Archive for the 'OCASIONES DE CONTENTO' Category

22
Feb
12

El jueves 23 presentamos el libro nuevo. ¿Me acompañan?

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09
May
11

Algunas historias entretenidas sobre el cinco de mayo y sus conmemoraciones

Cuando el año próximo, 2012, se llegue el aniversario 150 de la batalla del 5 de mayo, los poblanos tendrán que trabajarle bien y bonito para que la conmemoración sea todo lo rumbosa y or-de-na-da que hubiésemos querido que fuesen algunas otras conmemoraciones que yo me sé.  Habrá que recordar los discursos de Ignacio Zaragoza, quien le auguró la gloria y el triunfo a un ejército harapiento, apaleado, hambriento y mal armado. Habrá que recordar los asegunes de la batalla, la más célebre de la historia nacional, y para ello, espero que ya esté remozado y acicalado el parque nacional que hoy, ya engullido por el crecimiento de la capital poblana, abarca los dos cerritos, los de Loreto y Guadalupe, que , aunque de lejos se ven pequeños y sencillos de subir, a la hora de la hora tienen su chiste, me consta, justo como ocurre también con el Cerro de las Campanas.

Si el cinco de mayo es gran fiesta para las comunidades mexicanas en Estados Unidos, me quiero imaginar que, dentro de  un año habrá las condiciones para que ocurran cosas interesantes, de uno y otro lado de la frontera. En su momento, la victoria militar del cinco de mayo de 1862 fue materia de consuelo y de ánimo colectivo. Nada tonto, como sabemos que era Benito Juárez, auspició cuanto pudo tal sentimiento colectivo: la victoria sobre los franceses dio para emociones, para ceremonias y para discursos conmovidos. Hoy día, todavía podemos escuchar una pieza interesantísima, la “Marcha Zaragoza”, de Aniceto Ortega, que hoy día se puede escuchar en la espléndida ejecución de la pianista Silvia Navarrete.

Tan importante era esta memoria del cinco de mayo, que la “Marcha Zaragoza” se volvió, como  los “Cangrejos” de Guillermo Prieto, una pieza que los liberales y republicanos empleaban, orgullosos, para hacer patente su admiración y respeto por el general texano-coahuilense que se había ganado la inmortalidad en los fuertes de Loreto y Guadalupe, aún cuando, para llegar a ese cinco de mayo, hubiera sido necesario hacer una intensa carrera en las armas. Incluso, la “Marcha Zaragoza” llegó a sustituir, a ratos, al himno nacional. De hecho, no es una sola pieza, sino dos: un vals y la marcha, propiamente, ambos de Aniceto Ortega, y que se publicaron por separado, con la misma portada. A la luz de la distancia es curioso advertir cómo, si en su momento esta puntada de Aniceto Ortega generó confusiones, ciento cuarenta y nueve años después´quizá ya no importa tanto y ambas piezas son igualmente disfrutables.

Que el peso de la “Marcha Zaragoza” era grande, público y sabido, da para contar una bonita historia. Es evidente que en los años de la guerra de intervención, los mexicanos no perdían oportunidad para, aparte de tirotearse  con los invasores, pitorrearse de ellos. Así, modificaron muchas de las cancioncitas populares y divertidas que durante décadas acompañaban las ocasiones de contento nacionales. Así, modificaron la letra de El Guajito para restregarle a Saligny en la cara su afición al alcohol; cambiaron la letra de Los Enanos, una cancioncita para un juego infantil, para asegurar que “esos franchutes ya se enojaron/porque a su nana la pellizcaron”. Guillermo Prieto, el terrible y tierno don Guillermo, compuso la majaderísima “Marcha a Juan Pamuceno”, dedicada a Juan Nepomuceno Almonte, donde le reprochaba, burlona y ácidamente, su alianza con los conservadores y los franceses.

Perra cancioncita aquella la de la “Marcha a Juan Pamuceno”: decía, palabras más, palabras menos, que “el tata cura que te dio vida”, para recordarle a Almonte -como si hubiera necesidad- que era hijo nada más y nada menos que de José María Morelos; o sea, cómo es eso de andar juntándose con los enemigos de la Patria; que diría tu papá… y eso que aún no le colgaban a Almonte el milagrito de andar hurtando de Catedral los huesos del generalísimo…

Este espíritu burlón manifestado en la música, se dice, no fue ajeno a las cadencias de la Marcha Zaragoza -vals y/o marcha- pues, al parecer, años después, durante la guerra Franco-Prusiana, las bandas de guerra germanas, para hacer repelar a los galos, les tocaban la composición de Aniceto Ortega.

La victoria del cinco de mayo dio para su propia canción: “Al estallido del cañón mortífero/ corrían los zuavos en gran confusión/y les gritaban todos los chinacos:/ ¡Vengan, traidores! ¡tengan su intervención”. Lindo, ¿no? “Con Tamariz y Márquez se entendieron/les ayudó el traidor de Miramón/y los chinacos, bravos, se batieron,/inundando de gloria la Nación”. Tierna, dulcemente valerosa la cancióncita: “¡Alto al fuego! Ya corren los traidores,/ni vergüenza tuvieron ni pudor./¡Toquen diana! clarines y tambores/un día de gloria, la patria que triunfó”

Los homenajes no se quedaron allí: se intentó dejar huella del acontecimiento en las calles de la ciudad de México: una pegó, la actual avenida Cinco de Mayo; se intentó renombrar una calle para ponerle Ignacio Zaragoza, pero en esos días no pegó. Persistentes como somos, la enorme avenida que nos encarrila a Puebla, hoy lleva el nombre del general, que, por otra parte, nunca ha dejado de tener partidarios, adeptos y favorecedores. Si alguien se da una vuelta al Panteón de San Fernando,  en la ciudad de México, aún puede ver el espléndido sepulcro que en su momento se le dedicó, apenas unos meses después de vencer en Puebla. Si después uno se va de visita a los fuertes de Loreto y Guadalupe, verá el aparatoso monumento donde hoy reposa don Ignacio.

Hoy, que yo sepa, y sigo a la caza de nuevos datos, hay, en el DF, dos escenificaciones conmemorativas de la batalla de 1862: una, en el Peñón de los Baños, célebre y que siempre da para que los reporteros chilangos la cubran y tengan notita en día semiferiado. No hay periodista que, habiendo estado encargado de la misión, no refiera, con delicia, como a veces no ganan los mexicanos sino los franceses, dependiendo de las ganas que le echen; como todo el mitote va acompañado de algunos tragos de sustancias etílicas de origen y composición inconfesable, llega el momento en que el cuete ya está en plenitud: entonces, zuavos y zacapoaxtlas se abrazan, jurando que son hermanos y que se quieren mucho. En otras ocasiones, el guión se cumple a la perfección. Los mexicanos ganan y los zuavos, todos maltrechos, asumen su derrota.

Andaba yo por el norte de la ciudad de México la semana pasada, cuando vi una manta peculiar: el Pueblo de San Juan de Aragón anunciaba su 149 puesta en escena de la batalla del cinco de mayo. Las orejas se me irguieron: si esto es cierto, este montaje, a manera de celebración, se llevó a cabo el mismo año en que Zaragoza venció en Puebla. Es decir, el año que viene será un asunto sensacional.  Y he de decir que desde el cuatro de mayo, los protagonistas del espectáculo estaban ya emocionadísimos: tronaban cohetes que calculo tenían la magnitud de una paloma de 150 pesos; desde una ventana en un segundo piso, vi corretear zuavos y zacapoaxtlas, siempre acompañados de bandas musicales: de repente, tun-da-tun-da-tunda, carreritas de franceses. Media hora más tarde, tun-da-tun-datun-da, carreritas de mexicanos. Me imagino, porque no tuve tiempo ni oportunidad de verificarlo, que en las cercanías de la iglesia del viejo pueblo, la batalla debe representarse más en forma. Lo cierto es que esta ocasión de contento empieza el 4 de mayo, arrecia y alcanza esplendor el día 5 y, si les sobraron cohetes, cosa muy probable, se siguen de corrido. Para la caída de la tarde del 5 de mayo, y aunque ya sería como para que el general Zaragoza se pasee proclamando que las armas nacionales se han cubierto de gloria, mexicanos y franceses siguen metidos en las corretizas, y me cuentan que hacia la noche, la sala de urgencias de un hospital cercano se llena de integrantes de uno y otro bando, apaleados unos, con heridas de arma blanca otros; descalabrados, raspados, con las narices rotas pero felices de la vida. Confieso mi ánimo morboso y me fui a meter a urgencias el día 5 como a las 7 y media de la noche. Aún no llegaban. Ya no hubo oportunidad de verlos lamiéndose, satisfechos, sus heridas de guerra. Pero me consta que aún en la tarde del viernes 6, seguían retumbando los cohetes. No era cosa de guardarlos para el año que viene, faltaba más. El general Zaragoza y sus hombres no se merecen otra cosa.

04
May
11

Estas cosas de la libertad de expresión: maldades de Guillermo Prieto.

Otra vez, Día de la Libertad de Expresión. Pasé delante de la estatua de Francisco Zarco que está a unos pasos de la iglesia de san Hipólito, donde hay verbena permanente, porque allí acuden los devotos de San Judas Tadeo a pedir por la solución a las causas difíciles, desesperadas o imposibles. En contraste, la estatua de Zarco destaca en la placita, impecable, hay que decirlo,  pero vacía. Este 3 de mayo no ha habido ni un solo periodista que se pare allí a decir, a quejarse, a recordar o a patalear. Se nos va olvidando que a este gremio, tan alborotado, tan luminoso a veces, que nuestra sobrevivencia, en muchas ocasiones, ha dependido de lo que podamos mostrar como manada; de esa solidaridad que, cuando se malentiende se traduce en ese “perro no come perro” que mis amigotes mayores que yo pronunciaban con frecuencia. Cuando se entiende bien y se obra bien, cosa infrecuente, da lugar a hechos memorables.

Desde temprano, en Twitter, se leían ayer felicitaciones  para “los comunicadores y periodistas”. El gremio, metido en sus cosas, no hizo mucho escándalo por el asunto. Y, a lo mejor, era un buen momento para hacerlo. Porque hoy, en Tamaulipas, hay periódicos a los que llaman por teléfono “los narcos” (como me lo ha contado una fuente de primerísima mano) para ordenar (sí, ordenar) qué notas se publican y cuáles no; porque hoy, en Ciudad Juárez, los periodistas de allá deben tener un legítimo hartazgo de publicar a diario hechos de sangre de las más variadas magnitudes. Porque mal estamos el día en que, como ocurrió durante la Semana Santa, de un día para otro las fosas clandestinas de Tamaulipas ocupaban la primera plana, y el Jueves Santo, cuando el saldo final era de 177 cuerpos encontrados, la nota ya estaba pequeña y en página par, en interiores. Porque se nos olvida a ratos que los periodistas contamos la novela, pero no tenemos que ser los estelares.

Tan malo el exceso como la  ausencia de libertad de expresión, esta historia tiene que ver con las esperanzas y el optimismo que la alternancia política y partidista trajeron a los sectores ilustrados, educados y opinadores de este sufrido país. Ahora que se vuelve a poner de moda quejarnos desde la barrera, porque eso y no otra cosa hacemos los periodistas chilangos con respecto de los colegas del interior de la República, también disimulamos que, las borracheras de libertad de expresión que permitieron acomodarle a Vicente Fox soberanas palizas durante su sexenio, han derivado en peculiares crudas que permiten acomodarle soplamocos similares a Felipe Calderón,bastantes veces con razón, pero perdiendo los modales y el estilo (lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc, dicen por ahí), muchas veces con cierta razón, y otra buena cantidad de ocasiones sin razón alguna. Para el caso, a veces da la impresión de que sale lo mismo. Esas actitudes, además de las consecuencias del poco rigor con que a veces trabajamos la información, nos genera una popularidad de la auténtica tiznada. Matan, golpean, agreden, hostilizan u hostigan a un reportero -o reportera, para que no muelan- y mientras nosotros chillamos y nos quejamos, la mitad de la honorable concurrencia nos mira con harta indiferencia, o a veces con cierta malsana satisfacción. No faltará el que diga: “Se lo merecen por mentirosos/y/o/metiches/y/o/exagerados/y/o/malaleche”. No si buena prensa, lo que se dice buena prensa, los periodistas no acabamos de tener.

Somos un gremio que sostiene complejas relaciones con la sociedad; aún más complejas son las que tenemos con el poder. Vínculos de amor-odio, de codependencias con densas raíces, que harían las delicias de cualquier psicólogo. Siempre nos jaloneamos con el fuerte bagaje de ética profesional que nos enseñan en las escuelas, con el peso de nuestra herencia histórica, según la cual, como nuestros tatarabuelos profesionales, tenemos que ser arrojados y valientes hasta la heroicidad, y si se puede alcanzar el martirio, hasta resulta enaltecedor y fantástico. Difícil esta chamba. Como, también, es histórica la persecución a los periodistas que escriben y/o dicen y/o publican más de lo que los buenos modales y lo políticamente correcto y el miedo mezclado con respecto a los hombres del poder permiten.  Ya es conocida por muchos aquella historia del texto, “escrito con ponzoña de escorpiones”, que una ocasión Guillermo Prieto le dedicó al presidente  Antonio López de Santa Anna en ocasión de su cumpleaños.

Ya es sabido que don Guillermo, que era una completa mula, en el buen y más extenso sentido de la palabra, encima se moría de la risa cuando Santa Anna lo amenazó con patearlo, pues no se figuraba al general, cojo desde los tiempos de la Guerra de los Pasteles, haciéndose camotes ante la disyuntiva de patearlo con la prótesis que usaba o con la pierna buena. Cuando el presidente advirtió que Prieto ya ni le contestaba, ocupado como estaba en aguantarse las carcajadas, hizo el ademán de levantarse con bastón en mano, para no quedarse con las ganas de apalear al periodista gandul. Guillermo decidió que no había a qué quedarse y se peló de inmediato a espacios más acogedores, pero de poco le valió.

Esa misma noche, un grupo de soldados sacaba a Prieto de su hogar y lo aventaba, lo desterraba a Cadereyta,  en Querétaro, como castigo por andar pasándose de gracioso. Si hoy día no se me ocurre mucho qué hacer en Cadereyta -con perdón de los queretanos- , a mediados del siglo XIX la cosa debe haber estado para morirse de emoción. Prieto ni siquiera tenía permiso de subirse a un caballo; le vigilaban los movimientos y su “entretenimiento” consistía en largarse todas las tardes a caminar alrededor del quiosco del pueblo, para que no se aburriera.  Si Santa Anna hubiera sabido que el ocio es padre de cierta perversa inventiva, de la cual Guillermo Prieto poseía toneladas, habría pensado en algún castigo más concreto, como una tanda de azotes, un par de semanitas en el bote, una multa de esas que sí duelen. Pero a su Alteza Serenísima se le fueron las cabras y le proporcionó a don Guillermo el espacio suficiente como para escribir un libro bastante bueno: “Viajes de Orden Suprema”, donde cuenta sus fechorías queretanas, y , en respuesta a la convocatoria de Santa Anna para un concurso del cual saldría nuestro himno nacional, perpetró una de sus maldades más conocidas: compuso “una marchita” que pidió a un cuate de la capital inscribiera con nombre falso.

El nombre de esa “marchita” era “Los Cangrejos”, canción satírica que sobrevivió a Santa Anna, que fue grito de combate en la Guerra de Reforma, a grado tal que en la entrada triunfal de diciembre de 1860, de las tropas liberales a la ciudad de México, avanzaban cantándola; que en la guerra de Intervención los republicanos se la restregaban en la cara a los franceses e imperialistas. Tan efectiva la canción, que es una de las antiguas piezas que nos heredaron los mexicanos del siglo XIX y que todavía hoy se graba y se ejecuta, reflejo de lo que pasa cuando la palabra se enfrenta al poder con causas y razones sólidas.

En años recientes… bueno, no tanto, Manuel Buendía hace ya veintisiete años que murió, y esto que narro a continuación ocurrió más atrás, cuando a Buendía lo amenazó directo y de frente el gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa, el gremio reaccionó como uno solo: muchos, muchísimos integrantes del gremio se reunieron y ofrecieron una comida de apoyo y solidaridad al columnista amenazado, en un salón del Hotel del Prado, paradoja simpática, el mismo sitio donde Diego Rivera pintó el mural donde representó al querido Nigromante con su frase inmortal “Dios no existe”, y se armó un embrollo similar al que en su momento causó Ignacio Ramírez en la Academia de Letrán, a grado tal que Rivera, que no era ningún pusilánime, optó por cubrir la frase escandalizadora de las buenas y mochas conciencias.

En aquella comida, Miguel Ángel Granados Chapa, que siempre se ha manifestado alumno de Buendía, fue orador, y por cierto, recordó este incidente de la vida de Guillermo Prieto. De esta manera, me parece a mí, los periodistas del siglo XX reafirmaron su linaje, y renovaron sus vínculos con los arrojados periodistas liberales del siglo XIX, los personajes de aquellos días en que perro sí comía perro, en que se daban unos agarrones formidables de periódico a periódico, y hacían acopio de valor para decir lo que creían era su deber decir. Eran de una incorrección política estos liberales, que hoy resultan francamente deliciosos. A lo mejor recobramos el sentido de la libertad de prensa y repasamos las andanzas de estos hombres. Podemos decir lo que debemos decir, pero con inteligencia; podemos patear al que se lo merezca, pero con estilo; podemos vivir al filo de la navaja sin convertirnos en mártires o en niños héroes que nadie llorará al cabo de un año. Nos falta volver a aprender las sutilezas de esto que llamamos la libertad de expresión.

24
Nov
10

Historias centenarias 3: las pequeñas alegrías o el Monumento a la Revolución.

A veces, es tan, pero tan fácil hacer feliz a la gente por un rato, que cuesta trabajo entender por qué la inventiva y la generosidad humanas no propician, más a menudo las ocasiones de contento que siempre sientan bien a la sensibilidad humana. Ha de ser porque ni la generosidad ni la inventiva abundan. De hecho, son dos virtudes que escasean bastante, y esta carencia es más que notoria en ciertos ámbitos de la vida pública. Y por eso, las pequeñas alegrías, las ocasiones de contento, se aprecian más cuando aparecen.

En los tiempos que corren, es más frecuente que estos pequeños regalos de la vida surjan del impulso espontáneo de la gente, que hace suyos los espacios, que rechaza y dedica rechiflas a las tonadillas efímeras y a las letras huecas, que se aburre cuando le recetan hora y media de una muy mala lección de historia o le salen con babosadas como eso de que, en una “historia mítica”, Hidalgo y sus huestes insurgentes, al mismo tiempo que salían por piernas de Guadalajara, despedazados y dispersos en la batalla de Puente de Calderón, se daban tiempo para andar enterrando gigantes. Pero de eso hablamos luego.

Este fin de semana, cuando los periódicos hicieron pinole al gobierno federal porque, afirman, el festejo por el Centenario de la Revolución “resultó deslucido”; cuando otros aspiraban a ver, como me decía un amigo columnista, “el gran espectáculo” con el que las fiestas de este Centenario se equipararían con los 600 millones de pesos gastados en septiembre para la gran noche del Bicentenario, resulta que no ha habido mucha manera de tener contentos a todos. Todos leemos, escuchamos, escribimos hablamos, pataleamos y nos quejamos, y pareciera que todo mundo tiene una idea tan peculiar de cómo ha de conmemorarse uno de los momentos fundacionales del país que ni funcionarios estatales o federales le han atinado ciento por ciento.

A unos, no les gusta el “show”, a otros no nos gustan algunos de los contenidos; a otros les indigna lo que costó toda la centenaria pachanga, otros más reclaman que a su héroe local no se le dio toda la gloria que merecía y denuncian torvos complots en contra de próceres que de alguna manera andan como en segunda fila, gracias a los malos oficios de gente malintencionada a sueldo de tal o cual prócer que pareciera mejor rankeado. En otras regiones, los pleitos que hace un siglo distanciaban a los distintos contingentes revolucionarios, se reavivaron y de una ventana a otra se acusan de no estar trabajando parejo para la gloria histórica del estado, sino nomás para los del norte norte, o solo para los del desierto o solo para los del paraíso en el desierto. En fin, que las pataletas, las inconformidades y los disgustos subieron de punto en los últimos días. En descargo de todos los interesados hay que decir que, en este Centenario, a ratos, el ambiente, la agenda pública, los dimes y diretes de la opinión ilustrada parecieron dar cuenta, por unos días, de un clima donde la idea de conmemoración estaba en todas partes.

Entre tanto fandango, un rescate interesante es el de la plaza de la República,  remozada, pintada, restaurada y LIMPIA.  Les puedo hablar de , por lo menos, tres eventos con asistencia presidencial, efectuados en el pasado reciente en la plaza de marras, donde los distiguidos invitados, desde premios Nobel hasta intelectuales del sur de la ciudad cruzaban, rumbo a sus asientos, por una plaza que apestaba a orines, a la que , a punta de manguerazos dejaban medio presentable en el trocito que se requería para la ceremonia. Ojalá que dure limpia, iluminada y arreglada, como la vieron los chilangos desde el sábado pasado, cuando el gobierno del DF la reinauguró -estamos condenados a no inaugurar gran cosa en este año-  con la remozada del Museo Nacional de la Revolución, la restauración del monumento y del mirador.

Como la justicia es importante, debo admitir que cuando me enteré de la remozada, me dio gusto; hasta disentí de mi querido don Pepe Fonseca, que está indignado por la “intervención” que le hicieron al Monumento a la Revolución (otro cascarón reciclado, por cierto) para encajarle un elevador. Yo no le veía nada de malo a lo del elevador, pensando en la necesidad de mejorar la vida cotidiana de la plaza, a la que le urgía que la adecentaran en todos sentidos. Y la verdad es que, ahora que me he hecho presente en el sitio, no lo creía: el elevador, colocado EN EL CENTRO del arco que traza el monumento, es un horror. No el elevador en sí mismo, que es moderno y bonito, sino la puntada de colocarlo ahí, en el centro, poniéndole en la torre, por donde se le vea, a esta idea de arco triunfal que planteó el arquitecto Obregón Santacilia (descendiente de Benito Juárez, por cierto) cuando los mexicanos de los años posrevolucionarios tempranos, es decir, del gobierno de Lázaro Cárdenas decidieron aprovechar lo que quedaba del fallido Palacio Legislativo, cuya primera piedra (de esas, tan incómodas) puso don Porfirio, hace este año un ciento.

No queda mal la plaza, a pesar de que el elevador es una agresión mental y arquitectónica.

¿Nadie pensó que, ya puestos a instalar el elevador, bien podría estar adosado a una de las patas del monumento? Digo, por feo que se viese el parche, el resultado no sería tan lamentable como esto de ver, como una cuña posmoderna, el elevador, enrareciendo las líneas déco del monumento. No quiero decir, con esto, que el monumento a la Revolución fuera una joya del art déco mexicano, ni una obra, como está de moda decir ahora, “bellísima” (ug), pero si existieran entre los monumentos e inmuebles históricos algo así como los derechos humanos, aquí urgía una denuncia superlativa. Se ve raro, se ve no-bonito.

A cambio hay en el lugar una muy buena iluminación, que haga la plaza transitable por las noches, y evite que los ilustres muertos (que, por favorcito, no los vayan a sacar a pasear) se pongan a pelearse a gritos por las noches. En el terreno del delirio y la fantasía de inspiración histórica, las noches en la Plaza de la República deben ser más divertidas que en el Panteón de San Fernando: los diálogos entre Calles y Cárdenas, ahora que todo es pasado, pueden ser aleccionadores. Una conversación entre dos espiritistas: Madero y Calles, puede proporcionar horas de sano esparcimiento a Villa, Carranza y Cárdenas. Los coahuilenses gastarán las madrugadas en decirse sus verdades, el duranguense se pitorreará de ellos y se pondrá del lado de don Panchito, y, si tienen ganas de bronca, volverán a sumirse en la discusión acerca de quién tuvo que ver con la muerte de quién. Seguro que cuando el tono de la discusión sube, el ambiente en la Plaza debe ser muy denso. Es posible que la afluencia de multitudes y la intensa iluminación los vuelva curiosos y hallen nuevos temas de conversación nocturna.

Paseo y cine al aire libre, un gesto amable que pocas veces la gente tiene ánimo y tiempo de disfrutar

La otra cosa buena de esta plaza renovada es LA FUENTE, que es aplaudida por multitudes. Es uno de estos mecanismos que se conoce como “fuente seca”, hundida en el piso -buen recurso para evitar nadadores espontáneos y perros emocionados (a todo perro que se respete, las fuentes de los parques son una tentación ineludible), que se integra con un conjunto de chorros que brotan del suelo. La fuente en cuestión, como esas chucherías tecnológicas del siglo XXI (Luis XIV se moriría de envidia con una de estas) puede programarse y diseñar secuencias de los chorros de agua, que a ratos caen con un seco y rudo estruendo. De repente se vuelven aspersores, y en un tercer momento los chorros saltan de aquí para allá.

Altos, bajos, tricolores, monocolores, los chorros de agua hacen una pequeña fiesta doméstica

Esta fuente se ha convertido en un auténtico éxito: la vocación de los chilangos por armar pequeños espectáculos colectivos a la menor oportunidad ha vuelto a aflorar: Pasé por el sitio con luz de día: se veían los chorros de agua a lo lejos, y la gente paradita, rodeando el cuadrado que es el nuevo artefacto de la plaza. Por la noche, cuando volví, la fiesta era completa: la gente disfruta cruzar corriendo entre los chorros de agua. Así de simple, así de sencillo, así de divertido. Quizá este sea el mejor regalo del Centenario para la gente: un buen juguete, a falta de la divulgación de la historia, de calidad, a nivel masivo.

No hay más secreto ni complejidad: simplemente, cruzar entre los chorros de agua, que en momentos distintos cambian de densidad.

De más está decir que la gente que acomete la empresa -que parece ser entretenidísima- acaba empapada, chorreante, ensopada… y feliz.

Chilangos y visitantes de variado pelo y pluma corretean entre los chorros de agua. Solo hace falta rapidez, pisar con seguridad y no llevar zapatos que resbalen. Y tiempo para quitarse de la cara, de vez, en cuando, el agua.

La gente se toma fotos con los celulares, regresa de una incursión para tomar aliento; otros dudan en arriesgarse, hasta que la tentación les gana. La verdad, se me hace mejor recuerdo del año de los Centenarios que algunas otras cosas que diversas instancias han querido presumir con éxito desigual.

La duda se acaba, y la carrera empieza. Desde luego, se trata de ir y volver. Si no, ¿qué chiste tendría la empapada?

Es una de esas buenas ocasiones de contento chilangas; la gente está allí en orden, nadie hace trapacerías ni vandalismo; hay familias, grupos de chamacos, novios, escuincles por carretadas. Es cierto que, de vez en cuando alguno pierde el piso y se acomoda un buen batacazo, pero en la vida hay que correr riesgos. Muchas veces, la recompensa vale la pena.

Las opciones son amplias: ¿con qué ritmo deseas empaparte? ¿chorritos como los de Cri-Crí? ¿Aspersores mañosos como los de Ciudad Universitaria?

Ojalá que dure y dure bien. El mantenimiento de la plaza y del escalofriante elevador -que puesto en otro lado haría muy bonita vista-, mas la renovación del museo, harían pensar que hay un espacio recuperado de a deveras -no como las verbenas que el perredismo ha montado en otras ocasiones- para la gente. A lo mejor, mientras se secan, se dan una vuelta por el monumento, y ojalá que haya una pantalla o un folleto que hable de la historia de la chacharota, de los personajes que duermen, no tan tranquilamente, el sueño de la muerte en sus columna. A lo mejor, antes de lanzarse a los chorros, se les ocurre asomarse al museo. A lo mejor esto es una cosa buenísima, más de lo que parece. A lo mejor.

Esto es un galobo que responde al nombre de Miguel Ángel, absolutamente pasado por agua, y absolutamente feliz.

No había visto en un rato,  una fuente exitosa, con este uso “ciudadano”, le qurrá decir alguien, en la ciudad de México. Pero ahora ya no tendremos que envidiar la fenomenal fuente del Museo del Desierto, allá en Saltillo, donde la tienda tiene en la entrada un letrero que dice “favor de no entrar mojado”, porque a veinte metros hay una pequeña pérgola, donde uno se sienta a disfrutar el sol de Coahuila y donde, cada 15 minutos, un aspersor convierte el sitio en una “fuente invertida”, porque recrea la intensidad de una tormenta en el desierto del norte mexicano. A la gente le encanta, y a los chamacos de allá, aún más; en tiempo de calorcito, aguardan el chaparrón, y luego, felices de la vida, caminan a su autobús escolar. La verdad es que en Saltillo, cuando llegan al transporte ya van medio secos. Y nosotros ahora tenemos plaza limpia, museo replanteado, luces sobre el monumento y un espantoso hueco para el elevador.  Que dure, nada más.

11
Nov
10

Huellas del día de muertos 2: las tumbas vacías del Panteón Francés de la Piedad

No querría quedarme esta historia de día de muertos en el tintero, no en el año de los centenarios. Sabemos que, después de ser asesinados, Francisco I. Madero y José Pino Suárez, fueron llevados a sus tumbas del panteón Francés de la Piedad, cementerio que todavía existe y donde hay numerosas historias que recuperar de quienes reposaron un rato allí, y de quienes siguen en el lugar.

Por pura estética, aquí dejo la imagen de una tumba interesante, la de don Joaquín Casasús, abogado y funcionario público porfiriano, habilidoso en cuestiones financieras -se le considera, según algunos, de esos economistas mexicanos que existieron antes de que existieran los economistas profesionales, negociador, en tiempos de don Porfirio, para el caso de disputa de límites en la frontera con Estados Unidos; esa zona que se conoce como El Chamizal. Don Joaquín, entre otras cosas, logró que el arbitraje del monarca italiano Víctor Manuel III fuese favorable a México ( a saber por qué no lo mandaron a averiguar, antes de que se muriera, en 1916, qué pasaba con la propiedad de la isla de Clipperton; ), aunque , a causa de algunos problemitas y cambios de administración ocurridos en México a partir de 1910, los de Washington se hicieron los desentendidos por medio siglo y hasta la gestión de Adolfo López Mateos en la presidencia de la república “nos regresaron” unas hectáreas, allá por 1964. El otro detalle de don Joaquín es que fue yerno de Ignacio Manuel Altamirano (otro santo tutelar de este reino), y que, en el sitio que es hoy esta cripta llena de flores, donde descansan personajes de la familia Sierra Casasús (los Sierra de don Justo y los Casasús de don Joaquín, emparentados con los Díaz de don Porfirio, como puede leerse en el precioso libro de Carlos Tello Díaz “El Destierro. Un relato de familia”), es el sitio a donde finalmente, se quedaron unos años las cenizas de don Nacho Altamirano, muerto en San Remo en 1893 y cremado allí mismo.  Cuando los Casasús trajeron a México lo que quedaba de don Nacho (era cosa muy rara en aquellos años que anduviera pidiendo uno que lo incinerasen después de muerto), en mayo de ese mismo 1893,  las cenizas apasionadas del novelista que había sido coronel de caballería durante la guerra de intervención, fueron hospedadas por uno de sus contemporáneos, don José María Iglesias, fallecido un par de años antes. Catalina Guillén Altamirano, hija de don Nacho y esposa de don Joaquín, mandó levantar una capilla -como se describe en los relatos de la época- donde poner la urna que habían traído desde San Remo y que saldría del Panteón Francés de la Piedad en 1934, cuando se llevaron a don Nacho a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres.

Esta tumba, uno de los espléndidos ejemplos de arquitectura funeraria del Panteón Francés de la Piedad (que está un poco menos descuidado desde que hace unos diez o quince años les arrearon un soberano periodicazo en el semanario Proceso), está cerca de la capillita neogótica que preside la avenida principal del cementerio, donde cada marzo las jacarandas azulean y hasta invitan a caminar pensando en cosas que sobreviven a la muerte, como las ideas, el amor  y la memoria. Cerca de la capilla abundan las estatuas de ángeles dolientes, de mujeres que existieron o a lo mejor que nunca tuvieron materialidad, pero que allí narran el discurso de la muerte decimonónica, como la entendían nuestros bisabuelos.

Pero las tumbas de las que quería hablar no están cerca de la capilla. Más bien, están muy cerca de la barda del cementerio que da a la escandalosa y polvorienta avenida Cuauhtémoc de la ciudad de México. Inevitablemente, son tumbas contiguas. Sepultaron a sus ocupantes originarios el mismo día, al mismo tiempo, en febrero de 1913. Los personajes a los que me refiero son Francisco Ignacio Madero y José María Pino Suárez. Si alguien tiene la oportunidad de ver ese documental espléndido visualmente, pero discutible desde la perspectiva histórica, que se llama “La Revolución Espírita”, producido por Manuel Guerra y con guión de Alejandro Rosas, podrá ver un rescate fílmico interesante: muchas ocasiones se ha visto un pequeño metraje del sepelio de Madero y Pino Suárez, asesinados, dicen unos afuera de la entonces Penitenciaría (hoy Archivo General de la Nación), otros dicen que dentro y sus cuerpos fueron arrastrados al exterior. Lo usual es ver unos cuantos segundos de la llegada de los ataúdes al Panteón Francés, del momento en que los bajan de los carros y la gente echa a andar junto a ellos. En “La Revolución Espírita” puede verse un fragmento de película más largo que permite ver, entre los dolientes, a Pedro Lascuráin, canciller de Francisco I. Madero, y que fungió como presidente los 45 minutos necesarios para designar a Victoriano Huerta secretario de Gobernación y allanarle el camino legal pero para nada correcto, a la presidencia de la República.

Allí quedaron enterrados Madero y Pino Suárez. Allí hasta que, en fechas diferentes, fueron trasladados, Madero al monumento a la Revolución, allá en la colonia Tabacalera, en 1960, cuando se conmemoraban los cincuenta años de la revolución de 1910, y los de Pino Suárez (que por cierto, estaba emparentado con Joaquín Casasús), hasta 1986, a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres. Al Francés los siguieron las esposas: doña Sara Pérez, en una tumba contigua a la de su esposo, y doña María, en la misma fosa, como consignan las placas de cada sepulcro.

Ahora me asalta la duda, pero lo más probable es que doña Sara, a quien José Emilio Pacheco describió en “Las Batallas en el Desierto” como una viejecita eternamente enlutada por su marido asesinado y que vivía relativamente cerca del Panteón Francés, en la calle de Zacatecas, en la colonia Roma, siga sepultada allí. Las crónicas con fotos que he visto de la exhumación de Madero no hablan del “sarape de Madero”, apodo que la señora llevó en tiempos de la revolución, ni de que se fuese en el mismo paquete de su esposo al monumento. Me da más duda si doña María Cámara de Pino no sería trasladada, en vista de la fosa compartida, a la Rotonda en compañía de su esposo.

Pero junto a las tumbas de los Madero, que han recibido a algún otro huésped de la familia, junto a la de los Pino Suárez, hay otra tumba, a la que la gente le presta menos atención. De hecho, víctima del descuido, ya no se sabe a quién pertenece el sepulcro. La lápida nos permite inferir (ahora que está de moda inferir sobre restos humanos) que se trataba de un varón. Y de hecho, llegó un poco antes que don Francisco y don José María al Panteón Francés, y más o menos por las mismas razones. Esta es su tumba:

El ocupante de la tumba, muerto “en defensa de la Ciudadela la mañana del 9 de febrero de 1913”, cayó abatido tal vez un poco después de que el padre de Alfonso Reyes falleciera “de ametralladora” a las puertas de Palacio Nacional. Quien se asome, en estos días de noviembre, ahora que ya faltan solamente NUEVE días para el Centenario de la Revolución, aparte de mirar las tumbas de Madero y Pino Suárez, de quienes se han escrito y escriben muchas páginas desde hace un siglo, ojalá también le eche una mirada de cierto afecto a uno más de los personajes de otros días, de esta ciudad que es la misma y al mismo tiempo pareciera que nada tiene que ver las calles capitalinas de 1913. No sabemos el nombre del propietario del sepulcro, como de tantos otros; todo lo que podría contarse de él forma parte de lo que mi amigo Salvador Rueda llama “los capítulos marginales de la historia”, que aguardan a que nos pongamos a trabajar y lo narremos a los que gustan de mirar el pasado.

 

10
Nov
10

Huellas del Día de muertos: junto a las tumbas de los ilustres

Otra vez, Día, Días de Muertos,  los del año de los Centenarios.  Evidentemente, en el “Manual de Conmemoraciones Básicas Vol. 1”, no se consideró una macro ofrenda para los insurgentes y para los revolucionarios. El espacio ideal habría sido el Zócalo, pero el gobierno de la ciudad de México se adelantó con su formidable Árbol de la Muerte Florida (qué bonito nombre, de veras).  En el gran montaje del Zócalo había algunos detallitos, además de la ofrenda que se hizo en el Museo Panteón de San Fernando, dedicada a los personajes de la Revolución. Se me haría inevitable, que no indispensable, pero, ¿no se merecían acaso su agua, su pizca de sal, sus velas? ¿una taza de chocolate para el padre Hidalgo? ¿Buenos tazones de chocolate para Allende y para Aldama, par de inquietos y preocupados aquella madrugada de septiembre, que ahora no podrían rehusar el chocolate, como hicieron entonces, porque a estas alturas del partido ya no tienen prisa alguna ni temor de acabar con el mecate en el pescuezo, ejem, ejem, sencillamente porque ya no les queda pescuezo qué cuidar? ¿Nadie consideró necesario un perro (el Perro Bicentenario estaba, seguramente, puestísimo para atender este negocio) que acompañe, encamine a los próceres que venían del Mictlan, del mundo de los muertos?

Todo este discurso, debo confesar, es una de las razones por las cuales me gustó tanto la campaña publicitaria de la funeraria García López, de la que he hablado líneas abajo. ¿Se imaginan una bonita ofrenda al pie del Ángel? ¿una digna ofrenda en el patio central de Palacio Nacional? Qué bueno que se las imaginen, porque nunca ocurrieron. Y por lo que se ve, nunca ocurrirán, a menos que el año entrante, al cumplirse 200 años del fusilamiento de Hidalgo, se haga algo muy bonito allá en la Loma del Prendimiento, en pleno desierto, según me cuentan, donde el cura de Dolores, Allende, Aldama, Jiménez y amigos que los acompañaban fueron presos de las fuerzas realistas.

Montar un Tzompantli, real o recreado, tiene su chiste y su riesgo

Pero fue día de Muertos, y los que más, los que menos, buscamos en las cajas de la memoria, las huellas de nuestros muertos,  los dictados por la genética y los que en el camino de la vida se hacen nuestros. En casa, hubo velas, agua y lata de comida sabor estofado para Andrés, el gato bienamado y muchas veces extrañado. Como cada año, se pisan uno o dos cementerios, para visitar a los seres queridos, para hallar otras historias. Nuestros muertos. Los de todos. Devorados por la muerte florida, cada día, en todas partes, engrosando la legión de fantasmas mexicanos de los cuales nos encanta contar historias desde tiempos inmemoriales.

Con ese rostro, ¿alguien duda que la muerte florida acabará por merendarnos a todos, algún día?

En términos más terrenales, me acuerdo de una historia de funerales de uno de los santos protectores de este reino: don Guillermo Prieto, que, después de su vida intensa, acabó en la rotonda de los hom.. digo, de las Personas Ilustres. Es una bonita historia  para Día de Muertos y secuelas, de veras. De don Guillermo,  hay que decir que se murió muy triste. Al tremendo deterioro físico que marcó sus últimos días, se añadió la muerte de su hijo Francisco, uno de los jóvenes nacidos de su matrimonio con María Caso, uno de los dos que, como decían las abuelitas, “se lograron”. Es natural, inevitable, me imagino, el dolor por la muerte de un hijo, y en el caso de don Guillermo, el asunto fue peor. Tuvo en sus dos matrimonios, por lo menos, cuatro hijos. De su segundo matrimonio, otros dos. La particularidad es que los dos a los que puso por nombre Guillermo, murieron antes que él y siendo pequeños de siete u ocho años. De los dos hijos varones que llegaron a adultos, Francisco y Manuel, el primero falleció muy pocos días antes de que don Guillermo se fuera al mundo de los muertos, en 1897.

 Revisando un viejo libro de epitafios del Panteón de Santa Paula, compilado hacia 1852 [esas cosas tan curiosas que les daba por hacer a los decimonónicos; hoy día ya tiene poco chiste esa actividad: a nadie le da por hacer buena literatura funeraria], donde, si uno sabe qué historias tiene guardadas en algún rincón del cerebro, encuentra cosillas de interés. Yo me hallé las lápidas de los niños María de los Ángeles (1826-1847) y Guillermo Prieto y Caso (1841-1848), muertos en esos días hondamente tristes, como nos cuentan los hombres de aquel tiempo que eran los de la guerra con Estados Unidos y la invasión de México.

Estos niños apenas aparecen en las Memorias de mis Tiempos, escritas por don Guillermo en sus años finales, y compiladas y publicadas después de su muerte. Sobre ellos hay solamente un párrafo  que alude al 9 de agosto de 1847, cuando la familia Prieto y Caso abandona la ciudad de México, en busca de un sitio seguro, pues los gringos se acercan cada vez más a la capital. Don Guillermo, ocupado como anda en la batalla, haciendo lo que puede -que no es mucho como soldado; siempre fue un pésimo tirador, tan malo como espléndido cronista- no se entera muy bien de ese calvario, pero sabe que su María va por el rumbo de San  Cosme, con carros con los muebles y “muy enferma con tres niños, uno de ellos recién nacido”, y acaba por recibir refugio y protección ni más ni menos que en casa de don Lucas Alamán. La cara que puso don Guillermo cuando se enteró dónde andaba su familia seguramente fue para asegurar horas de sano pitorreo de sus compañeros de andanzas: el liberal anticangrejos, huésped del ya viejo y super conservador don Lucas. Qué bonito. Dicho en otras palabras, todo se paga.

Si le hacemos caso a la lápida de Santa Paula, en esa huída de la ciudad de México, los Prieto y Caso acababan de enterrar a la pequeña María de los Ángeles y entonces llevarían a los varoncitos: el primogénito, Guillermo, nacido en 1841, al año de la boda de sus padres, y Francisco y Manuel, que llegarían a adultos. Manuel, incluso, escribiría y firmaría artículos al alimón con su padre, en los años 90 del siglo XIX, y firmaba sus propias cosas como “Manuel G. Prieto”, la “G” de “Guillermo”, o bien porque a su papá se le hizo muy buena cosa acomodarle su propio nombre a todos sus niños, o bien por la leyenda familiar según la cual, la descendencia de don Guillermo, por la línea de don Manuel, usa, como apellido, y hasta la fecha, el  “G. Prieto”, o como lo hace conocida periodista llamada Alma, “Guillermoprieto”, como deferencia de Benito Juárez, por salvarle la vida (Ya saben: eso de los valientes no asesinan y todo lo demás) en Guadalajara, a principios de la Guerra de Reforma. Otro dato importante de Manuel G. Prieto es que él se encargó de donar a la Biblioteca Nacional parte de la biblioteca de don Guillermo, brincándose, con buen sentido, la disposición de su señor padre, según la cual habría de venderse toda la biblioteca y repartir el dinero entre sus nietos. Sé, por referencias de algunos amigos, que a veces, en las librerías de viejo de La Lagunilla (el mercado de pulgas, muy venido a menos, de la ciudad de México) se han encontrado algunos volúmenes de la biblioteca de Prieto, que estaba en la Casa del Romancero, en Tacubaya, donde lo fue a cazar la muerte. El inventario de la biblioteca de don Guillermo, que entregó don Manuel,  escrito en máquina de escribir, es muy interesante, y forma parte también del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Pero eso lo cuento otro día.

Lo que sí cuento hoy es que Francisco y Manuel crecieron para seguir a su padre en numerosas aventuras y peleas políticas. El primogénito Guillermo se quedó enterrado con su hermanita en Santa Paula. En algunas de las memorias de aquella espléndida pandilla liberal que recorrió el país entre guerras civiles e invasiones francesas entre 1857 y 1867, aparecen, de repente, los hijos de Guillermo Prieto, a veces acompañando a su padre, a veces encargados de conducir un carruaje con algún encargo específico.

Pero don Guillermo enviudó de “su María” (como la llama Benito Juárez en una carta de 1865, al calor del agarrón que se dieron en Paso del Norte), hacia 1869. Tuvo la puntada de volver a casarse quince o dieciséis años después, en 1884 o en 1885, aunque los pocos papeles que hay sobre el tema indiquen que la boda ocurrió en 1886, cuando Guillermo Prieto tenía, nada más, 68 años de edad.  La novia era doña Emilia Colard (otras versiones la apellidan Collard o Collado). Y tuvo otros dos hijos. Un niño, al que le volvió a poner Guillermo, y una niña, que se llamó María. De este pequeño Guillermo Prieto y Collard solamente sabemos que fue, junto con su hermanita, niño querido y consentido (es uno de esos casos en los que el personaje, más que hijos, tiene nietos) y que, en días de navidad enviaban regalitos y golosinas caseras y recibían detallitos y aguinaldos de un cuate de su padre, tan interesante como el Romancero: don Agustín Rivera y San Román, peculiarísimo sacerdote, liberal e historiador, que desde su madriguera en Lagos, Jalisco, sostenía animado intercambio epistolar con don Guillermo.

Por esas cartas sabemos que ese pequeño Guillermo murió probablemente, hacia junio de 1892, cuando tenía unos seis o siete años. Una breve nota del 4 de junio, dirigida al padre Rivera, habla de una muerte repentina: “Los golpes para los viejos son mortales. Me duele el alma y veo todo negro”, escribe el poeta, con su Musa Callejera al lado, llena de velos negros. Hasta febrero de 1893 Prieto tiene entereza para hablar del tema. Las cartas, en ese medio año han sido escasas, breves, y sólo un par aluden a los temas inevitables cuando la vida sigue. Pero en ese febrero prieto admite que esos meses han sido de duelo: “Encierro severísimo, tantos días de soledad, la más absoluta, salud debilísima amenazada con constancia, lágrimas, duelo por la muerte del niño, que ha caído como sombra de muerte en mi casa, y sobre todo en mí, que estoy agobiado con esa muerte y tengo días de profunda amargura.”

Don Guillermo se murió en 1897 y el gobierno de Porfirio Díaz -al que le había dado una lata sin cuento, pidiendo apoyos, apapachos y favorcitos, como se ve en la correspondencia del secretario de Díaz, Rafael Chousal,- eso hay que reconocerlo, no lo dudó: después de embalsamado, don Guillermo se fue derechito a la Rotonda de los Hombres Ilustres (ay, esos tiempos en los que nadie había inventado la corrección política ni la equidad de género). Don Guillermo se había muerto como todo un ilustre, como -le encantaba remachárselo al gobierno de don Porfirio- “el último ministro de la Reforma que le quedaba al señor general” y se fue al otro mundo, más o menos en paz, después de su injustificada fama de comecuras (compartida por inercia con toda su generación), provisto de confesor, al que no peló mucho, y un crucifijo en la mano, que, junto con la máscara mortuoria de don Guillermo, conserva la Universidad Iberoamericana entre un montón de cosas bonitas para ver:

El dato llamativo de este el entierro de don Guillermo, es que se hizo con gran pompa, como correspondía a una reliquia de la república juarista, con carros enlutados para el trenecito que llevaba el cadáver, los deudos y los invitados hasta el recontralejano panteón de Dolores y el chillar y chillar de todos los colegas de la prensa que lo habían conocido. Todo un encanto, don Guillermo, con una vida formidable.

El problemita al que se enfrentaron sus deudos, en particular su viuda doña Emilia y su hija María (que tenía 12 años al morir su padre), es que el gobierno de don Porfirio aportó la declaratoria de “Hombre Ilustre” para don Guillermo,  y el sitio honroso en la Rotonda, pero no apoquinó para hacer un monumento digno del poeta y periodista, metido a político y Ministro de Hacienda, de tal suerte que viuda e hija tuvieron que hacer, según se sabe, grandes sacrificios, para pagar a plazos, el mentado monumento, hecho por Jesús Contreras. Esta historia es importante de contar, porque, en una fecha no determinada, una señora que estudiaba la maestría en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, Ellen Elvira Merrifield de Castro, escribió, bajo la dirección de don Ernesto de la Torre Villar, una tesis de posgrado que, vista con los ojos actuales, aborda un tema casi obvio: la visión de la historia en las obras de Guillermo Prieto. Como la tesis no tiene fecha por ninguna parte y como me la encontré en una librería de viejo hace como diez años, y como no he ido a averiguar el dato a la UNAM, no puedo sino afirmar que se remonta la hechura del trabajo hacia algún momento de los mediados del siglo XX, es probable que hacia 1959 o 1960, cuando el gremio de historiadores no se ponía tantos moños y parte de ellos no tenía esas peculiares obsesiones con la idea de que la Historia es una ciencia. Cierta estoy de que, en este 2010, un trabajo como el de la señora Merrifield de Castro hubiera recibido, respecto al planteamiento teórico (el trabajo de revisión bibliográfica y hemerográfica es enorme y riguroso), una buena repasada de algunas queridas maestras mías, pero eran otros tiempos. Y lo más bonito, que, en ese trabajo, doña Ellen Elvira encontró a una testigo interesantísima: María Prieto y Colard, la hijita de don Guillermo, que sí vivió para hacerse adulta y para contar algunos detalles de la historia de su padre, como esta del monumento funerario y otro dato: don Guillermo NO quería que lo fueran a meter a la Rotonda, pero al fin, el hijo varón que vivía, Manuel, accedió a que los restos de su padre se fueran a gozar de la ilustridad.  A la viuda y a la hija se les dotó de inmediato, en ese marzo de 1897 de 100 pesos, “por la necesidad en que quedaron”, y según lo reportó el ministerio de Hacienda, y les asignaron una pensión de mil 236 pesos anuales, que no sabemos si llegaron a recibir.

Así es que don Guillermo tiene hoy su monumento, que recibe, en día de muertos, una pizca de flores anaranjadas que alguien del panteón o de la delegación Miguel Hidalgo, o de la Secretaría de Gobernación, responsable de la Rotonda (ajá, cómo no), fue a poner en cada una de las ilustres tumbas de los ilustres señores. Este año le llevé rosas amarillas con ribetes rojos, amarillas y rojas como la vida, como el gusto de tener santos tutelares como él y otros más como Zarco y Altamirano que decidieron no tener las muertes sencillas tan propias de su tiempo. Pero de eso, hablamos otro día de muertos.

Juan de Dios Peza, frente al cadáver de don Guillermo, le decía: "Duerme tranquilo, ¡Tu labor fue buena". Y sí, es cierto. Con toda esa habilidad de Prieto para ser terrible persona y venenoso escribidor, fue un hombre bueno.

05
Nov
10

Postales Bicentenarias 9: imágenes (comerciales) del día de muertos

No sé quién le hizo la campaña de publicidad a la funeraria García López. Pero me parece definitivamente buena. Aquí todo mundo es de una gran honestidad: venden lo que venden, servicios funerarios. Este es el año de los Centenarios, pues sí. ¿Se pueden vender servicios funerarios al tiempo que se hace presencia en este asunto de las conmemoraciones? Evidentemente sí. El resultado a mí me parece interesantísimo. Esta primera imagen la había tomado en alguna ida hacia algún punto de la ciudad de México. El 1 de noviembre, día de Todos los Santos o día de los Muertos Chicos, de visita al Panteón de Dolores, me topo, en el acceso principal, con el stand de la funeraria en cuestión. El agente de ventas de Gracía López fue muy amable, todo lo amable que debe ser uno cuando anda vendiendo servicios funerarios en condiciones excelentes.  Simpáticas curiosidades para obsequiar las que tenía en su mesa: calenadarios de bolsillo con la calavera de Morelos, calendarios de escritorio con las calaveras de Morelos e Hidalgo, de Zapata y de Villa. Postales con la calavera de Villa y una interesante leyenda en el reverso: “En memoria de los héroes que escribieron nuestra historia”. Agregan al final. “J. García López. Presente en nuestra fiesta nacional”.

Me parecen definitivamente bonitas, oportunas, respetuosas y capaces de vincular la tradición popular con el culto colectivo a los héroes. Es Bicentenario, es Centenario y es Día de Muertos. Muy a tono con este año donde los huesos de los caudillos insurgentes han salido a pasear, pasar el verano en Chapultepec y el otoño en Palacio Nacional. Muy a tono; me imagino un diálogo jocoso entre el cráneo de Miguel Hidalgo y el de José María Morelos, durante uno de esos dos desfiles luctuosos de los traslados que hemos visto este año. “¿Ya viste ese anuncio, José María?” “Sí, don Miguel. La verdad, me fue mejor que a usted; le pusieron su cabellito largo pero oscuro”. “No seas burro, José María. Si me lo ponen blanco no se me vería”.  Es, de hecho, una nueva interpretación del cráneo de Hidalgo: por un lado, el de las fotos de prensa de este años; luego, este bonito cráneo de la funeraria García López. La más chocarrera, la de la cabeza parlante de Hidalgo, allá en su jaula de la alhóndiga de Granaditas de Guanajuato, ideada por ese genial monero que es Trino.

Bonita historia esta, definitivamente; buen gesto en el Día de Muertos del año de los Centenarios. Ah, también me dieron una botella de agua con etiqueta de la calaverita de Morelos. Buen asunto, y cuando me acuerdo que a los productores del popularísimo arroz “Morelos” les negaron el permiso de usar el mentado “2010”, en principio de uso público gratuito -aunque había que pedir permiso- porque cómo una mugrosa bolsa de arroz iba a ostentar el emblema de las conmemoraciones.  Para variar, la increíble sensibilidad de rinoceronte de algunos.  Pero lo bueno, es que la gente es siempre mucho más que un logo.




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