Posts Tagged ‘Enrique Krauze

24
Oct
10

Cinema Bicentenario: “Una escena de sexo con el Padre de la Patria”

 

Mientras suena el jarabe “El Cupido”, que forma parte de la excelente banda sonora de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada”, le seguimos a todas las ideas que pueden desprenderse de esta, a no dudarlo, la gran película del Bicentenario. Pese a todos los reclamos de tipo histórico, inevitables cuando aparece una película como esta.

Pero en este caso, me pregunto si las obsesiones con el rigor sobre la reconstrucción del pasado son suficientes como para criticar a esta película maravillosa. Atendiendo a la tercera ley de la dialéctica (una de las cosas que uno aprende al pasar una temporada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM), yo diría que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Este factor permite que, a historiadores de mucho nombre, y c0nscientes de esta máxima, “Hidalgo, la Historia jamás Contada” no solo les parezca buena, sino que encima les guste, y, en algunos casos, hasta les guste mucho.

A veces, la obsesión por el rigor histórico impide hasta la experiencia lúdica. He escuchado algunos comentarios, provenientes del gremio de historiadores, negativos a tal magnitud, respecto a algunas de las películas del Bicentenario, que a ratos creo que sería necesario poner afuera de la sala un letrero: “Si usted es historiador, y se dedica a la investigación, en el ámbito estrictamente académico, mejor ni entre. Lo más probable es que no le guste. Le sugerimos ir a la videotienda más cercana, a ver si en la sección de documentales encuentra algo de su agrado”. Y entonces todos estaremos contentos. Algunos personajes no harán berrinches memorables y nosotros podremos disfrutar la película.

Por eso esta vez es muy de elogiarse la actitud de Enrique Krauze,  que dedicó el domingo pasado su artículo del periódico Reforma a “La Historia jamás contada”. El texto me pareció atinado, muy, muy recomendable, porque el gran divulgador que es Krauze admite que entró al cine con el recelo del historiador. Pero en el momento de la verdad, cedió a la oferta, a la propuesta, a la tentación de mirar a este Hidalgo humano, capaz del error, como todos; tal vez Hidalgo sin bronce ni pedestal como en pocas, poquísimas ocasiones lo volveremos a ver. Krauze, el historiador, el divulgador, fue capaz de acallar a ese pequeño demonio que suele anidar en algún punto del cerebro de los historiadores, y que tiende a patalear cada vez que siente que “algo”, no importa si es pequeño o grande, si es relevante o irrelevante, “distorsiona”, “falsea” los hechos. Del pataleo se pasa al enojo y del enojo a la santa indignación. El resultado es que la víctima no disfruta la película, sale frustrada y enojada a tal grado que puede afirmar que una muy hermosa película es una “mala película” porque no cuenta lo que le gustaría que contara: Tan, tan, otra vez la puerta. Oh, qué moler. “¿Sí, diga?” -“quiero reclamar las falsedades históricas de la película”. -“Mire, esta es la puerta de las historias de amor y de las sonrisas que seguramente tuvieron los personajes de la Historia con mayúscula. La sección de documentales históricos está dos calles más abajo. Que le vaya bien, porque, acá, nosotros nos la estamos pasando bomba. Además, qué le cuento, hay como cinco perros en esta fiesta, dispuestos a salir a ahuyentar a las visitas amargosas. Usted disculpe”. La puerta vuelve a cerrarse y las buenas conciencias históricas, mejor harían en caminar dos calles abajo, donde les puedan restañar las heridas.

Este comentario de Krauze sobre la película no tiene desperdicio y ubica bien los méritos de la cinta: “Tiene ritmo, belleza y encanto. Como historia, introduce una sana irreverencia y transmite admirablemente el drama psicológico y moral de Hidalgo”. El historiador admite que en la película hay “hechos falsos, no probados, inexactos e inverosímiles”, pero aún así, elige quedarse con ese “Hidalgo enamorado”, paráfrasis de esa otra película preciosa, “Shakespeare enamorado”.

Para los que tengan dudas de los detalles históricos corregibles, se puede decir que algunos, la mayor parte, son menudos y algunos más notables:  ahora ya sabemos que a Hidalgo no lo corrieron de mala manera del Colegio de San Nicolás,  que ni su traslado al curato de Colima (no mencionado en la película) ni a San Felipe Torresmochas, fueron castigos, que Hidalgo no veía como una degradación el convertirse en un parroco (cuando, además, iba a ganar bastante más dinero que como rector de San Nicolás), que malamente el obispo de Valladolid, Antonio de San Miguel, podía haber sido su enemigo, después de premiarlo por sus disertaciones teológicas con unas buenas medallas de plata y los generosos calificativos de “abeja industriosa” y “hormiga trabajadora de Minerva”.  Quizá el más relevante, que sí transgrede lo que hoy sabemos de la relación entre Miguel Hidalgo y Manuel Abad y Queipo, es que eran amigos, y que además, el pobre de Abad y Queipo, que se fastidió históricamente el día que emitió el edicto de excomunión contra Hidalgo,  tenía interesantes coincidencias de pensamiento con el cura de Dolores. No obstante, no es un Abad y Queipo “inventado”; puede que sea falso, pero no irreal: es el personaje que muchas generaciones de mexicanos imaginaron; el que aparece en el cuadro, a estas alturas legendario, pintado por Siqueiros y que hoy día forma parte del patrimonio de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo; en ese imaginario masivo, sin matices, Abad y Queipo es el personaje que excomulga con violencia al “padre de la Patria” y ninguna otra cosa más. Pobre hombre.  La verdad es que, para cumplir su función narrativo-dramática de enemigo, era bueno cualquier otro señor que no se apellidase Abad y Queipo. Pero eso no es culpa (ni siquiera es culpa) de Antonio Serrano, director, ni de Leo Mendoza (guionista), es el imaginario histórico que, como podemos ver, durante años ha sido el que poseen los mexicanos y que, pese a todas nuestras pretensiones de replantear mucho del conocimiento sobre el pasado que tenemos como sociedad, no lo hemos logrado por completo.

Romance y tertulia para el padre de la patria

Krauze apunta un matiz interesante, pero quizá ya en los linderos del lenguaje de los historiadores: la película no muestra “la historia jamás contada”, sino la “historia nunca probada”, particularmente en el terreno de la vida sentimental de Miguel Hidalgo, pero ese tema, es hábilmente analizado por don Carlos Herrejón en un muy disfrutable ensayo publicado por el semanario Proceso en el número 15 de sus fascículos del Bicentenario, y en él concluye que Hidalgo sí tuvo descendencia, pero no todos los que se dice y no con todas las damas con las que la leyenda suele vincularlo. Es un material muy recomendable en lo que sale la archimentada y multiaguardada biografía escrita por el propio herrejón y que Banamex y Editorial Clío nos prometen para este año.

Resulta un reto, encima de lidiar con tantos historiadores inconformes, lograr construir una narración cinematográfica bella, delicada y que nos trae el eco de lo que pudo haber ocurrido hace poco más de dos siglos.  Por eso me gusta tanto la frase de Ana de la Reguera, que encarna a la amante de Hidalgo, Josefa Quintana, en la película. La actriz, a principios de este año, hablaba de la formidable experiencia que era, para ella, “tener una escena de sexo con el padre de la Patria”. Esa es, a no dudarlo, una de las frases memorables de este año de los centenarios, y, traducido a la película, una de las secuencias que más desconcierta a los que esperan ver, otra vez, al heroico Hidalgo dando el grito en Dolores. Una muy querida amiga, médica, de ese linaje especial de mujeres acostumbradas a vencer obstáculos y, en su profesión, habituada a salir cada mañana a ahuyentar, a la brava,  a la muerte que siempre intenta entrar por alguna rendija del hospital que dirige, me decía, unos días antes del Bicentenario, entre sorprendida (que no escandalizada) y curiosa: “Oiga, Bertha, pero es que en el corto de la película, ¡¡sale Hidalgo cogiendo!!” A ella, que es ginecóloga, le vienen a decir cosas nuevas. Lo que la sorprendía es precisamente, que el señor que se abre camino entre enaguas, olanes y medias -la escena es buenísima- es, precisamente el padre de la patria. Claro que la sorpresa de ella y de muchos otros, disminuye cuando se enteran de que, precisamente, entre el montón de chismes y  denuncias e informes que se hicieron ante la Inquisición en aquellos días de San Felipe Torresmochas, se aseguraba que en aquella casa del señor cura, “la pequeña Francia” o la “Francia chiquita”,  se llevaba una “vida escandalosa”,  protagonizada por “la comitiva de gente villana que come y bebe, baila y putea perpetuamente”. El documento en cuestión, lo firma en 1800 fray Ramón Casaús, que una década más tarde se convertirá en uno de los más violentos críticos de Hidalgo.  Las cartas que comenzó publicando en El Diario de México hacia noviembre de 1810, destinadas a deshacer cualquier rastro de buena reputación que tuviese el cura rebelde,  acabaron por convertirse en un cuadernillo que aún hoy día se consigue y que, dos siglos después, sigue sorprendiendo de tanta dureza y agresividad. Se le conoce, de hecho, como “El AntiHidalgo”.

 Al menos en este año de centenarios, el natalicio de Miguel Hidalgo debió haber sido algo así como el cumpleaños de Beethoven. No por la figura que compramos en la estampa de la papelería, ni por la estatua de mármol, con todo y lo hermosa que es, que preside el grupo escultórico de la Columna de la Independencia, sino con ese dulce ánimo afectuoso que caracteriza, en las historietas de Charles Schulz, a Schroeder, que, sentado ante su piano, aguarda el cumpleaños del músico alemán,  no para tronar cohetes, ni para hacer desfiles. Simplemente, para decirle, suavecito, “feliz cumpleaños”, para apapacharlo con dulzura, para tocar su música.  Algo así tendríamos que hacer con Hidalgo, con Morelos, con todos los héroes, próceres o como los quieran llamar, esos mismos cuyos despojos, ahora pasan el otoño en un salón encortinado de negro (uf) en el Palacio Nacional. “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” es un hermoso regalo de Bicentenario. Gracias a Antonio Serrano, a Leo Mendoza. Me muero de ganas de que ya salga el DVD.

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03
Jun
10

Pasear huesos 3: una novela que ya dura 187 años

Siendo absolutamente estrictos, debiéramos dar gracias de que hay huesos paseables. Para el propósito para el que los queramos. Para dejarlos ahí guardaditos, para exhibirlos, para escribir una novela, eso no importa para lo que quiero decir. Tal ha sido la historia de estos restos humanos, que es de llamar la atención que quede algo más o menos sólido. Pero de esas determinaciones (la solidez) se hará cargo el INAH, responsable, por ahora, de hospedar y mandar al SPA a los padres de la patria.

Y es que desde 1823 se cuentan unas historias impresionantes y que tienen que ver con nuestra afición a las reliquias. Y, al rascar un poco, lo que nos encontramos en aquel lejano 1823, es una disputa por el poder y la trascendencia entre un emperador y un congreso, y una muy clara idea de que a estos restos ha de hacérsele las honras fúnebres de las cuales muchos de ellos carecieron en el momento exacto. Alrededor de estos huesos ha habido más de una bronca política. Es inevitable, ese ha sido, si le quieren decir así, su destino, desde el mismo momento en que Miguel Hidalgo le dijo a sus compañeros que había que ir a coger gachupines.

Vamos por partes. Rascando entre mis papeles, me hallo una entrevista que el 9 de marzo de 1994 concedió Enrique Krauze a José Luis Perdomo Orellana y a mi amigo Oscar Enrique Ornelas para El Financiero, a causa del lanzamiento de un libro bastante disfrutable: Siglo de Caudillos. En aquella oportunidad, los reporteros interrogan a Krauze acerca de los restos de Porfirio Díaz que siguen en el cementerio de Montparnasse. Antes digan que a nadie se le ha ocurrido resucitar el tema, porque se vuelve a armar la bronca de hace algunos años, cuando volvió a cobrar fuerza la idea de traer los mentados restos de regreso (la segunda, de hecho. Hubo una primera hace aún más años, donde anduvieron involucrados algunos de los artífices de la paseada de huesos del domingo). Los juicios de EK que a continuación reproduzco son adecuados para la coyuntura:

-Si por usted fuera, ¿los despojos de Porfirio Díaz no estarían en Montparnasse y sí aquí en México?

Sí, pero tampoco le haría yo ningún tipo de recibimiento, de arco triunfal, día de fiesta nacional y repique de campanas y Te Deum y misas. Yo simplemente digo que es un poco ridículo exiliar a una persona post mortem.

Y agrega esto, que es lo interesante:

Somos un pueblo muy dado a adoptar actitudes muy extrañas con respecto a los huesos… quizá nos venga de la cultura mediterránea esa santificación de las reliquias y huesos

Ese “muy extrañas” que Krazue dijo hace dieciséis años se traduce en la tendencia a andar almacenando huesos, vísceras y demás materia humana perteneciente a personajes relevantes. En descargo nuestro hay que decir que no somos los únicos, aunque se nos dé bastante esta afición, y no entre todos los mexicanos, para aplacar los reclamos que surjan en este punto. Nomás echémosle un rápido vistazo a algunos ejemplos llamativos.

En muchas partes del mundo se guardan las reliquias de alguien; a veces pesa el asunto  mágico-religioso, a veces no. En la catedral de Colonia guardan en un cofre de oro y plata tres cráneos que se atribuyen a los Reyes Magos.  Recuerdo muy nebulosamente y no he vuelto a verla, una imagen de un esqueleto en exhibición de una monja coronada que se aseguraba era Santa Rosa de Lima. El cuerpo incorrupto de santa Bernadette Soubirous se exhibe en una vitrina encristalada en Nevers, en Francia. Por cierto, una empresa que se dedica a elaborar maniquíes de alta costura, se ofreció a aplicarle a la santa, en cara y manos, una capa finísima de cera, por aquello de la buena apariencia.

 Ah, y unos que SÍ pasean huesos, de hecho un cráneo, son los fieles de San Yves (1253-1303), santo medieval, abogado para más señas, con fama de justiciero y protector de los pobres. Es el santo patrono de Bretaña (Francia) y de los abogados y cada año sacan el cráneo del pobre hombre a pasear desde la catedral de san Tugdual hasta la población de Minihy-Tréguier, donde nació san Yves. Lo llevan en andas abogados prominentes y hasta donde se sabe es considerada una gran distinción formar parte del séquito del cráneo.

Otros restos famosos, motivados por la moda y el usual miedo a la muerte, son las momias de Palermo, bastante espeluznantes y que están en la iglesia de los frailes capuchinos de esa ciudad siciliana. Se trata de momias, digamos, artificiosas, porque saltaron a la fama el día que los frailes se dieron cuenta de que el tipo de tierra que había bajo su  iglesia conservaba los restos humanos. De hecho, no conserva los cuerpos tal cual antes de la muerte, más bien los deseca. Pero los frailes se entusiasmaron con la idea. Hicieron un experimento con un pobre fraile que se murió hacia 1600 y tuvieron la ocurrencia de exhibirlo públicamente. Acto seguido, tooodos los ricos de Palermo querían un servicio igualito para cuando les tocara marcharse de este mundo.

Las catacumbas de Palermo llegaron a tener como 8 mil personas que habían optado por este tratamiento. Pero si en el siglo XVII lo consideraron un lujo que algunos podían darse, cien años después la cosa se volvió alucinante: las catacumbas eran ya un club de ricos: estaban divididas por género, profesión y clase social. En pleno Siglo de las Luces, los palermitanos llevaban allí a sus muertos, ataviados con sus mejores vestidos, en muchas ocasiones escogidos por los difuntos como una de sus últimas voluntades, y no contentos con ello, los visitaban con frecuencia, les llevaban flores y les contaban las novedades de la familia. Este es, hasta donde conozco un ejemplo espléndido de lo que podríamos llamar “teoría presencial de las virtudes de los restos humanos” que, evidentemente, acabo de inventar para referirme a esta curiosa idea (por llamarla de algún modo) según la cual hay que tener enfrente lo que queda de nuestro héroe, pariente o celebridad preferida para que entendamos a cabalidad las virtudes que lo adornaron, y que me parece, se ha mencionado en uno o dos sitios en los últimos días. La diferencia  es que los habitantes de Palermo lo hacían en el siglo XVIII.

En el siglo XXI hay otra vertiente científico-comercial: la de los cadáveres “plastinados” del médico alemán Gunther Von Hagens, que detonan grandes escándalos dondequiera que se exhiben, excatamente por lo mismo que algunos han reclamado en el México del 2010: a los muertos, opinan, hay que dejarlos descansar, no andar manipulándolos. Una versión mexicana de esta habilidad científica puede verse en la entrada del Museo de Medicina de la UNAM, el antiguo palacio de la Inquisición. Allí hay un cuerpo humano tratado con algo que en el cedulario se llama “carbowax” y que genera un efecto parecido a la plastinación de Hagens.

Algunas, digamos “reliquias funerarias laicas” del siglo XX son, claramente, producto de un uso político del pasado. Son conocidas las fotos de los cuerpos momificados de Lenin y Stalin esperando juntitos el fin de los tiempos a la vista de todo mundo. Otro ejemplo y que tiene una larguísima leyenda atada al féretro es el cuerpo de Eva Perón y que está admirablemente narrada en el libro de Tomás Eloy Martínez “Santa Evita”. El mecanismo de la reliquia religiosa es el mismo. Y los mexicanos procedemos igual: ¿acaso no conservamos aún, en su frasco, el corazón de Melchor Ocampo en Morelia? ¿Acaso no siguen los restos de Iturbide en Catedral, y abajo de su urna, el corazón de Anastasio Bustamante? ¿Acaso no estuvo, durante años, el brazo de Álvaro Obregón en su monumento, en el parque de la Bombilla de la ciudad de México? De Álvaro Obregón no sorprende nada si uno revisa los elementos del “culto cívico” (y la expresión no la inventé yo) que los gobiernos posrevolucionarios fomentaron en torno a él, por lo menos en los veinte años posteriores a su asesinato en el parque de La Bombilla, donde permanece el monumento. Este es el uso cívico-histórico que durante siglos han tenido los restos de algunos personajes históricos.

Hay otros usos absolutamente comerciales, como los que ejercen los encargados del panteón de Guanajuato, que cobran la entrada a su famoso Museo de las Momias, venden souvenires en las tiendas que prosperan a la salida del panteón, firman contratos para su exhibición en el extranjero y ya se preocupan por la inminente competencia que les significará el rescate de un conjunto de cuerpos momificados descubiertos recientemente en Zacatecas.

 

El corazón de Melchor Ocampo, como podemos verlo hoy en el antiguo Colegio de San Nicolás, en Morelia

En materia de pertenencias no nos quedamos atrás.  Las pertenencias de los personajes históricos se tratan con la misma reverencia que el rosario, el anillo, el báculo o hasta las astillas del ataúd, como en el caso del beato mexicano, jesuita para más señas, Miguel Agustín Pro. Aquí se las enseño:

A veces, estas estampas con reliquia del beato Pro se consiguen en la iglesia de la Sagrada Familia, en la colonia Roma de la ciudad de México

Los restos de los protagonistas de la Independencia no se escapan de todos estos usos: la veneración laica que imita y sucede a la religiosa, la exaltación de las virtudes de las personas que alguna vez fueron esos restos y los usos políticos, faltaba más. Ahora también se les aplica la “curiosidad científica”. Sello de los tiempos ha surgido la duda en el espacio público: ¿serán, no serán de quienes decimos que son?  Aunque, probablemente, esas preguntas debimos hacérnoslas hace 187 años, cuando se dispuso trasladar los restos de los insurgentes a la capital mexicana.

1823: Cuando dejamos de ser imperio.

Edmundo O´Gorman narró de manera deliciosa, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia, la manera en que el emperador Agustín de Iturbide y su Congreso se enfrentaron por una cuestión de trascendencia histórica: quién era el artífice de la Independencia de México. No estaba en juego cosa menor: nada más y nada menos que el paso a la historia de Iturbide, y por otro lado, las aspiraciones republicanas de muchos congresistas que le oponían, a los sueños de trascendencia del emperador, la imagen de Miguel Hidalgo como real constructor de la independencia. Ese pleito iba a durar mucho tiempo y, de alguna manera, hay sectores de la sociedad que siguen en ésas. En un folleto, José Joaquín Fernández de Lizardi puso a discutir a ambos personajes, en el más allá, y no hubo manera de que se pusieran de acuerdo.

Pero en el México de 1823, a la caída de Iturbide, una de las primeras preocupaciones de los congresistas fue construir un panteón cívico propio, fincar en él elementos de unión y de identidad para el jovencísimo país que éramos, acabar en definitiva con la idea de que Iturbide era el gran hacedor de la Independencia, y por eso se apresuraron a emitir un decreto, el 19 de julio de aquel año, donde declararon (artículo 13 del decreto) beneméritos de la patria a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Abasolo, Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Mina, Víctor Rosales y Pedro Moreno. Además,”sus padres, mujeres e hijos y así mismo las hermanas” sobrevivientes de Hidalgo, Allende, Matamoros y  Morelos serían pensionadas por el gobierno mexicano. Como pueden ver, por la redacción del decreto, nadie estaba tirado al drama por la posibilidad de que algún cura tuviese más parentela, además de sus hermanas.

El artículo 14 del decreto es, me parece, esencial para entender por qué hacemos con estos “restos patrios” lo que hacemos: “Y respecto que al honor mismo de la patria reclama el desagravio de las cenizas de los Héroes consagrados a su defensa, se exhumarán las de los beneméritos en Grado Heroico que señala el artículo anterior, y se depositarán en una caja que se conducirá a esta Capital, cuya llave se custodiará en el Archivo del Congreso.”

El desagravio es fundamental, conseguido el objetivo político: muchos de los personajes beneficiados por el decreto habían fallecido de muerte infamante: fusilados por la espalda como traidores, cuatro de ellos decapitados y separados los cráneos enviados a la Alhóndiga de Granaditas para susto y escarmiento del pueblo, y afrenta final de parte de sus contrincantes. El Congreso reivindica a la insurgencia: son beneméritos, son héroes. Explicitada su valía, el país se apoyaba en las virtudes de esos personajes como el cimiento de la nueva construcción.

El decreto mentado dispuso, emitido en julio, que las exhumaciones tenían que hacer se para que tooodos los restos llegaran a la ciudad de México para que los depositaran en la catedral “con toda la publicidad y pompa”, el 17 de septiembre de ese mismo año. Medida inconsciente, si las hay, pensando en lo complicado que era en 1823 ir a toda carrera a Chihuahua, rescatar los restos, juntarlos con las cabezas que estaban en Guanajuato, ya no en las jaulas de las esquinas de la Alhóndiga, sino sepultadas en el panteón de San Sebastián de Guanajuato, a donde habían ido a dar el 28 de marzo de 1821, por órdenes de Anastasio Bustamante.

Así, pues, se procedió, aparentemente, con la idea de “aprisa” que se podía tener en aquel entonces: hay documentos fechados en Chihuahua el 18 de agosto de 1823 (nomás un mes después) , según los cuales se dieron instrucciones para que a la brevedad sacaran el cuerpo de Hidalgo de la Capilla de la Tercera Orden y los de Allende, Aldama y Jiménez del cementerio de la ciudad. Cosa, que, según los documentos, se apresuraron a cumplir.

 Prácticos como ya eran desde entonces los chihuahuenses, ellos sí pensaron en prevenir que no se les revolvieran. José de la Fuente, en su “Hidalgo Íntimo” reproduce las instrucciones emitidas en Chihuahua donde dispone que, “acomodados con la separación conveniente los restos de cada Benemérito difunto, separado e individualmente en términos de que con facilidad presten indubitable convencimiento de a quién corresponda, se depositen en una caja…”. Es decir: si a alguien se le revolvieron en el proceso, no fue a los señores de Chihuahua.

 Se consigna en el documento que la exhumación se efectuó el 20 de agosto de 1823 y que, puestos en una caja cubierta “de bayeta azul” (algo como una funda de tela), se trasladaron “por cordillera” hasta Guanajuato, para reunir los cuerpos con las cabezas. El sistema de cordilleras era un mecanismo de comunicación en el cual un mensajero recorría con un documento un circuito integrado por diversas poblaciones.  Usualmente portaba documentos que la autoridad de cada pueblo copiaba. La idea, probablemente, se refería a recorrer las ciudades y poblaciones ya definidas en el sistema, como ruta segura para llegar a tiempo a la capital.

Y sí… llegaron, más o menos a tiempo… después de numerosas fiestas y actos que eran el gran desagravio que los mexicanos le ofrecían a los caudillos insurgentes. Al mismo tiempo, andaban en el Cerro del Bellaco desenterrando a Xavier Mina; rescatando de la hacienda de la Tlachiquera, en León, el cuerpo decapitado de Pedro Moreno (la cabeza, hasta donde se sabe, nunca se recuperó; Isauro Rionda indica que “un pariente” la rescató en Santa María de los Lagos en Jalisco y luego la enterró quién sabe dónde). Los restos de Chihuahua habrían llegado a Guanajuato el 1 de septiembre, se habían reunido cuerpos con cabezas y se habrían entregado a un teniente Luna. Pasaron el día 3 a San Miguel el Grande donde se les recibió con gran fiesta y ceremonia. De ahí, a Celaya, el día 4 en Apaseo el Grande y luego a Querétaro el día 5 (para estas alturas eso ya parecía tour de estrella de rock). El 6 de septiembre andaban por un poblado conocido como La Cañada y de ahí tomaron camino hacia la Villa de Guadalupe… y ahí los dejamos, reviajando, hasta mañana.

Para que pasen buena jornada, les dejo uno de los poemas guanajuatenses que se escribieron y circularon en esa época, esta vez en honor a Allende:

Octava

Libertad resonó en el pecho amante,

del Ilustre campeón americano,

y con valor intrépido y constante,

sacudió el yugo del soberbio hispano

De Allende esta virtud tan relevante

cual Héroe le fijó en el fasto Indiano;

mas por salvar la Patria ¡ay, Dios! perece,

y mayor en la tumba resplandece.




En todo el Reino

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