retrato que en los mitotes bicentenarios yo eché de menos, no sólo porque a nadie se le ocurrió inventarle un rostro, sino porque sólo algunas personas se acordaron de la dama en cuestión, es el de Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, señora de nombre largo y que a cambio de ser “mujer de acción”, para hablar en términos renacentistas, tiene una callecita, que recuerdo diminuta, en las cercanías del mercado de la Lagunilla.

Si de agallas se trata, doña Mariana las tenía. Criolla adinerada, casada con el que se cuenta era un buen hombre, vinculado a la riquísima mina de La Valenciana, mandó todo al demonio cuando se le ocurrió un complot que sin dudarlo me parece genial: secuestrar al Virrey y ahorcarlo para garantizar la ruta hacia la independencia de la Nueva España. Este proyecto, conocido como la conspiración de abril de 1811, dio de qué hablar un rato, y era, aparentemente, una de las consecuencias directas de la desgracia de los caudillos que habían llamado, en Dolores, el 16 de septiembre del año anterior, a desatar el borlote nacional.

Los datos que tenemos, no muchos, hay que admitirlo, nos cuentan que el hogar de doña Mariana era el asiento de una tertulia frecuentada por numerosos criollos con dinero, partidarios de la independencia y que, con eso que ahora llamamos mentalidad estratégica, habían decidido que más le ayudaban al movimiento insurgente desde la sombra, desde sus posiciones, bastante privilegiadas en algunos casos, en la ciudad de México, que yéndose a la guerra. Nuevamente, era un asunto de decisiones. Por eso doña Leona Vicario se quedó un buen rato acá en la capital haciendo de las suyas, mientras su novio, Andrés Quintana Roo, se lanzaba a las montañas del sur, a sumarse a la insurgencia.

El caso es que la noticia de que el padre Hidalgo y sus compañeros cercanos han sido aprehendidos en algún lugar lejanísimo en el norte, las mentadas Norias de Baján,  crea, por lo que se cuenta, una sensación de desmoralización entre los criollos que simpatizaban con la independencia: el abatimiento era digno de unas cuantas sesiones de terapia de grupo, asunto al que se entregaron con constancia. Lo que es sabido, es que algunos de estos criollos acomodados discutían el tema, con sus incertidumbres y sus angustias, además de los beneficios terapéuticos del caso, en el estrado de doña Mariana, quien, para sorpresa de la honorable concurrencia, en vez de solidarizarse con los abatidos caballeros, les acomodó un par de pescozones para que dejaran de tirarse al drama y, si tanta simpatía había entre ellos por la independencia, lo mejor era poner manos a la obra. Algunas historias cuentan que la buena mujer los zarandeó con delicadeza: “¿Qué es esto, señores? Pues qué, ¿no hay otros hombres en la América, que los hombres que han quedado prisioneros?” La sutil y sus amigos, no cabe duda. Las víctimas de tan elegante comentario apenas alcanzaron a replicar que, bueno, ganas y corazón y valor sí habían, pero, ¿qué habría de hacerse?, cuando doña Mariana ya tenía la solución: “Muy sencillamente: cogiendo aquí al virrey y ahorcándolo”. Me cae bien:  a grandes males, remedios concretos. Cuantos problemas nos habríamos evitado, a lo largo de nuestra historia, si en el momento necesario se pasara de la especulación a la acción. Como, por ejemplo, unas tres cucharadas de cianuro en la taza del café o en la lata de la cocacola, bien administradas al personaje adecuado y en el momento propicio, y más de un asunto habría sido cuestión de coser y cantar.  Qué le vamos a hacer.

Si leemos los papeles que nos cuentan aquella accidentada historia de abril de 1811, podríamos creer que, todos a una, decidieron comprarle el boleto a doña Mariana y pusieron manos a la obra. Personalmente, creo, cuando leo la larguísima lista de los que estaban involucrados, desde el perro más humilde hasta algunos de los títulos nobiliarios más importantes de la Nueva España, que si bien doña Mariana hizo el papel de provocadora, hubo más de uno que podrían considerarse cabeza del complot, como se vio cuando, dos años más tardes, las autoridades estaban atacados de sana precaución, al darse cuenta del linaje y contactos y poder de bastantes caballeros mencionados como cómplices, partidarios, involucrados y actores.

Algunas versiones dicem que nada tonta, doña Mariana se ocupó de “seducir”, es decir, de convencer a dos de sus cuñados,  los militares Francisco Omaña y Tomás Castillo, de grado capitanes, y que estaban a cargo de algunas tropas de las acantonadas en las afueras de la ciudad, que recibían, cada tarde, la visita del virrey para pasar revista.

Lo que ocurrió es más o menos sabido: uno de los involucrados, José María Gallardo, decide que si se va a aventar a la maniobra que pretendía atorar a Venegas cuando visitara a las tropas, pues, lo menos que debería hacer es pasar antes por el confesionario y dejar su alma más o menos purificada y absuelta, por aquello de las moscas, y no fuera a ser que se quedase con pasaporte al otro mundo en la previsible refriega, y sin las bendiciones necesarias para no ir a achicharrarse en elgún círculo del infierno.

El pequeño detalle que dio al traste con todo fue la elección del confesor: un mercedario, el padre Camargo, fue el elegido, que, no bien se enteró del asunto, corrió,  según cuenta Anastasio Zerecero, a contárselo al Virrey, quien de inmediato mandó apegollar y llevar ante su presencia al escrupuloso que, por cuidar la salvación de su alma, condenó a por lo menos sesenta cristianos. Apenas se vio en presencia de Venegas, que seguramente echaba espuma por la bica, y se vio tratado de “insurgentón” y “pícaro”, el señor Gallardo se apresuró a soltar cuanto sabía de la conspiración.

En menos de lo que se dice “en friega”, Venegas mandó apresar a los delatados por Gallardo. Y en menos de lo que se dice “en friega”, sus oficiales se apresuraron a cumplir la orden. Doña Mariana y su esposo, de los primeros en caer.

Se cuenta que la buena dama soportó cuantas presiones se aplicaron en ella para que confesara la información esencial del complot. Hasta donde se sabe, nada le sacaron sino hasta que, movidos por el hartazgo, el terror o la tortura, o todo junto, pues los interrogatorios estaban a cargo de una junta de seguridad encabezada por Miguel Bataller, algunos de sus compañeros de prisión soltaron lo que sabían y además la señalaron como responsable.  Por eso, la prisión en los espacios más infectos, de Mariana duró siete meses, al cabo de los cuales, y sabedora de que sus cómplices masculinos habían despepitado todo lo importante, comentó: “Pues ya que los señores, o mejor dicho los nenes, no han tenido carácter, es inútil que guarde más silencio”. Parece, insisto, que suavecita, no era la mujer.

Al matrimonio Lazarín-Rodríguez del Toro se les confiscaron sus bienes, que no eran pocos, y se quedaron en la cárcel, portando grilletes, hasta fines de 1820, cuando Zerecero logró sacarlos. La investigación prosiguió desde ese abril de 1811, hasta que, con un dejo de bochorno y un mucho de precaución, el fiscal responsable, don Vicente Ruiz, notificó a Venegas el sobreseimiento de la causa, habida cuenta de las alturas que tendrían que rozar: y elementos tenía el fiscal para estar receloso: Trece señores electos para la Audiencia estaban mencionados en las confesiones; se señalaba como cómplices a algunos de los nobles novohispanos más encumbrados, como el Marqués de Rayas, el Conde de Santiago, el Marqués de San Miguel de Aguayo y el Conde de Regla  (¡Nada más!), sargentos, capitanes y tenientes; los franciscanos (sí, todos), los santiaguinos, los dominic0s, los agustinos y los mercedarios: no uno, no unos pocos; se señalaba como compinches a las comunidades monásticas enteras; veintiún señores que debían partir a España a ocupar empleos, y, en el fandango que debió ser aquella indagación, resultaban conspiradores fiscales, abogados, el famoso -y poderoso- Gabriel Yermo y hasta el mismísimo Bataller. 

Como las canijas y recochinas dudas eran grandes, y no era cosa de ir a preguntales a Yermo y a Bataller si andaban en esas danzas, y como era de antología lo que iban a decir los señores condes y marqueses de estos babosos que se atrevían a presentarse en sus casonas indagando quién sabe qué chisme, el fiscal Ruiz buscó respaldo en los jueces  Ignacio Verazueta y Andrés Rivas Caballero. Así juntaron el valor para decirle al virrey Venegas que, mejor, ahí moría. De todas maneras, acotaba, “sería una progresión casi al infinito los que irían apareciendo de la exdpresada evacuación de citas y de las que de ellas fuera resultado”. Casi casi temían acabar encontrándose con que tendrían que meterse al bote ellos mismos.

Venegas tuvo que conformarse con tener tras rejas a 77 acusados, lo más delgado del hilo. Doña Mariana, “acabada” ,como decían las viejitas, por casi una década de prisión, murió a principios de 1821 y ya no vio la consumación de la independencia. Pero algo sabría del asunto, seguro. Por eso sigue siendo injusto, aunque su nombre sí esté en el muro de honor del Congreso de la Unión,  que ni siquiera se le haya antojado a los incautos imaginarse su rostro. me la imagino más inteligente que guapa, más atractiva que delicada. Más amazona que cara bonita y más hija de Palas Atenea que de Venus. A lo mejor por eso no tiene retrato; con ella no iba eso de “calladita se ve más bonita”. Mariana.

TRES:  ACATITA, OH, ACATITA.

El lunes 21 de marzo se cumplieron los 200 años de que, en ese lugar que seguramente tiene como nombre familiar y local algo así como “el quinto infierno”, pero cuyo nombre formal y conocido en los libros de historia nacional es Acatita de Baján, la suerte, otra vez, la muy perra, “le fue adversa” al padre de la patria (de veras que eso es tener MUY MALA SUERTE, me queda claro), don Miguel Hidalgo, y a la flota que lo acompañaba en su retirada hacia el norte, animados con la esperanza de llegar a Estados Unidos, rehacer fuerzas, pertrecharse con lo último de lo último en materia de armamentos y conseguir hartos mercenarios que les ayudaran a remontar la crisis y regresarse, cruzando oootra vez el canijo desierto novohispano (con ese proyecto, enmedio de tanta mala suerte, es que estos resultaban unos optimistas endiablados) para darle su merecido al virrey Venegas y al méndigo de Félix Calleja, que habían tenido la descortesía (más don Félix, desde luego) de interrumpir la soberana pachanga que los insurgentes se traían en Guadalajara, propinándoles una derrota escandalosa en Puente de Calderón, incidente del que ya hemos hablado en este Reino.

Después de la derrota aparatosísima, todos salieron por piernas de la capital de la Nueva Galicia, y dejaron descolocados a todos los que en la ciudad habían comprado el boleto de la insurrección contra la corona española: entre tanto número, apenas lograron editar siete números de El Despertador Americano, primer periódico insurgente, y no bien las tropas realistas se apoderaron de la ciudad, el comisionado de Hidalgo para tal empresa, don Severo Maldonado, tuvo que hacer el oso de retractarse de su militancia independentista, y acabó haciendo otro periódico,  El Telégrafo, que se dedicaba a denostar los perversos intentos de separar a la Nueva España de la buena y noble madre patria. De modo que no nos sorprendamos, chaquetazos así de miserables, desde luego que los hemos visto en el pasado reciente, pero no son novedad alguna en este sufrido país.

El caso es que Hidalgo y algo así como un millar de cristianos, entre los que se contaban una flota de curas, algún músico que venía con el señor cura desde Dolores, un carruaje que describen los testimonios “ocupado por damas” y un poco de y tropa, avanzaban hacia el norte. La verdad, no eran muchos:casi 900 personas;casi nada si se toma en cuenta que, unas semanas atrás, en Puente de Calderón, don Miguel comandaba la nada despreciable cantidad de 20 mil insurgentes.

Yo no conozco la mentada Loma del Prendimiento, como le dicen al lugar en cuestión; ese punto perdido en el desierto donde atoraron a lo que quedaba de la dirigencia de aquella primera insurgencia. Pero, por lo que he podido averiguar, es una peculiar excursión la que se necesita para apersonarse enel lugar y contemplar la columna que da testimonio del acontecimiento. El problema es que la mentada Loma del Prendimiento se halla lejos de cualquier cosa que se entienda como ciudad: la población de ahí cerquita, me cuenta el gran Leo Mendoza, guionista de “Hidalgo, la historia jamás contada”, es diminuta: unas pocas familias la habitan.

Para una chilanga como yo, que lee periódicos a diario, la  idea de embarcarse en un viaje por tierra por las carreteras de Coahuila, es una cuestión absolutamente antojable, pero también es ya asunto que genera franco recelo y el justificado temor de encontrarse un reten de buenos, de malos o de muy malos, lo mismo da, porque de todas maneras resultan peligrosísimos y de reacción previsible: plomear de muy mala manera a cualquier vehículo, lleno de narcos, sicarios, turistas despistados o gente decente que se quieran asomar a ver la dichosa Loma, que, muéranse de risa, es propiedad privada.  Otro día, un día, ojalá que un día, pueda hacer el viaje sin temor a que la perra realidad del norte del país me alcance.

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10
Nov
10

Huellas del Día de muertos: junto a las tumbas de los ilustres

Otra vez, Día, Días de Muertos,  los del año de los Centenarios.  Evidentemente, en el “Manual de Conmemoraciones Básicas Vol. 1”, no se consideró una macro ofrenda para los insurgentes y para los revolucionarios. El espacio ideal habría sido el Zócalo, pero el gobierno de la ciudad de México se adelantó con su formidable Árbol de la Muerte Florida (qué bonito nombre, de veras).  En el gran montaje del Zócalo había algunos detallitos, además de la ofrenda que se hizo en el Museo Panteón de San Fernando, dedicada a los personajes de la Revolución. Se me haría inevitable, que no indispensable, pero, ¿no se merecían acaso su agua, su pizca de sal, sus velas? ¿una taza de chocolate para el padre Hidalgo? ¿Buenos tazones de chocolate para Allende y para Aldama, par de inquietos y preocupados aquella madrugada de septiembre, que ahora no podrían rehusar el chocolate, como hicieron entonces, porque a estas alturas del partido ya no tienen prisa alguna ni temor de acabar con el mecate en el pescuezo, ejem, ejem, sencillamente porque ya no les queda pescuezo qué cuidar? ¿Nadie consideró necesario un perro (el Perro Bicentenario estaba, seguramente, puestísimo para atender este negocio) que acompañe, encamine a los próceres que venían del Mictlan, del mundo de los muertos?

Todo este discurso, debo confesar, es una de las razones por las cuales me gustó tanto la campaña publicitaria de la funeraria García López, de la que he hablado líneas abajo. ¿Se imaginan una bonita ofrenda al pie del Ángel? ¿una digna ofrenda en el patio central de Palacio Nacional? Qué bueno que se las imaginen, porque nunca ocurrieron. Y por lo que se ve, nunca ocurrirán, a menos que el año entrante, al cumplirse 200 años del fusilamiento de Hidalgo, se haga algo muy bonito allá en la Loma del Prendimiento, en pleno desierto, según me cuentan, donde el cura de Dolores, Allende, Aldama, Jiménez y amigos que los acompañaban fueron presos de las fuerzas realistas.

Montar un Tzompantli, real o recreado, tiene su chiste y su riesgo

Pero fue día de Muertos, y los que más, los que menos, buscamos en las cajas de la memoria, las huellas de nuestros muertos,  los dictados por la genética y los que en el camino de la vida se hacen nuestros. En casa, hubo velas, agua y lata de comida sabor estofado para Andrés, el gato bienamado y muchas veces extrañado. Como cada año, se pisan uno o dos cementerios, para visitar a los seres queridos, para hallar otras historias. Nuestros muertos. Los de todos. Devorados por la muerte florida, cada día, en todas partes, engrosando la legión de fantasmas mexicanos de los cuales nos encanta contar historias desde tiempos inmemoriales.

Con ese rostro, ¿alguien duda que la muerte florida acabará por merendarnos a todos, algún día?

En términos más terrenales, me acuerdo de una historia de funerales de uno de los santos protectores de este reino: don Guillermo Prieto, que, después de su vida intensa, acabó en la rotonda de los hom.. digo, de las Personas Ilustres. Es una bonita historia  para Día de Muertos y secuelas, de veras. De don Guillermo,  hay que decir que se murió muy triste. Al tremendo deterioro físico que marcó sus últimos días, se añadió la muerte de su hijo Francisco, uno de los jóvenes nacidos de su matrimonio con María Caso, uno de los dos que, como decían las abuelitas, “se lograron”. Es natural, inevitable, me imagino, el dolor por la muerte de un hijo, y en el caso de don Guillermo, el asunto fue peor. Tuvo en sus dos matrimonios, por lo menos, cuatro hijos. De su segundo matrimonio, otros dos. La particularidad es que los dos a los que puso por nombre Guillermo, murieron antes que él y siendo pequeños de siete u ocho años. De los dos hijos varones que llegaron a adultos, Francisco y Manuel, el primero falleció muy pocos días antes de que don Guillermo se fuera al mundo de los muertos, en 1897.

 Revisando un viejo libro de epitafios del Panteón de Santa Paula, compilado hacia 1852 [esas cosas tan curiosas que les daba por hacer a los decimonónicos; hoy día ya tiene poco chiste esa actividad: a nadie le da por hacer buena literatura funeraria], donde, si uno sabe qué historias tiene guardadas en algún rincón del cerebro, encuentra cosillas de interés. Yo me hallé las lápidas de los niños María de los Ángeles (1826-1847) y Guillermo Prieto y Caso (1841-1848), muertos en esos días hondamente tristes, como nos cuentan los hombres de aquel tiempo que eran los de la guerra con Estados Unidos y la invasión de México.

Estos niños apenas aparecen en las Memorias de mis Tiempos, escritas por don Guillermo en sus años finales, y compiladas y publicadas después de su muerte. Sobre ellos hay solamente un párrafo  que alude al 9 de agosto de 1847, cuando la familia Prieto y Caso abandona la ciudad de México, en busca de un sitio seguro, pues los gringos se acercan cada vez más a la capital. Don Guillermo, ocupado como anda en la batalla, haciendo lo que puede -que no es mucho como soldado; siempre fue un pésimo tirador, tan malo como espléndido cronista- no se entera muy bien de ese calvario, pero sabe que su María va por el rumbo de San  Cosme, con carros con los muebles y “muy enferma con tres niños, uno de ellos recién nacido”, y acaba por recibir refugio y protección ni más ni menos que en casa de don Lucas Alamán. La cara que puso don Guillermo cuando se enteró dónde andaba su familia seguramente fue para asegurar horas de sano pitorreo de sus compañeros de andanzas: el liberal anticangrejos, huésped del ya viejo y super conservador don Lucas. Qué bonito. Dicho en otras palabras, todo se paga.

Si le hacemos caso a la lápida de Santa Paula, en esa huída de la ciudad de México, los Prieto y Caso acababan de enterrar a la pequeña María de los Ángeles y entonces llevarían a los varoncitos: el primogénito, Guillermo, nacido en 1841, al año de la boda de sus padres, y Francisco y Manuel, que llegarían a adultos. Manuel, incluso, escribiría y firmaría artículos al alimón con su padre, en los años 90 del siglo XIX, y firmaba sus propias cosas como “Manuel G. Prieto”, la “G” de “Guillermo”, o bien porque a su papá se le hizo muy buena cosa acomodarle su propio nombre a todos sus niños, o bien por la leyenda familiar según la cual, la descendencia de don Guillermo, por la línea de don Manuel, usa, como apellido, y hasta la fecha, el  “G. Prieto”, o como lo hace conocida periodista llamada Alma, “Guillermoprieto”, como deferencia de Benito Juárez, por salvarle la vida (Ya saben: eso de los valientes no asesinan y todo lo demás) en Guadalajara, a principios de la Guerra de Reforma. Otro dato importante de Manuel G. Prieto es que él se encargó de donar a la Biblioteca Nacional parte de la biblioteca de don Guillermo, brincándose, con buen sentido, la disposición de su señor padre, según la cual habría de venderse toda la biblioteca y repartir el dinero entre sus nietos. Sé, por referencias de algunos amigos, que a veces, en las librerías de viejo de La Lagunilla (el mercado de pulgas, muy venido a menos, de la ciudad de México) se han encontrado algunos volúmenes de la biblioteca de Prieto, que estaba en la Casa del Romancero, en Tacubaya, donde lo fue a cazar la muerte. El inventario de la biblioteca de don Guillermo, que entregó don Manuel,  escrito en máquina de escribir, es muy interesante, y forma parte también del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Pero eso lo cuento otro día.

Lo que sí cuento hoy es que Francisco y Manuel crecieron para seguir a su padre en numerosas aventuras y peleas políticas. El primogénito Guillermo se quedó enterrado con su hermanita en Santa Paula. En algunas de las memorias de aquella espléndida pandilla liberal que recorrió el país entre guerras civiles e invasiones francesas entre 1857 y 1867, aparecen, de repente, los hijos de Guillermo Prieto, a veces acompañando a su padre, a veces encargados de conducir un carruaje con algún encargo específico.

Pero don Guillermo enviudó de “su María” (como la llama Benito Juárez en una carta de 1865, al calor del agarrón que se dieron en Paso del Norte), hacia 1869. Tuvo la puntada de volver a casarse quince o dieciséis años después, en 1884 o en 1885, aunque los pocos papeles que hay sobre el tema indiquen que la boda ocurrió en 1886, cuando Guillermo Prieto tenía, nada más, 68 años de edad.  La novia era doña Emilia Colard (otras versiones la apellidan Collard o Collado). Y tuvo otros dos hijos. Un niño, al que le volvió a poner Guillermo, y una niña, que se llamó María. De este pequeño Guillermo Prieto y Collard solamente sabemos que fue, junto con su hermanita, niño querido y consentido (es uno de esos casos en los que el personaje, más que hijos, tiene nietos) y que, en días de navidad enviaban regalitos y golosinas caseras y recibían detallitos y aguinaldos de un cuate de su padre, tan interesante como el Romancero: don Agustín Rivera y San Román, peculiarísimo sacerdote, liberal e historiador, que desde su madriguera en Lagos, Jalisco, sostenía animado intercambio epistolar con don Guillermo.

Por esas cartas sabemos que ese pequeño Guillermo murió probablemente, hacia junio de 1892, cuando tenía unos seis o siete años. Una breve nota del 4 de junio, dirigida al padre Rivera, habla de una muerte repentina: “Los golpes para los viejos son mortales. Me duele el alma y veo todo negro”, escribe el poeta, con su Musa Callejera al lado, llena de velos negros. Hasta febrero de 1893 Prieto tiene entereza para hablar del tema. Las cartas, en ese medio año han sido escasas, breves, y sólo un par aluden a los temas inevitables cuando la vida sigue. Pero en ese febrero prieto admite que esos meses han sido de duelo: “Encierro severísimo, tantos días de soledad, la más absoluta, salud debilísima amenazada con constancia, lágrimas, duelo por la muerte del niño, que ha caído como sombra de muerte en mi casa, y sobre todo en mí, que estoy agobiado con esa muerte y tengo días de profunda amargura.”

Don Guillermo se murió en 1897 y el gobierno de Porfirio Díaz -al que le había dado una lata sin cuento, pidiendo apoyos, apapachos y favorcitos, como se ve en la correspondencia del secretario de Díaz, Rafael Chousal,- eso hay que reconocerlo, no lo dudó: después de embalsamado, don Guillermo se fue derechito a la Rotonda de los Hombres Ilustres (ay, esos tiempos en los que nadie había inventado la corrección política ni la equidad de género). Don Guillermo se había muerto como todo un ilustre, como -le encantaba remachárselo al gobierno de don Porfirio- “el último ministro de la Reforma que le quedaba al señor general” y se fue al otro mundo, más o menos en paz, después de su injustificada fama de comecuras (compartida por inercia con toda su generación), provisto de confesor, al que no peló mucho, y un crucifijo en la mano, que, junto con la máscara mortuoria de don Guillermo, conserva la Universidad Iberoamericana entre un montón de cosas bonitas para ver:

El dato llamativo de este el entierro de don Guillermo, es que se hizo con gran pompa, como correspondía a una reliquia de la república juarista, con carros enlutados para el trenecito que llevaba el cadáver, los deudos y los invitados hasta el recontralejano panteón de Dolores y el chillar y chillar de todos los colegas de la prensa que lo habían conocido. Todo un encanto, don Guillermo, con una vida formidable.

El problemita al que se enfrentaron sus deudos, en particular su viuda doña Emilia y su hija María (que tenía 12 años al morir su padre), es que el gobierno de don Porfirio aportó la declaratoria de “Hombre Ilustre” para don Guillermo,  y el sitio honroso en la Rotonda, pero no apoquinó para hacer un monumento digno del poeta y periodista, metido a político y Ministro de Hacienda, de tal suerte que viuda e hija tuvieron que hacer, según se sabe, grandes sacrificios, para pagar a plazos, el mentado monumento, hecho por Jesús Contreras. Esta historia es importante de contar, porque, en una fecha no determinada, una señora que estudiaba la maestría en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, Ellen Elvira Merrifield de Castro, escribió, bajo la dirección de don Ernesto de la Torre Villar, una tesis de posgrado que, vista con los ojos actuales, aborda un tema casi obvio: la visión de la historia en las obras de Guillermo Prieto. Como la tesis no tiene fecha por ninguna parte y como me la encontré en una librería de viejo hace como diez años, y como no he ido a averiguar el dato a la UNAM, no puedo sino afirmar que se remonta la hechura del trabajo hacia algún momento de los mediados del siglo XX, es probable que hacia 1959 o 1960, cuando el gremio de historiadores no se ponía tantos moños y parte de ellos no tenía esas peculiares obsesiones con la idea de que la Historia es una ciencia. Cierta estoy de que, en este 2010, un trabajo como el de la señora Merrifield de Castro hubiera recibido, respecto al planteamiento teórico (el trabajo de revisión bibliográfica y hemerográfica es enorme y riguroso), una buena repasada de algunas queridas maestras mías, pero eran otros tiempos. Y lo más bonito, que, en ese trabajo, doña Ellen Elvira encontró a una testigo interesantísima: María Prieto y Colard, la hijita de don Guillermo, que sí vivió para hacerse adulta y para contar algunos detalles de la historia de su padre, como esta del monumento funerario y otro dato: don Guillermo NO quería que lo fueran a meter a la Rotonda, pero al fin, el hijo varón que vivía, Manuel, accedió a que los restos de su padre se fueran a gozar de la ilustridad.  A la viuda y a la hija se les dotó de inmediato, en ese marzo de 1897 de 100 pesos, “por la necesidad en que quedaron”, y según lo reportó el ministerio de Hacienda, y les asignaron una pensión de mil 236 pesos anuales, que no sabemos si llegaron a recibir.

Así es que don Guillermo tiene hoy su monumento, que recibe, en día de muertos, una pizca de flores anaranjadas que alguien del panteón o de la delegación Miguel Hidalgo, o de la Secretaría de Gobernación, responsable de la Rotonda (ajá, cómo no), fue a poner en cada una de las ilustres tumbas de los ilustres señores. Este año le llevé rosas amarillas con ribetes rojos, amarillas y rojas como la vida, como el gusto de tener santos tutelares como él y otros más como Zarco y Altamirano que decidieron no tener las muertes sencillas tan propias de su tiempo. Pero de eso, hablamos otro día de muertos.

Juan de Dios Peza, frente al cadáver de don Guillermo, le decía: "Duerme tranquilo, ¡Tu labor fue buena". Y sí, es cierto. Con toda esa habilidad de Prieto para ser terrible persona y venenoso escribidor, fue un hombre bueno.

03
Jun
10

Pasear huesos 3: una novela que ya dura 187 años

Siendo absolutamente estrictos, debiéramos dar gracias de que hay huesos paseables. Para el propósito para el que los queramos. Para dejarlos ahí guardaditos, para exhibirlos, para escribir una novela, eso no importa para lo que quiero decir. Tal ha sido la historia de estos restos humanos, que es de llamar la atención que quede algo más o menos sólido. Pero de esas determinaciones (la solidez) se hará cargo el INAH, responsable, por ahora, de hospedar y mandar al SPA a los padres de la patria.

Y es que desde 1823 se cuentan unas historias impresionantes y que tienen que ver con nuestra afición a las reliquias. Y, al rascar un poco, lo que nos encontramos en aquel lejano 1823, es una disputa por el poder y la trascendencia entre un emperador y un congreso, y una muy clara idea de que a estos restos ha de hacérsele las honras fúnebres de las cuales muchos de ellos carecieron en el momento exacto. Alrededor de estos huesos ha habido más de una bronca política. Es inevitable, ese ha sido, si le quieren decir así, su destino, desde el mismo momento en que Miguel Hidalgo le dijo a sus compañeros que había que ir a coger gachupines.

Vamos por partes. Rascando entre mis papeles, me hallo una entrevista que el 9 de marzo de 1994 concedió Enrique Krauze a José Luis Perdomo Orellana y a mi amigo Oscar Enrique Ornelas para El Financiero, a causa del lanzamiento de un libro bastante disfrutable: Siglo de Caudillos. En aquella oportunidad, los reporteros interrogan a Krauze acerca de los restos de Porfirio Díaz que siguen en el cementerio de Montparnasse. Antes digan que a nadie se le ha ocurrido resucitar el tema, porque se vuelve a armar la bronca de hace algunos años, cuando volvió a cobrar fuerza la idea de traer los mentados restos de regreso (la segunda, de hecho. Hubo una primera hace aún más años, donde anduvieron involucrados algunos de los artífices de la paseada de huesos del domingo). Los juicios de EK que a continuación reproduzco son adecuados para la coyuntura:

-Si por usted fuera, ¿los despojos de Porfirio Díaz no estarían en Montparnasse y sí aquí en México?

Sí, pero tampoco le haría yo ningún tipo de recibimiento, de arco triunfal, día de fiesta nacional y repique de campanas y Te Deum y misas. Yo simplemente digo que es un poco ridículo exiliar a una persona post mortem.

Y agrega esto, que es lo interesante:

Somos un pueblo muy dado a adoptar actitudes muy extrañas con respecto a los huesos… quizá nos venga de la cultura mediterránea esa santificación de las reliquias y huesos

Ese “muy extrañas” que Krazue dijo hace dieciséis años se traduce en la tendencia a andar almacenando huesos, vísceras y demás materia humana perteneciente a personajes relevantes. En descargo nuestro hay que decir que no somos los únicos, aunque se nos dé bastante esta afición, y no entre todos los mexicanos, para aplacar los reclamos que surjan en este punto. Nomás echémosle un rápido vistazo a algunos ejemplos llamativos.

En muchas partes del mundo se guardan las reliquias de alguien; a veces pesa el asunto  mágico-religioso, a veces no. En la catedral de Colonia guardan en un cofre de oro y plata tres cráneos que se atribuyen a los Reyes Magos.  Recuerdo muy nebulosamente y no he vuelto a verla, una imagen de un esqueleto en exhibición de una monja coronada que se aseguraba era Santa Rosa de Lima. El cuerpo incorrupto de santa Bernadette Soubirous se exhibe en una vitrina encristalada en Nevers, en Francia. Por cierto, una empresa que se dedica a elaborar maniquíes de alta costura, se ofreció a aplicarle a la santa, en cara y manos, una capa finísima de cera, por aquello de la buena apariencia.

 Ah, y unos que SÍ pasean huesos, de hecho un cráneo, son los fieles de San Yves (1253-1303), santo medieval, abogado para más señas, con fama de justiciero y protector de los pobres. Es el santo patrono de Bretaña (Francia) y de los abogados y cada año sacan el cráneo del pobre hombre a pasear desde la catedral de san Tugdual hasta la población de Minihy-Tréguier, donde nació san Yves. Lo llevan en andas abogados prominentes y hasta donde se sabe es considerada una gran distinción formar parte del séquito del cráneo.

Otros restos famosos, motivados por la moda y el usual miedo a la muerte, son las momias de Palermo, bastante espeluznantes y que están en la iglesia de los frailes capuchinos de esa ciudad siciliana. Se trata de momias, digamos, artificiosas, porque saltaron a la fama el día que los frailes se dieron cuenta de que el tipo de tierra que había bajo su  iglesia conservaba los restos humanos. De hecho, no conserva los cuerpos tal cual antes de la muerte, más bien los deseca. Pero los frailes se entusiasmaron con la idea. Hicieron un experimento con un pobre fraile que se murió hacia 1600 y tuvieron la ocurrencia de exhibirlo públicamente. Acto seguido, tooodos los ricos de Palermo querían un servicio igualito para cuando les tocara marcharse de este mundo.

Las catacumbas de Palermo llegaron a tener como 8 mil personas que habían optado por este tratamiento. Pero si en el siglo XVII lo consideraron un lujo que algunos podían darse, cien años después la cosa se volvió alucinante: las catacumbas eran ya un club de ricos: estaban divididas por género, profesión y clase social. En pleno Siglo de las Luces, los palermitanos llevaban allí a sus muertos, ataviados con sus mejores vestidos, en muchas ocasiones escogidos por los difuntos como una de sus últimas voluntades, y no contentos con ello, los visitaban con frecuencia, les llevaban flores y les contaban las novedades de la familia. Este es, hasta donde conozco un ejemplo espléndido de lo que podríamos llamar “teoría presencial de las virtudes de los restos humanos” que, evidentemente, acabo de inventar para referirme a esta curiosa idea (por llamarla de algún modo) según la cual hay que tener enfrente lo que queda de nuestro héroe, pariente o celebridad preferida para que entendamos a cabalidad las virtudes que lo adornaron, y que me parece, se ha mencionado en uno o dos sitios en los últimos días. La diferencia  es que los habitantes de Palermo lo hacían en el siglo XVIII.

En el siglo XXI hay otra vertiente científico-comercial: la de los cadáveres “plastinados” del médico alemán Gunther Von Hagens, que detonan grandes escándalos dondequiera que se exhiben, excatamente por lo mismo que algunos han reclamado en el México del 2010: a los muertos, opinan, hay que dejarlos descansar, no andar manipulándolos. Una versión mexicana de esta habilidad científica puede verse en la entrada del Museo de Medicina de la UNAM, el antiguo palacio de la Inquisición. Allí hay un cuerpo humano tratado con algo que en el cedulario se llama “carbowax” y que genera un efecto parecido a la plastinación de Hagens.

Algunas, digamos “reliquias funerarias laicas” del siglo XX son, claramente, producto de un uso político del pasado. Son conocidas las fotos de los cuerpos momificados de Lenin y Stalin esperando juntitos el fin de los tiempos a la vista de todo mundo. Otro ejemplo y que tiene una larguísima leyenda atada al féretro es el cuerpo de Eva Perón y que está admirablemente narrada en el libro de Tomás Eloy Martínez “Santa Evita”. El mecanismo de la reliquia religiosa es el mismo. Y los mexicanos procedemos igual: ¿acaso no conservamos aún, en su frasco, el corazón de Melchor Ocampo en Morelia? ¿Acaso no siguen los restos de Iturbide en Catedral, y abajo de su urna, el corazón de Anastasio Bustamante? ¿Acaso no estuvo, durante años, el brazo de Álvaro Obregón en su monumento, en el parque de la Bombilla de la ciudad de México? De Álvaro Obregón no sorprende nada si uno revisa los elementos del “culto cívico” (y la expresión no la inventé yo) que los gobiernos posrevolucionarios fomentaron en torno a él, por lo menos en los veinte años posteriores a su asesinato en el parque de La Bombilla, donde permanece el monumento. Este es el uso cívico-histórico que durante siglos han tenido los restos de algunos personajes históricos.

Hay otros usos absolutamente comerciales, como los que ejercen los encargados del panteón de Guanajuato, que cobran la entrada a su famoso Museo de las Momias, venden souvenires en las tiendas que prosperan a la salida del panteón, firman contratos para su exhibición en el extranjero y ya se preocupan por la inminente competencia que les significará el rescate de un conjunto de cuerpos momificados descubiertos recientemente en Zacatecas.

 

El corazón de Melchor Ocampo, como podemos verlo hoy en el antiguo Colegio de San Nicolás, en Morelia

En materia de pertenencias no nos quedamos atrás.  Las pertenencias de los personajes históricos se tratan con la misma reverencia que el rosario, el anillo, el báculo o hasta las astillas del ataúd, como en el caso del beato mexicano, jesuita para más señas, Miguel Agustín Pro. Aquí se las enseño:

A veces, estas estampas con reliquia del beato Pro se consiguen en la iglesia de la Sagrada Familia, en la colonia Roma de la ciudad de México

Los restos de los protagonistas de la Independencia no se escapan de todos estos usos: la veneración laica que imita y sucede a la religiosa, la exaltación de las virtudes de las personas que alguna vez fueron esos restos y los usos políticos, faltaba más. Ahora también se les aplica la “curiosidad científica”. Sello de los tiempos ha surgido la duda en el espacio público: ¿serán, no serán de quienes decimos que son?  Aunque, probablemente, esas preguntas debimos hacérnoslas hace 187 años, cuando se dispuso trasladar los restos de los insurgentes a la capital mexicana.

1823: Cuando dejamos de ser imperio.

Edmundo O´Gorman narró de manera deliciosa, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia, la manera en que el emperador Agustín de Iturbide y su Congreso se enfrentaron por una cuestión de trascendencia histórica: quién era el artífice de la Independencia de México. No estaba en juego cosa menor: nada más y nada menos que el paso a la historia de Iturbide, y por otro lado, las aspiraciones republicanas de muchos congresistas que le oponían, a los sueños de trascendencia del emperador, la imagen de Miguel Hidalgo como real constructor de la independencia. Ese pleito iba a durar mucho tiempo y, de alguna manera, hay sectores de la sociedad que siguen en ésas. En un folleto, José Joaquín Fernández de Lizardi puso a discutir a ambos personajes, en el más allá, y no hubo manera de que se pusieran de acuerdo.

Pero en el México de 1823, a la caída de Iturbide, una de las primeras preocupaciones de los congresistas fue construir un panteón cívico propio, fincar en él elementos de unión y de identidad para el jovencísimo país que éramos, acabar en definitiva con la idea de que Iturbide era el gran hacedor de la Independencia, y por eso se apresuraron a emitir un decreto, el 19 de julio de aquel año, donde declararon (artículo 13 del decreto) beneméritos de la patria a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Abasolo, Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Mina, Víctor Rosales y Pedro Moreno. Además,”sus padres, mujeres e hijos y así mismo las hermanas” sobrevivientes de Hidalgo, Allende, Matamoros y  Morelos serían pensionadas por el gobierno mexicano. Como pueden ver, por la redacción del decreto, nadie estaba tirado al drama por la posibilidad de que algún cura tuviese más parentela, además de sus hermanas.

El artículo 14 del decreto es, me parece, esencial para entender por qué hacemos con estos “restos patrios” lo que hacemos: “Y respecto que al honor mismo de la patria reclama el desagravio de las cenizas de los Héroes consagrados a su defensa, se exhumarán las de los beneméritos en Grado Heroico que señala el artículo anterior, y se depositarán en una caja que se conducirá a esta Capital, cuya llave se custodiará en el Archivo del Congreso.”

El desagravio es fundamental, conseguido el objetivo político: muchos de los personajes beneficiados por el decreto habían fallecido de muerte infamante: fusilados por la espalda como traidores, cuatro de ellos decapitados y separados los cráneos enviados a la Alhóndiga de Granaditas para susto y escarmiento del pueblo, y afrenta final de parte de sus contrincantes. El Congreso reivindica a la insurgencia: son beneméritos, son héroes. Explicitada su valía, el país se apoyaba en las virtudes de esos personajes como el cimiento de la nueva construcción.

El decreto mentado dispuso, emitido en julio, que las exhumaciones tenían que hacer se para que tooodos los restos llegaran a la ciudad de México para que los depositaran en la catedral “con toda la publicidad y pompa”, el 17 de septiembre de ese mismo año. Medida inconsciente, si las hay, pensando en lo complicado que era en 1823 ir a toda carrera a Chihuahua, rescatar los restos, juntarlos con las cabezas que estaban en Guanajuato, ya no en las jaulas de las esquinas de la Alhóndiga, sino sepultadas en el panteón de San Sebastián de Guanajuato, a donde habían ido a dar el 28 de marzo de 1821, por órdenes de Anastasio Bustamante.

Así, pues, se procedió, aparentemente, con la idea de “aprisa” que se podía tener en aquel entonces: hay documentos fechados en Chihuahua el 18 de agosto de 1823 (nomás un mes después) , según los cuales se dieron instrucciones para que a la brevedad sacaran el cuerpo de Hidalgo de la Capilla de la Tercera Orden y los de Allende, Aldama y Jiménez del cementerio de la ciudad. Cosa, que, según los documentos, se apresuraron a cumplir.

 Prácticos como ya eran desde entonces los chihuahuenses, ellos sí pensaron en prevenir que no se les revolvieran. José de la Fuente, en su “Hidalgo Íntimo” reproduce las instrucciones emitidas en Chihuahua donde dispone que, “acomodados con la separación conveniente los restos de cada Benemérito difunto, separado e individualmente en términos de que con facilidad presten indubitable convencimiento de a quién corresponda, se depositen en una caja…”. Es decir: si a alguien se le revolvieron en el proceso, no fue a los señores de Chihuahua.

 Se consigna en el documento que la exhumación se efectuó el 20 de agosto de 1823 y que, puestos en una caja cubierta “de bayeta azul” (algo como una funda de tela), se trasladaron “por cordillera” hasta Guanajuato, para reunir los cuerpos con las cabezas. El sistema de cordilleras era un mecanismo de comunicación en el cual un mensajero recorría con un documento un circuito integrado por diversas poblaciones.  Usualmente portaba documentos que la autoridad de cada pueblo copiaba. La idea, probablemente, se refería a recorrer las ciudades y poblaciones ya definidas en el sistema, como ruta segura para llegar a tiempo a la capital.

Y sí… llegaron, más o menos a tiempo… después de numerosas fiestas y actos que eran el gran desagravio que los mexicanos le ofrecían a los caudillos insurgentes. Al mismo tiempo, andaban en el Cerro del Bellaco desenterrando a Xavier Mina; rescatando de la hacienda de la Tlachiquera, en León, el cuerpo decapitado de Pedro Moreno (la cabeza, hasta donde se sabe, nunca se recuperó; Isauro Rionda indica que “un pariente” la rescató en Santa María de los Lagos en Jalisco y luego la enterró quién sabe dónde). Los restos de Chihuahua habrían llegado a Guanajuato el 1 de septiembre, se habían reunido cuerpos con cabezas y se habrían entregado a un teniente Luna. Pasaron el día 3 a San Miguel el Grande donde se les recibió con gran fiesta y ceremonia. De ahí, a Celaya, el día 4 en Apaseo el Grande y luego a Querétaro el día 5 (para estas alturas eso ya parecía tour de estrella de rock). El 6 de septiembre andaban por un poblado conocido como La Cañada y de ahí tomaron camino hacia la Villa de Guadalupe… y ahí los dejamos, reviajando, hasta mañana.

Para que pasen buena jornada, les dejo uno de los poemas guanajuatenses que se escribieron y circularon en esa época, esta vez en honor a Allende:

Octava

Libertad resonó en el pecho amante,

del Ilustre campeón americano,

y con valor intrépido y constante,

sacudió el yugo del soberbio hispano

De Allende esta virtud tan relevante

cual Héroe le fijó en el fasto Indiano;

mas por salvar la Patria ¡ay, Dios! perece,

y mayor en la tumba resplandece.

30
May
10

Pasear huesos: las “reliquias patrias”

Hoy, domingo 30 de mayo de 2010, salen a pasear los Padres de la Patria. Los más antiguos de esos restos, que hace casi 200 años y, mediante el rápido expediente de las balas dejaron de ser carne apasionada para transformarse en materia prima de las obsesiones de las generaciones de mexicanos que les siguieron, se asoman al México del siglo XXI, donde acechan los perros bicentenarios y las alianzas políticas demuestran hasta qué punto se han desgastado esas antiguallas que se llaman “principios” y, poco a poco, se sustituyen por lo que podríamos llamar “medidas desesperadas”. Lindo ambiente que se van a encontrar.

Esto de “pasear huesos” entra muy a tono con las peculiares maneras que tenemos en este país para asumir la muerte, para combatirla, negarla e, incluso, intentar vencerla. Tiene que ver también con la huella de rituales religiosos que, al paso de los años se transforman en rituales laicos, sin que a nadie le cause demasiado escándalo… en principio.

Fuera de una asomadita al mundo, que les dieron en 1953, los restos de los caudillos, de los próceres insurgentes, no salían desde que los trasladaron, en gran procesión (desfile o procesión, para el caso específico es casi lo mismo) solemne, de su sitio en la Capilla de San José de la Catedral, hasta la Columna de la Independencia, donde, por no sé qué razones, hay quien anda diciendo en los periódicos que los colocaron en una “cripta subterránea”. Más bien si sé. Quien dice esas cosas tiene mucho que no se para en el sitio, porque sabría que entra uno al pasillo interior, da la vuelta, pasando por la estatua de Guillén de Lampart, que está ahí no por ser el personaje principal de una novela de Vicente Riva Palacio (“Memorias de un Impostor”), sino porque a él sí se le consideró una especie de precursor de los anhelos independentistas en la Nueva España en los tiempos en que se adornó el sitio y se pensaron los diversos elementos escultóricos que revisten la columna.

Así pues, salen los huesos a pasear. Alrededor de estos pobres restos han ocurrido toda clase de historias desde 1811, cuando los cuatro primeros personajes que duermen la siesta de la eternidad en la Columna de la Independencia fueron pasados por las armas en Chihuahua, que, si hoy día está bastante lejos, en términos de distancia, hace doscientos años estaba múchísimo más lejos. Allá se llevaron a Allende, Aldama Jiménez y, desde luego, a don Miguel Hidalgo. Allá fusilaron primero a Allende, Aldama y Jiménez, y un mesecito después al Padre de la Patria, que, en algún momento, porque es condición humana cuando se llega a las puertas de la muerte, del abismo y del desastre, ha de haber pensado en la inmortal frase “pero qué necesidad”, cuando se estaba tan a gusto en Dolores, departiendo con los amigos, discutiendo de temas elevados con Manuel Abad y Queipo, disfrutando las tertulias en casa del intendente Riaño, en fin. Así fueron las cosas, así se decidieron (eso es, también, condición humana) y por eso acabamos como acabamos, que no es privativo de los personajes que cambian el rumbo de los acontecimientos (no tengo ganas de usar la ultrasobada frase de los últimos meses “que nos dieron patria y libertad”, porque entonces se me dispara el mecanismo automático de pensar que, o se volverían a morir de la impresión con las cosas que hemos hecho bien, o nos mandarían al paredón de ver lo mal que hemos hecho algunas otras.)

Salen los huesos a pasear y esta ocasión no hay presuntos familiares a quienes confiar el amoroso traslado de los frágiles restos. En 1925, aparecieron un par de ¿nietos?, o al menos así se les conoció a sacar de la capilla lo que quedaba de Guadalupe Victoria. Hoy, se afirma que Victoria no tuvo descendencia conocida (pero qué tal desconocida, ¿verdad? por eso no hay que andar diciendo temeridades). Se asegura que estaba por allí una especie de sobrino de Mariano Matamoros, y la inexactitud de los parentescos hay que adjudicársela a los reporteros de aquellos años, para los que un nieto era lo mismo que un chozno, o un sobrino salía igual que un sobrino biznieto… total, si de un “probablemente” inventaron el robo de los huesos de Morelos, por qué iba a haber dificultad en esto de ser precisos con los parentescos. Algunos aún se preocupan por insistir en que Hidalgo no tuvo descendencia, pero vayan y díganlo en Dolores Hidalgo, díganselo a la familia mexicana que hoy día tiene su blog para explicar cómo es que son descendientes del padre de la patria. Este es uno de los elementos de folclor local que adornan estas conmemoraciones de 2010.

Salen los huesos a pasear, y esta vez no hay demasiadas polémicas por la autenticidad de los huesos, como en 1925, un personaje peculiarísimo, como muchos reporteros de esa época, que firmaba sus notas de El Universal como Jacobo Dalevuelta y que en realidad se llamaba Fernando Ramírez de Aguilar, que había estado incordiando, en las páginas de su diario, acerca de la desaparición de los huesos de Morelos. Como ese es un asunto que cada cierto tiempo resucita en la prensa mexicana porque alguien se acaba de enterar  de esa historia, merecerá unos párrafos aparte en este Reino. Pero no eran los únicos restos por los cuales se clamaba, se sospechaba y se pataleaba: corría, como corrió también la versión a fines del siglo XIX, que el cráneo que se pensaba, pertenecía a Miguel Hidalgo, no era tal, puesto que los testimonios indicaban que al padre de la patria no le habían dado tiro de gracia, y el pobre cráneo que en la colección de reliquias patrias se identifica como el del cura de Dolores. Los huesos de Morelos se cuecen aparte por el escándalo generado a su alrededor. Sobre el cráneo de Hidalgo, hace ya años que no se arma tanto barullo.

¿Qué si hay entonces en esta salida de huesos ilustres? La aspiración “científica”, derivada de obsesiones personales, y a cargo del Instituto Nacional de Antrpología e Historia (que deben estar emocionadísimos por el encarguito) de “identificar” los huesos que se resguardan en los elegantes cajoncitos. Yo debo reconocer que esas cosas de andar averiguando la historia de los restos humanos, definitivamente me encanta. Admito que tengo una buena colección de datitos al respecto, que agregaremos a este Reino en el curso de estos días. Confieso que esta historia de los “restos patrios” como un inocente con humor involuntario los bautizó, me divierte mucho porque en ella se mezclan las buenas intenciones con la incompetencia, la mala fe y, antes que otra cosa, el interés político. Quien crea algo diferente al respecto, o vive en una isla desierta, o jamás ha pensado a profundidad los problemas de las conmemoraciones, o es de una ignorancia escandalosa, o simplemente se está haciendo el tonto. Pero el mundo es real, y la realidad es real y hace mucho que tenemos claro que las conmemoraciones, sean cuales sean, implican un uso del pasado, y el uso del pasado jamás es inocente. Al rato hablamos de las aventuras de estos huesos. Me voy a ver el numerito. Mientras, les dejo una foto publicada en el libro de la historia gráfica de los hermanitos Casasola,  de cómo estuvieron alguna vez los huesitos prolijamente acomodados. Al que me diga quién es quién, le invito un martini de absolut de pera.

Adivina, adivinador. ¿De quién es la calavera que te está mirando de frente?

 




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