Posts Tagged ‘Historia de la Prensa Mexicana

03
Mar
16

Don Guillermo Prieto poeta tierno, amoroso patriota, liberal (casi) puro.

LOS VALIENTES NO ASESINAN LTG 4

A don Guillermo Prieto la historia lo congeló en ese día de marzo de 1859, cuando le salvó la vida a Benito Juárez, a su compadre Melchor Ocampo y al resto de aquel gabinete que gobernaba con facultades extraordinarias, en los primeros tiempos de la guerra de Reforma. Pero es también un personaje que deberíamos conocer más. Es uno de nuestros primeros economistas, aún antes de que existiera tal profesión; educado en la materia, a punta de pescozones y vigilancia, por don Manuel Payno padre, quien ponía a estudiar a su propio hijo -que luego alcanzaría la inmortalidad literaria con “Los Bandidos de Río Frío” y algunas otras hazañas– y al jovencito Guillermo, pues ambos periodistas fueron amigotes y compinches desde tierna edad.

Algunos de los poemas escritos por don Guillermo, son, al mismo tiempo, crónicas francamente sabrosas, como aquel llamado “Trifulca”, que, con un ritmo fenomenal, cuenta la historia del matrimonio que agarrado del chongo en plena calle de Topacio, echa a gritos al bueno y decente tendero que intenta salvar a la mujer de los sopapos del marido. Tiradísimo al drama, reflejo de la condición femenina de sus tiempos es el Romance de la Migajita, flor del Barrio de la Palma y envidia de las Catrinas, que mi querido amigo, Guillermo Zapata, el Caudillo del Son, convirtió en sentida melodía que podría llegar hasta la última fila del Panteón de Dolores, junto a la barda, donde dice don Guillermo que enterraron a la desdichada mujer, muerta de amor y de celos del galán.

Es también el querido don Guillermo uno de los más brillantes periodistas satíricos del siglo XIX: como vivió tantos años, se dedicó a hacerle la vida de cuadritos a muchos personajes sonados de la vida política de nuestro país: fastidiar con constancia a Antonio López de Santa Anna le valió un emocionantísimo destierro a Cadereyta, Querétaro, donde se aburría como ostra. Como el ocio es mal consejero, tanta inmovilidad le dio la circunstancia apropiada para componer esa bomba ideológica que es “Los cangrejos” canción liberal que sobrevivió a Santa Anna y se convirtió en una de las canciones preferidas de aquello que después se iba a llamar La Gran Década Nacional -así, con mayúsculas. Sabemos que en diciembre de 1860, cuando las triunfantes tropas liberales entraron a esta, la sufrida Tenochtitlan, venían cantando Los Cangrejos. Naturalmente, don Guillermo, que siempre fue de lágrima fácil, chillaba, conmovido, a moco tendido, al ver su canción convertida en himno.

Varios fueron los clientes de don Guillermo: Maximiliano, desde luego, víctima materializada en uno de esos periódicos, hechos con las peores intenciones, que se llamó El Monarca. Otro de los periódicos indispensables para entender el periodismo de Prieto es La Chinaca, “hecho única y exclusivamente para el pueblo”. Si Guillermo Prieto fue sangriento con alguien, fue con Juan Nepomuceno Almonte. En este caso, Prieto juega un papel importante en la construcción de la pésima imagen que el hijo de José María Morelos tiene hasta el día de hoy. Le deformó el nombre, imitando el habla de los indios de su tiempo; se refería a él como “Juan Pamuceno” o simplemente “Pamuceno”; lo más educado que le dijo fue “indio ladino”, vendepatrias, traidor y mil lindezas más.

Era don Guillermo muy sentimental, llorón y sensible. Cuando se peleó, a fines de 1865 con Benito Juárez, se puso a escribir cartas azotadas y lacrimógenas, dirigidas a Pedro Santacilia, yerno del presidente, a quien ambas celebridades, en sus cinco minutos de divas, pusieron en la incómoda posición de recibir cartas de ambos, donde se cruzaban acusaciones, quejas y majaderías. Un poco pirado por el pleito, escribía don Guillermo: “Ni para servir a mi patria lo necesito; ni mientras pueda hilvanar una cuarteta tengo que buscar arrimo, mientras me llame Guillermo Prieto ni creo que en nuestro balance deba yo más a Juárez que Juárez a mí.” Disculpen el arrebato de mi tatarabuelo honorario, pero así se ponía cuando le herían el orgullo. Hay que agregar que, hasta la fecha, una de las ramas de descendientes de don Guillermo, se rehúsa a hablar del agarrón Juárez-Prieto, porque el susodicho abuelito le enseñó a toda su prole que de eso no se hablaba.

Fue don Guillermo, como se decía en su época, “perrito de todas bodas” o ajonjolí de todos los moles. Vio las epidemias de cólera de 1833,  fue, para vergüenza suya de toda su larga existencia, “polko”; Vio de cerca, aunque sin fusil en la mano (parece que era un pésimo tirador), la dolorosa invasión gringa en el valle de México y es el gran cronista de esos días en que los habitantes de Tenochtitlan decidieron vender caro su pellejo y resistieron la llegada de los gringos, peleando en las callejuelas y los barrios más populares y bravos de la época: por el rumbo de la Alameda, en el Salto del Agua, en las cercanías de Tlaxcoaque, en rumbos de los que apenas queda memoria porque queda una calle diminuta, una plazuela casi inexistente: San Salvador el Seco y San Salvador el Verde.

Fue don Guillermo diputado veinte veces y casi todas por Tacubaya; secretario particular de presidente, hijo adoptivo de reliquias de la patria como don Andrés Quintana Roo -no sabemos que opinaba doña Leona Vicario de tal alianza-, autor de libros de texto de historia y maestro del Colegio Militar. le daba lata un día y otro también, a Porfirio Díaz, con solicitudes de apoyo y apapacho que creía completamente legítimas y justificadas, dada su condición de último ministro de la Reforma.

Fue sufridísimo ministro de Hacienda, que quedó quemadísimo con el asunto de la desamortización y nacionalización de los bienes eclesiásticos, y lo peor, sin beneficio alguno. Mentaba madres porque los méndigos conservadores le quemaron los archivos antes de largarse de Palacio Nacional, y no tenía idea de lo que habían hecho con el erario. Tuvo, en su beneficio, algo que los funcionarios del ramo de este siglo XXI no tienen tan fácil: a don Guillermo no le temblaba la mano para tomar decisiones. Respiraba hondo, se encomendaba a la patria, y firmaba. Es de recordar que fue el autor del primer plan de choque económico del México independiente: en su primera gestión en Hacienda, en tiempos de Mariano Arista, decretó una rebaja de 50 por ciento a los sueldos de militares y de la burocracia. Casi lo linchan. Arista lo protegió, un tanto asombrado de la alocada temeridad de su ministro.

En fin, que hace 119 años que se fue al otro mundo, con un crucifijo en la mano y una enrevesada leyenda según la cual había al pie de su cama un cura que lo conminaba a arrepentirse de todas sus  tropelías liberales. Lo enterraron en la Rotonda de los Hombres Ilustres -que así se llamaba entonces- y el asunto fue otro fandango: el gobierno de Porfirio Díaz pagó la fosa, pero no el monumento, que tuvieron que pagar, a plazos y con esfuerzos,  la viuda de don Guillermo, Emilia Collard, y su hija María.

¿Sigue aquí don Guillermo? Desde luego. Está en el diorama del Museo del Caracol; en la estatua que le hicieron en la ampliación del Paseo de la Reforma, con un tambache de sus libros al lado y con un manto al desgaire. Estuvo en los primeros libros de texto gratuitos, de donde lo desterró en 1971 el equipo de especialistas del Colmex comandado por doña Josefina Zoraida Vázquez, para acabar colado (jeje) en el libro de lecturas de sexto año de esa misma reforma educativa. Hay al menos dos calles Guillermo Prieto en la ciudad de México, y en muchas ciudades del interior del país hay también calle Guillermo Prieto; en el palacio de Gobierno de Guadalajara, en el patio de los naranjos, está el relieve que lo representa cubriendo a Juárez con su cuerpo. En la Unidad Habitacional Tlatelolco hay un edificio Guillermo Prieto, y mejor aún, unas “Tortas Guillermo Prieto”, puntada que le habría encantado de haberla presenciado. Cada vez que alguien dice “Los valientes no asesinan”, don Guillermo sonríe, en algún lugar insospechado, feliz de seguir en boca de los mexicanos.

A mí, sin embargo, es otra frase suya la que más me gusta. La rescató de los soldados que custodiaban a don Benito y a su gabinete en su viaje hacia el norte; eso soldados que se acordaron un 15 de septiembre que era noche del grito y le dijeron al güero Prieto, para que ayudara a armar la conmemoración. Conmovido, Juárez le dio a Guillermo los pocos pesos que traía en el bolsillo para “la fiesta de los muchachos”. A cambio ellos le dieron esta joya al poeta metido a político: “Y todavía nos acobijamos con la Patria”.

 

 

19
Feb
15

Capítulos marginales de la Decena Trágica: El Honor Nacional

BALDERAS EN DECENA TRAGICA4

En esos días que los mexicanos aprendimos a llamar la Decena Trágica, se despliegan, como hilos paralelos, numerosas historias; evidentemente, algunas más trascendentes que otras. Con el paso de los años, muchas de ellas se perdieron, otras permanecieron, pero se disfrazaron y hasta se distorsionaron para convertirse en cosas raras, gracias a la flojera de algunos investigadores y a la facilidad con que se repiten datos que acaban por volverse lugares comunes en ciertas narrativas históricas. Tal es el caso de un fantasma, el fantasma de un periódico, que solamente ganó materialidad postrera gracias a un personaje entrañable para este Reino: don Martín Luis Guzmán.

LA IMAGEN FUGAZ DE EL HONOR NACIONAL

Todas las semblanzas de Martín Luis Guzmán mencionan su participación en la publicación de un periódico, editado en los días más oscuros de la Decena Trágica y la caída del maderismo: El Honor  Nacional. El dato, a falta de referencias más sólidas, e independientes del dicho del escritor y periodista, se ha repetido de uno a otro de los trabajos biográficos sobre Guzmán, sin mayor avance o indagación sobre el tema.

Solamente el ingeniero y político, amigo personal del joven Martín Luis, y a la sazón su jefe en la Dirección de Obras Públicas del Distrito Federal, ofrece algunas claves para saber de los avatares de aquella fugaz publicación. Según refiere Alberto J. Pani, que era el funcionario en cuestión, la hechura de esta hoja suelta –que así la define- de vida brevísima, fue una de las acciones que una combinación de militares y civiles leales al régimen de Francisco I. Madero desarrollaron para enfrentar la crisis política que generó el levantamiento de Félix Díaz y Bernardo Reyes:

…ese grupo de civiles, al que cada día se incorporaban nuevos adherentes, desempeño, durante la Decena Trágica, difíciles y peligrosas labores complementarias o supletorias de la acción desarrollada por la Comandancia Militar contra los alzados de la Ciudadela. Entre ellas cabe mencionar –por ejemplo- las de aprovisionamiento de las tropas –deficientemente hecho por la Comandancia Militar- las de la instalación de la red telefónica de dicha Comandancia con los jefes de las diversas fuerzas que atacaban la Ciudadela y las de redacción y publicación de una hoja suelta diaria, titulada “El Honor Nacional” y encaminada a contrarrestar el efecto depresivo que sobre la masa de la población y, principalmente, sobre la parte leal del Ejército pudiera producir la activa propagación de mentiras con que los reaccionarios y clericales contribuían, cobardemente, al derrocamiento del régimen democrático.

En ese grupo de militares y civiles, Pani menciona algunos nombres, aunque no el de Martín Luis Guzmán, no obstante que éste era su secretario particular en la Dirección General de Obras: están Juan F. Urquidi, hermano del subsecretario de comunicaciones Manuel Urquidi; están dos miembros más del clan Pani, Arturo y Julio, hermanos del Director  de Obras, Miguel Alessio Robles, el diputado Carlos Argüelles, el doctor Ramón Puente, Samuel Vázquez, los ingenieros Modesto C. Rolland, Froilán Álvarez del Castillo y Efraín R. Gómez. Llegan también Luis M. Hernández y el profesor Enrique Peña –que se hará cargo de la corrección de pruebas de El Honor Nacional. Y, aunque no le menciona en esa relación breve de los hechos, es improbable que Guzmán fuese ajeno o no estuviese involucrado en el proyecto, cuando las circunstancias del momento exigían la cercanía y presencia de todos aquellos que, de probada lealtad, apoyaran al gobierno maderista en crisis.

Durante años, los biógrafos o aspirantes a biógrafos de Martín Luis Guzmán, empezando por Fernando Curiel, aseguran que no hay rastro del tal periódico, y sospecho, entre otras cosas, porque no se ha buscado a profundidad, o porque no lo hemos buscado donde realmente habría probabilidades de que estuviera. Susana Quintanilla afirma que hasta la fecha “nadie ha dado con un ejemplar” y yo creo que se debe a que no nos hemos puesto a buscarlo, ninguno de los que hemos escrito sobre don Martín Luis, con la debida seriedad.

El hecho de que, hasta la fecha no se hayan localizado ejemplares de la edición, tiene que ver con el perfil del material y el propósito para el cual se realizó. Atenidos a la descripción de Pani, -al que por alguna razón que desconozco y me intriga, nadie le hace el menor caso, ni lo consulta como fuente en las biografías de  don Martín Luis, con excepción de Jaime Ramírez Garrido y una servidora- para hacer El Honor Nacional se optó por su brevedad, rasgo característico, manejable y de rápida distribución, de mano en mano, y como un material de claros propósitos contrapropagandísticos, destinado a frenar la desconfianza entra la población y la defección de las tropas leales.

Pani agrega que la hoja suelta estaba dirigida, principalmente, a las tropas leales al régimen maderista, en un intento por evitar posibles defecciones, y, sólo en segundo término, a la población de la ciudad de México. Si se considera que durante la Decena Trágica, muchas familias se encerraron en sus hogares y hubo quienes, hallándose fuera de ellos, se quedaron encerrados en sitios tan extravagantes como el Café de Tacuba, sin animarse a salir a la calle en esos diez días, resulta comprensible que El Honor Nacional tuviera una circulación limitadísima.

Para El Honor Nacional, Francisco I. Madero dictó un artículo el 17 de febrero de 1913, que debió aparecer en la edición que debió aparecer hoy hace 102 años, el día 18. Pero el periódico ya no pudo circular, pues, no bien Alberto J. Pani salió a la calle, después de  cerrar la edición, se enteró de la aprehensión del presidente Madero por el general Aureliano Blanquet. Allí se acabó la circulación de la hoja suelta. Incluso, la última edición, estimaba Pani, se quedó sin distribuir, y consideró que la corrección de las pruebas de esa última edición de El Honor Nacional, hecha por él y por su hermano Julio, fue también la última de las actividades “oficiales” que desempeñó durante la Decena Trágica.

El artículo de Madero fue escrito porque, convencido de los leales estaban ganando la batalla en la Ciudadela, “estaba tan de buen humor que me ofreció su colaboración para El Honor Nacional” -pobrecito, don Pancho- en uno de esos casos de desfortuna que nos impide leer las últimas frases políticas del presidente Madero, y a diferencia de otros materiales periodísticos que sí copió Pani para su libro, éste no fue reproducido en”Mi contribución al nuevo régimen”, escrito en una época en que intentaba tundirle a José Vasconcelos -que lo detestaba, lo despreciaba y le apodaba “Pansi”- por las abundantes majaderías que contra él había escrito el tempestuoso Ulises Criollo. Eso sí, Pani reseña que el texto comparaba las acciones y lealtades del Senado y de la Cámara de Diputados con respecto al régimen maderista.

Azarosa, como aquellos días, fue la existencia de El Honor Nacional. Se imprimía en los talleres que poseía la Secretaría de Comunicaciones, en la Aduana Vieja de Santo Domingo, hoy la parte antigua del edificio de la Secretaría de Educación Pública, y si no se ha localizado aún, ejemplar alguno se debe, precisamente, a su materialidad de hoja suelta, generada y distribuida a las volandas, en momentos donde la mera distribución de ese impreso recién hecho, implicaba riesgo para la vida.

Don Martín Luis, en sus años mozos. Tenía 25 años en los días de la Decena Ttrágica.

Don Martín Luis, en sus años mozos.

Tiempo después, Martín Luis Guzmán escribiría en “El Águila y la Serpiente”, inspirado en los días previos a su partida hacia el norte del país junto con Pani, los riesgos que se corrían al hacer resistencia, con la “guerrilla de pluma” tan cara a los decimonónicos, ejercicio que no sólo tenía que ver con la fugaz hoja suelta, sino con las actividades, que, separados de sus empleos en el gobierno, desarrollaron en los primeros meses del régimen huertista, y que, evidentemente, no les eran nuevos; muy probablemente, tenían como origen los mil y un artificios desarrollados para hacer circular El Honor Nacional. Leídos un siglo después resultan de una temeridad que no deja de tener un toque de suicida ternura:

En la capital de la República, Alberto J. Pani y yo actuábamos, motu proprio, como avanzada de la Revolución –avanzada sin armas, se entiende, mas no sin pluma ni, sobre todo, sin dactilógrafa-. Documento subversivo que caía en nuestras manos era documento destinado a circular profusamente. Hacíamos las copias cuándo en el despacho del ingeniero Calderón, cuándo en nuestras casas, y las distribuíamos por procedimientos de propaganda tan primitivos como audaces. Solíamos ir por la calle y detener, de pronto, como frase perentoria, al transeúnte de aspecto propicio: “Tome usted: léalo y páselo a sus amigos”. Solíamos también, en las oficinas del Correo y del Telégrafo, dejar olvidados en las mesas los papeles vengadores… Así fue como algunos escritor revolucionarios conocieron más lectores que El Imparcial.”

Esos “escritos revolucionarios” no eran parte de El Honor Nacional. Algunos investigadores han señalado como fecha de muerte del periódico mayo de 1913, fecha en la cual intenta Guzmán su primera salida del país, con la pretensión de unirse a la rebelión que, contra Victoriano Huerta, se gesta en el norte. Errores de apreciación y falta de recursos lo devolverán a la ciudad de México al poco tiempo; y es, tras su regreso, en que se convierte, junto con Pani, en  agente propagandístico de los opositores al régimen nacido del cuartelazo. Pero esa circunstancia no significa la resurrección de El Honor Nacional. Huerta nunca mandó cerrar el periódico (como se atreve a escribir Julio Patán por andar repitiendo sin investigar)  por la sencilla razón de que la hoja suelta nunca tuvo una redacción propia, que su producción resultó relativamente escasa, y que se había terminado el día en que Francisco I. Madero fue aprehendido por los golpistas. Es probable, incluso, que el nuevo presidente, al calor de los acontecimientos, nunca hubiese visto el impreso.

De lo que sí tenemos testimonios es de la reunión sostenida entre Pani y José Vasconcelos, en la cual ambos personajes definen, en sus difíciles circunstancias, las “actividades revolucionarias contra la dictadura de Huerta”, que en adelante habrían de emprender. Guzmán explicará en qué consistió parte de esas “actividades revolucionarias”, en El Águila y la Serpiente, con detalles acerca de las circunstancias en las que sobreviviría en aquellos días, cuando él y Pani hacían su trabajo subversivo con tal éxito, que los agentes huertistas “empezaron a pisarnos la sombra”.

En adelante, la ruta hacia la Revolución sería el norte del joven Guzmán. Con la mirada adiestrada del joven repórter que ya era, recorrió el país para unirse a los hombres de las tierras desérticas de Sonora y Coahuila, No sólo es el escritor que ha hacho sus primeras armas en la revista Nosotros, ni es únicamente el joven inquieto que ve en la política el sino del resto de sus existencia. Viaja también el lector cuidadoso de aquellos días complejos: lee, lee el mundo y lo piensa; sus metas políticas y  su indignación lo guían; camina hacia adelante, a buscarse un mejor destino del que ha tenido hasta el momento.

Nadie más hablaría después del El Honor Nacional. Es perfectamente comprensible. Guzmán lo recuperará, en los recuentos de su vida, no todos, ciertamente. Pero en la amplia nota necrológica que en 1976 abarcará 26 páginas de Tiempo, dando cuenta de “La Muerte de Axkaná”, y que repite, en buena parte, la nota biográfica publicada en el mismo Semanario de la Vida y la Verdad en octubre de 1967, en ocasión de los 80 años del Director Gerente, está consignado. Probablemente, en algún repositorio, en un archivo aún no trabajado a fondo, aún se conserven algunos ejemplares de El Honor Nacional.

 

 

 

 

 

 

 




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