Archive for the 'POSTALES DEL TIEMPO PASADO' Category

31
May
16

Tres postales de memoria. Dos: inscripciones de la Torre de Londres.

grafiti torre de londres celdas siglo xvi

Encontré esta imagen en el vértigo de las redes sociales.  Uno de los muros de las celdas de la Torre de Londres. Hay más, muchas más inscripciones. Todas pertenecen a prisioneros que por las más diversas razones fueron enviados allí a pudrirse en vida, esperando la muerte. No todo mundo tuvo la relativa fortuna de Catalina Howard y Ana Bolena, las dos esposas de Enrique VII a las que ejecutaron allí mismo en fast track.  No todos los prisioneros de la Torre hicieron mutis discreto aunque sangriento, como los dos sobrinitos de Ricardo III, legítimos aspirantes a la corona inglesa, a los que su tío les recetó unas vacaciones todo incluido en la susodicha Torre y nadie volvió a verlos más. Creo recordar que en algún momento de los años setenta del siglo pasado, alguien dio cuenta del hallazgo de un esqueleto infantil en las obras de restauración de la Torre.  De todas maneras, las reinas ejecutadas y los principitos han ido a engrosar la enorme lista de fantasmas ingleses que hacen las delicias de los aficionados a las curiosidades paranormales.

Pero los autores de las inscripciones que aquí veo son otra cosa: escudos de armas, crucifijos, nombres grabados en la piedra para evitar que se perdieran en la noche del tiempo. Buscando algunas referencias me encuentro con que muchas de estas inscripciones datan del siglo XVI, cuando el conflicto religioso derivado de las pugnas entre Enrique VIII -otra vez el mismo- y la iglesia católica, sumado a los líos de faldas que ya conocemos, llenó estas celdas de señores que un día fueron poderosos y que decididos a defender su fe, fueron a dar con sus huesos, anglicanos y papistas por igual, porque esa baraja de monarcas que sucedieron al terrible Enrique, dieron para largos días de persecución religiosa.

Pero, después de casi quinientos  años, la piedra permanece. De Enrique VIII quedará un poco de polvo, algunos huesecillos. De sus reinas, poco más o poco menos. De sus hijas, la desdichada Bloody Mary y la formidable -y conflictiva- Gloriana, Elizabeth I, no ha de quedar mucho más. De todos estos prisioneros, es difícil decir el paradero de sus despojos. Pero sus nombres están ahí, en la piedra rascada, tallada como estrategia para no volverse locos en la cárcel, pero también para dejar testimonio de una prisión injusta y una persecución en una tierra polarizada. Caramba, qué coincidencia.

Ahí están los nombres y los símbolos y los escudos de armas en la piedra, y que la piedra siga ahí, que la Torre permanezca en pie y que aún hoy, con trabajos podamos leer sus nombres: Tyrrel, Howard, Arundel, Peverel y muchos otros más.  La justicia está en la piedra; en la permanencia de la piedra, triunfando sobre la muerte.

31
May
16

Tres postales de memoria: la justicia de la historia. Uno: Cotita de la Encarnación.

El fin de semana pasado traje a las páginas de La Crónica de Hoy el recuerdo de la comunidad de varones juzgados por sodomía en la ciudad e México entre 1657 y 1658, cuyo personaje más visible, Juan de la Vega Galeano o Galiano, quien se enfadaba si no le llamaban por su nombre de guerra, Cotita de la Encarnación, y cuya historia abreviada pueden leer aquí.

De Cotita escribió en su tiempo Gregorio Martín de Guijo, autor de uno de esos alucinantes diarios de sucesos, donde se funden los sucesos relevantes con los prodigios y las miserias. Dijo el contemporáneo de Cotita que era muy buen lavandero, que era limpio, aseado “y curioso”. habló de su jubón blanco con muchas cintas de colores en las mangas. En el siglo XX, ya desmecatado (como si alguna vez hubiera estado demasiado contenido), Salvador Novo, en uno de los últimos libros de su vida, “Las locas, el sexo y los burdeles, también tocó el tema. Pero el nuevo siglo trajo, como señalo en el #HistoriaEnVivo de esta semana, otro tipo de rescate memorioso: que Cotita haya sido reivindicado como víctima de un “crimen de odio”, para ser una de las referencias históricas en una marcha del orgullo homosexual en la Puebla de 2012, habla de los sucesos que sobreviven pese a los esfuerzos por desvanecerlos. Contradicción brutal: muchas cosas que el Tribunal del Santo Oficio censuró y prohibió y burocráticamente -en el peor sentido de la palabra- almacenó, son hoy plenamente conocidos: bailes, canciones, impresos, entre comedias, hojas volantes y periódicos, de los cuales algunos sobreviven y otros no dejaron más huella en la tierra que esa mención en un edicto, pegado alguna vez en los muros de una iglesia novohispana.

Hace seis años, un poeta, Luis Felipe Fabre, publicó un libro llamado “Sodomía en la Nueva España”, donde está contado, en clave poética, el caso de Cotita y de los 13 más con los que fue quemado en San Lázaro en 1658. Aquí comparto unos fragmentos:

Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
Martes 6 de noviembre de este año de 1658.
Dice:
A las once horas del día
sacaron de la Real cárcel de esta corte
a quince hombres: los catorce para que muriesen quemados,
y el uno, por ser muchacho, condenado a doscientos azotes
y vendido a un mortero
por seis años.
Salen
Juan de la Vega,
Miguel Gerónimo, Miguel de Urbina,
Juan Correa, Juan Martín, Juan de Ycita, Benito Cuebas,
Gerónimo Calbo, Joseph Durán, Simón de Cháves,
Nicolás de Pisa, Christobal de Victoria,
Domingo de la Cruz, Matheo Gaspar
y Lucas Matheo, el menor,
y dicen:
Ay de nosotras.
Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
Lleváronlos por la calle del Reloj y volvieron
por la esquina de las casas de la marquesa de Villamayor,
y fueron vía recta hasta la albarrada de San Lázaro.
Se despobló la ciudad, arrabales y pueblos fuera de ella
para ver esta justicia de catorce personas
por el pecado de la sodomía,
dice,
en una página

Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
En el brasero se empezó a dar garrote al dicho Cotita
y acabaron con todos los catorce
a las ocho de la noche
que les pegaron
fuego.
Sale
el Fuego: aplausos:
sale el Fuego: verdugo en llamas: sale el Fuego
y ardiente besa a Juan de la Vega en los labios: aplausos.
Un pudoroso biombo de flamas se despliega escondiendo tras de sí
la orgía a muerte del Fuego y los sodomitas
mientras el Otro, teñido de ceniza,
sube al brasero y se pone
a cantar:
de su diario, Gregorio
Martín de Guijo, con límpida prosa
aquí versificada por nefandos afanes de transgénero.

Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
En el brasero se empezó a dar garrote al dicho Cotita
y acabaron con todos los catorce
a las ocho de la noche
que les pegaron
fuego.
Sale
el Fuego: aplausos:
sale el Fuego: verdugo en llamas: sale el Fuego
y ardiente besa a Juan de la Vega en los labios: aplausos.
Un pudoroso biombo de flamas se despliega escondiendo tras de sí
la orgía a muerte del Fuego y los sodomitas
mientras el Otro, teñido de ceniza,
sube al brasero y se pone
a cantar:
Acaben ya, es nuestro ruego,
brasas, cauterios, rigores,
tormentos, lumbres, ardores,
amante brutal, oh Fuego.
Nada guardes para luego
pues ya, entre requiebros tantos,
morimos pariendo espantos:
se desatan de nosotras,
que en la pira ardemos, otras:
brujas de humo y leves mantos.

El Escribano lee en voz alta un papel que dice:
Juan de la Vega ha muerto.
Dice la Carne: Cotita de la Encarnación,
la Reina de los mayates,
ha muerto.
Dice la Naturaleza: La Reina de las mariposas nocturnas
ha sido seducida por la llama.
Dice la Santa Doctrina: Amén.
El Escribano
prende fuego al papel que dice
Juan de la Vega ha muerto. Y dice: Juan de la Vega
que en vida no fue
más que las permisivas orillas de un agujero
es ya
un agujero sin orillas.
Dice la Naturaleza:
Lamento por Juan de la Vega.
Dice la Carne: Lamento por Cotita de la Encarnación.

Dice la Naturaleza:
Memoria de los ajusticiados y Fábrica de las alegorías.
Dice
la Carne: Hagamos un requiem
que sea al mismo tiempo lo contrario: la canción
del deseo: la dolorosa canción del deseo en la voz de un castrati.
Canta el Otro fingiendo voz de soprano contra natura:
Tú, que de amor pereces,
pues en ti ensaña sus dardos Cupido,
San Sebastián pareces:
hermoso y sólo de flechas vestido.
Dulce martirio que de ti te arranca:
¡no es roja tu sangre, milagro, es blanca!
Dice
la Carne: Hagamos un altar
donde todas las imágenes estén de cabeza:
el altar de los santos invertidos: el retablo de los sodomitas.
Dice la Naturaleza:
Memoria de los ajusticiados y Fábrica de las alegorías.

No es extraño, digo yo, que en las redes sociales se patalee y se libren escaramuzas: tercos algunos, militantes otros, ingenuos otros más: defender la “otra historia”, la “otra versión”; peor aún: “la verdadera historia”. Obsesiones, afanes desde la fragilidad humana.

Dice
el Escribano:
De este modo termina
el “Retablo de los sodomitas novohispanos”:
perdonen sus yerros, sus ripios, sus versos farragosos.
Dice: De este modo termina el poema
y vuelve a comenzar
el mundo.

“Vuelve a comenzar el mundo”, escribe el poeta Fabre. Y sí, vuelve a comenzar. Pero acaso que un poeta escriba sobre catorce ajusticiados de hace 350 años,;que vuelva a contar una historia que sigue ahí, en el Archivo de Indias, acaso sea la mejor justicia: no dejar que la huella de un pasado, por doloroso o indignante que sea, se desvanezca ni que se vuelva exclusivo patrimonio de la comunidad de entendidos.

03
Mar
16

Don Guillermo Prieto poeta tierno, amoroso patriota, liberal (casi) puro.

LOS VALIENTES NO ASESINAN LTG 4

A don Guillermo Prieto la historia lo congeló en ese día de marzo de 1859, cuando le salvó la vida a Benito Juárez, a su compadre Melchor Ocampo y al resto de aquel gabinete que gobernaba con facultades extraordinarias, en los primeros tiempos de la guerra de Reforma. Pero es también un personaje que deberíamos conocer más. Es uno de nuestros primeros economistas, aún antes de que existiera tal profesión; educado en la materia, a punta de pescozones y vigilancia, por don Manuel Payno padre, quien ponía a estudiar a su propio hijo -que luego alcanzaría la inmortalidad literaria con “Los Bandidos de Río Frío” y algunas otras hazañas– y al jovencito Guillermo, pues ambos periodistas fueron amigotes y compinches desde tierna edad.

Algunos de los poemas escritos por don Guillermo, son, al mismo tiempo, crónicas francamente sabrosas, como aquel llamado “Trifulca”, que, con un ritmo fenomenal, cuenta la historia del matrimonio que agarrado del chongo en plena calle de Topacio, echa a gritos al bueno y decente tendero que intenta salvar a la mujer de los sopapos del marido. Tiradísimo al drama, reflejo de la condición femenina de sus tiempos es el Romance de la Migajita, flor del Barrio de la Palma y envidia de las Catrinas, que mi querido amigo, Guillermo Zapata, el Caudillo del Son, convirtió en sentida melodía que podría llegar hasta la última fila del Panteón de Dolores, junto a la barda, donde dice don Guillermo que enterraron a la desdichada mujer, muerta de amor y de celos del galán.

Es también el querido don Guillermo uno de los más brillantes periodistas satíricos del siglo XIX: como vivió tantos años, se dedicó a hacerle la vida de cuadritos a muchos personajes sonados de la vida política de nuestro país: fastidiar con constancia a Antonio López de Santa Anna le valió un emocionantísimo destierro a Cadereyta, Querétaro, donde se aburría como ostra. Como el ocio es mal consejero, tanta inmovilidad le dio la circunstancia apropiada para componer esa bomba ideológica que es “Los cangrejos” canción liberal que sobrevivió a Santa Anna y se convirtió en una de las canciones preferidas de aquello que después se iba a llamar La Gran Década Nacional -así, con mayúsculas. Sabemos que en diciembre de 1860, cuando las triunfantes tropas liberales entraron a esta, la sufrida Tenochtitlan, venían cantando Los Cangrejos. Naturalmente, don Guillermo, que siempre fue de lágrima fácil, chillaba, conmovido, a moco tendido, al ver su canción convertida en himno.

Varios fueron los clientes de don Guillermo: Maximiliano, desde luego, víctima materializada en uno de esos periódicos, hechos con las peores intenciones, que se llamó El Monarca. Otro de los periódicos indispensables para entender el periodismo de Prieto es La Chinaca, “hecho única y exclusivamente para el pueblo”. Si Guillermo Prieto fue sangriento con alguien, fue con Juan Nepomuceno Almonte. En este caso, Prieto juega un papel importante en la construcción de la pésima imagen que el hijo de José María Morelos tiene hasta el día de hoy. Le deformó el nombre, imitando el habla de los indios de su tiempo; se refería a él como “Juan Pamuceno” o simplemente “Pamuceno”; lo más educado que le dijo fue “indio ladino”, vendepatrias, traidor y mil lindezas más.

Era don Guillermo muy sentimental, llorón y sensible. Cuando se peleó, a fines de 1865 con Benito Juárez, se puso a escribir cartas azotadas y lacrimógenas, dirigidas a Pedro Santacilia, yerno del presidente, a quien ambas celebridades, en sus cinco minutos de divas, pusieron en la incómoda posición de recibir cartas de ambos, donde se cruzaban acusaciones, quejas y majaderías. Un poco pirado por el pleito, escribía don Guillermo: “Ni para servir a mi patria lo necesito; ni mientras pueda hilvanar una cuarteta tengo que buscar arrimo, mientras me llame Guillermo Prieto ni creo que en nuestro balance deba yo más a Juárez que Juárez a mí.” Disculpen el arrebato de mi tatarabuelo honorario, pero así se ponía cuando le herían el orgullo. Hay que agregar que, hasta la fecha, una de las ramas de descendientes de don Guillermo, se rehúsa a hablar del agarrón Juárez-Prieto, porque el susodicho abuelito le enseñó a toda su prole que de eso no se hablaba.

Fue don Guillermo, como se decía en su época, “perrito de todas bodas” o ajonjolí de todos los moles. Vio las epidemias de cólera de 1833,  fue, para vergüenza suya de toda su larga existencia, “polko”; Vio de cerca, aunque sin fusil en la mano (parece que era un pésimo tirador), la dolorosa invasión gringa en el valle de México y es el gran cronista de esos días en que los habitantes de Tenochtitlan decidieron vender caro su pellejo y resistieron la llegada de los gringos, peleando en las callejuelas y los barrios más populares y bravos de la época: por el rumbo de la Alameda, en el Salto del Agua, en las cercanías de Tlaxcoaque, en rumbos de los que apenas queda memoria porque queda una calle diminuta, una plazuela casi inexistente: San Salvador el Seco y San Salvador el Verde.

Fue don Guillermo diputado veinte veces y casi todas por Tacubaya; secretario particular de presidente, hijo adoptivo de reliquias de la patria como don Andrés Quintana Roo -no sabemos que opinaba doña Leona Vicario de tal alianza-, autor de libros de texto de historia y maestro del Colegio Militar. le daba lata un día y otro también, a Porfirio Díaz, con solicitudes de apoyo y apapacho que creía completamente legítimas y justificadas, dada su condición de último ministro de la Reforma.

Fue sufridísimo ministro de Hacienda, que quedó quemadísimo con el asunto de la desamortización y nacionalización de los bienes eclesiásticos, y lo peor, sin beneficio alguno. Mentaba madres porque los méndigos conservadores le quemaron los archivos antes de largarse de Palacio Nacional, y no tenía idea de lo que habían hecho con el erario. Tuvo, en su beneficio, algo que los funcionarios del ramo de este siglo XXI no tienen tan fácil: a don Guillermo no le temblaba la mano para tomar decisiones. Respiraba hondo, se encomendaba a la patria, y firmaba. Es de recordar que fue el autor del primer plan de choque económico del México independiente: en su primera gestión en Hacienda, en tiempos de Mariano Arista, decretó una rebaja de 50 por ciento a los sueldos de militares y de la burocracia. Casi lo linchan. Arista lo protegió, un tanto asombrado de la alocada temeridad de su ministro.

En fin, que hace 119 años que se fue al otro mundo, con un crucifijo en la mano y una enrevesada leyenda según la cual había al pie de su cama un cura que lo conminaba a arrepentirse de todas sus  tropelías liberales. Lo enterraron en la Rotonda de los Hombres Ilustres -que así se llamaba entonces- y el asunto fue otro fandango: el gobierno de Porfirio Díaz pagó la fosa, pero no el monumento, que tuvieron que pagar, a plazos y con esfuerzos,  la viuda de don Guillermo, Emilia Collard, y su hija María.

¿Sigue aquí don Guillermo? Desde luego. Está en el diorama del Museo del Caracol; en la estatua que le hicieron en la ampliación del Paseo de la Reforma, con un tambache de sus libros al lado y con un manto al desgaire. Estuvo en los primeros libros de texto gratuitos, de donde lo desterró en 1971 el equipo de especialistas del Colmex comandado por doña Josefina Zoraida Vázquez, para acabar colado (jeje) en el libro de lecturas de sexto año de esa misma reforma educativa. Hay al menos dos calles Guillermo Prieto en la ciudad de México, y en muchas ciudades del interior del país hay también calle Guillermo Prieto; en el palacio de Gobierno de Guadalajara, en el patio de los naranjos, está el relieve que lo representa cubriendo a Juárez con su cuerpo. En la Unidad Habitacional Tlatelolco hay un edificio Guillermo Prieto, y mejor aún, unas “Tortas Guillermo Prieto”, puntada que le habría encantado de haberla presenciado. Cada vez que alguien dice “Los valientes no asesinan”, don Guillermo sonríe, en algún lugar insospechado, feliz de seguir en boca de los mexicanos.

A mí, sin embargo, es otra frase suya la que más me gusta. La rescató de los soldados que custodiaban a don Benito y a su gabinete en su viaje hacia el norte; eso soldados que se acordaron un 15 de septiembre que era noche del grito y le dijeron al güero Prieto, para que ayudara a armar la conmemoración. Conmovido, Juárez le dio a Guillermo los pocos pesos que traía en el bolsillo para “la fiesta de los muchachos”. A cambio ellos le dieron esta joya al poeta metido a político: “Y todavía nos acobijamos con la Patria”.

 

 

25
May
15

“A Gremlin from the Kremlin” o disfrutemos la propaganda antinazi

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Corría 1944. La Warner Brothers, que ya había producido abundantes caricaturas de propaganda antinazi, alcanzó un nivel altísimo de humor corrosivo y despiadado, como corresponde al mejor espíritu de la caricatura, como se había cultivado en el siglo XIX y como se había afinado en las primeras décadas del siglo XX. El resultado fue una verdadera delicia, tanto desde el análisis de  la propaganda, como desde la simple gana de disfrutarlo. Se llamó “Russian Rhapsody”.

La Warner, que a la par de los estudios Disney, había producidos diversos materiales animados de tipo propagandístico, había ensayado diversos recursos: El pato Lucas (Daffy) peleando con una negra águila alemana, del mismo modo que el Pato Donald se había alistado en el ejército estadounidense e incluyo había tenido un sueño absurdo donde vivía en la Alemania nazi, lejos de la tierra de promesas y libertad que estaba en América. Incluso, hay por ahí unas muy medianas caricaturas de Superman peleando contra japoneses. Pero la Warner  acertó cuando volvió a uno de sus conceptos fundamentales en materia de animación: las Merrie Melodies, historias animadas que se creaban a partir de una pieza de música de concierto, en busca de la concordancia y la armonía.

Se trata de piezas impecables, donde música y acción se ensamblan de manera disfrutable. Las hay tiernas, simpáticas, burlonas o simplemente entretenidas. Pero cuando la Warner aplicó toda la mala fe de la que podía ser capaz su estudio de animación, sin emplear a sus personajes consagrados, brotó una pequeña joya.

Esa pequeña joya es la “Russian Rhapsody”, donde, con un fondo de música clásica que se transforma, facilona, en acordes que brincotean en el swing y el jazz, unos perversos duendes rusos sabotean de manera bárbara el avión que pilotea Adolf Hitler y con el que pretende bombardear Moscú, después de anotarse un muy risible discurso -los amigos del sitio Dangerousminds.net consignan que el batiburrillo verbal del Hitler de la caricatura está inspirado en una filmación de la célebre Leni Riefenstahl conocida como Triumph of the Will, e incluye los nombres de los dibujantes del estudio que les dieron vida, a los protagonistas de esta caricatura que dura 7 minutotes de completo delirio.

La caricatura incluye un diario que anuncia la intención de Hitler de bombardear Moscú.

La caricatura incluye un diario que anuncia la intención de Hitler de bombardear Moscú.

La caricatura es absurda, alucinante de principio a fin, y con un ritmo explosivo, entre cancioncillas que anuncia la inminencia del desastre, se dedica a pulverizar a Hitler gesto por gesto, palabra por palabra: se burla de su oratoria, de su exaltación, de sus decisiones. Los duendes, que son unos verdaderos desgraciados, son definidos como “A Gremlins from the Kremlin”, definición que agarran como bandera de guerra para fastidiar el avión de Hitler, y de paso, a Hitler también.

El asunto es aún más interesante si se mira cómo la caricatura señala a Stalin como el gran espantapájaros de Hitler: ante una máscara del personaje, Adolf, a esas alturas ya bastante histérico, grita como quinceañera aterrada; pero ya no hay remedio: los duendes ya hicieron de las suyas, el avión se cae a pedazos y a Adolf no le queda otra que intentar, sin éxito, salvar el pellejo.

duendes 3

 

La caricatura podría haberse llamado, con perfecta coherencia, “Gremlins from The Kremlin” y ser igualmente efectiva. Pero, en fin: disfrútenla. Los que tuvimos de niños la suerte de que en el Canal 5 no se fijaran mucho en estos matices de la programación de los productos de la Warner, la vimos unas pocas, poquísimas veces en televisión. Yo creo que a estas alturas es un objeto de culto del mundo de la animación.

 

Ahora que vuelvo a bucear en lo que fue la entrada de México en la Segunda Guerra Mundial, señalaba en una conversación con los amigos de Twitter, que una de las grandes líneas de estudio de aquel conflicto es, a no dudarlo, la propaganda. La que se hizo en Europa, la que se hizo en Estados Unidos, poderosísima y recreada en muchos países, la alemana, desde luego. Todavía no se acaba de trabajar mucho material sobre estas acciones propagandísticas en el caso mexicano, y hay cosas formidables, algunas de las cuales les contaré después.

Una pieza más que merece una lectura detallada, es “The Ducktators” de la Warner también, pero en blanco y negro y de 1942. Evidentemente, el propósito es el mismo: fastidiar y revelar  al respetable auditorio quiénes son estos líderes del Eje… transformados en patos. El pato-Mussolini es una pequeña genialidad. Acá está:

 

La verdad, con este tipo de caricaturas, agudas, con propósitos definidísimos, las aventuras de Lucas, Donald y Porky -Disney tuvo el buen gusto de no involucrar en esto a Mickey- están bien a secas, y eso explica que, a la distancia, el largometraje que aspiraba, en ese contexto de guerra a promover la unidad de los países latinoamericanos y la hermandad con los Estados Unidos, “Los Tres Caballeros”, iniciada a fines de 1942 y estrenada en 1944, parezca hasta aburrida. La verdad.

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19
Feb
15

Capítulos marginales de la Decena Trágica: El Honor Nacional

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En esos días que los mexicanos aprendimos a llamar la Decena Trágica, se despliegan, como hilos paralelos, numerosas historias; evidentemente, algunas más trascendentes que otras. Con el paso de los años, muchas de ellas se perdieron, otras permanecieron, pero se disfrazaron y hasta se distorsionaron para convertirse en cosas raras, gracias a la flojera de algunos investigadores y a la facilidad con que se repiten datos que acaban por volverse lugares comunes en ciertas narrativas históricas. Tal es el caso de un fantasma, el fantasma de un periódico, que solamente ganó materialidad postrera gracias a un personaje entrañable para este Reino: don Martín Luis Guzmán.

LA IMAGEN FUGAZ DE EL HONOR NACIONAL

Todas las semblanzas de Martín Luis Guzmán mencionan su participación en la publicación de un periódico, editado en los días más oscuros de la Decena Trágica y la caída del maderismo: El Honor  Nacional. El dato, a falta de referencias más sólidas, e independientes del dicho del escritor y periodista, se ha repetido de uno a otro de los trabajos biográficos sobre Guzmán, sin mayor avance o indagación sobre el tema.

Solamente el ingeniero y político, amigo personal del joven Martín Luis, y a la sazón su jefe en la Dirección de Obras Públicas del Distrito Federal, ofrece algunas claves para saber de los avatares de aquella fugaz publicación. Según refiere Alberto J. Pani, que era el funcionario en cuestión, la hechura de esta hoja suelta –que así la define- de vida brevísima, fue una de las acciones que una combinación de militares y civiles leales al régimen de Francisco I. Madero desarrollaron para enfrentar la crisis política que generó el levantamiento de Félix Díaz y Bernardo Reyes:

…ese grupo de civiles, al que cada día se incorporaban nuevos adherentes, desempeño, durante la Decena Trágica, difíciles y peligrosas labores complementarias o supletorias de la acción desarrollada por la Comandancia Militar contra los alzados de la Ciudadela. Entre ellas cabe mencionar –por ejemplo- las de aprovisionamiento de las tropas –deficientemente hecho por la Comandancia Militar- las de la instalación de la red telefónica de dicha Comandancia con los jefes de las diversas fuerzas que atacaban la Ciudadela y las de redacción y publicación de una hoja suelta diaria, titulada “El Honor Nacional” y encaminada a contrarrestar el efecto depresivo que sobre la masa de la población y, principalmente, sobre la parte leal del Ejército pudiera producir la activa propagación de mentiras con que los reaccionarios y clericales contribuían, cobardemente, al derrocamiento del régimen democrático.

En ese grupo de militares y civiles, Pani menciona algunos nombres, aunque no el de Martín Luis Guzmán, no obstante que éste era su secretario particular en la Dirección General de Obras: están Juan F. Urquidi, hermano del subsecretario de comunicaciones Manuel Urquidi; están dos miembros más del clan Pani, Arturo y Julio, hermanos del Director  de Obras, Miguel Alessio Robles, el diputado Carlos Argüelles, el doctor Ramón Puente, Samuel Vázquez, los ingenieros Modesto C. Rolland, Froilán Álvarez del Castillo y Efraín R. Gómez. Llegan también Luis M. Hernández y el profesor Enrique Peña –que se hará cargo de la corrección de pruebas de El Honor Nacional. Y, aunque no le menciona en esa relación breve de los hechos, es improbable que Guzmán fuese ajeno o no estuviese involucrado en el proyecto, cuando las circunstancias del momento exigían la cercanía y presencia de todos aquellos que, de probada lealtad, apoyaran al gobierno maderista en crisis.

Durante años, los biógrafos o aspirantes a biógrafos de Martín Luis Guzmán, empezando por Fernando Curiel, aseguran que no hay rastro del tal periódico, y sospecho, entre otras cosas, porque no se ha buscado a profundidad, o porque no lo hemos buscado donde realmente habría probabilidades de que estuviera. Susana Quintanilla afirma que hasta la fecha “nadie ha dado con un ejemplar” y yo creo que se debe a que no nos hemos puesto a buscarlo, ninguno de los que hemos escrito sobre don Martín Luis, con la debida seriedad.

El hecho de que, hasta la fecha no se hayan localizado ejemplares de la edición, tiene que ver con el perfil del material y el propósito para el cual se realizó. Atenidos a la descripción de Pani, -al que por alguna razón que desconozco y me intriga, nadie le hace el menor caso, ni lo consulta como fuente en las biografías de  don Martín Luis, con excepción de Jaime Ramírez Garrido y una servidora- para hacer El Honor Nacional se optó por su brevedad, rasgo característico, manejable y de rápida distribución, de mano en mano, y como un material de claros propósitos contrapropagandísticos, destinado a frenar la desconfianza entra la población y la defección de las tropas leales.

Pani agrega que la hoja suelta estaba dirigida, principalmente, a las tropas leales al régimen maderista, en un intento por evitar posibles defecciones, y, sólo en segundo término, a la población de la ciudad de México. Si se considera que durante la Decena Trágica, muchas familias se encerraron en sus hogares y hubo quienes, hallándose fuera de ellos, se quedaron encerrados en sitios tan extravagantes como el Café de Tacuba, sin animarse a salir a la calle en esos diez días, resulta comprensible que El Honor Nacional tuviera una circulación limitadísima.

Para El Honor Nacional, Francisco I. Madero dictó un artículo el 17 de febrero de 1913, que debió aparecer en la edición que debió aparecer hoy hace 102 años, el día 18. Pero el periódico ya no pudo circular, pues, no bien Alberto J. Pani salió a la calle, después de  cerrar la edición, se enteró de la aprehensión del presidente Madero por el general Aureliano Blanquet. Allí se acabó la circulación de la hoja suelta. Incluso, la última edición, estimaba Pani, se quedó sin distribuir, y consideró que la corrección de las pruebas de esa última edición de El Honor Nacional, hecha por él y por su hermano Julio, fue también la última de las actividades “oficiales” que desempeñó durante la Decena Trágica.

El artículo de Madero fue escrito porque, convencido de los leales estaban ganando la batalla en la Ciudadela, “estaba tan de buen humor que me ofreció su colaboración para El Honor Nacional” -pobrecito, don Pancho- en uno de esos casos de desfortuna que nos impide leer las últimas frases políticas del presidente Madero, y a diferencia de otros materiales periodísticos que sí copió Pani para su libro, éste no fue reproducido en”Mi contribución al nuevo régimen”, escrito en una época en que intentaba tundirle a José Vasconcelos -que lo detestaba, lo despreciaba y le apodaba “Pansi”- por las abundantes majaderías que contra él había escrito el tempestuoso Ulises Criollo. Eso sí, Pani reseña que el texto comparaba las acciones y lealtades del Senado y de la Cámara de Diputados con respecto al régimen maderista.

Azarosa, como aquellos días, fue la existencia de El Honor Nacional. Se imprimía en los talleres que poseía la Secretaría de Comunicaciones, en la Aduana Vieja de Santo Domingo, hoy la parte antigua del edificio de la Secretaría de Educación Pública, y si no se ha localizado aún, ejemplar alguno se debe, precisamente, a su materialidad de hoja suelta, generada y distribuida a las volandas, en momentos donde la mera distribución de ese impreso recién hecho, implicaba riesgo para la vida.

Don Martín Luis, en sus años mozos. Tenía 25 años en los días de la Decena Ttrágica.

Don Martín Luis, en sus años mozos.

Tiempo después, Martín Luis Guzmán escribiría en “El Águila y la Serpiente”, inspirado en los días previos a su partida hacia el norte del país junto con Pani, los riesgos que se corrían al hacer resistencia, con la “guerrilla de pluma” tan cara a los decimonónicos, ejercicio que no sólo tenía que ver con la fugaz hoja suelta, sino con las actividades, que, separados de sus empleos en el gobierno, desarrollaron en los primeros meses del régimen huertista, y que, evidentemente, no les eran nuevos; muy probablemente, tenían como origen los mil y un artificios desarrollados para hacer circular El Honor Nacional. Leídos un siglo después resultan de una temeridad que no deja de tener un toque de suicida ternura:

En la capital de la República, Alberto J. Pani y yo actuábamos, motu proprio, como avanzada de la Revolución –avanzada sin armas, se entiende, mas no sin pluma ni, sobre todo, sin dactilógrafa-. Documento subversivo que caía en nuestras manos era documento destinado a circular profusamente. Hacíamos las copias cuándo en el despacho del ingeniero Calderón, cuándo en nuestras casas, y las distribuíamos por procedimientos de propaganda tan primitivos como audaces. Solíamos ir por la calle y detener, de pronto, como frase perentoria, al transeúnte de aspecto propicio: “Tome usted: léalo y páselo a sus amigos”. Solíamos también, en las oficinas del Correo y del Telégrafo, dejar olvidados en las mesas los papeles vengadores… Así fue como algunos escritor revolucionarios conocieron más lectores que El Imparcial.”

Esos “escritos revolucionarios” no eran parte de El Honor Nacional. Algunos investigadores han señalado como fecha de muerte del periódico mayo de 1913, fecha en la cual intenta Guzmán su primera salida del país, con la pretensión de unirse a la rebelión que, contra Victoriano Huerta, se gesta en el norte. Errores de apreciación y falta de recursos lo devolverán a la ciudad de México al poco tiempo; y es, tras su regreso, en que se convierte, junto con Pani, en  agente propagandístico de los opositores al régimen nacido del cuartelazo. Pero esa circunstancia no significa la resurrección de El Honor Nacional. Huerta nunca mandó cerrar el periódico (como se atreve a escribir Julio Patán por andar repitiendo sin investigar)  por la sencilla razón de que la hoja suelta nunca tuvo una redacción propia, que su producción resultó relativamente escasa, y que se había terminado el día en que Francisco I. Madero fue aprehendido por los golpistas. Es probable, incluso, que el nuevo presidente, al calor de los acontecimientos, nunca hubiese visto el impreso.

De lo que sí tenemos testimonios es de la reunión sostenida entre Pani y José Vasconcelos, en la cual ambos personajes definen, en sus difíciles circunstancias, las “actividades revolucionarias contra la dictadura de Huerta”, que en adelante habrían de emprender. Guzmán explicará en qué consistió parte de esas “actividades revolucionarias”, en El Águila y la Serpiente, con detalles acerca de las circunstancias en las que sobreviviría en aquellos días, cuando él y Pani hacían su trabajo subversivo con tal éxito, que los agentes huertistas “empezaron a pisarnos la sombra”.

En adelante, la ruta hacia la Revolución sería el norte del joven Guzmán. Con la mirada adiestrada del joven repórter que ya era, recorrió el país para unirse a los hombres de las tierras desérticas de Sonora y Coahuila, No sólo es el escritor que ha hacho sus primeras armas en la revista Nosotros, ni es únicamente el joven inquieto que ve en la política el sino del resto de sus existencia. Viaja también el lector cuidadoso de aquellos días complejos: lee, lee el mundo y lo piensa; sus metas políticas y  su indignación lo guían; camina hacia adelante, a buscarse un mejor destino del que ha tenido hasta el momento.

Nadie más hablaría después del El Honor Nacional. Es perfectamente comprensible. Guzmán lo recuperará, en los recuentos de su vida, no todos, ciertamente. Pero en la amplia nota necrológica que en 1976 abarcará 26 páginas de Tiempo, dando cuenta de “La Muerte de Axkaná”, y que repite, en buena parte, la nota biográfica publicada en el mismo Semanario de la Vida y la Verdad en octubre de 1967, en ocasión de los 80 años del Director Gerente, está consignado. Probablemente, en algún repositorio, en un archivo aún no trabajado a fondo, aún se conserven algunos ejemplares de El Honor Nacional.

 

 

 

 

 

 

 

14
Feb
15

Melancolía de febrero: Liverpool esquina Berlín, colonia Juárez

El hogar de la familia Madero en el lejano junio de 1911, cuando todo parecía teñirse de optimismo y esperanza.

El hogar de la familia Madero en el lejano junio de 1911, cuando todo parecía teñirse de optimismo y esperanza.

Mirar los testimonios fotográficos de la Decena Trágica siempre me produce un poco de melancolía. Ya he contado a los visitantes de este Reino que las calles que aparecen en esas imágenes me son caras y cercanas: son los caminos de una parte de mi infancia,  hasta dimensiones recientemente descubiertas. Por eso miro con un dejo de tristeza el viejo edificio de la Ciudadela, descafeinada para siempre de las huellas de los tiros en su fachada, como yo la conocí hace muchos años.

Hace una semana me di cuenta que alguien con una rara idea del pasado, decidió quitar, de la casa de Turín, en su confluencia con Marsella y Versalles, en la orilla de la colonia Juárez, la placa que hasta hace muy poco consignaba que allí estuvo la embajada cubana y la residencia de Manuel Márquez Sterling. Así se va raspando, limando el pasado, la memoria, con la desaparición de sus rastros materiales. Por eso nos queda solamente el consuelo de la historia y de contarles a los más jóvenes lo que allí pasó, para que sea algo más que unos pocos párrafos en los libros de historia.

Con el paso del tiempo, algunos nuevos sitios se integraron a mi iconografía personal de la Decena Trágica, en particular algunos inmuebles de la Colonia Juárez de la ciudad de México, que aún existen y que fueron escenarios de días que parecían luminosos y que luego se convirtieron en jornadas de profunda oscuridad. Uno de ellos se encuentra en la esquina de las calles de Liverpool y Berlín: allí  estuvo el hogar de la familia Madero.

Por lo que sabemos, era una hermosa casa. Con un amplio balcón sobre Berlín, donde, en junio de 1911, don Pancho se dirigió a los entusiastas que lo siguieron, después de su entrada a la ciudad de México y su recorrido triunfal, hasta la colonia Juárez, donde habitaban fortunas porfirianas, familias “bien”, diplomáticos y personajes varios que, en las horas oscuras de 1913, mucho tendrían que decir.

Un breve recorrido por las calles de la colonia Juárez muestra qué pequeño era el microcosmos de los personajes que algún papel desempeñaron en la Decena Trágica. Dos o tres espacios permanecen como fueron hace 102 años. Otros han desaparecido y su huella en los acontecimientos casi se ha perdido. En otros casos, como el hogar de los Madero,  queda el rastro que manos nobles, me parece, han querido conservar.

casa madero 2 (2)

No es sino una placa, una huella de memoria pequeñísima que no fue puesta por el aparato histórico-cívico-gubernamental. Manos probablemente piadosas que decidieron conservar la huella del pasado, aunque fuera tan amargo.

Hoy día, esta casa pertenece a la Orden de Malta. Tiene una peculiaridad: carece de los letreros que identifican las calles.  Es la única de las cuatro esquinas del cruce de Liverpool y Berlín que carece de ellas. Por lo tanto, no es un caso de gandulería, como en tantos rumbos de la ciudad inmensa, donde ni por asomo aparece un mísero letrero que nos permita determinar si ya nos perdimos o seguimos en rumbo, no. Es, de alguna manera, un gesto de respeto a lo que hubo y hoy ya no está.

Porque si miramos con atención la imagen que encabeza esta entrada, veremos que, sobre la cabeza de don Pancho, están, perfectamente identificables y legibles, las placas con los nombres “Liverpool” y “Berlín”. Allí estuvieron y en el desastre del incendio y la posterior demolición de los restos de la casa, desaparecieron, entre ladrillos y cascajo. Como podemos ver en la fotografía de aquí abajo, pasada la quemazón, ahí seguían.

casa madero 4

Por respeto, por silencioso pesar, por peculiar impulso de las autoridades capitalinas, el caso es que esas placas no se han repuesto. Es cierto que los señalamientos están en las otras tres esquinas del cruce. En el fondo, resulta que no son tan necesarias. Pero, ¿esa falta de necesidad es la que explica su ausencia? Querría pensar que no. Preferiría pensar que es tan oscura la huella de lo que allí pasó, por más que nadie de la familia Madero haya salido lesionado y todos hayan vivido para contarlo, que, calladamente, los actuales propietarios del predio, en vez de gestionar la reposición de los señalamientos, han preferido colocar esa otra pequeña placa, que habla de un incendio de otros días.

Tres días después de que el hogar de los Madero se consumiera en el fuego y se redujera a un esqueleto mutilado, los fotógrafos de la Casa Miret fueron a fotografiar el lugar de los hechos. Así la imprimieron como tarjetas postales que circularon con amplitud, casi como una curiosidad, que, acaso, algún despistado pudiera comprar para enviarla a la familia. Don Pancho murió asesinado, como sabemos; para enterrarlo, su familia debió vender su caballo. El dinero alcanzó para pagar otra tumba en el Panteón Francés de la Piedad, destinada a Gustavo Madero. Todo el clan escapaba al exilio, para salvar la vida, pero dejaron lista una fosa para arropar al otro hijo, cuyo cadáver estuvo desaparecido para la familia por varios días. De la casa incendiada, en esos momentos, se ocuparon bastante poco. Había que huir, había que irse. En México se quedaron los vendedores de postales -personajes que a los tres meses de ocurrida la muerte de Madero, se convirtieron en estelares de la obra “El País de la Metralla”- vendiendo, entre su mercancía, la imagen de la destrucción causada por la rabia torcida y la traición, que el día de mañana cumple 102 años de haber ocurrido.

 

17
Ene
15

Rosario cincuenta años después: conversaciones entre un diablo y una musa

ROSARIO DE LA PEÑA JOVEN

Rosario en su juventud, cuando Acuña se prendó de ellla.

Si con las complicaciones alrededor del sepulcro de Acuña se hubiera terminado esta historia, los románticos empedernidos habrían estado felices. Total, los chismes malintencionados acabarían por borrarse en el vértigo del tiempo. Pero no.

Aparecieron en escena esos personajes que ya resultaban incomodísimos en las últimas décadas del siglo XIX, y que en las primeras décadas de la nueva centuria se habían vuelto aún más audaces, aún más necios, aún más preguntones: los reporteros, o repórters, como se les llamaba en esos días. Para esa peculiarísima especie, la llegada, en diciembre de 1923, del aniversario 50 del suicidio de Manuel Acuña, se transformó en potencial noticia: porque la tragedia romántica del poeta coahuilense aún tenía mucho cartel, y porque Rosario de la Peña aún vivía, y con ella, cada día, cada hora, la etiqueta de causante de una de los mayores melodramas sentimentales de las letras mexicanas.

Era inevitable que la existencia de Rosario llamara la atención de este nuevo tipo de periodistas; si hubiera privado el criterio decimonónico por el cual la mayor parte de los amigos y conocidos de Acuña, de Rosario, de Laura Méndez y Agustín Cuenca se callaron las bocas hasta que se fueron muriendo de vejez y/o enfermedad, nadie se hubiera planteado siquiera la posibilidad de ir a molestar a la antigua musa que, retirada de la agitada vida del México de los años veinte, residía en “la ciudad” de Tacubaya.

Era un año movido, 1923: la causa delahuertista bullía en el mar de secretos a voces de la política, y en septiembre se había armado un notable escándalo cuando “El Mundo”, un joven y ambicioso periódico vespertino que competía con los grandes diarios matutinos y, al mismo tiempo, con la primera estación de radio, la de la cigarrera El Buen Tono, había publicado la nota de la inminente renuncia de Adolfo de la Huerta a la cartera de Hacienda para aventurarse en la lucha por la presidencia de la República. La nota, se debía, cuenta la leyenda, a la audacia del director gerente -y propietario- de “El Mundo” un hombre joven y enérgico, al que le sobraba pila para competir y hasta pitorrearse -bajo el seudónimo de “El Reportero Respondón”- de sus colegas a los que “se les iba la nota”. El sujeto, en cuestión, era también diputado y respondía al nombre de Martín Luis Guzmán.

La audacia de Guzmán -que habría leído la carta de renuncia de De la Huerta antes siquiera de que la viera el presidente Álvaro Obregón y la había dado a conocer- provocó, como buen trancazo periodístico, un escándalo y un bulle-bulle generalizado, donde todos se hacían lenguas y los reporteros correteaban a los secretarios de Estado para saber si también iban a descubrir sus ambiciones políticas y renunciarían para entrar en la grilla. A Guzmán, la exclusiva le costó su periódico, con todo y estación de radio, y un exilio que duró largos años. A De la Huerta, el asunto le salió aún más caro, como se vio después.

Tales eran las notas de primera plana en el otoño de 1923, y la lucha por el poder no bajaría de intensidad. Pero Rosario de la Peña ya no pertenecía al mundo donde la grilla iba del brazo de las bellas letras, y los hombres que se disputaban la silla presidencial ya no eran los elegantes periodistas-poetas-políticos que en otros tiempos la cortejaban. Y aún así, la buena mujer, con 76 años a cuestas, de los cuales llevaba 50 de ser, de una u otra manera “Rosario, la de Acuña”, no dejaba de significar un reto atractivo para un periodista avispado.

El periodista en cuestión está en los anales de la historia de la prensa mexicana con un nombre que apenas usaba: Roberto Núñez y Domínguez. Su nombre de guerra preferido era “El Diablo”, y era veracruzano, de Papantla, para más señas. Llegó al periódico Excelsior en 1917, con 24 años, y no se fue de allí sino para morirse en 1970. Escribió como loco en el rotativo de Reforma y Bucareli. “El Diablo” es su sobrenombre más notorio, y lo había tomado de una ópera de Giacomo Meyerbeer estrenada en 1831, precisamente, Robert, le Diable. Su fuerte eran las crónicas teatrales, las crónicas taurinas y las entrevistas.

Inventariado en los activos de Excelsior, Roberto El Diablo dirigió Revista de Revistas entre 1940 y 1949, pero era de los colaboradores indispensables de la publicación desde que ésta había nacido, en 1910. También fue corresponsal en Madrid. Más de medio siglo de talacha periodística le permitió escribir varios libros y usar  montones de seudónimos. Si en una incursión por esos túneles del tiempo que se llaman hemerotecas, el respetable público ha leído materiales firmados por Pepe Montera, por El Duende de la Quimera, Cleóbulo, Rehilete, Rejonazo, y otros menos extravagantes, como Pablo de los Santos, Antonio Vargas Heredia o Fermín Garza, estaba leyendo a Roberto El Diablo.

Su producción dio para la escritura de varios libros, y en uno de ellos, “50 Close Ups”, editado en 1935 por la editorial Botas, recopiló algunas de sus entrevistas más notables. Allí rescató la conversación, publicada originalmente en Excelsior, que sostuvo con Rosario de la Peña a fines de 1923,  en los días en que se cumplían los cincuenta años del suicidio de Acuña.

Y entonces Rosario habló. Y vaya que habló.

Rosario, en noviembre o diciembre de 1923, cuando Roberto El Diablo la entrevistó.

Rosario, en noviembre o diciembre de 1923, cuando Roberto El Diablo la entrevistó.

Roberto El Diablo conservó para el libro una fotografía de Rosario tomada cuando se hizo la entrevista. Ahí está, una anciana de cabello recogido en chongo y totalmente blanco, vestida de negro, con los ojos entrecerrados en un gesto que, si me preguntan, tiene mucho de hartazgo y de cansancio: hartazgo de que le pregunten, cansancio de que la gente recuerde. En las manos sostiene el famoso álbum de tapas de nácar donde sus amigos y cortejantes de los días de la República Restaurada dejaron poemas y galanterías; el álbum donde se encuentra el que llaman “el original” del Nocturno donde Acuña reclamaba la atención y el amor de la propietaria del objeto.

La entrevista es entretenida: tiene aún los giros del lenguaje heredados de los manuales de buenas maneras decimonónicos: “Dígame usted”, “Permítame interrumpirla”; “Con todo gusto le respondo”, etcétera, etcétera, etcétera. Aún no son los tiempos de los estilos directos del quehacer noticioso. Acaso todos estos circunloquios estorben, finalmente, el valor informativo de la entrevista. Pero como sea, existió y se publicó, la que, hasta el momento, me parece la última declaración pública de Rosario de la Peña, pues ella murió al año siguiente, tal vez aligerada un poco, después de hablar con el reportero, del cansancio existencial que le debe haber provocado el chiste de Acuña. Por demás, resulta evidente que al entrevistador le pesa en la memoria la leyenda de la dama entrevistada; de ahí su descripción, su búsqueda de la mujer conservada en la memoria de las letras mexicanas: “En los ojos profundos perduran reflejos del fuego propicio a Eros, en que se abrasaron tantos corazones”. Y, al leer esto, me parece que hallo el primer indicador de lo que buscaba el reportero de Excelsior: la leyenda, más que al personaje real.

Busca Roberto, en la señora que lo atiende, a la muchacha que fue, a la joven por la que Acuña perdió la cabeza -y la vida. Quizá su gana de enfrentarse a la figura mítica hace que se le vaya la mano en la entrevista, pero, al igual que un personaje contemporáneo suyo y del que nos hemos ocupado bastante, don Jacobo Dalevuelta, hay que recordar que, por más noticioso que ya fuera el periodismo mexicano, conservaba el hábito de llenar los huecos de las notas y la memoria con mucho aliento literario. Lean nada más: “Viéndola andar, tan erguida, tan ligera, como la más juncal mocita abrileña, no puedo menos que evocar su figura de hace medio siglo, cuando con su porte garrido y su aire seductor iba a su paso encendiendo lámparas de inquietud”. El discurso mueve a sonrisa, pues Roberto, ciertamente, no había nacido en los días de gloria de Rosario.

Es así que, repuesto del mareo que lo acometió al trasladarse ¡en auto! a Tacubaya, El Diablo se sentó a conversar con la Musa, quien se desquitó de Acuña de la manera más propia posible, explicó cómo se desarrollaron las cosas, e involucró a algunos personajes más.

Rosario conoció a Manuel Acuña, contó, en casa del general Joaquín Téllez. Se lo presentaron en calidad de “nueva gloria nacional”. Era mayo de 1873, y no tenía sino unos pocos días que la obra teatral del poeta, “El Pasado”, se había presentado con éxito clamoroso. Acuña, por tanto, estaba de moda. Si hacemos caso a las declaraciones de Rosario, la nueva celebridad se prendó inmediatamente de la muchacha. Acuña, explicó ella, leía alguna cosa de su autoría a la concurrencia. Después de las presentaciones, le rogó a Rosario que leyera por él aquellas hojas. Probablemente, si ella hubiera sabido la bronca en que iba a meterse, no hubiera sido tan amable como para complacer al poeta.

La jornada concluyó con un Acuña empeñado en acompañar a su casa a la familia De la Peña; en el trayecto pidió permiso para visitar a Rosario y frecuentar su casa. Así, el nuevo astro de las letras mexicanas ingresó a la tertulia donde muchos de sus amigos y numerosos personajes de altos vuelos, ya tenían un sitio. Acudían a la casa de Rosario toda la generación de jóvenes valores que en el Porfiriato se convertirían en las vacas sagradas: Justo Sierra, que en 1873 aún tenía rizada melena; Juan de Dios Peza, jovencito y amigo de todos; Agustín Cuenca, Francisco Sosa y Porfirio Parra. Casi nada. Pero también estaban apuntados a las reuniones, los maestros de esta tropa de chicos talentosos, los contemporáneos y amigos de Porfirio Díaz: Vicente Riva Palacio  y don Nacho Altamirano, que oficiaba como patriarca de la pandilla. Pero también asistían sin falta algunos personajes de la generación de la Reforma: el padre intelectual de Altamirano: don Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, y su amigo, cómplice y compinche, Guillermo Prieto, el tierno y pícaro Fidel.

Con esta galería de ilustres, a Roberto el Diablo se le ocurrió preguntar quién le simpatizaba más. la dama recordó a un ilustre más, extranjero, que mientras vivió en México, formaba parte de las reuniones:  José Martí. Pero Rosario decidió ser justa. “Debo expresarle que de todo el grupo, con quien más me halagaba platicar, era con El Nigromante. ¡Qué hombre aquel, era una enciclopedia! Y luego que a su saber añadía un lenguaje tan florido tan galano, que arrullaba  como una música… Ni ninguna ciencia ni ningún arte tenía secretos para él”.

La verdad de las cosas es que no sólo los muchachos se fascinaban con Rosario de la Peña. El Nigromante estaba enamoradísimo de ella. Pero, don Ignacio Ramírez, siempre brillante, a veces exaltado, no se engañaba a sí mismo: sabía que la chica no le correspondería. De modo que se conformaba con estar cerca y galantearla en los límites de lo decoroso. El tema es importante para lo que iba a ocurrir después.

A estas alturas de la conversación, Roberto El Diablo se moría de la emoción: tenía ante sus ojos el original, de puño y letra de Acuña, del famoso “Nocturno”: “una emoción casi mística (!) embargó mi espíritu. Era aquella una verdadera reliquia (!!) y como tal había que contemplarla: unciosa, reverentemente (!!!)”. Si alguna duda quedaba del peso de la leyenda romántica asociada al poema, con estas frases queda perfectamente situada en el imaginario de aquellos días.

El entrevistador avanza: quiere conocer la historia del poema. Rosario responde en lo que parecen frases de consideración para Acuña: “Había decidido no hacerlo nunca  [contar la historia del poema] y llevarme a la tumba mi secreto. Si ahora accedo es sólo por la solemnidad del homenaje que se trata de tributar al poeta en la fecha del cincuentenario de su muerte… y no sería justo que yo negara mi grano de arena en la hora de la glorificación…”

Y ¡zas! Rosario se descose: A poco de conocerla, Acuña le declara su amor. Ella  responde que no siente más que “admiración por el poeta y amistad por el caballero”. No obstante, no es un “no” rotundo; le da esperanzas: tal vez con el trato, con el tiempo, algo ocurra.

Acuña no necesita más. El hombre es feliz dentro de los tormentos y la fascinación por la muerte que se nota en la poesía que publicaba. A poco, a raíz de un homenaje que recibe, entra como huracán en el salón de Rosario, donde ella conversa con El Nigromante, y arroja a sus pies las coronas de flores que un rato antes estaban en su cabeza de poeta. Así se hace público el asunto: Manuel Acuña ama con locura a la señorita De la Peña y Llerena. El maduro testigo, el luciferino Nigromante, guarda compostura y silencio.

Pero aquí entra en escena don Guillermo Prieto, que trataba a la muchacha “con paternal solicitud”. Enterado de todo el mitote, a los pocos días se sienta a platicar con Rosario. Por boca del Romancero, quien se arropa en “la estimación que te profeso” para contar todo el chisme que conoce. Así, ella se entera de unas cuantas cositas acerca de Acuña: su rendido admirador, que incluso se bota la puntada de llamarla “mi santa prometida”, tiene relaciones sentimentales no con una, sino con dos mujeres: “una poetisa” [que no era otra que Laura Méndez Lefort] y la lavandera que se hacía cargo de la ropa del susodicho. Es más, narra Rosario haciéndose bolas con el recuerdo y pone en boca de Prieto: “de una de ellas se le acaba de morir un hijo”. Para esas fechas, aún no moría el bebé de Laura como ya he narrado. Pero esta declaración permite saber que Rosario estaba enterada de todo el asunto, y supo perfectamente, en su momento, los detalles de aquella relación.

“Así es que tú sabes lo que haces”, concluyó Prieto. El testimonio de Rosario confirma el papel del Romancero en el enredo. Personalmente creo que don Guillermo se mete en lo que no le importa en solidaridad con su hermano del alma, El Nigromante. No sería la primera vez que el par de glorias literarias, que habían vivido juntos tantas cosas, se ponían a conspirar o a pelear o a intrigar juntos o en apoyo el uno del otro. Y no siempre sabían si las cosas les iban a salir bien.

Enterada Rosario, esa misma noche confronta a Acuña, no bien este se apersona en el salón. Lo pone como dado. “¡Qué tal si me he creído de sus palabras!”. Lo reta a negar la existencia de las dos mujeres. Descolocado, Acuña reconoce que todo es verdad. La dama aplica la puntilla: “Yo creo que ya no me seguirá diciendo ‘mi santa prometida’ “. Aún sacadísimo de onda, y resintiendo el porrazo, Acuña se sienta ante una mesa y se pone a escribir. Llegan más visitas, y mientras Rosario las atiende, vigila en silencio al poeta, que en su acelere, se llena las manos de tinta y, desde luego, la hoja del álbum donde trabaja. Cuando termina, toma su sombrero y le dice al objeto de su amor: “Lea esto, a ver qué le parece”. Era el “Nocturno”, pero, también, ya era demasiado tarde.

A estas alturas, Roberto el Diablo sabe que tiene una maravillosa historia para escribir: la leyenda es menos idílica, pero igualmente emocionante. Rosario se aplica en desarmar la narración trágico-romántica: una tarde el poeta se apersona en casa de la muchacha. No tiene mucho que ha escrito el “Nocturno”, y le pregunta: “Rosario, si usted me llegara a querer, ¿sería capaz de tomar cianuro conmigo?”

Como Rosario ya no estaba para los rollos y las obsesiones de Acuña, lo regaña. “Qué cosas se le ocurren. Ni usted ni yo tenemos por qué matarnos. Deje de pensar en tonterías”.  Pero el poeta no dejó de pensarlas. Rosario asegura que la tendencia suicida era una “tara familiar”; que dos hermanos del poeta también pusieron fin a sus existencias. El 5 de diciembre de 1873, el enamorado sin esperanza se despide como todas las noches, y deja en la mano de su musa una carta, donde se despedía de ella “para siempre”. Rosario, desde luego, cree que el personaje exagera. Por eso no le echa de menos cuando Acuña no llega a saludarla, como todas las mañanas, después de sus prácticas de medicina en el Hospital de San Andrés.

Convencida de que el poeta regresará, más tarde o más temprano, Rosario se va a comer. Pero Acuña ya no volverá. En vez de eso, hacia las 2 y media de la tarde, aparece un agitado Ignacio Altamirano con una noticia y un reproche: Acuña está muerto; se suicidó por un amor no correspondido.

Ahí termina la entrevista de Roberto El Diablo, fascinado irremediablemente con la anciana. La posteridad fue menos generosa.  José Fuentes Mares, al examinar la historia, se pelea con otra escritora, Carmen Toscano, autora de “Rosario la de Acuña” y opina que Rosario aprovechó el chisme de Guillermo Prieto para sacarse de encima a Acuña, pues era, por lo menos, egoísta y “casquivana”. En su trastorno emocional, el poeta, a cambio, habría procedido como lo hizo para vengarse del amor no correspondido, haciendo aparecer a la muchacha como la culpable de sus desarreglos emocionales, conducta que a lo largo de los años los siquiatras han encontrado en buena cantidad de suicidas: hacer mutis al tiempo que le dejan clavada la banderilla de la culpa o de la responsabilidad a alguna persona cercana.

Pero, acota Fuentes Mares: si tal era el propósito de Manuel Acuña, el suicida fracasó, porque Rosario no asumió la culpa del desastre. Ni siquiera fue al sepelio en el Campo Florido, y siguió su vida de musa de celebridades. En su cursilísimo (cuyo mérito en los inicios del siglo XXI estriba en que nadie escribía de esas cosas) “Amores Mexicanos”, José Manuel Villalpando sigue a Fuentes Mares, tilda de egoísta y de manipuladora a la dama en cuestión. Es decir, que de todas maneras y para la posteridad, Rosario pierde, porque al final, juzgan estos caballeros, ella sí tuvo la culpa, aunque insista en rechazar la responsabilidad, en vista de su comportamiento hacia los escritores de los que se rodeaba y de los cuales Acuña fue, simplemente, uno más.

Fuentes Mares asegura que la entrevista de Roberto El Diablo contiene un fragmento donde el periodista, con todo y buenas maneras, le restriega en la cara esa responsabilidad a la dulce viejecita. Leve escaramuza con florete, el diálogo no tiene desperdicio, porque dice más del reportero que de la entrevistada:

-Pobre Acuña, dijo Rosario sin inmutarse. Hace mucho que le perdoné lo que hizo.

-No creo que tenga usted que perdonar a quien le escribió un poema tan hermoso, reclama el periodista, a quien Fuentes Mares juzga “escandalizado” por tanto desamor, y yo juzgo necio, decidido a tener la razón a como dé lugar, sin importar lo que piense el entrevistado.  De las hermosuras del “Nocturno” [“mi madre como un dios”, etc., etc., etc.], mejor ya ni hablamos.

¡Todos los poetas de México me escribieron poemas hermosos! le rezonga la pacífica ancianita, que, me imagino, ya empezaba a encresparse.

-Sí, pero ningún otro se suicidó por usted,  remata Roberto, ahora sí haciéndola de Diablo, porque se revela como declarado partidario de la tragedia romántica que ha sobrevivido cincuenta años y no es cosa de dejar que la ruda viejecita la eche a perder así como así.

Pero ese fragmento de la entrevista, donde ambos protagonistas se despojan de la máscara de las buenas maneras y se dan un entre de ferocidad mal disimulada, no fue incluido por Roberto El Diablo a la hora de armar los “50 Close Ups”.  Lo sustituye por una delicada negativa a revelar el contenido de la carta de despedida que Acuña le entregó en mano a Rosario la noche del 5 de diciembre de 1873. ¿Le pareció, a la hora de pasar de la fugacidad del periódico a la permanencia del libro, que era él mismo quien no quedaba bien parado, por necio? No tengo manera de saberlo. Lo que sí sé es que toda esta larga tragedia, bronca exclusiva de Acuña solito y su alma y su mamitis, ahí permanece, y a ratos se echa un silencioso round con la popularísima leyenda de “Rosario, la de Acuña” mucho menos cierta pero que, ah, lo que son las cosas, todavía vende que es una barbaridad.




En todo el Reino

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