Archive for the 'POSTALES DEL PASADO RECIENTE' Category

17
Oct
15

Perro… ¿come perro?

buendia

Las generaciones de periodistas que podrían ser englobadas en lo que Jose Luis Martínez S llama “la vieja guardia” tenían un dicho que con frecuencia aparece, entre bromas y veras, en el habla cotidiana del gremio como es ahora: “perro no come perro”. Con el paso de los años, naturalmente, la frasecita ha tenido que pasar por las pruebas del ácido y de la brecha generacional.
A algunos, “perro no come perro” les suena a contubernio, a complicidad en esos recovecos de valores entendidos que no se han ido de las redacciones y espacios similares. A otros, les suena retro, demodé.
Pero en tiempos en que asesinan periodistas y no falta alguien del gremio que diga dubitativo: “vayan a saber en qué andaba”, a ratos parece que este mismo gremio anda, en muchas cosas -moral, profesional, operativamente- algo, bastante desamparado.
A como andan las cosas, no volveremos a ver esas reuniones multitudinarias en las que los periodistas arropaban a un colega amagado por el poder político o fáctico teñido de prepotencia. Es decir, “mostraban músculo”.

Así lo hicieron en 1945 cuando a Martín Luis Guzmán -tan reportero como el que más- se le ocurrió bronquearse con el clero cuando a los honorables señores se les ocurrió andar haciendo procesiones en Semana Santa, estando prohibidas las manifestaciones de fe públicas.
En aquella ocasión, donde se invitó a 600 periodistas y yerbas afines y según Salvador Novo llegaron “como 3 mil”, algunos acelerados hasta propusieron crear un “periódico liberal” que no se hizo realidad porque la concurrencia -con excepción de Siqueiros, que se cayó al punto con mil pesotes de los de entonces- andaba corta de fondos.

Así lucía don Martín Luis en su despacho del Semanario de la Vida y la Verdad.

Así lucía don Martín Luis en su despacho del Semanario del a Vida y la Verdad.

Bastantes años más tarde, los suficientes como para que algunos se acuerden y otros no tengan la más remota idea de lo que aquí digo, un gobernador de Guerrero -caramba, qué coincidencia- llamado Rubén Figueroa, tuvo la mala ocurrencia de amenazar al columnista Manuel Buendía. La solidaridad gremial se manifestó en otra reunión, igualmente masiva, en el restaurante del desaparecido Hotel del Prado, en julio de 1979.
Durante ese encuentro solidario, Buendía, a quien yo no conocí -lo mataron el mismo año que entré a la licenciatura- dijo algo que aún es válido, a pesar del tiempo transcurrido: “Allá, en los pueblos del interior, es donde el periodismo requiere auténtica valentía personal, porque las banquetas son demasiado estrechas para que no se topen de frente -por ejemplo- el periodista y el comandante de policía de quien aquél hizo crítica en la edición de esa misma mañana. Aquí la incomodidad más seria que sufrimos es la de no encontrar mesa en nuestro restaurante favorito de la Zona Rosa.”
En 1984, cuando le pegaron de balazos a Buendía a la salida de su oficina en la colonia Juárez, el gremio, además de indignado, muy asustado, convirtió el funeral del columnista en una demanda generalizada de justicia y seguridad para el gremio. Pero de ese momento, una señora con décadas en este oficio a la que me honra llamar amiga, le dijo a otro cercanísimo amigo: “entonces, fue el miedo el que nos unió”.
Pienso todas estas cosas al enterarme que el columnista Jorge Fernández Menénez -que tiene sus fans y sus malquerientes- acusa al columnista Julio Hernández -que tiene sus fans y sus malquerientes- de encabezar y promover uno de esos recursos ciudadanos que están tan de moda para darle corporeidad al derecho de pataleo, una petición colectiva enchange.org, que exige prohibir la difusión del documental “La noche de Iguala” realizado por Fernández Menéndez. Un integrante del gremio que promueve la censura al trabajo de otro integrante del gremio. Tantos años después, ¿resulta que perro sí come perro?
O, acaso, ¿hay integrantes del gremio que en los momentos pertinentes encuentran más rentable y/o conveniente y/o preferible el activismo al periodismo? Entonces no es un caso de “perro sí come perro”, sino uno de “activista ex-perro pretende comer perro”.
Como siempre ha sido en esta tribu, cada quién sus intereses y cada quién sus mieditos. Porque ese gran miedo que alguna vez acicateó el movimiento colectivo -y que, admitámoslo, nos ha llevado también a hacer osos espectaculares, como el que protagonizamos cuando unos guerrilleros mandaron al otro mundo a los vigilantes de la puerta del viejo edificio de La Jornada- no ha aparecido.

De modo que la polarización gremial sembrada hace unos cuarenta años en una historia que merece ser contada en otra ocasión,  ahora fructifica en la censura pública ejercida entre pares, de balcón a balcón. Es en días como estos que, con alguna melancolía, mi entrañable don Pepe Fonseca y yo volvemos a decirlo: ya no los hacen como antes.

18
Abr
15

Postal del pasado reciente: recordamos al reportero García Márquez

Se agradece esta hermosa imagen a los amigos de ClasesdePeriodismo.

Se agradece esta hermosa imagen a los amigos de ClasesdePeriodismo.

Por todas las páginas de reportajes, de crónicas, de notas, de columnas y de artículos, recordamos con ese amor que se tiene a las figuras entrañables, a las que tuvieron que ver con nuestros años de descubrimiento del mundo, al reportero Gabriel García Márquez.

 

 

19
Sep
14

El terremoto, aquel terremoto de 1985.

san juan de letran sept 1985

 

Para los que ya teníamos edad para recordarlo, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y su aterradora réplica del 20 se septiembre, seguirán siendo relevantes, inolvidables en nuestro devenir. Como no siempre somos conscientes -por lo menos hasta que no comienzan a dolernos los huesos y partes diversas de la admirable maquinaria humana- del paso del tiempo sobre nosotros mismos,  de repente caemos en la cuenta de que han transcurrido 29 años desde la mañana en que, preparándonos todos para la jornada, algunos de vacaciones universitarias, muchos moviéndose hacia los trabajos, hacia las clases, cuando ese movimiento se detuvo abruptamente para vivir dos minutos que han quedado entre los más terribles que ha vivido la vieja, la sobreviviente Tenochtitlan.

Ahora, en estos tiempos en que la red atesora múltiples tesoros de la memoria humana, hasta podemos leer en la Wikipedia, para citar una fuente muy socorrida, un resumen amplio y con abundantes detalles del terremoto de 1985, con la serenidad que dan los años transcurridos. Por eso me entero que, hoy día, aún existen divergencias en cuanto a la magnitud de aquel sismo, al que usualmente señalamos como de 8.1 grados en escala Richter, en tanto que el Sismológico de Estados Unidos aún lo estima en 8 grados, y la Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica sostiene que la magnitud fue aún mayor: 8.2 grados Richter.

Ahora, los chicos de secundaria, de preparatoria, hasta algunos universitarios, quienes tengan como tarea averiguar qué ocurrió hace 29 años y cómo nos cambió -el poder transformador del acontecimiento no se pone en duda- sabrán también que el fenómeno generó un tsunami en Ixtapa-Zihuatanejo con olas de 15 metros, suceso que en 1985, sencillamente, no atendimos, o no quisimos atender, ocupados como estábamos en el altiplano con nuestro propio drama.

Con la tendencia centralista, necia en querer ver todo desde la óptica y desde la soberbia del altiplano, que durante siglos ha caracterizado mucho de la vida nacional, solemos olvidar que el terremoto de 1985 causó desastre y pavor en muchas otras zonas del país. No obstante, eso de que se caiga la antena maestra de Televisa, que delegaciones enteras de la capital se hayan quedado más de 24 horas sin energía eléctrica, que nos hayamos quedado incomunicados respecto del resto del país durante un buen rato, que muchos hayan abordado esa mañana un autobús para bajar un paso a desnivel y emerger entre el polvo de un edificio que acababa de derrumbarse, ni fue cosa menor, ni se ha convertido en pasto del olvido de los habitantes de esta vieja ciudad.

Hoy resulta sumamente sencillo teclear en los buscadores de imágenes que ofrece la red para encontrar la monumental crónica que gracias a un teléfono satelital instalado en su automóvil, pudo hacer Jacobo Zabludovsky. El documento sonoro es hoy aún más rico: tiene texturas que comienzan desde las sensaciones y sentimientos del periodista que se mueve por Paseo de la Reforma sin advertir mayores daños. Esas sensaciones y sentimientos empiezan a transformarse cuando Zabludovsky llega a donde estuvo el Hotel Continental y lo ve derrumbado: las cosas empezaban a cambiar.

Ve don Jacobo a gente atrapada en los pisos cuarto, quinto y décimo del hotel D’Carlo; le piden hablar al aire para pedir ayuda; el periodista oye a gente que le grita desde el cuarto piso; ve unas niñas atrapadas, habla con el gerente del hotel, quien le cuenta que hay gente atrapada en los elevadores. Por primera vez, don Jacobo se permite una palabra, una sola, que muestra, de golpe, lo que bulle en su interior: “espeluznante”. El mundo ha cambiado, el universo está quebrado. La vieja Tenochtitlan no volverá a ser la misma, y la narración de Zabludovsky se vuelve la representación material de todas aquellas cosas que nos enseñan en las escuelas de periodismo acerca de la objetividad del que narra, del esfuerzo por mantenerse como el aséptico relator de los hechos que el canon del oficio de informar, que a fin de cuentas no somos ni seremos. Ni siquiera en ese momento del 19 de septiembre de 1985, cuando Jacobo Zabludovsky llega ante los restos del edificio de noticieros de Televisa, en la Avenida Chapultepec, para decir “mi casa”, y con intervalos silenciosos describir, sin que le tiemble la voz,  la transformación que, para siempre, esa esquina ha experimentado en ese par de minutos.

Al paso de los años, Zabludovsky ha hecho la “versión anotada” de aquella crónica, y siempre se detiene con un dejo de melancolía, con la que ahora, cuando rebasa los 80 años de edad, explica lo que pensaba y no manifestaba en su narración de aquella mañana. “Yo sabía quiénes estaban allí”, ha explicado en numerosas ocasiones. “Yo les di el trabajo, les asigné su escritorio, les fijé el horario. Sabía muy bien quiénes de ellos estaban en el edificio de Noticieros a las 7 con 19”. Los malquerientes de Zabludovsky, que abundan, pueden pensar que es un dejo de remordimiento, y puede que tengan razón. Pero en casos como estos, la culpa, en forma de voz interna aflora en situaciones muy dramáticas: culpa de haber ido por la leche, por haber acabado el semestre una semana antes, de haber salido antes o después, de no haberse ido, de haberse quedado. Culpas gratuitas,sin justificación, sin responsabilidad, y que a la distancia siguen ahí, como presencias disminuidas pero no desaparecidas. Culpa, en casos extremos, de seguir con vida.

Vio Jacobo al dueño del café Super Leche, que se vino abajo en una nube de tierra que se veía a varias cuadras de distancia, como lo muestra la foto con la que comienza esta entrada, seguramente tomada a la altura de la fuente del Salto del Agua, y en la que se ve aún entero el viejo Cine Teresa, los edificios de la vieja calle San Juan de Letrán, sobrevivientes aún, pero envueltas en algo que, a esas horas, quizá apenas empezaba a saberse que era la  nube delatora de una tragedia. Zabludovsky habló con el dueño del café, que entre lágrimas le contó que en el segundo piso vivían su madre y su hermana.  Poco a poco empezó a hilvanar la sarta de historias, de dramas personalísimos.

Esa tarde del 19 de septiembre, muchos periodistas salieron a la calle, los que pudieron, a mirar, a contar, a sumarse a los millones de chilangos, de capitalinos que guardamos en algún punto de eso que llamamos alma, nuestras particularísimas historias de los días del terremoto. Zabludovsky tuvo la suerte -esto de reportear a ratos tiene mucho de suerte- de ser de los primeros que pudieron movilizarse, de los que pudieron empezar a ver, a conocer el alcance de lo ocurrido.

En algún momento de estos 29 años transcurridos, la grabación de este recorrido hecho por el reportero habilísimo que, les guste o no a muchos, ha sido y sigue siendo Jacobo Zabludovsky,  fue entregada al acervo del Archivo General de la Nación. Hace un buen rato, también,  que ese audio, al que se le han añadido imágenes, está disponible en internet:

En 1985, Televisa estuvo fuera del aire durante cinco horas. Muchos no nos enteramos porque no había energía eléctrica. La radio se reveló entonces, como un recurso que permitió empezar a dar algún sentido a la marejada de mensajes angustiosos que intentaban salir de la ciudad. A esa incomunicación que nos duró varias horas, se debió aquella primera plana del Corriere della Sera, según la cual, la ciudad de México había dejado de existir.

Las ventajas de ser una empresa de la magnitud de Televisa -nos guste o no- están en la posibilidad de rehacerse  con relativa rapidez. Seis horas después del terremoto, cuando ya había bastante idea de la extensión y la magnitud de los daños en la ciudad, otro reportero de muchos años y mucho oficio, Guillermo Pérez Verduzco, el “Tobi”, se trepó en un helicóptero para llenarse los ojos de urbe lastimada. Su crónica es, también, importantísima.

Hace unos pocos meses, José Woldenberg escribió, en la introducción a su libro “Violencia y Política” (Cal y Arena 1995 y 2014)  una frase que describe con exactitud la forma en que estas crónicas audiovisuales los terremotos de 1985 regresan a nosotros después de tantos años: “Lo que entonces fue crónica, hoy es historia”.  Abundan los trabajos acerca de la memoria del terremoto, desde el compendio de referencias periodísticas elaborado con gran celeridad por la UNAM, hasta el libro de testimonios compilados por  La Jornada y la formidable crónica de Humberto Musacchio “Ciudad Quebrada”, que inicia con la forma en que la hermana mayor del periodista vivió el terremoto. En su momento, llamaron mucho la atención las crónicas que sobre el tema escribieran Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. El INAH y el FCE han auspiciado trabajos que intentan acercarse a la manera en que, históricamente, los habitantes del valle de México hemos intentado convivir con los sismos.

Pero esa voluntad memoriosa, que permite que lo vivido en 1985 no se desvanezca, no garantiza que, el día en que sea necesario, la libremos y la libremos bien. Hasta el momento lo hemos conseguido. Una vez más tendremos que preguntarnos  si hemos aprendido a vivir con el riesgo del sismo que un día vendrá y si sabremos reaccionar. Aunque conforta ver lo bien que los peques de primaria funcionan en simulacros y sismos reales, cada año la pregunta es un “sí”… a medias. Como en 1985, lo sabremos bien hasta el momento que seamos puestos a prueba una vez más.

 

 

31
Oct
13

No apto para almas sensibles 2: la violentada gemela de la Constitución de 1857

Ya sé que suena muy feo el título de esta entrada, pero eso fue exactamente lo que ocurrió. Y acá tenemos una variante en esta trágica historia de las piezas que conforman el patrimonio artístico de los mexicanos y que son objeto, para decirlo de manera fina, “poco cuidadas”. Y ese “poco cuidado” a veces termina en desastre, y a veces, por la mano de no sé qué divinidad protectora de las obras de arte desamparadas, estas piezas la libran y siguen su periplo, que a veces resulta asombroso y aterrador. Esta es la historia de una pieza de presumible alcurnia, pero que, a semejanza de aquellos “hijos ilegítimos” del siglo XIX, a causa de su condición se vio involucrada en las más aterradoras peripecias. alegoria 1857 petronilo monroy Seguro que muchos de los queridos visitantes de este reino conocen la imagen. Se trata de la alegoría de la Constitución de 1857, pintada por don Petronilo Monroy, uno de los artistas importantes del siglo XIX mexicano, alumno adelantado de la Academia de San Carlos, y mexiquense nacido en Tenancingo, y de quien se dice hizo sus primeras armas en esto de la creación bajo la mirada protectora y las enseñanzas de su hermano don José María.

Petronilo Monroy pintó muchas de las piezas importantes que nos quedan del siglo XIX. Muchas de ellas, bastante conocidas, desde un tierno Abrazo de Acatempan, hasta los retratos que de Iturbide y de Morelos (cuánta coherencia, la verdad) le fueron encargados al artista en tiempos de Maximiliano de Habsburgo. Muchas veces reproducida, aunque no necesariamente reconocido su autor, es esta, la espléndida alegoría de la Constitución de 1857, pintada por don Petronilo en plena República Restaurada, en 1868.

Poderosa, volátil a la vez que sensual, esta patria que acuna en su regazo a la constitución liberal simboliza todo el proyecto de país por el que duramos tres años agarrados de la greña a mitad del siglo XIX, por el que Francisco Zarco se volvió agente clandestino que editaba el Boletín ídem y por cuya causa y defensa el mismo redactor jefe de El Siglo Diez y Nueve se pasó un rato a la sombra en la infecta cárcel en la que lo encerraron sus no-amigos conservadores, para contraer el mal que lo mandó a la tumba.

Por este proyecto y esta constitución, los liberales puros entre los puros, que veían mal a don Benito por indulgente, acabaron disciplinándose junto al presidente oaxaqueño cuando hubo necesidad de resistir la invasión francesa. Poco autóctona, con escasos “rasgos mexicanos” (así dicen hoy día los payasos cuando quieren referirse a los más morenitos y de cabellos oscuros y renegridos de entre nosotros), es una patria liberal que no piensa sino en la formación de buenos ciudadanos, aunque para llegar a serlo no haya de otra que olvidar el pasado indígena, aún cuando se trate de la propia herencia personal, como fue, evidentemente, el caso del propio Benito Juárez o de Ignacio Manuel Altamirano.

Tan poderosa fue, en su momento, esta imagen de don Petronilo Monroy, que  engalanó uno de los tomos de “México a Través de los Siglos”, en una reproducción que no hizo don Petronilo, y que por tanto fue, comparativamente… digamos… desafortunada. Sin embargo, todos los contemporáneos del artista entendieron, los caballeros liberales metidos hasta las orejas en las letras y la política, los primeros: monroy 2 La obra de don Petronilo pertenece hoy día al patrimonio artístico-histórico de la Presidencia de la República, y se encuentra en Palacio Nacional. Es una pieza de esas cuyo valor se resume, simplemente en “incalculable” -casualmente, como nuestro Caballito-. Se trata de una pieza muy grande, lo que explica que, en el siglo XIX nadie se aventara la puntada de ir a fotografiarla y que, por ello, tuviésemos réplicas menos hermosas circulando en otras versiones de la historia nacional.  Tener una pieza muy grande, implica bastantes problemas técnicos a la hora de siquiera intentar moverla, ya no digamos las broncas de aseguramientos y cuidado de la obra en su traslado, aunque sea a la habitación de junto. Eso explica por qué la pieza no se mueve del lugar que se le ha asignado en Palacio Nacional, y por qué la Presidencia de la República, del color que sea, se hace la occisa cuando se le pide en préstamo la pieza en cuestión.

Yo sé de dos proyectos museográficos, de los tiempos recientes, en los que se aspiró a exhibir la espléndida obra de Monroy. En uno de los dos casos, la solicitud a la Presidencia fue, sencillamente, ignorada. En el segundo caso, calculo que la ruta fue muy similar. Hasta cierto punto lo comprendo. Moverla sería un verdadero problema. Nomás de pensar en la necesidad de mandarle a hacer un embalaje, pues es posible, sólo posible que no lo tenga, me dan escalofríos.  Hace años, cuando participé, por unos meses, en un barco que navegaba en tempestad, llamado conmemoraciones de 2010, me di cuerda con un ex amigo, y pensamos en que podríamos exhibir en la planta baja -es decir, un piso más abajo, sin mayores enredos- varias de esas piezas que representan a los próceres de nuestra narrativa épica.

Los conservadores de Palacio nos miraron con una expresión que se traducía más o menos como “Están de broma, ¿verdad?”, y nos dejaron reproducir lo que nos dio la gana, pero de mover los cuadros, ni hablar. E insisto, razón no les falta. No querría ni imaginarme la bronca que sería intentar sacar “El Perdón”, ese famoso megacuadro, también de Palacio Nacional, donde Nicolás Bravo indulta a un montón de realistas. De locos sería también intentar embalarlo y encontrarle un transporte. Hace años, bajándome de un auto en la plaza Tolsá -sí, el hogar de nuestro Caballito- vi a unos caballeros que llevaban al aire un cuadro inmenso, probablemente de unos cinco metros de largo por unos tres de alto.  Sin embalaje, nomás con mucho cuidado. Y es que, puestos a pensar, ¿cómo le iban a hacer?

Por eso comprendo que el cuadro de don Petronilo no haya sido prestado en las dos ocasiones que conocí: una, para la Suprema Corte de Justicia, que pretendía, como lo logró, montar una interesante exposición sobre referencias artísticas sobre la Patria y la constitución, y otra, la muestra puesta en el Palacio de Iturbide llamada “México, Liberalismo y Modernidad,  (1876-1917)” coordinada por mi querida maestra, historiadora Gloria Villegas, en la segunda mitad de 2008.

En cambio, existe una gemela de esta alegoría, una copia que se atribuye también  a don Petronilo Monroy, y que pertenece, según entiendo, al Tribunal Superior de Justicia del Estado de Zacatecas. Por eso fue que conocí la pieza, y esta es la historia:

Hará unos 8 o 9 años, la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos fue invitada a participar, mediante la exhibición de la famosa “Patria” de Jorge González Camarena, que estaba, en aquellos días, bajo mi cuidado y custodia, en esta pequeña muestra de la SCJN a la que aludí en el párrafo anterior. las piezas eran interesantes. Había, entre ellas, una alegoría de la constitución de 1824, en escultura, prestada por el MUNAL.

Allí fue cuando me enteré de la existencia de esta “gemela” del cuadro de don Petronilo, pues, en vista de que Presidencia se había hecho la desentendida cuando le pidieron en préstamo a la niña creada por nuestros liberales,  el muy competente abogado e historiador Salvador Cárdenas, quien coordinaba el proyecto y tenía noticia de la existencia de esta gemela,  echó una llamada al tribunal zacatecano, que no se puso moños a la hora de ordenar el traslado de la pieza a la ciudad de México, para integrarse al proyecto de la Corte.

Esa fue la circunstancia que me permitió asomarme a una historia con mucho de escalofriante. La muestra se desarrolló como Salvador Cárdenas y la SCJN esperaban. El mitote empezó a la hora de desmontar la exhibición. Todos llegaríamos un mismo día y en horarios coincidentes por nuestras piezas. Cuando llegué por la tierna “Patria”, ya había un alboroto bastante crecido, porque, a la hora de revisar las piezas para su entrega, alguien le había descubierto un golpe, a la altura de los pies, a la hija más o menos legítima de Petronilo Monroy.  Don Salvador Cárdenas, un chihuahuense de piel muy blanca, tenía más bien el color de la ceniza. Y no era para menos, pues la Corte había tenido la decencia -que por falta de voluntad o de recursos no tienen todos los que piden prestadas piezas para una exposición- de generar su propia póliza de aseguramiento para cada obra expuesta. Nada más de pensar en lo que le podría salir el chiste a la SCJN, resulta muy comprensible la inquietud de don Salvador.

El personal de la Corte sintió que sus almas regresaban a sus respectivos cuerpos cuando Luis Gallardo, curador de la colección de la Conaliteg, examinó el trancazo que, efectivamente, tiene la pieza en la parte inferior, y determinó que el golpe era viejo, es decir, no era bronca de la SCJN. Don Salvador recobró su color. Yo, de pie junto al cuadro, miré hacia arriba, sólo para encontrarme con que, en la parte superior del cuadro, estaba la huella inconfundible de un trapo mojado  que había sido aplicado, en un generoso, inocente e irresponsable intento por darle una limpiadita a la alegoría de la constitución liberal.  No sólo se veía el manchón del dichoso trapo mojado, sino que, a lo largo de un buen trecho de la obra, se veía, con toda claridad, lesionando el barniz, el escurrimiento del excedente de agua que albergó el rementado trapo. Pero todo era asunto muy viejo, de modo que los entusiastas organizadores de la muestra en la Suprema Corte,  recobraron la calma… por unos minutos más.

Porque, público inteligente y conocedor, la tranquilidad se volvió a desvanecer cuando aparecieron, llegados desde Zacatecas, un par de personajes, un tanto desaliñados, que se presentaron como los responsables de trasladar a la hija semilegítima de Petronilo Monroy a su hogar en Zacatecas. Lo que siguió fue inolvidable:  con una seguridad que generó inquietud inmediata, firmaron de recibido, descolgaron el enorme cuadro y se arrancaron escaleras abajo, pues el transporte contratado por el tribunal zacatecano para llevar de regreso a su niña liberal, esperaba en la calle a espaldas del edificio de la SCJN.

Por esas #PerrasDudas que asaltan a la gente inteligente cuando ve una muestra de tal temeridad, toda la concurrencia, unos por llevar hasta el final el encargo, y otros por vulgar morbo mezclado con curiosidad, bajó junto con Salvador Cárdenas, para ver arrancar al transporte que devolvía el cuadro a su sitio.

Pero el espectáculo era digno, oh público inteligente, de ser contado ahora que llegan las fiestas de Muertos y se suelen compartir historias de horror: el transporte en cuestión era uno de esos camiones de redilas con estructura y techo de lona plástica. Con rapidez y eficacia, los enviados de Zacatecas habían medio envuelto el cuadro con colchonetas y sarapes -qué embalaje temporal ni qué nada- y, acostado, lo habían metido en el camioncillo. El problema adicional es que ni siquiera de trataba de un camión GRANDE, donde cupiera la pieza en su totalidad.

Así resultó que sobresalía de la caja del camión, al menos medio metro del cuadro, y el “copete” tallado en madera, de factura antigua, que lucía en la parte superior.  Don Salvador Cárdenas volvió a palidecer intensamente.

Para estas alturas, todos los presentes estábamos al borde del llanto histérico. Lo primero que preguntamos era si creían que el cuadro iba seguro. Con esa tranquilidad que da la certeza de tener todo bajo control nos dijeron que sí, y mostraron el tinglado de mecates con que habían sujetado la pieza, entre su pijama de cobijas y colchonetas,  Nos quedamos mudos.

Por los canijos remordimientos de conciencia que nos hubieran quedado de mantener cerrada la boca, varios señalamos el riesgo que corría el copete del marco y el extremo del cuadro, si se arrancaban por la libre en esas condiciones. Los zacatecanos nos miraron con extrañeza. Pero no vacilaron: “eso lo arreglamos ahorita”, dijeron. Y ¡sopas! de la nada apareció un desarmador, con el que se abalanzaron sobre el cuadro.  En tres patadas desatornillaron el copete tallado en madera. Les digo que esos son los casos en los que el estupor paraliza, porque cuesta trabajo asimilar tales actos de audacia extrema. Finalizada la maniobra, los enviados envolvieron en otro sarape el copete, dando a entender muy bien que lo hacían por mera deferencia a aquella pequeña tropa de chilangos naturalizados o de nacimiento, que hacían tanta alharaca por algo que a ellos no les parecía tan grave. La pequeña tropa, al mismo tiempo, estaba ocupada en recoger del suelo sus quijadas.

Don Salvador Cárdenas hizo un último intento. Con extrema educación le solicitó a los zacatecanos más audaces del estado considerar que estaban transportando una pieza antigua y valiosa. ¿No sería preferible llamar a Zacatecas, y pedir que enviaran un transporte donde, por lo menos, la gemela medio legítima de la constitución de 1857, cupiera completa?  Los responsables de la aventura se negaron en redondo. Argumentaron que ese era el transporte que había pagado ya el Tribunal Superior de Justicia de Zacatecas, y en ese llegaría la muchacha liberal a su hogar.  De modo que saludaron muy atentamente, un tercer chalán se trepó a la caja del camioncillo, para ir vigilante y atento, y el expreso Suprema Corte-Zacatecas se arrancó tendido, dejándonos en el alma una leve inquietud.

Pasó el tiempo, La historia se volvió una buena pieza en el anecdotario.  Unos años más tarde, cuando mi maestra, la querida Gloria Villegas, generosa, nos regaló una visita guiada por ella a la muestra “México, Liberalismo y Modernidad,  (1876-1917)”, al entrar al Palacio de Iturbide, lo primero que vi fue a la hija legitimada de Petronilo Monroy, como pieza inicial de aquel proyecto museográfico.  Había sobrevivido, y allí estaba, con todo y el copete de madera tallada, restituido en su sitio.

Recuerdo que se me salió una enorme sonrisa al encontrarme de nuevo con el cuadro.  Me acerqué, y, en la parte baja, continuaba el golpe. Miré hacia arriba, y seguía allí la señal dejada por una señora con trapo mojado.  Pero ahí seguía, hermosa, rotunda, aquella representación de la patria, confiada en el futuro que garantizaba la constitución que acunaba en el regazo.  Ya no recuerdo a quién le aprendí aquello de que Dios protege a los inocentes. Hija de una educación laica y liberal, estos son los casos en los que me cuesta trabajo explicarme estas raras historias de supervivencia.  Pero no puedo negar que algo, alguien, alguna deidad muerta de risa, acompañó a la otra hija de Petronilo Monroy en su centelleante viaje de regreso a Zacatecas.

 

23
Oct
13

No apto para almas sensibles: historias de horror y patrimonio artístico

desgracian al caballito

El señor Arturo Javier Marina Othón es, me parece, uno de los hombres más valientes que hay en este país. De esa valentía épica que raya en la locura temeraria. De otra manera me resultaría muy difícil comprender, cómo es que se atrevió a arrancar trabajos de presunta restauración sobre la estatua ecuestre de Carlos IV, nuestro entrañable Caballito, SIN contar con un contrato, sólo la mera adjudicación, SIN fianza alguna, porque en la Secretaría de Gobierno le tienen harta confianza.  Y así ocurrió lo que mi amigo, curador y museógrafo, don Luis Gallardo llama, muerto de risa (aunque sospecho que solloza por dentro), “el crimen perfecto”.

Un dictamen de 23 páginas, elaborado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, del que me ocuparé posteriormente, hace oficial, desde hace unas semanas, lo que muchos presumíamos, inferíamos o sospechábamos: nos desgraciaron al Caballito.  “No se tiren al drama”, nos regañó doña Alejandra Moreno Toscano, autoridad del Centro Histórico. “El daño no es irreversible”, insiste. Y con todas las horas de vuelo que tiene doña Alejandra en el terreno de la historia,  me cuesta mucho trabajo entender  su explicación, según la cual,  lo que se llevó por delante el hacendoso operador del señor Marina es nada más la pátina de 210 años de edad. El tema es discutible, insistieron las autoridades del Centro Histórico, por voz de Inti Muñoz, pero, repito, del dictamen me ocuparé en momentos posteriores, y, después del oso que don Inti protagonizó para las cámaras de Televisa y que apareció en “Las Mangas del Chaleco” (una perversísima creación de un alumno mío de hace muuchos años, Santos Briz), como que el director del Fideicomiso del ¿Centro Histórico ya no está como para ser invocado y/o convocado.

Lo cierto es que hace falta mucho valor y una peculiar ética profesional para aventarse, sin red, a meterle mano al Caballito de Manuel Tolsá, al que muchos especialistas califican como la estatua ecuestre más importante de América, y una de las tres más importantes, en su tipo, del mundo.  No me parece relevante que el señor Marina diga, en el comunicado que hizo circular, en un intento de esbozar una muy floja defensa, que tiene un intenso amor por la “historia patria” (sic).  Creo que no le encargaron al Caballito por eso. Pero, al modo del destripador, iremos por partes.

Hoy me da por recordar las historias que he coleccionado, a través de los años, que denuncian la ausencia de un claro sentido del deber para con nuestro patrimonio histórico, que empieza, ineludiblemente, por la educación. No andaba errado Vasconcelos cuando, en los primeros días de la Secretaría de Educación Pública, insistía en que la formación de un niño tiene que ser integral y que no basta con enseñarle a leer, a escribir, a sumar y dividir. Tal es el origen de los curiosísismos ejercicios de poesía coral, las “tablas gimnásticas” de las que fuimos víctimas muchos mexicanos, pero también es el origen del muralismo, y del empeño en que, en los materiales que se proporcionan a los escolares mexicanos haya un acento que los lleve a mirar una obra artística.  Eso, y no otra cosa, estaba detrás de la cuidada y hermosa edición de “Lecturas Clásicas para Niños”, ilustrados por Montenegro y Fernández Ledezma; eso es parte de lo que inspiró la construcción de los centros escolares de la primera década del siglo veinte, enriquecidos con murales, algunos impresionantes; y de diversas calidades, pero animados todos por transmitir ideas y emoción estética.

Está, ese mismo propósito, en las obras que Siqueiros, Montenegro, Zalce, Leal, Anguiano, González Camarena, Carrington, Cauduro, Nissen y tantos más, en diferentes épocas, crearon para  las portadas de los libros de texto gratuitos. Acercar la experiencia estética a un niño es el primer paso para volverlos sensibles al patrimonio artístico e histórico que poseemos en México. Si este elemento formativo se ausenta de los primeros años de instrucción de un niño, no nos extrañen historias de descuido, de abandono, cuando no de franca depredación. A veces por intereses económicos o políticos, pero en otras ocasiones, simplemente por falta de información, es que ocurren hechos lamentables, donde la mala fe está ausente, pero la ignorancia y el exceso de iniciativa llenan el espacio.

Jaime Torres Bodet resumió en cinco palabras la esencia del pensamiento educativo de Vasconcelos: “aulas, libros y bellas artes”. Si no regresamos al ámbito de lo escolar para iniciar eso que se llama “experiencia estética” no nos extrañe que un señor que hace “chambitas” y “chambotas” para la autoridad del Centro Histórico sea el responsable de lo que se ha cernido sobre el Caballito (de la extraña manera de contratar al señor, me ocuparé después).

No nos extrañe, tampoco, ninguna de las historias que siguen en este espacio del Reino. Si recuerdan, público inteligente y conocedor, aquella vieja serie que se transmitía por televisión las noches de los domingos de hace muuchos años, “Galería Nocturna”, donde cada cuadro entrañaba una historia de horror, al leer lo que sigue, entenderán la semejanza.

UNO:  EL TALADRAZO A UN MURAL DE DIEGO RIVERA

sep patio del trabajo

Me dicen que esto ocurrió a principios de la administración de Vicente Fox. Estaba recién llegado su Secretario de Educación Pública, el regiomontanto Reyes Tamez Guerra, famoso por la habilidad que tenía para desconectarse -o al menos dar la apariencia de estar desconectado- de cualquier evento que presidiera, transcurridos rigurosos cinco minutos.

Mi fuente bien informada me cuenta que eran los primeros días de la gestón del doctor Tamez, y los murales de la secretaría de Educación Pública habían sido sometidos a algunas tareas de limpieza y restauración. El edificio, de hecho, se hallaba cerrado mientras los especialistas hacían su trabajo.

Por alguna razón, el señor titular de la SEP requirió una nueva línea telefónica. De modo que allí, al piso superior, donde se encuentra la célebre oficina  de los sucesores de Vasconcelos (con el escritorio de Vasconcelos que pertenece a la UNAM), se apersonó un empleado de Telmex para instalar la dichosa línea,

Fue en ese momento cuando el empleado de  Telmex pasó a la historia de la infamia. Los especialistas y responsables del cuidado de los murales de Rivera vieron pasar, delante de ellos, a un fulano con uniforme de Telmex, una escalerilla de tijera y un taladro colgándole del cinturón.  Ambas especies humanas se cruzaron en uno de los pasillos del piso más alto del edificio soñado por Vasconcelos, donde se encuentra el despacho del titular del sector educativo, y su fugaz encuentro hubiera resultado perfectamente olvidable si no hubiera sido porque el señor de Telmex, con absoluta parsimonia, se llegó a cierta parte del mural, recargó en él su escalerita de tijera, y ¡bolas! con rapidez y eficacia de tirador de película del oeste, le asestó al muro un taladrazo para hacer un pequeño agujero, por el cual pretendía hacer pasar el cableado de la línea nueva solicitada por el Secretario. La acción fructificó: un pequeño y redondo agujero se abrió en el muro embellecido por Diego Rivera.

Sólo entonces los responsables del cuidado de los murales alcanzaron a reaccionar. Me dicen mis fuentes que, si no actuaron antes de que el ocurrente operara con todo y taladro, fue porque resultaron víctimas de un azoro brutal: nadie podía creer que con enorme frescura y calma alguien pusiera su escalerita en el mural. Cuando sobrevino lo del taladro, más de dos tuvieron que inclinarse a recoger sus quijadas. Cuando lograron recobrar el movimiento, atoraron al imprudente dueño del talador, que no entendía, bien a bien, por qué tanto irigote.

niños con murales sep

El asunto, que se manejó con enorme discreción, tuvo un final razonablemente feliz. Aparte de pescozonear al señor del taladro, Telmex se disculpó y se comprometió a correr con los gastos de restauración que fueran necesarios.  Mis fuentes me dicen que el chiste salió en dos millones de pesos de 2001. El agujero de taladro más caro de la historia.  Meses después de haber escuchado esta historia, conocí al responsable de los edificios históricos del sector educativo, cuya joya es el edificio sede de la SEP, quien me la confirmó.  Yo me imagino que, desde entonces, nadie ha vuelto a pedir líneas adicionales en aquel edificio.

DOS: LOS VELASCO DE LA UNAM Y LA SEÑORA DEL TRAPO MOJADO

Algunos amigos míos se carcajean cuando les digo que una señora de la limpieza, armada con un trapo húmedo o mojado, es una de las peores cosas que le pueden ocurrir a una institución propietaria de alguna pieza de importante valor artístico o histórico. Y es que nunca se sabe lo que puede ocurrir cuando se tiene una de estas piezas en un sitio más o menos transitado. Pero lo que puedo asegurar es que, cuando se da el caso y aparece una bienintencionada señora con unl trapo mojado entre las manos, puede ocurrir una tragedia.

Esta historia ocurrió en uno de los espacios más bellos que tiene la UNAM: el Museo de Geología, asentado en la alameda de Santa María la Ribera. Quienes lo conozcan sabrán que toda la visita se circunscribe a la planta baja de la antigua construcción. El lobby, un admirable trabajo de suelo enmosaicado, conduce al maravilloso mamut rearmado (lo rearmó un biólogo que me dio clases en la prepa),  y a las colecciones de fósiles y minerales. Visitar el  Museo de Geología implica entrar en una cápsula del tiempo pasado, que, si se permitiera la entrada al piso superior, sería aún mejor, pues allí se custodiaban -ignoro si allí se encuentran aún- una serie de obras hechas por José María Velasco, donde el afamado artista daba cuenta de sus inquietudes naturalistas: aparte de concentrarse con cierta profundidad en la cría de una especie endémica del Valle de México, el ajolote,  Velasco pintó plantas, e incursionó en el estudio de “la prehistoria”, con propósito de hacer estudios monográficos sobre estos temas y a él debemos la existencia de algunas piezas que aspiran a reflejar las ideas que el artista se había forjado sobre cómo pudieron ser algunos de los animales prehistóricos que hoy hacen las delicias de los peques en películas como los Croods o la era del Hielo.

Se trata, en el caso de las obras que representan animales, de piezas con un cierto sentido naif que hoy percibimos, gracias a los avances de las investigaciones paleontológicas que Velasco ya no pudo conocer. Por eso, por ejemplo, su cuadro de los dientes de sable ahora se antoja de una gran ternura y bajo acierto, pues lo cierto es que los bichos se ven, digamos, hechizos, con unos curiosos colmillos en forma de cucuruchos, encajados en las mandíbulas. Los curiosos pueden ver un fragmento de esta pieza en la portada del libro de texto gratuito correspondiente a Ciencias Naturales de Tercer Año, que estuvo en uso por la comunidad escolar de 1993 a 2009. En cambio, cuando Velasco pintó plantas, los cuadros resultaron de importante belleza y aparente precisión.

PLANTITA GEOLOGIA UNAM

Resulta evidente por qué no hay acceso al piso superior del Museo de Geología. Es preciso decir que se requerirían condiciones especiales de seguridad para albergar esas piezas de Velasco en el que ha sido su espacio originario. Yo los conocí allí hace muchos años, tal vez unos quince o dieciocho, un día en que el vigilante me vio cara de gente decente y me permitió subir cuando pregunté qué había allí. Y me imagino que después de lo ocurrido, se ha pensado en mejores condiciones de conservación, es decir, fuera del Museo.

Porque, hay que decirlo. En este museo universitario, la seguridad está confiada a algunos vigilantes que, sentaditos en sus sillas contemplan el panorama con una cachaza que espanta, y que no se tiran al drama cuando un peque de tres años con los dedos pringosos de dulce, algodón de azúcar, tierra y sudor, le pone la mano encima a un fósil de la exhibición, ante la mirada satisfecha de su padre. Y no es invento. Me consta, yo lo he visto. Los amables vigilantes del lugar ni sudan ni se acongojan.

Por ello es entendible que, un día, la señora de la limpieza armada de un trapo húmedo, se dedicaba a quitar el polvo del mobiliario de la planta superior del Museo de Geología.  Y con todo y su trapo húmedo fue a quitarle el polvo a los Velasco que allí estaban. Mi fuente bien informada para este caso me cuenta que al menos un par de las piezas se arrugaron cual chicharrones de harina de la Alameda de Santa María, gracias a las buenas intenciones de la señora de la limpieza. Las autoridades universitarias pusieron el grito en el cielo, pero el daño ya estaba hecho, con todo y las buenas intenciones, de esas que suelen empedrar el camino al infierno.

Nuevamente, el asunto se manejó con sigilo, pero nadie fingió demencia. Se asumieron las consecuencias de no generar las adecuadas condiciones de conservación y seguridad, y sí, en cambio, dejar confiados, a la misericordia divina y dos veladoras, los Velasco del Museo de Geología. Las piezas fueron restauradas con la mejor calidad posible, y las huellas del trapo mojado solamente se volvieron cicatrices en las almas de los involucrados en el asunto.

No es el único caso, como contaré en la siguiente entrega de esta historia, en el que las señoras con trapos mojados han cometido hechos horripilantes, que, si no fueran ocasionados por la buena voluntad impregnada de intenso desconocimiento del patrimonio institucional, habrían condenado a las damas a las penas del infierno terrenal. Hay instituciones que, a sabiendas del poder destructor de las señoras con trapo mojado, mantienen a buen resguardo su patrimonio artístico, en lugar de ponerlo a lucir en las oficinas directivas. En otros casos, juro que es la buena fortuna, o una intangible mano protectora la que salva algunas piezas de arte de la destrucción o del deterioro. Pero aguas, de todas maneras. Abusados con las señoras del trapo mojado.

 

30
Sep
13

La Patria está en todas partes.

patria reloaded

No es esta una frase de mera retórica para despedir el mes de los apaleados festejos civico-históricos. En esta ocasión, es literal, y no me refiero a cualquier patria, sino a la mujer poderosa que representó el artista jalisciense Jorge González Camarena en la célebre alegoría de la patria que sirvió de portada durante diez años a los libros de texto gratuitos.

La historia de ese óleo, “La patria”, es espléndida y algún día habrá que dedicarle un trabajo más amplio; porque es, quizá, una de las imágenes más reproducidas, re-creadas, re-imaginadas y hasta peleadas en la accidentada historia de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Por todas partes resurge una y otra vez el eco de la obra de González Camarena, a despecho de las leyes de derecho de autor, el respeto a los derechos patrimonial delos artistas y a las inquietudes de los herederos de esos derechos, cuestiones todas que siempre dan materia para protagonizar agarrones de antología.

Sin embargo, en el caso de “La Patria” el asunto es complejo. En aquellos años en que yo era algo así como la nana operativa y administrativa del famosísimo cuadro, cada tanto me daba algún leve entre con quienes creían -o fingían creer- que “La Patria” es una imagen de dominio público. Agarrados de esa creencia, funcionarios del Distrito Federal (nada más como claro antecedente de lo que hoy pasa con nuestro Caballito), diputados locales, sindicatos universitarios y yerbas parecidas, han perpetrado montajes e impresiones espantosas de la interesante figura de aquella mujer que, afirman algunos, responde al nombre de Victoria Dorenlas y otros llaman Victoria Dorantes.  Jaloneos, reclamos y una que otra torcida de manita ante el INDAUTOR; pequeños pleitos domésticos  a los que no son ajenos ni siquiera personajes del mundo académico que disparan antes de averiguar y luego no saben cómo disimular que han metido a su institución en un problemilla por esas cosas de tan mal gusto como son los derechos de autor (no le busquen: esta es una figura retórica llamada “ironía”).

Muy diferente es el caso de las escuelas primaria y secundarias de este país, que se cuentan por docenas, en las cuales se juega a reproducir, con desigual fortuna pero con la misma intención, y en dimensiones  desaforadas, a la patria de González Camarena. A veces llena un muro, en otras, abarca todo un lado de una modesta escuela. Alguna vez, uno demis entonces asistentes, al enseñarme una de estas escuelas, en algún punto de Tlaxcala, me dijo: “¿y no les va a decir nada”? Y desde luego que no, no les dije nada. Porque ese inocente, modesto y bienintencionado homenaje a una figura emblemática de la educación pública no tiene nada que ver con los agarrones del debate  educativo, con la gana de lucrar con esta imagen, que es ir a lo seguro, no. Es la memoria de las comunidades escolares, que permea en las más diversas manifestaciones artísticas; que se manifiesta en centros educativos cuyos maestros o directores, seguramente, conocieron estos libros y estudiaron en ellos. Creo yo que mejor homenaje a la obra de un artista, no puede haber, a despecho de lo que opinen los herederos de los derechos.

La portadilla de los libros de texto gratuitos que recibieron los escolares mexicanos entre 1962 y 1972 explica el sentido de esta alegoría encargada por Martín Luis Guzmán a Jorge González Camarena para unificar las portadas, que eran un amplio abanico de próceres y símbolos heroicos en el contexto de las conmemoraciones cívico-históricas de 1960:

“Es la reproducción de un cuadro que representa a la nación mexicana avanzando al impulso de su historia y con el triple empuje -cultural, agrícola, industrial- que le da el pueblo.”

Es, si lo quieren ver así, la Patria del Desarrollo Estabilizador, en cuyos resabios crecimos buena parte de los mexicanos que vamos llegando, en estos tiempos, a la madurez.  Pero ha sido tan larga su presencia, tan profundo su impacto visual, emotivo e ideológico, que es la patria de González Camarena la que los cartonistas representan llorosa, a punto de casarse con Benito Juárez, lastimada o incluso secuestrada. Es la misma patria que está en los nuevos materiales de apoyo que recibieron los profesores de educación básica al inicio de este ciclo escolar y es la misma patria con la que se “acobijan” -como diría Guillermo Prieto-  algunos de los maestros que iniciaron plantones en el Zócalo antes de que la oleada oaxaqueña se adueñara de la plaza.

Algunos ánimos desencantados con nuestro presente le han achacado a la pobre Patria de González Camarena ser el emblema de una realidad inexistente, la de los años del famoso desarrollo estabilizador. Discrepo del juicio.  Las representaciones de “lo nacional” tienen numerosos referentes en la vida de todos los día, y aquellos años sesenta del siglo XX son los años en que en este país se construían museos sin regatearle un clavo a la educación y a la cultura, en que se construían escuelas y en que por primera vez se distribuían libros de texto a los escolares. No era percepción, les guste o no a quienes descalifican con simplismo a una época que definen como “priato” a secas. ¿ideología? Claro que lo era.

Pero esta Patria le es tan cercana a muchos mexicanos, que ayer, que visité la plaza Tolsá para ver de cerca los daños hechos a nuestro Caballito, que me la encontré ayer, en versón reloaded, a los pies de la estatua. Esta patria, que recupera la de González Camarena  y la funde con esta otra patria, contemporánea de la de los libros de texto, creada por Jesús Helguera, que avanza llevando a un niño de la mano. Acá ambas imágenes:

La de Jorge González Camarena:

patria mia

La de Jesús Helguera:

patria por Helguera

Pregunté al artista callejero, hace mucho ya bien establecido en la Plaza Tolsá algunos detalles.  La hizo hace tres semanas. Diariamente la cepilla, le aplica fijador y refuerza el  color. Le pregunté el motivo para hacer esta curiosa mezcla de dos representaciones de la patria. Me respondió: “La de Helguera es una mujer muy blanca.  Creo que la de González Camarena es la adecuada para representarnos”. No más, no menos. El argumento, me parece, es legítimo y preciso, con toda la subjetividad que puede venir de un creador. Me gustó.

El galobito Miguel, a sus once años, depositó, espléndido, una moneda de cinco pesos en la charola del artista que ha sentado sus reales en la Plaza Tolsá.  “¡Qué hermosa!”, me dijo, emocionado, y pidió la foto para su Facebook.  Yo creo que la historia es hermosa también y que importa compartirla. Patria reloaded, patria posmoderna en tiempos oscuros, patria esperanzada todavía. Prometo un día escribirle esta, su post-historia.

 

19
Sep
13

La memoria de los temblores y el suave abrazo del Duque Job

sismo 85b

Qué diéramos por tener cerca, después de un temblor de esos que cimbran los cristales de las casas y estremecen el corazón, un abrazo consolador como el que hace muchos años puso en tinta y papel don Manuel Gutiérrez Nájera, el gran, gran Duque Job. Qué diéramos por un abrazo consolador en días oscuros, en los que no es la tierra la que se estremece, sino el agua enfurecida que arrastra todo a su paso, y confirma, de ese modo, la vieja conseja de las clases de hidráulica de los ingenieros: “el agua es cabrona”. Qué diéramos tantos, en días enrarecidos, por escuchar que el frío, o la lluvia pasarán, y que el intenso temblor que un día ha de venir, vendrá lo más tarde posible.

Son, como eran hace más de un siglo, notables los poderes terapéuticos de frases como : “No tengas miedo ya. El enorme gigante duerme”. Ah, don Manuel. Si hubiera vivido para presenciar nuestros terremotos de 1985, habría producido, con seguridad,una frase, un párrafo, algunas palabras engarzadas con ternura, que alentaran a volver a caminar las calles de la vieja, a ratos agotada Tenochtitlan.

Más conocido por sus poemas y su amoroso retrato de la Duquesa del Duque Job que por su delicioso trabajo periodístico, en Gutiérrez Nájera hallamos ya, embozado y envuelto en sedas, un fino olfato periodístico-informativo que no impide a su propietario ser maestro de la crónica mexicana de fines del siglo XIX, cuando este mundo era más sencillo, el tiempo corría más despacio y ciertos amores transcurrían al amparo de gabinetes reservados.

Y me acuerdo de que en tiempos recientes, ajustes de por medio del Sismológico Nacional, hubo temblores de 5.8 grados escala de Richter que la mayoría de los habitantes de la vieja ciudad sentimos como de siete, por el brincote y la intensidad trepidatoria del inicio. Como hace veintiocho años -cuesta trabajo entenderlo: veintiocho años transcurridos- , o como hace cuatrocientos años. Y registro, registramos, el miedo contenido que nos provocan los sismos a los habitantes de esta ciudad se hace presente cada vez que suena la alarma sísmica. Es la canija, la perra angustia anidada en la garganta, de no saber si lo que viene es un sismo de 6 grados con sus asegunes, o EL SISMO, ese sismo fantasma que seguramente se parecerá al de 1985, que sólo como posibilidad -cierta pero finalmente posibilidad- traemos como chip implantado todos los que ya estábamos vivos y teníamos conciencia de los hechos en ese que ahora se antoja remotísimo -veintiocho años, no deja de impresionarme- 1985.

Indiscutiblemente, hay material para seguir escribiendo de los terremotos, de nuestros terremotos y de la memoria que de ellos alimentamos los chilangos por nacimiento, por historia, por decisión o por necesidad.

Las crónicas de los terremotos de hace veintiocho años resultan profundamente distintas a la Crónica Color de Bitter del Duque Job, que,por cierto, los visitantes de este Reino pueden leer entera aquí.   Son, los posteriores a los terremotos,  textos que todavía hoy, cuando los leemos, nos revelan la cierta desesperanza, el agobio de ver a nuestra ciudad herida de gravedad, y no de muerte, porque toda la tinta que ha corrido en torno a los terremotos acaba siempre en la revelación de esa fuerza interna de los chilangos o capitalinos que permitieron a la ciudad sobrevivir, cuando -no se me olvida- algunos  periódicos europeos aseguraban que aquella ciudad, que en siglos idos llegó a ser llamada “la nueva Venecia”, había desaparecido completamente del mapa.

sismo 85a

Estas crónicas escritas en el siglo XX carecen, empero, del abrazo que consuela, del “no tengas miedo” que  brotara de la pluma de Gutiérrez Nájera para construir quizá, el más fino testimonio  de un sismo sentido en la ciudad de México que se ha escrito. La relativa tosquedad de los testimonios virreinales donde la tierra tiembla y ruge por largos minutos es difícil de asimilar y, en ocasiones, nos deja con más preguntas que respuestas, tantos siglos después.

Pero  la “Crónica Color de Bitter” -que, para los curiosos, se consigue con relativa facilidad, en la pequeña pero muy decorosa antología que la UNAM tiene del Duque Job en la Biblioteca del Estudiante Universitario- se  parece, un poco a los “reconstituyentes”, un sorbo de jerez o de oporto, un frasquito de sales de amoniaco, remedios todos para reanimar señoritas decimonónicas: un mexicanísimo apapacho, una terapia de abrazo, un gesto de consuelo que diga que la ciudad no se ha acabado, que no estamos desamparados, que somos más fuertes que la lluvia, que las inundaciones, que los sismos, que el horror, que el desastre.

Hombre de su tiempo y de sus particulares condiciones, Gutiérrez Nájera no podría, acaso -juguemos en el mundo del “hubiera”- producir la crónica que hoy demandan, junto con la indispensable y urgente ayuda, los tixtlecos que miran sus casas arrasadas, los acapulqueños que miran su puerto despedazado. Porque, incluso antes de que llegue la comida, la ropa, los medicamentos que ya se acopian en numerosos lugares de la República para la gente de Guerrero, de Veracruz, de Oaxaca, de Tamaulipas, su historia, y la historia de la desigualdad en la que viven ya es escribe en los periódicos. Asistimos, de nuevo, al teatro de la historia. Estas lluvias, estas tormentas, estos huracanes, no se olvidarán, y las cicatrices que dejen volverán a doler los días fríos y húmedos.

LÁGRIMAS DE LA PATRIA

patria que llora sept 18 2013 rocha la jornada

Ayer, Rocha, el cartonista de La Jornada, representó a la patria doliente enmedio del aguacero despiadado. Se trata de una recreación de aquella mujer, alegoría de la patria, pintada en 1962 por Jorge González Camarena, por encargo de Martín Luis Guzmán, para que fuera portada de los libros de texto gratuitos. Y, mirándola, pienso que es un gesto de consuelo mirar a esta patria reloaded, por cuyas mejillas corren lágrimas que se confunden con la lluvia.  Porque como aprendimos  hace 28 años, como habremos de comprobarlo en este 2013 pasado por agua, las lágrimas, más tarde que temprano, y aunque dejen huella, terminan por secarse.




En todo el Reino

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