Archive for the 'POSTALES DEL TIEMPO PRESENTE' Category

17
Oct
15

Perro… ¿come perro?

buendia

Las generaciones de periodistas que podrían ser englobadas en lo que Jose Luis Martínez S llama “la vieja guardia” tenían un dicho que con frecuencia aparece, entre bromas y veras, en el habla cotidiana del gremio como es ahora: “perro no come perro”. Con el paso de los años, naturalmente, la frasecita ha tenido que pasar por las pruebas del ácido y de la brecha generacional.
A algunos, “perro no come perro” les suena a contubernio, a complicidad en esos recovecos de valores entendidos que no se han ido de las redacciones y espacios similares. A otros, les suena retro, demodé.
Pero en tiempos en que asesinan periodistas y no falta alguien del gremio que diga dubitativo: “vayan a saber en qué andaba”, a ratos parece que este mismo gremio anda, en muchas cosas -moral, profesional, operativamente- algo, bastante desamparado.
A como andan las cosas, no volveremos a ver esas reuniones multitudinarias en las que los periodistas arropaban a un colega amagado por el poder político o fáctico teñido de prepotencia. Es decir, “mostraban músculo”.

Así lo hicieron en 1945 cuando a Martín Luis Guzmán -tan reportero como el que más- se le ocurrió bronquearse con el clero cuando a los honorables señores se les ocurrió andar haciendo procesiones en Semana Santa, estando prohibidas las manifestaciones de fe públicas.
En aquella ocasión, donde se invitó a 600 periodistas y yerbas afines y según Salvador Novo llegaron “como 3 mil”, algunos acelerados hasta propusieron crear un “periódico liberal” que no se hizo realidad porque la concurrencia -con excepción de Siqueiros, que se cayó al punto con mil pesotes de los de entonces- andaba corta de fondos.

Así lucía don Martín Luis en su despacho del Semanario de la Vida y la Verdad.

Así lucía don Martín Luis en su despacho del Semanario del a Vida y la Verdad.

Bastantes años más tarde, los suficientes como para que algunos se acuerden y otros no tengan la más remota idea de lo que aquí digo, un gobernador de Guerrero -caramba, qué coincidencia- llamado Rubén Figueroa, tuvo la mala ocurrencia de amenazar al columnista Manuel Buendía. La solidaridad gremial se manifestó en otra reunión, igualmente masiva, en el restaurante del desaparecido Hotel del Prado, en julio de 1979.
Durante ese encuentro solidario, Buendía, a quien yo no conocí -lo mataron el mismo año que entré a la licenciatura- dijo algo que aún es válido, a pesar del tiempo transcurrido: “Allá, en los pueblos del interior, es donde el periodismo requiere auténtica valentía personal, porque las banquetas son demasiado estrechas para que no se topen de frente -por ejemplo- el periodista y el comandante de policía de quien aquél hizo crítica en la edición de esa misma mañana. Aquí la incomodidad más seria que sufrimos es la de no encontrar mesa en nuestro restaurante favorito de la Zona Rosa.”
En 1984, cuando le pegaron de balazos a Buendía a la salida de su oficina en la colonia Juárez, el gremio, además de indignado, muy asustado, convirtió el funeral del columnista en una demanda generalizada de justicia y seguridad para el gremio. Pero de ese momento, una señora con décadas en este oficio a la que me honra llamar amiga, le dijo a otro cercanísimo amigo: “entonces, fue el miedo el que nos unió”.
Pienso todas estas cosas al enterarme que el columnista Jorge Fernández Menénez -que tiene sus fans y sus malquerientes- acusa al columnista Julio Hernández -que tiene sus fans y sus malquerientes- de encabezar y promover uno de esos recursos ciudadanos que están tan de moda para darle corporeidad al derecho de pataleo, una petición colectiva enchange.org, que exige prohibir la difusión del documental “La noche de Iguala” realizado por Fernández Menéndez. Un integrante del gremio que promueve la censura al trabajo de otro integrante del gremio. Tantos años después, ¿resulta que perro sí come perro?
O, acaso, ¿hay integrantes del gremio que en los momentos pertinentes encuentran más rentable y/o conveniente y/o preferible el activismo al periodismo? Entonces no es un caso de “perro sí come perro”, sino uno de “activista ex-perro pretende comer perro”.
Como siempre ha sido en esta tribu, cada quién sus intereses y cada quién sus mieditos. Porque ese gran miedo que alguna vez acicateó el movimiento colectivo -y que, admitámoslo, nos ha llevado también a hacer osos espectaculares, como el que protagonizamos cuando unos guerrilleros mandaron al otro mundo a los vigilantes de la puerta del viejo edificio de La Jornada- no ha aparecido.

De modo que la polarización gremial sembrada hace unos cuarenta años en una historia que merece ser contada en otra ocasión,  ahora fructifica en la censura pública ejercida entre pares, de balcón a balcón. Es en días como estos que, con alguna melancolía, mi entrañable don Pepe Fonseca y yo volvemos a decirlo: ya no los hacen como antes.

03
Jul
14

Destilado de Historia 2: JEP, la historia, la huella del pasado.

Ecos y personajes del pasado se redimensionan en la poesía y en la prosa de JEP.  Son los recuerdos, los chispazos, algunos rescatados de la propia biografía, los que se insertan en el gran discurso de la historia. Me imagino al niño Pacheco Berny que alguna vez miró en la calle a doña Sara Pérez de Madero, en su vejez, “siempre de luto por su marido asesinado”, como está escrito en “Las Batallas en el Desierto”. Y en ese retrato, trazado apenas en unas cuantas líneas, asoma el eco de la Decena Trágica, en la figura de una viejecita a la que JEP miró rodeada por un halo de dignidad, sobreviviente de algunos de los días más oscuros que ha conocido este país.

La mirada de JEP convierte a Maximiliano de Habsburgo, a la sombra al fantasma de Maximiliano, en un pobre ser, seguramente abrumado por la soledad del Mictlan, que sale a canjear un alfiler de oro, una rosa negra y un ejemplar del Diario del Imperio por un niño, acaso para que disipe el infinito silencio que debe reinar en las entrañas del Cerro del Chapulín. Acaso la compañía de un niño para borrar el recuerdo del principito Iturbide que escapó al mal fario del segundo imperio mexicano y regresó a los brazos de su madre.

Los grandes sucesos de la historia revelan su dimensión poética en manos de JEP. No encuentro más espléndida forma de narrar la historia de un milenio entero:

HISTORIA

Un milenio empezó con las cruzadas.

El otro con dos cifras: 9/11

                                                                            Como la lluvia.

 

Una de las mayores desesperanzas del género humano es la conciencia de su propia finitud y de su propio deterioro. Una variante de estos dos enormes y privadísimo dolores es la conciencia del tiempo que pasa para no volver, y con él se va la juventud, la piel lozana, el cuerpo a prueba de desvelos, los amores, las adrenalinas. Así, los beneficios de la era moderna, se vuelven maldiciones que conservamos por masoquismo. Nunca un álbum fotográfico resulta más triste que en el piano de Deckard, el protagonista de Blade Runner. Como desamparados replicantes conservamos las pruebas de nuestra existencia,  los testimonios gráficos de lo que hemos sido, de lo que aún deseamos conservar, la demostración de que un día fuimos jóvenes, hermosos y felices, de que un día amamos y fuimos amados. Pero en ese anhelo no exento de inocencia, está la maldición:

CONTRA LA KODAK.

Cosa terrible es la fotografía.

Pensar que en estos objetos cuadrangulares

yace un instante de 1959.

Rostros que ya no son,

aire que ya no existe.

Porque el tiempo se venga

de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,

las fotos se resquebrajan, amarillean.

No son la música del pasado:

son el estruendo

de las ruinas internas que se desploman.

No son el verso sino el crujido

de nuestra irremediable cacofonía.

                                                                             Irás y no volverás.

 

De hace siglos se acuñó la palabra que describe esa infinita tristeza que tan bien representó Durero en un grabado donde un ángel contempla el derrumbe de lo presente y la incertidumbre de lo que ha de venir: melancolía. JEP recoge la estafeta con destreza, casi quinientos años después, y tal vez la respuesta se antoja brutal:

THE DREAM IS OVER

… El tiempo entero es muda mutación. Celebremos

el peso de los años.

El que fui en otro mundo

repite sus palabras ante un teatro sin nadie.

Ya no hay nada capaz de alimentarte, poesía.

Muérete de ti misma

o por favor ya cállate.

                                                         Irás y no volverás

 

Cuando habla del pasado, de los hechos llamados históricos, de los personajes del ayer, JEP oscila entre una aguda melancolía desconsolada y la aguda ironía que cabría esperar de un historiador brillante.  Cuando habla de la historia mexicana, la desesperanza sube de punto. Y entonces los enigmas, los momentos oscuros, los secretos o los dramas nunca dichos afloran en su dimensión desesperanzada y trágica. Menudea en su obra  la afirmación: es falso que todo tiempo pasado haya sido mejor. Todo se corroe, todo cae a pedazos, tarde o temprano, todo se acabará y solamente quedarán los vestigios de la memoria, las sombras de o que un día fuimos.

TACUBAYA, 1949

Allá en el fondo de la vieja infancia

eran los árboles, el simulacro del río,

la casa tras la huerta, el sol de viento,

los años calcinados.

Un desierto

que hoy se sigue llamando Tacubaya.

Nada quedó.

también en la memoria

las ruinas dejan sitio a nuevas ruinas.

                                                                       Irás y no volverás.

 

Y, no obstante, el ejercicio de la memoria,  el arte de recordar, es constante en la obra de JEP y deja una enseñanza final: recuerda, guarda en la memoria lo que hoy vives, lo que lees, los grandes hechos, tus pequeñas felicidades, todo lo que presencias. Porque el día de mañana todo se habrá ido y solamente vivirá dentro de ti.

 

HOY MISMO

Mira las cosas que se van,

recuérdalas,

porque no volverás a verlas nunca.

 

IRÁS Y NO VOLVERÁS

Sitio de aquellos cuentos infantiles,

eres la tierra entera.

A todas partes

vamos a no volver.

Estamos por vez última

en donde quiera.

                                                             Irás y no volverás.

 

Heráclito, una enorme cabeza olmeca, el silencio de Teotihuacan, Ramón López Velarde, Agustín Lara, el Titanic,  el libro comprado y nunca leído,  los fenómenos de los circos ínfimos que ruedan por el país, los ilusionistas, las hormigas, los elefantes. Todos hacen presencia en el teatro del mundo que un día se cansará de dar función para qu otros, después de nosotros, lo lean y se estremezcan en la conciencia revelada de la propia finitud.

Y no me parece, pese a todo, que el dolor y la desesperanza sean el signo de toda la obra de JEP.  Como en la vida, hay momentos luminosos, la frase que alude al amor o o al rostro que no se puede olvidar. Pero nada puede eludir la tremenda conciencia de que todo es historia y  así, en ese devenir de vértigo  ese todo será devorado, así, nada más y la memoria se nos llenará de  recuerdos sin referente.

Gusta mucho a los historiadores ese poema que, a menudo, se ha vuelto epígrafe en cualquier cantidad de artículos: “Alta Traición”.  “No amo mi patria”, abre fuego el poeta. “Su fulgor abstracto es inasible”. Sospecho que a JEP no le interesaba demasiado la perspectiva del muchos historiadores profesionales modernos, que se resisten a sentirse vinculados con cualquier cosa que tenga una vaga resonancia hacia los sentimientos cívico-patrióticos tradicionales y por tanto convencionales, y por tanto se sienten, ellos y su disciplina, lejanos a esas manifestaciones de conmemoración del pasado en que se encarnan los sentimientos de los públicos no especializados que no tienen resquemores en hablar de héroes, de villanos y de super secretos históricos nunca develados.

Quizá por eso, en estos tiempos de desacralización, y pese a las explicaciones de JEP en torno al poema (que pueden leerse aquí), “Alta Traición” es un poema muy socorrido en algunos medios académicos. El negar el amor a la patria da combustible para correr por caminos menos gastados, para olvidarse de los deberes cívicos y seguir apostando por multitud de pequeñas patrias personales, puertos, bosques, fortalezas, “una ciudad deshecha, gris, monstruosa”, todas entrañables por más que, al final del día, al final del tiempo, serán nuestro patrimonio final, ese que se desvanecerá con nosotros.  Tal es el poder de los poetas, que, al modo de JEP, leen en nuestras almas nuestra insoportable fragilidad, y que escriben para ayudarnos a conjurar el horror.

 

01
Jul
14

José Emilio Pacheco: Destilado de historia

Tantos días sin don José Emilio, y tanto transcurrido desde entonces: diluvios, soles abrasadores, temblores, la muerte de Gabriel García Márquez. Y ahora, entre los días nublados, entre la lluvia que no se acaba y que amenaza con hacer resurgir de entre las aguas del viejo lago a la antigua Tenochtitlan, a algunos les da por recordar que hoy, 30 de junio, era el cumpleaños de JEP. Y a la hora que escribo esto, empieza, allá en Ciudad Universitaria, el homenaje nacional que, más allá de los usuales números luctuosos en el Palacio de Bellas Artes, ojalá reúna a muchos de sus lectores, sin que la lluvia y los vigilantes de las instalaciones del INBA enchinchen a los leales que, libro bajo el brazo, lleguen a las viejas piedras volcánicas en el sur de la megalópolis, monstruosa y entrañable, en la que se ha convertido la ciudad de México.

El tiempo, el pasado, la historia, los ecos de la memoria, aparecen una y otra vez en la poesía de JEP.  Desde la decadencia de la Serenísima República pintada por Canaletto. Hasta la melancólica certeza de lo que uno recordará el último día del mundo, sea cual sea. Cenizas de amores calcinados en Pompeya, maldiciones virreinales sepultadas en el subsuelo lodoso de la vieja ciudad, todo, nos advierte Luis González y González, es historia. Y JEP lo comprende a la perfección.

Pero esto no es un análisis literario. Es, nada más, un breve recuento; unas gotas de la poesía de don José Emilio, donde la Historia, las historias, están presentes para movernos a pensar, para disfrutar, para agregar el guiño poético de JEP al largo, tumultuoso discurso de la historia, visto desde una cierta melancolía del presente.

 

Bajo el suelo de México verdean

Eternamente pútridas las aguas

Que lavaron la sangre conquistada.

                                                                                           El reposo del fuego.

 

Dijo el virrey: los hombres de esta tierra

Son seres para siempre condenados

A eterna oscuridad y abatimiento.

Para callar y obedecer nacieron.

 

La injuria del virrey flota en el lodo.

Ningún tiempo pasado ciertamente

Fue peor ni fue mejor.

                                                                                       El reposo del fuego.

 

UN MARINE

Quiso apagar incendios con el fuego.

Murió en la selva de Vietnam

Y en vano.

 

CHE

Ellos

Al darle muerte

Le otorgaron

La vida perdurable.

 No me preguntes cómo pasa el tiempo.

 

 

LAS VOCES DE TLATELOLCO

 

Eran las seis y diez.  Un helicóptero

Sobrevoló la plaza.

Sentí miedo.

 

Cuatro bengalas verdes.

 

Los soldados

Cerraron las salidas.

 

Vestidos de civil,

Los integrantes del Batallón Olimpia

-mano cubierta por un guante blanco-

Iniciaron el fuego.

                                                                     No me preguntes cómo pasa el tiempo.

 

ACELERACIÓN DE LA HISTORIA

Escribo unas palabras

                               y al minuto

ya dicen otra cosa,

                               significan

una intención distinta,

se hacen dóciles

                               al Carbono catorce:

criptogramas

                               se un pueblo remotísimo

que busca

                               la escritura en tinieblas.

                                                                                      No me preguntes cómo pasa el tiempo.

 

 

 VENECIA

                                           Cada golpe de agua provocado por los
                                           Motores hunde un poco más a Venecia
                                                                                      Excelsior, 1967

 Venecia es un fantasma.

Fue inventada

 por Canaletto.

La pintó en el agua.

 

Negación de Lepanto,

cada piedra

es oriental

y floreció en Bizancio.

 

Todo lo unido tiende a separarse.

Los islotes se hunden en la laguna.

El mar que la esculpió

Hoy la destruye.

                                                                      No me preguntes cómo pasa el tiempo.

 

POMPEYA

La tempestad de fuego nos sorprendió en el acto

De la fornicación.

No fuimos muertos por el río de lava.

Nos ahogaron los gases. La ceniza

Se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos

Continuaron unidos en la piedra:

Petrificado espasmo interminable.

                                                                                         No me preguntes cómo pasa el tiempo.

 

 

En el último día del mundo dirás su nombre.

                                                                                                           De algún tiempo a esta parte.

 

25
Abr
14

El reportero García Márquez 2: historias muy terrenales y realidades alucinantes

gabo lee

Incapaz de sustraerme a mi condición de hija de mi siglo, la lectura de los cinco tomos de Obra Periodística de Gabriel García Márquez me provoca emociones encontradas: cuando recorro las páginas de sus primeros trabajos reporteriles, me gusta encontrarme con el ingenio, con el olfato de un lector permanente del mundo que le rodea y que le sabe encontrar la lectura noticiosa, amena, entretenida, que enganche a un lector potencial.

En otras ocasiones,  cuando avanzo en ese túnel del tiempo en papel impreso, me encuentro nuevamente con los acontecimientos que, en mi infancia, alimentaban mi mala costumbre -esos vicios de por vida- de ver los noticieros, como perfecta niña monstruo. Volver a leer en la pluma del reportero avezado que era aún don Gabo, ya con la fama literaria a cuestas, los grandes sucesos de los años setenta del siglo pasado, no sólo da lecciones de periodismo, también da pistas para clarificar aquello que resonaba en los oídos y rebotaba ante los ojos de los que fuimos niños en aquellos días.

Leer “Chile, el golpe y los gringos” y la entrevista con el ex agente de la CIA Phillp Agee, publicada en diciembre de 1974, me agregan gotas de información a todo lo que desde ese 1973 he visto y leído sobre el golpe que derrocó a Salvador Allende, lo orilló a morir en el Palacio de la Moneda bombardeado y aceleró la muerte de Pablo Neruda, cuyos detalles y causas todavía se discuten.

Hoy, cuando García Márquez está muerto, cualquier cantidad de personajes se ponen a increpar a una urna con cenizas a la que sus particulares reclamos  le afectan un rábano. Todos los reclamos leídos a la par de las despedidas y los elogios que proliferaron en estos días, le reprochan su simpatía y su cercanía con proyectos políticos que el inevitable paso del tiempo transformó.  Así, hay quien acusa a García Márquez, sin haber tenido los redaños para ir a decírselo cuando vivía y no se le iba la hebra allá, a su casa de la calle del Fuego, de usar el periodismo “como ayuda a la dominación ideológica” (de veras, eso han escrito, pero no veo caso de decir quién fue).

Como ya ocurrió en el pasado reciente con Guillermo Tovar de Teresa, estos críticos, polemistas a destiempo, deciden que cuando el sujeto de sus antipatías y/o objeciones ya dejó de formar parte del inventario de la población mundial viva, es el momento adecuado para ponerse a hacer reproches en materia ideológica y política, no vaya a ser que el fallecido se vaya a la tumba o al nicho rodeado de una aureola de buena fama y en olor de santidad. Hay quien se aplicó a desenterrar un libro, me parece, poco conocido de un importante novelista latinoamericano, el cubano (parte interesada, finalmente) Reinaldo Arenas -autor de la magnífica novela sobre Servando Teresa de Mier, “El mundo alucinante”- donde el discurso de queja y agresión por sus penurias como disidente de la revolución cubana y exiliado político se dirige hacia García Márquez.

El anacronismo subyace en buena parte de los reclamos, muchas veces exaltados, de congruencia hacia sucesos del pasado reciente, no solamente en el caso de García Márquez. Recordemos que hace medio año hubo alguno que se atrevió a querer mirar con sospecha a Guillermo Tovar por una foto que se tomó junto a Gustavo Díaz Ordaz… cuando Tovar tenía catorce años. Así brotaron las descalificaciones que hemos leído en estos días hacia don Gabo, para recordarnos, no se nos vaya a olvidar, que cuando escribió  La cruda verdad, señoras y señores, es que en la Cuba de hoy no hay un solo desempleado, ni un niño sin escuela, ni un solo ser humano sin zapatos, sin vivienda y sus tres comidas al día,ni hay mendigos ni analfabetos, ni nadie de cualquier edad que no disponga de educación gratuita a cualquier nivel... y que encima agregara que   Esta realidad deslumbrante no la conozco a fondo porque me la contaron, sino porque acabo de recorrer a Cuba de cabo a rabo en un viaje extenso e intenso… estaba dándole, en 1975,  el espaldarazo al que en 2014 buena parte del mundo intelectual no vacila en llamar dictador.  Como colaborador oficioso, el expresidente mexicano, el popularísimo (es sarcasmo, ya lo saben) Carlos Salinas de Gortari, al tiempo que se apersonaba en la casa de la calle del Fuego para dar el pésame,  se ocupó de explicar que era el poder, los hombres del poder , los que buscaban a don Gabo, no vaya uno a creer quién sabe qué. Pero como argumenta, y argumenta bien, el politólogo Mauricio Merino (cuyo texto sobre el tema pueden leer aquí), la dimensión de Gabriel García Márquez nunca se ha medido por sus vínculos con los hombres del poder político.

Como ocurre con el pasado reciente, ese que incomoda, duele, enchincha y molesta, porque se desliza  montado en esa máquina imperfecta, frágil y sentimental que es la memoria humana, habrán de pasar aún algunas semanas para que los críticos a destiempo de las andanzas ideológicas y políticas de García Márquez se tranquilicen. Hay reproches, por lo pronto, que, o bien actuales o bien sacados del Departamento de Exhumaciones, resultan amargos, porque ese pasado inmediato tiene también su dosis de amargor, que ni aún así bastan para anular el placer que genera leer el periodismo de García Márquez, aunque  hable de la revolución sandinista, hable de Fidel o hable del cementerio de las cartas perdidas.

Ni siquiera desde el trabajo constante que supone ese roer persistente de la amargura -como la de Julio Scherer, casi lamentándose, en el Proceso de esta semana, de no haber escrito y publicado, en su momento, que a don Gabo lo abandonaban,  poco a poco, la lucidez y sus recuerdos-  habrá tenacidad suficiente para opacar la  brillante despedida que los mexicanos le dieron a las cenizas de don Gabriel en el palacio de Bellas Artes; mexicanos que son lectores conscientes del mundo de Macondo, de los ahogados hermosos, de los niños que flotan en el río de luz.

Y digo “lectores conscientes”, porque la mayor parte de los mexicanos que de 1974 a la fecha han ido a la escuela primaria, fueron lectores de Gabriel García Márquez, pues un fragmento de Cien Años de Soledad, donde aparecía el gitano Melquiades, fue incluido en los libros de texto gratuito, en un libro de lecturas, específicamente, se reprodujo, por lo menos una veintena de años, hasta que los contenidos de los libros de texto se renovaron.

Pero fue el reportero García Márquez el que escribió del niño fantasma, decapitado, de Sincelejo; del señor Samuel Leister, que intentó pasar una aduana empachado con 2oo kilates de diamantes; de la muerte del suizo Jacques Edwin Brandenberg, inventor del papel celofán; de la renuncia al convento de una de las archifamosas -en cierta época- Quíntuples Dionne.

Fue el reportero Gabriel García Márquez quien, contó, recibió la instrucción de moverse en Ginebra a Roma, “por si el Papa (Pío XII) se moría de hipo”,  y de paso se enteró que la policía de Castelgandolfo, en ese verano de 1955, había encontrado el cuerpo de una mujer decapitada en el lago de la sede vacacional del Santo Padre que, efectivamente, se iba a morir después de un ataque de hipo fenomenal.

Ese  viaje a la Roma de Pío XII le permitió saber que la sempiterna ama de llaves del papa, la famosa Sor Pascualina, se entendía en latín con los funcionarios vaticanos; que aquel año, los monjes trapenses de Castelgandolfo, famosos por los chocolates y licores que fabrican, se sentaron a la vera del camino, con una excelentísima jarra de chocolate caliente de la mejor calidad, por si Pío XII se detenía para saludarlos.  Pero el Papa pasó de largo en su automóvil, escribió el reportero, y con un toque de malignidad, agregó que, difícilmente, el pontífice habría aceptado la invitación, pues su médico le había prohibido el chocolate.

Numerosas notas del reportero García Márquez, quien también le invirtió un rato de su vida profesional a trabajar con “cables”, es decir, la información proveniente de las agencias noticiosas internacionales, provienen de esa mina que es el “hilo” noticioso.

Una lectura cuidadosa de estas páginas periodísticas hace evidente que de allí recuperó numerosas historias que, en la sección de “breves” de cualquier periódico proporciona una lectura sencilla, fugaz y entretenida, pero que, en manos de alguien con capacidad literaria, se puede volver parte del engranaje de un buen trabajo.

Como la mayor parte de los periodistas serios sabe, esa información de “cables”, que hoy llega a todas partes por internet, se divide en información buena e importante, un montón de notas “de interés humano” y un alud de basuritas o cosas de un localismo que se antoja insoportable (épocas ha habido en que leer el hilo noticioso de la agencia china Xin Hua provee de carretadas de información inutilizable).  Aún así, la historia del joven marqués de Ely, que al fotografiar a su novia acabó por fotografiar también a un fantasma, de cómo fue que Albert Einstein se negó a aceptar la presidencia de Israel, provienen de ese ojo entrenado que se produce en el buen periodista que maneja información internacional.

Es en esa conciencia de los pequeños detalles que se transforman donde está la maestría literaria del reportero García Márquez. En lo personal, una de las historias periodísticas  que más me gustan de don Gabo,  acaba en novela. El prólogo de “De el amor y otros demonios” no tiene desperdicio para el periodista que algún día quiere virar hacia la literatura.

En ese prólogo, cuenta don Gabo que una mañana de 1949 su jefe de redacción lo envió a mirar cómo derrumbaban el convento de Santa Clara, construido dos o tres siglos antes, “a ver qué se le ocurría”.  Otro, probablemente, habría hablado de los nichos destrozados, de los huesos ya centenarios apilados, despojados de ataúd y ropajes desgarrados. Pero el reportero García Márquez escribió su historia a partir de un solo nicho, donde estaba un cráneo de niña con 22 metros de cabellera color cobre. “En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia”, escribió en 1994.

Contó don Gabo que el incidente no habría pasado de curiosidad si no fuese porque, entre las muchas leyendas que él escuchó  de su abuela, estaba la de una marquesita niña, milagrera, cuya larga cabellera le arrastraba por el suelo, y que era objeto de culto en pueblos caribeños.  “La idea de que esa tumba  pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día y el origen de este libro”. finalizó García Márquez en ese prólogo que siempre me maravilla, porque escribe el reportero que da el salto el terreno de los hechos al mundo de lo fantástico.

Un periodista costarricense, Néfer Muñoz, escribió recientemente acerca de las “exageraciones” en el periodismo del reportero García Márquez.  Dicho en buen español,  el colega espulga y espulga textos hasta encontrarse con la realidad cruda: don Gabo también “volaba” de vez en cuando.  De hecho, sus textos sobre la multitudinaria protesta de la población de Quibdó, de 1954, parecen ser una bien armada volada. es decir, volaba a veces, sí. Pero volaba con instrumentos.

Y esto viene a cuento porque, deseosa de ver la nota del reportero García Márquez, acerca del convento de Santa Clara y los restos de la niña de la larga cabellera de cobre, me encontré con que en la acuciosa compilación de Jacques Gilard, no hay tal nota de octubre de 1949. No existe, ¿no existió? Cosas de la realidad alucinante.

 

 

 

 

 

 

23
Abr
14

El reportero Gabriel García Márquez

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En otras épocas, los que estudiábamos periodismo (lectura más terrenal de eso llamado “Ciencias de la Comunicación” ), para acercarnos a una muestra muy pequeña, pero sustanciosa del trabajo del reportero Gabriel García Márquez, solíamos acudir a una pequeña y bonita edición: “Crónicas y Reportajes”, publicada en 1976 por la editorial colombiana Oveja Negra.

Recetarse, en los primeros meses de Géneros Periodísticos, “Relato de un náufrago”, era más o menos indispensable. De esa manera, los que de don Gabo conocían alguna  novela, acaso “Cien años de soledad” o alguna de las ya publicadas para aquellos años -hablo de la segunda mitad de los años ochenta ¡del siglo pasado!- ,se daban cuenta de que había otro personaje que también se llamaba Gabriel García Márquez y que se había formado en las redacciones de la prensa colombiana y que escribía maravillas. Aquel librito que no llegaba a las 400 páginas y que reflejaba a un periodista de mirada cuidadosa y aguda, capaz de encontrar su nota cotidiana en una oficina de correos, en la vuelta a casa de los colombianos que combatieron en Corea, el fulgor de una estrella italiana del cine internacional o un Papa que se va de vacaciones.

Probablemente eramos una cantidad interesante los que veníamos de leer al García Márquez en ejercicio, en los artículos que  publicaba en diversas revistas; artículos que inevitablemente tenían sabor de reportaje,  de tanta y tan buena información que contenían.  Quizá el que más recuerdo, como adolescente monstruo apenas llegada a la Escuela Nacional Preparatoria, es ese texto escrito a raíz del asesinato de John Lennon, que yo leí en la desaparecida revista Caballero -de algo sirve tener tíos  mayores que uno-  y que se había publicado el 16 de diciembre de 1980.

El ojo del buen reportero, se sabe, nunca se queda quieto, de modo que García Márquez  pudo recuperar para ese texto, importante en mi biografía personal,  algo que pudimos haber firmado miles de adolescentes en ese año: Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó, como si tuviera ochenta años: “porque el mundo se está acabando”. Con sagacidad, don Gabo  concluía que, en ese ya lejano 1980, “la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles“, según escribió, para recordar que en un aún más remoto 1963 escuchó por primera vez a los muchachos de Liverpool, para recordar que en la casa en la que vivía, en San Ángel, “donde apenas si teníamos dónde sentarnos”, había solo un par de discos: uno de Debussy y el primer disco de los Beatles. Reportero que construye la memoria, esa joya inestable, cambiante e inexacta, pero indispensable, aseguraba que “por toda la ciudad, a toda hora,se escuchaba un grito de muchedumbres: Help, I need somebody“.  Maravillosa debió haber sido la ciudad de 1965 en la que los habitantes de la vieja Tenochtitlan  repetían hasta el mareo la canción donde Lennon pedía ayuda a gritos.

Ese artículo de García Márquez tuvo, en su momento, diversos beneficios, aparte del consuelo por la muerte de Lennon: por él me enteré que  Carlos Fuentes escribía a máquina “con un solo dedo de una sola mano“,  “aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen“. Con ese párrafo, García Márquez aniquiló las quejas y pataleos de mis tías, que se quejaban del volumen con que la música amenizaba mis tareas preparatorianas; con ese párrafo, García Márquez exorcizó la culpa pequeñita y molesta, cual pinche mosco, que me daba el hecho de no escribir en la máquina con todos los dedos, como mandaba el canon mecanográfico. Aún me faltaba conocer a muchos colegas que tampoco lo hacen.

Muchos años después, cuando podemos leer, ahora  integrados, los cinco  libros de Obra Periodística de Gabriel García Márquez que amplían y detallan la probadita que significa “Crónicas y Reportajes”, es posible asomarse a la evolución del eterno reportero que fue don Gabo. Tres de los cinco volúmenes corresponden a la producción reporteril de 1948  a 1960, y su primera edición data de 1981.  Engrosa la colección “Por la libre”, colección de 28 reportajes escritos entre 1974 y 1995 y publicados como libro en 1999. El quinto volumen es una reedición de “Notas de Prensa”, publicado originalmente en 1991, y que contiene artículos escritos entre 1961 y 1984,

Los cinco librotes, hoy por hoy conseguibles con unas portadas mucho más hermosas que las diseñadas por editorial Diana en la edición de 2003, amplían la colección periodística de García Márquez,  y permiten leer al personaje, desde los días de “picar piedra”, hasta los años en que podía escribir de lo que le viniese en gana.

Así, junto con los libros “Relato de un náufrago”, “La aventura de Miguel Littin, clandestino en Chile”, “Noticia de un secuestro”, constituyen un banquete para el que quiera conocer al reportero Gabriel García Márquez. Libros como   “Operación Carlota” “Periodismo Militante”  o “Viva Sandino” son, seguramente, punto menos que inconseguibles a estas alturas de la vida. Pero con lo que hay basta.

EL HOMENAJE DE LA PRENSA AL REPORTERO GARCÍA MÁRQUEZ

Si, como parece, la mayor parte de los periodistas en activo hemos adquirido, gracias a los maestros universitarios -que a veces también tienen la gran cualidad de ser periodistas- nuestra dosis mínima de textos periodísticos  producidos por don Gabo,  se vuelve muy explicable el esmero y la calidad de los periódicos  que, desde el jueves santo de 2014 se han dado a la tarea de cronicar la enfermedad final y la muerte de García Márquez.

Fue, pues, una despedida de colegas a colegas, sin entrar en discusiones por la calidad dispareja de la producción cotidiana del gremio. Baste, por ahora, decir, con pruebas abundantes, que todos a quienes se les asignó la chamba, y quienes hoy por hoy deciden qué se publica y cómo en los periódicos, se esforzaron por dar un “adiós” de buena calidad, que se queda en las planas que irán a engrosar los acervos de las hemerotecas, para que, un día, algún curioso o algún investigador se asome a ver lo que dijo e hizo el gremio ante el fallecimiento de uno de sus grandes decanos, con dimensión mundial.

Pasados los primeros momentos, cuando el discurso de los conductores y lectores de noticias de los medios electrónicos se centraron en la obra narrativa y, más específicamente, novelística de don Gabo, poco a poco, con respetuosa suavidad, comenzó a brotar el homenaje de la prensa, de los periodistas, de los reporteros que, desde hace muchos años hemos visto al autor de cientos de paginas de una realidad fantástica y alucinante, como referente, como ejemplo de agudeza y olfato, como modelo de pluma impecable, como vocero de eso que todos los del gremio sabemos pero que no siempre tenemos tiempo de ponernos a escribir: que este, el periodismo, es el mejor oficio del mundo.

Quizá la muerte de don Gabriel sonó  como campanada grave en docenas de cabezas con crianza y espíritu reporteriles. De otra manera sería difícil explicar las espléndidas primeras planas con que la prensa mexicana dio, el pasado viernes,su particular adiós: planas bien resueltas, precisas, casi todas con fotos hermosas,  bien escogidas; con cabezas [titulares, es que así les decimos en México] concretas, exactas. El amplio abanico que va desde  la enunciación de la nota convencional, el hecho noticioso propiamente dicho, hasta el retruécano ingenioso, rayano en la peladez, que por naturaleza identifica a los periodiquitos escandalosos que hacen de la nota roja su garantía de venta.

Unos, los agradecidos, volvieron cabeza principal el hashtag #GraciasGabo.  Otros, apelando a sus usuales muestras de picardía ingeniosa, cabecearon: “Se pintó el Gabo” y otros, sincerotes, se quedaron en “Qué puta tristeza”.  Y lo cierto es que ese afán de escribir para despedirse no se apagó con el aguacero del viernes santo. Si es cierto que los periodistas son mensajeros del caudal de información que un día se convertirá en historia, llegará, dentro de medio siglo, o algo así, el momento en que un lector de hemeroteca se vuelva a encontrar con las páginas que contienen adioses y agradecimientos, cual despedida amorosa para un reportero de altísimos vuelos.

 

 

 

31
Jul
13

117 faltas de ortografía: algunas cosas sobre el tema y los libros de texto gratuitos.

Si en su momento alguien le hubiera hecho caso a don Amado Nervo, tal vez, sólo tal vez, otro gallo nos cantara en estos momentos. Hacia 1895, don Amado se engolosinaba con la idea de crear un impuesto ¡a las faltas de ortografía! Calculaba Nervo que, si ese año -y para asombro y envidia de la buena de Guillermo Prieto- el erario nacional se regocijaba con un “excedente” de poco más de un millón de pesos, de aplicar la propuesta fiscal, tal vez el “excedente” ascendería a un par de milloncitos. Así de crítica estaba la cosa, en el México de fines del siglo XIX, con respecto a la ortografía nacional.

No estamos mejor 128 años después. Pero el escandalito de este julio decreciente, acerca de 117 faltas de ortografía en los libros de texto gratuitos que reciben nuestros niños de primaria, fuera de su contexto de el México del siglo XXI, es la inquietud de muchos bienintencionados, la oportunidad de buena cantidad de malintencionados y el delirio de muchos ignorantes que no toman un libro de texto gratuito desde que salieron de la primaria.

Así, escucho a Ciro Gómez Leyva tirarse al drama, asegurando que los libros de texto gratuitos “están plagados” de faltas de ortografía.  Leo que un grupo de diputados del DF, perredistas para más señas, patalea y exige a la secretaría de la Función Pública auditar el proceso de elaboración de los libros de texto y, en consecuencia, sancionar a los responsables de las dichosas erratas.  Más aún: la culpa, sentencian no es  solamente de quienes, en la administración federal anterior elaboraron los contenidos de los libros de texto; también merecen castigo los actuales funcionarios por “no hacer nada” y limitarse a aclarar que, cuando ellos llegaron, el daño estaba hecho.

En un alarde de buenas intenciones rebozadas con ignorancia y de falta de sentido común,  algunas voces se indignan porque los libros se entregaron, en vez de destruirse, corregirse y volverse a imprimir. En suma, variados personajes de la vida pública y política del país están dispuestísimos a quemar en el Zócalo a los culpables de las 117 faltas de ortografía, y si de paso le acomodan un buen raspón a la autoridad educativa federal, tanto mejor.

Pero,  si somos MUY sinceros y estamos dispuestos a la autocrítica, me gustaría saber cuáles de entre los quejosos podrían advertir las 117 faltas de ortografía, en el supuesto caso de que se dignaran tomar un libro de texto gratuito en sus manos. Porque, como en tiempos de Amado Nervo, si se creara el impuesto sobre las faltas de ortografía, y los mecanismos adecuados para cobrarlo, le caería al gobierno una lana muy respetable.

Mala ortografía siempre ha habido -las lenguas venenosas aseguran que don Porfrio Díaz tenía una ortografía atroz, pese a todos los esfuerzos de Carmelita- pero lo cierto es que, durante los gobiernos panistas, esa mala ortografía escaló desde la humildad de la vida cotidiana hasta la presencia masiva de las campañas de difusión del gobierno federal. ¿llevaba gerundios? ¡tanto mejor! ¿estaba mal redactado? ¡qué le hace! ¿el mensaje resultaba críptico? Ah, ¿es que tiene que ser entendible? Así se las gastaban algunos personajes de las oficinas de comunicación social de los sexenios panistas. El razonamiento, por elemental, resulta lastimoso: si hasta cierta publicidad resulta incomprensible (como el “soy antillano ¿y qué?” o la rídícula “capiseñal”), o si “así lo aprobaron en comunicación social de Presidencia” [caso de la vida real], entonces no hay problema en ejercer la ignorancia propia, con plena confianza en la ignorancia ajena. No, definitivamente eso de escribir bien no se les daba. Eso sí, eran valientes. No les daba miedito salir al mundo a exhibir sus limitaciones.

No son ganas de aligerarle la bronca a las actuales autoridades de la  SEP. Desde luego que los libros que llegan a manos de nuestros pequeños debieran estar lo mejor hechos posible, y ese “lo mejor hechos posible” debe incluir, naturalmente, una buena ortografía y una buena redacción. Pero rehacer una edición de poco más de 223 millones de libros de texto gratuitos, honorable público, no es chamba menor.

Y aquí el asunto se vuelve una ecuación “perder-perder”. Porque si se hubieran retirado los libros con faltas de ortografía, ello hubiera significado corregir contenidos, y repetir el proceso de edición e impresión, y después el de distribución. Habría implicado, probablemente, el enviar por los libros ya entregados a diversos almacenes regionales, porque en los estados, salvo contadas excepciones, no hay infraestructura para mandar a la picadora los libros “plagados” de faltas de ortografía. Habría implicado, por tanto, el retraso de la entrega de los libros de texto gratuitos. Y se llegaría el inicio de clases sin que los libros estuvieran -como sí ocurre cada año- en todas las escuelas del país. Y aquí, público inteligente y conocedor, sería el momento del chirriar de dientes y del crujir de huesos; se armaría una bronca que Dios guarde la hora, donde las autoridades educativas estatales le echarían la culpa a sus colegas federales y a la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos; los maestros dirían que no pueden trabajar a satisfacción porque faltan los libros, y los padres de familia, indignados tirando a encabronados, incordiarían a cuanta autoridad escolar se les atravesara, para saber cuándo llegan los libros; los opinadores profesionales -como Ciro Gómez Leyva- que no ven más allá de sus narices, clamarían por un castigo para los irresponsables que dejaron sin libros de texto gratuito a los escolares mexicanos, valiéndoles gorro todo tipo de explicaciones acerca del lógico e inevitable retraso debido a la macrocorrección; diputados de todos colores se indignarían y llamarían a comparecer al secretario Chuayffet para que les explique por qué los libros no han llegado, etcétera, etcétera, etcétera. Ante tal escenario, horroroso ciertamente, creo que la autoridad educativa federal optó por el mal menor: los libros, perfectibles, estarán en todos los salones de clases con el inicio del ciclo escolar, como ha sido desde hace 53 años.

Mi personalísima hipótesis es que la propia SEP hizo circular el dato de las 117 faltas de ortografía en cuanto detectó los problemas, o en cuanto revisó el diagnóstico que hace 4 años se hiciera sobre el proceso de elaboración de los contenidos de los libros de texto gratuitos y que hoy comenta una nota de El Universal que pueden leer aquí. De ese modo, efectuó un control de daños razonable -por esa ecuación perder-perder de la que hablo es imposible un éxito del 100 por ciento- para dejar claro que los culpables de las faltas de ortografía no están en las filas de la actual administración federal.

Con todo, nadie ha visto publicada la lista de las 117 faltas de ortografía.  La autoridad educativa anunció ayer, martes 30, que se elaborará una fe de erratas que tendrá formato de impreso o soporte digital para que los profesores la apliquen a la hora de trabajar con los libros.

Mejor aún: dice el secretario Chuayffet, quien, me cuentan, es un hombre cuidadoso con el uso del lenguaje, que solicitará a la Academia Mexicana de la Lengua que un comité formado por algunos de sus ilustres integrantes, revise los libros de texto antes de que se vayan a producción. si esto ocurre, Chuayffet no estará haciendo ninguna novedad: los primeros libros de texto gratuitos, hechos en 1959, tuvieron como revisores finales a dos académicos de altísimo nivel en el manejo del lenguaje, condición que nadie les escatima: Jaime Torres Bodet, entonces titular de la SEP, y Martín Luis Guzmán, director fundador de la Conaliteg. Nada menos.

Además, no viene mal recordar que, entre los vocales y consejeros de la Conaliteg en aquel ya un tanto remoto 1959, se contaban personajes como José Gorostiza, Agustín Yáñez, Arturo Arnáiz y Freg y Alfonso Caso. Personal de lujo, la verdad.

El tiempo pasa y los hombres y los gobiernos cambian. Igual ocurre con las necesidades de los países. No creo que haya necesidad de un nuevo Torres Bodet o de un Vasconcelos en la SEP. Basta, eso sí, con alguien que sepa tomar decisiones, elegir de entre el menor de los males, y que no tire la lana pública por quedar bien con los círculos políticos y mediáticos. Con que la fe de erratas circule,  basta.

Algunos maestros la aplicarán  con la conciencia tranquila. Otros maestros la aplicarán y aprenderán unas pocas cositas más (ups).  No les vendría mal a los opinadores y a los legisladores echarle una leída a la fe de erratas; puede que también aprendan algo. Y a como andan los chamacos de primaria en ortografía, tendrán 117 errores potenciales menos.  Aún me gusta mucho la propuesta de Amado Nervo: multa al que cometa faltas de ortografía.

DATOS SOBRE LOS LIBROS DE TEXTO GRATUITOS, PARA QUIEN SABE POCO SOBRE LOS LIBROS DE TEXTO GRATUITOS:

  • En 1959, la Conaliteg produjo casi 18 millones de libros de texto gratuitos prácticamente de la nada. Nadie había hecho un tiraje de ese tamaño antes, nadie había producido el papel para imaginar ese tiraje; ni siquiera había una imprenta que pudiera asumir la producción masiva de libros. Por eso, aquellos primeros libros se hicieron en los talleres de Editorial Novaro, que muchos recordamos porque producía los “cuentos”, las historietas que leímos en nuestras infancias. El asunto, de proporciones casi heroicas para las condiciones de la época se hizo solamente en 10 meses. Don Martín Luis fue el único que dijo “sí puede hacerse”.
  • En este siglo XXI, solamente la producción de libros de texto gratuitos de primaria es de 151.3 millones de libros. Si le sumamos lo que se produce para preescolar, los libros de secundaria que se compran a las editoriales privadas para entregarse a los chavos de las escuelas públicas de ese nivel, los libros en braille, los libros en lenguas indígenas, los libros de historia y geografía para cada entidad federativa, los libros para los peques con debilidad visual, y los libros para los alumnos de telesecundaria, son más de 238 millones los libros distribuidos este año. Ningún otro país hace eso.
  • En sus orígenes, la Conaliteg era la responsable de la hechura total de los libros de texto gratuitos: contenidos, producción y distribución. Hoy día, y desde los tiempos de José López Portillo, la Comisión es responsable de la producción y la distribución de los libros. La elaboración de los contenidos es atribución de la Subsecretaría de Educación Básica, por medio de su Dirección General de Materiales Educativos.
  • Este cambio en el proceso de elaboración ha provocado, a pesar de los años que han transcurrido desde entonces, algunos equívocos. cada vez que se detecta un problema con los contenidos de los libros de texto gratuitos, la bronca aterriza en la Conaliteg, entidad que, hay que decirlo, ha sido sumamente educada al no señalar con el dedo a sus colegas de la SEP, cada vez que hay un problemita de estos.
  • Si bien la Conaliteg es responsable del reparto, a todo el país, de los libros de texto, su trabajo llega hasta los almacenes regionales de cada estado. El “trabajo hormiga” que consiste en llevar a cada escuela los libros, corre por cuenta de las autoridades educativas estatales.
  • Cada cierto tiempo, hay bronca y polémica por los contenidos de los libros de texto gratuitos. La historia, la educación sexual, el trasfondo ideológico, las ilustraciones.  La ortografía se suma a la lista.  En 1962, un grupo reaccionarísimo de Monterrey acusó a la SEP de producir “libros comunistas”, porque en ninguno de ellos aparecía la expresión “propiedad privada” (!). Con un dejo de venganza, Martín Luis Guzmán mandó a hacer una revisión despiadada, diría yo, de los libros escolares que defendían los críticos del libro gratuito. El resultado era más aparatoso que el de este 2013: mal puntuado, palabras mal empleadas, redacción pobre, y, lo que más les preocupaba a los asesores pedagógicos de don Martín, planteamientos despegados de la realidad, como plantas que hablaban con los niños y cosas así.
  • Sobre las 117 faltas de ortografía: si tomamos en cuenta que los 117 errores se localizan en los 42 libros que componen el juego de libros de texto gratuito para primaria,  hay, en promedio, algo así como 2.7 faltas de ortografía por libro, que, en general, tiene 200 páginas. Dicho así, suena menos histerizante, pero no menos importante. Y sospecho que el indicador es menor al promedio de erratas por título de algunas editoriales comerciales.
  • Todo este mitote sirve para recordar lo importantes que son en nuestra cultura los libros de texto gratuitos, aunque le duelan a los Schettino (Macario) y a los Zuckermann (Leo), que desearían verlos desaparecer -lo han dicho en televisión- porque no forman parte de la cultura de una “democracia liberal”. No les vendría mal una cubetada de realidad, para saber que aún hay hogares mexicanos, muchos, donde los únicos libros que hay, son estos. Tampoco les vendría mal saber que hay muchos mexicanos que tienen un fuerte vínculo afectivo con los libros de sus años escolares.  Son perfectibles, ciertamente. Y no somos un país escandalosamente próspero que pueda darse el lujo de desaparecerlo. Esa es la realidad, nuestra realidad. Lo que sí es deseable, es que no tengan faltas de ortografía, para empezar.
28
Nov
11

Para los amigos: “Así eran mis libros…” Muchas historias por contar.

  Hay muchas historias del pasado que ya ha dejado de ser reciente, pero que aún no ocupa espacio en el mundo de lo antiguo, y que merecen ser contadas. Y lo que cuento en “Así eran mis libros…” La colección pictórica de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, es una de ellas. Es un libro de recuerdos, de memorias, de cómo una imagen le devuelve la infancia a muchos mexicanos. De cómo es que recordamos y conservamos algunos de los días más felices de la existencia: los días de escuela, cuando los ha habido con tranquilidad y estabilidad. Ojalá todos pudieran tener buenos recuerdos de esos días; pero el pasado, para que sirva de algo, mientras menos idílica su reconstrucción, mejor. Pero este es un libro donde hablo de buenas intenciones y de gente que estuvo decidida a concretar  ideas que llevaban rumiando alrededor de medio siglo, en el mejor de los casos, y que habían escuchado de labios de sus maestros o de sus amigos.

El libro de texto gratuito, como fruto del diseño de políticas públicas, como garante de la gratuidad educativa, como continuador de un proyecto educativo que, duélale al que le duela, habla de una visión del mundo que muchos asocian a lo que de revolucionario haya habido en los movimientos sociales y armados ocurridos en este sufrido país entre 1910 y 1921, es una realidad que aún inquieta, irrita, molesta a algunas buenas conciencias. Pero el libro de texto gratuito es una gran cosa, perfectible, con temas y puntos sujetos a discusión, pero que muestra, entre otras cosas, uno de los mejores proyectos del Estado mexicano, y, por cierto, es la muestra de que, cuando una política social demuestra sus beneficios, hasta los vaivenes de la alternancia puede soportar. Acá les comparto la portada, ya empezamos a hablar de estas y otras cosas, guardadas en el cibertintero, mientras  escribía estas historias de imágenes y libros.

18
Sep
11

Después del Grito: les presento a mi equipo de apoyo moral.

Con todo y caballo, listo para la acción.

Seguro que  a algunos no les va a caer bien y a otros sí. Pero este tierno Miguel Hidalgo de trapo fue mi compañía cotidiana durante cinco años, en una hermosa oficina de San Ángel. Una de las complicaciones de la vida pública es la batalla diaria contra el marasmo de la burocracia; contra el “no se puede”, contra el “para qué”, contra el “no” por sistema, contra los teléfonos que pueden sonar hasta la histeria sin que a nadie le dé la gana extender la mano para tomar el teléfono, aunque no sea el que les toca.

El cura Hidalgo, entero como siempre.

Por eso este Hidalgo se quedó cinco años en aquella oficina mía de hace varios años. Cada vez que alguna visita preguntaba por él, siempre era presentado como el “equipo de apoyo moral”, que a veces era necesario para librar la batalla cotidiana.

Hoy, cuando esa oficina apacible es también asunto pasado,  mi Hidalgo sigue aquí. en el camino le pude conseguir una hermosa montura que pinté de color turquesa. Parece que le gusta.  A mí también. Por eso sigue acá, en los días que corren, como responsable del apoyo moral que permite indignarse cuando uno se asoma a la miseria, a la podredumbre, a la mezquindad política. De esos había hace 201 años y de esos hay ahora. Por si se necesitara para hacer frente a todo esto, un simpático José María Morelos se suma a la tropa. ¿Quién podría temer algo del mundo con tan ilustre compañía?

Estas son compañías de las que no se cambian. Lealtad a toda prueba.

 

11
Jun
11

Obispo, virrey y beato: don Juan de Palafox y Mendoza

Pues ahora resulta que Benedicto XVI rescata del olvido a un virrey de la Nueva España, que era, además, obispo, y, por lo que se sabe, hombre de armas tomar. El domingo pasado, y con la lectura de la Carta Apostólica  expedida por el papa Benedicto XVI, que formaliza la inscripción de don Juan de Palafox y Mendoza en el Libro de los Beatos de la Iglesia Católica, quedó atrás uno de los pleitos político-religiosos más formidables de la historia de la Nueva España, que retrasó, en más de 300 años el proceso que reconocía como santo varón y sujeto de culto al que fue Virrey en estas tierras de junio a noviembre de 1642. Si hay rencores añejos, donde se juegan poderes y voluntades de liga mayor,  el que ciertos integrantes de la Compañía de Jesús le profesaban a don Juan, merece entrar en esta categoría.

Juan de Palafox y Mendoza nació en 1600, en Fiterro, en el reino de Navarra. Su vida es novelesca de entrada, pues era hijo ilegítimo de Jaime de Palafox, Marqués de Ariza y de una “dama noble” cuyo nombre no ha llegado hasta nuestros días. Cuentan sus hagiografías que, recién nacido y como Moisés del siglo XVII, fue arrojado a las aguas de un río, y salvado providencialmente. Después de esta circunstancia providencial y milagrienta, se cuenta que, en sus primeros años, hasta pastorcillo fue. Como desde el mismo día de la muerte de don Juan, sus cuates y amigos empezaron con la ventolera de subirlo a los altares en calidad de santo, muy pronto circularon biografías donde se narraban con deleite las afortunadas casualidades, no exentas de la ayudita divina, que habían permitido a don Juan crecer y llegar a ser el santo varón que fue.

Cuando contaba con diez años, insisten los hagiógrafos, su existencia da un giro y lo inserta en la vida de las élites españolas del siglo XVII: fue reconocido por su padre el marqués, y en adelante recibió la educación esmerada que convenía a su linaje y posición. Llegaría a ser doctor en derecho canónico. Así inició su carrera política.

De representante del marquesado de su padre, saltó a fiscal del Consejo de Indias en 1629 y con el tiempo se colocó como servidor cercano de la familia real, en tiempos de Felipe IV: funcionario y confesor de infantas, no cabe duda de que la habilidad política le ayudó a ganarse la buena voluntad del rey, quien lo nombró, en 1639, Obispo de Puebla.

Palafox llegó a la Nueva España en 1640 y se quedó hasta 1649, y alternó la dignidad eclesiástica con el cargo de Visitador de los Ministros y Tribunales novohispanos. Llevó los juicios de residencia de tres virreyes y sucedió al Marqués de Villena, depuesto bajo sospecha de deslealtad, traición y una sospechosa simpatía para con los portugueses. Era pues, evidente que Palafox era gente de confianza del monarca español y a la sombra de esa confianza, se convirtió en uno de los personajes que más poder concentró en sus manos, en esos tiempos que llamamos coloniales o virreinales.

El respaldo de Felipe IV le dio a Palafox la fuerza necesaria para librar algunas batallas que, a mediados del siglo XVII resultaban sencillamente estremecedoras. Claro, el apoyo real no hubiera servido de nada si no fuera porque don Juan, por lo que hoy podemos inferir, santo varón y todo, era político de liga mayor, y perro cuando la ocasión lo requería. Sus hagiógrafos afirman que se dedicó a combatir la holganza y la deshonestidad en el ejercicio del gobierno virreinal, lo que le ganó abundantes enemigos. Abrió otro frente cuando se dedicó a arrancar las parroquias de su jurisdicción de las manos de las órdenes religiosas para trasladarlas a la operación del clero secular. Evidentemente, las órdenes se resistieron en el más puro estilo de perro que se niega a devolver el hueso, pero a don Juan el asunto no lo atemorizó ni tantito. Nadie le regateaba su capacidad y su talento, pero seguro que no era, en sus días,  el tipo más popular de la vieja Puebla de los Ángeles.

Por sonado, es famoso el enfrentamiento que sostuvo con la poderosa Compañía de Jesús, por un asunto de diezmos: los jesuitas sencillamente se negaban a entregar al obispado las sumas recolectadas. Encima, se negaban a presentar sus licencias para predicar y confesar.

El pleito era mucho más que un asunto de dineros y de jesuitas mañosos. En la disputa, lo que se libraba era la supremacía de la autoridad real sobre las cuestiones administrativo-religiosas. Para Palafox, pese a su condición de eclesiástico, no había duda: el rey español era la suprema autoridad en los reinos de la América, y no iba a ser la Compañía de Jesús, por extensa, fuerte y rica que fuese, la que iba a poner en duda tal condición. El enfrentamiento acabó cuando la corona española llamó a Palafox de vuelta a España, a ocupar el obispado de Osma, donde murió en 1659.

Bien pronto se habló de proponer la canonización de Palafox. Pero en esta historia de grandes pasiones y grandes poderes, los rencores fueron hondos y duraderos. En los 150 años que siguieron, la Compañía de Jesús se dedicó a bloquear, por todos los medios posibles, el proceso de santificación del obispo virrey, a grado tal que la causa se arrancó dos veces, una en Osma, en 1666 y otra en Puebla, en 1688. Los jesuitas, haciendo gala de su persistencia y su capacidad operativa, se dedicaron a una y mil grillas para cerrarle el paso a don Juan y evitar que algún día le llegaran a poner velas en los altares. Escribieron libelos venenosos, esparcieron maledicencias. Incluso, llegaron a grillar y presionar al Santo Oficio, hasta que consiguieron un edicto de prohibición para las obras completas de Palafox.

La tenacidad de los partidarios del obispo virrey llegó, solamente, a conseguir para Palafox el título de “Venerable”. Hasta 2004 se aprobó la propuesta por la Congregación para la Causa de los Santos y sólo en 2009 se dio por bueno el milagro que se atribuye a su intercesión, ¡que había ocurrido en 1766! Ese fue el paso final para convertir en beato a don Juan de Palafox, y, supongo, que a estas alturas, ya no habrá jesuitas que rumien el siguiente round en la batalla que sostuvieron con este personaje singular, cuyo recuerdo aún pervive en la ciudad de Puebla, que, hasta donde se sabe, recibirá por estos días, algunas reliquias (y dale con los huesos) del beato Palafox, ya que el obispo nunca llegó a ocupar el espacio que alguna vez pensó sería su tumba, allá en la catedral de la ciudad donde fue obispo, y donde vivió los años más intensos de su vida.

15
Abr
11

de mujeres e historia(s) 3: asuntos de damas (historiadoras) contemporáneas.

Traigo varias cosas atoradas en el cibertintero. Una de ellas,  que tiene que ver con un peculiar congreso de mujeres que en marzo hubo en la ciudad de México, con la parafernalia de un encuentro de alto nivel. El pequeño detalle es que, con los años, hay cosas que cambian, como por ejemplo, la idea de “congreso”. En esta ocasión, El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, repartió unos blocks para notas verdaderamente buenísimos (ustedes disculpen: tengo una afición enfermiza por los cuadernos bonitos), folletitos muuy bien impresos en muy buen papel  (o sea, allí había LANA) y hasta un pin -que desde luego NO me puse- con el emblema de este mentado Congreso. Casi un mes después del mitote, la perra duda me jalonea una bota: esto, ¿como para qué? ¿como para qué armamos tantos jaleos semiprivados cuando afuera la gente pide soluciones desde la realidad para la realidad?

Metida en la perpetua tensión entre la vida intelectual y la emergencia periodística, es que me apersoné para escuchar la mesa de historiadoras del primer Congreso Internacional “La Experiencia Intelectual de las Mujeres en el siglo XXI”. Me abstuve de la mesa de periodistas por dos razones: primero porque con los años me vuelvo fundamentalista en materia de periodismo y creo que no hay periodismo de mujeres y de hombres; hay bueno o mal periodismo, y dos, porque con los años que llevo de estar escuchando lo mismo, me da absoluta flojera estar escuchando el plañir y plañir del gremio sobre la libertad de expresión, los ataques a la libertad de expresión y lo que deberíamos estar haciendo para defender la libertad de expresión, sin que haya podido fraguar una mugrosa asociación de periodistas sólida porque: tarde o temprano, algunos acaban llevando agua a su molino, y entonces las asociaciones que en algún momento tuvieron peso moral acaban por convertirse en “el negocio de…” como le he escuchado a varios amigos mayores que yo referirse a los proyectos de otros amigos, también mayores que yo.  Épocas hubo,  hace ya varias décadas, en que la ya muerta y enterrada UPD (Unión de Periodistas Democráticos) tenía como dirigente al Búho Valle (Eduardo Valle), con la consecuente grima y tirria que muchos podían agarrarle al asunto; días hubo que escuché a un buen amigo, fallecido hace años, Fausto Fernández Ponte, referirse a otro personaje como “teórico de la comunicación”, y después, muerto de risa, pasaba a cronicar cómo el referido individuo había chillado sus desventruras y su cansancio y su horror a los cuatro días de haberse iniciado como reportero en el viejo Excelsior (viejo de hace como 35 años o por ahí). Uno de los refranes que uno le aprende muy pronto a los de la “vieja guardia” periodística es que “perro no come perro”… en público, porque a muchos de ellos los he escuchado hablar horrores de sus cuates, ex cuates y ex compinches. Pero esto de los periodistas da para mucho más que ha de decirse en otra ocasión.

Lo cierto es que, si lo más que podemos hacer a estas alturas del partido es pregonar la firma de un acuerdo -concretada por los dueños de los fierros, o sea, de los periódicos, las radiodifusoras o las televisoras, personajes todos que ninguno es (y resulta solo probable que haya por ahí algunas excepciones) periodista- que será lo que como gremio querramos o permitamos que sea, porque habemos muchos desengañados o escépticos o decepcionados de las agrupaciones gremiales, es que algo anda podrido en Dinamarca.

De modo que esta vez quise escuchar a las historiadoras, empezando por la persona a quien se le encomendó moderar el numerito, a mi muy, pero muy querida Josefina Zoraida Vázquez, ante quien se cuadran historiadores y no historiadores, señora de carácter rotundo y que no se arredra ante nada. Yo quiero ser como ella cuando crezca, se lo he dicho a muchos de los amigos. Y, desde luego, la doctora Josefina contó cosas interesantes, que habla del peso que las historiadoras tienen en el desarrollo de la disciplina, y de algunos otros asuntos llamativos.

Comenzó por apuntar que “cuando no había tantas mujeres entre los historiadores”, se hacía una historia que hoy llamaríamos, dice ella,  “la oficial”, en una interesante interpretación que echa por tierra los rollos de los que acusan al Estado mexicano de tramar oscuros complots para ocultarle el pasado a los inocentes ciudadanos. Pues no. La doctora Josefina hablaba de esa “historia oficial” como los temas y líneas de trabajo que predominaban en esos días cuando la historia era todavía un coto de caza predominantemente masculino. “Una historia de héroes, villanos, buenos y malos, dentro de la historia política y la historia de las guerras”.

“Esa historia” -añadió- “cambió radicalmente”.  Ya no hay líneas de trabajo “para mujeres” (de veras que me cuesta trabajo imaginarme esos días). Josefina Zoraida Vázquez opina que las mujeres destacan, y mucho, en diferentes campos de la historia como disciplina del conocimiento humano; que hemos favorecido el desarrollo de la historia cultural y la historia social. Y asegura que, en otros tiempos se vivieron episodios discriminatorios. Recordó que ella llegó a reclamar que sus ingresos fueran menores que los de algún colega varón con menores medallas académicas. “Es que está casado y tiene que mantener casa”, le llegaron a responder. No me quiero imaginar la mirada que la doctora Vázquez debe haberle lanzado al lejano interlocutor. A la distancia de los años, ella opina que, en el contexto de lo que la disciplina ha cambiado, “son cosas, en el fondo, poco importantes”. Con todo, subraya, y yo creo que con un cierto dejo de malicia, “aún no hay una rectora de la UNAM o una presidenta de El Colegio de México”. Bueno, hoy tenemos ya a una Procuradora General de la República, hecho que avizoró años ha, Epigmenio Ibarra en esa peculiar telenovela que se llamó “Nada Personal”.

Las experiencias de las historiadoras asistentes -y que hablaron- son contrastantes. Porque lo malo de un encuentro como este, es que se reduce a un conjunto de mesas redondas, con eco de las terapias de grupo, donde un conjunto de mujeres cuentan cómo les ha ido en su empeño de abrirse brecha en un mundo que de antemano se considera masculino, y viven para contarlo con satisfacción. No sé bien qué les deja a las generaciones que ahora se plantean cómo remontar las crisis subsecuentes, las persistentes discriminaciones en algunos sectores de la sociedad o los raptos de agresión que menudean, chiquitos y grandes, en la vida diaria. A poco del encuentro, aparecieron planas pagadas en algunos periódicos citando algunas frases pronunciadas por  algunas de las damas asistentes. Una de ellas decía “que se oiga muy fuerte lo que se ha dicho aquí”,  o algo por el estilo, pues cito de memoria. Yo nada más pregunto: ¿y como para qué? ¿Como para qué que haga menos dolorosa la vida de muchas mujeres, más de las que nos imaginábamos, que a diario sufren de alguna forma de violencia?  Creo que los enfoques de género (y génera, como dice con mordacidad Arturo Pérez-Reverte-  que no se traducen en hechos palpables y tangibles, poco favor hacen a la gente involucrada.

Lo que es cierto, es que después de escuchar a las tres historiadoras invitadas, una argentina, una colombiana y una estadounidense, hay cosas interesantes qué pensar; más allá de la Historia como campo del conocimiento: señales de memorias recientes y circunstancias peculiares, interesantes de contrastar con el pasado mexicano, a saber:

Primero, que estos asuntos de la censura en las diversas disciplinas del conocimiento, no son cuestiones remotas y alejadas: según cuenta la historiadora argentina Marcela Ternavasio, en su patria, la profesionalización de los historiadores despegó hasta que se cayeron las dictaduras militares. En ese sentido, se trata de generaciones que no experimentaron esos problemas de discriminación femenina que aparecen en otras latitudes. Lo interesante es que la señora argentina contaba cómo hubo “libros prohibidos” -sí, un index de la dictadura- para los estudiantes de Historia de aquel entonces. Lo que llaman profesionalización (desarrollo de áreas de investigación, proyectos, becas) sólo llegó con “la democracia”, y son ellos, esas generaciones, los que, al alimón con su militancia política van construyendo la estructura profesional del “ser historiador” que no es lo mismo, aclara, que ser “profesor de historia”.

Una señora a la que hemos leído bastante en México  la estadounidense nacida en Cuba Asunción Lavrín, autora y/o coordinadora de obras de hará unos veintimás años sobre la vida sentimental de los novohispanos, muy cercana generacionalmente a la doctora Josefina Zoraida Vázquez, llegó a hablar de cosas que me entusiasman y que son para darle escalofrío a más de cuatro historiadores que yo me sé. ¿Por qué? porque, para empezar, doña Asunción afirma con una traviesa sonrisa que “nunca me he llamado una historiadora científica” -Aquí me afloró la risa y la sonrisa, que se agrandaron cuando agregó: “eso de las “ciencias históricas” me suena un poco hueco”.

Como hizo de la Historia su carrera en el mundo estadounidense, cuenta que no vivió estos incidentes de desigualdad de los que hablaba doña Josefina y que ella llamó “división genérica de la historia”. Pero apunta, como dato útil, que a fines de los años 70 y principios de los 80 del siglo XX  “se abren las puertas en Estados Unidos” para hacer la historia de las mujeres. Por eso ella optó por trabajar sobre las “mujeres que no son buenas”, las mujeres que no seguían necesariamente las normas del buen comportamiento que, se opinaba entonces, le garantizaba a una mujer una pareja aceptable, la felicidad terrenal y la gloria ultraterrena.

Como de eso a la fecha han transcurrido algunas décadas, cuenta doña Asunción que ahora sus intereses van sobre la masculinidad novohispana: frailes y órdenes mendicantes, y acaba por concluir que la historia puede ser vista como un desarrollo con interacción entre hombres y mujeres (pues, ¿qué no es eso?, digo yo).

En sus comentarios a esta parte, doña Josefina soltó algunos de esos juicios que me hacen quererla tanto. Primero, subrayar la manía que tenemos en América Latina a “mirarnos el ombligo” en cuanto a temas de investigación y estudio. Segundo, que, a como van las cosas en materia de migración a Estados Unidos, “estamos reconquistando en Estados Unidos la parte que perdimos”, y tercero, una enseñanza de Daniel Cosío Villegas, respecto a temas y personajes que no necesariamente nos despiertan simpatía, como Estados Unidos: “es como estudiar a los escorpiones: para estudiarlos no es necesario amarlos“.

La historia de contrastes la ofreció la colombiana Ana Catalina Reyes, quien aseguró que, en su país, la generación de los años 50 es la protagonista de la ruptura con el arquetipo femenino. Y cómo no, reflexiona uno, cuando asimila algunas fechas interesantes que dan para el contraste: desde luego, la Revolución Sexual de los 60 y 70 del siglo XX.  Pero estas son más llamativas: las mujeres empezaron a ir a la Universidad hasta 1940. Como en Colombia no se dio un proceso secularizador como la Reforma mexicana (para que vean una de sus numerosísismas utilidades, digo, por si hubiese alguien que las pusiera en duda) , las mujeres de allá tienen derecho al voto en 1955, lo cual no tendría mucha diferencia con el caso mexicano, que data de 1953. Lo relevante es que el matrimonio civil tienen validez exclusiva hasta 1980, y sólo hasta 1991 hubo una ley de divorcio.

Eso explica que las primeras generaciones de historiadores colombianos vayan despacito y con calma: los primeros planes de estudios que revelan la “profesionalización” del gremio como la generación de especialistas e investigadores no surgen sino hasta los años 80 y dirigen sus baterías contra la “historia tradicional” (donde, donde he escuchado eso…) y una de sus primeras metas fue desarrollar, en un plazo de tres años, la recuperación de la presencia histórica femenina en Colombia.

En este punto, doña Josefina señaló las “ventajas mexicanas”: los beneficios a nuestro mundo intelectual y formativo que trajeron primero los exiliados españoles y luego los exiliados latinoamericanos, con la precisión de que El Colegio de México fue fundado por mexicanos. Un segundo punto, es que tiene muchos años que esa ruptura con la historia tradicional se dio en nuestro país, y, desde luejo, ejemplificó con las heterodoxias de don Edmundo O´Gorman.

Buen rato, de verdad. Pero, a mí me sigue fastidiando, como mosco imprudente, el susurro de la perra realidad. ¿A quién beneficia este tipo de encuentros? ¿Qué ganamos como género y génera? ¿Qué proyectos, qué apoyos, qué trabajos se derivan de esto? Los encontronazos con el México real, con el de las mujeres que ahorita andan averiguando si entre esos 145 cadáveres desenterrados en Tamaulipas están sus maridos, sus hermanos o sus padres. Ya me dirá alguien que una cosa no soluciona a la otra. Y ya lo sé. Pero, ¿por qué no podemos alentar una cosa y, al mismo tiempo, con entereza y decisión, resolver la otra?




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